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domingo, 14 de agosto de 2011

Desde el bosque serbio

Foto: I.N. Bosque de Tršić, Serbia (con mi teléfono)
Reconozco que al llegar aquí tuve un momento de crisis. Creía que llegaba a una colonia de escritores, algo similar a lo que había ocurrido en la Vojvodina cuando me invitaron, un lugar donde escribir, socializar en las comidas, con una gira de lecturas organizadas en otros lugares. Enseguida descubrí que yo era la única escritora invitada, no había tales lecturas y había aterrizado en un lugar absolutamente rural y salvaje, sin una tienda donde comprar nada (salvo los iconos y gadgets que venden en la casa museo de VK) y con una mayoría de gente que sólo habla serbio. Por suerte, mi amiga I. había aceptado venir conmigo y aquí estaba. Me habían prometido que tendría conexión a Internet (para mí, era condición sine qua non, ya que pretendía traducir, además de escribir mi novela). Pero la conexión se fue con las primeras lluvias, de modo que nos cambiaron a otro lugar, un lugar bien bonito, donde sí hay conexión más o menos estable y las condiciones y el confort son mejores.
Enseguida nos envolvió el paisaje, que es espectacular. Todo ocurre a la sombra de árboles inmensos y con el rumor de un arroyo incesante que lo recorre todo. Mariposas de todos los colores (una mañana se posó en mi pañuelo una magnífica, pequeña y delicada, azul celeste con un estampado dorado, que habría copiado en seda el mejor diseñador de moda), unas libélulas negras y azules al desplegar las alas, con distintas gradaciones entre el negro azabache y el azul profundo, y también libélulas verde y oro, lagartijas y lagartos, gatos hambrientos a los que alimentamos en el restaurante y la casa, perrillos que viven en libertad, más o menos cuidados y adscritos a sus casas. Un día tuve una conversación con un gallo: él me miraba desconcertado, como si nunca nadie se hubiera dirigido a él con palabras. ¿O tal vez fuese el idioma? Pero su expresión era inteligente y pensativa y cambió mi idea de los gallos, o de los gallos serbios. Gallos y gallinas pasean por lugares insospechados. Por los caminos del pueblo y los prados, todo de distintos tonalidades del verde, con flores blancas silvestres que tiñen los campos haciéndolos etéreos como nubes, y florecillas diminutas de colores violáceos, rosáceos, oro viejo, blancos... Las casas son de madera, al estilo tradicional serbio, o con tejas antiguas. Los pajares son también como eran antes. Es como si hubiéramos entrado en el paisaje de un cuadro, como ocurría en los cuentos. O al otro lado del espejo. Y el bosque, un bosque altísimo, a veces casi vertical, que parece impenetrable y en algunos lugares seguramente lo es. Pero puede accederse bordeándolo o por el bosque bajo, siguiendo los arroyos y los caminos que discurren a su lado. Entonces se entra en una penumbra verdosa, húmeda y fresca, dejando atrás el sol, y se produce ese extraño prodigio: siento como si me adentrara en un mundo perdido, en un lugar salvaje donde no rigen nuestras normas, siento como si el bosque me dejara entrar, bajo ciertas condiciones. En ese silencio casi reverencial, donde sólo se oye el agua, la respiración del bosque y mis pasos cruzando puentecillos de madera que llevan años allí y han sido desgastados por el tiempo, en el camino hacia el monasterio de Tronoša, una tarde oí un pesado crujir de ramas y vi una gran sombra negra, tal vez un ciervo, que se ocultaba y me sentí sobrecogida. Justo después, a los pies de un árbol se agitaba un animalillo oscuro, tal vez una ardilla o un conejo, que me devolvió un poco al mundo.
