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sábado, 30 de junio de 2007

Un vestido de seda muy viejo

Foto: autorretrato humilde de esta mañana
Sólo me sirve para estar en casa o para llegar como máximo al kiosco porque es tan viejo que, si me agacho o estornudo, se van descosiendo o rasgando las costuras gastadísimas. Me cuesta renunciar a él, le recoso un agujero y al moverme se hace otro. Si me alejara de casa con él, volvería toda rota y expuesta, como Barbarella en sus aventuras, y aunque esté metida en un thriller, ya no tengo edad para eso. El vestido era ya agradablemente viejo hace mucho tiempo, cuando tenía fondo blanco, entonces lo teñí de marrón y de pronto pasó a parecerse a uno antiguo que mi madre llevaba en los sesenta y pico, estampado de hojas de otoño que se ponía en verano, cuando a mí me parecía la mujer más guapa del mundo (aunque nunca me quiso, pero en mi infancia las imágenes eran siempre impecables y el fondo espantoso, nightmarish, siempre con el monstruo de las pesadillas abrazado a mi espalda).
Ayer pensé en mi vestido viejo. Fue bastante después de una llamada en la que me anunciaron buenas noticias, enigmáticamente y sin datos precisos: "Quiero decirte esto para que duermas tranquila", me dijo mi fuente. "Porque no debes de haber dormido muy bien últimamente. (¿cómo lo sabía? ¿acaso era otro de mis lectores silenciosos? Tal vez pensó en las propiedades calmantes de las azufaifas...). "Confía en mí", dijo. "Por los movimientos que observo en la otra parte, estamos en el buen camino."
Luego bajé y estuve viendo al azufaifo desde dentro, aprovechando la entrada de un programa de la TV1 que filmaban unos jóvenes cafres, totalmente analfabetos. Los pobres no sabían ni construir una frase, pero tampoco quisieron hablar con el jardinero experto ni con apenas nadie. Se refirieron a TV3 diciendo: "Bah, eso es una televisión regional... Nosotros somos toda España... Por eso sólo os damos un minuto, pero vosotros no hablaréis". Mientras esos jovencitos animaloides filmaban, ante la mirada desaprobadora de Ninca, yo contemplaba el árbol, allí de pie junto al jardinero y a un experto convocado por la parte contraria, la compañía. Yo miraba al árbol tan grande y armonioso desde allí abajo y oía hablar de las dos soluciones posibles.
"La solución española", la llamó el jardinero con su humanitaria ironía, sería modificar el proyecto arquitectónico, dejar un recuadro para el azufaifo, construir los cimientos con supervisión de un experto, cortando a mano para no dañar excesivas raíces, con cierto peligro para el árbol.
"La solución europea, la solución de cultura en el sentido de (culture) cultivo, de cuidar árboles, sería la solución ecológica, sostenible: expropiar todo el terreno, hacer una permuta con el propietario y crear un jardín para el azufaifo bicentenario, a su medida, su templo, la placeta del ginjoler..." (la que le he pedido al alcalde en una carta que publicaré en Polis más tarde). Eso sería lo que harían en Alemania o Francia.
Pero como el vestido, coses un lado y se descose otro. La máquina inmobiliaria no descansa. Al volver a casa tenía un mensaje de mi vecino escritor. "Sal a la terraza y mira", decía. "Están tirando la última casita del patio de manzana. El último jardín. Mira la baranda rota..." Y efectivamente. He intentado fotografiarla pero es ya tarde, creo que tengo una foto de ella entera, que podría buscar. El nuestro era un patio humildemente maravilloso, con esa belleza caótica de los patios de manzana de sant gervasi, que ya apenas existe, y ahora es tan feo, tan anodino... Y es que matan la belleza con saña, como pisando un hormiguero. "Me jubilaré y me iré a vivir al campo", concluyó mi vecino. Yo no podré jubilarme, y dentro de poco tendré que irme de aquí sin más opción, y no volveré a ver este patio.
¿Por qué el dinero tiene que ir asociado a esa fealdad "sans frontières d'arbres ni d'eaux, comme un cancer malheureux, étalant ses ganglions de misère et de laideur..." ? Antes dinero significaba castillos, pazos gallegos, mansiones, y ahora sólo multiplica la fealdad junto a una opulencia excesiva y también de mal gusto, de una desproporción asombrosa.
Pensaba ir al cine y no fui, me quedé trabajando en la frescura silenciosa de la casa, sin obras ni helicóptero. Y encontré, al reverso, un comentario de alguien que confiesa estar en el mismo thriller que yo y cuya identidad sólo puedo adivinar, Sniperarborist, un francotirador de árboles aunque dicho al revés, bebiéndose un raki (rajia yugoslava?) a la salud de todos los árboles ejecutados sin nombre ni medios... y los que aún caerán, en esta fiebre de corrupción que está destruyendo el país, sin que salga ningún político a evitarlo. Es una imagen con cierta gracia literaria (se non è vero, è ben trovato), pero que retrata amargamente a todos los que enferman de tanto trabajar para el enemigo, enriqueciéndose tal vez o refugiados en la seguridad del funcionario, como tantos a los que hemos oído y nos han llamado en estas semanas: "Yo no puedo firmar..." "Yo negaré esto si me citáis, pero sabed que..." y que aluden a Parcs i Jardins como si fuera la mafia napolitana. Tal vez ni siquiera sea culpa de las instituciones, ya hizo el trabajo Franco, que ha dejado una cultura del miedo y un desierto de la crítica.