domingo, 20 de febrero de 2011

Último día de mi era romántica

Foto: I.N., Questa mattina, fine de l'età romantica, 2011
Yo siempre pensé que podría vivir saludable con la medicina alternativa, sin tener que recurrir a los hospitales, la cirugía (y sobre todo, y ahí aún no he perdido la esperanza) sin convertirme en consumidora malgré moi de los despiadados negocios de Pharma. Me equivocaba (I thought love was forever. I was wrong). Hoy es el último día de esa era y mañana tendré que entregarme. Sarinagara... Algo ha cambiado de ayer a hoy. No sé por qué, mi extraña desolación, mi angustia, la sensación de haber entrado en una supersticiosa y fatídica corriente de desdicha que se haría crónica (Per què sempre endevines el futur? me preguntó una vez el perceptivo G. cuando era pequeño, hacia los 9 años, adivinando mi sempiterna fantasía de que todos los males se volverían crónicos) se han desvanecido y han dejado paso a una calma melancólica, tal vez por obra y gracia del sueño.
No se ha evaporado mi enfado por las amenazas arbitrarias con que una médica reaccionó a mis dudas, sintiendo tal vez que cuestionaba su omnipotencia con mi aprensión. Utilizó su conocimiento como un arma arrojadiza, pronunció las peores palabras, las asoció a lo que podía ocurrir dentro de pocos días y no dijo en cambio que todos los demás signos contradecían de momento esa mala previsión. Pero dejémoslo así. Algo me ha pacificado. He dado el paso que me sugirió la Esfinge, de confiar en quien tiene que intervenir, porque, dijo ella: "Somos nosotros quienes damos las órdenes a nuestros órganos y células para que todo salga bien y para ayudar al cirujano".
Me siento como si tuviera que emprender un largo viaje transoceánico y quisiera quedarme en casa, sola, para pensar en mi maleta. No quiero salir, aunque me consuela la lluvia de llamadas de amigos, de ofrecimientos de venir a la clínica, de promesas de mandarme white light o dedicarme rituales o rezos.
He mantenido una tímida socialidad tentativa (acudir sólo a lugares de los que podría huir en cualquier momento), anteayer fui a escuchar a Enric Casasses y Blanca Llum a ese local de los viernes en Topazi-Robí. Yo estaba agotada y poseída por mi angst, pero la escucha me repuso. Me gustó sobre todo la historia del padre científico, laico y descreído que sin embargo medía los espectros con su espectrógrafo, y la sombra burlona del abuelo alquimista. Y el concepto del rebost de l'infinit... Y el poema guerrero que ya había escuchado en la malograda plaça Joaquim Folguera. Y el brío del infierno de ikea y el examen de lengua española de B.Ll y sus citas fulgurantes de Rodoreda, Jacob y muchos otros. Ayer por la mañana fui a la librería Negra y Criminal donde Carlos Zanón presentaba una nueva edición de su buena novela Tarde, mal y nunca. Me gustó el lugar, me gustó la belleza del bar de tapas que hay enfrente, donde los lavabos se siguen llamando Excusados, me gustó ver los balcones con ropa tendida de las casas viejas de la Barceloneta, con su aire de Palermo aún mágicamente no destruido en la fatídica Hereuville. Y me gustó el consejo y el regalo que me trajo un amigo poeta y novelista, cuando me advirtió que persistir en cierto camino "supondría una capitulación", y yo recordé el final de una película de Agnès Jaoui y sentí que había dado en el clavo (el mismo amigo me ha enviado un poema matinal prácticamente perfecto). Hoy me quedaré en esta casa, que aún está en el aire y no quisiera tener que abandonar, porque aquí me siento acogida y dibujada. Cuando estaba en la fase angustiada, me sentí acogida no sólo en este espacio sino sobre todo en el lenguaje de la Esfinge, ese lenguaje que puedo compartir también con alguien igualmente hospitalario. La visita a la Esfinge lo cambió todo porque me permitió poner en orden mis pensamientos, pero además, esas conversaciones me producen el alivio de sentirme entendida.
En cuanto al fin del romanticismo, un amigo músico me recuerda que la música mejoró con el postromanticismo (Mahler, Richard Strauss, Puccini). Pese a todo a mí no ha dejado de gustarme Schubert, ni Chopin (oh ya sé que la música de Chopin tiene elementos singulares que van más allá).
Ayer estuve escribiendo mi novela, despacio, subrepticiamente, vuelvo a encontrar algunas hebras... Me falta rematar mi pequeña intervención del viernes. Me llamaron para invitarme a un estreno el martes, pero dudo que mi estado me permita algo tan arrojado. Ya me será peliagudo asistir a una firma el jueves... Y espero poder ponerme a traducir enseguida porque el trabajo crece y el tiempo disminuye...
Rufus lo sabe todo. Desde hace tres días me persigue para que vaya con él al sofá, abrazarme, enterrar su nariz en mis chales, y yo pienso: We embrace to be embraced. Luego se entrega a carreras desaforadas, patina arrugando las alfombras, salta y vuelve a llamarme, para ir al sofá o para ver la luna y el cielo nocturno. Esta mañana hemos escuchado juntos un concierto de piano de Leon Fleisher en Arte Tv (Nocturno de Chopin, una sonata en si bemol de Schubert, un preludio de Debussy titulado La puerta del vino... Era como ver a Coppola en su salón tocando el piano. Me gustaba cómo movía las manos sobre el teclado, como si hubiera encontrado unas migajas... ¡de oro! Con ese aire entre concienzudo y nonchalant... La música me envuelve como un manto protector. Estoy pensando en imprimir algún capítulo de mi novela y llevármelo a ese fantasmagórico no-lugar donde tendré que pasar la noche, para recordarme quién era yo... Me llevaré dos manzanas -siempre me horrorizó la comida de los hospitales, aunque Giuseppe insiste en que en esa clínica tienen un chef- y tal vez le pida a G. que me lleve uno de mis yogures para esa noche triste... Si todo va bien, volveré por aquí el martes... y el viernes intervendré en esa mesa redonda en la Bertrand.

martes, 15 de febrero de 2011

SINRAZONES DEL OLVIDO

Ensayo escrito a cuatro manos, con Lydia Oliva hablando de las fotógrafas y yo de las escritoras. La portada es una foto preciosa de Frances Benjamin Johnston, que recoge perfectamente el espíritu del libro...
¿Cómo surgió? Hicimos unas conferencias conjuntas en el Instituto de Cultura de Mapfre, en el Ateneu Barcelonès, el Institut d'Humanitats del CCCB, en CajaMadrid, en ACEC, las íbamos ampliando y transformando. Descubrimos el efecto hipnótico y sugestivo de mezclar imágenes y escritura... Nos fuimos contagiando una a otra: cada vez yo ponía más imágenes en mis conferencias (Lydia me ayudó a descubrirlas) y Lydia incluía fragmentos literarios en su parte... El público fue siempre muy interesante y entusiasta: nos pedían que continuásemos, que diéramos más cursos como aquellos y también que escribiéramos aquellas historias, que las publicásemos. Y así empezamos a escribir, Icaria quiso acogernos y surgió este libro...

