domingo, 24 de enero de 2010

Blog is a drug for me

Foto: I.N. De la serie Casas de mi ciudad, 2009
Sé que debería abandonar. Mi impulso es cada vez más escribir aquí y abandonar lo demás. Es un impulso de derrota, lasciate ogni speranza. No puedo vivir de la literatura, ni de los cursos, pero tampoco sé si podré traducir: ayer supe que grandes traductores premiados y que han traducido con brillo libros importantes tienen ahora dificultades para encontrar trabajo, mientras que otros, más baratos, más sumisos, más inexpertos, siguen traduciendo. La prueba es lo que yo estoy leyendo para reseñar, atravesando las dificultades de un castellano zafio y torpe, que no se entiende ni significa, un castellano deshonroso, de alguien que no sabe lo que es el amor a su lengua, de alguien que no ha leído, de alguien sin recursos ni talento para traducir.
Debería abandonar este espacio que me consuela y casi impide que aborde otras tareas, pero mi impulso es refugiarme aquí, como en un bar nocturno y oscuro donde parece que el paréntesis de la noche se apoderase de lo real, que la ensoñación dominara sobre lo demás, que no hubiera que enfrentarse al ruido de las obras y la mediocridad de esta pobre polis vencida y sumisa, maleducada y desconsiderada, sin rastros de humanismo ni de humanidad. Sólo leer, leer como quien bebe, ver películas como quien sueña, y escribir sólo aquí en lugar de todo lo demás.
Veremos qué ocurre. Leí que la última película de los Coen es una crítica al judaísmo, y sin embargo (sarinagara), su pregunta -"¿Por qué Ashem nos manda estos signos? ¿Qué significan?"- es la mía, aunque pueda sustituir a Dios por el inconsciente o por un destino vago e inextricable, ¿qué significa todo esto? ¿adónde me lleva? ¿cómo salir de Matrix? ¿Cómo encontrar mi vía? Como en la vieja canción, paso junto al retrato de mi padre y pienso "Show Me the Way; Gimme Strenght", como si en cierto modo me lo debiera, puesto que sólo me salvó en parte, puesto que no pudo reunir valor para -según sus plabras últimas- "estar a la altura. Veo la frase jeroglífica egipcia, más bonita y significante dibujada que transcrita al inglés, del himno a Osiris: "The indestructable stars are under the throne of His face". Lo pensaba temblando mientras veía en Arte Tv a unos refugiados en Yemen, a una joven que ha enloquecido por la guerra y se niega a comer y repite unas frases, a un niño contando, con una sonrisa, todo lo que había en su casa -sillas, mesas, camas, fuego...- antes de que la destruyeran. No sólo es Haití, es este mundo que se ha vuelto demasiado doloroso y esas voces flotan en el aire mientras la banalidad liviana y la mediocridad pegajosa se apoderan de todo lo demás...
Yo sé que ahora he entrado al fin en el mundo en el que quise vivir de pequeña, cuando aprendí a leer. Mi primer cuento fue uno de Andersen y tuve la revelación de que existía efectivamente ese otro mundo donde algunos pensaban como yo, donde mi sentido de la justicia y de la hospitalidad podían verse acogidos. Siento que al fin he llegado ahí y vivo entre ellos, aunque siga siendo una hormiga oculta, aunque tal vez nunca logre escribir lo que debo, lo que podría si... Yo me prometí entonces que huiría con los cuentos de lo que me pisoteaba, de la falta de hospitalidad, de la hostilidad aquella en la que yo no podía apenas respirar. Que no sería como ellos. Y el camino ha sido muy largo, al principio lleno de hoyos tremendos, pero también de refugios, no sin autosecuestros que encerraban a su vez otros peligros. Ahora estoy de verdad en ese otro mundo, ese otro lado del espejo, puedo ver de cerca a todos mis monstruos, me admiten secretamente como uno de ellos, pero no tengo ninguna garantía, ni siquiera una sujeción material y el peligro de morir es tan grande como entonces, el peligro de enloquecer, el peligro de la calle, todos los peligros bailan en un coro con el miedo, el placer y la risa, como el de aquellas figuritas de papel que recortaba de niña.
Y al mismo tiempo, los que tenéis la paciencia y generosidad de leerme, no me hagáis mucho caso; ya sabéis que todo es también mentira, que yo dramatizo, que nada es lo que parece, que quizás sólo necesite recogerme un poco...

sábado, 23 de enero de 2010

Intersecciones

Foto: Ansel Adams (1902-1984), Orchard, Portola Valley, California, c. 1940.
Tengo amigos que viven en territorios mentales muy distintos. Siempre me acordaré cómo me gustaba, en mis matemáticas adolescentes, el concepto, por muy básico y simple que fuera, de las intersecciones. Yo veía que mi vida estaba hecha de esas intersecciones. Yo misma era una intersección de mis distintos amigos. Compartía unas ideas con éste, otras con aquélla, mientras que me oponía o no conectaba con partes de todos. Eso no ha cambiado con el tiempo, mientras cambiaba casi todo lo demás. Todos nuestros amigos tienen zonas oscuras o zonas que no podríamos sospechar ni mucho menos comprender ni compartir cuando las descubrimos. Ése es el sentido de aquella escena de Proust donde un personaje se escandaliza de que tal amigo se haya enamorado de tal persona y un tercero concluye: "Eso es como extrañarse de que un bichito tan pequeño pueda causar la malaria" (estoy citando sin memoria, groseramente, como en las recetas de cocina, hachez grossierement...). De pronto un amigo se empareja con alguien que los demás no pueden entender y sobre todo, a algunos les cuesta aceptar que su amigo es también eso, aunque hasta ahora lo haya ocultado o aunque con nosotros ese aspecto no salga, no pueda salir a relucir... Pero existe. Y otros sí que afloran y nos irritan, pero los perdonamos o aceptamos, o bien peleamos siempre, pero seguimos dándoles cancha porque conectamos con ellos en otras cosas, a veces más importantes. Hasta que un día ese aspecto en el que disentimos se vuelve tan decisivo que tenemos que dejar de verles, por un tiempo o para siempre. Tengo amigos nacionalistas catalanes y nacionalistas españoles y amigos que no están interesados o están hartos de que todo se reduzca a ese tema, amigos cientifistas dogmáticos (en realidad creyentes sin saberlo) y amigos que admiran la ciencia como algo abierto y sujeto a cambios, amigos fervientemente esotéricos y otros que detestan esos temas a muerte, amigos filósofos, ateos y casi místicos, amigos psicoanalistas o admiradores agradecidos de ese lenguaje y otros a los que la sola palabra les produce violentos sarpullidos, amigos activistas y amigos que sólo quieren olvidar y enterrarse en libros, música y viajes. (Por cierto que mi amiga más esotérica me habla de un arpista que con su música "te saca de Matrix". Y escuchándola pienso en la frase del póster de Mulder, I want to believe!) La lista podría seguir ininterrumpidamente... La clave es la intersección, lo que comparto con cada uno... Y una conexión casi magnética, empática, una afinidad personal, que se prolonga en el tiempo. Y es que necesitamos coincidir y sentirnos afines, pero también sentimos la básica atracción de los opuestos y esperamos que con su visión distinta nos interpelen, nos hagan interrogarnos...
Aunque hay límites, naturalmente y tendré que decirlos aunque sean muy obvios. No tengo amigos fascistas, ni completamente misóginos (hasta el punto de no poder ver), ni sádicos o traidores, ni completamente mentirosos (porque me aburren), ni corruptos y defensores de todo lo que yo intento -humildemente y sobre todo simbólicamente- corregir. No tengo amigos que no lean (pero sí alguno que habla como si yo no escribiera o guarda silencio cuando yo hablo de mi escritura y yo ni siquiera sé si nunca me ha leído). Ni tampoco puedo conservar a los falsos amigos, esos que se sienten atraídos por nosotros y se acercan y nos atraen con sus encantos, pero no pueden dejar de traicionarnos o agredirnos en momentos clave, porque sus propios demonios internos les arrastran a ello; han ido apareciendo cíclicamente en mi vida, como una representación o un eco de mi familia, sólo que cada vez tardan menos en quitarse la máscara y en ese sentido hacen cada vez menos daño.
Había escrito estas líneas cuando he leído casi conteniendo el aliento la entrevista a Kenzaburo Oé en el Babelia. Hacía tiempo que ese suplemento no se abría con algo tan emocionante para mí. He sentido casi dolor de no estar leyéndole, de no saber japonés para convencer a un editor de que tradujera inmediatamente las Notas de Okinawa (1970) o las dos segundas partes de esta trilogía suya. En la entrevista habla de T.S. Eliot, habla sobre todo del Quijote y lo que revela sobre su posible otra novela quijotesca y asociada a su hijo es maravilloso (ojalá la escriba), y su personaje ético y la relación con su álter-ego Kogito (cogito) y su uso de la escritura del watashi (del yo; la llamada autoficción) de forma en que lo real y lo ficcional son inextricables... Yo reconozco que dos o tres de los libros que leí suyos me cambiaron la percepción y dejaron en mí un eco y una sensación que sigue latiendo (hice que G. leyera La presa cuando era más pequeño y sé que le gustó mucho). Una cuestión personal, no tanto Un grito silencioso, y también Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura. Creo que voy a buscar enseguida esas Notas, aunque me había prometido no comprar libros hasta avanzar más en este atasco que tengo y salir de este momento de incertidumbre y vacas flacas (Más tarde descubro que no están traducidas ni al inglés ni al francés. Falta buscar el italiano, pero...). Oé habla generosamente de Murakami y dice riéndose que los libros de M. se venden más de cien veces que los suyos; pero yo me siento más afín a Oé, aunque me ha convencido de que debería leer justamente ese libro de Murakami que no se ha traducido aquí (y no es casual), Underground. Oé habla de ese entierro de la historia que también se produce aquí, dice "Los gobiernos de Japón están invitando a la gente a que olvide. Lo malo es que la izquierda, que puede luchar contra ello, ahora es demasiado débil en este país." Y yo pienso: nosotros ni siquiera tenemos izquierda. Nuestra mal llamada izquierda ha sido la propiciadora de ese olvido. Esa mal llamada izquierda que tala kilómetros de bosques y arruina el paisaje y destruye el verde de las ciudades para sembrarlo todo de cemento. La misma que apoya a los Bancos y las grandes fortunas. La misma que permitió que no se rompiera con el pasado de la dictadura y que siga actuando legalmente una fundación con el nombre del dictador (¿se imaginan una Fundación Hitler en Alemania, que siguiera existiendo legalmente y haciendo declaraciones en los periódicos y con la propiedad de archivos cerrados a los historiadores?) y que muchos de los que colaboraron en atrocidades, y tienen aún fotos con el brazo levantado y en compañía de nazis, estén disfrutando de sus puestos, pensiones y honores. Oé no tiene reparos en decir que su padre era un fascista (a la japonesa, se suicidó en un bosque al no soportar la derrota).
Me gusta cómo habla de esa amistad que se basa en una empatía intelectual y afectiva, de esas extrañas parejas (beckettianas; por cierto que gracias a Francis busqué unos poemas suyos hace poco, que estarán al llegar; pues mi relación con Beckett es complicada), de interlocutores que se inspiran y que siguen su conversación, diría yo de mis amigos, a través del tiempo. Aun que las disensiones justamente, de las que yo hablaba más arriba, antes de leer esta entrevista, propiciaran un distanciamiento largo. Hasta que uno de los dos desaparece bruscamente y ese dolor impulsa su escritura, para hacerle renacer. Buscaré las películas de Juzo Itami. Todas las entrevistas con Oé me trasladan a otro mundo aunque hablen de éste, me alivian por la afinidad, por el humanismo tremendo, por la humildad, esa humildad que ayer fue una vez más mi conclusión, cuando supe de un nuevo fracaso mío, un fracaso que parece absoluto y que tal vez debiera liberarme en cierto modo, si no supiera que puede no ser verdad y que podría llevar en él la semilla de uno de esos falsos amigos, de alguien que tal vez ha preferido mentir y traicionar, aunque sea por poco, y esa incertidumbre me sume en cierta melancolía (en medio de mis batallas para que ese escenario se transforme, para cambiar la opacidad actual y la vulnerabilidad de los escritores por la transparencia necesaria, para que podamos saber), y repito como un mantra eliottiano The only wisdom we can hope to adquire is the wisdom of humility. Humility is endless. Al menos, para mí, hormiga de Figueres (sólo puede esperar ese contacto de antenas benéfico y afín de otra hormiga, el que me mandaba hace unos días el sabio Dr. Frikosal).

