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domingo, 13 de diciembre de 2009

Antoni Clapés, sobre "Algunos hombres... y otras mujeres"

Foto: Joan Comas, El público en La Central, 11 diciembre 2009
Notes de lectura sobre Algunos hombres... y otras mujeres d’Isabel Núñez
Admiro l’escriptura –les escriptures– d’Isabel Núñez. La segueixo en els seus llibres, en les ressenyes i, indirectament, en el seu blog. Però m’agrada especialment en aquells textos que se situen en un rasant entre l’assaig i la narració, com els que m’ha deixat per fer-ne plaquettes: Els meandres de la traducció, Danielle Collobert, naufragi en un mar de paraules o El cec de l’Odissea, el bloqueig i un somni d’editors. Llavors crec que treu a fora tot el pòsit literari que duu a dins. Ara publica un nou llibre de relats en què mescla la ficció (viscuda literàriament) i la vida viscuda (o imaginada), en un volum que esdevé una mena de retrat moral d’una generació (una mena de visió calidoscòpica) escrita per una veu que ha viscut intensament el seu temps: el temps de la desvertebració d’un projecte generacional, la fi d’una utopia –aquí, la dels setanta–, potser d’aquells que Ferran Sàez (parafrassejant Ted Perry) va dir-ne Els bons salvatges.
Per explicar-ho, l’autora se serveix de la fragmentació: el relat breu (ell, també, molt fragmentat: petites històries dins de petites històries, com nines russes) que són històries de la quotidianitat (urbana) en els quals sempre hi ha un element de sorpresa, un element que desencaixa la linialitat del relat, i això, justament, el fa atractiu i –fins un cert punt– poètic. Fragments, també, surreals, imaginatius, onírics, irònics (i, de vegades, amb notes d’humor negre).
Escrits en primera persona, l’autora confessa a un amant seu : “jo treballo amb paraules”: un joc que usa per accentuar els dobles sentits, les identitats fingides, els malentesos... (El llenguatge com a joc, encara.)
L’aparent –només aparent– senzillesa d’una escriptura de qui hi ha arribat a un estil propi per depuració, per eliminació d’allò anecdòtic per dir allò essencial del relat. Això el fa (al relat) tremendament eficaç, punyent, tallant i que penetra en el teixit dels personatges (i del lector) com un ganivet esmolat. Tampoc no es pot negligir la musicalitat en el ritme de la frase: abundància de decasíl·labs.
Relats amb un punt de nostàlgia (el temps de “quan els viatges eren viatges”, o “els boscos eren boscos”, o la Barcelona d’abans de ser Hereuville, el Sant Cugat de l’Autònoma... i Cadaqués, aquell Cadaqués que va fascinar Duchamp i tants d’altres).
Relats farcits de referències literàries (l’autora no pot amagar la seva voracitat de lectora) i cinematogràfiques. Hi ha seqüències absolutament fílmiques (l’òliba, l’accident...), meravelloses.
Uns relats que parlen del desencaix: de la solitud, de l’amor i del desamor, de la brutalitat i de la tendresa. Uns relats per on hi vagaregen personatges que semblen surar en l’espai i el temps que els ha tocat de viure: solitaris, gelosos, desvalguts, generosos, cruels, perversos, marginals, tendres... que es plantegen el sentit de l’acció política, la maternitat, la hostilitat de la institució familiar, la fidelitat en les relacions... el quoi faire? En el personatge de la relatora (la protagonista) hi ha una corporeïtat, un hedonisme i una cerca del plaer que jo situaria entre la Bovary i la Collobert.
Una lectura plaent: quan el lector progressa en la lectura, només tem que s’acabi aquella jouissance que Isabel Núñez li ha donat...
Moltes gràcies, Isabel.
Antoni Clapés, La Central, Barcelona – 11 de desembre de 2009

