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viernes, 13 de mayo de 2011

Escribo

Foto: I.N., El lugar de los gatos abisinios, el verde y la piedra, 2011
Escribo un prólogo para las Crónicas de Nueva York de Maeve Brennan, que publicará muy pronto Alfabia y me hace verdadera ilusión; intento abordarlo de otra manera, para no repetir mi texto de Sinrazones. Algunos lectores me escriben buenas cosas sobre ese libro.
Sigo conectada con mi novela, me da no sé qué salir de casa sin llevarme algún capítulo, siempre deseo entrar en ella cuando tengo que irme (ah, gallina, me digo, a buenas horas...). Escribí los dos últimos capítulos, los imprimí y los corregía de camino al Palau de la Música. No son cualquier cosa. Yo necesito arriesgar en lo que escribo, aunque a veces me invadan ciertos temblores, una especie de miedo escénico, mis dudas corrosivas. Y al mismo tiempo necesito sentirme expuesta, funambulista, como cuando ando a oscuras de noche, para no despertarme del todo. Seguir en ese estado de semivigilia, tal vez sea eso la escritura hipnótica, por usar el adjetivo que la Otra Bel le puso a mi escritura. Decir lo que no se ha dicho -en este caso, de la infancia- es subversivo, es casi revolucionario. Pero a veces el miedo se me clava como pequeños alfileres. Decidir hasta qué punto deseo ex-ponerme. Y al mismo tiempo, ¡qué extraña felicidad! No hay nada como eso. Todo lo demás parece ordenarse con ese sentido de la novela, incluso los sueños.
A propósito de sueños recibí el Cuaderno de noche de Inka Martí, muy bien editado y lleno de ese aliento onírico borgiano, recuerda incluso a los Cuentos de lo extraño. He propuesto la reseña a una muy buena revista, TURIA, que necesita un impulso. Es una de las pocas revistas literarias en este país abiertas y que intentan pagar algo a sus colaboradores y no desdeñan la cultura como algo gratuito. Pero les han retirado algunas ayudas con los recortes y ahora necesitan suscripciones. Sólo 28 euros al año. Yo naturalmente me he suscrito. Espero que lo hagan aquí también algunos lectores silenciosos. También he recibido los Cuentos de los 90 de Luis Magrinyà, que edita todos juntos Caballo de Troya: es una buena ocasión para leerlos. Y leo para reseñar unos cuentos algo salvajes de Clemens Meyer, Las noches, las luces (Menoscuarto), narrativa alemana contemporánea, dura y urbana pero nunca light, con una hondura a veces faulkneriana.
He ido a ver a Dolors Miquel con su poesía medieval en el precioso patio con mosaico del IEC. Buenísima selección y toda esa vitalidad rapsódica suya, parecía soleada, campestre y falstaffiana. Al acabar decía que lo ha pasado muy bien. Iba acompañada de buenos músicos con piezas muy bien escogidas. El ritmo era casi perfecto. Mañana lo repite en el palau de Pedralbes. La semana de poesía tiene algo festivo y veraniego que me gusta. La selección del Palau me desconcertó, pero me gustaron mucho el sudafricano y bantú Kgafela oa Magogodi, y el brasileño Arnaldo Antunes y el viejo y energético neoyorquino Jerome Rothenberg. Al salir tuvimos que esquivar a los hinchas del Barça. Mañana un poco más de poesía y el domingo iré a la mani, aunque seamos cuatro gatos. Ojalá que la gente se desperece y venga, contra este sistema tan injusto que nos asfixia para favorecer a los Bancos, y contra las centrales nucleares.
El servidor se estropeó y había gran agitación entre los blogueros. Yo me sentía asfixiada, y tal vez por eso no he logrado escribir un buen post. Un editor americano me pide que le mande un cuento para una antología internacional en formato de ebook. El sistema es bien extraño, veremos lo que ocurre. Se trata de cuentos generacionales. El martes 24 presentaremos Sinrazones del olvido en La Central de la calle Mallorca 237, a las 20h, con Anna Caballé. Espero que vengan, lectores silenciosos.
Fui a ver al hombre que escucha y le hablé de lo que significaba para mí esta novela. Lo importante es el deseo, pensé, es la clave de la escritura, el único indicio para los que escribimos a ciegas. Mientras lo decía me pareció estar descubriendo algo más entre lo ya sabido y salí a la calle feliz, pensando en el título que ya casi he decidido del todo, con la opinión a favor de G., de J., de mi amiga M. y de la Otra Bel. Andando me dirigía a una tienda francesa de Enric Granados cuando un hombre corpulento me abordó cortésmente como para preguntarme una dirección y al acercarse más, en un inesperado arrebato, me ofreció dinero a cambio de sexo. Le solté un "¡Anda ya!" y mientras me alejaba me ofreció seis mil euros. Yo iba murmurando furiosa que necesitaría mucho más para una larga terapia intensiva si hiciera algo así, una cura de sueño, donde habitara el olvido cernudiano. La sola idea me removió las entrañas; ¿cómo podía imaginar aquel tipo...? Pero era obvio que era un loco de atar con sus mechones deshilachados, un desesperado que andaba a tientas, sin saber nada.
Cómo añoro el verde, la piedra y los gatos abisinios, pero cómo cuesta arrancarme de aquí, siempre atada al trabajo y a lo que va surgiendo. La Belle Elaine intenta llevarme a su campo y aún no lo ha conseguido. Y el hombre que pinta retratos afinados y luminosos espera mis noticias, una fecha y un billete de tren. Y yo espero tantas cosas que tienen que encajar... Mi libro de la ciudad y sus noticias. La carta oficial invitándome a la Casa de Escritores serbia, junto al Drina. Tantas cosas. Me acuerdo de Julien Gracq. Releo los poemas de Beckett.
Se oyen cohetes estallando en el cielo, como en mi cuento de La víspera de San Juan. Justo antes de despertarme soñé que era pequeña, reconocía mis piernas de la infancia y andaba descalza por encima de un tronco. Era una especie de rite de passe y yo lo hacía a conciencia, controlando cada paso como si fuera una danza, silenciosa. De pronto veía que el supuesto tronco eran las fauces de un cocodrilo y yo seguía andando muy suavemente, intentando no hacerle daño para que no abriese la boca, pero me pareció que, visto de lado, el cocodrilo sonreía, y de pronto era Rufus y me desperté, pero no estaba.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Eivissa

