jueves, 16 de agosto de 2007

La muerte y los amigos. A Llorenç Torrado

Foto: I.N. El camino de casa, Ibiza, 2007

En otros tiempos fuimos muy amigos. Luego, yo desaparecí durante años, en mi famoso autosecuestro. Y una sola vez, hace ya muchísimo, nos encontramos en la Plaça Reial: "Ets tu!?", me dijo, con una sonrisa radiante, en una mezcla de afirmación y pregunta contestada. "Tant he canviat?", me reí yo. "No!", dijo él. "Estàs igual! Però fa tant de temps..." Y en unos minutos me preguntó qué hacía, yo le pregunté, pero me esperaban, no hubo ocasión. Cómo me arrepentí de no haberle pedido un teléfono. Pensé que no iba a moverse de aquella casa, en el viejo Poblenou. Cuando publiqué Crucigrama intenté llamarle, pero el número ya no funcionaba. Le mandé la invitación, y me la devolvieron. Pregunté a una amiga que se dedica a prensa y tiene todas las direcciones, y me dijo que le había perdido la pista. Busqué en una radio, también en vano.
Más tarde, cuando empecé la campaña del azufaifo, quise buscarle otra vez, recordando que antes de gastrónomo, había sido jardinero. Pero tampoco lo conseguí.
Y anoche su nombre me asaltó desde una pequeña esquela, en El País. No podía ser. Entonces busqué en La Vanguardia y allí sí, salía un pequeño artículo: Muere el periodista y experto gastrónomo Llorenç Torrado, "tras una larga enfermedad". ¿Pero cómo nadie me había avisado?", pensé ridículamente. Y entonces me di cuenta de que los pocos buenos amigos comunes que teníamos están muertos. "Todos los de ese grupo han muerto", pensé. Y aunque eran mayores que yo, más de una década, me sentí como si tuviera mil años, como si a partir de ahora todo fuese urgente e inaplazable, como si el tiempo, que en estos días parece detenido por el silencio de las vacaciones, se hubiera sujeto a la aceleración de Corioli y sólo crecieran las enfermedades y los finales imprevistos.
Sé que se habría alegrado de verme, como siempre. Tengo (y ahora fluyen alborotadamente) unos cuantos recuerdos de él: su casa de Pere IV, la pasta que me hizo la primera vez que fui, con algunas lecciones culinarias básicas. Sus visitas a mi casa de entonces o las reuniones en el Putxet de la época, en casa de su colega más cercano. Junto con aquel amigo radiofónico también famoso, Llorenç formaba parte de un "equipo de rescate" (así lo llamaba él con su autoburla), empeñados en apartarme de las garras de un artista conceptual, que a ellos les parecía vampírico y para mí tenía la fascinación de lo imposible. También recuerdo la declaración que me hizo, en mi casa de la calle Herzegovina, rodeados del dibujo de un mosaico que aún añoro a veces, y de las puertas grises con cristales esmerilados, yo sentada en un sofá de tela mallorquina, preocupada porque tenía que decirle que no, y él de pie, casi diría que divirtiéndose con su despliegue dramático. Y su petición de que no le parase, que le dejase continuar, demostrando que la teatralidad del gesto era para él más importante que el resultado, que los dos sabíamos de antemano.
Los dos amigos radiofónicos intentaron animarme para que hiciera un programa en la radio, y fui a ver a un empresario, pero me desanimé de las dificultades y nunca empecé, a pesar de la fascinación que ese medio me ha producido siempre: el hechizo de hablar sin ser visto ni ver a los oyentes, sin saber si alguien te escucha.
