Foto: Jose Aguirre, Viejo álbum familiar, 1992Cuando mi hijo era pequeño, yo pude recuperar los dos extremos de mi infancia, uno, el juego libre y plácido, que nunca había tenido del todo, o que siempre había estado mediatizado por el terror a la Bruja y la hostilidad general que yo inspiraba a mi familia, y otro, el mundo de los libros, que me había salvado.
Guillermo se acostumbró a que, en nuestra casa y nuestro mundo, todo hablaba, y yo le ponía la voz. Cualquier situación derivaba así, le bastaba con decir: Mosquits! Arbres! Bitxos! Culleres! Pi solitari! Peixos! Alga! Cualquier vegetal, animal u objeto inanimado le contestaba y en esas conversaciones -yo siempre con la misma voz aguda que les ponía a los ositos- surgía una narrativa con el punto de vista de esos objetos, bichos, árboles peces o incluso casas.
Aunque mi colección de pequeños ositos de peluche (compuesta sólo de los mejores ejemplares, Steiff alemanes y Hermann, Merryhought u otros ingleses, alguno francés, uno americano o incluso chino, casi ninguno español, y siempre osos bonitos, a la antigua, con su peluche marrón, gris o negro, no esos vulgares osos de colorines kitsch que se veían en España), había empezado mucho antes, con tres o cuatro diminutos, que ya hablaban y opinaban sobre cualquier situación. Aloysius fue el primero, en homenaje al malhumorado, snob y desaprobador oso de Brideshead Revisited de Evelyn Waugh, viajó conmigo a la India y por Europa, estaba ya bastante viejuzo cuando llegó Guillermo. Esa colección y esa manía de ositos, en efecto, ya existía antes de Guillermo, pero su llegada fue la justificación perfecta para llenar la casa de osos. El Comité de Osos llegó a tener más de 75 miembros (ahora apretujados y polvorientos en un armario), cada uno de los cuales tenía nombre, carácter distinto, incluso funciones en el comité -el presidente, el médico, etc.- y Guillermo les hacía hablar, les llamaba por teléfono -a veces comunicaban, tuut-tuut-tuut o, si estaban enfadados, rechazaban el mensaje del contestador, con la frase: "Este mensaje será rechazado por el contestador de los ositos". Los ositos cantaban, tenían osodólares, helicóptero, escribían tractatus -sobre todo Aloysius-, se curaban todas las enfermedades con abrazos de osos prodigados por el médico, componían poemas que sólo decían "Ositos de los ositos, ositos, ositos... ¡Oh, ositos!" cambiando los tonos, premiaban a quien pronunciara palabras acabadas en -oso o el verbo osar, se burlaban de muchas de las cosas que ocurrían, con comentarios furtivos, se peleaban unos con otros y pedían la intervención de Guillermo, le abrazaban y dormían rodeando su cama y protegiéndole simbólicamente, pero también eran arbitrarios e irracionales e incluso racistas, con un pobre gusano español, de un peluche verde fosforescente y muy feo que alguien le regaló a Guillermo, el Cuc, aunque casi todos los conflictos terminaban resolviéndose. Había un conejo Steiff, Bohigas (llamado así en homenaje a Josep B.), que se volvió tahúr y jugaba a las cartas y era perseguido por unos mafiosos (cuando pasamos unos días en Marsella), y un gran conejo blanco neoyorquino y carrolliano, Perry, que tenía amistad con la liebre de Pascua, lo que le servía a Guillermo para encontrar huevos de chocolate incluso en las calas de Cadaqués.
Algunos no comprendían que mis ositos más pequeños aparecieran sentados en mi cama alrededor de una de esas miniaturas de paellas valencianas o que yo los integrase en las conversaciones. Mi hermana italiana, por ejemplo, a quien yo veía más entonces, se agobió cuando le regalé un pequeño pato (no recuerdo su nombre) que le gustaba, y que era muy servicial y perfeccionista y sólo quería ayudar. Me lo devolvió antes de volverse a Milán, diciéndome que acabaría preocupada por la comodidad del pato y le parecía una locura.
Cuando cumplió 9 años, Guillermo me dijo: "Mare, ara ja sóc gran, els petons de bona nit i que parlin els ossets... tot això s'ha acabat." Naturalmente, no pudo mantener su decisión ni una sola noche. Echaba tanto de menos una cosa como la otra. No le costó convencerme de volver a darle los besos y abrazos de bona nit, pero necesitó mucho esfuerzo y tenacidad para persuadir a los orgullosos y ofendidos ositos, cuyo teléfono comunicó y rechazó los mensajes del contestador durante un buen rato, para irritación de Guillermo, aunque luego no dejaron de hablar durante años.
Todas las noches, hasta que pudo leer por su cuenta, yo le leía un cuento a Guillermo, y recuperé algunos de los libros antiguos que habían transformado mi infancia. Por las mañanas, antes de irse al colegio, me hacía inventar una historia, preferiblemente con una estructura robinhoodiana: de una situación injusta, de burlas, desprecio o abuso en la que alguien intervenía y salvaba a las víctimas, la situación favorita de Guillermo, que en el colegio procuró siempre apoyar a los que los demás arrinconaban.
En uno de mis momentos habituales de miserias económicas, alguien me sugirió que podía vender la colección de ositos, Carles Hac Mor incluso me habló de un coleccionista. Pero Guillermo, aunque los tuviera confinados al armario del altillo, no quiso saber nada del asunto. En realidad, no me sorprendió. Mi madre y mis tías les hacían vestidos y zapatos a las muñecas y tenían una especial sensibilidad hacia los pájaros, que les gustaban e inspiraban mucho más afecto que las personas. Algo de aquello me transmitieron, a pesar de que mi relación con ellas sólo se basara en castigos y golpes. Yo ni siquiera puedo ver un muñeco tirado en la calle en posición incómoda sin, por lo menos, colocarle en una nueva postura más considerada.
De las fotos, típicas de álbum familiar, diré que Guillermo había estado enfermo y acabábamos de raparle, así que tenía una cara paliducha, pero a mí me gustan pese a todo, tal vez porque en esa época, lo único que me hacía sonreír en una foto o que contrarrestaba mi gesto melancólico o descompuesto ante las cámaras, era la proximidad de G.
Y en cuanto a nuestro querido azufaifo, ahí sigue, hemos ido a visitarle unos amigos y yo, no se pierdan el post que le he dedicado en Polis. Y el editor de mi plaquette me dice que ayer salió en El Punt un artículo de Antoni Puigverd hablando de nuestro ginjoler!!! Mañana me lo traerá y lo comentaré en Polis.
