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miércoles, 11 de junio de 2008

Un mundo extraño

Foto: I.N. Autorretrato menorquín, 2008
A algunos, la huelga de los camioneros aún nos recuerda a Chile y a la muerte de Salvador Allende. Me lo ha dicho mi vecino (convaleciente, pero mejor organizado que yo en sus provisiones). Sin transportes, todo se paraliza. Alguien lo escribió el otro día: tal vez los responsables caigan en la cuenta de que fue un error abandonar el tren como medio de transporte de mercancías, mucho más ecológico que el transporte por carretera (que no me oigan los de los piquetes). Mientras, en la farmacia ya no tenían mi medicina homeopática y me han recomendado que buscara por ahí, porque ellos ya no pueden encargar nada. Mi editor me dice que algunas imprentas tendrán que parar la producción, porque no tienen espacio para acumular todo lo que van imprimiendo y los transportistas no se llevan.
Mi libro, que ha quedado tan bonito y bien editado, no puede llegar a la distribuidora ni a las librerías, pero si alguno quiere comprarlo, puede recurrir al librero de la calle Berlinès, el único que, prodigiosamente, tiene ejemplares a pesar de la huelga. Seguramente los tiene porque él mismo es un personaje del libro (el librero, que es fan de Vila-Matas, se ha entusiasmado con el prólogo, con la edición y con el modo en que la escritura del blog ha podido convertirse en libro).
Si seguimos así, pronto se acabarán las medicinas, los medicamentos, el papel para imprimir y todas las demás cosas. Pero los que nos gobiernan ya sabían que todo esto ocurriría y no hicieron nada para evitarlo. Es una sensación extraña en la que todo parece incierto. Salgo a la calle sin saber si habrá periódicos o si podré encontrar nada. Casi como en aquellos restaurantes (paladares) o bares de hotel de La Habana, donde tenían que pasar sin tantas cosas: "no hay, no llegó" era la frase constante. Y la gente acarreando cubos de agua por la calle. Y esa sensación de tiempo detenido. Sólo que aquí, de momento, el tráfico y las obras siguen. El portal de mi casa recuerda a una trinchera. Todos los días hay que saltar para no caer al hoyo y atravesar barreras de ladrillos y estruendo. "¿Es que le molesta el ruido?" ironiza el capataz. "Lo que me sorprende es que no le moleste a usted, que trabaja sin casco... Se va a quedar..." "¿Sordo? -dice él-. Ya lo estoy".
Y héte aquí que, después de un mes de llamar todos los días al Distrito para conseguir que nos dieran una respuesta sobre la presentación del libro, un periodista (no un periodista cualquiera, un periodista pensante, filósofo) de El País consiguió con una llamada que le dijeran lo que a nosotros nos negaban. Y con el apoyo de la carta del editor a la prensa. Ahora ya lo sabemos. El libro se presentará el 30 de junio en la Plaça Joaquim Folguera. No sé de dónde sacaremos un equipo de sonido, ni si podremos tener sillas para la gente mayor. Pero allí estaremos. Cualquier voluntario que tenga camioneta y/o sillas será bienvenido. Y todos aquellos que quieran traerse sillas plegables donde acomodarse, también. La hermana de mi amiga de Austin, lectora vilamatiana de ojos verdes, me ofrece su apoyo también verde, energético y ajardinado.
No sabría decir cuál es mi estado de ánimo. Con todo este ajetreo de las dificultades de la presentación en la calle, el libro que Melusina y yo hemos engendrado, la huelga que impide que se reparta, la conferencia de mañana (¡espero que alguien venga! Mucha gente se excusa o tiene otros lugares importantes adonde ir, y yo me temo que seamos sólo cuatro amigos en el Ateneu), y las solicitaciones filológicas de G., llevo varios días sin escribir mis cuentos y ya lo echo de menos. Hoy he retomado un rato (demasiado breve) mi corrección del libro balcánico y sentía otra vez esa alegre quietud y reconexión con mi escritura de peregrinaciones croatas, serbias, bosnias, eslovenas y albanokosovares. Espero que mañana pueda volver a lo mío. Y la falta de sueño no ayuda. Pero a mediodía, en la comida, alcachofas aparte, me he descubierto un gesto que reconozco, un guiño de la infancia que evoca abandono y melancolía.
He ido a la presentación de Los ojos prohibidos de Alberto Hernando. Reconozco que, además de restablecer un diálogo interrumpido, tenía el aliciente de que lo presentara Kalman Barsy, un nombre para mí talismánico porque de no haber ido hace años a la presentación de su sugestiva novela La cabeza de mi padre no habría conocido a mi amigo serbio y no habría retomado mi entonces abandonado libro balcánico, que ahora publicará Alba. Y cuánto más aburrida y limitada habría sido mi vida sin las montañas rusas ex yugoslavas de mis viajes y las relaciones que se tramaron. O sea que yo no sería tan yo si Leonardo Valencia, que entonces era redactor de Lateral y hoy estaba también en Laie, no me hubiera invitado a esa presentación. Y si Kalman Barsy no hubiera creído tener un antepasado de Novi Sad. Y si Mihaly Dés, que presentaba el libro en aquella ocasión, no hubiera dicho: "Aquí tenemos un escritor serbio..." Y si, cuando le dije a LV: "Yo no sabía que teníais ese amigo serbio... me habría servido para mi proyecto balcánico, si lo hubiera seguido...", él no me hubiera dicho: "Escríbele. Le gustará" y no me hubiera dado su dirección de email. A veces las cosas... Así que le he contado eso a Kalman Barsy, tras escuchar su interesante presentación y la lectura de esos ojos hernandianos, llenos de horror marcelschowiano, de fascinación sexual por la reescritura sacrílega del mito y de humor negro. Y Kalman Barsy me ha contado de su novela inédita, que pronto publicará Pre-Textos.
Alguien me ha llamado mientras volvía para decirme que el libro del azufaifo le ha encantado. Yo lo he llevado a la presentación y LV se ha quedado impresionado con la delicada y hermosa edición de Melusina.