Cómo me arrepiento de no haber sido más tenaz, más obsesiva en mi búsqueda de Llorenç. Nada puede aplazarse. Ya que no he podido hablar con él ni reencontrarle como quería, con la sonrisa cálida y luminosa que siempre me dedicaba (los ojos brillantes, como si supiera muchas más cosas, como si se contuviera para no estallar en carcajadas, y a la vez, con una vaga sombra de melancolía, y su aire algo agitanado, que me recordaba a la canción de Dylan, pero también a un charmant demonio passoliniano), voy a ir al tanatorio, dentro de unas horas, otra vez como una intrusa de otro tiempo, a ver los fragmentos que de él lleven sus amigos o quienes vayan a despedirse.
Plus tard...
El tanatorio de Sancho Dàvila abarrotado de gente desconocida o quizás olvidada. Algunos han hablado, poco, y yo no me he decidido a leer lo que había anotado a toda prisa en el autobús. Sentía que me faltaba algo, algo que se ha ido dibujando mientras estaba allí y veía su foto, y dos últimos escritos suyos. Me preguntaba qué era lo que perdía: la posibilidad de verle, de su escucha libre de amigo, su vitalidad mediterránea, su búsqueda sobria (¿epicúrea?) de los placeres sencillos, y un humor desdramatizador, que no podía ocultar su humanismo. Mi tristeza es la sensación inevitable de que todo eso se acaba, se entierra con él, desaparece en un mundo ignorante, ruidoso y equivocado.
Y también: para mí, la soledad es la falta de interlocutores. La amistad e incluso mis partners son sobre todo eso, más allá de lo físico o intensificados por lo físico, interlocutores con quienes mantener una conversación a través del tiempo. Perderles significa no poder volver a escucharles, a hablar en voz alta ante ellos, a refinar el propio pensamiento con sus miradas y comentarios y reflexiones.
He salido de la fealdad del lugar, he esperado en vano a un autobús que no venía, y he echado a andar por Almogàvers. Al pasar el Parc de l'Estació del Nord me ha adelantado un vigoroso indigente con un enorme carro colorido, con telas estampadas y rayadas, pantalón corto, zapatillas deportivas y coleta. Luego, una joven china intentando abrir un portal con una mano, sujetando en la otra un plato humeante de fideos. Ha aparecido la verde Ciutadella y el rojo Arc de Triomf, que me recuerda siempre a mis viejas postales de la ciudad. Olía a lluvia. He seguido andando y he decidido comer en el Santamaría, en homenaje a Llorenç. Creo que él habría aprobado mi fantasiosa comida, pese a su sobriedad. (He recordado que fue él quien me llevó por primera vez al Pinotxo en la Boqueria, y al Passadís d'en Pep y a tantos otros sitios). Luego he atravesado Princesa y Montcada, cerca del lugar de otra amiga común desaparecida, la tienda Populart, donde en los años setenta organizábamos tertulias con cocina de pobre (gazpachos, tortillas de patatas, ensaladas de lentejas y garbanzos, pan con tomate), y he sentido que flotaba en una mezcla vital y melancólica que parecía el espíritu de Llorenç encarnado en la calle. El Rey de la Magia , la tienda del mago amigo de Brossa, estaba cerrada.