lunes, 14 de febrero de 2011

Si la fiesta se acaba

Foto: I.N., Donde sí cuidan los árboles, 2011
Vuelve el duelo. Es bien extraño. Parecía casi como si ya no existiera, sarinagara... O quizás no sea un duelo, sino una estela de duelos de todo lo perdido, como aquellas figuritas que recortábamos doblando un papel en cien partes para hacer corros de bailarinas. Alguien lo decía hoy en un mensaje: la música duele.
Hace muchos años, unos treinta, alguien rompió la puerta de mi casa de entonces y me robó el tocadiscos. Llegué de Cadaqués de madrugada y me senté en el bordillo a esperar a la guardia urbana y los corpulentos bomberos porque mi puerta no podía cerrarse. Fue una sensación de agresión desoladora porque yo sabía bien quién había sido. Dentro del aparato había un vinilo de John Cale y la funda vacía se quedó conmigo, como un recuerdo melancólico de aquella agresión. Nunca más volví a escuchar ese disco, pero recordaba una canción primera en la que se oían las olas del mar y otra con título de ciudad europea. Y de pronto, el otro día compré el cd, con la misma portada pintada, en la inmensa Ameba Records. Al ponerlo, he descubierto que la canción de las olas no estaba en ese disco. Y la de la ciudad europea era Amsterdam y escucharla ha sido una sorpresa espinosa y feliz, sobre todo ahora que parecía significar otras cosas, un mensaje para mí. Digo feliz porque, por suerte, puedo cantarla. Un amigo, que confía más que yo en mi voz, insiste en que debería probar con un arpa.
Es verdad que hoy todo me duele. "Vas por la calle llorando... lágrimas de oro", cantaba Manu Chao. "Celebrating the end of the affair at St. Valentine's Day", he escrito en facebook, perpleja de la poética del azar o la ironía de las cosas. "Best way to", me ha respondido un francés amante del flamenco. Del fin de esa fiesta otra que había conseguido minimizar mi duelo hasta extremos casi invisibles. Yo sabía que estaba, pero no lo notaba. Como cuando, tras la anestesia del dentista, te tocas el labio y sabes que está ahí, lo tocas, pero no puedes llegar a él.
He pasado junto a la puerta regia de la casa de un artista a quien veía en otro tiempo y he echado intensamente de menos su voz y su ironía; incluso he pensado extrañamente en llamarle y decírselo, pero no lo he hecho. Habría sido un error. Es un estado de ánimo peligroso donde los haya. Podría llevarme a cualquier lugar, me convierte en una hoja empujada por el viento, lo cual tiene su gracia. Hasta que otra música me salva, arrastrándome a bailar.
Leo El rey Cophetua de Julien Gracq para reseñar (una suerte). Leo un fragmento de ese libro de Mauricio Wiesenthal sobre Tolstói. Leo aún a Cynthia Ozick y sus secretarias jamesiana y conradiana. Esquivo la fealdad de la plaça Joaquim Folguera, destruida sin su bosquecillo y bajo del metro lejos. En mi portal un cartel municipal anuncia con palabras mentirosas el sacrificio de los árboles históricos que quedaban en la pobre Vil·la Florida, con el pretexto perverso de hacer una biblioteca. El suelo de las calles y el jardín del azufaifo están llenos de basura. ¿De dónde sacan la arrogancia y la autocomplacencia los catalanes y españoles? Yo vengo de lugares donde no hay un solo papel en el suelo y donde los árboles llevan siglos creciendo a sus anchas, enseñoreándose de la tierra, como esculturas gigantes y libres.
Sigo bailando, ahora con Ben Harper. Traduzco para el museo. Se me cierran los ojos de mi síndrome transoceánico. He vuelto al gimnasio alemán: qué placer, a pesar de mi fragilidad. Echo de menos, pero no tengo derecho a decirlo; digamos que mi añoranza es ilícita, clandestina, bien ganada. Rufus intenta llenarlo todo con su presencia atigrada. Entierra la cara en mi codo, en mi hombro, se echa entre mis pies y la estufa, mira la oscurecida ventana. En la farmacia había un fox terrier muy joven y alegre que ha venido a saludarme; su dueña estaba convencida de que yo tenía perros, le he dicho que no, que tengo gato, pero les tengo simpatía. "Ellos enseguida lo notan", ha insistido ella.
Hoy una escritora me citaba en La Vanguardia, por mi ayuda con su novela balcánica, que le ha exigido mucha investigación. Alguien me ha llamado para avisarme. El artículo era bien bonito, retratos de creadoras firmados por Josep Massot, pero no logro poner aquí el vínculo. He estado hablando con ella de la felicidad de escribir, del vicio y la enfermedad y la obsesión que nos devoran alegremente y que lo orientan todo hacia eso: le damos la vuelta a las sillas, montamos un escenario, y ahí lo ponemos todo. Hemos hablado de esas frases oídas en la calle y que nos daban ganas de seguir a los que hablaban y preguntarles detalles, de esas frases ajenas que queremos colocar en un libro y a veces tardamos siglos en encontrarles sitio... de esas frases que en sí mismas son un cuento. De los cuentos que se repiten con variaciones en la calle. De cómo intentamos utilizarlo todo, lo que nos duele, lo que nos irrita, lo que no comprendemos.
No sé qué es lo que causa mi desolación, ni qué se la lleva de pronto, con una ráfaga de otredad. Me he equivocado de día y he hecho ya los 5 minutos de apagón contra la subida de tarifas eléctricas, que mañana repetiré. A Rufus le ha gustado nuestro ambiente de velas y al apagarlas las olisqueaba interesado. Vivo en el aire. No sé si tendré que dejar la que ha sido mi casa todos estos años. Por si acaso, he hecho un duelo por ella con un libro. Y heus ací el que m'espera: algunos amigos se han ofrecido a acompañarme en el día de autos, entre ellos la mujer más guapa del mundo. G también. Anoche alguien me llamó y me contó una historia horrible, de alguien a quien, en mi situación, los médicos habían medio matado. Tuve algunas pesadillas y en mis despertares transoceánicos sólo pensaba en el día D y en cómo evitar cosas así. Otros más considerados me han contado muchos casos felices. Al final, la misma persona que me había contado el horror, conectando con mis peores fantasías, me habló de mi fuerza, de un valor que ella ve en mis peregrinaciones por las malas calles de ciudades lejanas, y dijo que eso me tenía que servir.
Pero luego de un barrido o una fuerte ráfaga todo eso se desvanece, aunque el huequecillo siga ahí. Tengo muchirrísimo sueño. Voy a dejarles, por Julien Gracq.

sábado, 12 de febrero de 2011

A Simple Twist of Fate

Foto: I.N., A simple twist of fate, 2011
Ayer fue un día extraño. Cogí tres aviones, el primero entre la ciudad de la canción hippy y la del cine, el segundo hasta la capital suiza, el tercero hasta mi pobre ciudad del cemento, invernal mientras que allí brillaba la primavera y la luz del mar. Horas de controles de aeropuertos, de sacar y meter el ordenador de su funda, poner los zapatos en una bandeja (he visto que mucha gente no lleva calcetines bajo las botas), perder otro arete, comer comida simulada de astronauta, respirar ese aire sin aire temiendo los estornudos y toses de los demás pasajeros. Esta vez el viaje largo se me hizo mucho más corto. Nadie gritaba ni aullaba como a la ida y pude dormir. El tiempo se detuvo sólo al final. Alguien me dijo que al viajar hacia el Este, en la dirección del sol, se acrecienta el sueño. En ese caso, mi cuerpo lo sabía antes de empezar porque me levanté somnolienta y empecé a dormirme en el primer avión. A mi lado, una chica japonesa con las uñas pintadas en una fantasía estampada iba cabeceando bruscamente en todas direcciones. Mientras estuve despierta, me salvó Carson McCullers, y cuando acabé su reloj sin manecillas, leí a Cynthia Ozick, que aún leo, con su brillante historia del encuentro entre secretarias de Henry James y Joseph Conrad. Leí en The New York Times de la muerte de Paul Getty, de la historia triste e impresionante de la mezquindad millonaria del abuelo, el abandono del padre, la oreja tintinesca, la parálisis, las drogas, los juicios y aún me sonó distinta después de haber visitado el magnífico museo. Leí sobre todo reflexiones sobre el futuro de Egipto y otros países árabes que se están rebelando. Y al llegar a casa, supe que Mubarak al fin se iba (qué lección de sociedad civil poderosa nos han dado; se merecen que nadie logre torcer su proyecto, democracia, que no les gobierne ningún indeseable más).
Al llegar, el agotamiento era tan fuerte que no podía distinguirse de la fuerte melancolía de volver a un país donde los periódicos son fuertemente depresivos, amenazantes, donde los hombres se abandonan y son feos, donde cortan los árboles y cunde el cemento, donde nadie apuesta por el talento de otros sino es algo ya sabido y conocido, donde no parece haber futuro.
Puse algunas lavadoras en el caos, le di a G. sus regalos, abracé a un Rufus que se hizo el indiferente (como suelen los gatos) y simuló interesarse sólo por la comida, pero luego quiso retarme a acariciarle sólo en la helada terraza. Mi buzón de correo desbordaba de cartas, libros que apenas he empezado a abrir. Cené poco y dormí mal: me desperté a las tres, me puse a hacer cosas, hasta las cuatro y veinte estaba despierta, pese a las hierbas chinas... y luego dormí tan profundamente que al sonar el despertador no reconocía la habitación, me preguntaba en qué hotel estaba, intentaba reconstruir el paisaje en la semipenumbra. Mareada de un hambre avasalladora y una fragilidad nueva, he ido a hacerme análisis y pruebas. Qué triste parecía el sótano de ese centro en sábado con mis pensamientos negros aleteando -si ayer ya me radiaron en los aeropuertos, ahora aquí...-, pero todo ha acabado pronto. He vuelto a mi desordenada y silenciosa casa, me he hecho un desayuno que parecía una celebración, he puesto mi nuevo disco de Lightnin' Hopkins que debió de fascinar al primer Dylan, he contemplado el catálogo de Felice Beato y me he puesto a bailar, sintiéndome llena de gratitud y con los ojos brillantes al pasar por el espejo. Tal vez vaya a morir (yo, que sólo pasé por el quirófano para dar a luz y estuve a punto de morir, siento lo que viene como un fracaso sombrío, me parece el fin), pero hoy quiero bailar. Bailaré sobre la tumba de lo que acaba. Bailaré por The End of the Affair y también por las esperanzas del país de Isis, del país de Ast. Será una forma de brindar y conjurarlo todo. Bailaré por mis tristezas, por mi juventud perdida, por la belleza que se fue de este país, por la alegría de estos días, que ya terminó, por los caprichos del deseo, por los aires distintos de otras culturas, por los bosques de John Muir, por mi condición libre y andariega, bailaré y escribiré.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mientras todos duermen

