martes, 26 de junio de 2012

Los sueños se me escapan


Foto: I.N. Retrato borroso de la escritora enferma, 2012
Por las mañanas, se desvanecen después de haber pensado en ellos un instante, de haber querido atarlos, se escapan como peces escurridizos. Aunque un día soñé que comía cosas que ahora no puedo comer y que tal vez añoro... Algunas mañanas tengo la tensión tan baja que apenas puedo moverme del sofá. Necesito un almohadón para apoyar el volumen I de las Collected Short Stories de Henry James, regalo de J. Algunos de esos relatos son del principio y tienen cualidades extrañas, que luego se desprenderían para dejar la magistralidad de las otras. Empecé leyendo "The Liar", que es maravilloso, pensé que HJ ya lo había escrito todo, qué bien explicaba esos momentos de fecundidad literaria (aunque el narrador fuese un pintor) en que el autor siente que, le ocurra lo que le ocurra, le servirá para su obra. Esos momentos que ahora tanto añoro, mientras dudo de cómo reunir fuerzas para empezar un nuevo libro en medio de esta debilidad.
Empezar exige una energía mucho más grande, para no desalentarse con las probaturas, para seguir sondeando hasta encontrar el tono. Pero me iría muy bien estar escribiendo, noto ese vacío y pienso que al fin y al cabo ese es mi vínculo más grande con la vida, por tanto, tal vez me ayudaría a curarme. He vuelto a corregir algunas cosas de mi libro acabado y suspendido entre paréntesis, pero temo que me costaría releerlo sistemáticamente, aunque podría seguir el consejo de la Belle Elaine y revisar un capitulo por día, para no agotarme. Con paciencia infinita...
Es verdad que he empezado a mejorar, muy despacito, a pesar de que mi aspecto siga siendo espectral, pero parece una tendencia que se afianza y eso, naturelich, me llena de esperanzas. Y sueño con el mar, ese mar solitario del que me habla la Belle Elaine donde se baña con sus pececillos, un mar al que tal vez no pueda volver hasta el año que viene, cuando me haya curado... ¿O antes?
Antes de sumergirme en Henry James, leí Le condottière, extraño thriller de Georges Perec sobre un falsificador, orsonorwelliano avant-la-lettre, intenté pero acabé abandonando el libro de Hanif Kureishi, Something to Tell You, y también una antología de poesía clásica griega con páginas negras de misoginia tremebunda, y leí The Popular Girl de Scott Fitzgerald. Y luego ya caí en la inmersión jamesiana, aunque un corresponsal que está en una fase exclusivamente proustiana me ha despertado el deseo de releer Contre Sainte-Beuve, que leí hace ya años, cuando era muy joven, para resistir el vacío de no poder seguir leyendo À la recherche (mi libro favorito de todos los tiempos, tanto que albergo sentimientos posesivos con Proust, como con Baudelaire, casi prefiero que nadie hable de ellos), y tal vez ahora vería de otra manera. Leí también, seguido hasta el final, El hombre que soñaba demasiado, de Gonzalo Suárez, ¿lo dije ya aquí?, una magnífica mezcla de fragmentos autobiográficos de una infancia en plena Guerra Civil, con sueños y fabulaciones locas y libres características de ese autor, del que ya soy fan. La portada, un magnífico retrato de Colita, espectacular, que impacta a todo el que pasa por casa.
A. R. me manda dos Barbey d'Aurevilly, uno que ya había leído y tal vez perdido, Le chevalier des Touches, y otro que no, Les Diaboliques. Y a ratos leo De rerum naturae, De la naturaleza de las cosas, de Lucrecio, que me recomendó vivamente mi amigo serbio.
Es todo tan extraño... Nunca pensé que yo tendría alguna vez este aspecto, que llegaría todo esto, que tendría que pasar por esta larga, dura y extraña prueba. ¿Cómo imaginarlo? Ni siquiera cuando Jacques le fataliste me vaticinó tan grandes horrores con extraño tono triunfal pude sospechar que algo así me ocurriría. Sigo soñando con el mar y con mi cuerpo de antes. Qué felicidad volver a corretear por ahí y recobrar les rondeurs que antes no comprendía... Qué maravilla gozar de movilidad, ir a todas partes, volver andando desde lejos, incluso viajar, no temer ningún dolor, no tener que preocuparme tanto por las funciones básicas vitales... Poder comer normalmente y todo lo que eso implica. Nadar, bailar en todos los sentidos. Qué pruebas tan largas para una paciencia que nunca o casi nunca he tenido...
J. me propone un lugar donde pasar unos días lejos del cemento, en una zona boscosa no lejos del mar, si yo mejorase un poco, en agosto, si pudiera dormir en una cama no articulada, si mejorase un poco más... Sueño también con eso.
Alguien me manda un diálogo maravilloso entre Auster y Coetzee, que pronto se publicará y que se presentó en Kingston, donde hablan de Kleist, que tan gran estela me ha dejado, y también señalan el eco de Kafka. Dice Auster:

I have been reading Kleist lately, his stories and letters in particular. I remember being deeply impressed when I first read him in my early twenties, but now I am overwhelmed. His sentences are remarkable—great hatchet-blows of thought, an implacable narrative speed, a pulverizing sense of inevitability. No wonder Kafka liked him so much…
Y Coetzee contesta:
As for Kleist, I agree with every word you say. To open a page by Kleist is to have it brought home to you that there exists an A league of writers, which has very few members and in which the game being played is very different from the game in the more comfortable B league to which one is accustomed: much harder, much quicker, much smarter, for much bigger stakes.(By the way, I recently watched again Eric Rohmer‘s adaptation of Kleist‘sMarquise von O. I see the film as a tribute on the part of civilization – Rohmer had so civilized a sensibility that I am surprised he made any headway in the film world – to the mystery of genius.)...      Me ha hecho ilusión también la alusión a mi querido Rohmer. El otro día, alguien generoso con mi escritura y cuyo criterio admiro me dijo que La Collectionneuse y Ma Nuit chez Maud parecían guiones míos. ¡Qué elogio! Yo no soy consciente de mis influencias y me alegro mucho de que alguien encuentre algún eco rohmeriano en mis cuentos.

jueves, 21 de junio de 2012

El tiempo


Foto: I.N., Rufus y yo, ayer, 2012
Transcurre de un modo distinto cuando se está enfermo. Yo espero las horas en las que se acabe la tortura del estruendo de grúas y máquinas (la corrupción ha convertido este pobre barrio en una cantera y la crisis no ha detenido nada, siguen cortando árboles y construyendo edificios públicos para cobrar sus comisiones mafiosas y el polvo y el cemento aumentan la temperatura), y vuelvan los pájaros. Ayer tuve una nueva crisis y hoy he vuelto a mejorar, pero el agotamiento de aquello y el calor me han dejado sin energía.
Sarinagara, nada o casi nada me impide leer y leer. Buscando libros que atrajeran poderosamente mi atención, me dirigí a los rusos, y mientras se calmaba mi dolor, me zampé (como diría Sagarra) el divertido y genial El mal del ímpetu, de Gonchárov, luego devoré la apasionada Roma de Gogol, también maravillosa (los dos traducidos por Selma Ancira para Minúscula), y héte aquí que cuando empezaba a preocuparme por qué libro podría leer que estuviera a la altura y me alejara de mis miserias, me llegó Cartas del verano de 1926 (de Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak y Rainer Maria Rilke). Ya lo he leído y a pesar de la gozosa lectura de la historia apasionada y epistolar de esos tres escritores, me acabó produciendo un efecto parecido al del Vivre dans le feu. Todo lo que me maravilla en la prosa y la poesía de Marina Tsvietáieva contrasta con lo que me disgusta de su vida y de su evasión. De modo que en esas cartas me ha gustado sobre todo seguir a Rilke y al apasionado Pasternak. Recordaba la frase de Ana María Moix, en el prólogo de Un espíritu prisionero, diciendo que Marina Tsvietáieva lo hizo todo mal en la vida, excepto la literatura. La traducción es de lujo, Selma Ancira las cartas rusas y Adan Kovacsis las cartas alemanas.
En el mismo momento en que terminaba, un mensajero llamó a la puerta y me trajo los Relatos completos de Heinrich von Kleist, que acabo de terminar y que me han arrastrado e hipnotizado con su exuberancia romántica, pero esta vez le he encontrado ecos ¡de Kafka, de Hawthorne, de Stendhal! Lo he leído sin apenas detenerme. Una maravilla llena de ese fuego kleistiano, tan despiadado y violento, tan dramático y a la vez tan emocionante y lleno de misterio... Con una traducción impecable y una bonita edición. Es mi tiempo de ahora, que me permite leer como siempre hubiera querido... pero con qué peaje tremendo...! Y después he devorado en un momento ese Leys sobre Stendhal, asombrada del desdén de Merimée hacia Stendhal y de todos aquellos contemporáneos suyos que decían ¡¡¡que escribía mal!!! La bibliografía que recomienda da ganas de salir corriendo a buscarla, si yo pudiera salir corriendo a algún sitio... Y luego me he puesto a leer otro libro de la Belle Elaine, Éloge de la faiblesse de Alexandre Jollien, un imaginario diálogo socrático muy esperanzador... Los días en que no tengo tratamiento, sólo puedo leer y leer. 
Por la tarde, el calor era casi insoportable. He recibido la visita de Tigridia, que me ha contado de su viaje africano, y me ha traído comino y laurel y una preciosa caracola de la playa con marea baja, de las que soñábamos que nos traían olas de pequeñas. Luego ha venido T. en visita rápida, a traerme lo que cocina para mí, rubia y luminosa.
Procuro no verme demasiado en el espejo. Procuro seguir disciplinándome y gozando de cualquier pequeña mejoría. En los momentos de retroceso vuelven las dudas y la desesperación, que se unen a fantasías de un destino terrible, tal vez a lo Kleist. Hoy he hablado por teléfono con el hombre que escucha y en un momento se ha desenmarañado bastante mi sueño de hoy, aunque quedaba un punto, un concepto, una palabra...
La ingenuidad y la precipitación de alguien, unida a la deliberada mezquindad de un escritor maniobrero al que no conozco y que me utilizó para sus fines me causaron un conflicto inesperado que me dolió y que estropeó la cordialidad con un gran editor. No he dejado de sentirlo y el incidente me ha dejado una estela punzante, todo por un comentario malicioso que nunca debí hacer y que era transcrito de algo que me contaron, pero que nunca pensé que llegaría como un torpedo a otro destino imprevisto. Las cosas que se dicen en un contexto nunca debieran de salir de ahí. Y en este momento, menos que nunca quisiera tener problemas con nadie; necesito toda mi energía para intentar curarme y he renunciado incluso a un pleito que sería de justicia por no generar más hostilidad. Además, el dolor produce un sentimiento de humildad y no quisiera aparecer juzgando a nadie. De ahora en adelante iré con mucho más cuidado.
Rufus ha pasado el día buscando los rincones más frescos para dormir... y estar cerca de mí.
Y por fin he salido al paseo con J. y aunque al principio las calles ardían como un horno, esta vez me sentía llena de energía y hemos llegado a uno de los pocos jardincillos que no han talado por aquí justo cuando la brisa empezaba a levantarse, qué maravilla... Las hojas de los árboles se hacían eco del viento... Por el camino hemos visto a A., cuando aún no se había levantado la brisa, y se ha quitado el casco, acalorada. Se la veía radiante y ella ha dicho que yo parecía etérea... Los demás nos ven con mejores ojos (yo habría dicho espectral, siendo moderada). Pero la brisa y los árboles y andar... Ese paseo me ha llenado de esperanza otra vez, como el mensaje de una de mis directoras favoritas de documentales que me ha transmitido una gran vitalidad.

