jueves, 13 de septiembre de 2012

Una lectura privilegiada de mi libro "Si un árbol cae"




Foto: I.N., Gato barcelonés contemplando la calle, 2012
A, doctora en Filología, me escribe sus impresiones tras la lectura de Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes

Llevo dos semanas queriendo escribirte para contarte cómo me gustaron tus conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes. Antes de irme a París, terminé Si un árbol cae y me fascinó. Cuanto más leía, más me atrapaba la lectura.
No se trata sólo de la selección que hiciste, lo acertado de las preguntas y el modo en que las formulas: tu forma de contextualizar cada entrevista va mucho más allá de la mera introducción al personaje y su mundo. Y es que la organización significante de tu escritura es literaria, claro, y, por más que, esta vez, tu lenguaje se quiera transitivo (esencialmente referencial), la estructuración material que impones a ese discurso cognoscitivo hace que el texto se emancipe y se vuelva hacia su propio poder de crear sentido, ése que le permite decir con más fuerza y más inmediatez que un aluvión de datos.
Lo pensaba, por ejemplo, cuando te leía aprovechar el dato de que tu anfitrión, Petar Grujičić, vivía en 27 Marta para lanzarnos de cabeza y sin avisar a esas raíces por las que, como tantas veces has dejado caer, el conflicto balcánico se nutre, aun hoy, de la sangre vertida en la Segunda Guerra Mundial. Ninguna explicación hubiera llegado tan eficazmente a la conciencia del lector.
Consigues decir (y, sobre todo, sugerir) de forma tal que, a veces, tu relato introductorio resulta más esclarecedor aún que el discurso del personaje en cuestión o, mejor dicho, hace que comprendamos muchísimo mejor todo lo que encierra el discurso del personaje. Y luego está el modo en que estructuras y engarzas las sucesivas entrevistas de forma que el lector va penetrando cada vez más profundamente en el tejido balcánico.
No sé si era Stephen Vizinczey (el de In Praise of Older Women) quien hablaba de dos clases de literatura, una que ayuda a comprender el mundo (y, por lo tanto, a pensar libremente) y otra que sirve para olvidar (en un interminable juego manipulador). Tu pluma corresponde, obviamente, a la primera clase. Escribas ficción o entrevistas periodísticas, tu modo de comunicar es literario, y creo que son tus procedimientos de creación literaria los que hacen de Si un árbol cae una herramienta de prospección de la antigua Yugoslavia más eficaz que cualquier análisis político. Ayuda realmente a comprender, no sólo el pasado, sino también las tensiones del presente. Le encuentro un incalculable valor epistemológico. Supongo que muchos estudiosos te lo han dicho ya.
Me ha gustado mucho, mucho. Después de estas semanas en la Sorbona sin apenas tiempo para otra cosa que la burocracia universitaria, esta tarde he vuelto a abrir tu blog, a tiempo para leer tus dos últimas entradas. Es un gustazo leerte. 

domingo, 9 de septiembre de 2012

Vivo


Foto: I.N., El cielo de ayer por la mañana, 2012
En mi extraña burbuja alejada de muchas cosas del mundo. Escribo despacio, un pensamiento diario, le dije a V. y ella contestó enseguida: "Como los poetas chinos!". Leo despacio un libro reflexivo y maravilloso de Teju Cole que voy a reseñar para La Vanguardia, y no hablaré de él aquí, sólo diré que me acompaña. J. me ha envuelto en suplementos literarios franceses y anglosajones, revistas internacionales, cosas que antes no podía leer sin sentirme culpable y ahora leo con fruición. Pero el tiempo se me escapa. A veces tengo que pedirle a los amigos que no me visiten tanto porque, aunque no pueda traducir, sí puedo leer y reseñar y escribir mi extraño libro informe. "¿Por qué extraño?", me pregunta la mujer más guapa del mundo, que me compró sabiamente cuatro atuendos para este nuevo cuerpo difícil con el fresco (aunque luego volvió este calor pegajoso y desesperanzador) y salió en uno de mis sueños más cortos e intensos y se convirtió en personaje precisamente de ese libro, aunque fuese una aparición. Extraño porque escribo de algo que aún está ocurriendo, y si siempre escribo a tientas esta vez la oscuridad es más densa y más llena de interrogantes, o tal vez porque escribo más que nunca sobre mi propia perplejidad, el asombro, la incredulidad. La escritura está hecha de preguntas y ecos.