Este es el lugar donde el Pompeu Fabra serbio, el lingüista que reordenó el alfabeto cirílico serbio y estableció los fundamentos de esta lengua, Vuk Karadžić, nació y se crió. Él seguía ese camino sagrado del bosque para llegar al monasterio de Tronoša, donde estudiaba. Todo aquí está lleno de su nombre, de su memoria, de las letras del alfabeto. Durante los años oscuros, los nacionalistas excluyentes intentaron apropiarse de su legado: sus fotos están también en los aniversarios del pequeño museo histórico. Su apellido no tiene nada que ver con el político criminal, aunque éste intentara manipular también ese dato. Luego, los organizadores han querido separar las cosas y situar a Vuk en su contexto legítimo, no político, sino histórico y científico.
Es un paisaje encantado y un solo paseo por esos caminos del bosque restauran el espíritu a cualquiera. Yo sigo recibiendo una lluvia de noticias negras, y ha habido noches enteras sin poder dormir. Hay algo que duele aun de lejos, algo que forzosamente tenía que llevar conmigo hasta aquí, algo que me hace sentir salvada en el bosque, protegida por esa penumbra verdosa. Algo indecible aquí y que me hace mucho más difícil la escritura de mi novela. A veces traduzco a Maeve Brennan y es un ejercicio saludable. Otras logro escribir, aunque es un momento difícil. En todas las entrevistas -dos televisiones, un periódico- me preguntan por la inspiración y el paisaje. Hace días que decidí que Tršić estaría al final de mi novela y esa idea les hace sonreír.
Naturalmente, estamos muy cerca de las heridas de la historia y hay una tristeza y una amargura que está en el aire, que pesa en mis pensamientos, que subyace al orgullo local. Es inevitable para mí preguntarme qué hacían algunos personajes que veo -los que tienen cierta edad- en la guerra e imaginar, especular. Sé que no soy la única que ve lo invisible. Lo sigo viendo en nuestro país, tantos años después, ¿cómo no verlo aquí, tan cerca en todos los sentidos? El otro día fuimos a Sunčana Reka, tomamos algo junto al Drina y al otro lado veíamos las montañas de Bosnia, donde se perpetraron tantas atrocidades. Sin aludir a donde estábamos, ellas hablaron algo de la guerra; aunque el antes y el después surge inevitablemente en algunas conversaciones, aunque sea de forma tangencial. Yo intento decir, intento no caer en la trampa de generalizar por identidades nacionales. Me preguntan por mi libro balcánico, por mis impresiones de Serbia (a I. también intentan entrevistarla, aunque ella no siempre se deja: mientras pueda, huye de las cámaras. Yo también las detesto, pero me gustaría mucho que "Si un árbol cae" se publicase aquí).
Vimos algunas Perseidas con la luna llena oculta detrás de la montaña gigante que nos mira y encierra en este lugar asombroso. Los cielos están plagados de estrellas, aunque la luna las haya hecho palidecer. Estos bosques tan cuidados y protegidos también me curan un poco las heridas del cemento de Barcelona, la amenaza de nuestro pobre azufaifo, la locura mafiosa y constructora que se ha apoderado de mi ciudad, gracias a la codicia de los políticos corruptos y sus partidos. No me olvido del mundo. Leo las noticias en la red. Sé de la indignación de los ingleses, que es la nuestra, aunque algunos hayan querido camuflarla y hacerles pasar como ladrones consumistas, al margen de los recortes sociales. No es así. Pero mientras pueda, yo me refugiaré en estos paseos por el bosque, en este otro mundo maravilloso.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Post-Madrid