Elena Vilallonga, a propósito de Algunos hombres... y otras mujeres

Foto: Joan Comas. Yo leyendo "Estrenos" en La Central con mis ilustres presentadores, 11 diciembre 2009
Me cuesta sentarme en el podio de los fieles escribientes de este mundo, pero mi amiga Isabel, que es creyente, aunque no lo parezca, me pidió a última ahora una pincelada sobre sus cuentos – que leí, muy calentitos, por cierto- recién salidos del horno, y que me acompañan de noche, ahora que empieza el frío. En su momento le hice algunos comentarios de lectora. Ahora voy a recordar algunos de ellos. En lo que a mí respecta, escribo poemas y hago películas, y de oficio, traduzco lo que me echen. Si imagino a Isabel de niña, la veo sentada en su mesita de taxidermista, desollando un ave rapaz y metiendo su propia estopa dentro de la carcasa vacía del animal. Como resultado, al cabo de los años, aparece una narradora con piel propia dispuesta a descuartizar cualquier animalillo que se le cruce por el camino. Y lo hace con una pluma elaborada y accesible a la vez, brindándonos una mirada de lince, única e intransferible. Como he dicho, Isabel es creyente, pues para escribir hay que creer, condición sine qua non para llevar adelante este oficio. Ella cree profundamente en que detrás de toda esta maleza hay siempre un tesoro por descubrir, y su instinto y el machete la acompañan.
En su primer libro, Crucigrama, combina el material autobiográfico con la ficción. Como ella misma lo define, lo suyo es la autoficción, término francés muy logrado. Y sí, esa narradora y ese yo que se solapan mientras cuentan parecen estar jugando al escondite: uno busca y la otra encuentra, e intercambiando papeles van creando un paisaje basado en las experiencias vividas que se transforman en itinerarios listos para recorrer. El de Crucigrama es un paisaje grisáceo, grisáceo por la tristeza que se esconde detrás de aquellas escenas urbanas agridulces, y por la tremenda introspección que a veces no deja a uno ver más de lo que ilumina su luz de minero (como si fuera poco). Esa lucecita que nunca la abandona es la misma ironía, la que siempre la saca del pozo y logra dar una vuelta de tuerca a sus historias. Creo que todos los cuentos nos dejan impregnados de una sensación tragicómica parecida, tanto los de Crucigrama como los de esta nueva publicación. En Algunos hombres… y otras mujeres, cuentos coloridos y siempre irónicos, aparece esa narradora esta vez subida al andamio, totalmente desnuda, mirando desde lo alto. Su capacidad descriptiva brilla en cada párrafo, con eso digo que describe al tiempo que hace transcurrir la acción. Y eso seguramente lo logra porque le resulta fácil. Creo que su juego continúa, y sigue siendo un juego sin tapujos ni balbuceos, a ratos perverso y desvergonzado, como la vida misma. La voz de la narradora, veo aquí sólo una, se dedica a construir a medida que encuentra el apoyo suficiente para poder abordar el tramo siguiente. El casco lo lleva siempre puesto, pues seguro que le ha caído algún que otro pedrusco por el camino. Y apuntalando y apuntalando edifica, con mucha contención y aplomo. En ocasiones la imagino a cámara rápida, echando humo por la cabeza, pues no hay tiempo para cigarrillos. Tampoco para concesiones, y artificios narrativos, los menos; tal vez cierra alguna de las historias remitiéndose a los inicios, o volviendo al presente más reciente para ganar perspectiva, creando una simetría que ayuda al lector (y a los mismos personajes) a recordar quiénes eran al principio de la historia. Pues en pocos párrafos los protagonistas ya se han convertido en otros. Las páginas avanzan vertiginosamente por carreteras sinuosas, y lo hacen solas, sin ayuda, como los vagones de un ferrocarril sobre sus vías, como en el cuento de Ida y vuelta, todo narrado en presente histórico. De hecho, la narradora, en muchos de sus relatos se monta a menudo en trenes, autobuses, coches, va y viene del pasado más remoto al presente más acuciante y se abandona a manos de los caprichos del destino. Pero queda claro que se conoce de memoria todas las estaciones y aledaños, ya que algo tan delicado y difícil de manejar como el pasado y el presente, alternadamente, para ella es casi un deleite.
