Una alusión a la muerte del padre de un amigo de Mr.Ed me ha hecho acordarme del mío, mientras intentaba explicar una punzante jugarreta de la memoria y sus tempos, y es que ocho años después de su muerte, aún a veces, por una milésima de segundo, mi cerebro pensante se desconecta de una zona de la memoria o de unos archivos que él ocupa, y pienso que tengo que preguntarle o contarle algo, y en ese mismo momento llega, y cae como un pedrusco grueso, la conciencia de que no está ni estará más, de que ya no podré preguntarle ni contarle. Así que, contra la vieja cicatriz dolorida, sigo el consejo terapéutico del poema de Vinyoli, El silenci dels morts
...No deixis de voltar-te
de les seves imatges. Cada dia
posa'ls flors al costat, per si poguessin
sentir la flaire de les roses. Què sabem de cert de llur manera d'ésser?
Preservem les coses
que van tocar, deixem-les allà on eren, quietament. I potser un dia
se't manifestaran. I si no ho fan, espera
pacientment, contemplativament, tota la vida. Viu la teva vida
mesclada amb ells.
Usa dels morts així.
... y decido hacerle un sitio aquí en este blog, con su foto de su época más feliz, cantando ópera como solía, medio en broma, en Cadaqués, y en la tarjeta que hizo mi hermana por su muerte, donde yo elegí el Soave sia il vento. Quizá también sea culpa del viento que hace hoy, tan parecido a la tramuntana del día en que cogimos el barco para tirar sus cenizas en el Perefet (y yo leí lo que había escrito la misma madrugada de su muerte, el texto del reverso de la tarjeta), para que pudiera tener una vida imaginaria parecida a la canción de Brassens, en el mar de siempre, viendo los pies de los bañistas agitándose en el azul, pasando su muerte en vacaciones.
