Mostrando entradas con la etiqueta Grimm. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Grimm. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de noviembre de 2007

De la lectura

Ilustración: Albert Buendia, Cal·ligrafia, 2007

Yo aprendí a leer muy pronto, y ahí estaba ya la ambivalencia que marcaría mi vida, forzándome a entender que todo sería siempre contradictorio y complejo: la misma malvada tía Rottenmeyer que me encerraba me dio la única llave de salida: me enseñó a leer. En ese proceso, curiosamente no me maltrataba como en la comida o los demás ritos cotidianos, tal vez porque ella, maestra frustrada, notaba mi urgencia de aprender y en ese único terreno conectábamos. Porque a pesar de ella y sus maneras y de cómo yo la odiaba, sentía que en aquellas repetidas planas de letras que me impedían irme a jugar, había algo para mí, algo que yo deseaba, la puerta del conejo blanco carrolliano, la oruga fumando en su narguile, la sonrisa del gato de Cheshire en el aire.
"Cuando aprendas a leer, te regalaré un libro", me dijo. Y cumplió su palabra. Yo tendría cuatro años, quizás menos. (Tengo ese libro, lo encontré hace tiempo, en casa de mi madre y lo reconocí de pronto: la portada de un verde acuoso, era Almendrita y otros cuentos, de Andersen). Su lectura fue una revelación tan grande que me resulta difícil de explicar. Toda mi vida basculó, es decir, apareció un universo entero para mí, un mundo donde yo podía vivir, escapando de mi purgatorio (hasta entonces, sólo tenía el paisaje, la luz y los pájaros, que cantaban supuestamente para mí, y me permitían imaginar que tal vez una parte del universo estaba conmigo). Y de pronto, descubría que alguien escribía historias donde las malvadas madrastras y crueles hermanastras eran implacablemente castigadas (con chinelas ardientes y barriles de clavos que igualaban mi odio sin perturbarme demasiado), donde el tercer hermano mataba al dragón y vivía en palacio con la princesa, donde Almendrita escapaba a aquellos topos ahorradores y autocomplacientes con sus pellizas, su guarida oscura y sus planes de boda, y volaba a lomos de la golondrina azul hasta un jardín de flores raras y seres diminutos como ella. (Enseguida llegarían Grimm, Perrault, Madame d'Aulnoy, Elena Fortún, Matilde Ras y los que les siguieron, todos con sus castigos bíblicos y su fuerte carga simbólica). Alguien pensaba como yo y en el lugar que escribía había justicia. Desde aquel momento yo quise leer y escribir para poder vivir en aquel mundo donde ya no estaba sola ni mal acompañada.
Al llegar a Barcelona, fui a un colegio de monjas, un espacio magnífico que saldría en una novela de Mendoza, pero dejando aparte el decorado, la atmósfera encajaba con la definición de Coetzee de la infancia: "apretar los dientes y resistir". Pues bien, las monjas me escogieron para leer en voz alta en todas las funciones. Tenía que leer textos evangélicos en la iglesia, hacer de narradora en Peter Pan o El flautista de Hamelín, pero también leer discursos en ceremonias religiosas y protocolarias. Por ejemplo, cuando yo empezaba a leer, en el cumpleaños de la gran jefa de aquella orden oscura, y decía: "reverenda madre superiora", todas las niñas tenían que inclinar la cabeza, en un movimiento sincronizado y multiplicado hasta el infinito. Mi rebelión (y caída en desgracia) empezó cuando dije que no quería leer en misa (así podía escapar), ni ser cruzada (me temo que intentaban ficharme, con mi aire virginal, mis buenas notas y el hecho de que estuviera en el coro, y no me perdonaron que las traicionara) y al final me expulsaron por unos simples novillos.
Pero -de nuevo la ambivalencia- yo había descubierto el poder de la voz. En el siguiente colegio (que era peor, del opus, y del que también me expulsaron enseguida, porque cuando se empieza, es contagioso, te echan de todas partes), cuando llovía, yo me sentaba encima de una mesa y las otras niñas me pedían que contara cualquier cosa, una historia, una película, una sarta de mentiras, lo que fuera. Y a mí me gustaba contar para poder pensar. De ahí pasé a un colegio progre, y luego fui a parar al instituto, pero la lectura silenciosa, como vía de escape de mi purgatorio familiar, y la combinación de leer en voz alta y contar historias ya no desaparecerían.
En How To Be Alone, Jonathan Franzen cita a una antropóloga llamada Shirley Brice Heath para definir un tipo de lectores (algunos de ellos escritores) que leen para no estar solos. Yo también quise quedarme en el mundo de los libros porque allí no estaba sola, allí conectaba con pensamientos afines y reafirmaba mi fuerte -desmesurado- sentido de la (in)justicia. (Por cierto, que leí ese libro de Franzen en Nueva York y estuve a punto de llamarle porque su teléfono estaba en la guía y visitaba las mismas librerías, pero me contuve.
Pero además, estaba la magia de las palabras. Ahora que los editores infantiles de este país publican libros sin apenas palabras, procurando adaptarse a unos supuestos lectores idiotizados, han barrido de golpe la magia que yo conocí. Antes leíamos largas páginas de texto hasta llegar a una deseada ilustración, que sólo mostraba una escena y motivaba a imaginar el resto. Y aquellas palabras que yo no entendía, atrapadas en la atmósfera de la historia, adquirían unas connotaciones misteriosas que sólo allí podían tener. Un bosque frondoso o umbrío no era lo mismo que un bosque lleno de hojas o tupido y sin sol. Algo se movilizaba con aquellas palabras que me hacían tropezar y destellaban como pepitas de oro en el suelo de tierra.
Espero haber podido aclarar aquí lo que empezó en comentarios al dorso, al hilo del audiolibro de Funambulista.