La ironía, en Souvenir, toma dimensiones elefantiásicas. Yo veo a la narradora como a Caperucita Roja, paseando por el bosque, seduciendo al lobo, y con un cesto lleno de manzanas trágicas. Su enorme distancia al narrar, siempre desde la experiencia, es digna del cazador: cuanto más lejano y tentador el objetivo, más interesante el reto de hacer diana. Y lo consigue. Pero lo consigue porque el oficio de vivir tampoco lo regalan. La autora se aplica y vive para contar, y ésa es otra de sus bazas. Puede llegar a contarlo, casi como de milagro. Ella habla de viajes astrales, y yo, diría, también ancestrales, más propios del buscador de perlas negras. Souvenir es un cuento casi negro. Acertadas también esas figurillas articuladas de la portada (ahora en un museo de París!). Son perfectas para sus personajes “adultos”. “Ahora abro las piernas, ahora te beso, ahora vomito”, todo ello manejado con la destreza del titiritero. Imagino que para saber hacerlo, uno debe de haber ensayado con sus propios hilos, o nervios, y saber de buena fuente cuántos pasos pueden darse y hasta dónde. Creo que a la narradora, al basarse en su experiencia, no le queda otro remedio que meter todos los ingredientes en la trituradora para después con la masa moldear miembro por miembro cada personaje hasta darle vida. La maleabilidad que consigue con cada uno de ellos es envidiable. Siempre se sale de los entuertos con su pluma tal y cómo se sale de ellos en la vida: en presente continuo, y en movimiento perpetuo. Toda posibilidad de que algo suceda o no suceda, todas las relaciones contingentes de aquel pasado ya no son posibilidad sino probabilidad, de hecho se han vuelto reales, se han materializado. Conseguir eso es un arte. Vaya manera de escurrir la bayeta... hasta la última gota. En Caballos, la narradora se lanza al galope unida al caballo en un solo tejido, lo mismo que la autora practica con su escritura: se acopla a una respiración y sigue el rastro con su olfato hasta el final del trayecto. Cuando va a cerrar el cuento y parece que todo se detiene, el pelo de la amazona sigue agitándose al viento, por la inercia de toda esa fuerza anterior acumulada. Es como ver la cola de la lagartija meneándose después de cercenarla. Resulta que al final de Caballos, un caballo rescatado de un picadero abandonado y agreste es más que un caballo, es el responsable de que todo lo que le rodea vibre y sea importante, hasta la última palabra del cuento. En dos de los cuentos, el yo solapado de Crucigrama aparece de nuevo, como en La noche que murió Franco y El día que mataron a Puig Antich. Ambos me han hecho reparar en sus títulos: al leer Murió y mataron, se me antoja que podían haber aparecido en el orden inverso, respectivamente: mataron y murió, pero no fue así. También tengo la sensación de que la autora ha aprovechado «restos de tinta» para combinar su ficción con material de archivo, o una serie de instantáneas correlativas que congelan momentos históricos en blanco y negro de esa dilatada transición tan sabrosona para las mujeres poscomunistas en primera línea de guerra - yo, las veo así, como mis hermanas mayores- En todos los cuentos abundan unas imágenes del todo evocadoras. Sobre todo por cuándo aparecen, siempre por sorpresa y nunca redundantes. Lechuzas muertas, ratas ahogadas, cielos azules angustiosos, ese mar de metal melancólico que aprieta las sienes, y la única imagen realmente relajante, por eso de la reflexoterapia, la de las piedrecitas de la orilla. Es una escritura táctil, todo puede evocarse cerrando los ojos, casi tocarse, y por ello desprende erotismo. Es también onírica, pues los recuerdos y los sueños se funden en una sola nube de colores y se retroalimentan alcanzando a veces una densidad que culmina en una tormenta de situaciones. Hay una cantidad de registros aquí dentro digna de mención. Las escenas de sexo medio apresuradas en los sofás o lavabos urbanos son de una ortopedia intencionada, ácidas, secas. La ternura del cuento Yo tenía 18 años me ha conmovido. Por no hablar del lirismo de La lechuza. El ritmo que palpita en todos ellos es poco común. Esta autora es aguda y profunda a la vez, a veces me recuerda a Flannery O’Connor, por su interés por el mal, por las brujas, y por sus llamadas a gritos a la belleza para no caer en la desesperanza total. Y lo que más la caracteriza es su deseo, que crece con las páginas. Presiento que la autora se acerca peligrosamente a todo aquello que le produce alergia, o se ve atraída por todo ello de una manera casi incontenible, como el conejo que se queda paralizado ante los faros del coche en una carretera nocturna. Y así, en un duelo a pulso, la autora ha encontrado el antídoto, la vacuna, que le permite retirarse detrás de la cortina y poner a sus personajes en primer plano representando lo que a ella le venga en gana. Qué suerte y cuánto coraje. ¡Donnons lui la force et le courage de contempler son coeur et son corps sans dégoût! ¡Felicidades Isabel! Elena Vilallonga