viernes, 22 de enero de 2010

Anoche

Foto: I.N., Serie "Mis balcones", 2010.
Cuando me quedé sola, pensé que, en medio de las dificultades, no podía entender por qué me seguían ocurriendo algunas cosas inesperadamente felices, y tal vez por eso me siento aún más agradecida de que ocurran. Luego me puse a leer el librito de Luis Antonio de Villena, Retratos (con flash) de Jaime Gil de Biedma y aunque ya era muy tarde me quedé despierta hasta acabarlo. El prólogo de Ana María Moix era ya precioso. Hablaba de los que se decían amigos del poeta una vez muerto y de que Villena no se atrevía a considerarse tan cerca. Yo no fui, ni muchísimo menos, amiga, ni siquiera conocida, aunque tuve la suerte de verle dos veces, de escucharle durante las deliberaciones del jurado de la Sonrisa Vertical y seguir escuchándole en la comida que siguió. Antes había tenido que llamarle por teléfono un par de veces, ya lo conté aquí, diría que la primera yo estaba tan impresionada (porque sus poemas me habían hablado a mí, y no sólo por mi nombre "Isabel, niña Isabel, ten cuidado/ Porque estamos en España/ Porque son uno y lo mismo/ los memos de tus amantes,/ el bestia de tu marido.") que al menos mentalmente tartamudeaba y lo que él dijo aún me asustó más, aunque me gustara; pero no viene al caso. La cuestión es que ayer, leyendo, le veía con claridad (y oía su voz, su carcajada) en esos relatos de los encuentros de Villena con él, encuentros literarios que acababan siendo encuentros callejeros, donde a pesar de lo festivo y excesivo y de toda esa nocturnidad y cacería que al parecer Jaime Gil consideraba la vida (La vida la recuerdo, pero dónde está), por una Barcelona que yo también recuerdo y que ya no existe y un Madrid que pude entrever en los ochenta, y eran retratos intensos pese a que siempre quedaba en Villena una reserva y un delicado silencio, una forma de mirar y una consideración en esa relación ("yo creo que sí, que puede considerarse amigo de Gil de Biedma", concluía Ana María Moix). El libro me encantó y ejerció un efecto poderoso en esa zona intermedia entre el sueño y la vigilia, como si se hubiera infiltrado por algún otro conducto de mis sentidos.
Al fin me dormí y como la gata me despertó dos veces en la noche con incursiones inesperadas, recordé tres sueños enigmáticos que procuraba memorizar sin anotar, agotada como estaba, hasta que en el tercero logré apuntar algo para mi libro de sueños...
Y sigo buscando sin encontrar y esperando sin que llegue, pero mientras, me escriben lectores amigos. Uno de ellos pasó el 23F en mi casa de entonces y esas cosas quedan en la memoria, dónde estábamos cuando ocurrieron hechos históricos... Sé que he tardado pero ya terminé tu libro de cuentos, que por cierto se puede leer como novela perfectamente. La semana pasada tenía que entregar un guión y cuando venía al ordenador sólo me ocupaba de eso, perdóname Belnu. Te he leído con intermitencia pero también con placer y nostalgia, que los dos somos del 57... Me gustó muchísimo Veraneo (cito títulos de memoria): es muy bueno, muy redondo y bien armado. Y también los últimos, especialmente el primero de los hombres con los que no te casas, donde me parece que no sólo retratas con maestría algunas actitudes de los no-maridos sino que despliegas una franqueza femenina infrecuente y extremadamente valiosa, un tono literario nuevo y fresco, libre de esos remilgos habituales. Te felicito mucho... Yours since February 23rd 1981,
A.T. Otra lectora, pero esta vez de Crucigrama (a mí, como a ella, tampoco me parecía triste ese libro, sino irónico y alegremente melancólico; pero para detectar el humor de otros hay que compartirlo y hubo un lector-escritor que calificó esos cuentos de "deprimentes"...)
Estimada Isabel: Este mes, es para mí unos de esos meses duros por mi trabajo... Harta de tantos números y papeles, busqué leerme algo corto, algo que me permitiera un pequeño paréntesis. Opté por Crucigrama. Resulta que me ha encantado, más que cualquier otro. Me gustan todos, pero este especialmente me ha encantado. Pero... contrariamente a lo que había oído en tu blog... no lo puedo evitar, yo no lo encuentro nada, nada triste o melancólico, todo lo contrario, lo he encontrado alegre, gracioso y encantador. A mí por lo menos me ha levantado el ánimo, más que levantarme el ánimo, me ha producido un ánimo sereno, que es el efecto que más me gusta. Te escribo, por esto. Lo voy a poner en mi blog, pero no voy a poner que es triste, sino alegre. Un beso, Tu lectora
Un escritor que fue corresponsal de El País, cuando le recordé que había calificado en un artículo La plaza del azufaifo de "libro delicioso", me responde en Facebook: "El libro es una joya, como tu memoria". Estos elogios les llegan a mis libros, también al del árbol...
Hace dos días conocí a otro escritor que ha reseñado mi libro (saldrá en un mes) en un diario; había sido poeta antes que novelista y me dijo que en mis cuentos yo iba bordeando las cosas, como se hace en poesía, y en vez del núcleo dibujaba lo que lo rodea y tal vez por eso le había gustado tanto a él. Dijo que los había leído despacio, a sorbos, paladeando cada cuento y no a la carrera; tal vez sea una clave.
Hoy, tras una serie de intentos agotadores en el terreno de lo práctico, he hablado con un amigo seráfico que quiere incluirme en un proyecto sugerente de la ciudad y su narrativa.
Estos días procuro no pasar junto a los árboles cortados, la plaza destruida, las ruinas de la belleza. Anoche me llamó MT, la señora octogenaria y humanista que ha liderado la resistencia contra esta barbaridad y me decía que para consolarse había ido a ver ese Tristán tan horrible, con sólo dos cantantes dignos y una escenografía fea y que dramáticamente le había parecido muy flojo. A mí me gustaba mucho el Tristán.. Esa obertura... Dice mi primo artista del retrato que habría que escucharlo cada semana... Yo dejé esas músicas al morir mi padre, las abandoné, pero las iré recuperando poco a poco.
Mientras, leo un libro para reseñar y tropiezo constantemente con la traducción: "Ahora no, mamá, estoy leudando la masa", dice un niño o una niña en el primer cuento. ¿Quién hablará así? Tal vez es que yo he perdido la perspectiva, pero en todas esas páginas el castellano me parece farragoso, nada fluido, se nota que hay otro idioma detrás, a veces asoma claramente el inglés, otras sólo lo farragoso. Pero a veces los editores prefieren esa especie de traductores. O tal vez sea el corrector. No hace tanto, donde yo traducía "llegaron de Alemania" el corrector me puso "llegaron procedentes de Alemania". ¿Por qué procedentes?, me preguntaba yo. Al fin y al cabo, era una novela...; pero cuando la vi, estaba ya impresa. ¿A quién le preocupa que un traductor haga bien su trabajo?
Para mi sorpresa, a veces me consuela Facebook, convertido en un hervidero de voces, de agitación de distintos niveles (más interesante entre los amigos franceses), de humor, de furia activista, de ironía y de juegos en los que no participo. A veces...
El otro día un hombre que conozco me contó que en su trabajo, le había preguntado a un colaborador: "¿Eres feliz?" y el otro se había ruborizado intensamente. Y otro de la empresa había dicho después: "¿Se habrá creído que eres gay?" Quizás simplemente no esperaba una pregunta tan personal. O quizás pensó en algo que le hacía feliz y que no podía explicar...
Veo que Acantilado publica un libro de Stefan Zweig sobre los celos (¿Fue él?), y de Anagrama me mandan el de Catherine Millet sobre el mismo tema. Recuerdo el capítulo maravilloso de Colette en Lo puro y lo impuro donde confiesa haber llegado al turbulento fondo de ese sentimiento, con todos sus juegos y variantes. Hay otro libro genial de Julian Barnes sobre la misma espinosa cuestión, Before She Met Me (Antes de conocerla) donde habla de los celos retrospectivos y el protagonista es un profesor de historia, obsesionado, claro está, por el pasado... Un buen tema para la literatura, mejor que para la vida.
Seguiré leyendo para reseñar y para olvidar la situación de mis arcas...

