
Foto: Otra foto mía de la época de la hierba cortada de la Diagonal, es decir, de hace muchísimo tiempo.
Sueño con una vida ociosa. O me transporto sin querer a otro tiempo. Hoy, mientras esperaba en la esquina de un Banco, el olor a césped cortado me recordaba, no sé por qué, al Club Turó de hace mil años, ¿y por qué a aquel césped de piscina y no a tantos otros posteriores?, y el matiz misterioso de la nostalgia consiste en una extraña felicidad y deseo de ¿qué? Nunca encajé en aquel mundo, tan convencional y estúpidamente risueño. Me parecía como esa carretera hacia Lleida frecuentada por esquiadores ignorantes y alegres, que pasan sin saberlo, sin pensarlo, por todas esas curvas llenas de huesos de fusilados por las crueles tropas franquistas, y tal vez pasan riéndose tontamente. Como los ignorantes que acudieron al Fórum sin saber, sin pensar que pisaban la tierra donde yacían cientos de fusilados republicanos en el Camp de la Bota.
Yo llevaba conmigo mi propia guerra con sus muertos, mi fosa llena de huesos de la infancia, siempre en un paisaje esplendoroso, o bajo un cielo vibrante de pájaros.
No me gustaba aquella atmósfera del Turó, pero en mi memoria la nostalgia es intensa y me produce una casi felicidad. ¡Aquella hierba! O tal vez yo añoro el tiempo perdido en el sentido de todo lo que no pudo ser, de lo que no hice, de las otras vidas posibles, o de aquella energía que entonces no sabía cómo utilizar (si la jeunesse savait, si la vieillesse pouvait, dicen en le pays gabache), o de mi percepción de aquella hierba cortada y aquellas piscinas, llena de sueños atropellados y de esperanzas imposibles que se mezclaban caóticamente a las sombras.
Y al fin y al cabo, tras esa breve época de la hierba cortada en aquella piscina de la Diagonal, no tan lejos del Banco de hoy, tampoco encajé del todo en ninguno de mis otros mundos (militante comunista, con amigos hippies de comunas, o anarcos de cualquier pelaje), sino que en todos me reservaba un espacio de disensión, o los alternaba para protegerme, ante la furia o el desconcierto de unos y otros.
Mientras, he vuelto a coger unos cuentos de Maeve Brennan, The Springs of Affection , del montón de los libros que esperan, aunque apenas me queda tiempo para la lectura, con el frenesí exagerado de este verano, en el que todo el mundo reclama su dosis de texto traducido o escrito, y también el azufaifo sigue requiriendo mi atención telefónica, escrita y tantas otras cosas... Sueño con esa vida ociosa, con unas vacaciones que no haré, con mi silencioso embarcadero preferido en Eivissa (ahora condenado al petróleo y al mar más sucio del mundo), y ni siquiera sé si iré allí donde dije que iría, si se me escaparán los días, si... Pero incluso la nostalgia de todo eso y la idea de renunciar me parece plácida.