domingo, 17 de junio de 2012

Sólo puedo leer

Foto: I.N., Mientras desayunaba, 2012
Para olvidar el dolor, que me había abandonado y ha vuelto, ese fuego sordo inexplicable de mis miserias, sólo puedo leer. Yo nunca habría imaginado que tendría que vivir este purgatorio, ni que mi aspecto me traería los recuerdos que me trae, ni que mis opciones serían tan pocas y difíciles. 
Es cierto que hay algo en el dolor (en todo dolor hay un suelo sagrado, decía Oscar Wilde) que transforma radicalmente la percepción de las cosas. En primer lugar es "the wisdom of humility. Humility is endless", y en segundo, cómo se ha revolucionado todo, cómo han caído mis muros de Jericó, cómo he comprendido autrement lo que hasta ahora sólo podía racionalizar. He tenido que rendirme, abandonar mi antigua obstinación, mi distancia, mi resentimiento, y dejarme caer en esas aguas. Todo eso me ha cambiado. En cierta manera, todo se ha llenado de luz. Y sin embargo, sarinagara, ese dolor... El dolor de dentro tiene que salir afuera, dijo Dear Prudence. Y era verdad, por más que a mí me aterrase. Un dolor muy viejo salió y se convirtió en un fuego exterior, que no me dejaba dormir, que lo concentraba todo en un punto de intensidad insoportable. Luego, cedió, y sólo hoy ha vuelto a traición, aunque sigo teniendo esperanzas de que esta vez se resuelva antes, sin llegar al clímax de hace unos días. He aprendido también a dejarme cuidar, a aceptar toda esa ayuda de J. y también de mis amigos seráficos, o los gestos solícitos de las enfermeras que me administran los tratamientos.
Cuando al fin se van las grúas (trabajan incluso en domingo y el ruido estaría prohibido en cualquier país civilizado), que suenan como un despertador de pesadilla, vuelven los pájaros y el silencio y yo intento trasladarme al mundo de los libros. Acabé la correspondencia de Gil de Biedma, que tanto me ha abstraído estos días atrás. Y entonces me puse a leer Saadat Hasan Manto, un escritor del Punyab maravilloso, traducido del urdu por Rocío Moriones para Contraseña, y aunque sus relatos estén llenos de la violenta tristeza de la Partición, me gusta mucho la forma en que sabe hablar del deseo y los encuentros, en ese mundo brutal de los márgenes, sin juzgar y a veces con ángulos magistrales para contar las cosas. Ese libro me ha transportado con fuerza y me ha permitido alejarme mucho más que los otros. Hablaría más de él si no tuviera la esperanza de reseñarlo. Después he leído La niña verde de Herbert Read, que es una novela asombrosa, entre el anarquismo y la fantasía utópica, he leído Ferragus de Balzac (pero me molesta esa imagen misógina de la pureza femenina)... Y también Vida de Manolo de Josep Pla. Cuando se me acaban los libros, busco entre mis montañas desordenadas qué puede tentarme. No todo sirve. He abandonado Borrowed Finery, unas memorias de la niñez desolada de Paula Fox porque me resultaba demasiado prolija y cansina, aunque tal vez fuese cosa mía. Tendría que buscar Lucrecio y Séneca (mi amigo serbio, que vino a verme, me recomendó que leyera a los clásicos) y unos cuentos de Charles Ferdinand Ramuz que alguien insólito me recomendó el otro día.
Me siento un tanto alejada del mundo, incapacitada para la agitación, aunque consciente de lo injusto que es todo, en este momento no tengo más remedio que dejar que sean otros los que hagan, mientras yo intento recobrar fuerzas para curarme.
Rufus me acompaña, dormita aquí y allá, siempre cerca, con su belleza ociosa. 
Hay una luz transparente, casi griega, y me gusta imaginar a mis amigos en el mar, pensar que yo volveré un día, que recobraré mi cuerpo y podré moverme libremente y que habré salido de esta larga pesadilla. Si pudiera trasladarme a entonces... 
"Tras la ventana, en la oscuridad lechosa de la tarde, las hojas bañadas del pipal se balanceaban como unos pendientes, mientras aquella muchacha dormía abrazada a Randhir tras haberse fundido con él en un estremecimiento." (Saadat Hasan Manto, "Olor").

jueves, 14 de junio de 2012

Francesc Arroyo me entrevista en su blog de El País


Foto: I.N. Balcón en Aragó, Rambla Catalunya, 2012
Isabel Núñez: memoria de la ciudad
Por: Francesc Arroyo | 13 de junio de 2012


