domingo, 12 de abril de 2009
La fiebre
miércoles, 2 de julio de 2008
Más reacciones
Eva Muñoz. Barcelona, junio del 2007. Junto a la revelación de que el espléndido árbol situado en un pequeño jardín junto a su casa es un azufaifo (ginjoler) como los de su niñez en Figueres, la escritora y traductora Isabel Núñez descubre que el inminente derribo de la casa a la que pertenece el jardín para edificar pisos amenaza con acabar también con el árbol. Esto sucede en la calle Arimon con Berlinès, en el barrio de Sant Gervasi, en otro tiempo uno de los más verdes y hermosos de la ciudad, hoy, uno de los más castigados por la fiebre del ladrillo.
La escritora, indignada por la creciente degradación del barrio, empieza llamando a la Guardia Urbana para proteger el árbol de los desmanes de los obreros que derruyen la casa contigua y acaba liderando un movimiento vecinal en defensa del azufaifo que no es sino un movimiento en defensa de la posibilidad de una vida buena o mejor que aquella a la que el consistorio nos condena para mayor beneficio de constructoras e inmobiliarias.
De todo el proceso Isabel Núñez da cuenta puntualmente en su blog, que trasladado a letra impresa y prologado por Enrique Vila-Matas presenta ahora la editorial Melusina.
El libro denuncia que la fiebre del ladrillo ha acabado con buena parte del patrimonio arquitectónico y vegetal de Sant Gervasi. Torres burguesas de frondosos jardines y casas menestrales dotadas de pequeños jardines o patios traseros (como la casa del azufaifo) han sido sustituidas por bloques de pisos de estética y calidad mediocres a precios escandalosamente caros.
¿Y cuál es el beneficio para la ciudadanía de esa sistemática destrucción que ha trocado belleza por fealdad, verdor y frescura por cemento, quietud y silencio por el ruido y el polvo de las obras? Por toda respuesta, una constatación, y es que esto sucede en una ciudad gobernada por partidos de izquierda, ¡y de izquierda verde! La autora subraya la falta de cultura democrática del país, manifiesta en la actitud prepotente o condescendiente de los políticos y en la resignación de los ciudadanos.
Por todo ello la batalla contra la destrucción o trasplante del azufaifo (que le auguraba una muerte cierta) es importante. Por la hermosura y magnificencia del árbol, que durante otro centenar de años proporcionará oxígeno a vecinos y transeúntes y quizás, también, un fugaz momento de epifanía. Y por lo que significa de rechazo a este estado de cosas, de destrucción de la ciudad en el sentido más amplio y profundo de la palabra.
En METRO
Jaime Casas. "La lucha por salvar un árbol -el azufaifo- frente a la vorágine constructora en Barcelona ejemplifica la naturaleza esquizofrénica de esta ciudad últimamente tan en boga", asegura Enrique Vila-Matas, uno de los mejores escritores vivos en lengua castellana. El escritor barcelonés lo dice a raíz de la publicación del libro de Isabel Nuñez, "La plaza del Azufaifo", un alegato en favor de la quintaesencia barcelonesa, que está siendo devorada por la especulación, la torpeza polítca de los que nos gobiernan, y la masificación sin fin que asalta las calles de Barcelona, conviertendo la ciudad en un gran parque temático.
Ayer mismo, la editorial Melusina, la responsable editorial del libro de Nuñez, organizó un simpático acto de presentación de este libro que indaga en los vivencias personales a través de la mirada crítica sobre la destrucción de nuestro entorno más cercano. El Azufaifo, el árbol insignia del barrio, que tantos recuerdos trae a la autora, centra una narración, que como dice el autor que prologa el libro, el citadísimo Vila-Matas, ofrece a la autora "salir en busca del sentido de la posibilidad" de hacer algo por su entorno más cercano.
En la plaza Joaquín Folguera del barrio de El Putxet, la presentación del libro corrió a cargo del poeta Enric Casasses y el antropólogo Manuel Delgado, premio Anagrama de Ensayo por "El animal público". Delgado es un tipo increíble que ha hecho cosas como secuestrar un Bus turístic y conducirlo hasta la zona franca para que los turistas vean esa otra Barcelona, o tomar el salón principal del Ritz con decenas de personas que montaron un picnic en medio del ostentoso espacio para exigir que el lugar se convirtiese en un comedor popular.
Con todo, "La plaza del Azufaifo" y el discreto encanto de su acto de celebración nos retrotraen a la Barcelona de la gente, la que realmente es cosmopolita y hospitalaria, la que está desapareciendo sin remedio.