sábado, 12 de diciembre de 2009

En La Central

Foto: Joan Comas. Detalle del público durante la presentación (11/12/09)
Ayer presentamos mi libro Algunos hombres... y otras mujeres. Para mí fue un acto emocionante. No pudo venir Carles Hac Mor, y le sustituyeron, en un arranque generoso, Elena Vilallonga y Antoni Clapés. Estaba lleno de gente, o eso me pareció a mí. Un público ilustre, atento e inteligente. Como dijo Álvaro de la Rica, se aprende a interpretar los silencios y el de ayer era el silencio de un público de lectores, que entendía de lo que se hablaba y estaba interesado, con humor y cierta calidez afectuosa.
Empezó Elena Vilallonga, que es una lectora refinada, de Ginzburg, de Agota Kristoff, de poesía recóndita y que mostró su punto de vista cinematográfico (sin decirlo; fue Antoni Clapés quien habló del carácter cinematográfico de mi libro), hilando poéticamente imágenes de mis cuentos con poderosas metáforas suyas, y describió mi libro como a mí me gusta pensar que es (incluiré su texto aquí) y como dijo Lydia Oliva, escribió un cuento suyo que explicaba los míos.
Luego siguió Álvaro de la Rica, que hizo una presentación brillante, diría que estelar, arriesgada y osada, mostrando su conflicto con el libro: cómo le había interpelado y desconcertado, cómo lo había descubierto casi al final. Y acabó defendiéndolo de forma valiente y generosa (Malheureusement no podré incluir aquí su intervención, que preparó en forma de notas, con sus tablas de Herr Professor). Y acabó Antoni Clapés, que había leído el libro heroicamente en un día e hizo inteligentes y certeros comentarios fragmentados, como pensamientos que iba mandando al aire sobre los cuentos, y al mismo tiempo los situó con precisión, justeza y pocas palabras, y mostró su finura de lector con mucho poso (colgaré su texto aquí).
Alberto Hernando, que estaba entre el público, intervino respondiendo a Álvaro de la Rica y añadió a su lectura subjetiva y colorée otros factores que están en el libro y que a mí me importan, abrió otras puertas: no es una novela, son cuentos y cada cuento es autónomo, precisó. Es importante la topografía de los lugares de esos cuentos, como la crónica de los setenta y ochenta que, según él, ha abierto mi libro y tal vez dé paso a otros libros sobre el tema, del mismo modo que un libro abrió un día la vía a las novelas sobre la Guerra Civil...
Yo he querido contar en ese libro la historia de un extravío, una cara oscura del libertinaje o un reverso femenino del donjuanismo, donde la narradora no siente que conquista, sino que busca, en la multiplicidad de sus encuentros, curar una herida, descubrir una respuesta en los otros o restaurarse... lo que finalmente sólo conseguirá a través de la literatura (gracias al invisible análisis). Yo diría que en cada uno de los cuentos están presentes las claves de ese extravío y en cada uno de ellos está ya implícita la mirada del presente. Obviamente, la estructura de los cuentos es implacable y no admite juicios de valor, explicaciones: eso obliga a dramatizar, mostrar con escenas o algunas frases, y esas frases y escenas están allí, en cada cuento, yo las fui poniendo, y al leerlos en voz alta siento una vibración más intensa en mi voz al pronunciar algunas de esas frases, me siento feliz de poder decirlas, esos comunicados o cartas al mundo. Creo que el libro es al mismo tiempo muchas otras cosas y la alusión al paisaje es vital, esencialmente urbano (aunque también de Cadaqués o Figueres). Ese paisaje sirve para metaforizar o simplemente muestra el dolor de la pérdida de todo lo que el cemento y la corrupción nos han arrebatado, la traición a la historia y a nuestra memoria, la degradación de nuestro mundo, la generosidad que nos ofrecía la ciudad en esos rincones libres de los que podíamos apropiarnos y que esa maquinaria de lo corrupto nos ha ido sustrayendo. Y también hay en el libro muchas otras interrogaciones, y nada podría entenderse sin el humor ni la ironía.
Ayer no dije nada de esto. Como toda intervención, leí un cuento, "Estrenos", sobre algunos personajes de lo que se llamó la movida madrileña. Creo que mi lectura no fue casual, y sé que al menos algunos captaron la vibración y la gradación de ciertas intensidades, lo que procuré transmitir, como quien canta una canción que ha compuesto. Ese cuento que leí contiene justamente un párrafo clave para mí, algo que yo necesitaba decir en público y que está entre las páginas 138 y 139. Al acabar, estuve firmando un montón de libros.