Foto: I.N., Un herbolario chino, 2011
Ayer, tras buscar en vano mi passiflora por las farmacias, me fui a Chinatown en busca de otro remedio natural para dormir. ¡Qué felicidad de herbolarios chinos! Primero entré en un local de acupuntura y hierbas y una mujer morena y pequeña me recomendó vivamente al acupuntor, me dijo que le había curado todos sus males en la espalda y articulaciones. Le respondí que ya tenía una acupuntora en mi país y que sólo buscaba un medicamento. Pero había que esperar y tras anotar la dirección, me fui. Los herbolarios estaban llenos de olores exóticos, raíces extrañas y frascos misteriosos. Los que atendían al otro lado del mostrador no me hacían mucho caso, pasaban delante a los orientales y no sonreían como es costumbre aquí (aún no me he acostumbrado a que todo el mundo me salude, me pregunte qué tal estoy esta mañana, me desee un buen día -a veces me dan ganas de contestar a su fórmula de saludo como si fuera verdad, diciendo: Mmm, I didn't sleep very well yesterday o algo así, lo cual sería tal vez desconcertante-, y a que en general tanta gente me sonría y hable en todas partes, o a que cuando pregunto una dirección saquen iphones y google maps y casi me acompañen al destino, pero la verdad es que resulta alegre y esperanzador), pero al final, insistiendo un poco, los herboristas me hicieron caso e incluso conversaron conmigo rompiendo toda taciturnidad. Salí de mi itinerario herborístico con un producto doblemente confirmado, además de una bolsa de azufaifas (aquí saben mejor), un paquete de té verde chino y otro de infusión calmante. En medio de mi trayecto, mientras miraba la hora en el telefonillo que uso aquí, un policía me preguntó si iba en tal dirección y al asentir me conminó a cruzar de una vez. Entonces levanté la vista y me di cuenta de que estaba todo lleno de policía y de cámaras de prensa. Le pregunté a un curioso y me dijo que alguien se había tirado (o empujado) por la ventana. Siempre la muerte, pensé yo.
Ayer, J. me recordó que M, que al fin y al cabo fue quien me transmitió su pasión por la naturaleza, aunque fuese sin saberlo y sin querer, había visitado los bosques de John Muir y para ella había sido una experiencia inolvidable. M. fue feliz aquí y es curioso que en sus días de la clínica, a principios de enero, poco antes de su muerte, cuando se arrancaba los tubos e intentaba huir de la cama, le pregunté adónde quería ir y pronunció sin dudar el nombre de esta ciudad.
Y anoche algo, tal vez el viento que hoy ha limpiado el cielo o la infusión china, barrió las reservas, se llevó las telarañas y permitió nuevos encuentros poderosos, llenos de intensidad y humor. Todo es misterioso e inexplicable como la música.
Las hierbas chinas surtieron efecto, aunque no evitaron mis sueños agitados, en los que volvía a una casa de Herzegovina donde viví hace años y descubría que unos amigos seguían allí, algo enfadada de que no me lo hubieran dicho, pues todos debían de saber de mi interés por volver y hacer fotos. Yo iba a cambiarme de casa con un partner y ellos me regalaban un colchón con sábanas atado e inmaculado que había sido supuestamente mío en esa vieja casa. También íbamos por un camino agreste y un restaurante situado en lo alto, y aparecía una pareja holística pero arrogante y tontaina, con un discurso rígido de supuestos gurús. Y también me encontraba un antiguo conocido promotor musical, de ojeras oscuras y belleza moruna, y le interpelaba por los motivos de su suicidio. Siempre la muerte.
Hoy no he explorado la ciudad. Sólo he ido a comer un antipasto a la terraza soleada de un italiano y ha sido una especie de borrachera de sol y merlot californiano porque tenía que trabajar. En ese breve intervalo he leído un poco del insight especial de Carson McCullers (sólo querría quedarme leyéndola). Me encanta las cosas que dicen los personajes sobre los médicos y la medicina. Como estoy en una ciudad tan gay, no me ha sorprendido que dos de los libros que he leído aquí contasen historias gays (Colm Tóibín y ahora Carson McCullers). La escena del chico blanco huérfano conectado por la música al chico negro de ojos azules tiene una rara intensidad. Antes de eso, ese chico, Jester, confiesa a su abuelo -juez sureño apasionado pero ferozmente racista y reaccionario-, que sus ideas son contrarias a las del otro, que cree en la igualdad racial y desprecia sus creencias. El abuelo le dice que le falta pasión, y eso toca a Jester, que aún es virgen y desconoce sus preferencias, y le lleva a encerrarse desolado en su cuarto... pero acaba propiciando el encuentro posterior. Dice McCullers del dolor del abuelo ante la discusión: "then he drank soberly, as if he had been drinking at a wake. For the break in understanding, in sympathy, is a form of death".
Oigo el ruido del silbato del conserje del hotel, pidiendo taxis para los clientes. Ha oscurecido y pronto me iré a una cena en ese barrio misterioso que nunca acabo de captar. La otra noche estuve allí, en la inauguración de una galería alternativa, pero todos eran tan jóvenes (había barceloneses) y yo no estaba en un mood sociable, así que de pronto me escapé y al echar a andar me encontré en un barrio antipático, estilo autopista, sin nadie a quien preguntar y no localizaba las calles en mi plano. Al fin aparecieron dos chicas modernas orientales, me avisaron de que iba en dirección equivocada y me aconsejaron que cogiese un tren. Yo opté por un taxi, pero no aparecía ninguno. Un östeuropeo me ofreció hacerme de taxi, pero yo no acepté: Sorry, I think I need a real taxi, le dije, y pareció comprender. Al fin apareció uno libre y conducido por una chica negra que se parecía a Lauryn Hill: So, you had a late dinner? me preguntó.
Ésta es una ciudad ruidosa, pero cuando sale el sol, la gente se echa ociosa en la hierba de los parques. Todo el mundo arrastra un perrillo, los hay preciosos, y los que no los llevan seguro que tendrán un gato en casa. Yo echo de menos a Rufus. Sé que al fin ha aprendido a pedirle la comida a G., y por las mañanas escenifica su hambre y desesperación ante la lentitud de G., maulla mascullando y corre arrugando las alfombras, como patinan los gatos. También sé que Rufus tiene una nueva vida social, con las visitas de los amigos de G., y a veces me pregunto lo que encontraré a mi vuelta. Mi retorno será más duro porque tendré que enfrentarme a lo que para mí es una prueba, pues yo soy una hormiga romántica (de Figueres) y tener que recurrir a esos remedios digamos radicales me produce una sensación de pesadilla y de fracaso. Además del miedo, naturelich. Pero intento pensar que todo será para bien, que, como dijo la Belle Elaine, me liberaré de esta maraña y me sentiré más ligera... Mientras, sigo traduciendo sobre Leon Golub, y aparecen Theodor W. Adorno y Jacques Rancière...