Pregunta. Acaba de publicar usted Postales de Barcelona (Triangle editorial) un libro de no ficción en el que repasa su relación, como persona y escritora, con la ciudad, Barcelona.
Respuesta. Yo empecé escribiendo relatos pero la ciudad estaba siempre en ellos. Era casi un personaje. Lo que ocurre es que la estructura implacable del cuento hacía que, a veces, tuviera que suprimir cosas. Recuerdo un relato en el que estaba viendo la ciudad desde la casa de mi madre. Y veía Montjuïc. Un paisaje, el de cuando llegamos a Barcelona, totalmente distinto al que vería hoy: había casitas, la Colonia Castells, el barrio de Les Corts, el hospital de San Juan de Dios y la ciudad se acababa y los coches se iban. Una vista preciosa. Todo eso ha sido barrido. Incluso hicieron un edificio al lado. Lo escribí para un cuento, pero lo tuve que cortar porque no lo admitía.
P. De todas formas no es su primera incursión en el ensayo. Antes ha dedicado usted un libro a la lucha por salvar un árbol amenazado y otro a la guerra de los Balcanes
R. Fui a los Balcanes porque no entendía lo que pasaba. No entendía la guerra, no entendía lo que Europa estaba permitiendo que ocurriera. Como mi forma de aprender era leyendo ficción y poesía, decidí intentar comprender aquello a través de entrevistas con escritores. Recuerdo que alguien allí me comentó que aquella era la única guerra en la que casi todos los protagonistas eran escritores, con la excepción de algún mafioso. Pero había mucha gente que había escrito y publicado libros. Cuando les pregunté por qué los intelectuales estaban tan implicados en la guerra, me respondieron que ésa era una pregunta que sólo podía hacer alguien que llegara de un país no comunista. En los países comunistas los escritores eran “ingenieros de almas” y tenían la función de alimentar al Estado con ideología. Los que no lo hacían era considerados disidentes y vivían en precario, mientras que el resto tenía un estatus importante. Y esta gente, tras la caída del telón de acero, tenía que encontrar otra ideología y descubrió el nacionalismo, algo mítico y prohibido y fácil de alentar por el silencio que había habido tras la segunda guerra mundial. De forma que mi intento de comprender lo que pasaba en los Balcanes se convirtió en una forma de pensar sobre nuestra propia guerra civil y de pensar desde la literatura.
P. Postales es algo diferente, pero no tanto. Ahí la memoria que se rescata es la de la ciudad, Barcelona. Es literatura urbana.
R. Yo soy muy urbana. Pero, además, la ciudad es la materia de nuestra prosa. Por eso la amamos, aunque a también la odiemos porque no es lo que quisiéramos que fuese. Yo reconozco que soy una despotricona. En Barcelona hay mucha gente que defiende la ciudad y sólo quiere ver lo bueno, pero creo que cualquier escritor mínimamente reflexivo acaba por ver los problemas que hay y se sumerge en la tensión de amor odio. Hablo de escritores urbanos, aunque es difícil imaginar ya escritores que sólo hablen del campo. Es un libro de fragmentos. Sobre todo, no quería que fuese una guía de la ciudad. Se trataba de hacer una cosa subjetiva que empezara en cualquier lugar, sin estructura (a diferencia del cuento o la novela). No ficción, pero en la frontera del relato.
P. Lamenta usted la pérdida de la memoria de las ciudades.
R. Eso es algo que me da mucha rabia. En las ciudades europeas, en algunos pueblos, me tranquiliza y alivia ver las marcas de la historia. Se recuerda donde vivió alguien, donde alguien fue fusilado. El exponente máximo es Berlín, donde hay tanta memoria que hay quien dice que es un exceso. A mí me parece maravilloso. Una de las cosas que más me desconcertaban de España era el silencio. El silencio sobre la guerra civil y lo que vino después. No me gustó la transición porque esperaba que hubiera libertad para hablar, que se juzgara a la gente. No ocurrió. Había miedo y el miedo se convirtió en pasividad. Creo que muchos males vienen de ahí. Me chocaba mucho en los Balcanes que todo el mundo me hablara de la guerra civil española, incluso gente joven. Tenían conciencia de la historia de Europa. En otros países también. Vi una vez un documental holandés sobre la segunda guerra mundial que se titulaba Dos minutos de silencio. La autora entrevistaba a personajes con historias diversas, de ambos bandos, y terminaba con dos minutos de silencio. Yo pensé que ese tiempo de silencio que nosotros nunca hacemos aumenta nuestra ignorancia. Todas las ciudades se mercantilizan, pero conservan las marcas y aquí no. En lo que fue el Campo de la bota, donde tanta gente fue fusilada en la posguerra, se tendría que haber hecho un memorial. Se hizo el Fórum y se dejó sólo un pequeño recuerdo. Como si no hubiera pasado nada. Barcelona vive como si no hubiera habido anarquismo, como si no hubiera habido luchas sociales. El mismo silencio de la posguerra. Por eso me alivia ir a otras ciudades y ver que su memoria coexiste con el presente, incluidos los comercios. Es digno y mentalmente saludable. Aquí nos hemos acostumbrado a no hablar de lo importante, de modo que sólo se habla de tonterías y acaba dominando la banalidad. Creo que es por la memoria, por la falta de memoria. Álvaro Delarica decía que la expulsión de los judíos ha hecho que nos quedemos sin el pensamiento analítico que se da en otras partes. Tenemos esa especie de banalidad que, en el fondo, es el miedo heredado a través de generaciones.
P. Usted es de Figueres, punto de partida de una ruta de la memoria que va desde el Museo del Exilio (La Jonquera) a la tumba de Walter Benjamin (Portbou), y la de Machado (Colliure).
R. El Museo del Exilio es una maravilla. Estuve allí y fue muy emocionante. Claro, cuando yo vivía en Figueres no sabía nada del exilio. Creo que en Figueres son muy conscientes de lo que fue el exilio. Y eso que el alcalde es de CiU, pero debe de ser algo personal y apoya al museo de La Jonquera. Lo de Portbou con Benjamin es muy triste. Si estuviera en Francia, en Alemania, sería casi un lugar de peregrinación. En la que fuera pensión donde murió Benjamin no hay ni siquiera una placa. El memorial es muy pobre y la foto de Benjamin era del mismo tamaño que la del director. Terrible. Bueno es muy bonito el monumento de Dani Karavan junto al cementerio, pero como no se ha podido construir un gran museo que querían encargarle a Foster, creo, pues entonces nada: la falta de memoria.
P. Su evocación de Barcelona confronta lo que fue con la esperanza defraudada.
R. Hay quien ha visto nostalgia en esas postales. Yo sólo siento nostalgia de la juventud perdida, de lo que esperaba, de los sueños de los setenta, cuando pensábamos cómo sería la democracia: soñábamos con apropiarnos de la ciudad, con disponer de espacios públicos sin que la policía nos molestase... Y durante un tiempo parecía que lo conseguiríamos, luego se estropeó. Yo vivo en el presente, pero el pasado lo habita. Eso es lo dramático, porque sin el peso del pasado, el presente tendría una significación muy pura. Hay esos movimientos esotéricos que te dicen “vive el momento”. ¿Que significa? Es imposible vivir sólo el momento porque la visión de algo te transporta a otros tiempos y lugares. El pasado está siempre ahí, lo que ocurre es que cuando éramos jóvenes no nos dábamos cuenta.
P. Su paseo por la ciudad le hace darse cuenta de cómo el turista acaba con el viajero.
R. Viajar se ha hecho muy difícil. Cierto, todo el mundo viaja hoy, pero es distinto. Yo sólo viajo cuando tengo algo que hacer, de modo que pueda entrar en la realidad de lo que visito, nada de hacer el turista, el mirón. Mirar está bien, pero no se mira de la misma manera cuando estás de paso que cuando convives con la gente: viendo como compra o trabaja. Luego está que vayas a hacer un trabajo, dar una conferencia, hacer algo que te da un ángulo para la mirada. Barcelona tiene mucho turismo, gente que la visita durante siete días y se va maravillada sin haberse enterado de nada. El hecho es que los turistas se han convertido en una plaga. No se ha buscado un turismo cultural de calidad, se ha ido a lo reventado y el resultado es que hay zonas vetadas a los barceloneses. Hay sitios que ni te quieren si no eres turista dispuesto a consumir sangría y paella. Lo que ha pasado con la Rambla es muy triste. Es como un circo y lo último ha sido cambiar los kioscos de animales por unas casetas horrorosas como de feria de pueblo. Cortan plátanos de vez en cuando. Como no los quieren cuidar, esperan a que se pongan enfermos y los cortan. Es un paseo maravilloso y es tristísimo cómo ha quedado.
P. Uno de sus libros, La plaza del azufaifo, sale de la batalla ciudadana para evitar la muerte de un árbol a manos de una inmobiliaria. Entonces hubo quien criticó tanto esfuerzo por sólo un árbol.
R. Lo pequeño no excluye lo grande. Cuando yo defendía el azufaifo, mucha gente me decía que no era un asunto importante. Pero esa gente ¿estaba en Darfur? Hay que defender también lo próximo. Defender los árboles, la conservación de la ciudad, aunque sea algo pequeño comparado con las transformaciones sociales, no hay que dejarlo. Porque, al final, uno no hace nada. Hay que tener conciencia de los derechos. En otras ciudades, la hay. Recuerdo en París, una amiga llamó al ayuntamiento para quejarse del ruido excesivo de una obra. Y pararon la obra. Aquí te dicen que no hay límite de decibelios, que el límite es el horario. Y ni eso, porque piden un permiso y se les permite trabajar hasta en domingo. Yo me quejo. Llamo al ayuntamiento y me dicen que soy la única que se queja. Me ha sucedido montones de veces. La gente está muy acostumbrada a callar, a resignarse ante todo. Se quejan en privado. Yo creo que hay que ejercer los derechos cívicos, aunque sea sólo por salud mental. No podemos dejarnos maltratar. Al lado de mi casa han destruido una plaza maravillosa para hacer un metro que luego no han hecho. Si no hubiera protestado me sentiría aún peor de lo que me siento ahora que la evito porque me duele. Nos queda la resistencia: luchar por cosas pequeñas, firmar llamamientos, manifestarse contra todo lo que se considere injusto.
Isabel Núñez nació en Figueres (Girona) en 1957 y se trasladó a Barcelona con 5 años. Empezó a escribir muy pronto y, como no publicaba, lo compensaba escribiendo muchas cartas y postales a los amigos. Algo de ese estilo epistolar reaparece en Postales de Barcelona. Estudió Ciencias de la Educación, pero apenas terminar supo que no iba a dedicarse a ello. Realizó diversos trabajos editoriales, crítica literaria y traducciones. Hasta que empezó a publicar sus propios libros. El primero, Crucigrama, luego Algunos hombres y otras mujeres, ambos de relatos. Más tarde llegó La plaza del azufaifo, dedicado a narrar a lucha ciudadana para salvar un árbol amenazado. Asegura que la ciudad “perdida, arrebatada, imaginada, ha estado siempre” en sus relatos. En medio Si un árbol cae, sobre la guerra de los Balcanes. En todos ellos hay una constante: la reivindicación de la memoria personal y colectiva.