 Volví a ver al hombre que escucha. Pensé que no me cabría todo en una sesión después de un mes a cámara lenta, pero sí que cupo. Los sueños se desentrañaron solos nada más llegar allí, con todo su misterio (en facebook, alguien hablaba de sus sueños como si no tuvieran misterio, ni poética ni fascinación en su lenguaje, como si su interpretación fuera exacta y aburrida, me sorprendió que no viera más, le recordé que no por casualidad el mundo onírico había fascinado a los surrealistas, a Lewis Carroll, a Michaux, a Jeff Noon, a tantos y tantos escritores, pintores, cineastas... Pero fb es un terreno abrupto donde hay lugar para todo). También restrinjo lo social porque a veces necesito tiempo para atender las miserias de mi cuerpo. Hay gente que hace visitas concisas y comprende que estoy como estoy, otros se olvidan y pretenden venir con películas a pasar la tarde. Tal vez, después de todo, sea su deseo de verme como antes, hacer las cosas que hacíamos antes, aquella libertad de organizar el tiempo sin tener que sufrir en lo pequeño, en lo fisiológico, en lo íntimo, en el encuentro con el cuerpo. ¡Cómo añoro yo también aquella vida! Y espero volver a ella. Y celebrarlo con ellos. JN se ha ido otra vez a California, a recibir sus premios, en un viaje al que yo tenía que acompañarle... de no haber estado enferma. Me gusta imaginarle allí. Aunque yo ahora no siento perderme nada en concreto, sólo siento perderme la libertad de un cuerpo que no me oprimiese.
Fui a ver a un médico que me dio esperanzas, un cirujano distinto de todos los que había visto (todos los demás eran boxeadores, agresivos y llenos de desprecio y de sentencias muy radicales, de fechas arbitrarias y osadas para predecir mi muerte), humanista y cauto, me cambió el panorama haberle visto. Naturalmente no tengo certidumbre de nada, pero al menos cuento con alguna posibilidad más.
Y algo se revolucionó en mi cuerpo para bien, aunque dolorosamente, gracias al efecto poderoso de la reflexología. También decidí cumplir con algunos propósitos físicos que me exigen pequeños esfuerzos diarios, cierta ínfima disciplina, pero que me ayudan a ir recuperando cierto tono dentro de esta falta de tono. Me dicen que mi voz se nota más energética; es gracioso que sea tan universal, que todos lo adviertan. 
La vuelta del calor no ayuda. Un calor bochornoso que inflama y ralentiza las mejoras del cuerpo. Ayer J. volvió de París con un lujoso y mítico regalo para mí. Al ver la bolsa me asusté pensando en lo que le habría costado y temiendo que no me gustara, pero me encantó. Y me hizo ilusión tenerlo, un fragmento de belleza en este inframundo mío. Como los atuendos que supo encontrarme la mujer más guapa del mundo, que me consolaron tanto de esa pérdida física que ella comprende muy bien, de poder al menos envolverme en cierta belleza. Vino a verme V., que siempre lo comprende todo y parecía vibrante de vida. Cuando se fue me dijo que me había visto mucho mejor, aunque no supiera explicar en qué, algo distinto.
Muchos me llaman para preguntarme si necesito algo y traérmelo. Hay gente que me escribe cosas maravillosas, como un asistente de mi curso de este año, el arquitecto humanista, o una abogada que jugaba conmigo en la playa de Roses donde empieza mi novela, y que ha reaparecido y me lee, o mi ex cuñado escritor DC, que dice no saber decir y lo dice perfectamente, o mi amigo seráfico y céltico, que acaba de volver de Galicia y me lee o alguien que estuvo conmigo hace años y que también me lee desde no-lugares donde ruedan, todos con su deseo y su voluntad de que yo vuelva, me libere de esta esclavitud corpórea y pueda andar como antes, y más extensamente, me llega la crónica india y tibetana de mi amigo JP, que hoy he pasado por el filtro del diccionario para dotarla de acentos y eñes (en los teclados de allí no los hay) y que dice así:
  Sigo en Ladhak, ya un poco más calmado aunque todavía en un estado enrarecido quizás , supongo, por la altura.
  Visité un montón de monasterios que están en los alrededores, porque todos ellos pero sobre todo uno que se llama Anchi tienen unos frescos que me entusiasman, además de los templos y monasterios en sí.
  Ya el viaje es divertido, recorrer esos espacios casi lunares, con montañas de arena y rocas que se ven humanizadas por los chorten, las stupas que hay a millares y en todas condiciones de conservación, algunas tan desgastadas por la erosión que ya casi vuelven al polvo, los muros de guijarros, las banderas flameando al viento, y luego encontrarse esos valles deliciosos por donde pasan regatos murmuradores y los álamos se mecen y silban con el viento.
  A veces me quedo a meditar con ellos. Pienso en ti cuando hago una ofrenda. Me gusta despertar por la mañana al alba y ya oír las ruedas de oración girando lanzando al cosmos sus mensajes de compasión y de unidad de todos. Me parece maravilloso que la gente, aunque sea por rutina, continuamente se aparte de sus preocupaciones diarias y
ofrezca esa manera tan simple y bella de plegaria.
  Estoy leyendo a Bernanos, te acuerdas que te dije que lo traería?, y aunque a veces sermonea tiene frases que me estimulan, dice por ejemplo: "On ne prie jamais seul" o "Je sais parfaitement que le désir de la prière est déjà une prière et que Dieu ne saurait demander plus."
 Leí El resplandor de la hoguera de Valle que me encantó, como siempre, y La Veuve ...de Simenon que me entretuvo pero tampoco a pesar de su toque dostoyevskiano me sedujo tantísimo como a los franceses de antan.