domingo, 6 de febrero de 2011

Los bosques de John Muir

Foto: I.N, Los bosques de John Muir, 2011
Le debo a Frikosal el descubrimiento de ese gran bosque de las sequoias más altas del mundo. En realidad, fue Inés fue la primera que intentó persuadirme de que fuese a ver los redwoods, esos impresionantes bosques rojos (Tú no puedes irte sin verlos, me dijo), pero yo no la entendí y me confundí con otros, que quedaban demasiado lejos. Friks les puso nombre y link y entonces comprendí que los bosques de John Muir estaban mágicamente a mi alcance (Muir, como el fantasma y la señora Muir, o como el apellido familiar de una novela que presenté hace poco). La visita y el paseo de tres o cuatro horas por esos caminos señalados me pareció una de esas experiencias importantes de la vida. Cuando llegué, al ver las sequoias milenarias y las plantas prehistóricas que han visto pasar la historia de la Tierra, tocaba los troncos y me salían lágrimas. Hay que decir que mi perenne insomnio de los últimos tiempos, entre el jet lag y el duelo y antes los turnos de hospital, además del peso de una tristeza con la que he reconectado insospechadamente estos días me han transportado a un estado de cierta vulnerabilidad, por decirlo así.
El lugar es de una belleza sobrecogedora. Los árboles son altísimos y muy rectos apuntando al cielo. Sólo sequoias y una conífera también altísima, una especie de abeto de esta zona. La quietud, el rumor del agua, el viento sobre las hojas, los juegos de luz y sombra que lanzan destellos como sonrisas arbóreas, la idea de la pareja de apasionados que adquirieron esas tierras y que con el conservacionista John Muir lograron arrebatárselo a los madereros y que Roosevelt lo declarase monumento nacional, todo eso junto con el respeto que muestran los visitantes, que recorren los distintos senderos sin dejar nunca ningún rastro de su paso me produjeron un efecto restaurador y salí de allí renovada y otra. Mi admiración por un país capaz de conservar su naturaleza mientras el mío la destruye con saña, entre los políticos del cemento y los vándalos que tiran basuras por todas partes...
Intenté captar algo de esa belleza en cientos de fotos, pero mi pobre cámara no podía dar idea de la altura impresionante de esos árboles, que conviven con gigantescos y hermosos troncos caídos o agujereados y con plantas prehistóricas que cohabitaron la Tierra con los dinosaurios. En otro tiempo, esos bosques cubrían la costa oeste de este país y son una reminiscencia de la belleza de un mundo perdido. Con todo, aquí hay árboles gigantes en todas las carreteras y también en las ciudades. Pero adentrarse en el bosque Muir es una experiencia casi religiosa, sagrada, mística, qué sé yo, de celebración de la naturaleza y la belleza. Y la visión de todo eso fue lo que me conmocionó.
A la vuelta, en uno de esos salientes de la carretera perfectos para admirar el panorama apareció, como un alegre asalto, un enigmático grupo lleno de preguntas, capitaneado por un hombre alto, rubio, sereno pero casi impertinente en su ansia de interrogar. Había algo realmente extraño en ellos, pero no sé si nunca hubiera llegado sin ayuda a la única conclusión posible, es decir, que se trataba de un grupo de extraterrestres. Cuando lo oí comprendí que no podía ser de otra manera.
Hoy, de vuelta en la ciudad de las colinas, he visitado un precioso jardín botánico con árboles también gigantes y maravillosos, que recorren rápidamente las ardillas, y he tomado un té en el Japanese Tea Garden, un bonito jardín de bonsais, servido por una mujer con kimono. Luego he comido en un restaurante hindú en un lugar insospechado y después he atravesado sin saberlo un barrio oscuro, porque aquí las calles son larguísimas y si colina arriba huelen a dinero antiguo, como dice la guía, a medida que vas bajando, se baja también socialmente. De modo que, de pronto, me he encontrado sola como en mi sueño, entre una población bastante marginal, de prostitutas tullidas, de gente tirada en las aceras, algunos encapuchados con aire de latin kings, gigantes negros echados o sentados en las aceras, una pareja de viejas lesbianas con mirada de furia psicótica, fumadores de maría, homeless, grupos de aspecto salvaje congregándose a las puertas de una especie de madrasa musulmana, una mujer obesa con zapatos de tacón blanco echada en el suelo canturreando, etcétera. He intentado cambiar de calle y la travesía era aún peor. Al fin he acabado de atravesar esa franja de barrio con nombre carnívoro y aliviada, he iniciado el duro ascenso de la pendiente hasta arriba de la colina, adonde llego sin aliento.
Sigo en una extraña forma, pero la belleza siempre cura o salva en cierta manera. Me acompañan o acosan algunos sueños terribles, pero yo prefiero tener incluso esos sueños que olvidarlos del todo. De noche leo una novela de Carson McCullers, Clock Without Hands, pero enseguida me quedo dormida. Es de un hombre enfermo al que acaban de diagnosticar una muerte próxima: yo no lo sabía cuando lo empecé, pero así son las cosas. También hay un chico que duda de su sexo, y su abuelo juez racista sureño y el insight fulminante de la autora. Para fumar tengo que bajar a la calle y los trayectos en los ascensores están llenos de cruces e incidencias. Ayer un hombre me preguntó qué leía. Anteayer yo esperaba al ascensor junto con un hombre joven en mangas de camisa y una mujer rígida y desdeñosa. El ascensor no venía y desesperado, el hombre pidió por las escaleras. "Son sólo escaleras de incendios", le dijo una camarera, pero tras un titubeo, le permitió bajar. Yo me uní y la mujer digna me miró por primera vez y dijo: "I'm coming too". Para ella debía de ser un momento límite. El hombre que iba en mangas de camisa, la mujer rígida y highnosed y yo acabamos bajando por un lugar sórdido y laberíntico que recordaba a las salas de máquinas de los barcos. Él iba delante, luego yo y en tercer lugar la mujer estirada. El hombre de las mangas de camisa se volvía a hacerme comentarios y nos reíamos, pero no me volví a mirar a la gran dama, en castigo a su desdén. Era todo muy extraño porque cada rellano cambiaba el lugar del tramo de escaleras siguientes. Pero al fin llegamos, el hombre en mangas de camisa salió del hotel corriendo y yo salí al sol de la colina y no volví a ver a la mujer estirada.
El otro día, en el desayuno, un anciano barbudo religioso peleaba con el aparato de tostadas, que se le encallaron y no caían. Decidió escoger otras rebanadas sin tostar y fue tocándolas todas con la mano. Yo decidí pedir ayuda a un encargado y optar por otra clase de pan y así descubrí uno de semillas más integral y realmente bueno, no hollado por la mano ni el pie del hombre. En la recepción hay una bandeja de manzanas rojas realmente deliciosas, que desaparecen los domingos, como el periódico.
Mis noches son frágiles y las altera el vuelo de una mariposa. Faltan pocos días para el retorno.

viernes, 4 de febrero de 2011

Más paseos

Foto: I.N., Nuestra Señora de las Victorias, 2011
Anoche cené en un pequeño restaurante de fusión asiática donde comí una especie de rollos de salmón asombrosamente deliciosos y un tartar de atún leve y delicado. Todo se estropeó con una invitación a un vino dulce y unas cookies que me dieron la noche, a pesar de la subida a la colina que siempre corrige los excesos.
Dormí un poquísimo más que anteayer, y es que el síndrome se va apagando poco a poco y tal vez cuando desaparezca será hora de volver y se generará otro... quién sabe. Pero a partir de las 5:30 am ya no he podido seguir durmiendo... Mientras desayunaba he leído artículos que reflexionaban sobre lo que está ocurriendo en Egipto y su posible modelo o contagio en otros países árabes. Sería la ruptura de esa narrativa Bush-Al Qaeda, es decir, que la única alternativa al injusto poder occidental y sus dictaduras afines, fuese el islamismo fundamentalista, la demostración de que hay una opción democrática. Que los "hermanos musulmanes", en realidad, sólo conservan su 20% de influencia porque nadie puede cerrar las mezquitas, pero el gobierno cierra los cafés o locales laicos donde se discute. Que si hubiera un poco más de libertad de expresión y reunión, el fundamentalismo no sería importante en Egipto. Que la gente más pobre entre la que esas organizaciones se expanden repartiendo comida y ayudas es precisamente gente que apenas vota. Hablaban también de Jordania. Y de cómo Mubarak se aferra al poder...
Después de trabajar un rato he salido a las calles empinadas de este vecindario para comprobar que las previsiones climáticas se equivocaban y no hacía ningún frío. He ido al museo de arte moderno, con la mala fortuna de que es periodo de transición y sólo dos plantas estaban abiertas,así que no he podido ver el fondo de expresionistas abstractos... De las tres exposiciones, una sola me ha encantado. Era sobre la fotografía como invasión, como violación de la intimidad, como testimonio social, persecución paparázzica e instrumento de vigilancia y poder. Había muestras de toda la historia de la foto, Felice Beato, Dorothea Lange, Bruce Naumann, Brassaï, Thomas Ruff, Paul Strand, Helen Levitt, Walker Evans, Lee Miller, Wegee, Vito Acconci, Robert Frank, Man Ray, Henri Cartier-Bresson, Andy Warhol (vídeo), Helmut Newton, Lewis Hine, Arnold Genthe, Jacob Riis, William Saunders, Alexander Gardner, Letizia Battaglia, Gary Winogrand, Louis Caille d'Olivier, Susan Meiselas, Larry Clark, Marcello Gepetti, Ron Galella, Robert Mappelthorpe, Sania Ivekovic... y era inevitable reflexionar con esa mirada múltiple sobre nuestro mundo, la soledad, la belleza, la vida urbana, lo injusto, lo monstruoso, la violencia, la intimidad descubierta, los testigos, la vida ordinaria convertida en sospechosa mediante la paranoia, y tantas otras cosas que supone mirar el mundo con tantos ojos distintos y sus sensibilidades proyectándose en los retratos. He tomado algo allí (un hombre rústico ha exclamado sobre mi "natural curly hair" y yo le he preguntado si eso era bueno o malo, él ha dicho "I find it beautiful!"), después he merodeado un poco por los jardines que rodean al museo, por otro centro contemporáneo de nombre latino y por los edificios de la city que asomaban a los ventanales del museo. Quería buscar un sacapuntas para mis lápices, pero no vi ninguna papelería y no recordaba el nombre (pencil sharpener!), he andado y andado hasta llegar a la empinadísima cuesta que me trae a lo alto de la colina. Tengo que trabajar. Trabajaré mientras ustedes duermen... y tal vez incluso escriba... (More later).
Al día siguiente...
Anoche descubrí una calle donde cada portal tiene una narrativa distinta, con una libertad y unas fantasías indescriptibles, desde los más bonitos art-déco o art-nouveau o neoclásicos o fifties a las locuras más absolutas del mal gusto y die Umheimlich. Buscaba un bar agradable y jazzy pero a medida que iba bajando todo se volvía más dejado y ruidoso, así que volví. Me llamó alguien que había triunfado en una feria informática de Silicon Valley y estaba en plena aceleración feliz. Decía que SV es feo como Alcobendas y que su hotel era siniestro y había dormido sin quitarse ni los zapatos para no contagiarse y que el recepcionista se llamaba Norman, pero me contó que han decidido instalarse allí, porque allí está el 40% del PIB del mundo y allí "hace amigos". A medianoche le despertaron para notificarle de un premio a la innovación que ha recibido su empresa, en otro huso horario.
He dormido hasta las 7, aunque de las 3 a las 4 vino el insomnio y en esa franja pensé que debía volver, cambiar el billete. Luego me dormí y soñé que me había acogido a un programa para acoger homeless en mi casa, pero coincidía con que tenían que operarme. Un amigo elogiaba mi foto del homeless al pie de un árbol inmenso y amricano y me decía que no me preocupase, que si hacía falta se lo quedaría él, pero yo no lo veía claro.
Esta mañana, después de una intensa aclaración entre las palabras y la fisicidad, el día era radiante y he andado colina abajo hasta un instituto de arte, que tuvo su momento de fama cuando el expresionismo abstracto, donde tienen un interesante mural de Diego Rivera. Era un lugar precioso, sencillo y algo campestre, otra de las caras de esta ciudad de las mil caras. No he podido evitar llegar hasta el mar, aunque sabía que no era la mejor orilla, sino todo lo contrario. Pero la luz azul del fondo, con la isla de pasado siniestro... Un gigante moreno me ha llamado beautiful, le he dado las gracias, al volver me ha visto y ha dicho alegremente: "So you are back! Will you return again later?" y me ha dado la risa. He seguido hacia el barrio chino para comer unos veggie noodles. No encontraba los que me recomendaron, mi teléfono americano no manda los sms, sólo finge mandarlos, aunque nunca llegan´y no quería interrumpir a nadie. El restaurante de fusión asiática tenía una cola considerable y el italiano favorito había cerrado aunque en la puerta dice: "Open every day", así que he probado otro chino al azar (o al azahar, como decía alguien burlón). A mi lado había una pareja de jóvenes chinos muy modernos y guapos sentados frente a un amigo que sólo hablaba de dinero y la palabra money salía en cada una de sus frases. Ich habe kein Geld! pensaba yo. Todo estaba festivo por las celebraciones del año de la liebre. Tengo que hacerme con uno de esos carteles rojos para mi ventana (eso me recuerda a mi amigo O. y a su pareja japonesa, que aún le añora estos días), pero he fotografiado uno y aún no he encontrado mi afilalápices... Un guapo chico que parecía recién salido de los hippies primeros setenta me ha pedido un cigarrillo con una sonrisa tan radiante y ojos azul marmóreo que era imposible negarse. Tengo que traducir, pero primero voy a entrar un momento en mi novela... Mientras comía los fideos con verduras chinas, han venido a mí unas imágenes que deberían entrar en el capítulo 9 y en el 10...

