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viernes, 4 de diciembre de 2009

De puente a puente...

Foto: I.N., Nubes de atardecer, 2009
El puente vino cargado de cosas muy distintas, como el barco que venía de La Habana en aquel juego melancólico. Un descubrimiento triste pero revelador, que me quitó una telaraña ilusoria de los ojos y me permitirá recobrar mi intimidad libre, sin la asfixia que sentía estos días. Un paseo entre árboles aún en pie, con colores de otoño, y luego, como si los dioses griegos hubieran querido compensar el desequilibrio, un encuentro propiciado por un gesto mío inesperado (¿o desesperado?) me ha permitido verme de otra manera, transformada, y casi diría que respirar físicamente distinto. Hasta tal punto puede a veces restaurarlo todo la mirada de alguien. ¿O tal vez toda mi percepción de las cosas cambió en esas horas? Salí a la terraza para mostrar algo y el cielo me pareció límpido y maravilloso. ¡Y también de noche! Me acordé de Frikosal. No sé si había menos contaminación lumínica, si fue el viento o eran mis ojos, pero además de la luna decreciente ¡el cielo se veía plagado de estrellas! Algunas se transparentaban tras las nubes alargadas y grisáceas.
Antes de eso, tuve una conversación matinal con G., que había leído mis tres primeros cuentos de Algunos hombres... y otras mujeres y decía que mi escritura le transportaba exactamente allí, a esos lugares de los cuentos y que podía imaginar bien a esos personajes diciendo lo que decían, que Cadaqués le había parecido tan plácido y atrayente en esa primera historia, sólo tenía ganas de volver... (aunque sabe que no será como era entonces, ni incluso como en sus recuerdos de pequeño). Dijo muchas cosas que me alegraron: siempre pienso que G. es un lector sensible e inteligente, con humor crítico, que entiende todo. Hablamos un momento de otras cosas y ahora nos hemos cruzado, cuando yo llegaba y él se iba en busca de olas y al despedirnos nos hemos abrazado los tres, él y yo y la tabla, entre risas, y por un momento me ha parecido que la funda de la tabla olía como la habitación de mi padre al levantarse o a su batín marrón cuando éramos pequeñas. Y es que este año, el aniversario de su muerte (11 años) ha sido furtivo y silencioso. G. me dice que a él le pescó leyendo justamente un cuento sobre mi padre. Yo notaba esa sombra, ese malestar que llega con la fecha, justo antes de Navidad, como las cicatrices, y al pasar junto a su foto me di cuenta. El viernes fui con T. a ver el documental de Garbo, ese espía fabulador y oportunista gracias al cual tuvo éxito el desembarco en Normandía. La historia -la identidad, la mentira, la fabulación, el humor y la falta de humor y cómo todas esas cosas inciden también en la gran Historia- tiene gracia y la película está hecha cosiendo material de archivo, sin apenas recursos. Aunque molesta que algunos temas se toquen con esa ligereza (la entrada de los soldados rusos y americanos al liberar esos campos supusieron la violación de algunas de aquellas mujeres esqueléticas, así empezó irónica y amargamente su liberación; y aunque la condesa de Romanones parezca ignorarlo, mucha otra gente de la España republicana y derrotada celebraba secretamente la derrota nazi, sin saber que precisamente los americanos se aliarían con Franco y nos impondrían la monarquía, que apoyarían al dictador que destrozó el país para siempre, con tantos años de atrocidades en la sombría posguerra). Pero el documental me hizo pensar en la parte literaria, las razones internas de los espías, los fabuladores, los juegos de identidad, la locura de la doble vida, los mentirosos compulsivos y su necesidad de construirse esos muros, de protegerse con montañas de mentiras.
El sábado desayuné con un documental de Arte tv con piscinas detectoras de neutrinos y astrofísicos hablando de la materia negra y de novas y supernovas y de esas estrellas que circulan una en torno a la otra y se van acercando cada vez más hasta dispersar su materia por el universo, y vi laboratorios subterráneos (muy feos y caóticos como obras) y aceleradores de partículas y científicos chinos, suizos, americanos, franceses hablando de esa gran parte de materia negra y qué felicidad pensar en un universo más grande que las obras y el cemento de Hereuville y las horribles y zafias luces de navidad y la destrucción de esta pequeña ciudad, aunque sólo fuese un momento.
Y anoche salí en Borradores, hablando de mi libro balcánico (lo repiten el martes, pero a las 2 de la madrugada), fea como siempre en la tv, pero el programa, tan dinámico, me gustó. Se nota que le ponen afecto y cuidado a lo que hacen y no aburren. Una vez más lamenté que los programas de aquí no sean hospitalarios. A mí me asombra que ni La plaza del azufaifo (a pesar de una página de Sagarra en La Vanguardia o un prólogo de Vila-Matas y una repercusión mediática y ciudadana de esa campaña), ni Si un árbol cae (a pesar de la página de Juan Goytisolo en Opinión de El País, y de los elogios de Alejandro Gándara y tantos otros) hayan merecido siquiera salir como libros recomendados o comentados en los escasos programas de libros que se hacen aquí.
Sigo escribiendo mi ensayo, leyendo e investigando para ampliar lo escrito. Y traicionando a veces mis deberes (leo Extrañas notas de laboratorio de VM y me quedé una novela de la alemana Julia Franck después de oírla en Arte Tv contando que al preguntarle a su madre por qué su padre no había vivido con ellos, la madre le dijo que su padre era una persona muy difícil, casi más que ella misma, y le contó cómo su abuela paterna, al acabar la guerra, le dijo a su hijo que la esperase allí y lo abandonó en la calle y cómo él nunca se recobró como para mantener una relación o convivir. Y cómo ella había convertido todo eso en novelas. Falta poco para la presentación de mi libro, qué vértigo pensarlo. Aún queda un día del puente. Puente de plata.