domingo, 4 de febrero de 2007

Zambrano, la música (mnemónica) de las palabras, la pastora de gansos

Arthur Rakham, Blancanieves En El País de hoy, Gustavo Martín Garzo cita a María Zambrano en su artículo La caja de música para adentrarse en esa memoria musical de las palabras que los escritores heredan como legado (la madre asomada a la cuna, murmurando o hablando al bebé). Yo no creo que mi madre se asomara a mi cuna para hablarme, pero hubo un personaje más ambivalente, la tía malvada que fue mi Némesis de la infancia y a cuyo maltrato me costó tanto sobrevivir, también me enseñó a leer y me regaló mi primer libro, de Andersen, cuya portada verdosa recordaba vagamente y que recuperé hace unos años milagrosamente de casa de mi madre, Almendrita y otros cuentos. Mi primer libro me produjo un alivio asombroso, fue la revelación de un mundo, descubrí que existía otro mundo, más afín que el que me rodeaba, y que al mismo tiempo recogía a todos sus personajes terribles: madrastra, hermanastras, brujas y hadas, dragones y castigos despiadados, pero también transformaciones felices para el patito feo y la Cenicienta. Las palabras de ese y de los cuentos que le siguieron (Los Hermanos Grimm, Adalbert von Chamisso, Charles Perrault, Ras, Matilde , Fortún, Elena , IONESCU, Angela C., Beatrix Potter , los Cuentos Marujita-) su musicalidad y sus rimas se me quedaron grabadas, como la pastora de gansos que hablaba con la cabeza de su caballo muerto, colgada de una puerta: "Ay de mí, cabeza de Falada, que de la puerta estás colgada..." O que hacía soplar el viento para ahuyentar al pastor y poderse peinar tranquila: "Vuela vuela, viento alado y llévate el sombrero de Conrado, para que él vaya detrás, corre, corre y correrás..." O el humor despiadado de Pepe el tonto y otros tontos (un libro maravilloso que por desgracia ya no existe ni he podido encontrar. RBA compró editorial Molino y probablemente todo se destruyó, como sólo ocurre en este país, y tampoco pude encontrarlo en casa de mi madre, que acumula todo lo imaginable, pero se desprendió inexplicablemente de todos los cuentos): "Pepe el tonto fue a pescar/ con una gran coladera/ y se enfadó porque el agua/ se le caía por fuera..." O también en aquellos cuentos pequeños llenos de duendes con zapatos puntiagudos y grandes hebillas cuadradas en el cinturón, colección Marujita: "Madroño encantado, trabaja por mí, haz buenos pasteles, me fío de ti..." Por cierto que ayer una amiga me instigó a leer a Gregorio Morán en La Vanguardia, donde elogiaba a un escritor que yo no conocía. Como es su costumbre, Morán aprovechaba para arremeter contra unos cuantos, entre ellos Rafael Conte, pero no contaba con el azar o la justicia poética o quién sabe qué, porque en el Babelia de ayer, Rafael Conte defendía al mismo escritor, Ricardo Menéndez Salmón en Una (estética) huella alemana . ¿O acaso ambos lo sabían, por ese espionaje misterioso entre periódicos y suplementos? Yo suelo leer a Morán porque en un país donde nadie es libre de meterse con nadie y la crítica contra los famosos o reconocidos no existe (mientras los críticos silencian, ningunean o arremeten sin piedad contra los nuevos o poco conocidos, nadie se atreve con los consagrados), él sí que lo es. Algunos dicen que es resentido. Tal vez. Yo no siempre estoy de acuerdo con él, pero es una excepción a tener en cuenta.