jueves, 3 de febrero de 2011

Volé

Foto: I.N., En la playa, 2011
En un avión incómodo y estrecho. Cerca iba una extraña pareja con aire östeuropeo. La niña, de unos tres o cuatro años, lloró y lloró con fuerza durante unas diez horas, tal vez más. Pedía ir con su padre, pero tardaban horas en hacerle caso. Con él se calmaba, hasta que al cabo del rato volvía a llorar. La madre parecía paralizada, con el peso de una tristeza densa, casi catatónica. El avión no avanzaba. ¿Describía círculos entre las nubes heladas? Hubo un momento en que entramos en un extraño loop, cerca de la península del Labrador. Las horas no corrían en la pantalla del respaldo, o sólo iban hacia delante en algunas ciudades, como Tokio, donde sí pasaba el tiempo. Yo me preguntaba si seguiría para siempre atrapada en aquel lugar incómodo, bajo el llanto estridente de aquella niña, sin poder estirar las piernas, mirando con envidia a los que sí podían. Sólo me salvaba El mal de Montano, y sólo su poder lograba neutralizar el llanto y los ecos agudos que tiene para mí un quejido así, que me devuelve a mi infancia. Y de pronto, al fin, los relojes volvieron a moverse. Dormí tal vez media hora, gozosa y profundamente, con sueños que luego olvidé.
Excepto uno, que tuve antes de partir, aún en BCN. Soñé que EVM estaba dando una especie de clase o una charla y yo entraba tarde en el aula, pero en la pizarra había unas fórmulas físicas, y EVM decía: "Sí, esa es la fórmula para escribir", alguien del aula la explicaba, era muy complicada y parecía sólo física especulativa pero con valores matemáticos, completamente ajena a la escritura. EVM añadía: También hay alguna otra fórmula, pero sólo cuando inviertes la fórmula es cuando sale bien, ¿no? Me miraba a mí y parecía una pregunta y yo pensaba en la fórmula con esfuerzo, pero concluía: Yo lo hago todo a ciegas y no me doy cuenta de nada, ninguna fórmula... En cualquier caso, era una escena graciosa y EVM parecía pasarlo bien. Luego supe que hacía unos meses, en Sarzana (Italia) había soñado con una pizarra y fórmulas físicas. En su caso, las fórmulas en una puerta de pizarra parecían conocer el secreto del universo. O al menos, eso decía en su artículo "El fondo eterno". También por EVM supe que Bolaño soñaba con pizarras y fórmulas matemáticas, que a su vez llevaban a resoluciones de problemas y se estropeaban justo en el último segundo... ¿Habría leído yo el artículo de EVM en su día? ¿Significaría alguna otra cosa esas trasposiciones de sueños de otros escritores? ¿O sólo sería una adivinación de esas memorias trasladadas que sale en El mal de Montano? Últimamente, debo decirlo, he tenido sueños que parecían robados a otros. Soñé que me proponían trabajar en un rodaje que implicaba instalarme casi a vivir a un local feo de la calle Tuset, y parecía un trabajo pesado y no muy bien pagado, y yo les daba largas y un amigo me insistía en que les llamara y contestara. Cuando se lo conté, ese amigo me dijo que a él le habían ofrecido trabajar en una película con una productora alojada en un lugar feo de Tuset y que pensaba decir que no, porque era complicado y con bajo presupuesto. Sólo fue el primero. Después, me han ocurrido otras cosas inquietantes, pero yo las atribuyo al cansancio del cambio de husos horarios, que desdibuja los contornos de las cosas y produce, dicen, sensaciones de déjà vu... por ejemplo.
Al fin el avión me dejó en una ciudad de conductores, que yo siempre había detestado sin conocer. Sarinagara... Al día siguiente anduve por las inmediaciones, encontré una librería llena de libros que parecían guiñarme los ojos, llamarme: mis escritoras, sobre las que conferencia, los autores que he traducido y reseñado, todos tenían un lugar destacado y atraían mis ojos. Compré un libro de Colm Tóibín porque mi amiga americana me dijo desde NY que uno de los cuentos le recordaba a mí y nada más salir a la calle lo encontré y comprendí por qué lo decía, pero eso no evitó la melancolía. Comí en una terracita, buen pescado con un nombre que parecía ambiguo pero que me recordó a otros familiares, buen vino, un día radiante. Luego recorrimos barrios frondosos que sólo conocía de novelas y películas, llenos de árboles gigantes. Y los pájaros cantaban en los sicomoros, como en la canción que sabía G. Incluso en esa ciudad de coches y autopistas entre los barrios, los árboles crecen libres e inmensos, hacia el interior y el exterior, sin los límites ni el espíritu arboricida de mi pobre país. Y la amabilidad de la gente, aunque sólo fuese parte de una técnica de márketing, de una cultura de empresa, lo hace todo mucho más relajado y fácil...
Más tarde vi una exposición de una antigua ciudad de la India, Lukhow, en el museo de arte moderno de esa ciudad extraña e inmensa, y entre piezas delicadas, acuarelas, pinturas, vestuario, objetos, había algunas fotos de Felice Beato y de Samuel Bourne en 1890. También estuve admirando la colección del museo, con Picassos, Klees, Kandinskys, Cy Twomblys, Motherwells, Rothkos y tantos otros maravillosos. Al caer la noche empezó ese insomnio largo e irreductible del cambio horario y mientras observaba cómo cesaban los mensajes de amigos a mis horas diurnas, me preguntaba si ese insomnio no sería un querer estar allí, en el horario de ellos, para no perderme del todo aquel mundo, aunque no lo echase en absoluto de menos... Al día siguiente se nubló y llovía a ratos y fui a ver un museo maravilloso en las colinas donde precisamente había una exposición preciosa de Felice Beato, viajando por Oriente a finales de 1800, India, China, Japón, Birmania... ruinas y templos maravillosos y jardines y retratos especiales, porque su mirada discreta y empática movía a los retratados a confiar, a mostrarse del todo, un poco como le ocurría a David Goldblatt mucho tiempo después. No pude admirar el espectacular fondo de ese museo, no hubo tiempo. El entorno es magnífico, montañas verdes, nubes, tanto como para compensar la obra de un arquitecto que no suele convencerme, pero allí se veía bien, adquiría sentido...
Tres días después volé a otra ciudad más afín, apta para caminantes y llena de luz. En el corto vuelo doméstico me salvó un librito precioso de Giani Stuparich, "Un año de escuela en Trieste" (Un anno di scuola). Con una concisión sutil y una poética económica y perfectamente ritmada, que parece surgir espontáneamente por su fluidez, Stuparich cuenta cómo se revoluciona el instituto y cómo se transforma cada uno de los chicos con la aparición de una adolescente, Marty, y las reacciones de los padres, la hermana mayor libre en Viena... Y qué bien cuenta la mirada de las mujeres, la asfixia de una chica libre y fogosa en un mundo conservador, su entusiasmo por el saber, la forma en que se acerca a Antero, los silencios esos de los dos en que ella siente comprendida su tristeza y la melancolía, el suicidio, tantas cosas contadas con precisión y sutileza en tan pocas páginas, y la nostalgia de lo soñado, lo que no pudo ser, mezclada a un gran entusiasmo vital, como en la Ginzburg. Una lección de escritura.
En cuanto a la ciudad y sus colinas, me sorprendió primero el barrio en que me hospedo, con su aire jamesiano de The Bostonians, de una sociedad conservadora pero culta y dada al mecenazgo, una sociedad de mujeres sufragistas y búsqueda de la belleza en las casas; muy distinto de lo que se encuentra bajando la colina... o en otras colinas. Y el mar asomando en distintos lados, por la forma de la bahía, y la antigua prisión. O el barriochino con sus sorpresas. La mítica librería editorial que publicó a la beat generation: también estaba llena de mis autores, los que traduzco, los que reseño, sobre los que escribo... Al final he concluido que tengo ya demasiadas relaciones con ese mundo de los libros como para que eso no me ocurra. Desde las estanterías, los libos me llaman, me saludan, recuerdan su relación conmigo. Al menos, en las librerías anglosajonas. Anoche cené allí cerca con un grupo que incluía al director de algunas películas que fueron significativas en mi historia. Ese director es un hombre mayor que conserva todo su charme: empezamos hablando de gatos y conectamos enseguida, y de ahí pasamos al cine y la escritura, y habría podido hablar con él durante horas. La comida -italiana- era deliciosa. Él me señaló el que había sido apartamento de Jack Kerouac. Hoy he estado (browsing, browsing) en esa librería, que conserva su espíritu demasiado viril de la época, aunque Alice Munro y Jean Rhys hayan ocupado lugar en las estanterías, apenas hay poetas mujeres (he comprado un Coetze, un Carson McCullers y extrañamente unos cuentos de Hemingway, una postal de Derrida y otras dos) y he visitado el también legendario café de al lado, por azar y necesidad. Luego he ido de excursión a un barrio de casas preciosas y coloridas, de ambiente fuertemente hip y poblado de freaks, que alberga una también mítica e inmensa tienda de discos donde se encuentra casi todo. Y muchas tiendas vintage, con piezas asombrososas, históricas, que retrotraen a otros tiempos...
Y por las noches, en ese insomnio irreductible del cambio de husos horarios, me vuelven mis últimas inquietudes, las que tendré que abordar en cuanto vuelva, probablemente sin tiempo de recobrarme. Y en esa penumbra, oyendo el tintineo de los tranvías, parecen crecer los fantasmas como en el poema de Ausies March: Lo jorn ha por de perdre sa claror:/quan ve la nit que expandeix ses tenebres,/ pocs animals no cloen les palpebres,/ e los malalts creixen de llur dolor...
Una tarde escuché la entrevista que le hicieron a Bel M. en el programa de radio Hablamos, sobre literatura y psicoanálisis. Fue una gozada escucharla. Ese saber suyo literario -teórico y vital- y psicoanalítico es una combinación afortunada. No se lo pierdan. Leo en los periódicos lo que ocurre en Egipto y poco más. Por las tardes tengo que volver y traducir a destajo, para entregar su dosis a cada uno. No me queda tiempo de escribir. No me queda tiempo de mi novela, y en realidad, tampoco me queda tiempo para escribir este post. No hace falta que muestren que ya saben dónde estoy, lectores invisibles. Yo sólo nombro lo que quiero nombrar. Y tampoco se fíen de las apariencias...
BTW, ¡feliz año chino de la liebre!