  Una de las cosas que me fascinan de los viajes en microbús cuando hago mis excursiones a los monasterios es cuando de repente empiezo a oír un mantra o una plegaria y busco entre la gente quien está recitando, para darme cuenta al cabo de un rato que a lo mejor es el viejecito que tengo al lado y que va mirándolo todo sin que apenas por el movimiento casi imperceptible de los labios parezca estar rezando,  es una técnica que solo tienen los tibetanos; las resonancias son increíbles llenas de armónicos.
   Por las tardes voy a ver los partidos de polo que me encantan, no sé si te comenté que me alegré muchísimo al llegar y enterarme que mi estancia coincidía con el festival de Leh, me gusta ir a ver las miserables barracas y el circo que montan los indios, la pequeña muchedumbre de ladhakis que se arremolina para ver o para montar en unas norias primitivas o en cochecitos de plástico para los niños.
Tengo montones de fotos de todas estas cosas para enviarte pero en Ladhak es difícil y caro, hoy estoy teniendo mucha suerte porque no hay corte eléctrico. Mejor te las envío desde Varanasi.
   Hoy al levantarme la señora de la pensión estaba en el pequeño jardín lleno de flores, sobre todo dalias y girasoles, y algunas coles o berzas, vi como con casi diría ternura llevaba un gusano en una hoja de col fuera del huerto y lo dejaba en la calle. Esas pequeñas cosas me alegran el alma.
  También hubo Chams, las danzas sagradas de los tibetanos, realizadas por los monjes del monasterio de Hemis, el más grande de los de aquí, ya fui dos veces a verlas y quizás vaya una tercera. Meditación en movimiento, sus ritmos me dejan colocado para todo el día con la música persiguiéndome, alentándome.
  Te escribiré con más calma desde Varanasi, aquí siempre estoy inquieto pensando que se borrará todo antes de que me de tiempo de enviarlo y eso que desde la última vez esto ha crecido de un modo horroroso y aunque no quiero acabar con una nota negativa el progreso terminara con ellos. Sigo pensando que los turistas son el mal del siglo, que son el animal más estúpido que se creo, y además les han dado maquinas para que se entretengan. por desgracia soy uno de ellos.
Un beso desde "el techo del mundo".
Ayer fui con J. a la Rambla Catalunya, en un gesto heroico, a comprar algo urgente y pasé un momento por La Central. Un librero amigo (escritor, corredor y cinéfilo) me dijo que alguien acababa de pasar por la librería a comprar todos mis libros. Me hizo sonreír: yo sabía quién era. La niña de la playa de Roses. Hay gente que leyéndome se ha ido acercando a mí autrement, de la forma que yo prefiero, como una amiga de mis amigos, hija y sobrina de escritores y poetas, que vendrá a verme el viernes con una amiga fotógrafa preferida. En La Central aproveché para pescar un libro que me había recomendado mi amigo seráfico, de Miyamoto, que leeré cuando acabe esa lectura reflexiva, lenta, caminante y neoyorquina de Teju Cole. Y también otros libros secretos, de los que ya hablaré.
Hoy aprovecho que unos amigos cancelaron y voy a descansar de visitas, le he dicho a J., y él me ha contestado: "Pues G. va para allá". Pero G. no es una visita, es otra cosa, si yo estoy echada, él también se echa, me enseña una canción, me cuenta cosas, dormita conmigo, todo en una plácida ociosidad, cuida de Rufus, se ocupa de sus cosas, y verle con toda su fuerza y su belleza me alegra y me transmite algo vitamínico y vital. Eso no significa que no me alegre ver a los amigos, al contrario. Lo que no puedo hacer y en algunos casos o en ciertos momentos me desconcierta que me lo pidan, algunos de forma periódica y perezosa porque no leen blogs o no tienen paciencia, es resumir cómo estoy en un email o un what's up. A los que me preguntan no sé si responderles "Bien, gracias, ¿y tú?" o decirles que si de verdad quieren saber, me llamen cuando tengan tiempo y les contaré. "¿Todo bien?", me preguntó alguien en un día terrible y le contesté preguntándole si era un sarcasmo. Y es que a veces, cuando todo duele, todo cuesta y parece que la pesadilla tenga que ser eterna, cuesta mucho tener sentido de lo social, hacer concesiones, ser siempre amable... En la calle me encontré con E. en otro mal momento y me preguntó qué tal: Mal, mal, le contesté a todo, harta, hasta la coronilla... y J., que venía conmigo, me dijo que había sido antipática y lo sentí porque E. me gusta, pero a veces, ¿qué se puede decir siendo sincero, si no queda energía para mentir o disimular? Otro día se presentaron sin avisar mi vecino y la antigua portera. Yo estaba en un momento malísimo y sólo abrí creyendo que era una amiga de confianza, que me traía un remedio necesario. "No puedo atenderos", les dije, "estoy en un mal momento". No sé si lo comprendieron. Ahora no puedo recibir visitas sorpresa y a veces ni siquiera las esperadas pueden prolongarse.
