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domingo, 22 de noviembre de 2009

¿Qué nos restaura?

Foto: I.N. Ortigia, Siracusa, julio 2009
Siempre me sorprende cómo algunos niegan la subjetividad en la lectura o el cine (hablábamos de eso al dorso de otro blog), me sorprenden esos críticos que hablan como árbitros de lo bueno y lo malo, y es cierto que hay mala literatura, literatura barata, banal, estereotipada, pero descartando ese terreno, y ciñéndonos al de la literatura genuina, hay libros que nos llegan y otros que no, libros que despiertan ecos, resonancias nuestras, históricas o deseos o afinidades, libros que nos zarandean en momentos delicados, libros que sólo podemos ver o escuchar en ciertas épocas de nuestra vida, libros que desechamos y nos sorprenden tiempo después, a traición, y nos cambian la visión de las cosas, libros cuyo humor no detectamos, en los que leemos sólo la parte miserable o sombría o incluso la parte endeble, sin ojos para la que resplandece, libros que nos asustan, porque nos recuerdan cierto terror a la fragmentación y la locura... y lo mismo ocurre con el cine. ¿Qué buscamos en el cine? En mi caso, la exigencia depende del momento y todavía puedo distinguir entre obras maestras universales y absolutas, películas donde el lenguaje de las imágenes y los silencios han logrado decir autrement, llevarnos a otro sitio, o arrastrarnos por su pura poética, como Tarkowsky, de toda clase de películas otras, películas que nos hacen pensar (y con ese transporte nos bastan a veces), o películas paródicas y burlonas que ayudan a quitarse telarañas o aquellas que a pesar de muchos pesares y de una textura desesperantemente clásica o banal me llevan o me devuelven a un lugar adonde quiero ir, aunque probablemente no lleven a los otros.
Ayer buscaba yo precisamente una película capaz de restaurarme sin grandes sacudidas. Necesitaba un efecto inmediato. Y como no encontré ningún tesoro en la cartelera, me dirigí a un director que suele parecerme convencional, hollywoodiano, con su banda sonora estandarizada indicando qué emociones debería tener el espectador y esos tics que me irritan, pero yo necesitaba urgentemente que me contaran una historia capaz de sustraerme de mí misma por un rato, y en ninguna parte estaba Bergman en su isla de Faro, ni había películas chinas, ni estaban Tarkowsky o Bela Tarr y parece que todo lo interesante lo ponen sólo en martes, y yo ya había visto Les plages d'Agnès (y no me atreví a repetir en un día como ayer, habría sido demasiado para mí, aunque esa película me encantó en un cine que me gusta de París, con V., y la volveré a ver antes de que la quiten). Así que nos fuimos a ver la última de Sam Mendes (he visto que a Francis también le gustó), y resultó exactamente lo que necesitaba para restaurarme. Por su humor, por las interrogaciones de esa pareja autoburlona, por su complicidad afectuosa y no estereotipada, por su perplejidad ante la galería de personajes y parejas que visitan, por el final simbólico de la casa. Justamente yo, que escribo un libro de casas y balcones, en una especie de duelo anticipado o condicional por la mía, y que siempre busco la conexión con las casas de otros escritores y acababa de subrayar una página maravillosa de Henry James sobre viejas casas inglesas que le embrujaron, "en los largos días de agosto, enclavadas en el sur de la atmósfera inglesa, en el suelo en el que tanto ha acontecido y tanto ha dado, esas deliciosas construcciones antiguas se elevaban ante mí como apariciones. Pensé en cientos de cosas. ¿Adónde va a parar lo que uno piensa en momentos así? Esperemos que no se pierda, que se cobije en la mente para enriquecerla... Una casa es, au fond, una imagen imborrable; podemos confiar que en el futuro vuelva a alzarse ante nosotros, pero aquello en lo que pensamos con una suerte de serrement de coeur es la emoción efímera y perdida con la que en su momento nos detuvimos a contemplarla. La imagen acaso revivirá; pero aquello es parte del pasado." O un párrafo de Jean Rhys que citaba en mi conferencia "Se quedaba allí tumbada pensando en las sombras oscuras de las casas en una calle blanca de sol; o en árboles con esbeltas ramas negras y tiernas hojas verdes, como los árboles de una plaza de Londres en primavera; o en un mar púrpura oscuro, el mar de una estampa o de un país tropical que nunca había visto", y en la Vanguardia escribí de un personaje de Agota Kristoff "que confunde sueños y realidad y se enamora de las casas; sólo quiere vivir para recorrer las calles y es capaz de expresar sus excesos de emoción con la música hasta abrumar a quien le escucha", yo, que vivo en una ciudad donde las casas antiguas siguen cayendo con sus molduras, sus chimeneas, sus artesonados, para construir mediocridad y fealdad que se extiende cancerosamente (Camus dixit). Así que esa escena final silenciosa de la película fue para mí doblemente significativa.
