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martes, 21 de agosto de 2007

Stendhal y la inclinación española al arboricidio

Foto: I.N. Bel Schlemil, Ibiza, 2007 (mi pequeño homenaje a V)

Hoy un músico me manda una placa conmemorativa de un árbol talado, el Carbayón en Oviedo, un roble centenario que dio el nombre de carbayones a los ovetenses y que el espíritu arboricida de este país taló salvajemente ya en 1879. Y es que ese espíritu salvaje e ignorante no ha surgido sólo con la expansión del mercado inmobiliario que ha acabado por destruir el paisaje de este país, sino que ya viene de lejos. Si la identidad de España se basa, como dijo María Zambrano, en el genocidio y la expulsión (de los indios, de los musulmanes, de los judíos), la ignorancia y el primitivismo está en casi todas las páginas de la historia del país, exceptuando esos paréntesis ilustrados como la II República (la época en que se construyeron más escuelas, se invirtió más en la educación, pese al reducido presupuesto, la única época en la que florecieron las Universidades, atrayendo a las mentes brillantes y espíritus inquietos, a todas las fuerzas vivas de la cultura). Y nunca más. No es extraña esa renuncia a hacer historia o a hacer filosofía, que señalaba Zambrano y que siguen en el aire y se ven en la calle.

Contaba Stendhal en sus Chroniques italiennes, de un noble español de 60 años, el duque Vargas del Pardo, que compró una propiedad boscosa en Nápoles y, para que le recordase a su país, hizo talar todos los árboles, y construyó un castillo medieval y almenado en 1700 y sólo contrataba criados españoles de la misma edad que él. Lo cierto es que en ese libro Stendhal dice bastante sobre "las puerilidades orgullosas" que se conocieron en Europa como "etiqueta española" y habla del "genio sombrío" del país, de la necesidad de malgastar y dilapidar fortunas, la beligerancia sangrienta, el puritanismo férreo y la ingenuidad amorosa... además de la tendencia arboricida, que acabó con los bosques de Castilla... y en muchas otras zonas del país. No hay más que buscar la historia de Almería, que hasta el siglo XVIII aún estaba llena de bosques... para construir armadas se expoliaron para siempre bosques de todo el país.

Y otra muestra de ese espíritu es el hecho de que nunca hayamos tenido un partido verde sólido en este país, que tanto lo necesita. O que se llamen partidos verdes los que se dedican a talar, engañar con trasplantes y acabar con los espacios verdes, mientras mantienen falacias como que Barcelona es la ciudad con más árboles de Europa (¿pero qué árboles? ¿se refieren a esas ramitas escuálidas que llenan nuestras calles y con troncos que caben en una mano?).


Por cierto, volviendo a esa falta de espíritu que ha predominado en este país infortunado, acabo de encontrar un interesantísimo artículo de Eduardo Subirats donde dice "la Encyclopédie de Diderot formuló una concluyente sentencia: 'La grandeur espagnole ne fut qu’un vaste corps sans substance, qui avait plus de réputation que de force... ce beau royaume, qui imprima jadis tant de terreur à l’Europe, est par gradation tombé dans une décadence dont il aura de la peine à se relever'... Bajo sus grandiosas gestas de omnipotencia militar e intransigencia religiosa, España había perdido, para la fracción ilustrada de Europa, su fuerza espiritual y su poder político. Hegel excluyó al mundo hispánico del reino histórico de la razón. El dogmatismo católico y el absolutismo político lo habían alienado definitivamente del progreso de la Humanidad."

Más vale consolarse leyendo el libro de Stendhal, lleno de ironía e ingenio pero también con dos relatos magistrales, la historia cruel de "Vanina Vanini" y también "Los Cenci".

domingo, 4 de febrero de 2007

Zambrano, la música (mnemónica) de las palabras, la pastora de gansos

Arthur Rakham, Blancanieves En El País de hoy, Gustavo Martín Garzo cita a María Zambrano en su artículo La caja de música para adentrarse en esa memoria musical de las palabras que los escritores heredan como legado (la madre asomada a la cuna, murmurando o hablando al bebé). Yo no creo que mi madre se asomara a mi cuna para hablarme, pero hubo un personaje más ambivalente, la tía malvada que fue mi Némesis de la infancia y a cuyo maltrato me costó tanto sobrevivir, también me enseñó a leer y me regaló mi primer libro, de Andersen, cuya portada verdosa recordaba vagamente y que recuperé hace unos años milagrosamente de casa de mi madre, Almendrita y otros cuentos. Mi primer libro me produjo un alivio asombroso, fue la revelación de un mundo, descubrí que existía otro mundo, más afín que el que me rodeaba, y que al mismo tiempo recogía a todos sus personajes terribles: madrastra, hermanastras, brujas y hadas, dragones y castigos despiadados, pero también transformaciones felices para el patito feo y la Cenicienta. Las palabras de ese y de los cuentos que le siguieron (Los Hermanos Grimm, Adalbert von Chamisso, Charles Perrault, Ras, Matilde , Fortún, Elena , IONESCU, Angela C., Beatrix Potter , los Cuentos Marujita-) su musicalidad y sus rimas se me quedaron grabadas, como la pastora de gansos que hablaba con la cabeza de su caballo muerto, colgada de una puerta: "Ay de mí, cabeza de Falada, que de la puerta estás colgada..." O que hacía soplar el viento para ahuyentar al pastor y poderse peinar tranquila: "Vuela vuela, viento alado y llévate el sombrero de Conrado, para que él vaya detrás, corre, corre y correrás..." O el humor despiadado de Pepe el tonto y otros tontos (un libro maravilloso que por desgracia ya no existe ni he podido encontrar. RBA compró editorial Molino y probablemente todo se destruyó, como sólo ocurre en este país, y tampoco pude encontrarlo en casa de mi madre, que acumula todo lo imaginable, pero se desprendió inexplicablemente de todos los cuentos): "Pepe el tonto fue a pescar/ con una gran coladera/ y se enfadó porque el agua/ se le caía por fuera..." O también en aquellos cuentos pequeños llenos de duendes con zapatos puntiagudos y grandes hebillas cuadradas en el cinturón, colección Marujita: "Madroño encantado, trabaja por mí, haz buenos pasteles, me fío de ti..." Por cierto que ayer una amiga me instigó a leer a Gregorio Morán en La Vanguardia, donde elogiaba a un escritor que yo no conocía. Como es su costumbre, Morán aprovechaba para arremeter contra unos cuantos, entre ellos Rafael Conte, pero no contaba con el azar o la justicia poética o quién sabe qué, porque en el Babelia de ayer, Rafael Conte defendía al mismo escritor, Ricardo Menéndez Salmón en Una (estética) huella alemana . ¿O acaso ambos lo sabían, por ese espionaje misterioso entre periódicos y suplementos? Yo suelo leer a Morán porque en un país donde nadie es libre de meterse con nadie y la crítica contra los famosos o reconocidos no existe (mientras los críticos silencian, ningunean o arremeten sin piedad contra los nuevos o poco conocidos, nadie se atreve con los consagrados), él sí que lo es. Algunos dicen que es resentido. Tal vez. Yo no siempre estoy de acuerdo con él, pero es una excepción a tener en cuenta.