Rufus sigue conmigo. Cuando me despierto en la noche y me voy a la sala, viene enseguida a mi lado a  acunarme con su ronroneo y su belleza gatuna. A veces se lo digo: es una suerte haberle encontrado. Ahora me despierto a las cinco y veo siempre amanecer, lo vemos juntos Rufus y yo. Anoche sorprendí una pequeña lagartija en la terraza y deseé que Rufus no la viera. Esta mañana, a las seis, estaba dentro, junto a mi mesa de trabajo, y he vuelto a temer por ella. Era salamanquesa, transparente y preciosa, con sus manitas delicadas y me ha mirado un momento. "Vete, vete", he pensado yo. Creo que no la ha encontrado. 
Voy a dar un cortísimo paseo, a estirar las piernas y a seguir leyendo a Teju Cole. También es una suerte poder disfrutar de la tregua silenciosa del domingo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

De la teatralidad, la ficción y el tiempo que se escapa

Foto: I.N., Oxalis triangularis, la plantita preferida de Ana, 2012.
El otro día vi al fin Historia del último crisantemo de Mizoguchi, que estaba incluida en el coffret que me regaló Anne-Hélène y a pesar de las interrupciones, fue una gozada verla. Era un dramón, pero no importaba ni afectaba negativamente a mi ánimo porque la teatralidad era tan grande que casi sólo importaban las imágenes, la música, la gestualidad maravillosa de los japoneses, la expresividad de los protagonistas, el homenaje al teatro NO que se hacía, qué fruición cuando el actor al fin, tras todas las desgracias que sufría, aprendía el oficio y avanzaba por el escenario vestido con kimono y con unos gestos coreográficos tan femeninos y sutiles... El setting era de 1889 o algo por el estilo y valía la pena verla. J me trajo un aparato de DVD que permite al fin ver todas las películas (mi máquina había ido haciéndose más y más quisquillosa y ya sólo me dejaba ver algunas elegidas por ella, no necesariamente las más nuevas, por muy legales y autorizadas que fuesen). Mizoguchi fue una buena sustitución del cine de Satyajit Ray que yo anhelaba ver o de mi querido Ozu, porque sospecho que hay muchas películas suyas que me faltan.
El tiempo cambió, fue asombrosamente reparador contemplar la lluvia, oler la tierra mojada, observar cómo se limpiaba el cielo de contaminación, cómo era barrido el calor ardiente del cemento, cómo llegaban las corrientes más frías. Comprendí entonces que no tenía nada que ponerme para cubrir este pobre cuerpo nuevo con dimensiones tan distintas del de siempre y naturalmente me sentía incapaz de intentar una peregrinación a una tienda, por mi malestar físico y por mi aspecto escandaloso, así que he recurrido a la mujer más guapa del mundo, también conocida como "la reina del shopping" (aunque sea por los restos de un antiguo esplendor, y ahora no pueda como antes, pero es que en este momento tan malo, qué pocos son los que pueden), y ella me ha prometido traerme lo que encuentre para probarlo y quedármelo.
He tenido días muy duros. Vino un osteópata, me arregló mis huesecillos, pero la máquina de uno de mis tratamientos volvió a estropeármelos y volvió el dolor lacerante y esta vez el osteópata no pudo hacer el milagro. Es muy difícil soportarlo cuando se añade a tantas miserias de este cuerpo, a tanta paciencia, a un tiempo tan largo y tan despiadado. Luego encontré un remedio temporal, ojalá me ayude a curarme al menos de ese mal. Hoy se lo contaba a los padres de J., que han venido a verme con su aspecto estupendo de siempre y su vitalidad física e intelectual, les hablaba de mi incredulidad ante esto que me ocurre, cómo me costó aceptar que esto me ocurriese a mí, que siempre he intentado ser ética y portarme bien con los otros, y no a ninguno de los seres mezquinos y sin escrúpulos que veo por ahí. De cómo mi aspecto sigue sorprendiéndome a diario, de cómo esa perplejidad de ver que las cosas puedan salir tan mal. De cómo cuesta entender el sinsentido de la vida y del azar, sin carga ninguna de significado.
He traído aquí un retrato de la delicada Oxalis triangularis, un trébol morado que fue la planta preferida de mi hermana Ana y que, cuando Ana murió, su partner, Chris, me trajo con dos hilillos precarios brotando, y ha crecido alegremente desde que está aquí, como una estela vegetal de mi hermana pequeña o una muestra simbólica de ese nuevo estado de conciencia suya. Yo no sabía su nombre, pero le mandé una imagen a mi experta en plantas y ella enseguida me reveló su identidad.
Alguien encierra a un perro invisible en una terraza que no logro distinguir. Si la identificara, llamaría a la guardia urbana. El animal ladra y aúlla durante horas, pero por lo visto sus vecinos contiguos son insensibles a ese estrépito lastimero y cruel. ¿Para qué tienen animales algunos? ¿Para torturarlos?