Y en la lista del librero de la calle Berlinès, la psicoanalista Maria José Muñoz:
"...Aunque no pude estar hasta el final porque tenía una reunión, lo cierto es que esa mezcla de público y las palabras de Manuel Delgado, que habló de esa época de la represión franquista en la que las plazas alejadas del centro eran el lugar de reencuentro posterior a las manifestaciones, también me evocó esa misma Barcelona y esa misma época en la que las asociaciones de vecinos era el lugar de pasaje diario después del trabajo y antes de volver a las casas. Allí confluían desde el obrero de la metalurgia hasta el historiador que contaba las últimas novedades bibliográficas censuradas por el régimen, la última película de Pasolini, los últimos acontecimientos político-sociales o los actos previstos para la semana. Ese espacio y el barrio, a pesar de las condiciones represivas y no sé si por eso mismo, era de la gente y para la gente. No se trata, como dice ahora un anuncio, "no me creo que cualquier tiempo pasado fue mejor", pero sí de, por una parte una deuda simbólica con esos espacios que forman parte de un recorrido humano, y de la pérdida de esa interlocución con "otros" en los que al hablar de pensamiento o de cultura no se confundan con un programa de la tele; o con los que al hablar de inquietudes, replanteamientos o crítica, no se asusten de sí mismos porque creen que la verdad está en el "pensamiento único"; que no se patologicen porque son sensibles al malestar...etc. En fin, que con esos espacios físicos perdidos, también hemos perdido espacios para otros discursos que no sean tan paranoides e individualistas. Por todo ello, gracias Isabel, por abrir una brecha en la que no todo sea pura pérdida."
Marga Guasch envía este mensaje generoso a una lista de vecinos de Ciutat Vella y a sus amigos Oriol Bohigas y Beth Galí: "Us recomano la lectura d'un llibre magnífic, poètic, preciós, que no és només la lluita d'uns veïns per defensar un arbre centenari (un ginjoler, allò de 'més content que un gínjol'), si no també una denúncia de la destrucció general de BCN; de la especulació; del consentiment, desídia i a vegades prepotència contra els veïns per part de la Administració; així com la defensa d'una forma de vida per part de gent que no està disposada a sotmetre's als dictats del pensament únic: La plaza del azufaifo - Isabel Núñez - Ed. Melusina..."
Y también la psicoanalista Clara Arno, escribe: "No recuerdo en cual de los Escritos de Lacan, hay un párrafo bellísimo en el cual el autor toma el significante -árbol- y extrae de él una gran cantidad de significados, a cual más rico. Si la memoria no me falla del todo, habla de su larga y frondosa cabellera por ejemplo. Hacerle llegar ese párrafo a Isabel Nuñez me parece un justo homenaje por "su" azufaifo. ¿¿Alguien me puede indicar donde hallarlo??
Y éste es el texto de Lacan, bien hallado por el librero de la calle Berlinès, y lleno de significantes que me sirven para repensar mi pasión arbórea:
L'INSTANCE DE LA LETTRE DANS L'INCONSCIENT OU LA RAISON DEPUIS FREUD
.../...
C'est ainsi que pour reprendre notre mot : arbre, non plus dans son isolation nominale, mais au terme d'une de ces ponctuations, nous verrons que ce n'est pas seulement à la faveur du fait que le mot barre est son anagramme, qu'il franchit celle de l'algorithme saussurien.
Car décomposé dans le double spectre de ses voyelles et de ses consonnes, il appelle avec le robre et le platane les significations dont il se charge sous notre flore, de force et de majesté. Drainant tous les contextes symboliques où il est pris dans l'hébreu de la Bible, il dresse sur une butte sans frondaison l'ombre de la croix. Puis se réduit à l'Y majuscule du signe de la dichotomie qui, sans l'image historiant l'armorial, ne devrait rien à l'arbre, tout généalogique qu'il se dise. Arbre circulatoire, arbre de vie du cervelet, arbre de Saturne ou de Diane, cristaux précipités en un arbre conducteur de la foudre, est-ce votre figure qui trace notre destin dans l'écaille passée au feu de la tortue, ou votre éclair qui fait surgir d'une innommable nuit cette lente mutation de l'être dans l' En Pnta du langage :
Non ! dit l'Arbre, il dit : Non ! dans l'étincellement
De sa tête superbe
vers que nous tenons pour aussi légitimes à être entendus dans les harmoniques de l'arbre que leur revers :
Que la tempête traite universellement
Comme elle fait une herbe.
