Foto: I.N. Ventana secreta, 2010
Anoche acabé de leer Dublinesca, de EVM. Leerla ha sido una celebración. Durante todo el tiempo no podía evitar recordar esos momentos en los que un escritor encuentra mágicamente una estructura, un vehículo para contar lo que quiere, momentos que suelen seguir a la dificultad, la imposibilidad aparente, el forcejeo, el agotamiento o la renuncia, y de pronto, como cuando Jean Rhys intentaba en vano escribir en su novela Ancho mar... una ficción sobre su infancia caribeña despojándose de la autocompasión y no lograba avanzar, y se puso a escribir poemas, para evitar la tensión excesiva, y le salió uno con la voz de su personaje, Rochester, que al principio vierte directamente a la novela y luego acaba transformando en prosa. Y ese poema le da la clave: la parte más dura del sufrimiento de su protagonista, Antoinette, la contará justamente el perpetrador; así no habrá autocompasión. Y ya está, con esa estructura de varias voces se levanta Ancho mar de los Sargazos, donde no será sólo su infancia, ni sólo la crueldad del mundo, la perspectiva de las colonias y la perspectiva de las mujeres en un mundo de hombres, la belleza unida al dolor y la soledad tremenda, pues, como decía ese refrán alemán que citaba Soseki, no hay puente tan largo que lleve de una mente a otra, en un prodigio de novela que relee lo victoriano y lo transforma en clave moderna. O lo que cuenta A. Delbanco de Melville y su Moby Dick, el momento en que el escritor cree haber acabado su novela y mientras corrige, y llega a un descubrimiento -y cito (con perdón) mi reseña de La Vanguardia-: "todas las influencias –Hamlet, Yago y Lear de Shakespeare, Frankenstein de Mary Shelley, La Eneida, Milton…—, unidas a sus visiones de América y su experiencia vital, confluyen (de pronto) prodigiosamente en esa novela que creía acabada y que transforma en una masa químicamente nueva, y su Ahab, prefiguración de Hitler contra los judíos o de Bush contra Osama o Sadam, deviene la esencia del fanatismo totalitario, y el Pequod es la loca nave de Norteamérica y los 30 tripulantes son los 30 Estados de la Unión en 1850, y cada metáfora y la propia fonética multiplican el poder de su historia." Yo creo que EVM ha logrado en Dublinesca ese estado de gracia, ha descubierto una estructura que le ha permitido integrarlo todo, lo cotidiano y lo soñado, lo leído y lo sufrido, pero también y sobre todo lo imaginado, con una libertad difícil de encajar en una novela, y siempre de una forma paródica. Es ese personaje, ese editor literario, pero editor retirado, que le permite metaforizar, con la imagen japonesa del hikikomori, la locura que es escribir, el aislamiento y la obsesión del escritor (pero sesgadamente), la tentación que esa ventana de Internet es para los escritores (excepto Marías y los que aún utilizan el lápiz), la sustitución del mundo o de la vida por la literatura. Y ese editor, que no sabe quién es, porque se ha enmascarado con su catálogo, con las voces de otros, que sólo viaja para mantener la ficción de su pasado ante sus padres, a quien su mujer mira con desconfianza, que ignora el genio de su infancia (excepto la escena en el patio barcelonés transplantado a NY) se contempla en el espejo psicótico del West End de ese Spider derrotado por la presencia del pasado en el presente... Ese editor (incapaz de ejercer su papel paterno con los autores) también habla de la locura literaria de un lector o un écrivain manqué, pero a la vez habla de la mezquindad de ese oficio (y esto suena distinto en un país donde no existe control sobre el número de ventas de los libros, y los autores tienen que aceptar lo que quiera decirles el editor que ha impreso y vendido, a diferencia de lo que ocurre en Francia, Italia, Gran Bretaña o Alemania), y de su grandeza perdida en un mundo mercantil, y le permite citar y envolverse en las voces de esos otros autores, apropiándoselos vital y profesionalmente. Y cómo esas citas o esas frases de los otros van resucitando y repitiéndose y adquiriendo otros sentidos a través de la narración, convirtiéndose en una respiración de la acción, en sus escalones... Y la presencia de esos fantasmas familiares que se agolpan en medio de las meditaciones lúcidas e hilarantes en casa de sus padres... O esos sueños que lo condicionan todo y obligan casi a repetir algo en la realidad. O los escenarios de esas ciudades, Barcelona (donde el personaje se dibuja con más precisión y humor), Dublín (en pleno Bloomsday) y la medio recordada Nueva York (con ese poeta irlandés borracho que reniega de Inglaterra y muere en el Chelsea), que envuelven intensamente. Y la fuerte contemporaneidad, el humor, la ironía, la autoburla, la caricatura de todo no ocultan sino que sirven de marco a ese fin de la era de Gutenberg, con Joyce en el centro, cuyo funeral organiza el ex editor en Dublín. Y esa búsqueda de la vida aburrida y sin alcohol, de la sobriedad tranquila que agudiza la percepción, de la alegría del pensamiento de la que hablaba Proust cuando su personaje aún era demasiado joven para entenderla y disfrutarla, y el miedo de volver a esa otra vida pesadamente alcohólica casi sólo por la fuerza de lo social. Y las crisis vitales y de relación y la vejez y los fantasmas familiares y la proximidad de la muerte siempre hábilmente entrelazada, gracias a su poética singular, de azares y coincidencias misteriosas, con la literatura. Una suerte leerla.
Había llegado tarde y después de leerla me dormí y soñé agitadamente, aunque sólo he pescado la cola de ese sueño, donde yo volvía de un barrio montañoso de la ciudad, bajando locamente por barrancos y torrentes. Le preguntaba a alguien por unas escaleras mecánicas y me decían: "Sí hay, pero hasta las 14h, nada", yo miraba el reloj, eran las 12 y decidía seguir el descenso entre saltos y carreras. Pero mi bolso se quedaba colgado en unos hierros (motivo ya muy repetido y significante para mí) mientras esquivaba un torrente y al darme cuenta y volver, los ladrones se habían repartido el contenido, y yo lloriqueaba bromeando y ellos me lo iban devolviendo todo, cada uno tenía una cosa y todos acabábamos riéndonos mientras yo reiniciaba mi retorno, dejándoles atrás.
Esta mañana he visto un fragmento de programa en Arte tv, Le secret des nuages, donde unos científicos hablaban con extrañeza de cuánto les había costado publicar los resultados de una investigación que muestra cómo la cobertura de nubes (y por tanto se habla de la influencia del Sol, de la Vía Láctea y de que el clima de la Tierra está conectado al universo) influye en el calentamiento global y cómo todo esto se interrelaciona con las causas humanas del cambio climático. Y ahora que al fin han publicado ese estudio en la revista de la Royal Society, otro científico explica que la necesidad de estudiar el fenómeno del cambio climático para comprenderlo y poder abordarlo mejor choca contra un muro de censura y hay muchos estudios científicos importantes que no se publican sólo porque políticamente no conviene a quienes mandan. Y sin embargo la pasión de esos científicos que piensan en el universo es contagiosa y esperanzadora para mí...
Y ahora me voy de este espacio, para aprovechar el silencio maravilloso de este sábado... Dos recomendaciones han despertado mi curiosidad lectora con cierta urgencia; el artículo de Mercedes Monmany en el ABC Literario sobre el sebaldiano El daño oculto de James Sterne y el post de Le clavier cannibale del influyente traductor francés Claro sobre el proustiano Les effondrés de Mathieu Larnaudie.
