Foto: Linda Danz., Lamposts, 2007
Hay una hora, the blessed time, en que el sol invade algunos rincones de la sala y yo me veo casi como la gata, buscando una postura cómoda en cualquier triángulo de sol en la estantería o la alfombra. El sol cambia deprisa de posición y abandona pronto el sofá para instalarse en la mesa del ordenador, y en ese momento, si me atrapa sentada, me invento una excusa para retrasar la ducha y escribo aquí, cegada la pantalla por la luz, bañándome en ese aire luminoso y absorbiendo el calor como las placas solares. En ese momento he empezado a escribir un post en Polis y como en el fondo, yo no sé dividir del todo mis temas, ni separarlos bien, mientras hablaba de un documental histórico y del pasado de este país, en una estela de mi Anti-Heimat de ayer, se me ha colado la crónica social de la exposición de Anagrama en ese otro blog. Así que quienes estén interesados, deben ir allí.
Luego he seguido corrigiendo la traducción al inglés de mi cuento The Owl, que D. y yo nos vamos mandando a párrafos cortos. Y eso me lleva a contar una historia.
En 2001 fui a Nueva York con G. Había quedado en llamar a algunos amigos de mis amigos, a Muntadas y también a D., a la que no conocía, pero que era muy amiga de mi amiga de París, la escritora Rauda Jamís, además de otro amigo de un amigo a quien gustaba mucho hacer de cicerone en su ciudad de adopción. También estuve a punto de llamar a un escritor que se estaba cruzando conmigo en las librerías de aquella ciudad y a quien yo estaba leyendo. Pero el humor de G era tan extraño, pasaba de una irritación sorda y negativa -se sentía dependiente de mí en aquel territorio no-europeo que intuía tan distinto e imprevisible- al puro émerveillement de lo que veía, y ese humor extraño me producía a mí una pesadumbre desconcertada a momentos, mientras que en otros lo pasaba estupendamente viéndole descubrir con pasión las cosas que a mí más me gustaban, como la NY Public Library, donde quería que pidiéramos libros y nos quedáramos a leer, o los museos, donde pedía casquillos de explicaciones con acento sudamericano sobre Hopper, o las ardillas en árboles altísimos, o los restaurantes indios, o thai, el café del Takashimaya o la burbujeante China Town o Central Park, unido a lo que le gustaba a él, entonces joven teenager -el edificio de John Lennon, las limusinas, los raperos de la calle, los lavabos del Plaza, la excentricidad de algunos- o que yo le contara quiénes eran los famosos que nos cruzábamos -Tom Wolfe con su traje blanco en la V Avenida-, etc. Así, la imprevisibilidad del humor de G. me hizo desistir de llamar.
Al volver, escribí a D. y le expliqué por qué no la había llamado y descubrí que su casa estaba cerca de nuestro hotel. Y enseguida empezamos a hablar virtualmente, y a mandarnos fotos y crónicas de nuestras vidas, y ella me mandó su música, y nuestro intercambio nunca cesó. Y mis planes de volver a NY se congelaron por culpa de Bush, y ella sólo se acercó a UK, pero nunca vino a Barcelona. He oído su voz, he sabido y casi olido los detalles de sus comidas vegetarianas, he recibido paquetes suyos de una pasta canadiense hecha con arroz integral, que se detuvo en la aduana, he contemplado múltiples reportajes de sus movimientos y de sus paseos diarios por Central Park, me parece haber oído su risa, he leído sus escritos, he visto sus cuadros, he observado cómo era antes y cómo es ahora, he comprobado que su casa se parece a la mía, y sólo con ella he emprendido ese raro proyecto de traducción de mis cuentos que me devuelve a Benjamin y a Derrida (la lengua pura está en los intersticios entre las lenguas y sólo el traductor accede a ella; el traductor tiene una relación de amourhaine, de transferencia psicoanalítica con su lengua, a la que odia por su incapacidad de traducir exactamente, de decir lo que otra lengua dice, y como la ama, la fuerza para que sí diga) y ahora también a Maurice Blanchot, que comenta ese pasaje benjaminiano en su interesante libro La amistad.
Hubo un tiempo en que D abandonó su puesto en the corporate world para vivir sólo de su arte multifacético. En cierto momento eso significó un salto peligroso: "We are very brave with the visa card", decía, con su gracia de poeta y letrista. Cuando la deuda creció tuvieron que hacer esa suspensión de pagos que antes sólo se permitía a los ciudadanos en USA (y ahora ya se puede incluso por estos lares, según me informan al dorso), y en el juicio vio gente salida por completo del sistema, con vidas más dramáticas. Teóricamente uno tiene que pasar un tiempo sin tarjetas de crédito, pero a la salida ya te están esperando los empleados de los Bancos para ofrecerte otra. Ahora, D está acabando su novela post 9/11, y a veces considera la posibilidad de huir de la América de Bush con su música a otra parte, al país de su partner, la aquí llamada pérfida Albión.
A veces, D convertía mis frases en awkward English en títulos para sus canciones. O lo planeaba. Aún ahora me manda músicas preferidas. Una vez, cuando yo me quejaba de la actitud usurera de los Bancos, junto a su alegre "Fuck off the banks!", me escribió: "Maybe we should put a mask on and storm into the bank and threaten the clerks with guns and then we can fix this stupidity"... "Time to get out the guns. You know Bel, if ever (gods forbid) I was diagnosed with a terminal illness I would take one of those fuckers with me. I swear." La escena de las dos con unas máscaras irrumpiendo en un banco con pistolas hizo reír mucho a otro amigo escritor, el mismo que un día se quedó tan asombrado cuando me vio trepar a mis estantes para coger un libro, como suelo hacer, que me pidió que repitiera el gesto.

