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viernes, 14 de septiembre de 2007

A punto de partir


Foto: I.N. Azufaifos de la casa Xirau, Cadaqués, 2007.


El título de Li Bai siempre reaparece antes de mis viajes, y su espíritu libre, que tanta falta me hace ahora. Me gustaría poder desentenderme de la organización de ese recital del árbol y concentrarme en preparar mi periplo balcánico (me cuesta hacer una maleta con temperaturas que oscilan entre los 28 grados y los 5. No sé si hay que llevar sandalias o botas, anorak o bañador, o una hábil mezcla de todo; tengo que pensar en los textos, en el trabajo de escritura que me llevo, en los libros, el billete, la documentación, el dinero...).

Estaré ocho días fuera y no creo que aparezca por aquí, como no sea para contestar algún mensaje, ya que en los Balcanes las conexiones suelen ser muy lentas y en Cortanovci, un pueblecito boscoso junto al Danubio, tal vez ni existan. Daremos lecturas en Novi Sad, en Belgrado y en otra ciudad que no recuerdo. No voy a un lugar idílico, ni siquiera profundamente apacible, sino a un paisaje marcado por la guerra, donde las heridas de la violencia no han cicatrizado, por falta de aire (de discusión, de análisis, de revisión valerosa) y por la asfixia de la negación y el silencio.

Espero que el eco mediático que ha despertado nuestro azufaifo sea suficiente para protegerlo de la furia de tantos necios en estos días. No comprenden que muchas especies arbóreas y vegetales no resistirán el cambio climático, los nuevos retoños nunca crecerán como crecieron los antiguos y son esos árboles los que pueden darnos oxígeno y lluvias y limpiar el aire de contaminación. Si aún viven cuando eso ocurra, tal vez esos botarates se darán cuenta de su error y añorarán la sombra de los árboles y la bondad climática que significaban. Preferían el cemento o la plaza de aparcamiento en la esquina. Incluso el ayuntamiento, tras hacer una permuta con el constructor propietario, quiere construir un edificio frente al árbol (le llaman equipament). Espero que los que me han ayudado en esta campaña no dejen que las cosas empeoren en los ocho días de mi ausencia balcánica.

Anoche fui a ver al azufaifo. La calle estaba quieta y las ramas cargadas de hojas y azufaifas pequeñas se movían cruzando el cielo de la calle como una cabellera acariciadora. Se veía el tronco oscuro y abrupto, algunas ramas mal cortadas y una inmensidad de copa. Yo creo que los antiguos no se equivocaban en su adoración de los árboles, seres que arraigan en la tierra y tocan el cielo con los brazos. Creo que lo equivocado es talarlos y despreciarlos. Tal vez yo haya perdido el norte, y tal vez sea un error admirarse de la fuerza física quieta, del crecimiento silencioso, de la savia invisible, de la altura y la belleza de esos seres que en este país sólo hemos sabido destruir. Yo no puedo evitar sentir una felicidad orgullosa junto a ese árbol que a mi manera pequeña y desordenada he contribuido a salvar.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Vuelvo

Foto: I.N., Azufaifos de la casa Xirau, Cadaqués, 2007

Vuelvo de Cadaqués, donde he fotografiado sobre todo árboles y entre ellos las ramas de los azufaifos que sobresalen de la casa Xirau, y donde siempre oscilo entre la celebración física de la luz y el paisaje y el agolpamiento, entre dolorido y feliz, de la memoria, la ambivalencia espinosa del recuerdo de mi padre, la presencia de todos los que allí me hablan de él, la ofensiva diferencia de la belleza tranquila y salvaje que antes reinaba allí y el horror de los coches y motos, la fealdad que construyen, las hordas de gente que vocifera su estulticia hasta en las rocas, incapaz de construir una frase. Así que paso de la felicidad física y compartida a un impromptu de huir de allí, y siempre me vuelvo antes, abandonando alguna invitación. No tiene remedio. Pasar por Figueres me produce otra clase de nostalgia, tal vez más apacible. Luego me tocó experimentar otra aventura de tren. ¿Por qué será que en ese tren siempre me ocurre algo?