14 comentarios:

ed dijo...

buen regreso, zbel.

y buena crónica reflexiba ésta, acerca de la muerte que no avisa y los amigos que ya no están para avisar.
A mí me toca de lejos, no conocía a este señor pero sin embargo me detuve ayer en ese titular, no sé bien por qué pero supongo que porque me llamó la atención su apellido y su profesión.

saludos

zbelnu dijo...

Gracias, Ed.
Ahora la acabaré, vuelvo del funeral pagano y de una comida solitaria en su honor.

cacho de pan dijo...

a Ed le pasó lo mismo que a mí: interesado por las resonancias imprevisibles de las palabras (nombres), la muerte de un gastrónomo con apellido Torrado me llamó la atención y se lo comenté a Jorge. Ahora me parece casi frívolo, así que busqué una foto de su cara. Agitanado, si, simpático según parece. Lo siento.

zbelnu dijo...

Efectivamente, un tipo simpático, empático y libre. Y yo no me perdono haber aplazado el reencuentro, haber llegado tarde.

elperdedor dijo...

No, mi querida Isabel, nada puede aplazarse, nada debe aplazarse. Hace apenas tres meses se murió mi abuelo de 98 años, lúcido y pacífico, hosco y desarraigado. Un año antes de morir me dio su primer y último abrazo sentido. El gusano del cáncer, en lugar de corroerle las entrañas, le despertó el alma… menuda ironía!. Yo lamento ahora no haber sido más paciente con él. En Nochevieja, mientras él contaba sus historias de la Guerra, yo me iba haciendo adulto jugando con las migas de pan que quedaban en el mantel, escombros de la última cena. La bolita de pan engordó entre mis dedos, año tras año, y ahora es un objeto duro y opaco, una reliquia sentimental que no tiene nada adentro, un corazón frío, como un souvenir de mercadillo persa. Parte de lo propio nos parece siempre ajeno, tanto que a veces uno se sentiría mejor si pudiera comprar recuerdos o, como diría Gabo, alquilarse para soñar. En fin. Que todo esto no es nada, aunque quisiera ser una elegía a mi abuelo carpintero que modestamente le presto por si le sirve para llorar a su amigo gastrónomo.

Un abrazo con respeto (y un minuto de silencio)

zbelnu dijo...

Gracias, "el perdedor", todo eso es verdad. Muchas muertes me han sorprendido a traición o a posteriori, preguntando por alguien y escuchando: ¿Pero no lo sábías? Murió hace unos meses o hace unos años. Trozos de vida y de pasado que desaparecen. Hay gente muy mayor o que vive peligrosamente y si no los ves, puedes sospecharlo. Pero otros... yo nunca pensé que él...

el objeto a dijo...

bonito homenaje y paseo, me ha gustado eso de los ojos brillantes como si supiera muchas más cosas... la lluvia de esta mañana que limpiaba el aire renovando la ciudad y los recuerdos

zbelnu dijo...

Y los recuerdos que caen en tromba... de agua... De pronto, se vuelve imparable, como la bola de Navidad que crece, personajes olvidados reaparecen con un gesto cualquiera, el cosquilleo del pelo en la espalda me ha devuelto a Nicolás, un andaluz que conocí en Londres, hijo de un prestidigitador, profesor Salokim, que ya de pequeño le ponía entre dos sillas, en su espectáculo... Por la calle me ha parecido ver a Llorenç acercándose, con tal nitidez que me he quedado sobrecogida (luego, no se parecía nada)...

Anónimo dijo...

Siento lo de tu amigo.
Y gracias por el enlace.
impromptu

zbelnu dijo...

Gracias, Impromptu. Lo habría puesto antes, pero me despisto con esas cosas...

civisliberum dijo...

Si la vida nos hubiera dado esa fortuna, volberíamos atrás un monton de veces, enmendariamos las llamadas que no hicimos y las cosas que no dijimos y sobre cualquier cosa aprovechariamos para despedirnos. Cenar en su casa o su restaurante preferido, escuchar la pasión con la que nos daba sus lecciones culinarias. Y ahora, que después de su muerte, vemos que la vida no nos ha dado tal fortuna, un recuerdo sincero en su honor.

zbelnu dijo...

Pero a veces nos la da. Por ejemplo, los amigos que sabían que LLorenç vivía fuera de Bcn, que tenían su dirección, le apoyaron durante su "larga enfermedad", estuvieron con él. O mi padre, que sufrió terriblemente durante los cinco meses escasos de su enfermedad, nos permitió ir a lo esencial, restablecer las prioridades, decir las cosas, estar con él... al menos, un poco. Y esas relaciones con alguien que sabe y que sabes qe va a morir son especialmente intensas.

nomesploraria dijo...

no sabia que el coneixies, em sap greu...

zbelnu dijo...

Sí, sap greu, gràcies NMP, i benvingut