martes, 12 de junio de 2012

El cielo


Foto: I.N. El cielo, ahora, 2012
En estos días de malaise, tantas veces me encuentro simplemente mirando el cielo, escuchando cómo el mirlo canta a las cinco, mirando pasar las nubes, identificando una luz que me recuerda antiguos veranos -yo en bici por el paseo marítimo de un lugar que entonces era bonito, con una playa inmensa de arena finísima que no se podía atravesar descalza para llegar a la orilla, porque ardía-, o soñando con recobrar mi cuerpo y mi energía de antes, mi salud, leyendo, leyendo y dormitando y cogiendo el teléfono a los amigos que preguntan, ofrecen, me proponen visitas. Y me acuerdo de On Being Ill de Virginia Woolf, y su idea de que el espectáculo de la naturaleza se despliega aunque no lo miremos, o aunque sólo lo contemplen los enfermos.
Ahora leo El argumento de la obra, la correspondencia de Jaime Gil de Biedma magníficamente editada por A. Jaume, y me hace muchísima compañía y me resulta apasionante, salvo una frase que se ha quedado temblando en mi mente, una frase escrita en Manila que me dio escalofríos. Antes leí, y fue ese el libro que me permitió salir de mis miserias y volver a la lectura, Yo, ellas y el otro, de Gonzalo Suárez, que enseguida atrajo y absorbió toda mi atención, con esa combinación maravillosa de libertad total, absurdo, delirio, ritmo de thriller trepidante, melancólica ironía del fracaso y carga vital y humana que es el sello de Gonzalo Suárez. También leí El pequeño salvaje de T.C. Boyle traducido impecablemente por J.S. Cárdenas para Impedimenta (y yo, que he sido traductora de T.C. Boyle, puedo decirlo), es una versión probablemente más fiel y muchísimo más dura de la historia que inspiró aquel maravilloso Enfant sauvage de Truffaut, sólo que aquí mucho más desesperanzado y eso sí, luminosamente escrito por T.C. Boyle (transparente su mejor estilo en la versión de Cárdenas).
Acabé al fin A Russian Childhood de Sofya Kovalevskaya, que es una maravilla de libro y que había abandonado por otros hacía meses. También he leído los poemas de Perto Peña, A pesar de las mareas insistentes; hay dos clases de poemas en ese libro y una de ellas, la de los poemas realistas, mucho más sobrios, despojados y contemporáneos, me ha entusiasmado. Algunos de esos poemas vuelven a la mente como las mariposas nocturnas a la luz y ese es un indicio importante. Es un libro luminoso y merecería circular...
Los libros me consuelan y acompañan, como Rufus, que duerme junto a mí, se ovilla y desovilla, toma el fresco o el sol en la terraza y pide sus raciones de caricias y comida. No tengo fuerzas para escribir.
En los peores momentos, las interrogaciones son dolorosas, pero no todo tiene sentido. Yo sigo disciplinadamente todo lo que me dicen que haga, en la medida de lo posible.
Dice el médico que me curaré, que tenga paciencia, que iré mejorando y reforzándome. Los huesos se me clavan al echarme y hay unas horas de la noche en las que no puedo estar en ninguna postura. Tuve que anular una sesión de mi curso que me hacía mucha ilusión, pero confío en poder retomarla. Mis alumnos me escriben afectuosos y comprensivos. 
Una amiga viene a cocinar o a traerme comida, otra se ofrece a traerme pescado y cocinarlo aquí, siguiendo las instrucciones estrictas de mi dieta fortalecedora, J. es quien me cuida, se ha vuelto insustituible y nunca me olvidaré de lo que hace por mí, sería imposible no conmoverse. Hay algo, una especie de costra de cemento que cae con el dolor, una cierta humildad, es difícil definirlo, algo que rompe viejas barreras y permite comprender de una forma directa. Lo que importa resitúa y ordena todo lo demás. A. se ha ocupado de encontrarme una cama articulada, que llegará pronto. Digo que no a todas las ofertas de traducción (podría hacer reseñas, pero no traducir), y sueño con volver a la vida de antes, al cuerpo de antes, a esa felicidad de poder andar y bailar y respirar sin dolor, esa felicidad energética que siempre he tenido. No escribo más. Se está levantando un viento gris y violento. Es un esfuerzo sentarme aquí y he tenido que reunir todas mis fuerzas en este día lánguido. Ha caído el silencio, tras las grúas y los feos cánticos de junio del colegio de al lado, y otra vez, como de madrugada, se oyen los pájaros, miro las nubes, sueño.

miércoles, 6 de junio de 2012

Opiniones de una lectora de Mis postales de Barcelona


Foto: I.N., Balcón de la calle La Granja, 2011
Una lectora que ya comentó en este espacio al leer Mis postales de Barcelona, escribe ahora la segunda parte de sus impresiones al acabar el libro. Para mí es una suerte tenerla como lectora, naturalmente. Dice así:


No me gustó la reseña de Francesc Arroyo en Babelia. Entre otras cosas porque el espacio que Arroyo dedica al prólogo de Mariscal (y, en menor medida, a trazar tu semblanza) es tan desproporcionado que expulsa a Postales. No hay sitio para tu libro en su reseña, y la frase final me lleva a suponer el porqué: juraría que le ha faltado o bien el tiempo de penetrar en ese tejido significativo que Lyotard llama “espacio textual” o bien la empatía necesaria para que la lectura opere el milagro (el “Lazare veni foras” que tan ingeniosamente propuso Blanchot) y “l’œuvre devienne œuvre par-delà l’homme qui l’a produite et l’expérience qui s’y est exprimée”.
De hecho, el sábado pude por fin retomar (y terminar) Postales e iba a escribirte cuando tropecé con esa reseña, decidí no mandártela y me dejé llevar por una sensación de incomodidad que me disuadió de mandarte ningún mensaje ese día.
Me reafirmo en mi primera impresión: Postales es sinestesia pura. No sé cuántas veces he releído tu descripción del herbolario de la calle Elisabets, por ejemplo, o el crujido del ciprés que se parte bajo el peso de la nieve, o, sobre todo, el juego de ecos de todo tipo con que me restituyes el Museo de ciencias naturales (los objetos otra vez: eres una increíble escritora de bodegones, Bel; tus mejores imágenes son las de objetos y espacios). Es una de mis entradas preferidas. Y tu insistencia en que “la belleza cura” se me hace indesligable de esa maestría tuya para sugerir lo indecible asociando modalidades sensoriales hasta conseguir que cada una se haga expresión de la otra “dans une ténébreuse et profonde unité”. Toda tu descripción del viejo Sant Pau afirma esta unidad, además; hasta el punto de que resulta difícil desligar tu defensa de la medicina holística (y tu evocación de Tigridia, que “llena el aire con sus historias”) del uso constante de ese “verbe poétique accessible, un jour ou l’autre, à tous les sens” que creyó Rimbaud haber inventado. Quizás por eso me sorprende tanto que alguien considere convenientes “unos pies de foto que orientasen mejor al lector y mayor calidad en la reproducción de las imágenes”. ¡Eso sería singularizar las imágenes visibles; aislarlas del todo; como si esas imágenes fuesen disociables de las que percibimos con los otros sentidos!
 A.R.