lunes, 18 de enero de 2010

Yo sé

Foto: I.N., Balcón en Marià Cubí- Camp d'en Vidal, 2009
... Yo sé que a veces parezco sombría y melancólica, incluso pesadamente quejumbrosa, pero en el fondo nunca he dejado de ser una hormiga de Figueres y conservo una extraña inocencia que me permite alegrarme por nada, a pesar del mundo, sin saber por qué.
Salgo a la calle, veo la maraña enramada de nuestros almeces invernales contra el cielo de Joaquim Folguera y las farolas de Brassaï o de Magritte con el suelo mojado -sé que los han condenado y ahí están esas horribles zanjas para recordármelo, pero déjenme disfrutar de la belleza que queda-, miro las casas más antiguas, una ventana alta iluminada con un globo que dibuja una atmósfera sugerente o un balcón abierto como la falda de una bailarina, y me siento arrastrada por una energía danzante.
Voy a un gimnasio germánico, a fortalecer mis tejidos musculares para no volver a lesionarme, y todo se ve pulcro bajo la claridad del tragaluz, todo parece bruñido, eficaz y curativo; la gente habla bajito, no hay músicas horribles, las máquinas son silenciosas, aunque el otro día un monitor intentaba explicarme el funcionamiento y ¡no tenía palabras! Yo tuve que írselas prestando, sugiriendo, porque él no sabía, como si no fuese su lengua... ¿Y cómo se puede vivir sin palabras? me preguntaba yo, conmovida.
Y anoche también les preguntaba a T. y a L. cómo vivirá toda esa gente a la que le preguntas y no sabe ninguna dirección, empleados de tiendas y negocios en Gràcia, por ejemplo, que desconocen los nombres de todas las calles por donde pasan a diario y no saben decirte dónde hay un café o un estanco o una ferretería, no saben nada, no miran nada, no recuerdan nada, tal vez van a su trabajo como autómatas y no alzan los ojos para ver los nombres de las calles, no se preguntan, no sienten curiosidad, y un día yo había quedado en un restaurante de la calle Perill (precisamente la calle Perill! Donde Broggi se salvó milagrosamente -o alguien le salvó seráficamente- de un peligro; una calle que salía en uno de mis cuentos, gracias a los comentarios repetidos de los taxistas del franquismo, que asociaban Peligro y Libertad al pedirles que me llevaran a un lugar entre las dos calles, en el fondo como nuestros gobernantes mundiales, que han decidido arrebatarnos toda libertad de movimientos engañándonos con el peligro o creando ese peligro...) y no recordaba exactamente dónde estaba y nadie supo decirme, hasta que encontré alguien lo bastante viejo para saber algo.
Anteayer, una amiga poeta y traductora intentaba decirme que en una primera lectura tal vez demasiado rápida no había conectado con mis cuentos, le había parecido que había un exceso de núcleo, la habían aturullado, y aunque prefería leerlos otra vez para estar segura, en parte porque había leído dos o tres antes de publicarse y entonces le habían gustado, temió molestarme con sus reservas. Como por email no se puede precisar el tono, la llamé para decirle que no se preocupara, incluso si en esa segunda lectura no le gustaran. Aceptar que a tus lectores favoritos o a tus amigos no siempre les guste lo que escribes, que no siempre puedan o quieran seguirte allí donde quieras llevarles puede resultar duro en un primer momento: nos gustaría que siempre nos entendieran, pero ¡es imposible! Los lectores que te siguen van cambiando, sólo algunos se mantienen alegremente ahí. Es verdad que a los amigos siempre hay algo que les gusta, pero pueden preferir tus libros anteriores, tal vez hubieran deseado que tomaras otras direcciones, tal vez les remueva lo que leen, o quizás se fijen en algo que les repele y no vean lo demás...
En algunos momentos me asusta esta situación generalizada sin trabajo y vuelven mis fantasías de indigencia (la otra tarde vi al mismo homeless viejuzo y enfadado que antes pedía en las escaleras de los FFCC de Provença diciendo: "Tinc fred, estic refredat, sóc català com vostès!" apostado en una acera de la Rambla Catalunya y decía otras cosas: "Tinc gana! Doni'm una ajuda, sisplau!" con el mismo tono de indignación que le distingue de otros, además de su aspecto, enjuto y desabrigado, de una digna sobriedad). Me pregunto cómo resistiré. Y otras veces voy andando por la calle (¡leyendo o mirando árboles y balcones) y no puedo evitar esa alegría que me arrastra.
Una vez, una niña italiana seráfica que tenía que digerir cambios espectaculares a su alrededor, a sus 8 años, cuando íbamos andando cerca de mi casa vio la luna llena en el cielo y dijo "La luna! Il mio pianeta!" y cuando le preguntamos qué deseo le había pedido, dijo, como si fuera un monje budista y no una niña de 8 años: "Accontentarmi da tutto!" Tal vez tenga yo que contentarme también de la pérdida y desposesión de todo, tal vez tenga que aprender a desaparecer.
Hoy he ido a buscar esos Cahiers de la guerre de Marguerite Duras (me encanta la foto de la portada de Folio) que me recomendó Bel Mercadé, he leído una página al azar sobre su infancia, tan distinta de la mía aunque igualmente doliente y precisamente gracias a esa diferencia me he puesto a escribir, primero mentalmente, mientras andaba, y luego en un cuadernillo.
Al llegar a casa, me ha llamado la señora octogenaria afrancesada que defiende los árboles de Joaquim Folguera. Me ha dicho que han cortado dos almeces sanos, contraviniendo todas las promesas que nos hicieron (de que nos avisarían antes, de que veríamos el proyecto, de que los árboles sanos serían trasplantados). Como siempre, mienten a los ciudadanos, los desprecian, no recuerdan que nosotros pagamos sus sueldos y que nos deben al menos lo prometido, si es que realmente tienen derecho a hacer todo lo que están haciendo en plena era del cambio climático, cortando todos los árboles centenarios, llenándolo todo de cemento, contaminando aún más, aumentando el ruido... He empezado a avisar a los vecinos a quienes todavía nos importan los árboles para que mañana todos llamemos a quienes nos mintieron.
Y una vez cumplido por hoy mi deber moral o mi impulso de dríade, me vuelvo a mis lecturas, entre la atmósfera melancólica y esperanzada de Sanshiro y esa Duras febril que me interpela, el Michon de Rimbaud et le fils, y el Ce que j'ai doné de Giono, no me falta compañía (eso sí, sólo me compro libros de bolsillo estos días, y de los franceses, que suman 6, 7 o máximo 8 euros). Y aquí está G., que se queda una semana más conmigo y se desespera porque nos cortan la conexión cada dos por tres, y la gata ovillada y los que me escriben, visitan y llaman...
Plus tard...
Olvidaba decir la fascinación mía por la mañana viendo un programa científico de Arte TV que contaba el origen del petróleo en este planeta y viendo las moléculas en el mar y las células dividiéndose, y los nómadas sentados en el desierto frente a esas llamas eternas, sacralizándolas y construyéndoles templos, y envidiaba esa visión de las cosas, esa posibilidad de ir al principio a analizar la base física, biológica y química de la realidad de nuestro pobre y viejo planeta maltratado, en lugar de simplemente sulfurarse y desesperarse como yo...
Vean aquí las primeras fotos de la destrucción de la plaça Joaquim Folguera. Y aquí mi artículo en La Vanguardia sobre los Cuadernos de notas de Henry James.

