domingo, 3 de junio de 2012

Entre los árboles


Foto: J.A., Escultura de Elena e Isabel Pan de Soraluce, 2012
Llegué a Madrid el viernes a mediodía, acompañada y protegida por J., y después de descansar un rato pude visitar la galería de Fernando Herencia, donde mis amigas Elena e Isabel Pan de Soraluce exponían sus últimas esculturas, con el título de Más madera. Todas las piezas son tan sensuales que obligan irresistiblemente a tocarlas y a diferencia de lo que suele ocurrir, ni el galerista ni las artistas (que vinieron a verme con mi amiga Lola M.), intentaban impedirlo, sino que lo comprendían. La galería está en mi barrio preferido de Madrid, enfrente del Botánico y junto a ese bonito lateral del Prado, y un poco más abajo está esa placita preciosa de inmensos magnolios y un cedro gigantesco y maravilloso. Mi condición no me permitió quedarme como me habría gustado más tiempo allí de tertulia, pero me alegré mucho de haber ido. Casualmente supe que pronto expondrá allí otro amigo, Íñigo Villalonga y ojalá esté yo en forma para volver a verlo. 
Al día siguiente logré, no sé cómo, llegar a la Feria del Libro, que era mi misión. Poco antes, un amigo me avisó de que había salido una reseña de Mis postales de Barcelona en el Babelia (no puedo poner el link), breve pero muy bien hecha, por Francesc Arroyo. Era un buen augurio. Mi malestar era considerable y mientras llegábamos tarde a la caseta, alguien que me conocía de facebook me detuvo para saludarme y le contesté bruscamente, porque literalmente no podía con mi alma. Al llegar a la caseta, mágicamente, me transformé y el malestar se desvaneció. Enseguida llegaron los editores de Atalanta, que fueron los primeros, y luego casi no paró de llegar gente, amigos, conocidos y desconocidos, algunos también ilustres, como Gonzalo Suárez y Hélène Girard; él me regaló su libro Yo, ellas y el otro, con una estupenda dedicatoria y se llevó también Mis postales de Barcelona. Una lectora a la que ya conocía del año pasado me trajo recuerdos de EVM, que firmaba su Aire de Dylan en la siguiente hilera de casetas, a la misma hora que yo. En la caseta no hacía calor pero fuera, mis generosos visitantes sudaban y se abanicaban porque la Feria se instala en el llamado "Paseo de los coches", que es el único camino de cemento del parque, y la temperatura es muy distinta que entre la tierra y los árboles. Creo que firmé más libros que nunca antes. Me mantuve agradablemente impertérrita hasta que ya sólo faltaban unos minutos y cuando salí al calor, de pronto, el efecto mágico se evaporó y la carroza de Cenicienta volvió a ser una calabaza tirada por ratones y me encontré con mis miserias. Por suerte, allí estaba J. para rescatarme y tuve que huir con él y dos amigas sin haber logrado visitar otras casetas ni haber saludado a EVM como pensaba.
Ha sido un viaje extraño porque yo me sentía fragilizada y dolorida y porque tantas noches sin sueño y tanta imposibilidad de reponer fuerzas transforman a cualquier ser humano en otra cosa indefinible, fantasmal, exhausta. No habría podido hacerlo sin escolta. Y me he alegrado de ver a mis amigos y de su gesto generoso atravesando la ardiente Feria para encontrarme. 
A la feria también me trajeron un libro de poemas de Perto Peña, con otra estupenda dedicatoria. Estos días leía dos libros deliciosos, Ante la pintura de Robert Walser y Verde agua, de Marisa Madieri. Cuando mi malestar me deja concentrarme. Ojalá me disculpen mis lectores por este crucigrama sin inspiración. He pensado tanto en el dolor estos días y noches. He soñado tanto con recobrar mi antigua forma... A veces es inevitable preguntarse por qué o pensar que es injusto que precisamente ahora... Como si hubiera un sentido o una justicia, ni siquiera poética. Como si los responsables de masacres o de esta crisis enfermaran y se retorcieran de este o algún otro dolor sin poder encontrar alivio. Es difícil no desesperar y sentir que el propio umbral de resistencia está cerca. No sé de dónde sale luego esa pequeña energía que me permite aunque sea ponerme en pie o que me permitió estar tan bien en la Feria del Retiro. Y al mismo tiempo es inevitable no dejarse conmover por quienes intentan siempre cuidarme y estar cerca.
En el tren de vuelta, casi detrás de nosotros en diagonal se sentaba un escritor muy feo autor de best-séllers. J. bromeó sobre el significado de esa coincidencia mientras los paisajes extraños de ese trayecto iban corriendo por las ventanas y empezaba al fin a llover en alguna parte. Una vez aquí, lejos de aquellos árboles, de vuelta a casa, sólo cuento horas y días para los tratamientos con los que a partir de ahora intentaré mejorar mi condición. Rufus se ha alegrado mucho de verme. El silencio sería maravilloso, pero alguien ha dejado a un pobre perro encerrado en un balcón y el animal no para de ladrar. Habría que encerrar a quienes le encierran en el mismo lugar (liberando al perro). Y espero a que llueva en todos los sentidos. También al volver, he descubierto que mi buganvilla roja, que creía fracasada, ha empezado a florecer. Rojas y naranjas son mucho más difíciles que las omnipresentes buganvillas fucsia, y sólo en Canarias las he visto medrar espectacularmente en muros inmensos. Es gracioso que mi buganvilla roja se haya animado ahora que tengo tan abandonado todo, terraza y casa... Ojalá sean también un buen augurio esas flores rojas que han brotado inesperadamente y yo también, como ellas, pueda resurgir y recobrar lo perdido.