domingo, 3 de junio de 2012

Entre los árboles


Foto: J.A., Escultura de Elena e Isabel Pan de Soraluce, 2012
Llegué a Madrid el viernes a mediodía, acompañada y protegida por J., y después de descansar un rato pude visitar la galería de Fernando Herencia, donde mis amigas Elena e Isabel Pan de Soraluce exponían sus últimas esculturas, con el título de Más madera. Todas las piezas son tan sensuales que obligan irresistiblemente a tocarlas y a diferencia de lo que suele ocurrir, ni el galerista ni las artistas (que vinieron a verme con mi amiga Lola M.), intentaban impedirlo, sino que lo comprendían. La galería está en mi barrio preferido de Madrid, enfrente del Botánico y junto a ese bonito lateral del Prado, y un poco más abajo está esa placita preciosa de inmensos magnolios y un cedro gigantesco y maravilloso. Mi condición no me permitió quedarme como me habría gustado más tiempo allí de tertulia, pero me alegré mucho de haber ido. Casualmente supe que pronto expondrá allí otro amigo, Íñigo Villalonga y ojalá esté yo en forma para volver a verlo. 
Al día siguiente logré, no sé cómo, llegar a la Feria del Libro, que era mi misión. Poco antes, un amigo me avisó de que había salido una reseña de Mis postales de Barcelona en el Babelia (no puedo poner el link), breve pero muy bien hecha, por Francesc Arroyo. Era un buen augurio. Mi malestar era considerable y mientras llegábamos tarde a la caseta, alguien que me conocía de facebook me detuvo para saludarme y le contesté bruscamente, porque literalmente no podía con mi alma. Al llegar a la caseta, mágicamente, me transformé y el malestar se desvaneció. Enseguida llegaron los editores de Atalanta, que fueron los primeros, y luego casi no paró de llegar gente, amigos, conocidos y desconocidos, algunos también ilustres, como Gonzalo Suárez y Hélène Girard; él me regaló su libro Yo, ellas y el otro, con una estupenda dedicatoria y se llevó también Mis postales de Barcelona. Una lectora a la que ya conocía del año pasado me trajo recuerdos de EVM, que firmaba su Aire de Dylan en la siguiente hilera de casetas, a la misma hora que yo. En la caseta no hacía calor pero fuera, mis generosos visitantes sudaban y se abanicaban porque la Feria se instala en el llamado "Paseo de los coches", que es el único camino de cemento del parque, y la temperatura es muy distinta que entre la tierra y los árboles. Creo que firmé más libros que nunca antes. Me mantuve agradablemente impertérrita hasta que ya sólo faltaban unos minutos y cuando salí al calor, de pronto, el efecto mágico se evaporó y la carroza de Cenicienta volvió a ser una calabaza tirada por ratones y me encontré con mis miserias. Por suerte, allí estaba J. para rescatarme y tuve que huir con él y dos amigas sin haber logrado visitar otras casetas ni haber saludado a EVM como pensaba.
Ha sido un viaje extraño porque yo me sentía fragilizada y dolorida y porque tantas noches sin sueño y tanta imposibilidad de reponer fuerzas transforman a cualquier ser humano en otra cosa indefinible, fantasmal, exhausta. No habría podido hacerlo sin escolta. Y me he alegrado de ver a mis amigos y de su gesto generoso atravesando la ardiente Feria para encontrarme. 
A la feria también me trajeron un libro de poemas de Perto Peña, con otra estupenda dedicatoria. Estos días leía dos libros deliciosos, Ante la pintura de Robert Walser y Verde agua, de Marisa Madieri. Cuando mi malestar me deja concentrarme. Ojalá me disculpen mis lectores por este crucigrama sin inspiración. He pensado tanto en el dolor estos días y noches. He soñado tanto con recobrar mi antigua forma... A veces es inevitable preguntarse por qué o pensar que es injusto que precisamente ahora... Como si hubiera un sentido o una justicia, ni siquiera poética. Como si los responsables de masacres o de esta crisis enfermaran y se retorcieran de este o algún otro dolor sin poder encontrar alivio. Es difícil no desesperar y sentir que el propio umbral de resistencia está cerca. No sé de dónde sale luego esa pequeña energía que me permite aunque sea ponerme en pie o que me permitió estar tan bien en la Feria del Retiro. Y al mismo tiempo es inevitable no dejarse conmover por quienes intentan siempre cuidarme y estar cerca.
En el tren de vuelta, casi detrás de nosotros en diagonal se sentaba un escritor muy feo autor de best-séllers. J. bromeó sobre el significado de esa coincidencia mientras los paisajes extraños de ese trayecto iban corriendo por las ventanas y empezaba al fin a llover en alguna parte. Una vez aquí, lejos de aquellos árboles, de vuelta a casa, sólo cuento horas y días para los tratamientos con los que a partir de ahora intentaré mejorar mi condición. Rufus se ha alegrado mucho de verme. El silencio sería maravilloso, pero alguien ha dejado a un pobre perro encerrado en un balcón y el animal no para de ladrar. Habría que encerrar a quienes le encierran en el mismo lugar (liberando al perro). Y espero a que llueva en todos los sentidos. También al volver, he descubierto que mi buganvilla roja, que creía fracasada, ha empezado a florecer. Rojas y naranjas son mucho más difíciles que las omnipresentes buganvillas fucsia, y sólo en Canarias las he visto medrar espectacularmente en muros inmensos. Es gracioso que mi buganvilla roja se haya animado ahora que tengo tan abandonado todo, terraza y casa... Ojalá sean también un buen augurio esas flores rojas que han brotado inesperadamente y yo también, como ellas, pueda resurgir y recobrar lo perdido.

jueves, 31 de mayo de 2012

Feria del Libro de Madrid



Foto: Fernando Gaona, Retrato doméstico, 2012



Si todo va bien, estaré firmando el sábado 2 de junio, 
Caseta 207, Librería La Central
de 12 a 14h, 
En La Central aparece ya en undécimo puesto de los más vendidos de ficción en castellano.
Si están por Madrid, lectores invisibles, mi caseta es de sombra... La entrada mejor al Retiro es la de Menéndez y Pelayo...


lunes, 28 de mayo de 2012

Una lectora

Foto: I.N. Planta epifita en un balcón, 2011


Que fue mi mejor amiga en el colegio y que reapareció hace poco, en una ciudad del Sur, me escribe sobre Mis postales de Barcelona

Por fin llegaron tus Postales. Esta mañana he vuelto de un congreso fuera y me las he encontrado ahí, encima de mi mesa, esperando a que les hincase el diente. He empezado a leerlas inmediatamente, sabiendo que tendría que dejarlas a mediodía porque he de preparar mi intervención de mañana ante la asamblea de estudiantes en paro académico (¡15 días de paro convocado por ellos contra el wertazo!).
Te escribo, pues, a mitad de lectura. Pensaba esperar a terminarlo, pero tengo ganas de decirte ya cómo he disfrutado de esa habilidad tan tuya de conjugar los elementos más inesperados para construir un mundo en un plis-plas. Dice mi denostado Vargas Llosa (cuya pluma ha resistido a una evolución personal a mi juicio odiosa) que saber escribir ficción es saber llevar al lector “a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras”, liberarlo de “la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil”. Está claro que tú sabes crear esa ilusión.
Me están gustando especialmente las descripciones de espacios, sobre todo cuando bullen de objetos (“los objetos retienen la magia de lo sentido”, sí, y la evocación que haces de ellos transmite esa magia) o de personas, o cuando lo humano se mezcla y se confunde de alguna manera con lo no humano: “Populart”, “Nausica”, “Hay balcones”... Me parece que es ahí -en el tratamiento de lo no humano o de lo humano mezclado con lo no humano- donde tus asociaciones son más fulgurantes y tus imágenes tienen mayor carga evocativa.  A veces, me haces pensar en la magia de las enumeraciones surrealistas, aunque tus descripciones no tengan nada de surrealistas y recuerden más bien las pinceladas de un impresionismo condensado y “austerizado”.
¡Qué placer con “El viejo Zeleste”! El ritmo de tus frases me recuerda el del piano de Tete Montoliu, tanto en el sentido sonoro como en cuanto a la sucesión de imágenes. Consigues reproducir la densidad de ese flujo de impresiones restallantes, que se hacían puntualmente ligeras sólo para hacer más perceptible la gravedad que seguía. Fantástica la evocación que has logrado con esa maniobra de prestidigitación sinestésica. ¡Me ha hecho aterrizar en pleno local desde una distancia de 40 años! Y luego esa ola de rabia y de nostalgia llevándose en un abrir y cerrar de ojos (“la forme d'une ville / Change plus vite, hélas! que le coeur d'un mortel”) toda esa arquitectura de luces, acordes, pócimas, humo y objetos disparatados que habías construido. Me muero de ganas de pasárselo a mi hijo barcelonés, que está infectado por la misma rabia aun sin haber podido conocer ni el Zeleste ni la Barcelona en que encajaba.
“El barranco” me ha emocionado. Ha sido un viaje de vuelta al curso 1967-1968, la única época de mi vida en la que he tratado de llevar un diario. De hecho, allí está el episodio, quizás hasta con foto incluida.
Ah, sobre tu nota nº 3. Según Corominas, “el catalán camosa o camosina” corresponde al castellano camuesa, “variedad de manzana, caracterizada por su gusto dulce y aromático, carente de acidez”, y la camuesa tiene una larga tradición en la poesía española.
Para Lope era, como para tu vecina Helena, una piel dorada con reflejos encarnados:
La roja y aurea hespérida camuesa 
en un principio del dragón guardaba
 (Jerusalén conquistada, libro XVI)
(Álvaro Cunqueiro cita estos versos en su Cocina gallega).
Para Góngora, en cambio, la piel de la camuesa es amarilla como la de la “manzana golden”. Tu vecina no podía imaginarse esto:
la opilada
 camuesa, que el color pierde amarillo
 en tomando el acero del cuchillo.
Vuelvo a escribirte cuando pueda retomar las postales.
Un beso.
A.R.