Y una vez aquí, buscando desesperadamente a la grafista que se ofreció a hacer el cartel de la Festa del ginjoler, tengo la suerte de leer el espléndido artículo de Félix de Azúa sobre Carlos Trías. Cito un (largo) fragmento:

"Casi todos los que le han recordado estos días han subrayado su estupenda presencia. Daba gozo verle. Alto, desgarbado, cargado de espaldas como para hacerse perdonar los casi dos metros de estatura, con un mechón de pelo siempre en guerra entre los ojos y el humo del cigarro, la voz de bajo ruso, la cerveza peligrosamente inclinada, el tartamudeo a la inglesa, los cabezazos y el índice alzado cuando repetía con entusiasmo deportivo '¡e-xac-to, e-xac-to!' cada vez que su interlocutor decía algo tan sólo razonable: era el hombre feo más guapo que he conocido.
Algunos privilegiados muestran tanto espíritu en el cuerpo como en el alma, de modo que es perfunctorio alabarles el intelecto. Los libros de Juan Benet son muy buenos, pero no son nada comparados con haberle visto en vivo con un mazo de folios en la mano y perorando sobre la teodicea de Leibniz, sobre la que no tenía ni puñetera idea. Carlos Trías era uno de estos individuos magníficos, y por eso su ausencia física es más dura de sobrellevar que la de otros que también han escrito libros, pero que eran más cansados de mirar
."

Pese a la distancia ideológica que siento generalmente ante los artículos de Azúa, otras veces no sólo me parece afín (esta vez hablando de la pérdida -y de la amistad, y del paso implacable del tiempo- con la metáfora del mugido de las vacas de la calle Muntaner o de la ciudad con mar, precisando muy bien que sólo perdemos quienes conocíamos, aunque para los nuevos visitantes, una Barcelona sin mar pudiera tener su encanto), sino que me admira lo bien que puede llegar a escribir y en esos casos se agradece esa vehemencia y precisión suyas.

En Cadaqués me entretuve leyendo a Tharrats, la reedición de Cent anys de pintura a Cadaqués, una especie de crónica del paso de artistas por ese pueblo, entonces aún telúrico y mágico y que hoy esconde sus restos de belleza en medio del ruido y la vulgaridad general, y divirtiéndome con su retrato de Eugeni d'Ors (que "sempre parlava en cursiva"), con su narración sobre aquella Lidia generosa que se creyó La ben plantada y enloqueció, y otras miles de anécdotas...
Por cierto, que allí me encontré con un amigo ex galerista que vive entre Barcelona y Almería y me contó que cuando plantó un azufaifo en su casa almeriense los campesinos se reían de él, diciéndole que eso se planta fuera y no dentro porque es invasivo, porque crecen alrededor cientos de rebrotes y se forman bosquecillos de azufaifos. Ellos lo evitan cortándolos, les ha crecido un bonito árbol, aún pequeño, y se comen las azufaifas. También me habló de los arbustos de ziziphus, que forman grandes extensiones de matorrales de azufaifo donde anidan muchos animales distintos, refugiados de la dureza semidesértica de aquel paisaje y ocultos de la presencia humana.
En Cadaqués y en Figueres, he concluido cada vez me gustan más los plátanos y cada vez disiento más del blogger que los considera monótonos. Cada uno es distinto que el otro y me maravilla mirarlos, con sus troncos inmensos y humanos, sus muchos brazos arremangados, su piel pecosa, su sombra.
Qué difícil es organizar un recital... Tenemos que conseguir un sistema de sonido, toma eléctrica, una tarima, sillas, y luego, hacer un conjuro para que no llueva. La lista de participantes ha adquirido consistencia: Dante Bertini, Joaquim Carbó, Enric Casassas, Toni Clapès, Paulina Fariza, Ramon Farrés, Feliu Gasull, Francesc Gelonch, Carles Hac Mor, Rodolfo Häsler, Ninca Lacruz, Cinta Massip, Dolors Miquel, Cinta Montagut, Mireia Mur, Isabel Núñez, Francesc Parcerisas, Jordi Paulí, Josep Pedrals, Lídia Pujol, Víctor Sunyol, Lluís Maria Todó, Dolors Udina, Jordi Valls, Alfonso Vilallonga, Elena Vilallonga, Ester Xargay, Esther Zarraluki. Y el retrato del árbol, obra de Aurora Altissent, ya está acabado y es precioso. Y ha aparecido Júlia Solans, la grafista y vecina de ojos grises que se ofreció a montar el cartel. Y hemos visitado a Feliu Gasull, músico que también participará. Y Ninca ha ido dándole a la tarde una continuidad imprevisible y fructífera.