Acabé La marge, que es un libro magnífico, a pesar de su honda melancolía, porque qué bien flota André Pieyre de Mandiargues sobre ella, qué bien se eleva a ras de calle para barrer con sus sentidos la vieja Barcelona canalla de 1967 (si digo setenta, alguien de fb se quejará), de su participación y fascinación por esa vida callejera y su alergia por el franquismo y por su espíritu asfixiante, eclesiástico y taurino y policial, para el que encuentra un nombre inventado, y de su capacidad para comprenderlo todo, ahora que sabe que tendrá que enfrentarse a lo implacable. Mientras decidía con qué seguir, J. me trajo dos números del Magazine Littéraire y justo cuando mi remedio me hizo efecto milagrosamente y se detuvo el dolor febril que me había acosado todo el día de ayer, me leí uno entero, sin dejar tampoco de gozar, con la entrevista y los reportajes sobre Coetzee (tengo que hablar con la reina de la traducció, me pregunto si ha leído lo que yo leí), aunque disentía del principio del artículo sobre su Boyhood, donde Gilbert Gatore afirmaba que no era un texto interesante (aunque él mismo confesaba que no sabía por qué le había afectado tanto ni por qué siempre lo citaba!), mamma mia!, si además de narrativamente esplendoroso y de esa forma suya llena de gracia y fluidez, es uno de los pocos textos escritos por un hombre donde se escenifican las raíces edípicas de la misoginia, donde se cuenta lo que puede ser la infancia como contramodelo de la supuesta edulcoración (apretar los dientes y resistir), donde se cuenta efectivamente, y ahí sí, él lo veía, toda la vergüenza y la culpa de haber crecido blanco en el apartheid, esa carga imborrable que se le adhiere al protagonista de Youth y que quisiera arrancarse de su cuerpo huyendo a Inglaterra, pero no puede. Esa ambivalencia del amor y el horror a Sudáfrica que está en Disgrace y en tantos otros libros suyos. Y luego, qué bien contada la posición de Coetzee antiespecifista, a favor de la causa animal, no sólo en Life of Animals sino siempre encarnados por Elizabeth Costello, puesto que considera que ese sentimiento de supuesta superioridad de los humanos respecto al resto de las especies están en el origen de toda violencia. 
Luego me leí la parte de Handke, también intrincada e interesante, me leí la de Tabucchi: cómo coincido con su idea de que una lengua es una manera de ser y cada uno es otro en una lengua distinta; yo comprobé eso por primera vez espectacularmente en Belgrado; a mí me hablaban en inglés y se volvían dulces y casi femeninos los mismos que enronquecían y virilizaban la voz para defenderse en el mundo serbio. Pero también con el personaje de uno de mis cuentos con quien alternábamos las lenguas según estuviéramos conversando, discutiendo o en otra clase de aproximaciones. ¡Y cómo cambiábamos y cambiaba nuestra coreografía!...
Aunque todo eso pertenece a la vida de antes, a la que yo tenía, a aquella en la que yo participaba antes de estar enferma. Me dicen que volveré a ella, que podré volver a moverme, a bailar, a viajar, a bañarme en el mar, a andar por la ciudad, a todas esas cosas que ahora me están vedadas, que se acabará este sufrimiento diario, pero a veces me desaliento ¡y cuesta tanto creerlo! Y sin embargo, sarinagara, yo estoy aquí escribiendo, esta es mi ficción, aunque sea autoficción, aunque haya gente incapaz de entenderlo, desconocidos que me escriben consejos o que creen que querré discutir de mi vida con ellos y se enfadan muchísimo cuando les digo una y otra vez, en vano, que no es así. No saben que hay un género denominado autoficción (por cierto, me ha sorprendido cómo en el último Monde des Livres defienden Philip Forest y otros el último libro de Christine Angot, Une semaine de vacances, aún sobre el incesto, como una experimentación seria y no como la clase de escritura que yo creía que era. Pero al margen de su valor literario, que desconozco, en Francia entienden lo que es la literatura y que su materia puede ser autobiográfica o inventada, eso es lo que menos cuenta, sólo cuenta lo que se construya), que lo importante para mí es aquí precisamente la construcción, la escritura, que yo no escribo para hablar de mi vida con nadie (créanme, no lo necesito, sigo rodeada de amigos, es un regalo que sí se me ha concedido incluso en esta época tremenda), y menos con desconocidos o en público, ni para que me comparen mi supuesto caso con el de nadie, yo escribo para construir algo y no, no me interesa cualquier lector (no gano dinero con los que vienen a leerme, ni siquiera si vendiera libros ganaría dinero con ellos porque tantos editores se olvidan de liquidar cada año y cuando lo hacen, eligen el número que les conviene, ya que no existen controles en este pobre país primitivo y salvaje), solo me interesan aquellos lectores capaces de entenderme, de seguirme, que no confunden lo que escribo con imaginarios sentimientos, que no hablan de mi supuesta "sinceridad" (¿qué sabrán ellos?), sino de las frases, de las películas, de los libros, de la música de las palabras. Buenas noches.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Sueño y vigilia

Foto: I.N. La terraza desde dentro, 2012
Soñé que mucha gente tenía llaves de mi casa y cada día que pasaba desaparecía una hilera de libros. Me preguntaba quién podía ser y cuando volvía a mirar había otro estante vacío. Al principio, pensaba: Así tendré más espacio. Luego descubría con dolor qué franja se habían llevado y me sentía mal... Más tarde iba en los FFCC con Montse y el tren terminaba en Provença. Iba a salir, pero había colgado mis cosas en un gancho, las descolgaba con esa cámara lenta desesperante del sueño que ralentiza los movimientos y cuando intentaba abrir la puerta, no funcionaba el mecanismo, aunque veía a Montse al otro lado, esperándome.
