Vuelvo agotada del feo aeropuerto de Barajas y los retrasos sistemáticos de los aviones, con esa espera tan distinta, llena de un extrañamiento indescriptible, sin silencio, sin vacío, que se produce en esos no-lugares, obligados a compartir espacio con una multitud de viajeros en una opresiva intimidad. La fealdad de ese aeropuerto caótico lo hace todo más agotador (Ayer acabé pensando en aquella idea jodorowskiana de que la falta de belleza enferma... parece contagiosa). Por cierto, que por una vez entré en esas jaulas circenses que allí aún reservan a los fumadores, donde no hace falta encender el cigarrillo para fumar y de donde se sale con la ropa como antes tras muchas horas en una discoteca. Es toda una experiencia. Los fumadores, obligados a verse como los apestados en los que quieren convertirnos, lejos de las hermosas imágenes del cine y la fotografía, es decir, lejos de ese momento de abstracción silenciosa y pensante que es a veces fumar, se reparten como pueden en ese espacio inhóspito y desagradable, donde sólo el humo consuela. Una chica sonreía como yo, divertida ante la escena. Todos fuman, puede decirse que es obligatorio fumar, algunos afortunados nos apoyábamos en las paredes, otros tenían que quedarse ahí en medio, fumando ostensiblemente, señalados por el espacio, castigados como a los niños que les colgaban carteles en los colegios, para humillarles. Otros se divertían con la prohibición, la subversión, la hipocresía de considerarnos apestados en uno de los países más contaminados del mundo, donde no se hace nada contra la contaminación, donde se vitupera al político que osa reconocer que el agua de Barcelona es peligrosa incluso en la ducha). Si no se fuma en esa jaula, ¿qué haría uno allí?
En Madrid, he paseado, con el espíritu de los paseos montañosos y pensantes de Robert Walser (y aún con el poso del magnífico librito que Sebald le dedica, con toda la tristeza y el genio de Walser y la inteligente y admirada escritura de Sebald, y cómo me ha inspirado y dejado resonancias ese breve texto), con nostalgia de otra yo más joven, libre y llameante (a mis veintifú, refugiada largas temporadas en Madrid, gracias a la hospitalidad de mis amigos, que me acogían en sus casas siempre especiales y cuyas conversaciones siempre siempre añoro), y miraba esos árboles mucho más altos, poderosos y densos que hay por todas partes, incluyendo el jardín maravilloso de un cuartel general del ejército (!) Ahí recordé a un amigo que murió, con un espíritu completamente opuesto al militar, altísimo y con un encanto desgarbado y excéntrico que no imagino de uniforme, que hizo la mili en aquel lugar y se pasaba la noche de guardia oliendo rosas, cargado absurdamente con un cétme. Árboles y más árboles desde la Castellana a Recoletos y el Prado, que recorrí andando, los últimos salvados por la baronesa. Por cierto que nadie ha podido salvar los 200 árboles que ha talado Esperanza Aguirre en las afueras, en la llamada Carretera de los pantanos. Y llueve sobre mojado. Si no la paran, con el tiempo logrará casi igualar a nuestro desierto de palitroques, esos finos arbolillos pelados que según nuestros políticos municipales, convierten a Barcelona (sólo en sus sueños) en la ciudad con más árboles de Europa, gran ironía. De momento, el patrimonio arbóreo del urbanísticamente caótico Madrid es muy superior al nuestro. Y otra cosa les envidio y es su afición a conservar edificios antiguos. En Madrid (que tiene zonas terribles, construidas a lo bestia), hay barrios enteros donde apenas se han tirado edificios del mil novecientos y que se conservan muy bien. Hoy he estado en uno de esos lugares. Pese a todo, mis amigos madrileños se quejan de la cantidad de grúas, obras y desaguisados, y eso que pasó la peor parte de ciudad desventrada durante tres años por el horrible partido popular, que sigue enseñoreándose de la ciudad. En la Fundación March vi una exposición maravillosa, que aún resuena intensamente en mi mente. La abstracción del paisaje. Del romanticismo nórdico al expresionismo abstracto. A veces, las imágenes melancólicas y ensoñadas de aquellos cuadritos nórdicos preciosamente enmarcados me sumergían en la atmósfera de Melmoth el Errabundo de Maturin, era como pasear por la religiosidad extraña y los sueños románticos y góticos revisitados, la luz, y al mismo tiempo pescar (ayudada por la visión rápida de Lydia Oliva) las pistas e inspiraciones modernas y contemporáneas en ellos, en la cantera cercana a Krippen de Caspar David Friedrich, o el Giacometti entrevisto en el bosque de Carl Blechen, o el misterio sutil de los cuadros de Johan Christian Clausen Dahl (mi revelación, no lo conocía, ni a Blechen!) O Cozens. Además, una serie completa de Turner, de Constable, las profecías y lo sublime en Cole y en Church (oh, hay un cuadrito sorprendente del americano Cole, a plumilla, titulado El diablo arrojando al monje desde el precipicio.... Un dibujo a tiza de Van Gogh de las raíces de un árbol, que yo nunca había visto, espléndido. Insólitos Munch. Prometo escanear algunos del catálogo (no pude resistir la tentación) e irlos poniendo aquí, si lo consigo. ¡Un crisantemo de Mondrian, a lápiz o a carboncillo! Fogosos Emil Nolde como estallidos de color anímico, espíritus cromáticos. La verdad es que los espléndidos Rothkos palidecían al lado de aquellas pinturas románticas ardientes de genialidad y capaces de transportarme a otro tiempo. O bien se hermanaban (la afinidad entre Rothko y Church es espectacular, pero la espiritualidad de la época de Church -o su nombre- frente a la desacralizada época contemporánea...) Salí de allí soñando en otras épocas, incluso le pregunté a mi acompañante en qué época le habría gustado vivir y me respondió que dudaba entre el XIX o la época de entreguerras del XX.