sábado, 16 de enero de 2010

Sábado silencioso

Foto: I.N., En Barcelona, las mejores puestas de sol son las de las calles más feas, Mitre, como Aragó y Travessera de Dalt, tal vez como compensación nemesiana a la falta de belleza, 2009
He tardado en escribir este post, sin duda reacia a abandonar la foto de M.A., su hora azul de cabellera arbórea y ventosa que me servía como atuendo. Ya sé que no podré sustituir su efecto.
Anoche vi Sauve qui peut (la vie) y no sólo no me gustó, sino que me irritó tanto que tuve que dejarla. Vi a Godard exactamente como la expresión que tiene en la portada de ese paquete de DVDs, me recordó un poco a una foto de Bauçà en Carrer Marsala, una expresión de ferocidad misógina unida al deseo, un deseo rabioso y resentido que no está en Vivre sa vie ni en Une femme mariée. Harta de su obsesión por las putas, por la humillación, o de la mirada cargante del padre que quiere tocar los pechos de su hija adolescente, abandoné la película añorando a mi Rohmer o por lo menos, otros Godards. Sin dejar de admirar la gestualidad implacable de Isabelle Huppert en la película, inundada de luz a pesar de todo. Había tenido una discusión telefónica con una amiga artista, fan de Godard, que había leído hacía poco Portrait of a Lady de Henry James y le parecía misógino (a mí me parece uno de los escritores menos misóginos que he leído) porque ella esperaba "modelos femeninos positivos". Yo le dije que para mí, la literatura no tiene que ver con modelos, sino todo lo contrario, y que la propia Margaret Atwood decía en una conferencia que ser feminista y novelista no obliga a describir a las mujeres como si fueran perfectas ni a renunciar a describir mujeres ambivalentes, que pueden ser mezquinas, o misóginas, celosas, contradictorias, débiles, aunque sean inteligentes y tengan otras virtudes y convivan junto a otras mejores, pues los personajes contradictorios son parte de la realidad, nos ponen en conflicto y nos interesa leer de ellos. Creo que las flaquezas humanas tienen que estar y son lo mejor de la literatura, que si no sería sólo folletín o autoayuda o pura fábula esquemática. Otra cosa son esas novelas misóginas donde todos los personajes femeninos se caracterizan por su estupidez o acaban siempre mal, a diferencia de los hombres. Lo curioso es que pocos lectores suelen darse cuenta de ese rasgo tan común, por pura costumbre. Como esas escritoras e intelectuales reconocidas que siempre son compadecidas por una supuesta infelicidad afectiva o porque, como dijo un periodista de El País de una escritora y ensayista balcánica, "llevan un exceso de carmín". Ahí sí se reconocen los gestos misóginos... La cuestión es que yo acabé la película añorando a Rohmer, que a mi amiga le aburre soberanamente.
Pero me queda buscar Le Mépris (que mi amiga me recomienda y yo no recuerdo) y ver dos Godards más, para seguir pensando.
Hoy he ido a esa misteriosa tertulia, Jacarandá, coordinada por José Luis Espina, que cuenta con un brillante historial de escritores invitados: Juan Marsé, Nora Catelli, Rodrigo Fresán, Clara Usón, Cristina Fernández Cubas, Fernando Valls, Ignacio Martínez de Pisón, J.A. Masoliver Ródenas, Joan de Sagarra, Carlos Pujol, Javier Tomeo, Robert Juan Cantavella... y yo he sido la invitada treinta y ocho, para hablar de mis cuentos. Ha sido agradable (para mí), me han preguntado por mi proceso de escritura, por el género y el acercamiento a la novela, por la topografía y la crónica de una época, por el título y la portada, hemos hablado también de mi libro balcánico, que siempre sigue ahí, y una asistente a la tertulia, refinada lectora, ha trazado una reseña entusiasta y generosa de ese libro, además de sus buenas palabras para mis cuentos. Algunos asistentes han seguido la charla en silencio y yo me preguntaba: "¿Qué piensan los que no hablan?" Es una pregunta que me he hecho desde mis tiempos de estudiante, cuando tanta gente se quedaba siempre callada. Lo pienso en las presentaciones de libros, y también lo pensé en aquella lectura poética de la cárcel de Quatre Camins, con mucha más intensidad y miradas más oscuras, más fijas. Yo he hablado de Shalámov y sus Relatos de Kólyma, que algunos han apuntado para buscar, de Carver y Lish, de Vila-Matas (a quien en la tertulia Jacarandá siguen deseosos de recibir, sin perder del todo la esperanza), del espíritu de Julien Sorel en Marsé y en Luisa Castro, de Flannery O'Connor y su editor, de Jean Rhys, de Chéjov y Maupassant, de tantas lecturas.
Hoy Félix de Azúa hablaba en El País de los temas de mi libro balcánico, me ha avisado C. y me ha dado no sé qué no poderle convencer de que lo leyera, aunque viva aquí cerca y me lo cruce a veces por la calle, naturalmente sin saludarnos, aunque yo sepa bien quién es él y él sin duda se haya acostumbrado hace años a verme como parte del paisaje humano, en algunos premios literarios o comprando verdura en el mercado. Y Manuel Rodríguez Rivero contaba en su crónica del libro y la terrible enfermedad de Tony Judt, a quien yo leí y cité en Si un árbol cae, y no sabía de su drama ni de ese libro insomne dictado por un hombre que vive sólo con la mente y sin vida en el cuerpo, convertido según sus palabras en la cucaracha de Kafka, especie de Gregor Samsa inmovilizado y pensante. Y eso tras las páginas haitianas de horror contemporáneo y la dosis de mentiras oficiales que tanto me irritan y que todos parecen compartir hasta que caen las máscaras (como esas vacunas dudosas para una gripe inexistente que hemos pagado todos y que ahora venden a países pobres, y la ridiculización que los medios hicieron de los argumentos de "la monja", y ahora se demuestra que ella tenía razón sin que nadie diga: Rectificamos.)
En el camino leía La Parure de Maupassant, una delicia. Hemos vuelto C. y yo bajo la lluvia, en autobús, hablando. Y al llegar a casa, junto a la gata ovillada en su plácida hibernación felina (aunque hoy nos ha despertado a las 4 am), durante un espacio breve de tiempo, me he atrevido a entrar en el archivo de mi proyecto de novela, que es como mi habitación de Barba Azul, con la llave manchada de sangre y todos los cadáveres colgados de la cabellera, pero también todos los tesoros de la cueva de Alí Babá, y he hecho algo, muy poco, pero algo, a última hora, cuando el cansancio impide adentrarse más...

