Yo aprendí a leer muy pronto, y ahí estaba ya la ambivalencia que marcaría mi vida, forzándome a entender que todo sería siempre contradictorio y complejo: la misma malvada tía Rottenmeyer que me encerraba me dio la única llave de salida: me enseñó a leer. En ese proceso, curiosamente no me maltrataba como en la comida o los demás ritos cotidianos, tal vez porque ella, maestra frustrada, notaba mi urgencia de aprender y en ese único terreno conectábamos. Porque a pesar de ella y sus maneras y de cómo yo la odiaba, sentía que en aquellas repetidas planas de letras que me impedían irme a jugar, había algo para mí, algo que yo deseaba, la puerta del conejo blanco carrolliano, la oruga fumando en su narguile, la sonrisa del gato de Cheshire en el aire.
"Cuando aprendas a leer, te regalaré un libro", me dijo. Y cumplió su palabra. Yo tendría cuatro años, quizás menos. (Tengo ese libro, lo encontré hace tiempo, en casa de mi madre y lo reconocí de pronto: la portada de un verde acuoso, era Almendrita y otros cuentos, de Andersen). Su lectura fue una revelación tan grande que me resulta difícil de explicar. Toda mi vida basculó, es decir, apareció un universo entero para mí, un mundo donde yo podía vivir, escapando de mi purgatorio (hasta entonces, sólo tenía el paisaje, la luz y los pájaros, que cantaban supuestamente para mí, y me permitían imaginar que tal vez una parte del universo estaba conmigo). Y de pronto, descubría que alguien escribía historias donde las malvadas madrastras y crueles hermanastras eran implacablemente castigadas (con chinelas ardientes y barriles de clavos que igualaban mi odio sin perturbarme demasiado), donde el tercer hermano mataba al dragón y vivía en palacio con la princesa, donde Almendrita escapaba a aquellos topos ahorradores y autocomplacientes con sus pellizas, su guarida oscura y sus planes de boda, y volaba a lomos de la golondrina azul hasta un jardín de flores raras y seres diminutos como ella. (Enseguida llegarían Grimm, Perrault, Madame d'Aulnoy, Elena Fortún, Matilde Ras y los que les siguieron, todos con sus castigos bíblicos y su fuerte carga simbólica). Alguien pensaba como yo y en el lugar que escribía había justicia. Desde aquel momento yo quise leer y escribir para poder vivir en aquel mundo donde ya no estaba sola ni mal acompañada.
Al llegar a Barcelona, fui a un colegio de monjas, un espacio magnífico que saldría en una novela de Mendoza, pero dejando aparte el decorado, la atmósfera encajaba con la definición de Coetzee de la infancia: "apretar los dientes y resistir". Pues bien, las monjas me escogieron para leer en voz alta en todas las funciones. Tenía que leer textos evangélicos en la iglesia, hacer de narradora en Peter Pan o El flautista de Hamelín, pero también leer discursos en ceremonias religiosas y protocolarias. Por ejemplo, cuando yo empezaba a leer, en el cumpleaños de la gran jefa de aquella orden oscura, y decía: "reverenda madre superiora", todas las niñas tenían que inclinar la cabeza, en un movimiento sincronizado y multiplicado hasta el infinito. Mi rebelión (y caída en desgracia) empezó cuando dije que no quería leer en misa (así podía escapar), ni ser cruzada (me temo que intentaban ficharme, con mi aire virginal, mis buenas notas y el hecho de que estuviera en el coro, y no me perdonaron que las traicionara) y al final me expulsaron por unos simples novillos.
Pero -de nuevo la ambivalencia- yo había descubierto el poder de la voz. En el siguiente colegio (que era peor, del opus, y del que también me expulsaron enseguida, porque cuando se empieza, es contagioso, te echan de todas partes), cuando llovía, yo me sentaba encima de una mesa y las otras niñas me pedían que contara cualquier cosa, una historia, una película, una sarta de mentiras, lo que fuera. Y a mí me gustaba contar para poder pensar. De ahí pasé a un colegio progre, y luego fui a parar al instituto, pero la lectura silenciosa, como vía de escape de mi purgatorio familiar, y la combinación de leer en voz alta y contar historias ya no desaparecerían.
En How To Be Alone, Jonathan Franzen cita a una antropóloga llamada Shirley Brice Heath para definir un tipo de lectores (algunos de ellos escritores) que leen para no estar solos. Yo también quise quedarme en el mundo de los libros porque allí no estaba sola, allí conectaba con pensamientos afines y reafirmaba mi fuerte -desmesurado- sentido de la (in)justicia. (Por cierto, que leí ese libro de Franzen en Nueva York y estuve a punto de llamarle porque su teléfono estaba en la guía y visitaba las mismas librerías, pero me contuve.
Pero además, estaba la magia de las palabras. Ahora que los editores infantiles de este país publican libros sin apenas palabras, procurando adaptarse a unos supuestos lectores idiotizados, han barrido de golpe la magia que yo conocí. Antes leíamos largas páginas de texto hasta llegar a una deseada ilustración, que sólo mostraba una escena y motivaba a imaginar el resto. Y aquellas palabras que yo no entendía, atrapadas en la atmósfera de la historia, adquirían unas connotaciones misteriosas que sólo allí podían tener. Un bosque frondoso o umbrío no era lo mismo que un bosque lleno de hojas o tupido y sin sol. Algo se movilizaba con aquellas palabras que me hacían tropezar y destellaban como pepitas de oro en el suelo de tierra.
Espero haber podido aclarar aquí lo que empezó en comentarios al dorso, al hilo del audiolibro de Funambulista.

