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domingo, 27 de enero de 2008

Paseo y conversación


Ilustración: del libro Kunstformen der Natur (cedida graciosamente por Nomesploraria)
Esta mañana había quedado a pasear con dos antiguas amigas a las que no había vuelto a ver. Una vive en Austin, Texas y apareció hace poco en mi email y no podíamos parar de escribirnos. Ella sigue pintando y vive en un lugar lleno de árboles y oppossums y pájaros carpinteros. La otra vive en Barcelona, pero nos habíamos perdido la pista, sigue siendo médica y tras trabajar veinte años en Sant Pau, dedicada a los enfermos de Sida, ha pasado a una clínica, porque, dice, a estas alturas necesitaba trabajar menos y cobrar más. Nos hemos encontrado en La Rotonda y hemos subido andando por la carretera de Les Aigües, que estaba llena de ciclistas y corredores, pero nosotras nos hemos ido adentrando por el bosque, esquivando a la gente, y hemos estado admirando algunos serbales, hayas y fresnos en la parte más húmeda y frondosa, y flores raras y viperinas, mientras nos contábamos y repasábamos trozos de nuestras vidas, y hemos acabado tomando un aperitivo en el viejo y aún bonito Merbeyé, que me recuerda a otros tiempos, cuando Xavi Mariscal me dibujó en un cómic y yo hablaba con Carles Riart de otra vida distinta y de la belleza de las cosas. Recuerdo que una vez íbamos andando por Ciutat Vella, que entonces era muy distinta de lo que es ahora, y yo le señalé las ventanas de un viejo casón magnífico donde me habría gustado vivir y él me dijo: "Però tu no ets una noia del barri de La Ribera..."
Por el camino hemos visto algunas de esas horribles dentelladas que la construcción ha arrancado a nuestro último pulmón verde, como esa espantosa urbanización llamada Torre Vilana, que tras un sembrado de feísimas casas de lujo mal entendido, ha empezado a mordisquear el parque natural para ampliar su feo sembrado de piscinas. Al volver, he visto en indymedia que algún amante de Collserola había protestado por ese horror, y luego he leído comentarios de esos cenutrios que apoyan ese horror con su ignorancia, que acusaban a los denunciantes de envidia, sin poder imaginar que hay otros lujos que sí son envidiables y no esa fealdad contaminante del bosque. Para algunos de esos extraños seres, el argumento es que "vale más una urbanización de lujo que un agujero lleno de papeles y jeringuillas". Naturalmente, no se les ocurría que en otros lugares del mundo, la gente no tira papeles y jeringuillas al suelo con tanta alegría como aquí, y si los tiran, para eso están las brigadas de limpieza de los ayuntamientos. Otro le contestaba diciéndole que deberíamos valorar más el verde y ayudar a preservarlo. Y es que, aunque les moleste a esos catalanes que, según El País de ayer, "están contentos con el Tripartit pero no saben por qué" (no saben decir ni una sola razón ni acción de gobierno que sostenga su argumentación, y simplemente creen que todos sus males vienen de Madrid), a esos que se exaltan si alguien rompe su ensueño con una crítica, y aunque a mí no me parezca en absoluto un lugar ideal para vivir, en Luxemburgo, por ejemplo, no hay un solo papel en el suelo de las calles, y los parques y el bosque se llenan de gente que pasea sin sembrarlo de basura. Lo contrario de lo que ocurre aquí con el jardín del pobre azufaifo, donde, por alguna extraña razón, la gente prefiere lanzar su basura por encima de la alta alambrada para ensuciarlo que utilizar los contenedores que hay sólo a unos metros.
Pero en Collserola también hemos visto rincones preciosos de bosque y hemos oteado la bonita cúpula del Observatori Fabra (donde según indymedia también amenazan construir), que visité hace muchos años y me recordaba inevitablemente a Tintín.
El reencuentro ha sido feliz. Mis amigas seguían tan guapas como antes a pesar de los años, una con su aire hindú, o de Tigridia, y la otra con sus ojos verdes resplandecientes de lechuza. Y como ha dicho una de ellas, la vieja afinidad se mantenía en pie, tan erguida y majestuosa como los árboles que hemos visto. Siempre me alegra comprobar que incluso en mis épocas más extraviadas, no me equivoqué tanto al elegir a mis amigos.
Por lo demás, he seguido corrigiendo y podando mi libro del Azufaifo, y a pesar de las dudas que se me van planteando, es una ocupación feliz. Mi dilema en los fines de semana es cómo repartir mi tiempo entre la escritura, la lectura y los amigos. Me gustaría que los días tuviesen más horas. Que el año tuviese más meses y las semanas más días. Que todo ocurriese más despacio. Y que mi escritura encontrase cabida en el tiempo y pudiera avanzar sin tantas interrupciones. Tal vez si yo fuera uno de esos seres que sólo necesitan dormir cuatro horas... pero no es el caso. En realidad siempre arrastro un déficit de sueño, puesto que sigo robándole horas a Morfeo, no por insomnio sino por todo lo demás. Y pese a todo es una época feliz.
Por cierto que el 20 o 21 presentaré el libro de Slavenka Drakulic en la UPF, que aparte de ser un libro brillante y analítico para entender la guerra de los Balcanes, es también una pequeña anticipación, una costilla de mi propio libro balcánico. Otra noticia es que unos amigos de Madrid montan una nueva editorial, aún sin nombre, y requieren mis servicios como scout. Aceptar significa que nos veremos con más frecuencia y que yo tendré ocasión de visitar esas exposiciones que suelo perderme... Mientras, han seguido llegando comentarios, mensajes y felicitaciones por el acto del Ateneu y el texto que leí allí. Todos estos pensamientos flotaban a mi alrededor mientras avanzaba al viento por el paseo de la Bonanova hasta la plaza de Sarrià, donde el poético y lujoso Foix seguía abierto, como siempre. Oscurecía y yo iba mirando sólo a los árboles.
La ilustración es de otro libro maravilloso que tiene entusiasmado a Nmp, y le he pedido que me mandara unas cuantas, a cual más poética.