Caspar David Friedrich, El árbol solitario.
El lunes cogí el AVE por primera vez para ir a Madrid. Aunque en esa feísima estación, que huele a dudoso aceite de coche frito, hubo un caos considerable, nos hicieron cambiar de cola porque se les había estropeado el aparato de control de equipajes y esperar lo suyo, lo cierto es que sólo se trataba de pasar las maletas por el escáner, y comparado con el horror que implica ya coger un avión, me pareció bastante llevadero. (Viajé sin compañero de asiento en la ida y en la vuelta, y eso es importante). En cuanto el tren arrancó y empecé a ver el paisaje corriendo por la ventanilla sentí la vieja felicidad reflexiva y fecunda de los trenes. Duró poco, pero yo estaba advertida. Aún no han hecho aquí, como en otros lugares de Europa, vagones sin móvil, y la gente más grosera está siempre ahí, dispuesta a contarnos toda su banalidad y los pormenores de su trabajo a gritos y desoyendo la petición de renfe de que bajen el volumen de los timbres. No me había dado tiempo a adaptarme un trastito de esos que acumulan música, así que llevaba un aparatejo obsoleto y más grande con unos cuantos cds, y me lo puse enseguida para ensordecerme ante la zafiedad. Como yo nunca escucho la música así, en los oídos, me molestaban los casquillos, y por otra parte, escucharla tan cerca, confundida entre los latidos y sutiles mareas internas de mi cuerpo, me confundía y sentía unos deseos irresistibles de bailar, como si aquellas melodías formasen parte de mi fisiología, procedieran de mi memoria o mis emociones. La idea de arrancarme allí (aunque no por bulerías) a cantar y/o bailar me hizo pensar en esa irrealidad caprichosa y teatral de los musicales, o en la película de Bjorg y Lars Von Trier, donde los personajes, en cualquier contexto cotidiano, se levantan, cantan y danzan en coreografías simétricas que nunca podrían ser espontáneas, ilustrando lo que acaba de ocurrir. Sólo que, mirando a mi alrededor, me pareció imposible que aquellos viajeros supieran desempeñar su papel, así que me abstuve.
En Madrid, además de disfrutar de la hospitalidad, los tés, la belleza del entorno y la conversación inteligente de mis anfitriones, fui al programa Las noches blancas, de Sánchez Dragó, junto con José Ovejero, Luisgé Martín y José Machado para hablar de la antología de Funambulista con cuentos (o fragmentos de blog, en mi caso) de nosotros cuatro y de Enrique Vila-Matas, Cristina Grande, Colectivo Todoazén, Rosa Montero, José Maria Merino, Fernando Aramburu, Antón Castro y Mercedes Cebríán. Pasé el trago del maquillaje, que siempre me produce aprensión, y no miré a la cámara como es debido, sino todo lo contrario, por reflejo inconsciente de camera shy. Hay que reconocer que Sánchez Dragó se prepara bien sus programas, se lee los libros con atención y no sólo deja hablar sino que escucha a sus invitados. Para mí, eso resulta más importante que el disenso o consenso ideológico en un programa de libros. (Y también la receptividad: de momento, no me quisieron -ni a mí ni a La plaza del azufaifo ni Crucigrama- en el único programa de libros que hay por aquí, y me consta que no ha sido porque no les gustaran mis libros. Naturalmente no cupo todo lo que yo quería, hablé de mis libros, me dejé cosas, sobre todo porque un contertulio planteó el tema de la memoria histórica, la guerra civil y etcétera desde una posición bastante opuesta a la mía (él quiso objetar a lo que José Ovejero había escrito en el prólogo y el epílogo del libro, para mí afín y muy atinado) y eso nos llevó a todos por otros derroteros; pero aún ahí, y ese tema es una de mis obsesiones, creo que pude decir algunas cosas que me parecían importantes. Luego nos fuimos a cenar los cuatro, aunque por un accidente o un exceso de prontitud, en la tv habían pedido un taxi para cada uno y llegamos al restaurante, en la calle Libertad, en cuatro coches. En la cena (el lugar era uno de esos sitios castizos con zócalos de mosaico y pescado en adobo) pudimos intercambiar información editorial y de revistas, repasar personajes del mundillo y despotricar de nuestras respectivas ciudades: ellos aún no se han dado cuenta de la degradación que está acabando con BCN, ni de los árboles que aún tienen en Madrid, pero claro, saben mejor que yo de las lacras de ruido, cemento y errores que allí les tocan. Más tarde, ya en casa y de madrugada, estuve viendo el programa de ese día (el nuestro saldrá seguramente en noviembre, nos avisarán y mandarán copia), una entrevista a Jaime Bayly absolutamente genial, por el personaje gracioso, excéntrico y talentoso y porque de nuevo SD se había leído sus libros con atención y parecía disfrutar de esa conversación.
