domingo, 8 de mayo de 2011

Allí, no tan lejos

Foto: I.N. La paloma que murió en aquel jardín, 2011
Qué bien se estaba rodeada de bosquecillos y caminos frondosos, absorta en los gestos sutiles y silenciosos de los gatos abisinios, entre la pereza y el frenesí cazador, enfrascada en un libro -donde JE rastrea mundos que desaparecen y en medio de paisajes hechizados recuerda los sueños que le llevaron allí y reflexiona sobre lo real y lo injusto-, agasajada por la hospitalidad espontánea de mis anfitriones, que preparaban comidas exclusivamente veggies para mi dieta radical. En aquellos regios y quietos aposentos que me ofrecieron se me ocurrió un título posible, o tal vez un working title para mi novela, aún desnuda y desprotegida sin él, y sin embargo, sarinagara, tan llena de fuerza propia que parece interpelarme ya como libro independiente de mí. Antes de dormir escuchaba mis cintas de lluvia y cuencos tibetanos y por las mañanas me despertaba un auténtico festival de pájaros. Y luego volvía al trabajo de bruñido de un texto que parecía más y más persuasivo, al mismo tiempo ensoñado y crítico.
Y la segunda tarde, cuando acabó el trabajo, pude visitar un jardín de rosas antiguas, con un esplendor que me recordó a The Rose Garden y también, en otro orden de cosas, a aquellas rosas del jardín de la reina carrolliana que había que pintar. Me gustó andar en medio de los macizos de flores y dejar que me llegaran los efluvios distintos, en una dulce intoxicación rosácea. Pensaba en la economía de esas flores que, de noche, dejan de oler, ya que no vendrán los insectos a fecundarlas. En aquel jardín vi asomar un precioso caballo pinto por la ventana del cuarto de baño y también vi una paloma que había escogido aquella hierba para morir, en un gesto ritual de belleza japonesa, boca abajo, las alas abiertas, el pico clavado en tierra, entre el jardín azul y la piedra azteca escorpiniana. Allí escuché de unos majarajás arruinados y empobrecidos, los hijos de la casa tenían que sustituir a la antigua servidumbre y mostraron lo único que les quedaba de su antiguo esplendor: una daga persa que refulgía al salir de su funda. Y de otro majarajá que se había educado en Inglaterra, como un hombre culto, contemporáneo e interesante que a la vez participaba en las tradiciones y se maquillaba para los rituales en honor de Shiva, reflejo de la realidad de ese país donde todo lo antiguo se preserva y coexiste con lo más contemporáneo, en la vanguardia de las nuevas tecnologías. Allí me encontré con un espíritu afín que ha escrito de sueños, con quien comparto batallas para resistir la loca y equivocada dirección del mundo, y pudimos confirmar en lo real la efervescencia y entendimiento de las redes. También estaba una entusiasta y perceptiva lectora morena de nuestro Sinrazones del olvido. Y la editora que publicará pronto mi traducción de las espléndidas Crónicas de NY de Maeve Brennan, un libro con el que estuve persiguiendo editores durante años y que pronto verá la luz.
No me llevé el ordenador y aproveché para desconectar. Ni un solo momento se me ocurrió pedir a mis anfitriones si podía mirar mis mensajes. Fue como volver al pasado, cuando tres días fuera significaban de verdad un paréntesis y un aislamiento del mundo de siempre. Acabé la entrevista a Pasolini en el tren de ida, bajo la mirada intensa, casi furiosa, de un obsesivo viejo de ojos negros.
Dimos algún paseo. El campo estaba precioso, peinado, frondoso bajo el cielo opaco y de un compasivo gris, con esa luz discreta que realza todos los tonos del verde y hace brillar la tierra. El ciprés de la casa respiraba. Me llevaron a un recodo del río, cruzado por un puentecillo, un paisaje maravilloso que llamaban el Orinoco, pero mi cámara me traicionó.
He vuelto a un domingo silencioso y Rufus no sólo no me guardaba rencor, sino que se ha apretujado junto a mí, ronroneando. Me habría gustado contarle cómo viven los gatos abisinios de la casa donde he estado, así que mientras le acariciaba he intentado mandarle imágenes, incluso de la caza fallida de una delicada serpiente, que de momento logramos salvar, y de una salamanquesa que perdió la cola pero pudo huir por la pared de piedra antigua. No sé si le habrán llegado, Rufus no ha dado signos de recibirlas. Pero ha adoptado ese aire majestuoso, Rufus de Bengala, que me recuerda el privilegio que es gozar de sus favores. Han venido a verme dos niños muy guapos que le perseguían y se han ido enseguida, con sus cuentos nuevos, de la mano de mis radiantes ex suegros. Veremos si vuelve el mirlo que me visitaba. No sé si lo he dicho aquí: mi libro de la ciudad está ya en proceso de maqueta, veremos si llega a tiempo y todo sale comme prévu.
Les leí el primer capítulo de mi novela a mis dos anfitriones: me dijeron cosas muy buenas y estuvimos especulando sobre las posibles motivaciones de los distintos personajes, en una conversación inesperada. A mí me gustó leérselo porque hay algo que se activa con la voz, algo poderoso de la novela que se levanta al leerla y entonces puedo ver lo que yo quería o lo que quería el libro. Se desvanece el extravío barthesiano y se descubre algo hondo.

5 comentarios:

Bel M. dijo...

¡Gracias por la prisa que de verdad te has dado en traer la crónica que te pedía! Que más que hipnótica, es suave, algo melancólica, con esa paloma decidiendo el lugar donde morir, también con esa alegría difícil de la que hablaba C.L., y sobre todo armoniosa, como si aún trajeras todo esa armonía que has vivido contigo. La vida virtual regala amistades, pero en exceso desconcierta. ¡Qué bien esa desconexión!
¡Buenas noches!

Belnu dijo...

Gracias a ti por tu comentario sintético y redondo. Si no me daba prisa,ya no sabía cuándo podría escribirlo!

Ephemeralthing dijo...

Mayo es el mes más hermoso del año y su atmósfera sonora es única. Supongo tu mirlo habrá vuelto ya, espero que ha conseguido repartir el espacio con Rufus.
A pesar de todos los pegotes añadidos incluso la ciudad está hermosa como hacía tiempo. Buen augurio para tu libro obre ella.

Belnu dijo...

Sí, ha vuelto y a veces viene siete veces el mismo día, como ayer!!! Cuando Rufus acecha sale huyendo. Creo que comprueba a ver si le pongo comida de pájaro y quizás le busque algo...
Es verdad lo que dices de la ciudad, excepto en lugares como la pobre plaça Joaquim Folguera, que han matado para siempre y dan ganas de llorar

Hoteles Santa Marta dijo...

Que hermoso pos, realmente se nota el amor que le pones a odo lo que haces ya sea con prosa o sin ella siempre esta por encima tus lectores, me doy cuenta con tan hermoso blog.