Foto: Ade Maio, Manuela y yo junto a la iglesia, en Cadaqués, en 1975. Hace poco he escrito un cuento sobre ese tiempo, cuando yo cuidaba a dos niños italianos en ese pueblo. No me gusta mucho mi aspecto ahí, deslumbrada del sol y con el pelo mojado, si acaso las alpargatas y el aire nature del verano. Tampoco se ven los ojazos azules de Manuela.
Esta mañana silenciosa a pesar de las obras, de cielo opaco, con la gata hecha un ovillo y expandiendo sus ondas somnolientas, he robado tiempo a los demás quehaceres para ponerme a escribir lo que yo suponía que era una tentativa de cuento sobre un viejo amigo americano, pero la carga que ha empezado a aparecer en esa escritura, el desbordamiento largo, que no me ha permitido siquiera llegar a lo que yo consideraba el tema del cuento, o no, la anécdota del cuento porque como he dicho muchas veces aquí, escribo a ciegas (como Carver, como Flannery O'Connor, como Jeff Noon), y a veces sólo tengo un paisaje, una frase, una sensación, algo que me arrastra y no sé cuál es el tema del cuento hasta que está escrito, o peor, hasta que lo discuto con uno de mis críticos-interlocutores... Pues todo eso ha empezado a atropellarse y multiplicarse de forma que no parecía, difícilmente podía ser un cuento, sino que ese escrito tenía un aire inconfundible de novela. Y la novela de mi infancia, lo que siempre quiero evitar y abordar al mismo tiempo, ese crujir y rechinar de dientes no-bíblico, pero sí endemoniado, siempre pendiente y al acecho, "revenir à l'enfance dont il n'avait jamais guéri, à cet secret de lumière, de pauvreté chaleureuse qui l'avait aidé à vivre et à tout vaincre..."
Por cierto que dicen que la viuda de Carver, Tess Gallagher, quiere publicar ahora sus cuentos sin editar, sin pasar por la criba correctora o las tijeras implacables de su primer editor, Gordon Lish, que según cuentan lo convirtió en minimalista, aunque sólo se refiere a What We Talk About When We Talk About Love, porque en Cathedral ya se había librado de él. Y los lectores nunca sabemos si se trata de sacar más dinero de los cajones del escritor difunto o si realmente vale la pena el esfuerzo. Es cierto que en algunos cuentos de Call If You Need Me, publicados póstumamente por Gallagher, estaba ya el mejor Carver, aunque otros fueran fallidos. A mí, en cualquier caso, me gustó mucho la parte de ensayo de ese volumen, que desapareció en la edición española de Anagrama, donde Carver contaba cómo escribía, quiénes eran sus maestros, qué frases pegaba en post-its alrededor de su mesa de trabajo, por qué creía que no había escrito novelas, etc. Yo tengo un amigo serbio , escritor y editor, que ha llegado a cortar decenas y decenas de páginas de la novela de un autor para publicarle, y ha reordenado y reestructurado el material hasta conseguir una novela digna de lo que era un bodrio: él sabe hacer ese trabajo de recosido, tiene un talento especial para ello, siempre que el autor lo acepte, claro.
Y volviendo a mi disyuntiva inexistente cuento-novela, y a mi mania de quedarme siempre en ese género que detestan los editores de estos lares, tal vez precisamente por eso, porque me siento más libre haciendo lo que nadie quiere, debo confesar que tengo miedo de la novela, aunque algunos amigos novelistas me dicen que es un género más fácil y menos implacable que el cuento, que en la novela puedes mezclar géneros, puedes introducir fragmentos ensayísticos, todo cabe, y en cambio en el cuento hay que amputar todo eso dolorosamente cada vez (con esa felicidad fugaz del resultado) y la estructura es tan importante y el clavo de Chéjov... Pero el cuento sólo exige acompañarlo durante días, semanas, a veces meses... mientras que la novela... Hay que pasar años encerrado en un tema, ¿cómo no detestar ni cansarse de un tono, un tema, una estructura, un lugar simbólico? Y en cambio, en el cuento, la felicidad dura tan poco y hay que esperar a que surja el siguiente para recobrar ese placer. Y uno puede levantarse todos los días durante meses y años con la mente llena de posibles ideas para una novela, dormirse siempre anotando en ese cuadernillo obligado de la mesita de noche para las ocurrencias de último minuto (yo he llegado a escribir a oscuras para no molestar a otro durmiente y sin querer despertarme del todo trasladándome a otra habitación, atropellando unas frases con otras y por la mañana, qué galimatías indescifrable a veces...), con esa sensación incomparable en que se disparan las ideas para un solo objeto, una historia, en que salen a la superficie como burbujas del agua y sólo hay que pescarlas, anotarlas para que no se pierdan ni olviden y encontrarles su lugar...
Y eso que he escrito esta mañana entroncaría con un viejo intento, lo sé, y me pregunto si debería probar a juntarlo y si... Pero tal vez me falte valor y acabe dejándolo languidecer y morir. Chissà. Entre tanto, esta tarde me toca dar mi clase anual en el posgrado de traducción literaria del IDEC. Espero poder iluminar o dar más recursos a esos traductores futuros. Para el año que viene he propuesto otro curso, menos técnico que el de este año, más literario y por tanto, más gozoso para mí.

