Leyendo para esa convocatoria que dije, desde que por la mañana he empezado, gracias a D.U. (la reina de la traducció), a comparar con fruición traducciones de algunos sonetos favoritos de Shakespeare, explicándome mis objeciones y las exigencias del poema y la servidumbres de algunos al cómputo de la rima o la dificultad del estado de gracia, y luego he seguido con Kipling y el memorioso brillante Stendhal que tanto me marcó hace mil años y fragmentos virgilianos. He llegado tarde al periódico porque en agosto, en mi barrio hay que llegar a primera hora para pescarlo (me ha dicho un quiosquero que ahora "los llevan todos a la playa"), y luego ha venido V. y he escuchado una narración de un sueño con vívida escenografía y teatralidad enigmática, que ella descifraba como un Sherlock Holmes freudiano, y he añorado la ventana abierta que permite recordarlos, porque estos días la mía está cerrada y supongo que serán intensos, pero quedan enterrados en el inconsciente, que humea como el Etna en el horizonte siciliano. Voy por la calle y de pronto me asalta la tristeza como un sollozo de lágrimas regurgitadas, a mitad de cualquier cosa ajena. Y es que sigue mi duelo y aparecen por la casa otros duelos, el de Barthes [Me suis toujours (douloureusement) étonné de pouvoir -finalement- vivre avec mon chagrin, ce qu'il veut dire qu'il est à la lettre supportable], Ma mère de Bataille (Ah, serre les dents, mon fils), Le deuil impossible de Baudry y Jeudy, los Diarios de Pizarnik, esa frase del principio que es lo único que me gustó de Le livre de ma mère de Cohen (chaque homme est seul et tous se fichent de tous et nos douleurs sont une île deserte), esa escena de la madre analfabeta e incapaz de impedir la violencia de la abuela de Camus, las Tumbas de poetas y pensadores de Cees Noteboom y Simone Saseen, el más cercano de Simone de Beauvoir sobre su madre, todos los que ahora no puedo leer ni releer, pero que me rodean como puntos de apoyo.
No he dicho aquí que me gustó mucho más la mirada de Gerda Taro que la de Robert Capa en la exposición del Mnac; ella me pareció más sincera, más detenida en un momento para mirar y retratar a hombres y mujeres, milicianos... había uno en una hamaca leyendo cubierto de luces y sombras que me recordó a las fotos de Beaton sobre la guerra incluidas en el libro de Lydia Oliva... Me pareció que Gerda Taro estaba más interesada en mirar a su alrededor, como una escritora, y él en triunfar... pero tal vez me equivoque. También en sus comentarios, él hablaba del magnífico reportaje que había hecho en un acontecimiento dramático, de una manera reconocible... Tampoco he dicho que sentí la muerte de Cunningham, hace años que traduje un catálogo para la Fundació Tàpies y le vi bailando en los distintos vídeos, a veces parecía volar, tal vez por su formación clásica ponía menos las plantas en el suelo que los demás contemporáneos y comprendí su manera de seguir bailando con sensores y ordenadores haciendo reaccionar a sus bailarines cuando ya sentía el dolor de la sirena andersiana, pero su mente seguía siendo voladora...
He hablado con M. por teléfono, escuchando su forcejeo en pos de las palabras que se le escapan, he escuchado músicas que me traían más ráfagas de recuerdos, he escrito una carta que no sé si llegará ni si será comprendida y tampoco importa mucho porque yo necesitaba mandarla en ese momento y he recurrido al correo electrónico, pues olvidé comprar sellos antes de que cerrasen todos los estancos por el ferragosto, y L. me ha ofrecido vernos mañana a s'hora baixa después de la visita a M. a la que me acompañará tal vez J., y de la brigada azufaifa con A., y también G. ha prometido venir mañana a cortarle las uñas a la gata Gilda, que ahora anda tintineando como un perro, lo cual es humillante para ella, ya que los felinos necesitan el silencio para seguir siendo quienes son.
Y el martes será mi tercera Lectura del Refugi 307, a las 21 h., y espero que venga alguien a escucharme, aunque sea agosto y casi todo el mundo se haya ido, como los periódicos, a la playa.