En mi sueño de hoy estaba en Madrid. Salíamos de un edificio con altísima escalinata, como la tarta mussoliniana. Había cambiado el tiempo y nevaba y el frío era atroz, pero por suerte yo llevaba un gorro con orejeras y unas botas abrigadas. La policía me detenía porque no llevaba una tarjeta necesaria que tenían que haberme dado en la estación y no me dejaban salir volver a la estación a coger el AVE. Llamaba entonces a una de mis hermanas y ella me decía: "Bueno, si duermes en Madrid está muy bien." Yo protestaba: "¡Pero dormiré en un centro de detención de inmigrantes en Aranjuez!" Ella ya había colgado. Yo buscaba afanosamente entre los tarjetones de mi bolso, que eran muchos, pero no aparecía. Entonces me llamaba otra de mis hermanas, la reina del reiki, y me decía: "Yo tengo tu tarjeta. Dime dónde estás y te la llevo. Entonces la policía desconfiaba, me preguntaban cómo saber si mi hermana no me daba su propia tarjeta. Yo les decía: "Porque ella les enseñará también la suya", y ellos reponían: "Puede ser de un tercero..." Ahí me he despertado. Sé que antes había soñado otra cosa, pero lo he olvidado. Me he despertado con el cuerpo dolorido, me lesioné una costilla, es tan fácil cuando no hay más que piel para proteger los huesos y cuesta mucho de curar. Lo peor es la inmovilidad nocturna y por las mañanas se hace durísimo. Hoy vendrá un osteópata que tal vez pueda ayudarme. 
Me han despertado los carros de hierro que todas las mañanas, a las siete, y los sábados a las ocho, arrastran por toda la calle los empleados del supermercado de abajo con un fragor tremendo, acompañándolo de gritos desaforados. Si ellos están despiertos, que todo el mundo se despierte, parecen pensar. Luego han empezado los obreros de la obra de al lado, arrojan al suelo grandes pedazos de no sé qué con estrépito inmenso y se hablan a gritos. Qué país tan primitivo y salvaje. Al fin, a mediodía, cuando los obreros de al lado habían parado con las máquinas pero seguían vociferando con gritos y risas en su descanso, les he interpelado por la terraza. Les he dicho que ya era delirante el fragor de las máquinas, les he dicho que estoy enferma, les he pedido que al menos cuando al fin las paran, tengan la consideración de no aullar. Y han bajado el volumen, a pesar de las risas de uno de ellos. Naturalmente las máquinas tercermundistas y salvajemente ruidosas no son culpa de ellos, sino de nuestros políticos corruptos, que no imponen límites de decibelios a las obras, ni horarios; pagando se puede atronar a todos los vecinos también sábado y domingo. Es el país del ruido, parece que reine una completa insensibilidad auditiva. Y tal vez los obreros serían quienes más derecho tendrían a gritar, aunque llueva sobre mojado, pero no son los únicos. Aquí la gente que cena en sus terrazas vocifera y atruena y los hay que se divierten cantando a voces o chillando toda la madrugada por las calles. También a veces me he encarado a unos y otros, pero es un país en el que no se enseña la consideración ni el respeto a los demás.
Ayer vino Anne y me trajo un maravilloso coffret de películas de Mizoguchi, además de Dersu Uzala de Kurosawa, que yo vi hace muchos años. De Mizoguchi he visto algunas, recuerdo los Cuentos de la luna pálida, ¡qué maravilla de escenas cuando las geishas andaban en holgada fila a pasitos cortos por la estrechez del kimono en una melancólica penumbra! Recuerdo una historia de amor imposible y cruel entre una geisha y un hombre sin dinero para rescatarla. Es un tesoro tenerlo aquí. Mi DVD se negó a mostrármelo. Sólo admite algunas películas, le da igual que sean nuevas por estrenar, las rechaza igual. Es como un aparato de música que tenía mi amigo serbio que cada vez le restringía más los cds que aceptaba. Según él, el aparato tenía un gusto muy particular y no precisamente bueno. Mi DVD no quiso aceptar The River, pero sí aceptó The Swimmer. Así que las veré en el ordenador o usaré ese enchufe para verlas a través del ordenador, aunque a veces hace mal contacto y tiñe la película un momento. Yo nunca tuve suerte con los reproductores de DVD. He tenido tres y siempre me fallan inexplicablemente, algo que exaspera a G. A veces es como si las máquinas tuvieran su idiosincrasia y sus caprichos.