miércoles, 26 de enero de 2011

Dudas

Foto: I.N., Cadaqués, desde casa de mis amigos, 2010
A veces es duro y quizás absurdo tomar una decisión realista y dejar que se evaporen los sueños que nos iluminaban, todo lo que daba calor cuando hace frío, tanto humor y espíritu lúdico-celebrativo. Me he pasado los últimos días oscilando entre dos estados de ánimo que me llevaban a extremos opuestos y cuando he decidido no marcharme o más bien he organizado sin darme cuenta las cosas para que alguien decidiera por mí, me ha invadido una extraña duplicidad. Primero un ligero alivio y luego, pesante, una sombra que ya empiezo a conocer. Ha vuelto mi Scrooge. Quedarme aquí significa quedarme a solas con mi duelo, he pensado, en la pobre y cada día más fea, contaminada y mediocre Hereuville (me dicen que acabo de salir en BTV con el azufaifo y sus defensores, pueden verlo aquí; yo prefiero no verme), con las noticias, con mis vacas flacas, con mi montaña de trabajo, con un feo y romo paisaje humano, sin grandes esperanzas... excepto mi novela... Esta mañana he acabado el capítulo 9, un insólito capítulo en un escenario bien bonito, que ya salió hace años en una novela barcelonesa completamente ajena a la mía, y le he puesto música sacra, y latín, música del cielo.
Quedarme significa precisamente dejar que se vaya la música que me envolvía alegremente, que me devolvía a la vida. Volver al Hades, a ese reino de las sombras de la Odisea, a la orilla del Leteo, a ese lugar donde el contacto físico no existe, ni el deseo, donde sólo existe el pensamiento y los seres no tienen cuerpo, sólo son sombras que se cruzan.
Rufus respirará aliviado. Estos días enterraba la cara en mi pelo o en esos chales en los que me arrebujo cada vez más, entre el frío y la sombra, y suspiraba. Una voz sigue diciendo en mi interior que debería haberme ido. Que en esa ciudad de la luz sometida a corrientes intempestivas había algo para mí. Que ya no podré ir más. Que habría encontrado un editor para mis libros. Que habría paseado alegremente por aquellos cafés.
It's late and I can't sleep canta Ben Harper. Yo tampoco duermo muy bien, me despierto temprano con aprensiones distintas e inaprensibles. Un amigo me recomienda músicas para mi duelo. Viajaré alrededor de mi habitación. Y mientras, vuelvo a Giono. Y al libro de escritoras y fotógrafas, que está en una fase de producción y saldrá muy pronto. Y a todos mis trabajos de Sísifo. Quién sabe. Dicen que lloverá y subirán las temperaturas. Tal vez todo sea para bien. Forse tutto si salverà.
Lo cierto es que al salir del gimnasio alemán ya lo veía de otra manera. Mi voz quejumbrosa dura sólo un rato. Habría sido mejor hacer una pequeña locura y viajar, pero siguiendo a Xavier de Maistre también se llega a alguna parte. Iré a ver a la Esfinge. Me concentraré en esta luz...
Y al final he decidido irme. Son tiempos extraños. A veces conviene hacer alguna pequeña locura... Tal vez necesitaba decidir autrement para darme cuenta de lo que quería realmente. Tal vez el impulso ajeno... One never knows, decía siempre O. Seguiremos informando.

jueves, 20 de enero de 2011

He vuelto

Foto: I.N. Rufus al sol, asomado a mi ventana, 2010
He vuelto un poco a la escritura, el capítulo séptimo de la novela, no sin dudas, y sobre todo sin saber cómo seguiré porque ahora el camino no es tan claro y me da la sensación de que vaya a ser muy corta. Quién sabe. Pero qué felicidad volver.
Esta noche he tenido uno de esos sueños míos en que tenía que atravesar un lugar muy difícil, recorrer la cornisa de un edificio alto, gateando sobre una lona, y sabiendo que después tendría que volver a hacer el mismo camino sin caer en el vacío. Luego me encontraba a G., que me contaba algo difícil, algo que tenía más que ver conmigo que con él, porque seguramente, en mi sueño, le hice representar mi papel para poder seguir soñando sin despertarme. Pero yo agradezco los sueños, aunque sean pesadillas, porque siempre parecen decirme algo y su lenguaje me fascina y admira como una maravillosa creación, un juego de máscaras mejor que la escritura, que lo desafía todo. Pese a todo, me he despertado llena de dudas y aprensión, pensando que no tenía que irme de viaje. Pero al salir el sol ya había cambiado otra vez de opinión. Me iré, me iré, a pesar de mi inquietud y mis dudas, creo que me vendrá bien airearme, aunque me llevo el ordenador y seguiré trabajando allí.
He ido a comer y después he tenido una pequeña celebración privada e improvisada en un espacio nuevo, con la luz de la tarde entrando por un gran patio de manzana y ese fueguecillo me ha protegido el resto del día, como la escritura. Al atardecer, aún en la estela de Saturno, he ido al funeral de un hombre, mi tío, que se fue del mundo alegremente, despidiéndose de todos, bromeando y organizando incluso el vino que quería que bebieran a su salud. Su mujer y sus hijos, mis primos, estaban aún transfigurados y agradecidos por esa despedida tan feliz. El texto que han leído estaba lleno de afecto y de gratitud, y también de alivio de que todo quedara tan pacífico y en su sitio. Parece tan fácil, pero es muy difícil ver una muerte así: supone haber hecho bien las cosas en la vida y yo he salido de allí llena de admiración. El acto estaba lleno de gente y me ha alegrado verles. Al salir se veía la luna llena inmensa en un cielo helado.
Ha habido, estos días, gente que está lejos me ha escrito para decirme que sentía la muerte de M., con un gesto generoso, más allá de los obstáculos, de los viejos conflictos o de la lejanía. Sigo traduciendo, intentando repartir las horas en las distintas cosas y sin pensar en lo que queda para no inquietarme. Uno de esos trabajos consiste en revisar un libro muy sugerente, que hace ilusión leer. Estos días he leído poco y sólo fragmentos. Me han llegado dos libros que parecen seguros para llevarse de viaje.
El azufaifo vuelve a estar amenazado, así que mañana viernes iré al pie del árbol a hablar con una televisión local, y he llamado al jardinero experto, a la traductora radical, al abogado patrimonialista, al librero de la calle Berlinès y a algunos vecinos más para que hablen en favor del árbol. Y es que el Ayuntamiento se niega a darnos esa placita y quiere construir en ese terreno, y si construyen, el árbol morirá, tardará quizás dos o tres años, pero morirá, mientras que si lo dejaran en su jardín sin construir nada podría vivir otros cien años. Está catalogado, es el ejemplar de azufaifo más grande que existe documentado en Europa, pero a nuestros políticos no les importa.
Rufus, gato salvaje, estaba empeñado en que le acompañase otra vez a la terraza hace un momento, quizás animado por la luna. La comunicadora de animales con nombre ruso, que es como un hada madrina, me ha sugerido un tratamiento para mi gato. Esta mañana en Arte Tv anunciaban un reportaje alemán en el que habían podido filmar cómo hacen los gatos para caer de pie en cualquier circunstancia. Al verlo, otra vez Rufus se ha levantado y se ha acercado a la pantalla para verlos de cerca. Es un gato inteligente y contemporáneo, que ve la televisión. Todos los días vienen pájaros a visitarnos...
Sigo al día siguiente...
Anoche Rufus estaba alterado con la luna llena y no paraba de correr por el pasillo y patinar arrugando la alfombra de la entrada o llamarme para que saliera con él a la terraza y se había levantado un viento helado. Yo tampoco podía dormir, así es que me puse a leer el primero de los Cuentos de lo extraño de R. Aickman, que era justo lo que necesitaba. Incluso escribí un poco del capítulo octavo de mi novela, que esta mañana he continuado, robando espacio a mis trabajos pendientes. He mirado las temperaturas de las dos ciudades adonde viajaré, en la primera, donde estaré sólo tres días, hace primavera, en la otra, frío como el de aquí, aunque un poeta cubano que ha viajado around the globe y me ha llamado y contado historias cómicas y ensoñadas, me dice que allí la sensación es más fría y que Jack London declaró que nunca había pasado tanto frío como un verano en esa segunda ciudad (aunque he leído que la cita se atribuye a Mark Twain, pero ninguno de ellos lo dijo realmente). Pero el poeta me ha hablado de algunas maravillas de ese lugar y mi espíritu aprensivo y dudoso, seguramente atado al duelo y la desolación, ha empezado a quitarse telarañas y simplemente to rejoice. Luego me ha llamado la arquitecta que intenta salvar la Rotonda: el ayuntamiento ha aprobado la licencia al horrible promotor que pretende destruirla, en una clara descatalogación. Y eso sí, he logrado reunir a la traductora radical, el jardinero sabio, un trío de ilustres facebookianos, las defensoras de la Rotonda y el librero de la calle Berlinès al pie del azufaifo. Seguiremos resistiendo. No nos rendiremos tan fácilmente, politicastros enemigos de los árboles. Luego le he improvisado una pasta a G. y me he vuelto al gimnasio alemán, a falta de otros ejercicios más felices, que postergaré para s'hora baixa. Los recordaba desde las máquinas y sonreía yo sola. No había apenas nadie en el gimnasio. Sigo traduciendo textos de Leon Golub y escuchando a Ben Harper.

