Ilustración: Arthur Rackham, English Fairy Tales, retold by Flora Anne Steel. Macmillan, 1918.V cuenta en su post sobre Gao Xinjian cómo él decidió vivir "la vraie vie", es decir, la escritura, esa que tanto valor exige y que yo sólo me atrevo a abordar en cantidades homeopáticas, dando vueltas en torno a ella, deseándola, sufriendo por ella, feliz cuando al fin logro deslizarme por el tobogán de un cuento, pero dura poco y es muchísimo más largo el bloqueo (me consoló leer de las luchas de Isaak Babel con sus perennes bloqueos). Así, ahora ando con unas cuantas frases que me acosan, me persiguen cuando ando y cuando apago la luz, frases que sólo me han llevado a tres escenas de mi infancia, paisajes que parecen ocuparlo todo, como si no hubiera habido más, como si el paisaje devorase el dolor y la culpa y pudiera mostrarlos latiendo, brillando.
Y en esa búsqueda de la infancia vuelvo inevitablemente a los cuentos que me despertaron a la escritura y me revelaron que existía otro mundo, más allá de la mezquina oscuridad punzante del mío.
El otro día lo dije en una conversación, antes los cuentos no estaban escritos para seres hiperinfantilizados, sino llenos de palabras que no entendíamos y cuyo significado, al aprenderlo, llevaría para siempre adheridos algunos significantes del cuento, su atmósfera, el momento en que lo leímos. No había una ilustración y una frase, sino varias páginas de escritura, y de vez en cuando, el regalo de una lámina como ésta de Arthur Rackham, con una frase: She went along, and went along, and went along. Yo me sentía cerca de aquella niña que anduvo, anduvo y anduvo, descalza con su hatillo de tela y cubierta con pieles encontradas.
