Sólo una entradilla rápida y furtiva en plena maraña de traducción y recién llegados de una excursión gatuna: llevar a Gilda al veterinario es casi una campaña bélica y estresante. La han tenido que sedar para hacerle un análisis, su carácter de tigresa lo impedía, le han afeitado un cuadrado de su precioso pelaje, aunque su piel es tan blanca y discreta que apenas se nota. Ni a G ni a mí nos gustaba verla en ese trance, mientras iba cayendo con la mirada fija y unos estremecimientos, y la humillación, tan irritante para una gata orgullosa, de la baba.
Nada se sabe. La respiración le ha parecido al veterinario demasiado agitada. Los glóbulos blancos algo altos, pero es un valor desdeñable porque les suben de puro estrés. Un gato puede dejar de comer por cualquier motivo, grave o banal, pero no comer puede agravar mucho la condición del hígado felino. De momento, según la rápida analítica, los órganos están bien. He mirado el cuadro de los años gato traducidos a los nuestros, ahora Gilda tendría casi sesenta años humanos. Le han dado un paquetito de pienso titulado Exigent, para convencerla de que coma, y hemos elegido dos sobrecillos de salmón y de pollo. He recorrido los sótanos del veterinario. Estaban secándole el pelo a un perrillo que al principio ladraba con desespero, aumentando nuestra sensación de alarma, pero al parecer sólo se quejaba del corte de pelo. El veterinario ha cerrado la puerta del quirófano y yo me preguntaba si tendrían allí algún pollo torturado. Si Gilda no come en dos días, habrá que hacerle más pruebas, para ver el corazón y los intestinos. Al salir llovía fuerte y Gilda intentaba maullar pero no encontraba su voz. El corto trayecto se me ha hecho larguísimo.
Anteayer, a s'hora baixa, me escapé de mis ataduras traductoras con la Otra Bel y Tigridia y fuimos al Salambó, a la lectura que Eduard Fernández hacía de Dublinesca y la conversación entre Vila-Matas y un escritor-lector cuyo nombre no capté. Eduard Fernández leyó muy bien, con naturalidad y sin ninguna de esas impostaciones de actores que parecen convertirlo todo en publicitario mientras intentan añadir torpemente sentido a las palabras. Él dejó simplemente que las frases se fueran posando ahí en el aire y estaba todo el humor, la autoironía cargada de melancolía, con ese peso específico que tiene Dublinesca, que parece haber llevado a EVM más allá de toda su trayectoria, con una densidad nueva, aunque en los repliegues esté la escritura de siempre. Fue muy buena la conversación de después. EVM se quejó de la primera pregunta, habló de su obra como una escritura de preguntas, no de respuestas, y del absurdo de ser interrogado después. Pero entonces contó muchas cosas interesantes, recordó aquella actitud de Copi después de su pieza teatral sobre una rata que sobrevive y medra en el espacio (yo la recuerdo! Hablando con el uraniano desde su nave. Éramos ocho personas de público en el desaparecido Diana, hace mil años, y estaba Alberto Cardín y fuimos un público hilarante y enfervorizado, y al salir Cardín, mi acompañante y yo nos fuimos al Café de la Ópera un rato y recuerdo la sonrisa entre tímida y maliciosa de Copi y la conversación de AC sobre sus encuentros árabes, y luego bajamos más las Ramblas y sé que para mí fue una noche genial) y según EVM, Copi había adoptado la actitud de aquella rata. Y él pensaba en situaciones improbables, como ésa, una rata en el espacio que acaba mejorando sorprendentemente su vida, y dijo que sus personajes estaban siempre en un punto malísimo al empezar y que le gustaba que fuera así, enmpezar con esa especie de imposibilidad inicial y ver qué pasara. Y también habló de la parte que sabía de antemano (y de lo que creía saber) y lo que no sabía y lo que luego surgió. Y habló de la Dublín prosaica y de la maravilla de alrededor, de ese mar, y sus referencias a Barcelona eran coherentes con esa BCN lluviosa y tediosa de la casa de los padres del narrador. Fue un acto espléndido, EVM estaba sembrado. Entre el público estaba Diana Zaforteza, su editora ocasional, también crecientemente rejuvenecida, ahora preparando esa otra dublinesca de la Orden del Finnegans (le preguntaron a EVM y dijo que ahora vería a los de la Orden en Dublín y no quería que le pasaran cuentas por revelar sus secretos), y estaban Eph y Francis, que nos hicieron sitio hospitalariamente, y Esmeralda B. muy guapa con su vestido negro y aire de Blancanieves, con quien hablé del libro de cartas que ella dirige y en el que yo participo desordenadamente con la Belle Elaine (¿aún en Manhattan?), y dos amigos míos a los que me parece haber perdido injustamente, y en la barra estaba Juan Marsé (oí una historia genial sobre su presencia allí que no repetiré) y también Joan de Sagarra y muchos otros. Y luego nos fuimos las tres mosqueteras andando y tuvimos la suerte de pasar casualmente por mi panadería favorita y aproveché para surtirme de mi pan favorito para desayunar.
He ido a mi gimnasio germánico y al volver, Gilda seguía zombi, con la mirada tristemente fija, aún sin recobrarse del estrés. Nos han dicho que observemos su respiración; sigue siendo rápida. Poco a poco, la gata se va despertando, nos mira, por fin G. ha logrado oírla ronronear. El mirlo no para de cantar, le imagino empapado y reluciente como aquella vez que le observamos G. y yo, hace años. Anoche me llamó mi anfitrión madrileño, agradecido de que le hubiera regado las plantas y de los pequeños obsequios que dejé al irme. Pero estaba diluviando y me dijo que la temperatura había bajado diez grados. Aquí no para de llover y Tigridia dice que esto parece Blade Runner.