martes, 18 de enero de 2011

Después

Foto: I.N., Verano 2011
Me ha absorbido una gran montaña de trabajo, así que ya no existo, ni me lamento, sólo traduzco, sólo vivo en ese espacio intersticial entre las lenguas donde según Benjamin estaba la única lengua pura, sólo habito los textos de otros, un artista americano que estaba extraña e indirectamente ligado a mí por un hecho fatídico -cuando traducía el catálogo de su partner, ella artista y feminista, para otro museo, dos o tres años atrás, se produjo el conflicto de los conflictos con una interlocutora, la gota que desbordó el vaso, el momento de la revelación, y mientras rompía con ella y con la institución, pero tenía que acabar el catálogo en condiciones de tensión, se me produjo una epicondilitis que duraría dos años, pero que me llevaría a la osadía maravillosa de no traducir en ese espacio de tiempo, dedicándome sólo a la escritura, por la coincidencia de un hecho material feliz que así lo permitió. Malheureusement aquel hecho material que unido al conflicto y al brazo que dolía me llevaron a aquella época libre y maravillosa ya terminó y sin duda tardará en aparecer otro azar como ese, aunque exista la posibilidad. Y mientras, héte aquí la aparición de ese artista conectado a ella. Y también Giono y un texto de la publicación del museo y... los remates de mis libros acabados.
Me gustó ver la película Des hommes et des dieux, su lentitud, ese islam humano y pre islamista, esos ritos, ese arraigo, los árboles inmensos y el silencio, sus reflexiones filosóficas y vitales y las últimas imagenes desvaneciéndose en la nieve. Echo de menos la escritura. Envidio a los escritores que han vivido y viven escribiendo y leyendo, sin tener que esforzarse para pagar las facturas... He llegado a un momento menos fácil de la novela y justo ahora me he quedado sin tiempo. Y por otra parte, la sombra de Saturno sigue planeando. Ayer murió un hermano de mi padre, alguien alegre que formaba parte de mi infancia. Dos hijos suyos me han contado cómo se despidió de todos y cada uno y organizó cada detalle del final, se negó a que hubiera velatorio, dijo la camisa que debían ponerle y el vino que debían beber por él, y fue tan animoso y tan él mismo que todos estaban felices del final. El jueves iré a ese único rito.
En cuanto a la orografía de los estados de ánimo, es demasiado cambiante y compleja para comentarla aquí. En cualquier caso, tras el impacto y el vacío, empezaron a cohabitar dos ánimos opuestos y había momentos radiantes junto a otros en los que me asaltaba la misteriosa desolación. Y luego empezaron a fundirse y el resultado me gusta menos. Pero quizás es el momento de grisaille en el que ahora escribo, que será relevado por otro mejor más tarde... Y quién sabe, todo cambia constantemente.

jueves, 13 de enero de 2011

Mi texto de adiós a M, leído esta mañana en Collserola

Foto: Recordatorio de M, diseño y realización de Pati Núñez, 2011
Marisa parecía haber venido al mundo a otra cosa: a pintar, a vivir entre pájaros, a ocuparse de temas de salud y farmacopea. Pero tenía una especie de pasividad entregada al destino: se dejó casar y tuvo seis hijas. Vivió siempre bajo la autoridad y la voluntad de otros: su hermana, su marido, y al final también sus hijas. Tenía el cutis más suave que nunca he visto y cuando se casó, el aire de una niña. En las fotos de joven parece soñadora y a la vez terrestre y decidida. Hay un retrato suyo de los sesenta, con perlas y las cejas gruesas y arqueadas, donde de pequeñas nos parecía la mujer más guapa del mundo. En la que fue su casa de la Diagonal, cultivó siempre un refinado y loco desorden, de objetos en proceso de transformación: cajones atiborrados de telas y cientos de vestidos deshechos, esperando una reforma. Armarios llenos de aparatos por arreglar. Incluso ya mayor, era capaz de montar un andamio y pintar la pared de la escalera. Hacía reparaciones eléctricas por afición y restauraba las muñecas rotas o les hacía vestidos. Fue creyente, excepto en la época de su divorcio, cuando consideró que dios la había traicionado. Para ella, la separación fue tan injusta que apenas fue consciente de lo libre que se había vuelto su vida. Luego volvió a sus ritos, de manera silenciosa, haciéndolos encajar con una mentalidad esotérica que yo había instigado para distraerla, cuando se sentía abandonada. Sabía echar las cartas de una manera muy especial, que a veces me irritaba y otras me hacía sonreír: según ella, todo lo malo ya se iba y lo demás, era positivo. Le gustaban los pájaros, los recogía, los curaba y arrullaba y se le posaban en la cabeza y los hombros, le murmuraban y hablaban. Adoraba las lagartijas, con las que mantenía conversaciones en su terraza. Quiso muchísimo a su loro, que desayunaba tostada mojada en café con leche y cenaba tortilla francesa y a veces, de noche, él le quitaba con el pico el rimmel de las pestañas, en una particular simbiosis no recogida por los libros de ciencias naturales. En los últimos años, una de sus hijas tuvo la feliz idea de regalarle a su perra Nannie. Siempre prefirió no saber, ni recordar las cosas difíciles, lo que dolía; temía la verdad y prefería escaparse, aunque eso la llevara a situaciones más complicadas que las que procuraba evitar. Empezó a perder la conciencia hace unos seis o siete años, progresivamente, en ictus sucesivos. Olvidó los números y ya no podía echar las cartas. Se volvió incapaz de elaborar sus mejores recetas: un día olvidó poner puerros a la vichysoisse. Se perdieron para siempre sus míticas croquetas, que nunca nadie supo hacer como ella. O sus finísimas empanadas. Empezó a perderse por la calle y en vez de llegar a mi casa me buscaba en un lugar donde yo había vivido veinte años atrás. Por suerte, durante mucho tiempo recordó mi número de teléfono fijo y me llamaba extraviada desde lugares inverosímiles. Después de pelearse con todas las cuidadoras, imaginando robos estrambóticos de telas y destornilladores y luchando contra la humillación de que la vigilaran, vivió feliz en esa residencia modernista donde bailaba en las fiestas y se sentía al fin tratada como una dama. Le ha costado mucho alejarse del mundo. Hace unos días, en la clínica, le recordé todos sus embarazos, partos, biberones, cuidados en la enfermedad, tantos años de trabajo en la crianza y le dije: “Ahora te toca descansar e irte con tus pájaros.” “Desde luego”, contestó, con una mueca burlona. Estaba muy delgada, como un mosquito, pero conservaba la fuerza para arrancarse los tubos y pelearse con las enfermeras que venían a cambiarla. Cuando le leyeron el texto que le escribí como despedida, repitió mi nombre y añadió un misterioso “cristal, cristal”. Dicen que la relación con la madre siempre es tormentosa. Es inevitable exigirle lo que a veces no puede dar. Marisa no supo cuidarse ni protegerse del mundo, ¿cómo exigirle que cuidara de nosotras? Lo hizo a su manera, en el terreno que dominaba casi a la perfección: la alimentación, la salud, las enfermedades. Y a pesar de sus flaquezas, nos transmitió sin saberlo pasiones suyas, que cada una heredó a su manera, como por ósmosis: una receptividad especial a la naturaleza, la sensibilidad hacia la belleza, el arte, el cielo, los pájaros, las lagartijas, un cuidado en lo gastronómico, la idea de cuidar en lo físico, ese eterno proceso de deconstruir y reconstruir la indumentaria, no sabría decir si alguien heredó sus habilidades de electricista y bricoleur. Siempre fue muy despistada; daba la impresión de vivir en las nubes, con sus pájaros. Yo lo escribí en un cuento: iba a por el listín de teléfonos y volvía con el mando del televisor. Desconfiada, escondía las llaves de su armario y no podía encontrarlas. Pero hace dos veranos perdió la memoria y las palabras y entonces empezamos el duelo. Yo no podía evitar pensar que ella, que siempre quiso cerrar los ojos a lo real, había logrado dolorosamente su objetivo. Hacía mucho tiempo que ya no estaba, pero ahora que se ha ido, ¿por qué esta absoluta y pavorosa sensación de soledad?