martes, 12 de enero de 2010

Horas azules

Foto: Manel Armengol, Tardes blaves, Cadaqués, cap d'any de 2009
Yo sigo envuelta en mi enigma, sin saber por qué esquivo y aplazo el momento de la verdad de la escritura, sin saber cómo se me escapa el tiempo. Anoche, ya tarde, reuní un momento de valor y entré a mirar. Quería volver a leer un fragmento para mí clave en esa novela, aunque sigo dudando si debería ser el principio, si... Primero lo deseché mentalmente. Luego me gustó. Lo escuché imaginariamente en una voz alta interior y me gustó, aunque me sorprendió que ése pudiera ser el tono, mi tono para este libro. Aún no lo sé. ¿Debería seguir esa vía de la lentitud vondoderiana y ampliar con macro-objetivo el paisaje físico de esa bomba de relojería que es mi infancia? ¿O lograr como una de mis escritoras favoritas que el paisaje hablara y contuviera todo lo demás? ¿O debería seguir el para mí extraño consejo de mi amigo escritor serbio? ¿Y para cuándo mi coraje en ese empeño? Estas palabras se han borrado dos veces de este espacio virtual y he tenido que recomponer mis dos entradas, no sé por qué, misteriosamente.
Leía de esa biografía que han escrito Anna Caballé e Israel Rolón sobre Carmen Laforet, galardonada con el premio Gaziel y que se publicará en primavera, y me gustaban sus reflexiones. Dice la autora que, a diferencia de Cela, quien la ninguneaba y temía su competencia, Laforet “nunca se construyó un personaje que mediara entre ella y el público (cosa que sí hizo Cela, por ejemplo)." Y la compara con Greta Garbo, que estuvo huyendo de los fotógrafos toda su vida. Y Anna Caballé va más allá: "Dice Philip Roth que un escritor debe disponer de la fuerza necesaria para resolver este conflicto insoluble y seguir adelante. Pero esa fuerza, ¿cuánta fuerza es? ¿cómo se consigue? Laforet lo intentó y escribió cuatro novelas más, pero sólo fue libre escribiendo Nada”. Es una cuestión importante, que me devuelve a la frase de JRJ sobre "ser hocicada", y también a esos personajes que no logran seguir a flote a pesar de las tentativas de rescate, y que a mí siempre me atraen, aunque necesito sobre todo a los que a pesar de todo sí logran flotar, a pesar de sí mismos y del peso que les ha llevado al fondo tantas veces, como Jean Rhys o Dorothy Parker. Y también habla de ser libre, de esa necesidad de dejar jugar libremente al niño -la niña- interior, una criatura salvaje, sin moral, a veces casi terrorista, pero que sólo ataca literariamente y que necesita carta blanca para no enfadarse y bloquearnos. He leido del horror de Haití, una sola imagen que sobrecoge. No puedo decir nada. Me da la sensación de que el planeta se agite apocalípticamente.
He empezado a buscar traducciones sin desearlas, y eso significa que pueden lloverme o puedo no encontrar nada, porque los modos del inconsciente son múltiples, pero de momento, esa búsqueda va propiciando un gracioso acercamiento a algunos editores afines. Quién sabe lo que ocurrirá, como ya dije, todo está lleno de misterio...
Me ha llamado un antiguo amigo de la adolescencia, un guionista de éxito en las televisiones que de muy joven viajó por el mundo con varios circos, dando saltos mortales. Dice que se compró mi libro, lo leyó en un día y le gustó mucho y pensaba recomendarlo, y su entusiasmo generoso me ha alegrado la tarde.
He puesto aquí una foto que hizo Manel Armengol la última tarde del año, sin saber, mientras buceaba en el azul, que esa noche de fin de 2009 saldría una luna azul... Anoche G. y yo hablábamos de esas extrañas conexiones con alguna gente, que nos llevan a adivinar cuando nos llaman, aunque hayan pasado meses de silencio. Recuerdo a un artista conceptual que tenía una extraña conexión conmigo, casi telepática. Yo soñaba con él una noche y a la mañana siguiente reaparecía telefónicamente tras meses de silencio. O le encontraba en un restaurante japonés y me decía: "He soñado que estarías aquí". Creo que ya lo puse en algún cuento...

sábado, 9 de enero de 2010

Hay cosas que no podemos decir

Foto: I.N., Árboles franceses, 2009
Porque no se entenderían o porque, si las dijéramos, el hechizo del momento se desvanecería con argumentaciones. Hay rincones de gratitud que nos quedan ahí, como una especie de victoria, con su felicidad secreta, para animarnos de pronto, cuando se posan en la memoria como pájaros en la rama, que tiembla un poco con su peso. Y también matices más oscuros.
Hoy andaba, aprovechando el cielo barrido por el viento y las calles vacías para pensar, cuando me he encontrado inadvertidamente en el lugar donde vivió un antiguo amigo, nos he visto a los dos un momento juntos hace mil años y la conciencia dolorosa de su muerte -hace ya años- ha estado a punto de arrancarme una lágrima, pero me he puesto a pensar que tal vez, de no haber seguido la dirección que le llevó a acortar bruscamente su tiempo en el mundo, no nos habríamos vuelto a entender, tal vez le habría perdido de otro modo, y esa clase de pérdida no produce lágrimas, sino una mezcla de desaliento endurecido, como el roce del viento. Porque entonces pensamos que las cosas podrían cambiar, por eso la muerte es lo único definitivo, y con todo... (sarinagara)... Esos que se fueron siguen ahí y aparecen de pronto en una esquina, obligándonos a repensarlos y a revivir fragmentos de otra vida, convertidos extrañamente en fantasmas dickensianos.
También pensaba que algunos lectores nos devuelven imágenes insospechadas de nosotros y es un alivio reconocernos en ellas, no por buenas o malas, sino por la exactitud con que detectan una tendencia inconsciente en nuestra historia, un empeño al que no habíamos puesto palabras, una prioridad o una actitud, que para otros no significa. T. me decía ayer que al leer mis cuentos le había sorprendido la libertad del personaje; dijo que otros concedían más valor al confort, la calma o la seguridad en la vida, y no necesitan tanto ser libres.
Es cierto que cada libro es un trozo de nosotros y que refleja sólo ese trozo y bajo un prisma que es la estructura, el ángulo a partir del cual interpretamos una historia, la contemplamos. Sólo uniendo los distintos fragmentos podría recomponerse a un autor, ayer lo pensaba leyendo ese libro que de verdad explica a DP, Dorothy Parker in her own words, una biografía honrada que hila fragmentos de sus entrevistas y su ficción. Y es muchísimo más interesante que esa sórdida biografía sin hilo, de puro cotilleo sin escrúpulos, sin tesis, que escribió Marion Meade, y que no le recomiendo a nadie.
Luego, antes de salir de casa, mi escritor contemporáneo favorito en esta lengua me ha escrito sobre mis cuentos: "He leído algunos de tus relatos y me he encontrado con las mismos aciertos que ya te conozco después de haberte leído bastante. Mientras leía, no sé bien por qué, el tono lo emparentaba a veces con la música de tu admirada (también admirada por mí) Jean Rhys. Está bien el juego entre ficción y realidad, es más dificil de hacer de lo que la gente cree... También tengo que decirte que las apariciones de lugares comunes a nuestra generación de Barcelona y a nuestro entorno me parecían muy vivas y me producían una extraña nostalgia (extraña porque no soy nada nostálgico, me interesa siempre lo que vendrá), me sumían en un mundo perdido; un mundo, en todo caso, distinto al tuyo, claro. Pero me remitían a algo perdido. Y bello. Nuestro, también tuyo, claro. No sé explicarlo mejor."
Para mí está muy bien explicado y me he ido andando en el aire helado hacia el cine casi volando (la joie), como la imagen de Baryshnikov del programa Philosophie de hoy en Arte Tv, que trataba justamente de la libertad, y decía que "toda libertad es contagiosa". Es una conversación preciosa entre Raphael Enthoven y el filósofo Frédéric Worms; no se la pierdan.
He ido a ver la película de los Coen porque el crítico de cine de El País la asociaba a Dietario voluble de EVM y a Kafka. A mí me ha gustado la perplejidad que envolvía al pobre personaje protagonista, envuelto en problemas encallados, que se arrastran sin resolverse, y en signos asombrosos que no sabe cómo interpretar y para los cuales los rabinos que visita no parecen tener respuesta, excepto quizás otras preguntas. Anoche escribí: "Todo está lleno de misterio", y me dormí, y tuve un sueño teatral, lleno de una belleza insólita o muy ajena que aún no sé cómo interpretar. Sólo al apagar el ordenador surgen las ideas de mi escritura y el deseo, o cuando ando por la calle, y luego todo parece desvanecerse... hasta que reúna valor.
Se ha muerto Rohmer, tantos de mis amigos éramos personajes de Rohmer; yo le echaré mucho de menos, su mirada y sus historias. También he pensado que tal vez dejemos de existir esos amigos y yo, si quien nos escribía y animaba desaparece... Le robo a Eph este fragmento de Trintignant hablando de Rohmer.