Pero ¿qué nos restaura y por qué? Una vez, en el nerviosismo que me invadía tres días antes de irme a Kosovo, me restauró la presencia de los amigos que quisieron venir a mi no-cumpleaños y ante la prohibición de traerme regalos me llenaron de libros, cuadernos, música... con la frase: "esto no es un regalo", y me restauró también lo que dijo un amigo a propósito de Li Bai y de ser libre, en ese mismo encuentro.
Y estos días, cuando me sentía oprimida por estar forzando y pidiendo y obligando a escritores amigos y conocidos a presentar mis cuentos en un tiempo récord, de pronto hubo uno que me dijo que sí directamente, sin haber visto el libro, y otro me llamó, mientras yo estaba en la calle, y se ofreció generosamente a viajar y venir a presentármelo porque le hacía ilusión. Esos gestos restauran, como el de Robbie Ross, el hombre que se quitó el sombrero al ver a Oscar Wilde saliendo de la cárcel de Redding en medio de una multitud que le abucheaba hipócritamente. Y es que yo no puedo evitar sentirme un poco como Oscar Wilde en ese paseíllo, aunque sólo fuera por ese hocicamiento de la escritura que decía JRJ, o por lo que me contó años atrás un bailarín, de que en cierto espectáculo había sentido como si el público le arrojara cuchillos. Y todo sin ninguna razón por mi parte, ninguna justificación, puesto que yo necesitaba escribir y publicar esos cuentos, necesito ponerlos ahí en medio y que se lean, aun sabiendo que algunos van a aprovechar para probar sus estocadas o van a arrojarme un significativo silencio. Es decir, todo lo que ocurra, podrá decirse que en cierto sentido yo me lo habré buscado, por lo menos me he arriesgado a que ocurra. Lo cual no significa que me interese recibir estocadas, ni que vaya a aceptar la agresividad de los locos, ni la de los celosos. De hecho, me estoy construyendo una armadura invisible... Y por otra parte, no podría vivir sin esa cuerda de funambulista, no sabría vivir ya sin exponerme, sin colgarme de esos columpios que caen del cielo para atravesar un espacio lleno de lenguas de fuego...
Y ahora me restaura seguir leyendo, con la gata ronroneando...
Y luego ha aparecido un visitante inhabitual, personaje de mis cuentos que en mi adolescencia me atrajo con su escritura y sus lecturas. Llevaba una bonita chaqueta de casi brocado muy setentas y me hablaba, sin mirarme a los ojos como otras veces, de Ucrania, donde hizo una gira poético de librerías con otros poetas catalanes y ucranios, y también de cómo están masacrando el paisaje con una carretera entre Figueres y La Bisbal, una carretera semielevada que tapará para siempre la llanura del Empordà, y de otra carretera que pretende sustituir a las curvas que iban entre Lloret y otros pueblos contiguos y que también arrasará árboles y paisaje; él también es en cierta manera activista resistente. Todo son empeños perversos de políticos "que hace veinte años fueron de izquierdas", me decía. Le he mirado mientras no me miraba y he visto su cara de siempre, la de hace treinta años, entre las modificaciones, pero con el mismo espíritu. Me ha contado de un libro que pinta muy bien que acabo de encargar en la web de una librería de viejo, y que revelaré cuando lo tenga en mano, y yo le he enseñado un poco de mi libro de las casas y los balcones, y él también conocía a la maravillosa Karen Dalton, a la que no paro de escuchar. Y más tarde JC me ha recomendado a Terez Montcalm. Y he bajado hasta el Bronx a dejar un libro en el buzón de un escritor enfermo y al pasar por el azufaifo he pensado que tenía que contarlo aquí. Se ha vuelto amarillo y ha llovido hojas cubriendo con esa alfombra moteada incluso la mugre de los vándalos; dentro de poco se desnudará del todo, pero ahora es tan bonito... Continuará...