martes, 11 de enero de 2011

Hoy, a las 5 de la tarde

Foto: I.N. La última casa de M., 2011
A una hora lorquiana, se ha ido M. Yo había ido a verla a la 1 del mediodía, a desearle bon voyage, aunque no pudiera oírme, por si acaso. Al murmurarle me ha parecido que respiraba más deprisa. Quién sabe... Luego he recibido un sms de mis hermanas, a esa hora andaluza, que recuerda a mi padre recitando, hace muchos años. Me ha tranquilizado haber ido a verla en ese mismo día, sabiendo que se iba. G. estaba conmigo y me ha confortado. Es tan extraña la muerte, tan misteriosa. Todo era sabido y racionalmente era deseable que se acabara ese largo proceso. Pero cuando llega, es tan irreal, la tristeza pesa y lo simbólico pesa mucho más que lo racional. Han sido días muy duros. Ya sabiéndolo, he ido a dar mi última clase del curso del Ateneo. Pensaba que no lo lograría, que se me desharía la voz leyendo a Natalia Ginzburg, pero no ha sido así. Hay un reflejo social o de oficio o quién sabe qué, capaz de anestesiarnos. Antes de empezar la clase, la Belle Elaine ha venido al Ateneo a abrazarme. La gente de la clase ha sido muy acogedora y alegre. Al salir, me esperaban dos amigos, JCM y P., que siempre me cuidan hospitalariamente y hemos tomado vinos en un sitio especial y hemos hablado y ha sido restaurador. Yo iba todo el tiempo envuelta en la manta que me han regalado J. y G., una manta preciosa, de alpaca. No hacía frío, pero yo me sentía protegida envuelta en esa manta, como la madre de la Ginzburg que, en la guerra y el fascismo, con las tristezas y las pérdidas, iba arrebujándose cada vez más en sus chales de lana.
M. vino al mundo a otra cosa, a pintar, a cuidar pájaros. Pero se dejó casar y tuvo seis hijas, y vivió bajo la autoridad y la voluntad de otros. Tenía el cutis más suave del mundo y al casarse parecía una niña. No supo nunca protegerse, y en la infancia no me protegió a mí. Temía la verdad y prefería mentir o quejarse aceptando la derrota antes que defender su posición. No se atrevía a enfrentarse y utilizaba la fuerza de otros. Era difícil saber a qué atenerse con ella. Prefería entregarse a su peor enemigo antes que arriesgarse a estar sola. Pese a todo, antes de perder la conciencia, hace ocho años, me pidió perdón por lo que había permitido que me ocurriera en mi infancia, a su manera. Sarinagara... le gustaban los pájaros, los recogía y curaba y se le subían a la cabeza y los hombros. Adoraba las lagartijas, con las que hablaba, quiso mucho a su loro. En los últimos años, la salvó su perra Nannie. No quería saber, ni recordar y empezó a perder la conciencia hace unos seis o siete años, progresivamente, en ictus sucesivos. Después de pelearse con todas las cuidadoras, vivió al fin feliz en esa residencia modernista donde bailaba en las fiestas y se sentía al fin tratada como quería. Le ha costado mucho alejarse del mundo. Hace unos días, en la clínica, le recordé todos sus embarazos, partos, biberones, cuidados en la enfermedad y le dije: "Ahora te toca descansar e irte con tus pájaros." "Desde luego", contestó, con una mueca burlona. Aún delgada y pequeña como un mosquito, conservaba la fuerza para arrancarse los tubos y pelearse con las enfermeras, que venían a cambiarla. Cuando le leyeron el texto que le escribí como despedida, repitió mi nombre y añadió un misterioso "cristal, cristal". A pesar de sus flaquezas, nos transmitió algunas pasiones suyas, sin saberlo. Ahora se ha ido y es muy extraño. Lo más difícil de entender es la sensación de soledad tan brusca y sobrecogedora, como una cueva. ¿Soledad por qué? ¿Qué significa? Si ella se había ido hace tiempo... Si ya hice ese duelo hace dos veranos, cuando perdió su self y todas las palabras en uno de sus peores ictus... Si ya no tenía memoria, ¿por qué esa sensación de haber perdido las raíces, el pasado, la historia? Otra vez el inconsciente a su aire, situado en ese otro terreno simbólico.
El jueves por la mañana la despediremos en Collserola, como a mi padre. Yo habría querido escribir y leer algo, no sé si llego tarde, cuando todo estaba cerrado, el recordatorio hecho. Si es así, iré a su despedida como una visitante, casi una extraña; en realidad, tal vez sería más coherente así. Por si acaso, me he puesto a escribirlo...

lunes, 10 de enero de 2011

Hay días

Foto: I.N. Cerca de donde está M., 2011
Hay días en que trabajar consuela. Intentaba preparar la clase de mañana sobre Natalia Ginzburg y leía para olvidar lo real. Decía NG que había intentado que cada frase de La strada che va in città fuese como un latigazo, como un golpe seco. Dice Balzac "Toutes les douleurs sont individuelles, leurs effets ne sont soumis à aucune règle fixe: certains hommes se bouchent les oreilles pour ne plus rien entendre; quelques femmes ferment les yeux pour ne plus rien voir; puis, ilse rencontre de grandes et magnifiques âmes qui se jettent dans la douleur comme dans un abîme. En fait de désespoir, tout est vrai."
No debería haber ido a ver a M., porque a esa visión doliente de su cuerpo comatoso, olvidado del mundo, sumido en las excreciones que obstaculizan su respiración y que la morfina debería aliviar, pero aún no llega (cómo cuesta vencer ese tabú en este país cristiano), se han añadido los malencuentros con quienes contribuyeron a convertir mi infancia en un infierno. Nada ha cambiado, salvo que yo he vivido feliz alejada de ese paisaje y el mero contacto me enferma y acrecienta el peso de la tristeza. Alguien llevaba días ofreciéndome información manipulada, hoy he escuchado y leído acusaciones arbitrarias y en las que no me reconozco; he decidido desaparecer antes de tiempo, que alguien hable en mi lugar; estoy considerando incluso si me compensaría renunciar a la pequeña parte que me toca y que yo esperaba sólo para estar un tiempo sin traducir, para poder escribir tranquila. Tal vez no valga la pena.
El peso de lo simbólico es muy grande. Yo sólo pienso en esa visión de M., cuerpo alejado, intentando respirar. Esta noche me he despertado varias veces y veía a M., en esa extraña fase del olvido. Creo que no volveré. Antes de irme, le he murmurado unas palabras al oído. Me da la sensación de que la presencia constante la retiene en el mundo, atada por un hilo invisible, tal vez un hilo de culpa, de conflicto no resuelto, de deberes o de sensación pendiente.
G. ha venido a consolarme, me ha recordado que con él no he repetido ese modelo fatídico, sino que lo he hecho bien. Los libros avanzan: hoy he enviado las primeras fotos para el de Barcelona, he corregido y podado algunas cartas para el libro de correspondencia, he pulido también un poco mi sexto capítulo de la novela.
En la farmacia me he encontrado a una amiga psicoanalista, que ha comprendido bien mis palabras. Me ha llamado otra amiga psi para mi participación en unas jornadas del Foro Psicoanalítico, me ha dicho que pensara que es mejor estar aquí, poder estar corporalmente cerca de M. en su muerte, según ella toda relación con la madre es tormentosa. Cuando he vuelto del gimnasio, he sentido el dolor como algo físico, aunque no lo fuera, y unos versos de Georg Trakl que aparecían como cita en el mensaje de novedades de Trotta, me han cubierto como una sombra compasiva: «Oh el infierno del sueño; oscura calleja, pardo jardincillo. Suave suena en la tarde azul la figura del muerto. Verdes florecillas voltean en su redor y su rostro la ha abandonado. O se inclina pálido sobre la fría frente del criminal en lo oscuro del vestíbulo; adoración, púrpura llama de la voluptuosidad; moribundo se precipitó el durmiente sobre negras gradas en la oscuridad».
Anoche renuncié a un viaje que me habría alejado de este horror... pero era imposible. Y con esa renuncia ha surgido la desolación. Necesito seguir escribiendo para consolarme. También los mensajes de algunos lectores invisibles me consuelan. Sólo pienso en el momento en que ya no tendré que relacionarme con nadie de aquellos personajes del perverso pesebre. Tal vez merezca la pena desprenderse del todo.
Al día siguiente todo esto se ha alejado y hace un sol radiante y yo me acuerdo de que yo ya no vivía en ese mundo, y la luz deslumbrante y cálida que ahora ciega la pantalla me transporta, fabrica un impermeable emocional, un impermeable de luz, muy bonito...