
Ilustración: Kees Van Dongen
En esta casa, los libros llegan a oleadas, como el correo. El cartero no suele venir nunca los viernes, por ejemplo y no sé por qué. A mí, que me encantaba la idea del cartero francés rural, en bicicleta, y siempre me intrigó aquel artista alucinado llamado facteur cheval (ese doble sentido de la palabra francesa tenía su miga) y sus construcciones delirantes, me molesta el desdén con que se mira el correo por estos lares. Una vez, hace años, el director general de correos declaró que el correo ya sólo se usaba en medios rurales. ¿Será por eso que venden esos sobres tan feos en correos? En cambio, los gabachos han organizado premios literarios de cartas para fomentar el correo terrestre, y los libros de correspondencia, que empiezan tímidamente a publicarse aquí, allí tienen tradición (a mí me encanta la literatura epistolar). Para rematar el problema de los envíos, se ha estropeado el portero automático de mi edificio y ya nos han dicho que hasta la semana que viene no se arregla, de modo que los mensajeros van dejando notas de aviso y se marchan, creyendo que no estamos... y algunos amigos susceptibles creen que no les queremos abrir o que nos hemos contagiado de la sordera generalizada...*
La cuestión es que entre ayer y hoy me han llegado La Psychanalyse en France 1 y 2, de Yann Diener y Elisabeth Roudinesco, descubierto gracias a V., magnífico portafolio doble bien editado y preciosamente maquetado, que traza la particular e intensa historia (de amourhaine) del psicoanálisis en ese país, de la mano de artistas y escritores (Baudelaire, Rimbaud, Lautremont, Breton, Mallarmé, Crevel e tutti quanti), intelectuales, psicoanalistas, etc., en una edición inteligente y rigurosa, que demuestra el distinto nivel del país vecino (me lo manda el Ministère des Affairs Étrangers, como soy de Figueres, ¡he guardado el sobre! Pero sé que también lo tiene el librero de la calle Berlinès). También Masa y poder (en este caso Crowds and Power, una edición vieja y barata en inglés) de Elias Canetti, que encargué en librero de viejo por la red, y el libro de Celdoni Fonoll de Cossetània donde se homenajea a nuestro azufaifo y del que hablo en Polis, dos libritos bien editados y audaces de Melusina, Flor de farola de Millán (un libro con poética callejera!) y La cebolla de A. Moresco, y una pequeña delicia de Maurice Sendak que regalaré a un niño amigo, Chicken Soup With Rice.
Todo esto ocurre en días agitados, de traducción y escritura. Al fin di por acabado mi último cuento, sin la aprobación de mi crítico habitual, que puso objeciones estructurales. Y sin embargo, yo creo que se equivoca, puesto que la estructura interna del cuento tiene sentido para mí, se basa en lo simbólico, pero creo que tiene peso. Disentir de su criterio me entristeció en un primer momento, pero luego reforcé mi idea con un cambio sutil y decidí que el cuento "iba a misa" y sentí una especie de liberación, algo como crecimiento. Después de todo, pensé, él y yo no leemos de la misma manera. Por ejemplo, entre El malogrado y El sobrino de Wittgenstein, de Bernhard, él prefiere el primero, por la estructura, y a mí me parece más árido, me hastía, y en cambio El sobrino de Wittgenstein tiene una luz, la amistad y la afinidad de esos dos personajes, la proximidad del fracaso y la locura, el entorno mediocre, su dificultad de encontrarse en el hospital, todo eso está siempre conmigo. A mí me gustan algunas novelas irregulares, no redondas. A él no. Para mí, es más importante que un libro me cambie la percepción, me haga pensar, se quede en mi cabeza. Para él, lo estructural y el lugar del libro en la historia de la literatura es más importante. Así que por fuerza, un día u otro teníamos que disentir también en lo mío.
* Tengo la sospecha de que por aquí, todo el mundo se ha vuelto sordo. Las sirenas suenan cada vez más estridentes en la calle, la gente habla por el móvil a gritos, o pone su i-pod a un volumen atronador en el metro, los coches tocan la bocina para todo, los autobuses y camiones y el propio metro emiten chirridos y estruendo incomparable... y nadie parece darse cuenta. Una vez conocí a un taxista que tenía un oído hipersenible. Enseguida me dijo que oía mi reloj de cuerda, y que se había mudado a La Floresta, donde el apareamiento nocturno de las ranas (una noche increíble de primavera) y el aullido de un perro lejano no le dejaban dormir. ¿Me estaré volviendo como él, o será que el resto de la población de este país disfruta del ruido?
Mientras, proyectos de libros, de conferencias, y tiempo que se escapa... y un extraño temblor en las pestañas, tan delicado como el aleteo de una mariposa.
Ah, quien quiera leer mi artículo sobre Vollmann que salió ayer en La Vanguardia Cultura/s, puede encontrarlo aquí.
