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lunes, 9 de agosto de 2010

Era un lunes extraño

Foto: I.N., Gaviotas en Cadaqués, primavera de 2008
A las ocho de la mañana ha llamado por tercera vez un picapleitos muy maleducado, según él abogado de una de esas empresas que compran deuda y buscando a alguien que vivió aquí hace muchos años. Por lo visto una compañía telefónica les vendió una pequeña deuda que esa persona se negaba a pagar, porque consideraba que no había efectuado ese gasto. La primera vez que llamó el picapleitos (¿o sería un vil teleoperador, como sugiere RFT?) le dije que aquí no vivía y que yo no tengo nada que ver con esa persona, pero han pensado que si me llaman todas las mañanas a las ocho, al final seré yo quien les haga el trabajo de detective, que localizaré a esa persona y hasta le cobraré yo misma sin llevarme comisión. No sé dónde estudiaron la carrera, pero tienen malos modales y unos procedimientos muy dudosos. Me ha dicho el supuesto picapleitos de hoy que mientras no tuvieran otro número, mi número saltaría directamente y me llamarían todos los días a primera hora. Me he apuntado el número para no cogerlo más, pero tendré que acordarme de desconectar el teléfono de mi habitación si un día decido dormir hasta más tarde.
Parecía un mal principio para este lunes y casi me esperaba un día horrible, pero está claro que no se puede concluir nada tan deprisa. O tal vez las estrellas sólo estuvieran torcidas a esa hora.
He traducido MB con rapidez y brillo. He encontrado una pista para seguir con mi novela. Estaba dudando si renunciar a irme unos días al mar, pero mis amigos me han llamado alegres y hospitalarios y mis dudas se han desvanecido inmediatamente. Sigo viendo muchos gatos abandonados que piden adopciones urgentes. Dice G. que es pronto para él, que aún echa demasiado de menos a Gilda y que ninguno le parecerá como ella. Y tiene razón. Los gatillos que nos mandan me gustan mucho, pero cada vez que se acerca la posibilidad pienso que aún no... La ausencia de Gilda sigue doliendo, aunque nadie que no tenga animales pueda entenderlo. Quien no comprenda que cada gato tiene su personalidad, que lea los relatos de Natalia Ginzburg que en castellano han agrupado como Familias.
He ido a La Central a comprar unos librillos para mis amigos hospitalarios y me he encontrado a un antiguo amigo que se fue a vivir al Maresme y estaba en perfecta forma, comprando Bolaños y Vonneguts para regalar a otros amigos. Hemos estado discutiendo sobre nuestros Bolaños favoritos y él ha encontrado Estrella distante (que estaba escondido) y ha decidido dejar Llamadas telefónicas, que es muy bueno pero no tantísimo como esa maravillosa novela. Hemos acordado una visita mía a su paisaje campestre en otoño y al salir le he recordado cuando leía apasionadamente las vicisitudes de Fabrice del Dongo. Yo les he comprado a mis amigos unos cuantos libros pequeños, de esos que en Francia valen 1 o 2 euros y aquí valen 13 cada uno, con lo cual he salido más ruinosa de lo que estaba, y luego he ido a buscar un objeto para la casa, no sólo por el buen feng shui sino porque es bueno que en las casas haya un objeto que recuerde nuestro paso por allí. Anteanoche leía ese cuento maravilloso de Maupassant, Qui sait? de un hombre solitario, que enfermaba en compañía de los demás o sólo los soportaba un rato, ni siquiera toleraba la idea de que alguien durmiera o respirara bajo su mismo techo, de modo que vivía apartado en su castillo y estaba enamorado de su mobiliario, que había ido encontrando por ahí e incluía piezas maravillosas. Y una noche ve cómo ese mobiliario abandona la casa... No sigo contando por si no lo conocen y quieren leerlo, porque es realmente magnífico. Está al final de Mouche... y le siguen las cartas de Maupassant a su editor en busca del título, y los retratos irónicos de algunas damas...
Hoy, gracias a la ayuda profesional, el caos ha retrocedido en mi casa y siento un verdadero alivio. Hace unos días vino alguien (obsesivamente ordenado) a traerme unas llaves, entró intempestivamente en mi habitación sin haber sido invitado y dejó en el aire comentarios escandalizados y desdeñosos sobre mi desorden. Me quedé extrañamente angustiada. Sentía que mi caos de estos días tenía que ver con mi proceso de mourning y tal vez intensificaba mi desolación, pero me sentía incapaz de frenarlo sin ayuda. Tampoco entendía por qué me había angustiado tanto la irrupción y los comentarios. Se lo conté a mi amiga M. y me dijo que lo comprendía perfectamente y concluyó: "Debería haber una cárcel para los Leos". Vino otro amigo y cuando aludí al desorden, me dijo que no era para tanto, que la casa tenía buen aspecto y que un poco de desorden lo humanizaba todo. Luego encontré una solución momentánea para ordenar los libros que empezaban a acumularse en mi dormitorio (ya evocaban lo que se conoce como "estilo estudio de Brossa"), y me puse muy contenta de poner coto al menos a ese desbordamiento. Hoy me he levantado energética, a pesar de ese extraño insomnio que acecha desde que se fue Gilda y que tal vez se acabe mágicamente cuando se cumplan los cuarenta días... En el gimnasio alemán, todas las máquinas me parecían fáciles... Varias veces a lo largo del día he subido escaleras casi volando.
Ayer estuve leyendo unos pasajes de Los árabes del mar, de Jordi Esteva y seguí sus aventuras en una ensoñación admirada... Creo que algo de esos paisajes se acabó filtrando en mis sueños, ese lugar donde la selva es tan tupida que siempre es de noche, y esa mosca terrible que se infiltraba en la piel, y la malaria, que me recordó a Isabelle Eberhardt... Seguiré leyéndolo y contándolo... También he empezado The Great Code, de Northrop Frye, que me recomendó mi amigo serbio y que atrajo curiosamente a G., con su interpretación de la Biblia en clave de crítica literaria: de momento estoy sólo en el capítulo dedicado al lenguaje donde repasa a los presocráticos y compara el texto bíblico -traducido y retraducido- con esas otras Escrituras unidas y entretejidas a una lengua, como la Toráh o el Corán, los Upanishads...
Tal vez mi huida al mar me consolará de la marcha de mi amigo serbio. Espero que no se llene el cielo de nubes...
Mi reseña de Isak Dinesen en La Vanguardia Cultura/s