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viernes, 18 de junio de 2010

Impaciencia y desaliento

Foto: I.N. Castell dels tres dragons, ahora con futuro incierto, 2010
Al final resultó que mi afonía no era simplemente la pérdida de mi voz por irritación de las misteriosas cuerdas invisibles, sino la vía de entrada de un poderoso virus que se aferró a mí como el íncubo del cuadro clásico a la doncella del sueño. Hace tres o cuatro noches que no disfruto del sueño continuado y esta última noche me ha consolado la gata, que iba y venía y me saludaba o jugaba a cosquillearme con la cola para saltar y atacar si yo aceptaba el juego.
Ante el dolor y la enfermedad, la gata es estoica. Se limita a aceptar su malaise y espera sin expectativas. No come y pasan los días y se le marcan los huesos, pero ella sigue ahí, majestuosa, desperezándose al sol, jugando, aunque con menos energía, sin preocuparse del peligro ni de las amenazas de los veterinarios salvajes de Muntaner, que no volverán a verla. Eso sí, Gilda se rebela ante cualquier iniciativa ajena que la incluya por imposición, como por ejemplo, administrarle el medicamento homeopático. Lo cual me obliga a unas batallas agotadoras y culpables. Por suerte, no es rencorosa, aunque durante un momento después de dárselo, no se digna mirarme, por más que me esfuerce, aparta la cara con un gesto de arrogancia felina.
Hace años me compré en francés el librito de Kafka Méditations sur le péché, la souffrance, l'espoir et le vrai chemin, no pude resistir la tentación de un opúsculo que uniera su espíritu a esas ideas (Kafka hablando del sufrimiento y el pecado...) y diría que era una de esas maravillosas ediciones diminutas de Rivages poche. Enseguida me chocó que al principio atacara dos de mis peores pecados: la impaciencia y la pereza. Il y a deux péchés capitaux humains d'où tous les autres dérivent : l'impatience et la paresse. Ils ont été chassés du Paradis à cause de leur impatience, ils n'y rentrent pas à cause de leur paresse. Mais peut-être n'y a-t-il qu'un péché capital : l'impatience. Ils ont été chassés à cause de leur impatience, à cause de leur impatience ils ne rentrent pas.
Según K. no podré volver al paraíso si no venzo esta impaciencia que me ataca en plena sombra insomne, y es que el dolor y la tos crecen con nocturnidad, ya lo decía Ausias March en Lo jorn ha por (e los malalts creixen de llur dolor... Aunque sobre todo me fascinaba aquel Plena de seny... parecido a un mantra que me recomendó una vez un sabio cubano), y en esos momentos desespero. Pero vayamos más allá, tal vez haya enfermado precisamente por ese otro desespero o desaliento, al ver que no cambiaba mi perspectiva ni mi situación en el mundo y que mi trabajo alimenticio no basta ni me deja escribir, ni mis libros me llevan adonde esperaba. Por eso he enfermado y porque el nudo de mi novela, esa extraña novela de la infancia y sus misterios, me agarrotaba y se aliaba perversamente con sus vínculos enfermizos del presente, con las noticias familiares. La infancia es la razón de todo, la infancia es lo que me enferma, pero también es la materia de mi escritura y por tanto, mi felicidad.
