
Foto: Manel Armengol, Herbàrium, 2007
Me quedé trabajando y decidí salir a andar un poco para desentumecerme. Al salir, caí en la tentación de ir a ver al azufaifo. Desde una ventana, un chico brasileño me saludó: "¡La mujer del árbol!" y me pidió que esperase un momento, que bajaba. El epíteto me convenció. Parecía un cuento... Mientras miraba las ramas en la semipenumbra, un adolescente que estaba sentado con otros esperando a un tercero, me preguntó también: "¿Se lo van a llevar? ¿Nos lo dejarán?" Le conté cómo estaban las cosas. Uno de sus amigos, que debía de ser un zoquete o sentía celos, dijo: "A ver si ahora me cargo yo a ese árbol..." Hace unos días, cuando hablábamos frente al ginjoler dos del "equipo de rescate" y la vicepresidenta de la Asociación Española de Arboricultura, pasó un hombre furioso, descompuesto, que se puso a gritar que no había derecho, que si fuera una persona seguro que no la protegíamos, etc. Ya han pasado varias señoras que nos dicen a gritos que hay que salvar ese árbol, que no hay derecho a que tiren todas las casitas con jardín, que este barrio se ha vuelto infernal. Es como si estallaran, después de haberse contenido durante estos años, sin poderlo verbalizar. Ahora que hemos empezado, la gente se pronuncia al pasar.
Luego bajó el brasileño, que andaba en la misma dirección que yo, es decir, sin rumbo, y le conté un poco cómo había ido todo, y él me contó que al llegar a Barcelona, de Sao Paulo, la ciudad le parecía un barrio, tan pequeña. Y estuvo describiendo las diferencias entre las ciudades, y luego me habló de una ciudad japonesa (¿Era Nagoya?) donde había pasado un tiempo y dijo que sobre todo, le había maravillado el país. "...Esa mezcla de nuevas tecnologías y tradición oriental, la cortesía, los ritos..."
Las conversaciones tenían su gracia, pero yo me pregunté por esta extraña popularidad del árbol, un tanto incómoda para mí, acostumbrada al anonimato de un barrio indiferente. Puedo imaginarme años después, con una Plaza del azufaifo (wishful thinking?), diciéndole a unos chicos incrédulos: "Yo contribuí a salvarlo", como Paul Theroux en su libro My Other Life, cuando, a las puertas de un videoclub, su narrador deprimido intenta en vano convencer a dos drogotas adolescentes de que la película The Great Railway Bazaar estaba basada en una novela suya y ellos no le creen y le toman por un fantasma ("Anda, tío, no te tires el rollo...", podrían decir). Y él intenta demostrárselo, pero en los vídeos rara vez ponen nada del novelista, si existe. (Por cierto que cuando entrevisté a Paul Theroux para La Vanguardia, se alegró mucho de que me gustara ese libro suyo, que es uno de sus [y mis] favoritos y no tuvo el éxito de los otros. El libro es pura autoficción, a vueltas con la realidad en condicional, combinando lo que fue con lo que habría podido ser, y agitando la coctelera de recuerdos y pensamientos propios y ajenos).
En mi blog Polis, un comentarista, con la desfachatez que le permite su anonimato, sugiere que los árboles en la calle, en Barcelona, no llegan a viejos, y propone que se le consulte al árbol (no sé si por uno de esos ritos sangrientos con pollos vivos o con la ayuda de un susurrador de árboles), ni tampoco sé si su conclusión es que no vale la pena preservarlo, ya que se lo cargará la gente, aunque le llama "mi querido azufaifo". Yo sólo pienso que cuando tiraron la casa y empecé a protestar e indagar, él no hizo nada para evitarlo. Algunos se sumaron entonces y permitieron que toda esta campaña siguiera adelante. Otros prefieren quejarse de todo lo que hagamos y vaticinar el horror, desde su cómodo anonimato.
Yo habría preferido que no tiraran la casa. Vivir en un mundo en que alguien pudiera haberla comprado y mantenido su árbol en aquel jardincillo de sombras, sin pretensiones, como me contó aquella señora del barrio que lo había intentado. Pero tal como está ahora, en cualquier caso, si pudiéramos interpretar los deseos del árbol, no hay más que ir a verlo y contemplarlo. Parece que se haya expandido en su gran espacio de ahora, se le ve armonioso y fuerte, mucho más grande sin escombros, sin muros...
