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miércoles, 1 de agosto de 2007

Resonancias internas

Ilustración: Arthur Rackham, Freya and the Cat

Ayer, mientras andaba hacia un encuentro con dos amigos, hacia abajo del Eixample, con esa sensación tan agradable de llevar botas (sandalias) de siete leguas en los pies, entre Hermes y el famoso Gato, una sensación placentera de recorrer la ciudad que sólo se produce a partir de s'hora baixa (cae el sol y decae temporalmente el ruido), iba meditando sobre mi tristeza post-no-beca, me preguntaba por qué esa noticia me había tocado tanto, y comprendí que se trataba de un sentimiento de orfandad, como cuando comprobé que mi padre me había abandonado materialmente, o que (mucho antes), no había tenido valor para defenderme del todo, y había preferido huir, no ver, no saber lo que ocurría cuando él no estaba. Una parte de mí aún lleva interiorizada la falta de fe y cree necesitar aún ese apoyo paternal-estatal-institucional-editorial, que alguien me restituyera la fe que me falta, que alguien demostrara con un gesto material que mi proyecto valía. Mientras fui estudiante, los exámenes me gustaban secretamente. No estaba bien decirlo, pero para mí siempre fueron una consolación, me demostraban mi valor con indicadores numéricos y siempre era una fuente de gratificación. Mi desconsuelo, al ver que no ocurre lo mismo con las becas, con esos rechazos para mí extraños e incomprensibles, precisamente porque se hacen eco de mis voces negativas internas (la mirada desaprobadora de mi familia en la infancia, que me llevó a asumir una culpa y un castigo crónicos sin saber nunca por qué o cómo podía ser yo culpable de un accidente ocurrido mientras yo estaba aún en el vientre materno, y sin embargo, la acusación era unánime: yo era culpable y todos tenían derecho a atacarme impunemente; por eso años después pude reconocer como mía la atmósfera del Castillo), ese desconsuelo me hace detectar una parte de mí, pequeña y oculta, que aún exige una compensación, un empuje, que no se resigna a su perenne orfandad, que se obstina en no tomar del todo las riendas. Racionalmente sé que sólo si logro recoger a esa parte pequeña e integrarla en mi voluntad de hacer, podré acabar mi libro balcánico y seguir con mis otros proyectos, aunque sea a costa de más sacrificios materiales o de renunciar a este blog. Si en septiembre no logro ponerme a buscar patrocinadores, colaboradores afines, del mundo editorial o arbóreo, que acepten poner banners, y no los encuentro, abandonaré el blog, los blogs, y procuraré dedicar este tiempo a mis proyectos. Es mi decisión de hoy, aunque no sea irrevocable. Dijo Sir Vidia que llevar un diario siempre es un error para un escritor. Aunque hay magníficos escritores de diarios. Y hay que ponerse propósitos, aunque luego, como ocurre con Tolstoi, los diarios sean también enumeraciones de propósitos siempre incumplidos (en su caso de juicios severos e injustos, a la vista de lo que escribió).
Y ahora vuelvo a traducir, que estos días me resulta mucho más áspero, aburrido, saturador. Traducir es jugar con lengua, resolver un jeroglífico a veces, investigar y buscar, pulir las palabras y todo eso me gusta mucho, pero estoy ya cansada de decir lo que quieren decir otros, de vehicular sus ideas y de no tener tiempo ni espacio ni dinero para las mías. Y de las dificultades económicas que supone esa falta de reconocimiento a los traductores que caracteriza este país. Donde a un diseñador gráfico se le paga sin pestañear veinte veces lo que a un traductor, al que se le regatea. Donde hay que soportar no sólo que una institución pública congele las tarifas desde el año 2000, sino también que las bajen con el subterfugio del cómputo de caracteres. Y donde si alguien se queja se convierte en persona non grata. Donde pocos interlocutores pueden valorar el trabajo de búsqueda y corrección de los propios textos originales (a veces muy mal escritos, entregados sin corregir, descuidados, pero reconocidos y mejor pagados). O en cualquier caso, pocos agradecen o se dan cuenta del valor de ese trabajo, que exige saber de todo y buscar muchísimo, pero no resisten el impulso de presionar y presionar, y pagan a noventa o ciento veinte días, obligándonos a auténticas cabriolas para pagar simplemente el alquiler y el seguro de autónomos. (Curiosamente, un comentarista blogger vino ayer a mi otro blog, a decirme en tono amable, que nada me será dado y que sólo vale el esfuerzo. ¡Por si acaso yo lo estaba olvidando!). Por todas estas cosas, porque glamour ya no viene de grammar, es importante seguir con lo mío, aunque sólo pueda contar con mi propio apoyo y ese sea el primero y curiosamente el más difícil de recabar.
Matización posterior
Ciertamente, no puedo echar la culpa a esta ciudad de Dogville, a este desierto donde vivo, de lo que sin duda son mis propios errores, a mis hándicaps antiguos, a mi defectuosa niñez, a la mala suerte de haber nacido en una familia antihospitalaria. Todo eso, como en aquellas concatenaciones de malos tratos e infortunios que convertían al niño creado por Carson McCullers en un salvaje, está ahí, me llevó a equivocar los caminos, o a elegir siempre los más difíciles y sólo sirve como material de análisis, para separarlo con pinzas y aprender a vivir con ello. O también para ofrecerme a veces momentos de gran felicidad, de alegría inexplicable, de agradecimiento por poder comprender, por lograr cosas que parecían (al menos a mis ojos) imposibles.