Y en cuanto a Gilda, me pregunto si enfermó por pura ósmosis, por simpatía, quién sabe si se atragantó realmente con los hilos del juguete que le compré en un viaje, porque nos echaba de menos o porque detectó mi desaliento, pero lleva ya quince días de huelga de hambre férrea y sólo hoy ha parecido reaccionar un poco al medicamento homeopático y yo no sabía cómo celebrarlo, entre el desconcierto de G y la confusión de la propia gata, que me mira como si hubiera enloquecido. Claro que los gatos suelen mirar así. ¿Era Balthus quien escribió aquello del gato que saltaba por encima de él en el sofá para demostrarle que para él no existía? Sé que no fue Rilke en ese magnífico prólogo al Mitsou de Balthus (¿Dirían que nos observan? Pero, ¿se ha sabido alguna vez con certeza si realmente se dignan a fijar por un instante nuestra vana imagen en el fondo de su retina? ¿Podría ser que nos devuelvan, al mirarnos, simplemente un mágico desaire de sus pupilas para siempre completas? Es cierto que algunos de nosotros nos dejamos influir por sus caricias zalameras y eléctricas. Pero recordemos la extraña y brusca distracción con la que nuestro animal favorito pone a menudo fin a las efusiones que hubiéramos creído recíprocas. Incluso aquellos privilegiados a quienes los gatos admiten a su lado son rechazados y negados muchas veces y, mientras continúan estrechando contra su pecho al animal misteriosamente apático, se sienten detenidos en la frontera de ese mundo que es el mundo de los gatos, un mundo en el que sólo ellos habitan, rodeados de circunstancias que ninguno de nosotros podría adivinar).
De madrugada, tras una fase desesperante en que las amígdalas parecían ahogarme con su inflamación ardiente y mientras me estallaba la frente y me dolía todo el cuerpo iluminándose como recorrido por isótopos radiactivos, tuve algunas revelaciones, y de pronto, dos horas después, el dolor y la inflamación pasaron mágicamente y sentí un alivio maravilloso, pero se habían llevado con ellos el cansancio y el sueño, de modo que encendí la luz y volví a Quiriny, que es un valor seguro para estos casos y para muchos otros, y estuve leyendo lo que contaré en mi reseña muy pronto.
Gilda no es impaciente, como decía, sino calladamente estoica. Ella se adapta a la actitud de los médicos alternativos. Mi acupuntora me recomendó esperar que el proceso natural siguiera su curso (hasta la muerte, pensé yo, avinagrada, pero no lo dije) y el veterinario holístico recomendó seguir esperando hasta el lunes.
Y esta mañana, antes de traducir para el museo unos últimos e inacabables pies de foto y de redactar para una fundación, me he puesto a escribir, no sólo un artículo de mi libro de BCN que ha propiciado un encuentro misterioso, como esos personajes de mis cuentos que reaparecen en mi vida invocados sin saberlo por la escritura, a través de la gata, sino también algo, una dosis infinitesimal y unas vueltas al título -provisorio, que dirían los bonaerenses- de mi novela.
Ah, debo confesar que escribí un capítulo de mi libro de BCN sobre el museo de historia natural y su viejo edificio modernista (furiosa de que los políticos de hereuville hayan decidido expulsarlo de la Ciutadella, expulsarlo todo, seguramente para ofrecer los edificios a empresas extranjeras, como los maravillosos pabellones de Sant Pau) y me he sobresaltado al ver que el esqueleto de la ballena ha caído y se ha roto la mandíbula con una gran polvareda blanca que recuerda a Moby Dick, y a la novela de DC que yo traduje al castellano. Me pregunto qué ocurrirá con los demás objetos de mis paseos. Y era inevitable pensar en una venganza telúrica contra el mal proceder de nuestros políticos, un poco como esos olores nauseabundos del Fòrum hacían pensar al antropólogo Manuel Delgado en tantos republicanos allí fusilados, en el Camp de la Bota, que merecían un memorial digno y no una tapadera banal para enterrarlos.
No sé qué será de mí. Aún me duele casi todo y me parece difícil recobrar la fuerza de siempre. Ayer cometí la osadía de ir al gimnasio alemán y al volver más dura fue la caída... pero mañana volveré.