De allí nos fuimos corriendo al hotel, pues iban a recogernos para dar la conferencia. Antes de entrar pudimos ver la exposición de Camille Claudel, en la Fundación Mapfre y que luego irá al Musée Rodin. Impecablemente montada, llena de la melancolía de su rotura y de su evolución y de cómo creció su vulnerabilidad ante el horror de Rodin y fue presa de los espíritus. Y su extraña presciencia dibujando escenas de manicomio antes de entrar allí. Las piezas pequeñas de terracota, estudios de esculturas grandes, cabezas apegotadas, figuras entrelazadas, entre la locura, la tristeza sensual desgarrada, a veces reminiscente de Kathe Kollwitz, pero con una sutilidad particular e inteligente, con esa extraña agudeza mental de la psicosis, y su caída, su desesperación por vender, que la llevó a hacer intentos comerciales. Pero para mí, lo grande y la lisura de lo acabado en bronce o mármol o combinando varios materiales no puede competir con lo pequeño y rugoso y sutil, la terracota y los dibujos. Vista toda esa hermosura troublante, nos fuimos a conferenciar.
Teníamos poco tiempo. Íbamos a concentrar en una conferencia lo que iba a ser un ciclo. Y pese a todo, lo logramos. Si fueran hombres. Escritoras y fotógrafas en el olvido era nuestro título. Yo había podado tanto mi texto que no podía ser más breve (recordaba aquella conversación de Woody Allen y Scorsese, en que Scorsese decía que cada vez le salían películas más largas y Woody Allen que, en cuanto sacaba la tijera, se quedaba sin película! Un poco como el coup de canif de Giacometti que siempre cito...). Pero me gustó la combinación del relato fotográfico de Lydia Oliva junto con mis tres escritoras. Me gustó escuchar la historia bien contada y tan interesante de sus fotógrafas viendo las imágenes que tan atinadamente había elegido, la Nueva York que ilustraba a dos de mis escritoras y las extrañas y sutiles composiciones vegetales y acuáticas de su tercer personaje. Tal vez fui radical en mi texto, al menos para ese público. Pero al acabar, vinieron a felicitarnos algunos asistentes, gente culta y amable y agradecida. (También nos increpó una señora, aunque luego supimos que increpa a todo el mundo, esos personajes lunáticos que aparecen en casi todos los lugares públicos: parece que estaba furiosa porque con su nivel, no podía seguir y nos regañó mucho, levantando la voz, diciéndonos que la habíamos estresado). Cuando se publique el texto de mi conferencia, ampliado, lo incluiré en mi blog de artículos.
He podido ver a una amiga especial de siempre, que vino a la conferencia y a quien una vez, en Ibiza, una joven sibila parecida a Cher (pero al natural), le dijo acertadamente que siempre sería un jardín para sus amigos. Y así sigue siendo. Es difícil explicarlo de otra manera: su mezcla de humor inteligente, consejos de una sagesse muy particular, su luminosidad física y su apoyo mercuriano y crítico son siempre como entrar en la sombra fresca de un jardín inglés para un alma acalorada y sedienta. Hoy me ha ofrecido un té chino delicioso en su casa y hemos ido a comer a un lugar agradable mientras reanudábamos nuestra intensa conversación, prolongada a través de los años. Mi otra amiga madrileña desde tiempos antiguos cayó con fiebre alta y se sumió en ese estado tan bien descrito por Virginia Woolf en su Estar enfermo. Yo siempre me acuerdo de su vieja casa de la calle Moreto, y de la habitación que me dejaban a mí, frente a la chimenea aún con rescoldos, y de la bañera de las mañanas y aquel barrio tranquilo y antiguo cerca del Botánico donde tanto soñé, en la época en que escribía o proyectaba escribir para la cuidada revista Poesía. En cuanto al tercer amigo favorito de esa época, al que veo mucho menos de lo que quisiera, y que me acogió en las múltiples casas de su nomadismo de entonces (Morería en especial) ya no vive en Madrid, aunque sé que hasta hace poco tenía al menos un pied-à-terre allí, pero esta vez no pude (o no osé) encontrarle a tiempo.