Volví de madrugada, tarde, en esa pesadilla de los aeropuertos en agosto, compañías de falso-bajo coste que tratan a los pasajeros como ganado y se sorprenden de las reclamaciones. Soñé que escribía mucho en el blog, soñé las fotos, los comentarios, y me desperté en un barrio desierto, sin ni un solo coche ni vecino, sólo pájaros, pero faltaba un componente muy claro para darme cuenta de que ya no estaba en Ibiza: los grillos.
La banda sonora que me ha acompañado estos días, esa sensación tan inmediata del verano, que todos los días se apaga a un hora precisa, repentinamente, como si hubieran ensayado el fin del concierto. Y envuelta en la tierra roja, campos de algarrobos e higueras, bosques de pinos retorcidos que llegan a las playas, olivos de troncos expandidos, duplicados en anchura, majestuosas sabinas, y según el taxista que me llevó al aeropuerto, algunos azufaifos (uno pequeño en su jardín). Pensé en el comentario de un músico sobre nuestro azufaifo, que coincidía con una vieja impresión mía, y es que la belleza de aquellos campos rojos y de sus árboles tiene siempre esa mezla: humilde y majestuoso.
El viejo payés que me había alquilado la casa hace dos o tres veranos me reconoció en el camino y enseguida me regaló un montón de higos. A sus ochenta y dos sigue en plena forma, levantándose a las cinco para cuidar sus campos ("a mi m'agrada treballar"), con su cultura preecológica, y su lenguaje maravilloso (su hijo cuarentón es ignorante y fofo, no habla como él, ni está en forma, ni trabaja en el campo sino alquilando las casas a los precios desorbitados de allí, un reflejo de la transformación del país, ignorancia adinerada en lugar de oficios bien hechos e ilustración; ese abuelo campesino, de ojos azules, recuerda los tiempos de la República, su hijo nunca debe de haberlo escuchado), un eivissenc lleno de palabras insospechadas, que en aquel verano venía a traernos fruta y mi hijo y yo le preguntábamos para escuchar su lenguaje, lleno de su pasión por la naturaleza. Los higos eran deliciosos, aún calientes del sol.