Last Minute News: Uno de mis cuentos está en el blog de Antón Castro, si alguien quiere un aperitivo...

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Mientras espero

Foto: Sebastián Alcalá, Yo en San Petersburgo, 2004
Mientras espero una respuesta asociada a la presentación de mi libro (que al fin ha llegado a La Central y es de esperar que también a las demás librerías, además del librero de la calle Berlinès, que está también dentro del libro), me ha tocado la suerte de leer para reseñar los Cuadernos de notas de Henry James. Los leo con auténtica fruición; ahora no voy a contar lo que contaré en mi reseña, pero me siento feliz, y mientras preparo para una revista lenta y sólida un artículo más extenso sobre un sugerente escritor japonés, me digo que si pudiera vivir de esa clase de trabajos yo sería feliz. Feliz sólo leyendo y escribiendo, y dando conferencias y clases de vez en cuando, sin más, pasando del sofá al ordenador (y dando largos paseos frondosos y walserianos para desencallar mi escritura, y manteniendo esas necesarias conversaciones con mis interlocutores favoritos), contando a los que quieran leerlo las maravillas de tal o cual libro y lo que yo he encontrado en ellos, y siguiendo mis historias, aunque yo no pueda escribir como Henry James, escritor cerebral, de los que todo lo planifican, como García Márquez, como Iris Murdoch (los míos, los que escriben a ciegas, o siguiendo tan sólo una frase del inconsciente, serían Marguerite Duras, Raymond Carver, Flannery O'Connor, Jeff Noon, Jean Rhys y tantos otros). Aún recuerdo la impresión que tuve cuando, hace muchos años, entré con B. en el estudio un gran escritor latinoamericano que entonces vivía en Barcelona (pero estaba de viaje en Londres) y descubrí sus secretos, su lejanía, su método ajeno a mí, sin que él lo supiera. Yo intenté alguna vez escribir con notas y esquemas, pero me aburría saber tantas cosas de antemano y no me salía nada. Y eso no impide una mezcla de envidia y fascinación por las maneras de mi querido HJ.
No sólo espero esa respuesta, también espero la propia presentación, ese gesto simbólico de poner mi libro en circulación, de dar la cara por él, apoyada por alguien que espero que me diga que sí, para luego poder atender a mi deseo de seguir escribiendo mis otros libros. Y para pasar esa fase difícil y expuesta de las reacciones de algunos, que siguen el abanico contado por Javier Marías en su Negra espalda del tiempo.
Pere Gimferrer me dice que sólo ha podido mirar el libro por encima, recién vuelto de un viaje, pero que por las citas y los agradecimientos se ve "de buena crianza". A mí, que me parece un honor recibir una llamada suya, esa opinión primera me alegró la mañana. La portada también le gustó, dijo que era muy alegre, y es verdad. Yo me felicito de la ironía de los diseñadores de Menoscuarto, que convierten los cuentos en una celebración metafórica y burlona, perfecta para mi ánimo.
En realidad, y según se mire, yo debería estar temblando por mi maltrecha economía, por el panorama difícil de ahí fuera: pero siempre he vivido ajena a las estadísticas, no puedo creer que todo sea absoluto también para mí, que no haya felices excepciones, que no llegue mi tiempo tampoco ahora... Y es que la alegría de mi libro, con toda su aprensión, me impide ponerme en ese escenario. Something good is happenning here, como decía un amigo londinense a quien sigo añorando a veces. This is my letter to the world / That never wrote to me.... Pienso también en la cita de Tsvietáieva, que dijo hace poco Selma Ancira, en su magnífico y luminoso discurso de aceptación del Premio de Traducción Ángel Crespo: "Yo no creo en milagros. Mas qué dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"
Y ahora les dejo ya, me espera Henry James, con la gata Gilda: ella querría que yo estuviera siempre en el sofá, leyendo mientras ella ronronea en el respaldo, mostrándome de cerca sus misteriosas rayas de tigresa, ese aire feroz y dulce al mismo tiempo, su mezcla de proximidad y contención, sus ojos transparentes.