Me alegré ver lo que dicen de EVM en The New Yorker. Al fin los americanos lo han descubierto y desde 2004 le publican sus novelas. "Reading a Vila-Matas novel is like watching someone weave a beautiful tapestry with one hand, while unraveling it, equally expertly, with the other..." No puedo leer la crítica en la red, pero J. me buscará la revista, y ahora veo que está aquí. Sé que califican Dublinesca de obra maestra, y dicen: As in all his novels, Vila-Matas grapples with the freedom of the individual, a freedom inevitably compromised by tragedy and failure but also graced by moments of alleviation, even happiness. By lifting the heavy weight of the past, by setting irony against dogmatism and loyalty, Vila-Matas allows his characters, and us, to contemplate the future."
He estado leyendo La marge, de André Pieyre de Mandiargues, regalo de J. En un contexto muy distinto, son unas postales suyas de Barcelona, concretamente del Raval y de Ciutat Vella en los setenta, y sus paseos hacen un barrido por todos los locales que conocíamos y la atmósfera de entonces en la calle Robadors, el Panams, el Amaya, el Marsella, el Molino, tantos lugares, llenos entonces de anuncios de "gomas" y de prostitutas y olor a orina (L'Arc del Teatre: un pissoir privé d'eau) También me gusta que, discretamente, un ex taurino de Nîmes se vuelva antitaurino en aquel país nuestro de la posguerra, de pronto ve la misma "hideuse alliance" que en la misa con lo más violento y fascistoide). Es un hombre que recibe una carta y antes de leerla atisba unas líneas terribles, dramáticas, y pospone la lectura mientras vive la ciudad en ese barrido maravilloso que resucita la vieja Barcelona de mis incursiones en la adolescencia. Había acabado The Namesake de Jhumpa Lahiri, que me gustó, aunque no era la vieja India con la que yo intentaba reconectar, sino una India en Boston o Nueva York, de segunda generación de emigrantes. Y yo necesitaba algo más antiguo, como Satyajit Ray o Narayan o las crónicas de JP., que me sigue escribiendo sus crónicas de cibercafé, sin acentos ni eñes en los teclados hindúes:
Al final me he decidido por Ladhak, me voy el martes y espero alejarme un poco de la lluvia. Otros anyos voy huyendo del monzon y consigo mas o menos evitarlo, pero este anyo parece que lo llevo conmigo, ya te conte que en Rajasthan no habia llovido ni un solo dia y desde que llegue cada dia casi a las mismas horas, sobre las cuatro.
Ahora en Delhi lo mismo, supongo que es debido a que este anyo es un monzon tardio.
Como hoy es sabado, el dia de Saturno, el templete del dios Shanu, el Saturno indio, cerca de la Fundacion Ramkrishna donde voy a meditar un ratito por la manyana y a ver los lotos en flor del estanque, estaba lleno de mendigos esperando limosnas o un poco de comida. Me fije en un senyor vestido muy pobremente, de pelo y barba inmaculadamente blancos, con un collar de cuentas rojo que los miraba con la inocencia de un ninyo que ha llegado tarde a una reaparticion de regalos. Era un viejo guapo, digno, pobre, gastado, de los que me roban el corazon, parecen seres llenos de luz, me recordaba a esas fotos bellisimas de Ramana Maharsi. Le di una pequenya limosna (el ni me habia mirado ni me la habia pedido, absorto mirando de pie hacia el templo) e hizo el gesto tipico de llevarsela a la frente, agradeciendosela a dios y no a mi, hay una dignidad en ese gesto, como en tantos otros gestos indios, que me reconcilia con el hombre. Le das una limosna a uno de ellos y tienes claro que sin hacer nada son ellos los que te estan dando algo a ti, aligerandote de lo que te sobra, devolviendole dignidad al dinero. No puedo entender las quejas de los ricos sobre la pobreza de India, la pena que les da ver pobres, precisamente ellos a los que el dinero no les deberia importar y podrian encontrar a tanta gente a la que ayudar y recibir su bendición por ello.
En el sitio donde voy a desayunar se reunen los vendedores de helados que empujan sus carritos por toda la ciudad, la mayoria duerme al aire libre y no se como se las arreglaran los dias de lluvia, muchos son de Bihar, uno de los estados mas pobres y mas bellos de India, algunos estaban todavia despertando y removiendo y guardando cuidadosamente los cartones y las mantas que les sirven de cama. Otros mas afortunados tienen una cama de hierro colocada alli en la calle y deben pagar algun tipo de soborno para que nadie les incordie y los deje tranquilos.
Las lacras y miserias, las llagas de la India estan ahi para que las vean todos, aunque supongo que uno llega a acostumbrarse tanto que ya no las ve, pero no lo creo, si un leproso te pide limosna, si cada dia ves montones de tullidos, de mendigos, de ninyos desnudos, llenos de mocos, pero jugando ruidosa y felizmente, es imposible insensibilizarse, puedes a veces mirar hacia otro lado pero siempre acaban volviendo...