(58) Car cette strophe moderne s'ordonne selon la même loi du parallélisme du signifiant, dont le concert régit la primitive geste slave et la poésie chinoise la plus raffinée.
Comme il se voit dans le commun mode de l'étant où sont choisis l'arbre et l'herbe, pour qu'y adviennent les signes de contradiction du : dire « Non ! » et du : traiter comme, et qu'à travers le contraste catégorique du particularisme de la superbe à l'universellement de sa réduction, s'achève dans la condensation de la tête et de la tempête l'indiscernable étincellement de l'instant éternel.
Mais tout ce signifiant, dira-t-on, ne peut opérer qu'à être présent dans le sujet. C'est bien à quoi je satisfais en supposant qu'il est passé à l'étage du signifié.
Car ce qui importe n'est pas que le sujet en sache peu ou prou. (hommes et dames seraient-ils écrits dans une langue inconnue du petit garçon et de la petite fille que leur querelle n'en serait que plus exclusivement querelle de mots, mais non moins prête pour autant à se charger de signification).
Ce que cette structure de la chaîne signifiante découvre, c'est la possibilité que j'ai, justement dans la mesure où sa langue m'est commune avec d'autres sujets, c'est-à-dire où cette langue existe, de m'en servir pour signifier tout autre chose que ce qu'elle dit. Fonction plus digne d'être soulignée dans la parole que celle de déguiser la pensée (le plus souvent indéfinissable) du sujet : à savoir celle d'indiquer la place de ce sujet dans la recherche du vrai.
Il me suffit en effet de planter mon arbre dans la locution : grimper à l'arbre, voire de projeter sur lui l'éclairage narquois qu'un contexte de description donne au mot : arborer, pour ne pas me laisser emprisonner dans un quelconque communiqué des faits, si officiel soit-il, et, si je sais la vérité, la faire entendre malgré toutes les censures entre les lignes par le seul signifiant que peuvent constituer mes acrobaties à travers les branches de l'arbre, provocantes jusqu'au burlesque ou seulement sensibles à un œil exercé, selon que je veux être entendu de la foule et de quelques-uns. Jacques Lacan, Écrits (las negritas son mías)
Ah, el blogger Ephemeralthing muestra su report visual del acto aquí. Con su autorización, pondré sus fotos...
Y una cosa al margen: Quería decirlo aquí: hay gente que nos entiende y gente que no. Hay gente que simpatiza con nosotros y gente que nos desaprueba. Hoy he decidido dejar de ir a un quiosquero al que ya abandoné hace tiempo y retomé por pura comodidad: el hombre no puede evitar expresarme su desaprobación. Le molesta mi forma de vestirme porque cree (sospecho) que las mujeres deberían llevar burka, más o menos. Una observación en tono desagradable preguntándome si tenía mucho calor llevó a mi primer abandono, aunque antes le respondí: ¿Todos tenemos calor, no cree? Esta vez su negativa a tener mi libro entre las novedades que vende. Es el único que no ha querido. Un kiosco mucho más pequeño (llamado Cristina), y amable, en la calle Arimón cerca de Mandri, lo encargó y lo ha puesto en el escaparate. En Platón lo pusieron también en el escaparate, y ya no digamos en el librero de la calle Berlinès. Pero el quiosquero de Muntaner (el lugar se llama xauxa! ¿Será por aquello que decía un profesor del Thau "Us penseu que això és xauxa!"?) es demasiado talibán-convergent para eso. La verdad es que a mí tampoco me gusta él (se negó a venderle a G un rotulador grueso, que era para mí, porque sospechó que sería grafitero, y el pobre cree que entre los jóvenes, hay una disyuntiva entre drogas o deporte, no sabe que ambos pueden coexistir, por ejemplo; y ni siquiera se ha enterado del refrán "Las apariencias engañan", ni ve más allá de sus narices como para advertir, por ejemplo, que G puede ser irónico o llevar rastas, pero es más considerado y educado con la gente que ese feo talibán), su mujer es una mujer sometida y a mí me entristeció ver que la antigua librería Tosca (antes Robinson) se convertía en un kiosco de chuches, llevado por ese matrimonio talibán-convergent.