Para mí, la presentación es un ritual necesario y feliz, pero la de ayer me resultaba muy difícil. Yo construyo un libro, una serie de historias para contar algo, pero esas historias las compongo con trozos de material más o menos autobiográfico, y aunque lo que cuento no es mi vida, sino fragmentos de lo que ya era una memoria reescrita y distorsionada a través del tiempo, recombinados, transformados y fuertemente ficcionalizados, sé que puede parecerlo, y en ese sentido me sentía más expuesta que otras veces, sobre todo por algunos de los temas. Creo, estoy segura de que en mi libro sí hay ideología (acaso demasiada, a veces), sí hay análisis y evolución, pero intento seguir la enseñanza de Shalámov (nunca en sus magníficos Relatos de Kólyma hay una queja, una denuncia, una acusación, explicación o moralización de lo que ocurre, sólo muestra de forma realista los gestos y las palabras de esos presos siberianos), las enseñanzas de Chéjov, de Carver, de Maupassant, de Colette, de Ginzburg, de Flannery O'Connor (Elena dixit) y tal vez de Bolaño, por poner unos pocos ejemplos.
Al acabar, unos cuantos nos fuimos a cenar, y lo pasé muy bien, aunque seguía con el estómago cerrado como una piedra, como el pobre lobo del cuento de Grimm. Hoy me he ido restaurando y ahora pienso en esa presentación de ayer con una rara mezcla de emoción y felicidad agradecida.
Quería poner aquí el comentario que me mandó anteayer un amigo blogger, lector y escritor, que me hizo ilusión recibir:
He terminado de leer tu libro, y con el cadáver todavía caliente de su lectura te escribo. Vaya por delante mi enhorabuena. Como asiduo lector de tu blog conozco de cerca tus desvelos de escritora, esa gozosa mezcla de orfandad y fanatismo en el que a menudo pareces encontrarte; orfandad porque no se alcanzan seguridades con la escritura, más bien se exploran incertidumbres, y fanatismo porque sin esa mezcla de entusiasmo y delirio no se puede escribir. Te animo a seguir ese camino que te has trazado, contra todo y contra todos, si es preciso, un camino que, como ves, va dando ya sus frutos. Tu libro de relatos me ha recordado aquel poema de Villon, Ballade des dames du temps jadis, aunque creo que en tus cuentos no son tantos los hombres como las nieves de antaño. Me gusta esa exploración del pasado, que es tanto como decir su restauración; se ve desde el principio, cuando describes minuciosamente esa casa de pescadores y al final dices “aunque yo apenas percibía nada de todo aquello”. En ese primer párrafo está contenido ya todo el libro, como queriendo decir que recordar es, precisamente, percibir. Hay un cuento que, a mí particularmente, me fascina. Se trata de “La lechuza”. Me encanta el simbolismo de esa lechuza, es como un oráculo que pesa sobre la relación entre los dos personajes del cuento, y que reaparece al final, como una evidencia clara que sin embargo no llega a desentrañar el enigma. Técnicamente me parece el mejor relato de un libro que, por lo demás, está lleno de gozosas epifanías. No sé cuánto de autobiográfico hay en el libro (tampoco eso es lo que me interesa como lector), pero te confieso así, sottovoce, que por momentos me sentí abrumado ante ese torrente de vida. Es una sensación inquietante, lo confieso, me recordó al malogrado de la novela de Bernhard, aquel pianista que dejó de tocar después de escuchar a Glenn Gould, y que al final acabó suicidándose. Ante la intensidad de lo narrado, la vida de uno parece muy pequeña. No sé, los buenos libros siempre me han dejado ese poso inquietante, así que espero que te lo tomes como un elogio. No sé qué más decirte, si acaso darte las gracias por escribirlo. Puedes estar orgullosa, es un buen libro, al que le deseo una larga vida en las librerías, a pesar de que el ciclo editorial suele ser muy corto. Días atrás decías en tu blog que sentías haber llegado tarde a la escritura… Bueno, después de tres libros en apenas un año creo que ya te has puesto al día ¿no?. Recibe un fuerte abrazo. Suerte en la presentación JML

martes, 8 de diciembre de 2009

El viernes 11 presentación

Menoscuarto Ediciones y la librería La Central se complacen en invitarle a la presentación del nuevo libro de Isabel Núñez, Algunos hombres…y otras mujeres
Además de la autora, intervendrán el poeta y editor ANTONI CLAPÉS, la traductora y cineasta ELENA VILALLONGA, el profesor ÁLVARO DE LA RICA (Universidad de Navarra) y JOSÉ ÁNGEL ZAPATERO, director editorial de Menoscuarto
Viernes, 11 de diciembre de 2009, a las 19,30 horas, en La Central (Mallorca, 237)
Librería La Central • www.lacentral.com Mallorca, 237 08008 BARCELONA Teléfono: 902 884 990 Metro: Diagonal (L3, L5), Provenza (FGC)
menoscuarto ediciones Plaza del Cardenal Almaraz, 4 - 1º F 34005 PALENCIA (España) Teléfono y fax: (+34) 979 701 250 correo@menoscuarto.es http://www.menoscuarto.es/
* Carles Hac Mor no podrá asistir finalmente a causa de una indisposición.
** El Musée des Arts Decoratives de París dedica una exposición a los playmobils