Al día siguiente, con la lentitud forzosa de las interrupciones y la conversación, fui con mi anfitriona al museo Thyssen para ver la exposición ¡1914! La vanguardia y la Gran Guerra. Es una muestra amplia, con esa amplitud que tanto se da ahora, lo cual implica casi siempre o por fuerza irregularidad, es decir, junto a piezas maravillosas, cuya contemplación supone un privilegio gozoso que justifica la visita y la caminata, se ven otras sin interés o que no pueden compararse. Egon Schiele, Otto Dix, Paul Klee, Brancusi, Goncharova, Emil Nolde, sutiles y maravillosos Kandinskis, Léger!, Man Ray, Chagall, Picasso e tutti quanti, más la triste pequeña reproducción de cuadros que había que irse ver en la Fundación Caja Madrid, ya que la muestra se reparte en dos espacios. Otro problema era la señalización inexistente, que nos llevaba constantemente a aterrizar en salas donde se exponía la colección permanente: esa colección incluye pinturas maravillosas (Caspar David Friedrich es un ejemplo) y era imposible resistir la tentación de mirar un poco, de asomarse a esos paisajes que yo querría atravesar, entrar en el cuadro reviviendo mi viejo deseo de niña, de huir del mundo espinoso y hostil que me rodeaba adentrándome en la atmósfera sugestiva de muchos cuadros (algo que sólo pude hacer leyendo, naturalmente).
Encontrar un sitio para comer algo fue difícil, pero al menos, me consoló la frondosidad de Madrid, que está llena de árboles gigantes e inmensos, abetos, magnolios, plátanos y tantos otros y esos árboles (algunos salvados por la baronesa, en el gracias a ella aún hermoso Paseo del Prado... Por cierto que en el programa me preguntaron: "¿Y tú no tuviste que atarte al árbol?" No había tiempo de explicar mi espíritu impaciente e inquieto, pero sí conté de tantos ofrecimientos de amigas y conocidas, algunas célebres, que me dijeron cosas como: "Si hace falta yo me ato al azufaifo, pero tendrá que ser esta noche, porque mañana salgo de viaje, o sólo de 7 a 8, o mañana por la mañana antes de mediodía, ya que luego tengo que hacer una comida, tengo una reunión..." Diría que todas eran mujeres.) Y no tuve tiempo de ver a mis amigos, así que la próxima vez procuraré ir más días. Yo siempre he sido bien acogida en esa ciudad, a pesar y al margen de quien la gobierna, y para mí, las leyes de la hospitalidad son sagradas.
Volví de noche, de nuevo en un AVE que me parece carísimo, auténtico latrocinio como ya casi todo en este país, pensando en un cuento de Daniel Handler donde todo vale millones de dólares y el dinero se le acaba a la protagonista en 9 días. Pero es que aquí, hablar por móvil vale mucho más que en el resto del mundo, y la verdura y los productos básicos son muy caros respecto a los bajos sueldos, y eso, unido al fragor de las obras, a los árboles talados, a los edificios antiguos y valiosos derruidos hace que la vida no sólo se haga difícil y nuestras ciudades inhóspitas, sino que además, lo cotidiano sea áspero e irritante. Volví preocupada por un dilema espinoso que me tiene preocupada y encontré a G, que me enseñó una vieja animación que me encanta: animales de plastilina entrevistados y hablando con acento y gestos muy británicos de sus condiciones de vida en cautividad y sus quejas (Aardman).
Se me olvidaba decir que durante el viaje en tren a Madrid me llamó Lucas López, de Radio ECCA para entrevistarme en un programa de libros y otras cosas que se emite en Canarias, "Nos gusta la gente", sobre La plaza del azufaifo. La entrevista se hará el domingo a las 19, hora de Barcelona.
Por cierto, firmad mi manifiesto aquí. Han empezado a aparecer algunas firmas ilustres entre los firmantes (arquitectos, psicoanalistas, escritores, artistas, críticos...). No comprendo a los que firman como anónimo: esos votos no contarán de ningún modo. Reenviad la dirección a la gente que conozcáis, por favor. Por cierto, me han dicho que en esa web piden dinero para campañas: nada que ver con esta campaña. No hemos pedido dinero.
Mi artículo de hoy en La Vanguardia Culturas aquí.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