sábado, 26 de mayo de 2012

Días difíciles

Foto: I.N., Autorretrato como
Unos buenos amigos me invitaron a pasar el fin de semana a una casa preciosa en Cadaqués, por encima de una preciosa cala, donde todas las mañanas se bañan antes de que nadie aparezca en un mar solitario y brillante que parece recién formado de manantiales purísimos. Se ofrecían a cuidarme y me tentaba el recuerdo de ese lugar radiante y aún salvaje, pero tuve que decir que no, porque mi malestar me vuelve huidiza y sólo quisiera esconderme con Rufus. La Belle Elaine me propuso su campo, con el argumento de que es plano y no abrupto como Cadaqués, más adecuado para mi baja forma, según su lógica, pero también dije que no, por la misma razón. Y Anne me invitó a una cena informal, pero también tuve que rehusar, aunque me gustaba imaginarme encontrándome bien y tomando deliciosas aceitunas francesas entre aquellos bonitos balcones y acompañados de libros chinos.
Pasé una mala noche. A las tres, desesperada, fui a sentarme al sofá de la sala. Rufus, que estaba enfrente, me vio enseguida, se instaló muy pegado a mí y con la vibración de su ronroneo acabé por dormirme. Lo difícil era volver a mi cama. A las ocho estaba de nuevo en pie, en plena crisis, y alguna de las llamadas de mantenimiento me pilló in fraganti. Luego recobré la paciencia, me propuse un plan de acción para la semana siguiente, la homeópata me mandó un nuevo medicamento para mañana, me instalé en la esterilla de yoga a hacer algunos ejercicios y Rufus vino enseguida a mi lado. He salido a la calle dos veces, vacilante, envidiando a la gente que corre, que anda deprisa, que se ríe saludablemente. He visto en Arte una buceadora que investigaba los efectos de la brutal contaminación sonora en las ballenas y me parecía tan lejano poder nadar y agitar los pies en el agua. Cuando estamos sanos no nos damos cuenta de la suerte inmensa de poder hacer todas esas cosas, de respirar sin que nada duela, de moverse y bailar. Una tarde alguien me mandó una canción maravillosa y bailé un poco con mi dolor, de forma casi imposible.
He bajado a tirar la basura, muy despacio. Había un hombre con mochila rebuscando en los contenedores. Cuántos más habrá si siguen con la misma política de robo a gran escala (Bankia), corrupción completa, agujeros y paraísos fiscales, impunidad absoluta y recortes salvajes sobre todo lo necesario y social. Intento ver todo eso desde la distancia, para no dejar que me haga daño, porque ahora tengo que economizar energías.
Los amigos me llaman y mandan mensajes para saber cómo estoy o para proponerme planes que me gustarían si yo estuviera en mi self de siempre. 
A veces siento que me voy reduciendo como el germánico Gaspar de la sopa (que en la versión inglesa se llama Augustus). Por cierto que el otro día les hablé a mis alumnos de Der Stuwwelpeter, vía Adorno y Benjamin, y tengo que mandarles el link de esos cuentos de terror decimonónico que resumen una extraña y violenta idea de la educación por el miedo. A mí también podrían habérmelos contado en mi infancia, habrían sido coherentes, pero preferían la acción directa. He intentado también ver todo aquello autrement, como una parte de mi proceso de cambio. Procuro tener paciencia, hacer mis ejercicios, buscar la manera de curarme, pero el agotamiento me arrastra a veces. A las cuatro me he dormido veinte minutos justos, en el sofá, y me ha despertado una niña lejana que cantaba ociosamente una canción inventada olalayaolalaya oh oh...
Parece que La plaza del azufaifo se va a publicar en francés, aunque de momento sólo en versión digital. La place au jujubier. Traducido por Mélanie Gros-Balthazard.
Ayer estuve leyendo para el curso del martes, completamente arrebatada (lo contaré después de la clase del martes), pero luego empezó a intensificarse tanto el malestar que aún no he podido pasar mis notas. Mañana. Me recuerdo a Katherine Mansfield, con todos aquellos cuentos que se agolpaban en su mente y ella posponía al día siguiente por su cansancio y su debilidad física. Ella llegó a un estoicismo casi místico que yo no sabría compartir... pero algo en mí está cambiando también en mi interior; sería imposible que no fuera así. Dicen que las enfermedades son una oportunidad para cambiar y si así fuera, la clave sería esa carrera contrarreloj para llegar a tiempo.
También pienso en Salvat Papasseit, en la cama, imaginando todo el mundo cotidiano que se pierde (Ara que estic al llit, malalt / estic força content). Todos los días, al oscurecer, me sube una pequeña fiebre, muy pequeña, tal vez un resorte de mi cuerpo, una hipertermia natural, para curarme.
De todas formas es maravilloso el silencio que me envuelve en la ciudad vacía (ahora lo ha roto un perro) y el sol de las mañanas en la hamaca. De haber tenido fuerzas habría ido a por otra hamaca, para poder aprovechar las horas del sol de la tarde, que dan al otro extremo de la casa. Tal vez pronto me recupere, aunque sea un poco. Tal vez vaya mejorando ligeramente con los días que pasen. Tal vez... Continuaré mañana.

domingo, 20 de mayo de 2012

El viento


Foto: I.N., Regalo del gato de Cheshire, que fue mi huésped unos días, 2012
Ha puesto en danza silenciosa a los cipreses de la casa de enfrente. Ha llovido con furia, como en el cuento de Somerset Maugham, pero sólo un momento. He salido a comer con P.R. al Floral Café, y me ha hecho una minientrevista, pero con las preguntas atinadas y precisas que algunas entrevistas más largas no tienen. Por el camino de vuelta nos hemos encontrado a G., que estaba radiante con esa luz extraña de las nubes negras. Mi nuevo malaise -que se originó el viernes, en la tensión y el encuentro del pasado más insidioso- persiste, pero procuro no preocuparme y pensar en su significado simbólico, de esos lazos que tienen que sustituirse, de ese viejo cordón con mi infancia oscura y luminosa al mismo tiempo. P.R. ha vuelto a su novela y se ha sumergido en esa fase feliz en que uno sólo quiere estar allí y todo le suscita nuevas ideas que utilizar en esa mezcla, en cualquier punta de ese tapiz. Yo también descubrí una idea ayer, hablando con la misteriosa Dear Prudence, que debería rescatar para mi novela, uno de esos fogonazos, un pequeño fulgor. 
Fui a ver Un amour de jeunesse y no me gustó tanto como a los dos amigos que venían conmigo. No tenía la ironía ni la capacidad de síntesis ni el ritmo de Rohmer, que ha hablado mucho mejor de esas cosas. Es cierto que los dos personajes estaban bien construidos y que era bonita de ver, con esos silencios de viento del Ardeche y las bajadas al Loire y las escenas hiladas sin rematar. Pero a mí me irritó por algo personal, porque me impacientan un poco esas obcecaciones amorosas de vivir solo a través del otro, de obstinarse en alguien que no puede ser, de sentir que el mundo sólo vale la pena a través de alguien que no quiere estar ahí y se aleja. Me cuesta entenderlo y recordé cómo me dolió ver sufrir a alguien cercano por una razón parecida, sin querer ver que tenía en él todos los recursos y los talentos, desvalorizándose y exponiéndose absurdamente al sufrimiento, a la contemplación casi escatológica, casi pornográfica de la traición en directo. Le dije que fuese a verla, pero no sé si lo hará.
He vuelto a Shakespeare, por una extraña propuesta para octubre, que implicaba elegir a un personaje femenino (pero no me dejaron elegir a Ophelia ni a Gertrude) y después de considerar a Cordelia del Rey Lear, decidí escoger a Desdémona (con su Sancho Panza, esa interesante y pragmática pero también engañada Emilia, ¿pero quién no se engaña en Othello? Shakespeare sabía pescar en una novelita o una pieza mediocre y convertirla en algo grande, distorsionando, reinventando, equilibrando y dejando entrar la profundidad, las complejidades, los juegos de poder y la belleza.
Vuelve a llover, lo que me convierte una vez más en Isabel viendo llover en Macondo, esta vez con fondo de Dear Prudence. Y su frase que anoté para no olvidar.
Rufus sigue durmiendo, despertándose de vez en cuando para sus abluciones. Esta mañana ha venido a despertarme tan cerca que le veía borroso y oía su vibración como la estela de un mantra.
Me gustaría estar escribiendo ya otro libro, pero sólo puedo hacer tentativas de abordaje de una historia que no sé si de verdad deseo contar, y sólo probando puedo averiguarlo. Cómo añoro esa otra fase siguiente, una vez dentro... Si veo que tardo, tal vez me ponga a escribir un viejo cuento que se me quedó pendiente. No sé por qué necesito esos tiempos muertos para que se vaya cociendo algo por dentro o para hacer el trabajo del duelo del libro anterior, o para despedirme de una novela que aún no ha salido al encuentro de los lectores, pero saldrá pronto.
Aún no he acabado la infancia rusa de Sofya Kovalevskaya ni tampoco la Anthropologie de la douleur porque a veces quiero olvidar el dolor y viajar a otra parte, al menos hasta que acabe el dolor físico. Tengo que ponerme ya con los libros de mi siguiente clase sobre Correspondencias. ¡Qué fiesta fue la clase sobre Adorno y Benjamin! Yo iba dubitativa porque no había puesto en orden mis notas, pero el talento maravilloso de mis dos protagonistas dio la clase por mí y de qué manera. No me di cuenta del tiempo y la clase pasó las dos horas. Y es que los alumnos son inspiradores.
Alguien me ha dicho que en Altaïr han puesto Mis postales de Barcelona en un lugar destacado. También en Laie la incluyeron en un escaparate de libros recomendados. Me alegró mucho la recomendación de Màrius Serra en su Lecturàlia. En La Central queda preciosa en esa mesa de novedades junto a la escalera. Si todo va bien, el sábado 2 de junio estaré en la CASETA 207 de la Feria del Libro de Madrid de 12 a 14h firmando ejemplares para quienes quieran venir. Ya lo saben, lectores silenciosos madrileños o gente de paso. Por la tarde haré un trayecto desconocido para ver a Dear Prudence y el día antes iré a ver la exposición de mis amigas Isabel y Elena Pan de Soraluce en la galería Fernando Herencia y espero poder conversar con unos cuantos de mis amigos de allí.
Me escribieron indirectamente unas lectoras para interrogarme sobre un libro maravilloso que traduje y sus preguntas me hicieron pensar que hay gente que lee extrañamente: parece que quisieran entenderlo todo de una forma masticable, saber qué pensaba exactamente el autor cuando escribió cada palabra, pero yo no imagino una literatura sin enigmas ni misterio. Como si la belleza no estuviera justamente en esos interrogantes, en esos enigmas, en esos finales abiertos, en las zonas de sombra del propio autor, que logró ser popular en un país donde la gente sí acepta los misterios y las paradojas, o donde saben que lo poético puede tener una función decisiva en lo literario. Si no, ¿qué sería Quanta, quanta guerra de Mercè Rodoreda, por ejemplo, o incluso El carrer de les Camèlies? Sin ese ingrediente poético y surreal, esos libros no serían lo que son. Esas lectoras no apreciarían la magia fragmentaria y minúscula del universo benjaminiano, esa Infancia en Berlín, por ejemplo, esas bolas de cristal con ciudades donde nieva al agitarlas, Rosebud, que según Adorno tanto gustaban a Walter Benjamin.
Pienso en curarme contra el miedo ajeno y las sentencias médicas, pienso en esos momentos de dolor como en un proceso, pienso en los sueños más oscuros que tendrán que quedar atrás. Tout cela sera balayé, escribió Gide.
Ha salido el sol y el cielo se ve completamente azul, casi Mondrian, o Matisse. No he contado aquí (¿o tal vez sí?) que G. y yo asistimos a un concierto libre, experimental y maravilloso de nuestro mirlo. Se había apostado en un lugar invisible, bien alto, y convertía el patio de la cocina en un bosque oriental.