viernes, 8 de enero de 2010

Inquietud

Foto: I.N., Perpinyà, 2009
Reconozco que el frío me acobarda, sobre todo con este viento helado: soy mediterránea y echo de menos la primavera. Hoy he sabido que el primer día de la primavera pasada murió un hombre que defendía los árboles ; vino a pedirme ayuda para proteger el Parc de la Ciutadella y fui a verle a l'Escola de Jardineria de Montjuïc. Fue un encuentro encantador de viejos humanistas, que no olvido. Luego me escribía a veces, desde la masía en el bosque donde se había retirado. Estaba convencido de que yo podría hacer algo. Cuando les dije, a él y a un amigo suyo también octogenario y encantador, convertido en ciudadano británico, que no teníamos instituciones a las que recurrir, me dijeron: "Creémoslas nosotros". Yo les miraba sonriendo, asombrada de su energía. Me contaron la historia del parque con unas diapositivas preciosas y antiguas. Aprendí algo de jardines con ellos. He leído de su muerte con el estruendo del viento. Una delgada chimenea del edificio contiguo se ha soltado y ahora golpea contra una tubería más grande, y produce un ruido que parece de película de Hitchkock, un ruido que se filtra en mis sueños de estas noches. Cada noche me propongo llamar para que pongan remedio y luego se me olvida y sueño con esos golpes. Las predicciones del tiempo son amenazantes. No puedo evitar pensar en todos los árboles talados que mitigarían ese viento y siento que estamos desprotegidos, con esos políticos que sólo piensan en parkings y cemento.
Mis sueños son sombríos, aunque todos hablan del proceso necesario que tengo que hacer para abordar esa difícil novela, evitando la autocompasión, el victimismo, el perrillo que lamía las heridas de la protagonista en las novelas de Allison Lurie.
En Arts Santa Mònica, he visto las fotos de Centelles (aún en aquella penuria había una belleza compositiva, una arquitectura humana, una luz suya... el polvo del suelo parecía nieve, pero era verano. C. y yo hablábamos de elaborar ese sufrimiento o sólo sufrirlo, le subir) en el campo de concentración y he recordado que había estado allí esta noche. Primero en un zulo donde apenas cabíamos y nos faltaba el aire. Luego en un campo de concentración donde no tenía zapatos de mi número y donde había que desbeber delante de los demás, en un lugar estrecho entre dos bancos donde ya olía fuerte y acre. V. me ha ayudado a interpretar los signos. Sé que nada será fácil, pero como ella dice, también hay una alegría en ese miedo. Y a veces bailo por la casa, con una canción que me obliga a levantarme como en Las zapatillas rojas, pero sin más consecuencias que mi divertimento.
Un amigo entusiasta y recuperado que tiene algo seráfico para mí ha venido a ayudarme a asuntos tecnológicos y didácticos. He leído (por Francis) dos libritos de Fleur Jaeggy, buscando algo que no he encontrado en su escritura fina, fría e incisiva, a veces silenciosamente violenta. Las dos primeras páginas de I beati anni del castigo me apasionaron y me sirvieron para desechar mi último método. Su narradora hablaba del colegio del Appenzell donde estudió y donde había paseado y muerto Robert Walser. Hablaba de las fotografías que lo mostraban muerto en la nieve, de la huella de su cuerpo y de la idea de dejarse caer en ella como un sepulcro natural. Esa melancolía conectaba con un fragmento de mi novela donde mis recorridos hacia el colegio tenían impreso en el aire y el viento el recorrido anterior, fantasmagórico y multitudinario, aún más melancólico y desesperado, de todos los que emprendieron el camino del exilio en aquel helado febrero de 1939, y del viento y el hambre y los niños. Algo que comprendí cuando participaba en un memorial del exilio en el museo de La Jonquera, sólo que entonces no podía decirlo. Tuve que contener mi emoción confusa e inexplicable, pero entonces el alcalde de Petra, un hombre corpulento y plácido que se sentaba a mi lado lloró en silencio, hablando de los muertos de su isla. Como aquello que decía Françoise Davoine de esas cosas que si uno no expresa, las expresa otro, o si no, acaban por decirlas los muebles. Me gustó cómo Fleur Jaeggy hablaba de las monjas asociándolas a la muerte y definiendo a la elegante directora como una gran dama de los sepulcros. Hay algo en ella que me recuerda a los poemas de Ingeborg Bachmann. Me gustan las ediciones de Adelphi, con sus portadas delicadas de belleza melancólica y significante. Y me he reconciliado con Assouline, lo reconozco. me enfurecí por una entrada suya donde me pareció detectar un desprecio por los que llamaba escritores invisibles, entre los que me sentí incluida, que nunca llegarían a ser leídos, etc. Y ahora, sus entradas sobre la correspondencia de Céline, sobre un extraordinario jardín, sobre ese poeta bouquiniste de origen español aislado y recalcitrante adorado por todos los grandes poetas pero desconocido por el público, sobre el ensayista inglés que rechaza a Hannah Arendt en su totalidad, con una ferocidad o un absoluto algo sospechoso, o sobre la muerte de David Lévine el mejor caricaturista de la new York Review of Books (incluyendo adivinanza), o sobre la legitimidad de querer leer o publicar esas notas desechadas y ocultas de Kafka me han parecido tan llenas de pasión por la literatura que me he quedado un buen rato leyéndole y pensando que ahora, las mejores revistas literarias son algunos blogs.
En el Arts Santa Mònica he visto una extraña foto mía muy oscura y contrastada entre los personajes de la movida de los ochenta de la fría barra de bar en la exposición de Quim Monzó. También he visto robots de luciérnagas y robots que forman una célula madre con sus sensores, que detectan el calor del cuerpo humano. E instalaciones que reflexionan sobre el impacto y el uso político de las nuevas redes sociales. En Le Monde des livres he leído sobre el resultado literario del curioso contencioso de "plagio psíquico" y sobre el fin de los derechos de las obras de Freud y sus consecuencias editoriales y las opciones de los traductores. Mucha gente me ha escrito y llamado después de la crítica de J.A. Masoliver en La Vanguardia. Cada uno hace su lectura, como ocurre con los cuentos y todas completan mi visión con otros matices. Yo me siento agradecida y contenta. Es el camino de mis cuentos, que ya navegan solos por ahí. En febrero me han invitado a un nuevo café librería muy activo en Girona, a hablar de nuevo de mi libro balcánico. El sábado 16 de enero participaré en una tertulia literaria llamada Jacarandá, sobre Algunos hombres... y otras mujeres. Aún no sé cuándo, pero tal vez, si no se borra esa emisión de Borradores, el programa de libros Antón Castro en la televisión aragonesa saldré un momentito hablando de estos cuentos.
Una vieja amiga del colegio, a la que no había visto desde los 11 años, me encontró el otro día por un comentario mío en Internet contra los arboricidios municipales y me invitó a verla a Sevilla. Un abogado madrileño que conocí una vez en un bar me localizó ayer con la reseña y ha aparecido hoy para decirme que iba a comprarse el libro.Una amiga poeta y novelista me escribió el otro día un mensaje que me alegró:
Hace días que quería escribirte, porque leí tu libro con verdadero interés y placer. Me siento muy próxima a tu mundo, a pesar de todas las diferencias, ya te lo había dicho antes. Lo que más me gusta es la voz envolvente y despojada de tus cuentos, y esa melancolía áspera -la de quien coge tu mano y al mismo tiempo te aparta. Porque escribir es también compartir la soledad, como en los abrazos se intenta compartir con otros cuerpos, ay. Alguno de tus personajes sabe mucho de eso. A veces, un libro te deja menos solo. Yo estaba menos sola mientras leía el tuyo. Un beso grande, Esther Z.
La gata Gilda está casi hibernando, duerme mucho más con este tiempo.
Se acaban las vacaciones y en cierta manera llega una hora de la verdad y se afianza la incertidumbre. Los periódicos están llenos de malas noticias. La política de la paranoia se extiende cada vez más, todos parecen empeñados en la mentira. Una vez leí que la antigua jefa de los servicios secretos británicos, que ahora escribe novelas de espías, disentía de la actual política "antiterrorista" y decía que habría que ser más sinceros y decir a los ciudadanos que "no podemos protegerles de toda amenaza", y dejarlos en paz. Por desgracia, nadie la escucha. Quieren someternos aún más a sus terribles métodos que convierten cualquier viaje en una pesadilla y ni siquiera protegen a nadie de nada. Y el clima nos azota. A veces leo artículos que me parecen delirantes. Hoy MM contestaba con acierto en El País al delirio de alguien que pretende que los creadores no tenemos derecho a cobrar por nuestro trabajo, con el argumento de que nada se crea a partir de cero. Según eso, los escritores no podrían cobrar por su trabajo...
Todavía siento los ecos de la biografía de Jean Rhys que me ha sorprendido porque inesperadamente me hablaba de mí (y de mi posible novela), aunque sólo fuese una pista y la solución tenga que encontrarla yo, entre los sueños y las ensoñaciones. Me alegró ver que Bruguera ha reeditado el Curso de literatura rusa y el Curso de literatura europea de Nabokov (le copio la foto a Déjà vu), que son espléndidos y de los que hablé hace meses en este blog, preguntándome por qué no se reeditaban. Cuando acabe de leer y escribir sobre Natsume Soseki, volveré a ese Nabokov de la literatura rusa, para encontrar tal vez más claves, aunque sea por una espcie de ósmosis. Sueño despierta con irme a vivir a otra ciudad, una ciudad calmada, tranquila, con árboles gigantes como los que vi al otro lado de la frontera estas navidades. Ayer me llamó M., desde ese otro mundo suyo, y le costó mucho encontrar palabras. Yo sólo intentaba ayudarla, prestándole algunas, que ella aceptaba sin más; cualquiera le servía, se ha resignado a la pérdida y para ella ya casi sólo cuenta el tono. Ella había visto la foto de la crítica, pero no creo que pudiera leerla; todos los significados se han reducido tanto al perder la memoria de las palabras. Alguien más me llamó para decirme que le había entristecido mucho verla. A veces me gustaría ovillarme como la gata Gilda y olvidarme del mundo y sus temporales, olvidarme de la tristeza de esa media vida de M, y de las miserias necesarias para mantenerme, sólo leer y escribir. Me siento como los personajes de Jane Austen, que sólo salían cuando hacía buen tiempo y esperaban días y días. El viento silba locamente y en los intervalos de las tuberías entrechocando me parece oír un mar embravecido. Volveré con Soseki.