En Serbia


Foto: I.N. Pastora camino del Danubio, Čortanovci, 2007 (Por cierto, esa pastora se sentó a fumar al cabo de poco, en un gesto muy balcánico, imposible por estos lares, donde si existen pastoras, nunca fuman).

Me habían invitado a la Casa de Escritores de Čortanovci (Чортановци), una de las antiguas residencias de Tito en la Vojvodina (como tenía una o dos en cada una de las repúblicas yugoslavas, algunas no llegó a usarlas), en medio de bosques altísimos, una especie de construcción de fantasía neogótica casi propia de Disneylanda o de Exín Castillos, pero dignificada por la frondosidad y exuberancia de la vegetación, y con bungalows de ladrillo visto donde nos alojábamos los escritores, con la visión del Danubio al fondo del valle.

Pero como todo lo balcánico suele ser imprevisible y al parecer debido a un conflicto político entre dos facciones, en lugar de pasar los cinco días allí y los tres últimos en Belgrado, tuvimos que irnos precipitadamente a un hotel de Sremski Karlovci, en la ribera del Danubio, porque necesitaban el lugar para hospedar a no sé qué políticos, hasta que llegó el momento de ir a Belgrado.

Lo mejor de las lecturas públicas que hicimos en Novi Sad, Pančevo y Belgrado, fue poder ver a Kazuko Shiraishi recitando sus poemas con su entonación japonesa y sus rollos de papel de arroz. Igor Marojevic leyó un capítulo de su irónica última novela, Schnitt, situada en Zemun, hoy un suburbio de Belgrado, donde confluyen el Danubio y el Sava, que había pertenecido al imperio austro-húngaro y que en la II Guerra Mundial estuvo regido por un gobierno croata títere de la Alemania nazi. Amir Brka, poeta bosnio, editor, director de la revista Diwan, leyó sus poemas, como también la rusa Alexandra Petrova, la serbia Dejana Nikolic y el francés Mathias Enard, el serbio montenegrino Nikola Malović leyó un capítulo de su novela, situada en Boka Kotorska, y yo leí tres cuentos de Crucigrama. Por desgracia, no había traducción para nosotros, es decir, que los que no entendíamos serbio ni japonés ni ruso, no podíamos saber lo que se estaba diciendo. Con lo simple que hubiera sido repartir un papel con la traducción al inglés, por ejemplo. Eso creaba situaciones extrañas. En mi lectura de Belgrado, por ejemplo, me desconcentró oír que los demás hablaban a mi alrededor: en realidad, los que entendían la lengua lo traducían a otros.

Fue gracioso que, tras contestar a unas preguntas sobre mi libro a una periodista muy joven, se acercó otro periodista radiofónico de Pancevo para que le hablara de árboles (en Pančevo planeaban una tala y algunos empezaban a movilizarse, aunque allí los árboles son gigantescos y ubicuos, cada plaza es un bosquecillo, ya quisiéramos nosotros ese patrimonio arbóreo... comparativamente, los árboles de Barcelona son ramitas enanas y sin densidad, por eso produce estupor ese comentario de las autoridades municipales de que Barcelona tiene más árboles que ninguna ciudad de Europa... Basta acercarse en avión a CUALQUIER ciudad europea, Zurich, Belgrado, París, Londres, Madrid, para comprender la falacia de esa frase) y dijera unos consejos para los que intentan resistirse a la voracidad del mercado inmobiliario protegiendo sus árboles. Fue "culpa" del escritor serbio Vule Zuric, a quien yo le había contado la experiencia del azufaifo durante el desayuno, en Čortanovci , y él se lo contó a un colega de la radio de Pančevo (Панчево).
Aproveché los ratos libres para escribir mi libro balcánico, corregir un cuento y empezar alguna cosa nueva. Leí poco (porque la vida social y las lecturas y paseos comían mucho tiempo), acabé En el nombre del hijo (todo el libro está bien, aunque los mejores, con gran diferencia, son los relatos de Félix de Azúa y Víctor Gómez Pin, y después el de Eugenio Trías, sólo por esos ya valdría la pena y no comprendo que no se reedite. Estaría bien que alguien hiciera uno similar de escritoras y sus madres, con un criterio comparable, no con cuentos; del Madres e hijas de Laura Freixas, hecho con criterios de ficción, salvaría su prólogo y un cuento genial de Cristina Peri Rossi sobre una niña enamorada de su madre, y tal vez el relato de Esther Tusquets, por lo que añade a su propio personaje; pero confieso que me aburrió Rosa Chacel y no comprendo por qué siempre incluye a cierta escritora de masas), empecé los cuentos de Fascination de William Boyd, seguí un poco con Maeve Brennan y con Jacques Brosse (que me acompaña en mi conexión arbórea, ya crónica, y muy intensa en mis paseos balcánicos). Ahora me esperan Rant de Pahlaniuk y Europa Central de William Vollmann para La Vanguardia. Ah, y una biografía de Melville.


