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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Mientras espero

Foto: Sebastián Alcalá, Yo en San Petersburgo, 2004
Mientras espero una respuesta asociada a la presentación de mi libro (que al fin ha llegado a La Central y es de esperar que también a las demás librerías, además del librero de la calle Berlinès, que está también dentro del libro), me ha tocado la suerte de leer para reseñar los Cuadernos de notas de Henry James. Los leo con auténtica fruición; ahora no voy a contar lo que contaré en mi reseña, pero me siento feliz, y mientras preparo para una revista lenta y sólida un artículo más extenso sobre un sugerente escritor japonés, me digo que si pudiera vivir de esa clase de trabajos yo sería feliz. Feliz sólo leyendo y escribiendo, y dando conferencias y clases de vez en cuando, sin más, pasando del sofá al ordenador (y dando largos paseos frondosos y walserianos para desencallar mi escritura, y manteniendo esas necesarias conversaciones con mis interlocutores favoritos), contando a los que quieran leerlo las maravillas de tal o cual libro y lo que yo he encontrado en ellos, y siguiendo mis historias, aunque yo no pueda escribir como Henry James, escritor cerebral, de los que todo lo planifican, como García Márquez, como Iris Murdoch (los míos, los que escriben a ciegas, o siguiendo tan sólo una frase del inconsciente, serían Marguerite Duras, Raymond Carver, Flannery O'Connor, Jeff Noon, Jean Rhys y tantos otros). Aún recuerdo la impresión que tuve cuando, hace muchos años, entré con B. en el estudio un gran escritor latinoamericano que entonces vivía en Barcelona (pero estaba de viaje en Londres) y descubrí sus secretos, su lejanía, su método ajeno a mí, sin que él lo supiera. Yo intenté alguna vez escribir con notas y esquemas, pero me aburría saber tantas cosas de antemano y no me salía nada. Y eso no impide una mezcla de envidia y fascinación por las maneras de mi querido HJ.
No sólo espero esa respuesta, también espero la propia presentación, ese gesto simbólico de poner mi libro en circulación, de dar la cara por él, apoyada por alguien que espero que me diga que sí, para luego poder atender a mi deseo de seguir escribiendo mis otros libros. Y para pasar esa fase difícil y expuesta de las reacciones de algunos, que siguen el abanico contado por Javier Marías en su Negra espalda del tiempo.
Pere Gimferrer me dice que sólo ha podido mirar el libro por encima, recién vuelto de un viaje, pero que por las citas y los agradecimientos se ve "de buena crianza". A mí, que me parece un honor recibir una llamada suya, esa opinión primera me alegró la mañana. La portada también le gustó, dijo que era muy alegre, y es verdad. Yo me felicito de la ironía de los diseñadores de Menoscuarto, que convierten los cuentos en una celebración metafórica y burlona, perfecta para mi ánimo.
En realidad, y según se mire, yo debería estar temblando por mi maltrecha economía, por el panorama difícil de ahí fuera: pero siempre he vivido ajena a las estadísticas, no puedo creer que todo sea absoluto también para mí, que no haya felices excepciones, que no llegue mi tiempo tampoco ahora... Y es que la alegría de mi libro, con toda su aprensión, me impide ponerme en ese escenario. Something good is happenning here, como decía un amigo londinense a quien sigo añorando a veces. This is my letter to the world / That never wrote to me.... Pienso también en la cita de Tsvietáieva, que dijo hace poco Selma Ancira, en su magnífico y luminoso discurso de aceptación del Premio de Traducción Ángel Crespo: "Yo no creo en milagros. Mas qué dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"
Y ahora les dejo ya, me espera Henry James, con la gata Gilda: ella querría que yo estuviera siempre en el sofá, leyendo mientras ella ronronea en el respaldo, mostrándome de cerca sus misteriosas rayas de tigresa, ese aire feroz y dulce al mismo tiempo, su mezcla de proximidad y contención, sus ojos transparentes.