Foto: I.N., París, 2009 (yo me imaginaba la suerte de esa pareja que parecía vivir ahí arriba... se les ve en el balcón)
... recorriendo o apoderándose de zonas invisibles de mi cuerpo, produciendo ríos de toxinas que pugnan por salir al exterior, yo hice acopio de valor y bajé al Ateneo a escuchar a los psicoanalistas de escuelas distintas, reunidos por el empeño heroico y tenaz del librero de la calle Berlinès y el Espai Freud (saltando barreras de recelos y sectarismos), hablando de las depresiones. El salón de actos estaba lleno y tuve que sentarme arriba, en el anfiteatro, donde me encontré a una psicoanalista con la que no sólo he compartido trabajo sobre la memoria, sino también unos Diálogos en el jardín del verano pasado.
Daniela Aparicio hizo una presentación inteligente y llena de sugerencias. Luego hablaron Jerónimo Erviti, Clotilde Pascual y Jordi Sala. Lo que más me gustó fue no sólo que todos ellos distinguieran siempre y claramente la depresión (neurótica o psicótica) de la necesaria tristeza y la melancolía, inherentes al espíritu humano y que la tendencia perversa de las neurociencias y los laboratorios farmacéuticos intentan convertir en enfermedad y medicar, ahogando su expresión, sino sobre todo esa visión (creo que fue Clotilde Pascual) de la depresión como rebelión ante la felicidad obligatoria con que nos presionan desde la publicidad, el mercado, los medios y la farmacología, o de la anorexia como (no sé si fue Daniela Aparicio) un rechazo a sentarse en el banquete de este capitalismo asalvajado que ahora pincha por todas partes pero sigue engulléndolo todo, que intenta destruir la Universidad como lugar de conocimiento y acabar con todos los reductos de pensamiento humanista. Me gustó escuchar esos casos en los que me parecía encontrar algo conocido entre el abandono, el maltrato o la tristeza familiar. No pude quedarme al debate, que se anunciaba interesante. Mis bacilos me lo impedían y tenía que hablar un momento con V. y con A., antes de dejarme llevar por la convulsa expresión de mi trancazo en una noche casi insomne.
Hoy he encontrado en el Babelia una página magnífica (que JH había linkado en su Facebook), el artículo en que Vila-Matas habla del adiós de Lobo Antunes en la historia de Gesualdo Bufalino, su rechazo a permanecer en ese ring de los miserables, los resentidos, los envidiosos, su anterior trayectoria silenciosa, la forma en que Sciascia (cuya generosidad lectora y pasión editora descubrí en un librito precioso de sus informes de lectura; no todos pueden, no, yo llegué a ver incluso editores que en la presentación de un libro intentaban apropiarse de él negando al autor, o bien lo vilipendiaban, actuando contra sus propios intereses. Y lo peor son todos esos otros críticos cerrados, situados en una falsa posición de arrogancia y poder -sin comprender que el poder es prestado, como el de los políticos, me decía el otro día alguien-, que sólo lo usan para dar lecciones, que pretenden tener todas las respuestas, que han perdido toda apertura y generosidad lectora, toda ilusión de descubrir, si nunca la tuvieron), la forma en que Sciascia rescata tenazmente a Bufalino... Y me parecía detectar cierta nostalgia de VM de ese tiempo retirado, silencioso, sin esa desolladura de la double exposure, sin circos ni ferias ni miserables... Yo estaba pensando no sólo en ese hocicamiento agresivo al que nos sometemos sin querer al escribir y publicar, sino también en esa envidia de Larra que sí mueve el mundo, sobre todo en este país, que no deja a muchos casi vivir, que maniata a otros o condiciona por completo sus gestos y palabras. El otro día alguien me estaba pidiendo un favor, algo que a mí me resultaba fácil hacer y que habría conseguido, pero no pudo evitar expresar un misterioso resentimiento contra mí en la misma conversación, sin ninguna razón, puesto que yo siempre le he apoyado, sólo porque le duelen incluso mis pequeños logros: y fue ofensivo y despectivo en dos ocasiones de ese breve encuentro en la calle, anulando la posibilidad de que yo hiciera ese gesto, pequeño y eficaz, a su favor. Le vi detenerse un segundo a media frase dándose cuenta de que estaba arruinando su petición, pero decidió seguir, pues su necesidad de mostrarme su desprecio era más grande. Yo pensé que debía de ser horrible sufrir por cada avance de los otros, que a sus ojos aparece como una amenaza, como un paso de gigante por pequeño que sea. Y a pesar de que ese alguien ha logrado hace tiempo su propio reconocimiento y disfruta de una situación mucho más ventajosa que la mía. Pero sus demonios le pueden, le obligan a escenificar ese baile grotesco de la envidia, como aquellas diabólicas zapatillas rojas que arrastraron cruelmente a Moira Shearer o a la pobre niña del cuento de Andersen. Y es que ese cuadro suele coincidir con personas que no agradecen su suerte o no son conscientes de ella y no pueden sentirse felices por lo que han conseguido, y los logros ajenos les resultan demasiado hirientes, sobre todo porque creen en su superioridad y se consideran los únicos dignos de merecer.
Recuerdo que cuando publiqué unos cuentos primeros con un editor alternativo, un escritor "amigo" que me había apoyado cuando yo no publicaba arremetió contra mí con una furia desconocida, y aún estupefacta de que no se alegrara por mí y dolorida de su aguijón, recordé poco a poco que la envidia es irracional y no guarda proporción con los logros de los otros. Y me consolé aliviada de que no me pasara eso a mí, pues cuando un escritor cercano escribe o logra algo que me gustaría haber hecho a mí puede más la experiencia gozosa de leerle y de poder explicar(me) cuáles son las claves de su dominio mágico (por robarle una expresión a Vinyoli) que la sensación dolorida de no haberlo hecho yo. Y es que yo seguiré siendo siempre lectora antes que escritora, y como el azar ha permitido que escribiera crítica literaria, puedo llevar mi lectura un poco más allá, intentando comprender, transmitir o citar como en una pesca submarina, llevando a la superficie las burbujas una a una y divirtiéndome en el juego. Es una suerte.
Hay una luna brillante, ya casi cuarto menguante y parece un indicio de que mi gripe va a remitir.
