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martes, 24 de junio de 2008

Solsticio y ruido


Foto: Francesc. Un personaje de este blog contempla la mesa con varios volúmenes de mi libro La plaza del azufaifo en el restaurante La Taula, en la calle Sant Màrius, cerca del famoso árbol chino por el que hemos batallado.
Yo reconozco que el solsticio de verano tiene cierta influencia histórico-simbólica para mí, que ficcionalicé en mi Crucigrama, y que en esa noche, aún siento el viejo impulso de salir huyendo hacia algún lugar. Y aunque cada vez me sería más fácil neutralizarlo y quedarme leyendo en medio de la pirotecnia (y lo he hecho alguna vez), el estruendo en mi barrio es tan grande que no podría evitar preguntarme una y otra vez con cierta irritación qué significa ese simulacro de guerra, o contemplar esos padres hombres que superan largamente los impulsos destructivos de sus hijos y se arriesgan y les animan a arriesgarse con los petardos. No podría evitar, al oír las ambulancias, interrumpir mis lecturas o aún peor, mi escritura.
Y al mismo tiempo, sonrío recordando la hoguera ilegal a la que asistí hará diez o doce años, organizada en su barrio por un antropólogo amigo que, cuando le pidieron explicaciones, declaró a la guardia urbana: "Yo tengo que ser coherente. Mañana sale un artículo mío explicando que se trata de una demostración popular simbólica de fuerza, en que los ciudadanos recuerdan a los poderes públicos que podrían rebelarse". Esa explicación romántico-libertaria me gusta más que mis propias ideas: aún recuerdo que en mi adolescencia, en el loco Sant Joan que se celebraba en Ciutadella, los más agresivos en la calle y más borrachos de gin, los que intentaban arrojarnos bajo los caballos y nos atacaban literalmente eran siempre los personajes más tímidos y reprimidos en la vida cotidiana de aquel lugar, como un farmacéutico que se ruborizaba al atenderme y al que vi convertirse en ogro en la noche del fuego, y no puedo evitar concluir que somos un país de gente pasiva, que traga con todo y no se rebela por nada, que acepta lo que se le impone sin preguntarse siquiera, que paga los precios más desproporcionados por las casas, aunque eso les suponga vivir mal (ayer una chica parisina me confirmaba que ahora hay pisos en París mejor de precio que en Barcelona), aceptan que les destruyan el paisaje y que las compañías les cobren precios abusivos por los suministros, no se quejan del sueldo bajo, viven en medio de un estruendo constante de obras, pagan fortunas por mala comida y nunca protestan. Y a cambio, celebran el solsticio con una simulación bélica.
También recuerdo un pueblo de Galicia en verano, en la fiesta mayor, donde la pirotecnia excluía todo efecto visual en el cielo y se reducía a un estruendo brutal, de auténticas detonaciones que resonaban desagradablemente, sacudiendo las casas. Alguien me dijo que aquello era más barato que los fuegos artificiales pero yo siempre pienso que se ajustaba más a la idea de mi amigo antropólogo. Y por cierto, en la verbena siempre me vuelven imágenes de aquella noche de la hoguera ilegal: cuando volvimos a su casa y él procedía a hacer estallar sus municiones en la azotea, el vecino del tercero le mandó a la guardia urbana. Los agentes reconocieron al antropólogo de inmediato. "¿Otra vez usted?", le dijo uno de ellos, y él desplegó entonces toda su excéntrica elocuencia y ellos acabaron sonriendo comprensivos. Pero en cuanto se fueron, él reorientó el fuego hacia el vecino. "¡Tercero, morirás!", le gritaba, y los demás casi llorábamos de risa.
Casi todos los años suelo juntarme con amigos para ver una película o charlar hasta que pasa la tormenta. Una vez llegamos a ir al cine, que estaba felizmente vacío esa noche: lo malo fue que, al salir, los petardos estaban en pleno apogeo. "Ya sabes", me recordó ayer una psicoanalista con la que hablé por teléfono, "Quema esta noche todo lo que quieras eliminar de tu vida..."
Anoche me refugié en la hermosa terracita del "palomar" donde habita el partner italiano de V. Cenamos allí, en medio del estruendo y el olor a pólvora, y estuvimos hablando unas horas con chales bajo la brisa, y vimos cómo a los beligerantes vecinos se les iban acabando por fin las municiones, hasta que pareció que la furia pirotécnica bajaba y que se podía atravesar la ciudad sin más problema.
B. me había llamado para anunciarme que se había comprado una botella de vino blanco y pensaba irse con su perra al parque, en una celebración privada. Hoy me ha dicho que a su perra, más que los estallidos, le inquietaban los silbidos de los cohetes. Yo dejé a la gata Gilda dentro de casa, para que los petardos no le chamuscaran la cola. G ha aparecido este mediodía y hemos comido juntos unos fideos udon con un calabacín de huerta que me ha traído B con otras verduras, a cambio de que le echara unas cartas. He visto que los cohetes que tanto atraían a G de pequeño le disgustan cada vez más. Le había molestado el estruendo de ayer y además, tuvo ocasión de confirmar la teoría de Nick Hornby sobre la peligrosidad de la música.
Me he levantado en un silencio maravilloso, acompañado de brisa, he leído unas paginillas de la interesante biografía de Mercè Rodoreda a la que aún no puedo dedicarme, y he pensado con ilusión en el día que me esperaba, sin cita nocturna, dedicada tal vez a la escritura de mi conferencia o a acabar mi lectura/reseña de Dylan. Pero luego se han despertado los pirotécnicos y ahí están, aprovechando las municiones sobrantes y llenando el aire de pólvora. Y G me ha estado interrumpiendo con su conversación y preguntas técnicas hasta que se ha ido a casa de una amiga (reconozco que una interrupción constante se convierte para mí en una forma de tortura, aunque siendo G tengo un poco más de paciencia. Otras veces me sorprendo maldiciendo el teléfono o la puerta...) ¡Ahora ya no tengo excusas!
P.S. En el blog del mundo editorial El ojo fisgón recomiendan mi libro arbóreo. Por cierto, ya no sé si lo dije aquí. Pasé por la librería Platón (en Balmes/Mitre) y me llevé una sorpresa al ver mi libro en el escaparate. Me dijeron que aún siguen vendiendo mi Crucigrama.