martes, 15 de mayo de 2012

Lectores y pájaros


Foto: I.N. El barranco, 2012
Es difícil imaginar lo que sería la escritura sin el feed-back de los lectores. Y por otra parte, qué desconcertante es comprobar a veces la forma tan distinta de leer, esa idea de Proust de que cada uno lee un libro distinto, puesto que pone la lupa (les verres grossissants de l'opticien de Combray) en un lugar distinto, por su pura historia y subjetividad, y no presta atención a lo demás. Cuando publiqué mi primer libro de relatos, Crucigrama, una lectora-editora me dijo que se había destornillado de risa con ellos y que había descubierto mi sentido del humor, mientras que mi vecino escritor me dijo que le habían parecido bien escritos pero tremendamente pesimistas y tan sombríos que no podía con ellos. Un escritor me dijo que eran robinsonianos y otro que la frase final del primer cuento encerraba una maravillosa parodia de Shakespeare mientras que para otro esa misma frase era una herejía. Fueron mis primeros descubrimientos sobre los lectores. No siempre los críticos son los mejores lectores, puesto que ellos también son subjetivos y a veces nos leen con poca atención o bien se despiertan en ellos ecos furiosos o bien nos comprenden incluso mejor que nosotros (aunque eso ocurre más con otros escritores que nos leen autrement) y eso es una rara felicidad difícil de explicar.
Pero hay comentarios de lectores que producen la misma rara felicidad: sentirse entendido y dicho con otras palabras es algo especial. Hoy me ha llegado uno de esos, inesperado, de una lectora avezada que tiene dos cipreses majestuosos en su jardín, tenazmente defendidos en medio de un patio de manzana donde han ido destruyendo uno a uno casi todos los jardincitos de las casas. Gracias a esos cipreses suyos, yo veo y oigo mirlos y contemplo urracas y algunas tardes y mañanas, cuando cesa el estruendo de las obras, el aire se convierte mágicamente en un bosque, a pesar de la extensión del cemento. Por esa razón y por la nieve que cayó y que le quebró una rama, ese ciprés está en mi libro, Mis postales de Barcelona. Su comentario dice así:
Hola Isabel:
He terminado tu libro -último- este fin de semana; la verdad es que lo he empezado y terminado en un día. Me ha gustado una enormidad. Ya que además de estar repleto de lugares conocidos, admirados y destrozados, transmite un amor incondicional a la ciudad perdida, y sin embargo deja lugar a un miedo esperanzado. Soy más pesimista que tú con respecto al ayuntamiento de esta ciudad, mi pesimismo es "unamuniano" con respecto a todo lo español y particularmente en lo referente a ese espíritu "arboricida" de esa corporación. No paro nunca de exclamarme ante tanta falta de árbol en Barcelona y al desprecio que sienten por ellos. La comparo a otras ciudades y siento desazón. Ayer, ayer por ayer, en Muntaner ante la pastelería pasaban dos señoras quejándose de que los árboles atraían a las moscas y ...¡se quejaban con odio haciendo aspavientos y ahuyentándolas! Esa es y será Barcelona. Un beso. Un libro magnifico, desde mi punto de vista de usuaria de los libros, tu mejor libro, no solo por el tema, sino por su construcción y su profundidad. En cuanto a la edad y los agravios que los años nos infligen, cuando te veo sigo pensando que eres una de las mujeres más bellas que he conocido.
Un beso.
Lola M.
Mientras, estas horas son la antesala de una visita médica que me preocupa (mis experiencias con los médicos han sido en los últimos tiempos exclusivamente material de pesadillas), y aprovecho el paréntesis de silencio y pájaros del après-midi, antes de que llegue el momento de irme.
He seguido leyendo a Adorno y a Benjamin y también, en algún descanso, a Sofya Kovalevskaya y los poemas de Wallace Stevens. Qué suerte de lecturas. Estos días ha estado invitado en mi casa un editor amigo de los gatos y hoy se ha llevado el primer capítulo de mi novela aún inédita y me ha mandado un mensaje donde decía que le había parecido "estremecedor" y que quería seguir leyendo. La noche del sábado, en su honor y en un gesto de gran osadía por mi parte considerando mi estado convaleciente, invité a algunos amigos a cenar. Todos trajeron cosas buenísimas y la conversación fue animada y bulliciosa y se fue alargando hasta bien entrada la madrugada. Ayer yo estaba completamente exhausta. Suerte que algo mágico sucede en la noche que nos recupera con el sueño. Aunque en mi sueño de esta mañana navegaba por un mar brillante y transparente, pero estaba lleno de detritos que la gente había arrojado y mi desolación era tan grande como mi sorpresa. Todavía mis sueños están llenos de la carga de lo vivido en estas semanas anteriores y que el malestar físico impide borrar del todo...
El mirlo viene a verme de forma desordenada. Hemos mantenido conversaciones de cerca y de lejos.
Ha pasado un día. Se ha marchado mi huésped de los últimos días con su sonrisa del gato de Cheshire y me ha dejado unas piedras maravillosas y una lámina de un mirlo solitario que parece sonreír con expresión ligeramente burlona. Un helicóptero policial interrumpe el silencio de esta hora luminosa con un zumbido insistente y pesado. Lo he examinado con prismáticos y sí, era negro, siniestro y policial: Pagado por nosotros contra nosotros. Rufus duerme. Fue duro volver a ese mundo estrecho en el que la enfermedad y la salud son vistos de un modo tan fragmentario y sin esperanza, a pesar de que esta vez mi interlocutor era amable, humanista, inteligente y más abierto que el resto de sus colegas. A propósito de la homeopatía dijo que los médicos deberían ser más liberales y abiertos porque lo que no está demostrado hoy puede estarlo mañana y quiso saber cuáles eran los medicamentos homeopáticos que yo tomaba. Y una frase suya posterior, con su sonrisa astuta, me hizo sentir autorizada para seguir mi camino. Y pese a todo me quedé agotada.
Esta mañana mi sueño, en una montaña y unos prados, éramos un grupo de gente y de pronto, uno, sin querer, intentaba apartar el rifle de otro y le descerrajaba varios tiros y luego, furioso, mataba al encargado de la piscina. Antes, un hermano mío (yo no tengo hermanos hombres) se había emparejado con nuestra tía maltratadora y había huido con ella, pese a la oposición del entorno. Y alguien me preguntaba luego: "Y tú, ¿cómo te salvaste de los tiros?" Y yo le contestaba y me veía escenificándolo: "Di un salto mortal y me arrojé a los arbustos".
Voy a mi curso de Correspondencias de hoy con las notas desordenadas, confiando en la intuición de última hora (lo que te venga en el camino, como decía WB) y mi resistencia, en la magia poderosa de Adorno y Benjamin y en mis inteligentes alumnos.
Y aquí pueden escuchar a Màrius Serra sobre Mis postales de Barcelona, en su Lecturàlia (Catalunya Ràdio) y en buena compañía dickensiana.

