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martes, 25 de septiembre de 2007

Viajar, viajar

Foto: I.N., Cortanovci, barcas en el Danubio, septiembre 2007

Llego derrotada de la carrera de obstáculos que es viajar en estos tiempos. Cinco veces he tenido que abrir el portátil, colocarlo en una bandeja, en otra la funda con mi bolso, en otra la chaqueta y el chal, quitarme los zapatos, soportar ese manoseo con mecanismo-pretexto, pasar por cuatro controles de pasaportes, llevar el pasaporte a otra cola donde lo sellaban en Zurich, esperar antes de embarcar porque la policía suiza necesitaba copiar unos datos de los pasaportes y documentos de unos cuantos (en la ida descubrí que mi DNI caducaba) ciudadanos de la Unión Europea. Cuando se lo cuento a los serbios, me dicen: Imagina lo que te harían si llevaras un pasaporte serbio... ¿Pero de qué nos sirve estar en la UE? En Zurich, cuando recogía mis cosas, descalza, dando bufidos, y la agente me ha pedido mirar no sé qué del bolso, he dicho Oh, my god! y ella me ha sonreído, como si todo esa mascarada humillante y nazi que nos imponen sólo para lograr nuestra sumisión y reducir nuestros derechos y acostumbrarnos al maltrato y la criminalización del viajero tuviera gracia. Yo la he mirado con toda mi furia, y con estupor a un ciudadano suizo que también sonreía. Hay viajeros tan acostumbrados y sumisos que siguen todos esos rituales con actitud voluntariosa y auténtica destreza, sacando el ordenador, colocándolo todo en bandejas a toda velocidad... como niños en un colegio religioso y autoritario, que intentan demostrar al cura o la monja de turno lo buenos que son y cómo superan a sus compañeros rivales en un estúpido concurso de modales...

Antes, viajar era un auténtico placer, a pesar del cansancio. Ahora han logrado convertirlo en una pesadilla. Cuando al fin, después de todo un día de aeropuertos detestables (ya ni siquiera puedo apreciar el buen gusto y el lujo silencioso de los aeropuertos germánicos y suizos, mis preferidos, pues la policía es tan rigurosa y metódica como corresponde al resto), de la horrible y ridícula promiscuidad de los aviones, de los sucedáneos de comida, de la falta de tiempo, de las colas, del cambio de temperatura constante, de todos los obstáculos, la maleta aparece en la cinta y la sufrida viajera puede llegar a su casa, el agotamiento vence al alivio. En el aeropuerto de Belgrado, tuve que pasar dos controles idénticos de bandejas y rayos equis. "But I just passed another X ray control", le dije a otra agente, con la vaga esperanza de que fuese un error. "Security reasons", me respondió. "But why twice?" insistí yo. "This is Serbia!", me dijo ella encogiéndose de hombros, como si reconociera una locura particular.

Mañana haré la crónica de mi viaje a Serbia. Con links. Lo prometo... Incluso intentaré visitar los blogs amigos... Como anticipo, una imagen de un paseo que di por la orilla del Danubio, con una poeta japonesa y una serbia, en la primera mañana de Cortanovci... Y en el blog Polis, junto con otra foto serbia, mi texto de la Festa del Ginjoler...

Y aunque aparentemente no venga a cuento (pero sí viene, aunque sólo yo sepa por qué) una frase inspiradora, en la lista de psicoanalistas del librero de la calle Berlinès, Carlos Bermejo nos recuerda: "Definición Lacaniana de Ciencia = Paranoia dirigida. Es decir, que sería paranoia plena si el sujeto de la ciencia, exterior a su discurso, no la controlase mínimamente." Un pensamiento muy reconfortante para mí, if I may say so... Por cierto que el propio librero me recomienda un artículo de Agamben que se publicó hace tiempo sobre esos controles, lúcido y tristemente acertado. En aquel momento se refería sólo a la política de Estados Unidos. Ahora, se ha extendido a Europa. ¿Dónde refugiarnos? ¿Cómo resistir?




domingo, 22 de abril de 2007

Vuelta de Pristina

La foto es de la antigua mezquita, uno de los pocos vestigios de la arquitectura otomana que perdonó el régimen de Tito. La visité bajo una lluvia fina y persistente, y nada más llegar, empezó a cantar el muecín, como si me estuviera esperando. Sólo había dos pares de zapatos fuera. "La religión es un capricho moderno en Kosovo", me dijo un escritor albanés que vive en Barcelona, y es cierto.
El barrio de los bazares de Pristina es como un Estambul afeado, pero conserva su estructura y algo de su atmósfera, junto con algún vestigio.
El resto de la ciudad es un caos: en los últimos años, después de la guerra, la corrupción ha permitido que se construyera sin permiso, sin planificación. Y en medio del mar de cemento, de pronto, entrando por el patio de un gran edificio aparecen callejones ocultos de casitas ajardinadas.
En pocos días he entrevistado a escritores, editores y artistas, que me han contado muchas historias. Es difícil explicar la emoción de explorar un lugar así, feo, polvoriento y agitado, pero existe y es intensa. Una amiga madrileña, cuando trabajaba para la ONU en Pekín y me decía "Pekín es como el barrio del Pilar, pero muy emocionante".
Los edificios cubiertos de parabólicas, que llenan balcones y ventanas. Los coches ocupando todas las aceras. Las terrazas llenas de gente que fuma y toma café con vaso de agua al lado. Las calles llenas de palabras escritas en albanés, que me llaman como jeroglíficos: Stomatolska Ordinaja (dentista) escrito en serbio. O Avokat.
En mi última mañana allí, iba filmando por la calle, distraída, y aceleré el paso para atravesar una calle, sin oír que me daban el alto. Pensando que intentaba escaparme, tres policías de Naciones Unidas, una mujer y dos hombres, los tres de gran formato, vinieron a por mí y me cogieron de los brazos, con lo cual me llevé un buen susto. La mujer policía me preguntó quién era y qué hacía en Pristina, me pidió los documentos, me dijo, ya más amablemente, que esa calle está llena de cámaras y que su trabajo incluye controlar quién filma. Me preguntó por qué no me había acreditado en la ONU (y es que me daba tanta pereza que no lo hice, pensando que no me haría falta). Anotó mis datos, no respondió a la pregunta de si no se podía filmar libremente, y al final me dejaron marchar.
La vuelta ha sido una pesadilla, además de los controles de aeropuertos, me he prometido no volar nunca más con Austrian Airlines: todavía no se me ha quitado el pestazo de la comida, de comedor de orfanato: en lugar de los agradables bocadillos de queso de Lufthansa, en Austrian Airlines dan sólo carne y huele tan mal que parece altamente tóxica. Para los vegetarianos no tienen nada, pero lo peor es tener que estar allí encerrada con ese olor nauseabundo. En el aeropuerto de Viena, yo pensaba en Bernhard y en toda su fobia por los vieneses y austriacos, mientras fumaba en uno de los numerosos cafés. Al menos allí, pagando, se puede fumar.