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martes, 27 de octubre de 2009

La espera

Foto: I.N. Saint Enimie, 2009
Yo siempre he sido impaciente y tal vez por eso procuro ser puntual. Hago las cosas al momento, porque sospecho de mi falta de tenacidad, también asociada a mi impaciencia. También es cierto que, si no las hago al momento, las olvido, a veces para siempre.
En un libro que yo leí en francés porque lo compré en un viaje (y era una de esas ediciones irresistibles de Rivages poche), decía Kafka que había en el hombre dos pecados capitales, de los que se derivan todos los demás: la pereza y la impaciencia. Según él, la impaciencia provocó la expulsión del Paraíso y la pereza impide que volvamos a él. Y concluye que en realidad, sólo hay un pecado capital y es la impaciencia, que provocó esa expulsión del Paraíso e impide su retorno. Esa lectura me condenó, sin salida, no como aquella condena de Dante que me hizo reaccionar. De todas formas Kafka se extraña de que nos quejemos de la expulsión del Paraíso, ya que eso implicaba no comer del Árbol de la Vida...
Esperar se me hace difícil. No sé si he aprendido gran cosa en ese terreno con los años. Voy alternando la desesperanza más pura con una falsa paciencia, que sólo enmascara distintos estados de parálisis evasiva, ensoñación, suspensión de la incredulidad, paréntesis tramposos que se llenan con otros descubrimientos tangenciales, ocupaciones autoimpuestas y consolaciones diversas, que no excluyen nuevos accesos de desesperación. Pero entre medio estuve leyendo a Turguenev (Diarios de un cazador) y luego a Nabokov sobre Turguenev (maravilloso e implacable, profesor Nabokov). Dice cosas que me hicieron pensar en el Naipaul de Sir Vidia's Shadow. Dice que el peor Turguenev se expresa en palabras de Gorki y el mejor Turgenev (en el paisaje ruso) fue hermosamente desarrollado por Chéjov. O que su punto flaco es una falta de fuerza de voluntad (y cómo lo argumenta). O que fue el primer escritor ruso en advertir el efecto de la luz y la sombra en el aspecto de la gente... Y tras mostrar algunas de las mejores perlas descriptivas de Turguenev en la presentación de sus personajes y momentos, le critica sus fallos en la ficción y dice que cuando va tras sus personajes empieza a cojear, como ese personaje suyo, V. Illarionovich, tan amante de las mujeres, que al perseguir a sus admiradas ¡cojeaba! Y elogia su prosa bien engrasada y sus aleteos de mariposa que la hacen irregular. Es una maravilla asistir a esas clases de Nabokov. ¿Es que ningún editor va a reeditar sus Cursos de literatura europea y rusa? Yo tuve la edición de Bruguera del Curso de literatura europea; no sé si se llegó a traducir el de literatura rusa; si algún editor quisiera, yo misma lo traduciría ahora mismo, y lo prologaría si me dejasen... Por culpa de Nabokov me he encaramado por mis librerías en pos de unas Almas muertas de Gogol que no he encontrado... Su forma de describir la escena de Pavel Chichikov comiéndose el higo del fondo de su vaso de leche o bailando en camisón mientras los objetos de sus estanterías siguen el ritmo me ha producido unas ganas inmensas de releerlo.
Ahora espero, entre otras cosas innombrables, que mi libro salga de la imprenta (hoy he sabido que está en encuadernación: ¡ya casi existe!) para iniciar una gestión y averiguar si quien me gustaría que me lo presentara podrá y querrá, si habrá fechas posibles, si no se retrasará todo terriblemente... Y no logro volver a escribir mientras no se despeje esa incógnita. No me pregunten por qué. Como saben los que me leen y me entienden, yo creo en el inconsciente y en sus modos misteriosos más que en ninguna otra cosa, y en ese terreno estaría la explicación de casi todo. Yo no creo en esos factores externos, ni genéticos, como decía al dorso de mi entrada anterior. No creo que nadie se suicide por un "efecto llamada", ni que algunos bebés se tirasen por la ventana por culpa de Supermán, ni que los bancos de inseminación de genios ayuden a crear nuevos genios. No creo que todo esté fuera, sino que para mí, casi todo está dentro. Creemos que decimos una cosa, pero a quien escucha le llega otra. Creemos que somos iguales tratando a éste y aquel, pero no lo somos y aunque lo fuéramos, ellos nos verían distinto, y no por sus genes, sino por su historial y por su relación con nosotros. Todo es complejo. Yo no culpo a quien busca explicaciones fáciles para las cosas, ni siquiera cuando esas explicaciones coinciden con las que pretenden imponernos los medios de comunicación, pero me impaciento, me exaspero y soy vehemente. Por eso me entienden y disculpan los impacientes y vehementes y los que se paran a pensar y los que aceptan la subjetividad y también los que buscan respuestas en los libros.
Ayer recuperé una fotografía que buscaba para mi novela. El momento en que me llegó coincidió con mi intento apresurado e impaciente de anotar aquella escena de música barroca asociada a mi infancia, de la que hablaba aquí, y todo junto se agitó y desató algo mucho más hondo y mientras miraba la foto sentí el viejo dolor, ese tan difícil de escribir, y recordaba por qué lloré tanto en la adolescencia viendo una película con ese mismo concierto y donde ocurría justo lo contrario a mi experiencia. Fue un momento oscuro de los que pueden extraerse las mejores estalagmitas, pero en este momento de espera no podía aprovecharlo... aún. Me fui a un establecimiento nuevo a hacer un recado y me quedé encerrada en una dependencia minúscula mientras los empleados buscaban la manera de liberarme. Yo apenas dije nada. Pensé que era mala suerte, pero me quedé extrañamente silenciosa, contenta de que hubiera un ventanuco (aunque con rejas) y preguntándome cuánto tardaría el cerrajero. Hasta que un cliente tuvo la genial idea de meter una tarjeta visa por el pestillo y la puerta se abrió. Luego todos me felicitaban por mi paciencia y por no haberme puesto nerviosa. No era paciencia. Simplemente, todo parecía tan irreal...
Mi tiempo se ha terminado y ha llegado el momento de volver a traducir, y a unos precios bastante inferiores de los últimos años. Ese hecho también me resulta espinoso e indigesto porque supone despedirme de mis libros, al menos, de poder dedicarles tiempo. Yo esperaba... tal vez fuese wishful thinking. (Une foi comme une guillotine, aussi lourde, aussi légère, dice mi Kafka afrancesado en ese mismo librito. Es curioso que la fe y el hígado se parezcan tanto en esa lengua. Y sigue: Quoi de plus gai que la foi en un dieu domestique!). Para alimentar mi fe (fortalecer mi hígado) o mis esperanzas, pienso en Marina Tsvietáieva (y en su traductora recién premiada con toda justicia, que me la mandó anteayer): "Yo no creo en milagros. Mas que dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"