También iba a comprar verduras y frutas a una mujer de mirada estrábica que tiene una cabaña de chamizo frente a sus huertos, en un camino asfaltado entre pueblos, y todo lo que vende es incomparablemente mejor que lo que se encuentra en Barcelona ("perquè sa terra és bona", dice ella). Una vez le pedí acelgas para hacer una coca de verduras a los de la casa: "Bledes?" me dijo, "no les porto perquè ningú no les vol..." Al día siguiente me trajo tantas acelgas que yo no sabía dónde ponerlas, tuve que llenar la cocina de hojas verdes y tronchos blancos. Y en la tienda de chamizo, de pronto todo el mundo quería comprarlas, y ella se reía, mirando a ese punto misterioso de los estrábicos. "Ara tots volen bledes..." Pero este verano no tenía... "Enguany sa coca la pot fer de pebreres", me sugirió. Y seguí su consejo.

No hacía tiempo. El primer día me fui en bicicleta a un embarcadero lejanísimo, que yo recordaba más cerca, pero cuando salía del agua en mi primer baño, el cielo se oscureció y empezó a gotear. Emprendí el camino de vuelta, y a mitad de la cuesta, la lluvia era ya tormenta y el vestido se me pegaba al cuerpo como un bañador mojado. Me detuve en un margen, al pie de otra higuera, y comí los primeros higos. El agua caía a raudales pero yo miraba a mi alrededor, tanta belleza y la tierra roja y el campo tan oloroso (como en JRJ: "Era mayo y el campo estaba lleno de vida y de pasión...") y sólo podía sonreír interiormente.

He trabajado sin conexión, he andado kilómetros, he recobrado mi antigua afición ciclista, pero la casa estaba llena de gente que impedía mi vida soñada de anacoreta. Y aún así, qué paseos y qué sensación maravillosa de lectura y vacaciones. En otro embarcadero solitario, leí un librito maravilloso de Natalia Ginzburg, el ensayo Serena Cruz o la vera giustizia que me emocionó por afinidad ideológica, por su forma clara y apasionada y por su discurso filosófico que comparto, por su percepción en los años ochenta y su denuncia de lo que predominaría en nuestros tiempos, mucho más que entonces, la ley (el cumplimiento absurdo, irracional, extremista de ciertas leyes) sobre la justicia. Y como ella dice al final del libro, frente al dura lex, sed lex, "ma piú importante della giustizia non esiste niente." Sobreviví a la brutal y al mismo tiempo luminosa colección de relatos de Adam Haslett, You Are Not a Stranger Here, donde la locura, la depresión y los inútiles tratamientos químicos de esos rincones de dolor (frase que robo a mi madre) están en casi todos los personajes, no escapan a ningún cuento, y a veces los arrastran a los peores hoyos, otras producen extraños encuentros y otras sólo una insoportable y melancólica renuncia vital. Dice Jonathan Franzen que nos sentimos más fuertes tras la lectura de esos relatos de Haslett; no sé si me siento más fuerte, pero sí que he sobrevivido.
Y entre la hamaca y un extremo solitario de playa, sobre montañas de algas secas, leí un libro de Mario Rigoni Stern, El sargento en la nieve, bien publicado por Pre-Textos, porque así lo encontré (aunque procuraré buscar más libros de Rigoni en italiano), y me sorprendió. Rigoni se había apuntado a una escuela militar de alpinismo sin sospechar que vendría una guerra y se encontró en el frente ruso y más tarde en un campo de concentración alemán. No hay en este libro ideología partidista. Sólo son chicos de pueblos italianos que luchan contra la osadía y el coraje de los rusos, y la naturaleza, la locura y el delirio de la guerra, y la amistad y la memoria y el dolor están en cada gesto, en las municiones, la nieve, en los sueños de todos y también en su retirada, y en tantas muertes. La escritura es precisa y llena de fulguraciones, de pensamientos acerados, de puro descubrimiento de lo humano, incluso de nostalgia por aquel paisaje ruso y su naturaleza despiadada. Además, me llevé los Cuartetos de Wang Wei, de quien ya he hablado aquí, y una relectura pendiente de Bruno Schulz, Las tiendas de color canela, con esa rara exuberancia del autor, entre la fascinación y la crítica dolorida del padre y la función de la imaginación y los sueños en el mundo de la niñez.