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jueves, 5 de febrero de 2009

Después

Réné Magritte, La voix du sang, 1961, Bruselas (gentileza de Laura Z).
Yo empezaba a preguntarme si vendría alguien a la presentación de Si un árbol cae, cuando dejó de llover, salió el sol y justo antes de salir oí el primer mirlo del año. Lo busqué entre antenas y tejados y no lo vi, pero cantaba con toda la potencia del cielo de la tarde. Es verdad que hay partes de la mente mucho más rápidas que la conciencia: yo oigo ese sonido antes de la primavera y siento una misteriosa felicidad. Me veo luego pequeña y vestida con el uniforme gris carcelario del colegio, volviendo a mi casa que era el segundo lugar de horror, sin saber qué era peor, si el colegio o el retorno, con aquella conciencia de inhospitalidad que me rodeaba, y de pronto, por el balcón de mi habitación, que daba a Montjuïc, oía a uno de esos mirlos machos tempraneros, que empiezan a buscar pareja antes de tiempo y cantan justo antes de mi estación favorita. Y como nadie parecía oírlo, para mí era un mensaje personal, ya lo he dicho aquí, pensaba que había algo, una parte del universo que estaba conmigo, que me decía: No hagas caso de todo eso, ya verás... (aunque sólo lo creyese a medias, o a ratos, o riéndome yo misma de mi sensación, ya dice mi amiga new age que soy descreída...) Lo mismo que cuando la bruja que me encarcelaba me enseñó a leer, como si hubiera querido darme inexplicablemente la llave de salida, y yo vi que en los cuentos se contaba mi historia, todo el tiempo, otro mensaje de parte de los escritores: yo era el patito feo que podría ser cisne, era la Cenicienta a quien sólo saludaban los pájaros, era el tercer hermano que no se fijaba en que el camino era de oro y cabalgaba sin apartarse hasta el castillo del dragón y la princesa, era también el hermano asesinado que resucitaba en forma de canción en una flauta hecha con huesos, o la que recorría el mundo gastando siete pares de zapatos de hierro, o la que hablaba con la cabeza de Caballo colgada de la puerta, o el hombre que pegaba la oreja a tierra para escuchar crecer la hierba y oír el avance de las hormigas...
Así que me fui hacia La Central contenta pese a la tensión. VM me deseó suerte. En la librería habían puesto mis tres libros en la mesa principal y luego un montón de Si un árbol cae. Allí se congregó una pequeña multitud interesada, que escuchó a Magrinyà hablando de la desmitificación balcánica de los escritores y elogiando generosamente mi libro, o a Manuel Delgado hablando de lo que es la guerra y la violencia, a su manera provocadora, o a mí leyendo mi texto porque, de no leer, hablando de los Balcanes, no pararía. Hubo gente que preguntó y que objetó y discutió, y en general se notaba un público atento, con nivel en la discusión y algunas figuras conocidas del mundo cultural de esta ciudad -a quienes yo sólo veo en sus propias presentaciones-, y un público comprometido en aquel acto. Fue un alivio para mis inevitables nervios y malestar de la espera, de la anticipación. Fue también, como dijo el librero de la calle Berlinès, una victoria, haber publicado ese libro tan deprisa después de acabarlo, y poder presentarlo, celebrarlo.
Olvidé contestar a un comentario de M. Delgado: ¿por qué no entrevistar a taxistas o a basureros o etc? Olvidé decirle que, aparte de ser actores principales en esa guerra, los escritores son casi los únicos que no se niegan a hablar de lo que ocurrió. Que el silencio es absoluto y la mayoría no quiere hablar de ese pasado aún humeante.
Algunos editores internacionales parecen interesarse a priori en el libro, sorprendidos tal vez de no haber hecho antes ellos ese proyecto, de que sólo se le haya ocurrido a alguien de este país que aquélla era una guerra de escritores y había que hablar con ellos, de que se podía buscar a través de su literatura para comprender, de que había que hacer hablar a los de allí para saber, y dejar aparte esos estereotipos y esos esquemas mediáticos que ocultan siempre la complejidad de todo, que dejan fuera todo lo que no encaja. Veremos.
Ayer estuve en una radio por la tarde. El periodista leyó una cita de Durkheim sobre la guerra y ése fue un buen contexto para la entrevista. El miércoles tengo otra.
Yo sé que aquí es difícil que nos hagan caso. La arrogancia mediática, el desdén por todo lo que no vaya asociado a nombres famosos o a autores reconocidos fuera. La falta de receptividad que sí vemos en otros países. Aquí hay tanta autocomplacencia cerrada... Poca gente tiene criterio para ver cuando algo es distinto, cuándo tiene un valor extraño, cuándo estaría bien apoyarlo. Para qué arriesgarse, cómo tener criterio, qué pereza les daría pensar, discriminar... Lo mejor es seguir premiando y apoyando en primer plano sólo lo que ya es reconocido, mediático y famoso. Seguir dejando que ocupe el espacio principal y reduciendo el espacio que se dedica a lo demás. Pero como el canto del mirlo, yo creo que los libros tienen su camino especial y a veces pueden dar sorpresas. Yo he notado algo que siempre parece producirse cuando hablamos de ese tema, noto una atención en la gente, algo especial. Y eso está ahí y tarde o temprano saldrá. (Aquí un fragmento en you tube)
Y otra vez las prisas, el personaje carrolliano que se aleja mirando el reloj, Oh dear, oh dear, is so late... Por cierto, en la web de VM lean aquel artículo magnífico sobre Beckett, yo lo guardaba en papel porque sólo verlo sobre la mesa me recuerda la sensación de su lectura. (Eph me mandó generosamente unas fotos de la presentación, de composición impecables. Colgaré alguna, aunque verme en formato digital, fotografiada por otros, siempre me cuesta, es triste pensar que me he convertido en eso...) Ah, y ya sé, los políticos arboricidas siguen talando...