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martes, 21 de abril de 2009

Hace un día de perros

Foto: I.N., Baskarsija, Sarajevo, 2003
Y ha empezado mal: un visitante del juzgado traía malas noticias pecuniarias (luego resultaron no ser malas, sino todo lo contrario) para alguien que ya no vive aquí desde hace una década y cuando le he dicho que ya había protestado al juzgado por esa misma razón, me ha dicho que Justicia vive en la Edad Media, los ordenadores no existen y lo que pasa en un juzgado lo ignora el juzgado contiguo y que yo tendría que ir haciendo comunicados a todos los juzgados del país para que sirviera de algo.
G. anda por aquí, enfermo del mismo virus que me atacó antes a mí, dormitando.
He ido a comprar mi nueva cabeza portátil, es decir, un ordenador. Reconozco que mi malhumor estaba ya arraigado a esas horas, quién sabe si actuaban también las hormonas o si se debía a pequeñas desesperaciones y esperas cronificadas, la cuestión es que sólo me faltaban las noticias aún peores de Bill Gates y su aparato abusivo policial, que impide elegir nada y obliga al mundo a pasar por el tubo. Oh ya sé que debería pasarme a Linux (pero soy demasiado ignorante e impaciente para resistir ese estrés) o a Mac (why not? soy perezosa y tampoco quiero pagar más), en fin, la cuestión es que la empleada de turno ha desplegado todos sus recursos y paciencia estoica y por esta vez he sucumbido de nuevo a ese horrible diseño e ideología y soportaré la estúpida fealdad del Vista y su nomenclatura analfabeta, que me recuerda a Bologna y ese feo renombrar las cosas (como a la pobre biblioteca de la UPF, ahora llamada tristemente CRAI). Para rematar, seguramente mi escáner-impresora es incompatible, tendré que donarlo graciosamente y comprar otro. Yo quería poner aquí una hermosa foto de Lewis Carroll... Pero nada funciona, ni el flamante office que he tenido que pagar aparte, ni el escáner, que es incompatible, nada de nada. Tendré que volver a la tienda y eso me desespera, me siento envilecida por la perversidad de ex hacker traidor de BG. Hoy, alguien me ha dicho que había decidido vivir sin ordenador porque le estresaba demasiado: cómo le comprendo aunque no pueda hacer lo mismo...
Y por otra parte teóricamente es una cabeza nueva y llena de memoria y de recursos, cómo me gustaría ampliar también la memoria de mi auténtica cabeza humana. Justamente antes me preguntaba por qué algunas palabras se me escapan y desaparecen en esos entresijos de las grutas de mi memoria y nunca sé si se debe a su contenido simbólico o a un puro código fonético conectado a algo más técnico. Por ejemplo, la palabra espejismo se me rebela, y durante un tiempo no me salía la palabra anatema. ¿Por qué? Tal vez temo vivir en un espejismo y haberme convertido en cierto modo en anatema? Quién sabe. También se me escapan algunos nombres insidiosos, como el de un editor ambicioso y corpulento que, según me confesó hace años en un jardín donde se celebraba un cumpleaños, había sido descargador de muelle y olía el dinero allí donde estuviese. Como decía, el ordenador parece flamante y poderoso y cuando acabe de copiar al fin mis archivos en una memoria externa, quién sabe si podré poner fotos como antes y continuar mi libro urbano... ya parece un sueño... Mi informático de siempre me dice que devuelva el ordenador y me compre otro con un sistema operativo mejor, Linux o Xp. Los de la tienda me dicen que todo se puede arreglar, pero pagando un precio exorbitante. No sé qué será de mí...
Ayer di mi conferencia balcánica a pesar de todos los obstáculos técnicos que tuve que superar y que implicaron un retraso considerable. El público parecía interesado y el intercambio fue interesante. El lugar es precioso, una casa modernista y bien conservada, a la que no le han arrancado la puerta de madera para ponerle una de aluminio, como suele hacerse en esta ciudad, gracias al nulo apoyo ni protección que las autoridades municipales han prestado al patrimonio.
He aceptado una traducción para Arcàdia, no es un texto fácil, y mi intención era traducir sólo lo que en este momento me sirviera para mis conferencias, pero no ha podido ser. La lentitud de la respuesta de los editores ha acabado por impedirlo. Veremos.
Todo son anuncios y propuestas de Sant Jordi. Un desayuno de escritores en un hotel. Una visita al librero de la calle Berlinès trasladado a la Rambla. Mi firma a mediodía (de 13 a 14h en la mesa de La Central en Rambla Catalunya - Mallorca). Y al atardecer, si resistiera y si tuviera hipotéticamente un espíritu social que he perdido en los últimos tiempos, invadida por una corriente casi monacal, asistiría a una fiesta de Sant Jordi organizada por un periódico. Me ha escrito un periodista asturiano para una entrevista por email. Me llega la noticia de los autores que firmarán a la misma hora que yo en la misma mesa y me entra un temblor: ¿vendrá alguien a comprarme un libro y firmar? ¿O sólo lloraré interiormente mientras ellos firman sin parar? Son: Maruja Torres, Rubén Abella, Ian Gibson, Clara Usón, Santiago Roncagliolo, Ricardo Menéndez Salmón, Jordi Julià et moi même.
¿Y qué decir de esta lluvia? No puedo evitar recordar las palabras de Salinger: "As a matter of fact, I’ve been known to take a perfectly normal rainy day as a personal insult" (For Esmé with Love and Squalor) o también las de W. Somerset Maugham en aquel cuento magnífico llamado precisamente Rain, Lluvia: "Outside, the pitiless rain fell, fell steadily, with a fierce malignity that was all too human."
Yo he seguido contemplando las fotos maravillosas de Lewis Carroll, que un inspirado amigo librero ha tenido a bien regalarme, en edición preciosa de Phaidon, el mismo que ha escrito una reseña de Sant Jordi de mi libro balcánico aquí. Sin saberlo, ese libro viene a restituir mágicamente la vieja usurpación que A. hizo de mi antiguo libro de fotos de Lewis Carroll, regalándoselo a un amigo suyo fotógrafo, como solía hacer entonces con los objetos ajenos.
Y leyendo, leyendo el magnífico y atinado El espíritu de las obligaciones de Hazlitt (Alba) y a ratos Une rencontre de Kundera, que recomendaba Pierre Assouline, sobre la pasión de la lectura. Y asombrándome aún de ese extraño poder y esos modos del inconsciente, que me llevaron de la escritura de mi conferencia sobre el dolor (D. Collobert) a la realidad del dolor físico más intenso y desesperante, el mismo que arrasó mi cumpleaños. Espero que esa semana horribilis me haya inmunizado para pronunciarla. Antes, el 28-29 estaré en Vigo, para otra conferencia balcánica.