En Čortanovci y en Sremski Karlovci, me gustaron especialmente los paseos por el Danubio, con una atmósfera de merenderos, casitas, barcas de colores y personajes que me recordaban a viejas películas de Europa del Este. En el primer paseo, Kazuko decidió que iba a morirse si no bebía agua y Dejana y yo fuimos a buscar un restaurante, pero estaba abandonado. Al final, unos lugareños que fumaban y jugaban a las cartas en una mesita inestable, se rieron con la historia y nos enseñaron una fuente. Luego nos sentamos Dejana y yo en una hamaca y ella me habló de su vida con fuertes sollozos, mientras Kazuko escribía en la mesa del merendero. El segundo paseo por el río, en Sremski Karlovci, lo hice sola, y tras la orilla, los perros que dormitaban, la gente y las barcazas bajo los árboles gigantescos, me aventuré por un camino del bosque hasta que el camino se convirtió en río y no pude avanzar más. Luego cogimos una barca para un paseo de grupo, pero el conductor puso una música discotequera, esa especie de rancheras serbias o tal vez algo de turbo-folk, una locura completa, pero inspiró a Kazuko a parodiar un baile, con Nikola Malović mirándola fijamente, sin sonreír.

Y los últimos tres días, en la ruidosa y sucia pero interesante Belgrado, con ese extraño olor a humo que no sé de dónde viene (una vez le pregunté a Igor Marojevic si la gente encendía la chimenea o había fuegos, "No", me dijo, "es el olor de Belgrado"), paseando por los cibercafés y las terrazas abarratodas de gente que toma café, y las librerías, buscar en vano prensa extranjera y volver a un hotel vetusto y precario que pide a gritos una inyección de dinero. Hubo un concierto a todo volumen que sacudía el hotel y hacía temblar paredes y ventanas, así que huí con un amigo inglés que da clases en universidades privadas de Belgrado y está empezando a cambiar su condición de ex-pat recalcitrante para aprender al fin serbio, y por la vía del mito, simpatiza incluso con la irracionalidad nacionalista (por ejemplo, en la cuestión de Kosovo). Jonathan, que me había citado en un restaurante bar muy bonito llamado Manyez, me acabó llevando al Orao, que suscita en mí un recuerdo muy inquietante. Eso me recuerda que antes de empezar la lectura de Belgrado, cuando aún no había llegado la gente, encontré a Jonathan (tan parecido al Carreidas de Tintín) mirando un zócalo de madera. ¿Qué pasa? le pregunté. Y él me señaló un ratón que empujaba el zócalo para entrar en la sala, y a veces enseñaba el morro, pero no lo conseguía. "Es nuestro público", le dije.
En la plaza arbórea frente al hotel, la última mañana me puse a mirar uno de esos cuervos eslavos del Báltico que ya había fotografiado en San Petersburgo, en los jardines del palacio de invierno de Pedro IV. Son negros con una parte gris. Los anglosajones los llaman hooded crows, cuervos encapuchados . Son unos carroñeros de aspecto muy elegante, y no se mezclaban a los grupos de palomas, sino que se agrupaban en una zona definida de árboles y césped. Aquí también lo fotografié y me di cuenta de que me observaba. Se acercaba discretamente, dando esos saltitos tan graciosos o a veces andando, contoneándose como suelen hacer. Cada vez que pasaba un perro o alguien andando vigorosamente, mi observador alado retrocedía, pero luego volvía a acercarse. Pronto empezaron a venir los demás, y al final, tenía un grupo de seis cuervos mirándome de cerca. Emocionante. Tal vez, como yo estaba quieta, pensaban que me quedaría fiambre y tendrían un opíparo desayuno. Me pareció una escena muy propia de Belgrado. Luego, los escritores Zvonko Karanović e Igor Marojević me acompañaron al aeropuerto, un gesto que mitigó la sensación de abandono, extravío y furia que me producen los aeropuertos. Jonathan me había dado una botellita de rakia. Si te tomas esto en el avión, todo cambiará. Objeté que no me dejarían llevarla, pero él (que nunca coge aviones) me persuadió de que en Serbia sí. Naturalmente, se equivocaba. me la confiscaron y debió de bebérsela la propia agente.
Lo malo fue que en los dos aviones de vuelta, todo el mundo tosía, estornudaba y se sonaba constantemente y en esa promiscua proximidad de los aviones, debían de congregarse tal vez los diecisiete virus distintos que llamamos gripe, y alguno tenía que vencerme. He dormido tosiendo y tengo la garganta como si me la hubiera arañado un gato. Por cierto que una mosca balcánica volaba con nosotros en el avión, como he dicho aquí detrás, sólo que ella no pasaba controles policiales. Tal vez fuese una aliada de los supuestos terroristas, que sirven de excusa a la policía internacional para maltratarnos y que transportan plutonio saltándose mágicamente todos los controles. Tal vez la mosca llevara plutonio. La sorprendí frotándose las manos en el asiento de delante. Me encanta ese gesto.