miércoles, 6 de enero de 2010

J.A. Masoliver, sobre Algunos hombres...y otras mujeres

La Vanguardia Cultura/s, miércoles 6 de enero 2010
El reverso oscuro Isabel Núñez
Algunos hombres... y otras mujeres MENOSCUARTO 208 PÁGINAS 15,50 EUROS
J. A. MASOLIVER RÓDENAS
Algunos hombres... y otras mujeres es la segunda colección de relatos de Isabel Núñez (Figueres, 1957), profesora de Traducción Literaria en la Universitat Pompeu Fabra, traductora y colaboradora del suplemento Cultura/ s.
El libro escapa a toda definición. No se puede hablar propiamente de cuentos, porque en realidad son escenas de un conjunto que tampoco llega a ser novela. Sin embargo, y paradójicamente, si roza ambos géneros es por lo que tiene de memorias, aquí las de una mujer que, en un momento de su vida, decide reconstruir su turbulento pasado, que coincide con el turbulento pasado de una generación: la de los jóvenes de los años setenta. La originalidad está en que el lector nunca sabe si se trata de unas memorias reales o ficticias o, mejor dicho, dónde está la frontera entre realidad y ficción.
Esta falta de definición nos permite recorrer dos niveles -dos lecturas- distintos. Por un lado, nos encontramos con una muchacha egocéntrica, promiscua, víctima de las modas, ajena a todo código moral, incapaz de tener una verdadera amistad o una verdadera relación amorosa y morbosamente complacida en sus temores, culpas y angustias. Al lector que se mantiene en este nivel le agobia tanta aventura fácil y de desenlace previsto: la cama. El narcisismo lleva a la protagonista a una desagradable aridez emocional y moral. La trascendencia de su sufrimiento la insensibiliza para el humor.
Pero esta es una lectura muy limitada cuando no errónea, creo que más propia de un lector masculino que femenino, porque en realidad el libro es una tomadura de pelo a los lectores que sólo han visto la acumulación de trofeos eróticos y no la verdadera victoria de la protagonista: su afirmación de libertad, de independencia, su denuncia del egoísmo masculino, del amor posesivo e incapacidad de entrega de los hombres, de su ceguera al creerse seductores cuando han sido simplemente seducidos. No hay sólo una angustiada aunque también gozosa y divertida libertad femenina, sino también una burla de los prejuicios masculinos. La primera lectura es, pues, errónea, pero nos invita a entender y apreciar mejor la segunda.
La identificación de la autora con la protagonista es obvia, si no olvidamos cuanto hay de invención al servicio de las propuestas del relato, de su ética y de sus significados simbólicos (el de la belleza y nobleza de los caballos, capaces de conversar con los humanos, por ejemplo). Y si no olvidamos tampoco que, pese a ser protagonista única, representa a toda una generación con su promiscuidad sin lazos afectivos, sus utopías revolucionarias y su posterior desencanto, la ruptura con las generaciones anteriores -su padre desempeña en este sentido un importante papel- y, en pocas palabras, el abandono, la soledad y, muchas veces, el suicidio. Encuentros fortuitos que el tiempo desenmascarará para mostrarnos a seres derrotados o convencionales.
Un libro con un valor digamos terapéutico para la narradora, de desengañada reconstrucción de una época para el lector. La rubia Isabel -asumimos que este es el nombre de la narradora- ha tenido una infancia dolorosa, suponemos (nunca llegamos a conocer el lado más oscuro de su vida) que en parte debido a la ausencia de la madre. Le atraen los hombres y rechaza la idea de tener un hijo, mientras que "a algunos hombres esa idea les parece una especie de culminación sexual". Las personas que le atraen de verdad acaban desapareciendo de su vida. Experta en el deseo de los otros, los otros ignoran sus necesidades. Además, vive aquejada por la melancolía, y los lugares que recorre (Coma-ruga, Cadaqués, Barcelona) le producen, al comprobar su actual degradación, un malestar físico. Y todo pasado luminoso tiene también "su reverso oscuro". Los dos últimos textos, los más divertidos, y al mismo tiempo los más dramáticos del libro, confirman que si no es siempre la triunfadora, sí es la vencedora moral, fiel a su principio de libertad. Y es así como ilumina el sentido que tiene la provocadora y desesperada promiscuidad.

sábado, 2 de enero de 2010

Al colgar el teléfono

Foto: I.N., Plátanos en Languedoc, 2009
Anoche me quedé leyendo la extraordinaria biografía de JR, tan analítica y llena de insight (como mala, superficial y sórdida es la de DP), que llega hasta el fondo y da claves para comprender a la escritora y el esfuerzo pavoroso, la hazaña que logró con su novela WSS, donde logró eliminar el defecto o la tara que hasta entonces había limitado a todas sus protagonistas, la autocompasión, y lo hizo justamente en el libro donde debía residir todo el victimismo, la venganza y la autojustificación, el libro de su infancia, la causa hasta entonces callada de la fragilidad, la autodestrucción y la vulnerabilidad paranoica de todas esas narradoras suyas, dibujada dramáticamente en el paisaje mágico y terrible de las islas donde había crecido. Y su esfuerzo titánico de siete años siempre quebrada con la miseria, la humedad y el frío, la soledad y el aislamiento, la incomprensión de su entorno rural, sus paranoias y enfrentamientos con los vecinos, la enfermedad de su marido, la imposibilidad lacerante de dedicar esas tres horas diarias a la escritura que necesitaba, aunque siempre acudía algún ser seráfico en su ayuda, como ese vicario al que el hermano de JR le pide que la vigile (convencido de que tendrá problemas), pero ese hermano, que nunca la ha entendido ni simpatizado con ella y que la ayuda sólo por una mezcla de piedad y convencionalismo, no le dice al vicario que es escritora. Y sólo cuando JR le cuenta a ese sacerdote protestante que es escritora y que su mal y su angustia radican en esa imposibilidad de escribir tres horas al día, él, que además de su oficio religioso ha sido siempre literato y ha enseñado literatura entre otros a Evelyn Waugh, la comprende; lee algo suyo y se queda toda la noche despierto, le dice a su mujer que es extraordinario, comprende que se halla ante una escritora importante. Y a partir de ese momento le lleva todo el whisky que necesita y conversa con ella al pie de su cama y le compra una mesita para que escriba acostada, le busca mecanógrafos y acalla como puede las protestas de la gente del pueblo.
Yo la leía para completar mi ensayo de escritoras y fotógrafas, ese libro conjunto con L.O. que tengo que acabar pronto, pero en otro orden de pensamientos, llevo semanas (y meses) preguntándome qué podía leer que me ayudase a abordar mi novela (ya me releí toda la obra autobiográfica de Bernhard, y el efecto fue contundente, pero no me movió). Se trata de la novela de mi infancia y justamente mi problema básico es eliminar la autocompasión, lograr un sesgo, un ángulo implacable que me impida ese victimismo. ¿Cómo simpatizar con la maltratadora Rottenmeyer y con todos los que la aprobaron y se beneficiaron de la situación de impunidad, aunque sólo fuera para desahogarse de sus propias frustraciones? ¿Cómo acoger a esos personajes y la cobardía contra la que me he construido? ¿Cómo mostrar sus lados mejores, sus encantos, enfrentándolos a una niña que sufría su violencia on a daily basis? Y de pronto descubro que estoy leyendo justamente sobre eso, y de ese proceso brutal de siete años de forcejeo vital contra el mundo y contra sí misma para acabar aquella novela maravillosa, y de los recursos que ella usó sin proponérselo, elegidos inconscientemente, que le llegaron por vías diversas, un poema, un sueño, y que la llevaron a superar todos los obstáculos. Al comprenderlo no podía dormir.
También me atenaza la sensación de que he llegado al fin y ahora tendré que traducir sin tiempo para nada más y pasar miserias y sufrir los desplantes que se dedica a los traductores en este país. Hace dos noches soñé que tenía cáncer y me estaban haciendo quimioterapia, pero la enfermedad no me importaba demasiado; mi preocupación principal era cómo justificar que yo hubiera aceptado ese tratamiento, tan contrario a la vida y a todo lo que pienso y deseo, y buscaba la clave en libros jeroglíficos. Luego desentrañé el significado con ayuda de V., la quimioterapia era la traducción, el abandono de la escritura. Y en ese contexto mi deseo, mi urgencia de entrar en esa novela es mucho más grande, tan grande como el miedo que me produce.
Y hoy, le estaba contando esto a V. y le decía que yo no podía usar los recursos de JR, pero que leer sobre su proceso me había llenado de esperanza y que, como escribo a ciegas, no puedo pensar un método e imponerme seguirlo, y ella me decía que me llegaría por uno de esos modos del inconsciente, como a JR, por un sueño o algo así. Luego le he contado de unos retratos biográficos que me interesaban y sólo al colgar el teléfono me he dado cuenta de que le estaba hablando sin saberlo de un posible recurso de abordaje que tal vez pueda servirme. Y me he levantado del sofá y he empezado a escribir. Como me da miedo ese material radiactivo, ese campo minado, sé que no será fácil. No tengo ninguna garantía. Lo que he escrito no es aún nada y he tenido que parar. Pero hay algo muy hondo que se mueve, como esos brillos en el fondo líquido y negro de un pozo.

