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jueves, 18 de septiembre de 2008

Giovedi


Foto: Jose Aguirre, G. en Lisboa, 2008

De madrugada, mientras recogía los restos de una cena improvisada, y los rituales de orden tardío se mezclaban en mi cabeza con retazos de conversación y sensaciones físicas y todo lo que los dioses griegos me dedicaron como compensación a mi osadía, volvió a visitarme la idea de un cuento que parodiaría un título de mi querida Dorothy P., y que en realidad respondería a lo que el escorpiniano A. siempre me insiste en que escriba. Hace días, tal vez una semana, se me ocurrió al despertar, pero no lo anoté y se desvaneció, y creí que para siempre. Ahora ha vuelto, y aunque no tengo tiempo, porque la corrección balcánica sigue ocupándome (integrando o respondiendo a las sugerencias de un editor minucioso y con sentido común), ya empieza a ocupar un lugar posible. Veremos si me sale, si tiene sentido, si... Ayer hablaba con alguien que durante años había convertido su vida en una aventura en busca de material para escribir (entre Corea, Dubai y una colina de Alexandria VA desde donde se veían nítidamente los atentados del 11/S, o las predicciones de una joven gitana y los poderes de un maleficio rebotado, y diría que, cuando esa búsqueda tuvo que cesar por otros amarres, la sustituyó por emisoras de radio que hablan de supernovas, neutrones y agujeros negros gigantes que podrían devorar la Tierra), una idea que me atrajo porque yo siempre he pensado que mi material está siempre rodeándome, me persigue con insistencia, interpelándome con descaro, y yo me he pasado la vida esquivándolo o guardándolo o defendiéndome de él, abrumada por su peso y multiplicidad. Y luego buscándolo inútilmente en mi cabeza, desconcertada y cegada en mis bloqueos. Pero claro, mis aventuras son de otra clase porque yo sólo escribo dándole la vuelta al calcetín, como hizo Alexandre Cirici con las casas de l'Eixample en el libro La Barcelona Tendra (dibujadas por Aurora Altissent), y mis búsquedas (en vez de espejo, a veces creo que arrastro gigantescos interrogantes en el camino, con telarañas de sensores internos) están siempre en lo asombroso de las relaciones, lo invisible y su asociación con lo visible, los signos y la parte ignorada, el saber no sabido, el inconsciente.
El brazo aún me duele, sobre todo a ratos, y a pesar de las revoluciones físicas habidas y por haber. Un blogger me ha entrevistado para su blog: pondré el link cuando salga. Y entre tanto, G. cumplió 20 años y le comunicaron el mismo día que podría pasar el curso. Cuando le mandé un sms para felicitarle por su nuevo año, me contestó que yo podía estar contenta, porque lo había hecho muy bien en estos 20 años. G. es así y esas frases suyas, dichas siempre sin énfasis, en la puerta de casa o en un mensaje casual, me alegran una temporada. Al día siguiente lo celebramos con algunos manjares favoritos y la única tarta que le gusta, la sacher vienesa (pero sólo la que hacen en una pastelería clásica y cercana). Luego se fue con J. a Lisboa y desde allí me manda las primeras fotos, contemplando la ciudad, con sus rastas. El otro día me preguntó si me gustaban esas rastas y cuando le dije que no, se burló de mí diciendo: "Pues a ti te quedarían bien con tu color de pelo. Un día te haré unas cuando estés durmiendo"... (lo cual es afortunadamente imposible, porque yo me despierto con el vuelo de una mosca y él no sabe hacer rastas. Así que no tendré que repetir la frase de aquella indigente del cuento reflejada en el charco que le gustaba a V.).
En cuanto acabe la corrección, sumergida en mis lecturas de La Vanguardia, que siguen creciendo, retomaré mi papel de activista y dríade arbórea, contra los planes terribles de los políticos de Hereuville. Hoy he amanecido agotada y para rematar, he tenido que ir a ver a un banquero. El cansancio me sume en un estado peligrosamente vulnerable a lo emocional. Que nadie se fíe de mis declaraciones de hoy en ese terreno. ¿Lloverá?
Vayan a Polis!!!