sábado, 5 de mayo de 2012

Au rebours

Foto: I.N., Formaciones de nubes junto al mar, 2012
Qué difícil resulta a veces llevar la contraria, pensar distinto, cuestionar las cosas, oponerse en lugar de someterse... Qué respuesta tan agresiva y amenazante puede producir en otros, que se sienten cuestionados o que proyectan su propio miedo presionando... Parecería más cómodo no ir a contrapelo, dejarse llevar, y sin embargo, yo no podría hacer lo contrario a lo que siento que debo hacer, lo contrario a lo que creo, lo que no encaja con mi sentido común o mi sentido íntimo, con el mapa que me he hecho de mi cuerpo y mis emociones. Y qué alivio encontrar a los que piensan como yo, a los que comprenden, a los que ofrecen explicaciones para mí plausibles, por muy extravagantes que puedan parecer a los del pensamiento único. Estuve leyendo un texto que me pasó G. de antropología del dolor que explicaba muchas de las cosas que yo he sentido y vivido e intentado en vano explicar a quien no podía entenderme en estas semanas atrás.
Empecé a leer A Russian Childhood de Sofya Kovalevskaya, esa fascinante matemática rusa del siglo XIX, que además fue escritora y que inspiró uno de los mejores relatos de Alice Munro, Too Much Happiness. Entre medio leía un libro de respiración de chakras y uno de otras formas de abordar la medicina y la salud. Y descansaba, con mi enfermero Rufus, que seguía ronroneando a mi lado o poniéndome las patitas blancas en la frente, en ese extraño ritual de gato conectado con lo invisible. He visto unos cielos asombrosos y preciosas formaciones de nubes blancas sobre azul, y he empezado a andar, incluso me he atrevido a coger un autobús.
En el sofá, volvía a esa infancia rusa de una matemática talentosa que tuvo que luchar contra universidades que no permitían estudiar a las mujeres, aunque todos los profesores querían darle clases y discutir con ella sus trabajos. Colega de Poincaré y de otros matemáticos ilustres, resolvió problemas   e hizo aportaciones originales y recibió premios pese a los prejuicios de su tiempo. Suecia le ofreció  la primera plaza de profesora en la Universidad que se concedía internacionalmente a una mujer. Fue la reina de la traducció quien me recomendó esta autobiografía tras la lectura de ese cuento maravilloso de Alice Munro que es "Too Much Happiness", y como sospechaba, encontré en la infancia rusa de Sofya algo doloroso que conocí demasiado bien en la mía, fronteriza.
Hace unos días tuve una experiencia durísima que me devolvió, por su violencia sin razón, inmediatamente a mi infancia, a aquel ¿por qué? que me acosaba entonces. Pasé unos días extraños: mi casa era como la casa de la familia Monster: aquí llovía mientras fuera hacía sol. Fue un indicio muy claro de lo que estaba pasando y a la larga tal vez fuese una lluvia salada liberadora.
Y justo en ese punto qué felicidad leer el artículo de EVM en El País sobre Mis postales de Barcelona, que mi libro estuviera cerca de mi adorada Emily D.,  gracias al caprichoso azar de las lecturas y a los hilos de la escritura de EVM. Mis amigos empezaron a felicitarme cuando yo no había visto nada, aunque había tenido una prefiguración momentánea justo antes, y luego no encontraba la página mientras llegaban más mensajes, entre ellos algunos franceses, admiradores de EVM. Otra vez bailé metafóricamente, como apuntaba un coreógrafo que admiro y que sabe leer los gestos en cadencias secretas y danzantes, autrement. Como la alegría de ver a mi gato manchado en la portada del suplemento Cultura/s de La Vanguardia y mis postales en el interior.
Me han escrito y llamado muchos lectores de Mis postales de Barcelona, que al parecer despierta inmediatamente en cada uno una polvareda de recuerdos propios de la ciudad escamoteada, perdida, transformada.
Y luego he vuelto a esos misterios del dolor sin codificar, a la quietud de la espera, al desconcierto y a la gozosa lectura para preparar mi curso siguiente, que continuaré estos días. Qué conciliación inmediata con la materia de la que quiero hablar. Son días de conversaciones telefónicas, reposo y pillow talk, en los que la presencia de Rufus sigue siendo vital. Mi malaise me impidió ir al campo, pero he ido a comer a la orilla del mar, y abstraída, me he dedicado a escuchar. Hacía mucho viento y el cielo seguía lleno de esas maravillosas, baudelairianas formaciones de nubes (¿O acaso era Adorno? "Hombre con los pies en el suelo u hombre con la cabeza en las nubes, ésa es la alternativa.")
Hace muy poco una mujer experta tiró hábilmente de un hilo de la madeja significante del proceso desencadenado en mi cuerpo y ahora me veo comprometida conmigo misma a continuar mis tentativas para poner en circulación la novela de mi infancia, que había dejado oculta, casi abandonada, en alguna especie de cómodo y oscuro limbo, como si no me fuese la vida en ello. Ahora sé lo que tengo que hacer. Desconozco la manera, no confío en todas mis partes, pero sé que tengo que seguir aquella vieja lección de Esopo, la dentellada del lobo y Dorothy Parker de la que hablé aquí. A contrapelo.

martes, 1 de mayo de 2012

En EL PAÍS, en su Café Perec, Enrique Vila-Matas habla de "Mis postales de Barcelona"



Foto: I.N. Rufus mirando por la ventana, 2012


CAFÉ PEREC


Envidio un bellísimo libro que Isabel Núñez acaba de publicar, Mis postales de Barcelona (Triangle), descripción de un íntimo paisaje urbano, la ciudad que mi generación ha perdido. Leerlo ha sido una experiencia extraña porque llegué a él tras haberme conmovido con Emily Dickinson y El viento comenzó a mecer la hierba (Nórdica) y creía que tardaría en registrar emociones tan altas. Pero no fue así. Quizás mecido por la hierba alta del efecto Dickinson, percibí una continuidad natural entre un libro y otro.
Como si el mar se retirase y mostrara un mar más lejano y al final sólo viéramos la conjetura de series de mares no visitados por las costas. Puede que éste sea el efecto o, mejor dicho, la brisa Dickinson. La íntima inmensidad de la conciencia fue la inquietud más permanente de esta escritora a la que en su ensayo Cajas y marionetas Charles Simic imagina sentada en un cuarto durante interminables horas, con los ojos cerrados, examinando su interior, diciéndose que el hecho mismo de estar consciente ya nos convierte en seres múltiples, divididos.
Hay tantos otros yo dentro de nosotros mismos que el mundo entero viene a visitarnos a nuestra recámara interna, creo que pensaba ella. Qué extraño fue todo, ya no solo Dickinson, sino sus visiones y misterios y pensamientos secretos en días y años de encierro radical en la habitación de su casa con jardín en Amherst.
Y cuántas cajas. Emily Dickinson sabía que todo universo está contenido dentro de otro universo, y pasaba horas abriendo cajas de Pandora. En unas encontraba el terror; en otras el éxtasis; en otras, ciudades donde un día ocurrió algo. Dickinson no podía apartarse de esas cajas. En cada una veía un teatro y en ese teatro todas las siluetas que el yo y el Mundo y el Universo infinito proyectan; veía en cada una de ellas la misma obra, siempre en plena representación, y quizás sólo la escenografía y el vestuario diferían en cada una de las cajas.
Leer El viento comenzó a mecer la hierba (ilustrado por Kike de la Rubia) es comprobar con asombro cómo su autora llega en ocasiones a una última caja, aunque a la larga esta impresión acabe siempre resultando falsa, porque siempre vemos que termina quedando otra por abrir. “Era víctima de un truco como lo somos todos los que deseamos llegar a la verdad de las cosas”, dice Simic al respecto.
Dickinson escribió que no podía estar sola, pues le visitaban multitudes, incontables visitantes que irrumpían en su cuarto. Lo mismo parece ocurrir en Mis postales de Barcelona, donde las almas dolientes de los visitantes toman la forma de paseos erráticos y nos van describiendo un muy personal mundo urbano de teatros y cajas de la memoria que el tiempo ha intentado ir anulando. En esos itinerarios van despertándose fachadas de casas que, aunque sólo sea por su aire exterior, aún permiten soñar: “Imagino que las habitan viejos humanistas con bibliotecas generosas y sillones donde se lee y escucha música celestial. Gente cultivada como hubo en la República, amantes de los libros y las tertulias”. Son las últimas fachadas de la ciudad perdida, estancias iluminadas, donde todavía es posible imaginar una Barcelona que ya no está y que nos recuerda aquello que decía Gil de Biedma: encontrarte que has sobrevivido a la ciudad de tu juventud es una experiencia moderna, bien desconocida en otros tiempos.
A quienes sobrevivimos en rincones que hemos perdido nos queda, por fortuna (quizás sea también el efecto, la brisa Dickinson), un mundo de cajas y marionetas y de puertas siempre abiertas a los incontables visitantes sin ropas ni nombres, sin tiempo ni ciudad: esos fantasmas cuya llegada se nos comunica de un modo bien sutil en el libro de Isabel Núñez, casi desde nuestro propio interior, desde las únicas entrañas donde nada parece todavía haberse derrumbado. Y es que leer Postales de Barcelona es a veces como visitar una ciudad donde un día ocurrió algo.