Mostrando entradas con la etiqueta psicoanalistas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta psicoanalistas. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de enero de 2008

Días cargados

Foto: I.N, G en Londres, allá por 2004, muy distinto que ahora
Llevo días sin escribir, en estas semanas tan cargadas que el tiempo se escapa y cae como una gota gigante y densa sobre un pétalo, y yo olvido las cosas. Ayer tenía una cena con el grupo de psicoanalistas que trabajan sobre la memoria histórica, intentando corregir los efectos traumáticos del silencio y la negación de sufrimientos ya viejos, pero que siguen doliendo en las generaciones posteriores. Y yo lo olvidé y estaba ya cenando con un amigo filósofo cuando me rescató telefónicamente una de ellas, no muy lejos del lugar. Por lo visto, en presencia de psicoanalistas, mi inconsciente intenta demostrarles que estoy fatal y necesito atención porque siempre me olvido o me confundo de lugar... por suerte acabo llegando. (¿O tal vez la idea de la memoria...?) Espero que no me olvide también de ir a la mesa redonda del jueves, Psicoanálisis y escritura... Me dice mi contertulio que él tirará, como siempre, del humor, y yo, le digo, del lloriqueo, y nos entra la risa... Aunque la generosa V. me dice (sin haber leído mi texto): eso no es lloriqueo...
Esta mañana, en la lista de psicoanalistas y amigos del librero de la calle Berlinès hablaban de la soledad física, geográfica, y de esa otra soledad mucho más perversa que es la soledad en pareja, y yo he pensado inevitablemente en mi soledad feliz y en Li Bai elevando su copa de vino de arroz en las montañas, mientras recuerda amigos y amores perdidos, bromea sobre su fama en las tabernas y observa el vuelo de las ocas salvajes. Tanto necesito mi espacio que casi prefiero la nostalgia y la fugacidad de todo.
Pensaba también en el entendimiento. Hay personas que parecen entender al contrario cada palabra que decimos, y seguramente es mutuo, y también nosotros les entendemos al revés. En esos casos yo prefiero retirarme, y no puedo comprender por qué alguien que no me entiende ni se siente entendido insiste en comunicarse. En cambio, en otro orden de edades y relaciones, ayer llamé a G. para agradecerle y decirle que me da la sensación de que, si le explico las cosas, siempre me comprende perfectamente. Le dije: "a lo mejor cuando te vas, piensas: 'qué loca está', pero la sensación que yo tengo es de que lo entiendes todo". Y él me contestó: "¡A mí me pasa igual! Por eso me preocupo cuando te pasa algo..." Esos breves intercambios con G., en la puerta de casa o en una fugaz llamada telefónica, o cuando pasa unos días aquí, a esas horas de la noche en que yo debería estar durmiendo hace rato y acabo sentándome en su sillón negro para contestar a una pregunta en la oscuridad, tienen una estela feliz.
Ayer seguí traduciendo un texto sobre Nancy Spero, que con su uso de la iconografía apocotropaica (los conjuros para ahuyentar el mal) y arcaica, de los instrumentos de guerra y de las persecuciones y represiones históricas contra las mujeres, las quemas de brujas y otras siniestras modalidades, convierte incluso la mordaza en instrumento de expresión, y rescata a personajes interesantes, desde la monja iluminadora Eude a la diosa egipcia Nut y utiliza la escritura histérica de Artaud para contar otra historia.
Hay tantísimo ruido en la calle que me parece salir al infierno. No sólo rompen el suelo con todas sus vibraciones, también ponen cimientos, cortan maderas con rugidos agudos de sierra, encienden sirenas, tocan cláxons y siembran suciedad por todas partes. La calle es una especie de jauría de bichos. Cuando alguien se dirige a mí diciendo "perdone" o "por favor" siento alivio porque lo usual en este país primitivo es que te pregunten sin más, como si nadie les hubiera enseñado ni las formas más elementales. Dicen que los franceses son fríos, que los europeos son antipáticos, pero yo prefiero aquella soledad silenciosa y un mundo en el que nadie te aborde sin disculparse y saludar. Alguien me ha llamado al móvil, pero apenas lograba oírle. Y es tan feo mi barrio... junto a cada edificio digno y vetusto hay siete feos y de arquitectura mediocre. Los rótulos son espantosos. Y apenas hay árboles dignos de ese nombre. He comido con una amiga en un restaurante japonés donde todo el personal te saluda al entrar y al salir, en un tono tan convincente como si de verdad se alegraran de volver a verte. Me recuerda al kiosco de Luxemburgo donde tres hombres exclamaban, cada vez que entraba alguien, casi de guasa: Bonjour!!!

jueves, 10 de mayo de 2007

De informáticos, psicoanalistas y humanismo

Foto: Gabinete de Freud, Londres
Héme aquí de nuevo esperando al informático. Media vida esperándole y luego, cuando al fin viene, esperando a que se vaya. Con la misma impaciencia. Se lo dije una vez a un amigo y me contestó: "Antes fue el confesor, luego el psicoanalista y ahora el que ocupa ese lugar en nuestra vida es el informático..." Algo de razón tenía. Sólo que resulta mucho más penoso, no que el confesor, que yo por suerte no tuve, pero sí que mi psicoanalista, a la que yo siempre añoro, y cuando estoy muy enmarañada y voy a verla para consultarle algo, sigue maravillándome con su traducción de mis palabras. Querría incluso grabar lo que me dice, porque tendrá que durarme meses... El informático es esa figura ágrafa que no comprende mis manías, le basta con entender al ordenador, y eso ya es mucho. Me dice: "Cuántos libros... yo a veces querría leer, pero enseguida me quedo dormido..." Creo que los psicólogos de orientación no-psicoanalista, tan aficionados a poner etiquetas, han inventado una palabra para definir a esa gente que no ha leído novelas, ha ido poco al cine y no sabe hablar ni elaborar sus emociones. Dicen que esa patología se da mucho entre informáticos. Y encaja mucho con estos tiempos nuestros, de fin del humanismo, fin de la educación tal como se entendía en Europa, fin de la Francia de siempre, fin de tantas cosas. Recuerdo que cuando le pregunté a otro amigo por sus perros, me dijo: "Ah, els meus gossos! Són els últims humanistes!" Pero esos perros han muerto ya también. Incluso la derecha francesa de Chirac, que no renunciaba a ciertas conquistas sociales (como los derechos de las mujeres) y que tenía, pese a todos sus horrores y corruptelas, el poso humanista de haberse enfrentado al fascismo, también se acaba. Y en lugar de En attendant Godot, yo espero al informático. Para que arregle los desaguisados de la compañía telefónica.