viernes, 1 de enero de 2010

La luna azul y la última noche del año

Foto: I.N., El cielo de Mandri, en el primer día del año, 2009
No sé por qué los anglosajones asocian la doble luna mensual a la melancolía y llaman Blue Moon a esa segunda llena de un mismo mes, que se produce sólo cuatro o cinco veces en un siglo. Ayer, en la última noche de 2009, tuvimos una de esas lunas azules, que se enseñoreó del cielo límpido y helado. Una amiga japonesa añoraba en FB a O., su amigo desaparecido (yo también le añoro a veces, me gustaría consultarle, escucharle, dejarme contagiar de aquel entusiasmo suyo fogoso y particular, que me contara de las extravagantes listas esotéricas en que se entretenía, y ya no está y nadie puede sustituirle) y asociaba su tristeza a la doble luna. La cuestión es que el viento había barrido el cielo y se veía la luna preciosa y llena de su fulgor misterioso, como las nubes blanquísimas de hoy, iluminadas y tan radiantes como si todos los deseos pudieran realizarse de verdad, como si pudieran cumplirse todos los eufóricos augurios de los amigos.
Anoche G y yo cenamos un rape delicioso y brindamos por el año nuevo -él con sus uvas y yo con mis arándanos-, luego yo anduve sous le vent y él se fue a sus raves, y yo me quedé con mis películas -Metrònom Ferrater, Une femme mariée- y acabé con Jean Rhys ya muy tarde, preguntándome lo que quería decir en mi ensayo y envuelta en una rara felicidad. Me he despertado del mismo modo, con esa joie paradoxale de la que hablaba Enthoven, aunque dos tuberías que golpean con el aire me atravesaban el sueño con una atmósfera de Hitchcock, y una llamada insidiosa me ha molestado un momento, pero el malhumor se ha desvanecido enseguida, barrido por el viento de la calle, donde he estado fotografiando árboles y nubes y terrazas lejanas, esquivando las feas farolas de autopista y las feas luces de navidad, hasta que me ha saludado N. desde un bar, donde brindaba con café con su cuñada librera y me ha dicho que me estaba leyendo y era como si me hubiera visto hacía poco.
También me felicitó ayer una amiga que vive en Palma desde hace unos años y dijo que sentía como si estuviera manteniendo una conversación conmigo al leerme. Yo he felicitado a un novelista que está escribiendo sobre hippies y años setenta, le he deseado que hiciera la novela del año en 2010 y él me ha contestado: "¡Tú sí que harás un novelón!", él no imagina lo lejos que estoy de conseguirlo. Y sin embargo...
Un amigo me escribía hoy del otro lado de la frontera un mensaje que me ha alegrado. En primer lugar, porque él es muy buen escritor. Yo misma reseñé algunos de sus libros en La Vanguardia y tengo pendiente su última y premiada novela en la mesilla. Pero lo gracioso fue que una vez, hace mucho tiempo, habíamos quedado en vernos cuando viniera por esta ciudad, de la que huyó hace años. Cuando vino, yo creía estar recuperándome de una gripe, pero en el último momento, volvió a subirme la fiebre, de modo que vino él a casa, estuvimos hablando un buen rato y me quedó una impresión alegre de esa visita, un tanto surreal, velada con mi fiebre. Dice así: Querida Isabel, Me llegó una agradabilísima sorpresa de fin de año: Algunos hombres y otras mujeres. Bonito título, pero tengo la impresión después de haberlo leído que esas otras mujeres son las que hay en ti. Algunos de los cuentos, si se le pueden llamar cuentos a estos textos, son magníficos, llenos de reminiscencias en las que creo reconocer (o recordar) cosas que también son mías (o lo fueron). ¿Cómo no escribes más (o publicas más, que no es lo mismo) con lo bien que lo haces y la cantidad de forros pelotudos que sí publican y no tienen ni zorra idea de que escriben para el otro?
La sensación autobiográfica es tan fuerte que algunos creen que no son cuentos, ¡y lo son! La estructura es férrea e implacable, manda sobre cualquier verdad, memoria, fabulación o invención. Nadie distingue lo inventado de lo vivido o escuchado o fantaseado, algunos imaginan que ésa es mi vida, pero eso le ocurre a casi todos los autores... Y ahora pienso en Jean Rhys con su cuento de Halloway, defendiendo con ferocidad que era un cuento. Y la connotación cotidiana de la palabra cuento tampoco ayuda... Pero después de todo, no importan las fuentes de lo literario, importa la construcción, la estructura, los cambios de género, importa lo escrito, si es capaz de transportar, de remover, de resonar, de cambiar la percepción... En cuanto a la segunda parte del título, no se reiere al yo de mis narradoras, que se mantiene como si fuese una (desordenada) novela, sino a las otras mujeres retratadas ahí, que no son las protagonistas, sino sus hermanas o amigas o enemigas.
He ido (con el amigo a quien mis cuentos producen un efecto tranquilizador) a una batida de año nuevo en el jardín del azufaifo, ¡qué bonito se veía el inmenso tronco desnudo e invernal desde el interior del jardín! Lástima que había poca luz y una farola invasora contaminaba mi cámara, que no ha podido captar la belleza asomada a mis ojos. Había un gran nido plano en el suelo del jardín del azufaifo, ese jardín que los vándalos intentan convertir estercolero. Nunca había visto de cerca un nido tan grande y resistente. ¿De qué pájaros podía ser? ¿Cigüeñas? Tendré que encontrar algún ornitólogo... o buscar nidos en las imágenes de google.
Me gustó el cd sobre Ferrater, esos testimonios que reconstruían y dibujaban al personaje con sus impresiones (sobre todo Azúa, Rico, Jill Jarrell, Ana Moix, Jaime Salinas, Carmen Rojo, Vargas Llosa), o el propio Ferrater recitando energéticamente con toda su gangosidad, o ¡su hermana! y esos trozos de película familiar de una alegre sensualidad y la casa y los árboles que GF abrazaba "com si fossin humans", o la sombra silenciosa del suicidio del padre, al que nadie alude, y en cambio me repelía la recitación tan impostada de sus poemas, aunque lo cierto es que a mí nunca me convencen los actores leyendo poemas, prefiero oír los defectos de los propios poetas que esas tentativas profesionalizadas y convencionales de cargar de sentido las palabras ajenas, robándoles toda excentricidad, toda particularidad. Hablando del defecto de habla familiar de GF, dice Azúa que cuando reconstruías lo que decía, parecía un discurso de Demóstenes, tal era la habilidad lingüística de Ferrater. Y Rico señala que el personaje, por su inteligencia y su atractivo y su facultad de aprender y penetrar todas las lenguas, era mucho más fascinante que el poeta. Su retrato me recordó un tanto a los retratos que de Pavese hicieron sus amigos escritores y poetas.
Y en cuanto a Une femme mariée, que he acabado de ver esta mañana, tiene el espíritu del Godard maravilloso de Vivre sa vie, me encantan esos personajes femeninos en los que se mezcla la vitalidad y la sensualidad con la interrogación filosófica, esa mujer que interroga a los otros y se interroga sin abandonar su gestualidad terrestre y algo felina. En cierto momento dice que adora el presente, porque para ella, lo importante es entender lo que le pasa y en el presente hay algo que siempre se le escapa. Y esos juegos de opuestos (su partner fijado en la memoria y el pasado) y la conversación que intenta con las caricias conciliar la violencia de la posesividad, los miedos, las obsesiones de la memoria y el futuro, y la sensación de que ella misma siempre se escapa...
Sigo sin poder explicar mi rara felicidad interna. No puedo encontrarla en mis perspectivas materiales, ni en ningún logro especial, ni en la situación sangrienta y humeante del mundo y sus injusticias, pero hay algo inexplicable y luminoso que se agita en el aire y me hace respirar de otra manera y escucho esta música como si surgiera también de mi interior.