miércoles, 2 de junio de 2010

Yo sigo deseando

Foto: I.N., Gilda durmiendo, 2010
Sigo deseando volver aquí y también volver a mi escritura otra, abandonada por la urgencia de las traducciones y sus complicaciones. No es que no me guste traducir, lo escribí en Los meandros de la traducción, hay algo extrañamente consolador en ese mecanismo de trasladar palabras de uno a otro idioma como la hormiga que soy a veces acarrea migajas o fragmentos de un insecto hasta el hormiguero, atravesando montañas y valles para nosotros diminutos y saludando a las otras hormigas al pasar. ¡Y lo que traduzco me gusta! Sólo necesitaría que el tiempo o mi energía creciesen un poco al final del día para poder abordar lo mío.
A veces, una tertulia literaria o el encuentro con algunos lectores (un escritor y editor a quien no veía desde hace muchos años habla hoy elogiosamente de mis cuentos en Fb, bajo un amanecer espectacular que parece casi africano y dice que a pesar del ensañamiento de los políticos contra el Empordà, hoy le ha amanecido así, leyéndome en ese campo, y a mí me ha recordado al paisaje de Isak Dinesen; me quedé dubitativa de mi reseña, necesitaba más espacio para poder decir algo original de alguien que ha sido venerada y comentada por todos los escritores, incluso los más misóginos; y anoche la Otra Bel me dijo que volvió a ver aquellas Memorias de África suyas) me devuelven a esa escritura mía y todo se ilumina durante un rato, como ese sol que acaba de salir después de todo el día agradable y compasivamente nublado. Porque es verdad que un cielo gris también alivia a veces, para acompañar algunas sensaciones de grisaille, para acompañar duelos y pérdidas más pequeños o más grandes.
Mañana me voy a Madrid. Me han dicho que hace un calor de mil demonios y me cuesta llevarme la ropa más veraniega, aún me siento descolorida y no del todo preparada para ese sol abrasador que hará en las casetas de la Feria y atravesando el Retiro y por la calle. Pero intentaré visitar a los amigos escritores y editores de otras lejanas casetas. Un amigo de siempre me ha dejado su casa y eso me devolverá a otra relación mía con esa ciudad, cuando pasaba meses allí y atravesaba el barrio de la Morería y aprendí a reconocerla para luego volver a olvidarla.
Por la noche del sábado se celebra un gran festejo para celebrar la publicación de Habitación doble, de Luis Magrinyà, en un club y con toda la nocturnidad inesperada. Y el domingo volveré, intentando no agobiarme por el trabajo acumulado y con la esperanza de que Gilda haya recobrado la forma y el espíritu. Y es que mi pobre gata ha dejado de comer. Creí que se había aburrido de su pienso y se lo cambié por otro, pero no era eso. Lo extraño es que se acerca a sus cuencos regularmente o incluso se mueve para pedirme algo, pero luego se desinteresa enseguida. Creí que se habría intoxicado con un caracol, pero tampoco parece. Le he dado un medicamento homeopático por si son los dientes, y si no mejora, el lunes la llevaremos a su odiado veterinario. Hay algo triste y a la vez estoico en la forma en que los animales aceptan sus dolencias y me hace recordar la muerte de mi segundo gato, al que un perro fiero y entrenado para matar mordió en la yugular, y él se refugió tras unas matas, junto a un estanque del jardín donde ocurrió, en una quietud completa y sin quejarse. O la paciente gata de Tigridia y su asombrosa peregrinación por la casa hasta su litière. Mientras, Gilda acepta las caricias y los privilegios que le concedo por su malaise con la misma mirada y la misma actitud silenciosa y quieta con que acepta su estado.
Ayer logré reunir mis desordenados papeles para la declaración de Hacienda. Me consoló mucho el artículo último de Enrique Vila-Matas. Leo para La Vanguardia la biografía novelada de la mujer que editó a Montaigne y su biógrafa es despiadada, de tal modo que el relato es casi hostil, aunque no sin encantos. Entre medio me he asomado a Habitación doble de Magrinyà, que pinta muy interesante, loco e inesperado, he recorrido varios capítulos de Summertime de Coetzee, que puede relumbrar aun en lo más oscuro, como los grandes, y que también es extrañamente despiadado, pero consigo mismo, me ha llegado una bonita edición de Two Underdogs and a Cat de Slavenka Drakulic y los magníficos y atractivos Vampiros de Atalanta (con Tolstói, Poe, E.T. Hoffmann, Baudelaire, Sheridan le fanu y tantos otros). Me espera el misterioso y sugestivo The Poor Mouth, de Flann O'Brien, que me recomendó Francis (quien por cierto recoge un texto argentino genial que habla de mi admiradísimo Roberto Artl, cuyo Juguete rabioso me salvó una noche en Serbia), y no sé si me gustará Nothing To Be Frightened Of , veremos. La montaña de libros crece como las traducciones, como mi deseo de volver a la escritura, e imagino unas vacaciones francesas o irlandesas, con libros y paseos y poca cosa más.