Hay un senyor anciano, vestido con ropas harapientas, llenas de mugre, de color indefinido, delgadisimo, la cara de un monito humano y bueno, las piernas dos munyones que asoman por el pantalon cortado, pinta una figura de Hanuman en el suelo y espera que los devotos echen limosnas, rodeado de jovenes yonquis o de esnifadores de pegamento, siempre lo miro y sin embargo no siento pena, una enorme piedad y compasion si, pero es la misma que siento hacia mi mismo, hacia todos, a ratos hasta me parece feliz...
Y unos días después...
Al final no sabes que contento estoy de haberme decidido venir a Ladhak, llegue hoy por la manyana y ya el viaje desde Delhi es divertido, llegar a un aeropuerto pequenyo, con dos aviones militares al lado, rodeado de montanyas enormes de colores rojizos, escarpadas y sin un solo arbol, el algunos valles unas sombras verdes y alegres de alamos que persiguen el rio, las cumbres del Himalaya a lo lejos todavia llenas de nieve, lor rios de color arena.. y luego sus habitantes que siempre estan riendo, corriendo, tranquilos y a la vez inquietos, con un ritmo totalmente suyo. En las aceras las mujeres vendiendo todo tipo de verduras: coles, dos tipos de rabanos, acelgas, espinacas, patatas, brocoli, guisantes, tomates y sobre todo unas manzanas pequenyas deliciosas y unos albaricoques que son puro nectar, se entremezclan las musulmanas shiies con las ladhakis tibetanas dandole colorido a la escena, algunas senyoras llevan monedas y un tocado de flores artificiales en el pelo que les da un aspecto muy festivo y gracioso. En cambio los hombres en otro lado venden albaricoques secos y las semillas de los albaricoques que son deliciosas.
Estaba tan contento y excitado que no me pude quedar en el hotel como recomiendan para evitar el mal de altura, a los cinco minutos estaba en la calle, tenias qie ver al duenyo de la pension donde me alojo, esta igual que la ultima vez que lo vi hace tres anyos, guapo, delgado, amable, sin necesidad de usar gafas, con todos sus dientes resplandeciendo y tiene 78 anyos.
Ya he comprado de todo: manzanas, albaricoques, chapati del horno, postales, hierbas aromaticas para perfumar, guantes de lana... todo por el placer de mezclarme y pasear por el  bazar. Los hombres musulmanes trabajadores temporales muchos de ellos, son guapos a rabiar, viriles, y al mismo tiempo simpaticos y dulces, hablan un dialecto de Jammu que me encanta...
(Han pasado unas horas y reanudo este post ya de noche).
Hoy ha venido a verme la mujer más guapa del mundo, estaba radiante del verano (yo ahora veo a todo el mundo tan saludable y sensual por contraste a mi fragilidad ósea y extraña) y me ha traído unos regalos franceses. Ella me entiende sin apenas palabras en un aspecto que otros no pueden comprender y en ese sentido me animó, además de su conocimiento del cuerpo, como gimnasta rítmica que fue y acostumbrada a entrenamientos, lesiones y cambios. Ayer vino una colega de batallas verdes y sociales y me trajo extraordinarias verduras de su huerto ecológico, sobre todo unas judías verdes maravillosas. Durante esta época tan irreal he descubierto con sorpresa no sólo el afecto de mis amigos sino la cantidad de gente que sólo quiere ayudarme y que confía en que me recupere. He tenido que aprender a dejarme ayudar, a aceptar la generosidad, a depender en muchas cosas. No había otra posibilidad y no ha sido fácil. J. ha vuelto y se ha ocupado de organizar y traer un montón de cosas necesarias, con esa eficacia asombrosa suya, que encajaba con mi agotamiento de estos días.
La mujer más guapa del mundo ha venido después del osteópata, que me ha aliviado considerablemente y me ha permitido albergar la esperanza de dormir mejor esta noche al fin. Sigo esperando la lluvia. La ciudad arde de cemento y contaminación. Yo necesito el agua como un nómada busca un oasis. Necesito oler a tierra mojada. Necesito que llueva una noche y un día seguidos. Necesito que este aire sucio y pegajoso se desvanezca y llegue un aire digno de respirar.
He seguido escribiendo, con pequeñas interrupciones y sin avances espectaculares, pero sigo ahí y espero que pueda seguir...
Entretanto Rufus ha vuelto a enamorarse. Esta vez la gata es blanca, no sé si persa o siamesa porque sólo la he entrevisto de noche, y vive en el sobreático. Ella quisiera saltar y él quisiera elevarse, pero es muy arriesgado y los dos maúllan con nostalgia. Es una gata muy alocada, de hecho una vez saltó y se cayó al colegio de al lado; no era la primera vez y no le ocurrió nada, milagrosamente, y el veterinario le dijo a mi vecina: "Sí, es de esos gatos paracaidistas". De momento, es un amor imposible, pero Rufus sueña...