domingo, 5 de febrero de 2012

Hoy


Foto: I.N., Árboles de Londres, 2012
No hacía tanto frío, y todo Londres estaba lleno de muñecos de nieve con nariz de zanahoria y bufandas de colores. Mientras esperaba a que se me secara el pelo,  he estado traduciendo un cuento irlandés de Maeve Brennan donde la madre preparaba a las niñas para la visita y el té de un ex obispo que les contaría historias de África y las tres estaban muy nerviosas y justo en el momento en que iba a llegar, a la niña más nerviosa y delicada le daba una llantina tremenda que no podía evitar. Luego me he ido andando, andando entre mis árboles favoritos a ver una iglesia con vidrieras pintadas por William Morris y Edward Burne-Jones. Era preciosa y cuando ya me iba, el párroco me ha atrapado. Se llamaba Rob y era muy agradable, me ha preguntado por mi visita y yo le he dicho que no era practicante y que había venido a ver las vidrieras y cuando me ha preguntado cuál era mi impresión, le he dicho que era un sitio precioso y que yo sí podía detectar que en algunas iglesias o en algunos monumentos megalíticos (como esos talaiots maravillosos de Menorca) hay algo dentro y él, muy contento, ha dicho que eran las plegarias, que esa iglesia estaba siempre abierta para que cualquiera pudiese entrar a pedir algo (por un momento, yo me sentía como la mujer rubia de Nostalghia de Tarkovski en aquel monasterio romano de la Virgen del Parto -de cuyo manto o vientre salían palomas!- con tantas velas ardiendo y las mujeres arrodilladas y ella preguntándole al cura: ¿Pero por qué rezan? ¿Qué pueden conseguir? Y él exclamaba: ¡Todo! Y ella estaba a punto de arrodillarse, pero no lo hacía, era imposible) y ha concluido que todos necesitábamos eso. Era un hombre guapo y alegre, sin ese aire torturado y culpable del celibato católico. Su idea encajaba con la mía, yo siempre he pensado que los deseos y las lágrimas concentradas convierten a un lugar en sagrado, es decir, dejan alguna intensidad en el aire que se detecta extrañamente, como se detectaba la inmensa desolación al acercarnos G. y yo a la zona cero sin señalizar, un año después. 
Las aceras estaban llenas de nieve, barro y hielo. Aquí no tienen las máquinas quitanieves de Nueva York, dicen que son muy caras y que no suele nevar, así que se esperaba un colapso en trenes y circulación. Anoche salimos a ver el parque y pisar nieve jamás hollada por el hombre (como en la leyenda de un hombre que vendía arena del desierto) y no había taxis y el frío arreciaba y en las fotos la nieve adoptaba la forma de cañas azules. Vi pasar unas chicas rusas en shorts y con medias, intentando abrirse paso por la nieve con tacones de aguja como si fueran zancos, tan delgadas y casi niñas.
De Barcelona me llegaban mensajes oscuros, algunos incluso beligerantes, pero hace falta dos personas para montar una pelea, y nada más lejos de mi interés que entablar algo tan íntimo como una pelea en ese terreno demasiado asociado a mi infancia, donde preferiría siempre una distancia pacífica o al menos educada. Pero también me escribía un amigo poeta cubano-suizo y amante de los árboles, que se va a México justo el día en que yo vuelvo y la Belle Elaine e incluso G. y J. que sí pueden comprender lo que no puede decirse. Ahora entiendo por qué mi vuelo estaba tan vacío. Horas después ya empezaron a anular todos los vuelos a Heathrow por la tormenta de nieve (por cierto que me releí las tres tormentas de nieve rusas justo antes de venir, la de Tolstói, la de Pushkin y la de Chéjov (ésta última por primera vez).
Después he estado en el Victoria and Albert Museum, dispuesta (en todas partes están cambiando de exposición y no hay casi nada) a ver incluso las fotos que Cecil Beaton le hizo a la reina (a pesar de mi republicanismo feroz, sólo por Beaton, capaz de encontrar belleza en cualquier lugar, incluso en la guerra), pero la inauguraban el miércoles. Y el café estaba abarrotado y he iniciado una peregrinación en busca de una buena ensalada, pero todo estaba lleno de colas de ingleses y turistas hambrientos, así que he renunciado y me he ido a un Paul donde podía hablar francés, para variar, a tomar más té y más sandwich. Y por la tarde he atravesado la ciudad hacia el norte para ir a Hampstead, a unos estudios legendarios que George Martin, productor de los Beatles, montó cuando la Emi se quedó con Abbey Road, ¡en una antigua iglesia! Uno de esos edificios rojos ingleses que tanto me gustan. Y mi amigo (a quien no le gusta esta arquitectura) dirigía al director de una gran orquesta, una orquesta acostumbrada a tocar cosas mucho más difíciles y serias, según me ha dicho, como BRitten, pero aquí ensayando muchísimo para tocar a la perfección una música más sencilla de banda sonora hollywoodiense. A pesar de la nieve y el viento que colapsaban todo, nadie había fallado. Ah, la profesionalidad disciplinada de los ingleses... He podido verlos abarrotando la vieja iglesia desde la barrera y era magnífico. También me ha gustado ver a mi amigo compositor en acción y contemplar la alegría de los músicos al despedirse. Al salir, ya era de noche y otra vez he atravesado Hyde Park en coche y se veía maravilloso en la penumbra y la nieve, los árboles gigantes desperezándose y danzando para nadie.

9 comentarios:

nomesploraria dijo...

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Belnu dijo...

Oh gràcies, Nmp!

frikosal dijo...

A mi también !!!
Lo de los monumentos megalíticos especialmente.

Belnu dijo...

Ah Friks, es que los que no somos "creyentes", encontramos la espiritualidad en otro lugar, ¿verdad? Como los bosques de John Muir. Y los monumentos megalíticos siempre producen una sensación de algo sagrado, es metafísico, quién sabe, o tal vez sean las fuerzas magnéticas de la tierra donde están colocados, o quién sabe qué de la naturaleza que los ha devorado. Me han dicho de un antiguo cementerio en el norte de Londres que han decidido abandonar a la naturaleza y los matorrales están engullendo la piedra, las lápidas viejas desaparecen bajo el verde...

frikosal dijo...

Que bonito suena ese cementerio abandonado, si ha sido una decisión consciente me parece una maravilla !

Disfruta mucho de la pérfida, carga las pilas para regresar !

Belnu dijo...

Sí, por lo visto ha sido una decisión consciente... a ver si logro ir. Gracias, Friks, creo que sí, que sólo andar por estas calles llenas de historia y de árboles gigantes me restaura... y la excentricidad disciplinada de los ingleses... y su forma de hablar

Dante Bertini dijo...

Veo que viajas...y la frase me parece tan bonita que no insisto con palabras innecesarias.
Está todo dicho.

Belnu dijo...

Mais les vrais voyageurs sont ceux là qui partent. Pour partir, dijo Baudelaire... Y es verdad. Yo necesitaba cambiar de escenario con urgencia, aunque fuese con ventisca de nieve y cielo oscuro!

francisco dijo...

Lo mejor del viaje: tu inmediata apertura a ver, a oler, a sentir. Esa capacidad que atrofia la rutina. Belleza hay en el vuelo de una pluma, en una piedra del suelo, en una hiedra que sale sana y brillante por encima de una tapia. Cuando tus sentidos están abiertos, empieza el viaje.