Foto: I.N., Las ocas del marqués, interpelándome alegremente en esta foto, 2009
Mientras contemplaba el récord de inasistencia de público que tuvimos ayer (el público eran ocho personas, aunque algunas fueran realmente ilustres y me alegraran las felicitaciones de Anna Caballé, cuyo trabajo admiro... "¡Al demonio se le ocurre montar una conferencia tan geminiana con Mercurio retrógrado!", dijo mi amiga esotérica. Antes había llegado una lluvia de mensajes de gente que se excusaba por no poder venir; ni siquiera podían los más incondicionales: Cuando llegó el sms de Tigridia diciendo "No podré", L. y yo ya nos reíamos, y la fotógrafa de Acec aceptaba retratarnos frente a esos archivadores maravillosos del Ateneo, para paliar un poco los estragos de esas fotos, ¡no quiso fotografiarme de espaldas!), mientras escuchaba fascinada el retrato que Lydia hacía de la Atkins, pensé que no debía continuar con todo esto.
Y es que a pesar de mi fin de semana entre árboles con varios siglos de existencia, en una casita preciosa, con una inmensa higuera junto a la puerta de los jazmines y un almez gigante rodeado de las elegantísimas flores de los acantos, paseando junto a olivos milenarios y contemplando las cortinas de profundos cipreses que separan los campos de amapolas, nadando en un lago que me recordó al Danubio y la Vojvodina (al pasar por la orilla soleada descubrimos un grupo balcánico y sesentero de hombres y mujeres bailando en bañador con la música del coche, y unos pescadores de domingo que se llevaban a sus pájaros enjaulados a orearse con la atmósfera del lago -¡yo les habría abierto las jaulas!-) y con mi rumor preferido, que es el del viento en las hojas de los chopos, ese rumor plateado... (por cierto que también allí nos abordaron por la calle para que nuestra anfitriona firmase las alegaciones contra un proyecto que pretende masacrar para siempre ese pueblo medieval, construyendo 150 casas alrededor, centro comercial, puentes, carretera, zona industrial, propuesto por un conseller constructor y un alcalde también del ramo, en una burramia analfabeta y codiciosa sólo posible gracias a la desalfabetización propiciada y perseguida por nuestros políticos en todos estos años, que ha logrado que la educación fuese peor que en el franquismo, porque apenas quedan en primaria y secundaria profesores vocacionales y dignos, los van marginando, venciendo y expulsando con las condiciones tan duras, y así se multiplica y fortalece esa gente que construye destruyendo o que tira basuras al azufaifo), a pesar de Sebald y Zambrano y Spinoza (que vinieron conmigo y me estuvieron hablando en la ingravidez de la hamaca o bajo la bonita estructura de las vigas), esa compañía de los árboles frondosos y la piedra antigua y las ocas y el cielo lleno de pájaros, las visitas de la urraca y la búsqueda del erizo que se escondía en el jardín, no he logrado quitarme de encima una especie de capa de polvorienta tristeza.
A veces me parece que Jacques le fataliste hubiese tenido cierta razón y éste fuese un mal año: en esos momentos pienso que he agotado las fuerzas para seguir batallando contra corriente, y siento deseos de complacer a esos que me piden curiosamente que renuncie, esos a los que no les basta con no leerme sino que tienen que venir a decirme que desaprueban mi escritura, que no tengo razón, que debería haber entrevistado a otros en mi libro balcánico o que simplemente deje de escribir -como aquel escritor de Facebook cuyo nombre he olvidado-, o también a esos otros que prefieren mentir para no pagar lo que deben y no quieren reconocer la verdad, o a los que sufren con los pequeños (incluso los míos, tan inofensivos y sin repercusiones materiales, sin cambios vitales) éxitos ajenos, a los que no soportan que tenga visitantes, entonces esa voz interna de Jacques le Fataliste sube el volumen e insiste: lo mejor es hacerles caso y abandonar, aunque no esté en mi naturaleza y aunque a mí, la melancolía nunca me invade mucho tiempo, sino que sólo me visita y se va.
El miércoles volveré a ver a mi oráculo, es decir, volveré a aquel espacio donde solía interrogarme y escuchar las interpretaciones délficas. Y ahora que he llegado al final del post pienso de otra manera y se ha ensordecido esa voz oscura (no os hagáis ilusiones, queridos envidiosos recalcitrantes, aún no he desaparecido), pero necesitaba decirlo...
Olvidaba decir que anoche tuve un momento raramente solitario (siempre pasa alguien, aunque sean las 5 am) frente al azufaifo, que está esplendoroso en su jardín salvaje pese a esa gente insidiosa que le arroja basura, ha atravesado la calle con sus ramas hojosas y, como dice una famosa vecina, tiene un idilio con el pequeño naranjo, ¡se abrazan los dos con efluvios de azahar!