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jueves, 10 de mayo de 2007

De informáticos, psicoanalistas y humanismo

Foto: Gabinete de Freud, Londres
Héme aquí de nuevo esperando al informático. Media vida esperándole y luego, cuando al fin viene, esperando a que se vaya. Con la misma impaciencia. Se lo dije una vez a un amigo y me contestó: "Antes fue el confesor, luego el psicoanalista y ahora el que ocupa ese lugar en nuestra vida es el informático..." Algo de razón tenía. Sólo que resulta mucho más penoso, no que el confesor, que yo por suerte no tuve, pero sí que mi psicoanalista, a la que yo siempre añoro, y cuando estoy muy enmarañada y voy a verla para consultarle algo, sigue maravillándome con su traducción de mis palabras. Querría incluso grabar lo que me dice, porque tendrá que durarme meses... El informático es esa figura ágrafa que no comprende mis manías, le basta con entender al ordenador, y eso ya es mucho. Me dice: "Cuántos libros... yo a veces querría leer, pero enseguida me quedo dormido..." Creo que los psicólogos de orientación no-psicoanalista, tan aficionados a poner etiquetas, han inventado una palabra para definir a esa gente que no ha leído novelas, ha ido poco al cine y no sabe hablar ni elaborar sus emociones. Dicen que esa patología se da mucho entre informáticos. Y encaja mucho con estos tiempos nuestros, de fin del humanismo, fin de la educación tal como se entendía en Europa, fin de la Francia de siempre, fin de tantas cosas. Recuerdo que cuando le pregunté a otro amigo por sus perros, me dijo: "Ah, els meus gossos! Són els últims humanistes!" Pero esos perros han muerto ya también. Incluso la derecha francesa de Chirac, que no renunciaba a ciertas conquistas sociales (como los derechos de las mujeres) y que tenía, pese a todos sus horrores y corruptelas, el poso humanista de haberse enfrentado al fascismo, también se acaba. Y en lugar de En attendant Godot, yo espero al informático. Para que arregle los desaguisados de la compañía telefónica.