viernes, 13 de junio de 2008
Plaza del azufaifo

Esta mañana, antes de salir a por los periódicos, mi amiga L. me ha avisado de que Joan de Sagarra hablaba del libro en su interesante sección La terraza. El artículo es estupendo y casi todo el mundo me ha felicitado porque es bueno para el libro, aunque mi madre, que acababa de liberar al pájaro herido -recogido, alimentado y reconstituido por ella con granos de arroz integral y guardado en un carrito de la compra con rejilla-, cree que eso de referirse constantemente a mí sólo con mi apellido paterno como "la señora Núñez" me hace parecer vieja, y G. ha dicho que se alegraba, aunque con algunas reservas. Pero a mí, su frase "me zampé el libro", en ese estilo suyo de devorador, capaz de degustar y digerir copiosos banquetes y libros en esa celebración ritual tan particular, me ha parecido un buen síntoma, y la cita de su primo Vila-Matas añadiendo un expresivo "¡Toma ya!" me ha convencido. Y el tono de su artículo y los demás personajes y la historia y la pérdida de la ciudad. Además de la extensión y la difusión que sin duda tiene: me han llamado y escrito unos cuantos que lo habían visto. Su artículo y la referencia irónica de Francesc Arroyo en El País me han alegrado el día. No tengo tiempo de más. Este fin de semana, la vida social y las noticias, junto con ciertos planes de itinerario francés con Tigridia, lo han ocupado todo. No me ha quedado tiempo de quietud y escritura, que también añoro y que temo no poder tener durante la ruidosa semana, llena seguramente de las dificultades para celebrar la presentación (gracias al distrito, todo es muy difícil, aunque eso sí, Casasses ha aceptado la nueva fecha, y Manuel Delgado también; pero cada día surge un nuevo obstáculo. Parece que en el Distrito están tan furiosos de tener que soportar la presencia de un árbol exuberante en lugar de más cemento que han decidido que no podamos presentar el libro). Y martes y miércoles me toca grabar mi Crucigrama para Llibres de Veu. Y si alguien sabe cómo conseguir una tarima y unas sillas para ponerlas el lunes 30 en la plaça Joaquim Folguera sin que nos cueste dinero, que nos avise.
Y en El País Catalunya, en sus "Perlas", Francesc Arroyo dice:
Curiosidades. El libro, una delicia, se titula La plaza del azufaifo (Melusina). Es de Isabel Núñez y se presenta con prólogo de Enrique Vila-Matas. Narra la resistencia de un grupo de vecinos del barcelonés Sant Gervasi para salvar a un azufaifo amenazado por la construcción. Lo consiguieron. Y si se puede salvar un árbol, ¿por qué otras cosas no valdrá la pena movilizarse? El primer ejemplar lo compró Enric Casas, director de comunicación del Ayuntamiento. ¿Lo hizo para ver qué imagen se da del Consistorio? No, es que durante un tiempo vivió en la zona.
Yo pensaba estos días en la música como motor de la memoria. Al reverso, Impromptu decía que la referencia a Robert Walser le sirve para pensar en la memoria, más que la magdalena o los pavés de Marcel. Pero para mí, esa lectura supuso una revolución interna hace muchos años y ya nunca más fui la misma, aunque como ya dije una vez aquí, me alegro de no tener que compartir esa emoción. Y en cuanto a Walser, también forma parte de ese rincón mío de posesividad lectora... Un amigo de treinta y fu se burla de que me gusten algunas canciones de los setenta y yo le digo: "Tú no puedes comprenderlo porque no estabas allí". A veces unas primeras notas nos transportan, de la forma más brusca y violenta, sin contemplaciones, como aquellas olas salvajes de la playa gallega de Las Furnas, que arrojaban a cualquier osado bañista con fuerza contra la arena, con el pelo para arriba, la piel colorada y algunas contusiones. ¿Adónde nos llevan? No necesariamente a una escena concreta pero sí a un espíritu, a aquellos sueños atropellados y furiosos que no podían cumplirse o sólo se cumplirían después, a su manera imprevisible y burlona, o a un deseo imperioso y a veces destructivo, a la pérdida de todo, al arrancamiento de yos jóvenes o infantiles que quedaron atrás para siempre, o sólo a una nostalgia desbocada y abstracta que sólo la escritura puede aliviar.
Anoche volví a ver al azufaifo en uno de esos raros momentos solitarios en que nadie cruza la calle. Había un silencio casi total, de madrugada, y se oía la brisa y el balanceo leve de sus hojas. El tronco se veía negro, viejo, pero extendido con una amplitud asombrosa. Daba la sensación de una sonrisa arbórea.