jueves, 31 de mayo de 2012

Feria del Libro de Madrid



Foto: Fernando Gaona, Retrato doméstico, 2012



Si todo va bien, estaré firmando el sábado 2 de junio, 
Caseta 207, Librería La Central
de 12 a 14h, 
En La Central aparece ya en undécimo puesto de los más vendidos de ficción en castellano.
Si están por Madrid, lectores invisibles, mi caseta es de sombra... La entrada mejor al Retiro es la de Menéndez y Pelayo...


lunes, 28 de mayo de 2012

Una lectora

Foto: I.N. Planta epifita en un balcón, 2011


Que fue mi mejor amiga en el colegio y que reapareció hace poco, en una ciudad del Sur, me escribe sobre Mis postales de Barcelona

Por fin llegaron tus Postales. Esta mañana he vuelto de un congreso fuera y me las he encontrado ahí, encima de mi mesa, esperando a que les hincase el diente. He empezado a leerlas inmediatamente, sabiendo que tendría que dejarlas a mediodía porque he de preparar mi intervención de mañana ante la asamblea de estudiantes en paro académico (¡15 días de paro convocado por ellos contra el wertazo!).
Te escribo, pues, a mitad de lectura. Pensaba esperar a terminarlo, pero tengo ganas de decirte ya cómo he disfrutado de esa habilidad tan tuya de conjugar los elementos más inesperados para construir un mundo en un plis-plas. Dice mi denostado Vargas Llosa (cuya pluma ha resistido a una evolución personal a mi juicio odiosa) que saber escribir ficción es saber llevar al lector “a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras”, liberarlo de “la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil”. Está claro que tú sabes crear esa ilusión.
Me están gustando especialmente las descripciones de espacios, sobre todo cuando bullen de objetos (“los objetos retienen la magia de lo sentido”, sí, y la evocación que haces de ellos transmite esa magia) o de personas, o cuando lo humano se mezcla y se confunde de alguna manera con lo no humano: “Populart”, “Nausica”, “Hay balcones”... Me parece que es ahí -en el tratamiento de lo no humano o de lo humano mezclado con lo no humano- donde tus asociaciones son más fulgurantes y tus imágenes tienen mayor carga evocativa.  A veces, me haces pensar en la magia de las enumeraciones surrealistas, aunque tus descripciones no tengan nada de surrealistas y recuerden más bien las pinceladas de un impresionismo condensado y “austerizado”.
¡Qué placer con “El viejo Zeleste”! El ritmo de tus frases me recuerda el del piano de Tete Montoliu, tanto en el sentido sonoro como en cuanto a la sucesión de imágenes. Consigues reproducir la densidad de ese flujo de impresiones restallantes, que se hacían puntualmente ligeras sólo para hacer más perceptible la gravedad que seguía. Fantástica la evocación que has logrado con esa maniobra de prestidigitación sinestésica. ¡Me ha hecho aterrizar en pleno local desde una distancia de 40 años! Y luego esa ola de rabia y de nostalgia llevándose en un abrir y cerrar de ojos (“la forme d'une ville / Change plus vite, hélas! que le coeur d'un mortel”) toda esa arquitectura de luces, acordes, pócimas, humo y objetos disparatados que habías construido. Me muero de ganas de pasárselo a mi hijo barcelonés, que está infectado por la misma rabia aun sin haber podido conocer ni el Zeleste ni la Barcelona en que encajaba.
“El barranco” me ha emocionado. Ha sido un viaje de vuelta al curso 1967-1968, la única época de mi vida en la que he tratado de llevar un diario. De hecho, allí está el episodio, quizás hasta con foto incluida.
Ah, sobre tu nota nº 3. Según Corominas, “el catalán camosa o camosina” corresponde al castellano camuesa, “variedad de manzana, caracterizada por su gusto dulce y aromático, carente de acidez”, y la camuesa tiene una larga tradición en la poesía española.
Para Lope era, como para tu vecina Helena, una piel dorada con reflejos encarnados:
La roja y aurea hespérida camuesa 
en un principio del dragón guardaba
 (Jerusalén conquistada, libro XVI)
(Álvaro Cunqueiro cita estos versos en su Cocina gallega).
Para Góngora, en cambio, la piel de la camuesa es amarilla como la de la “manzana golden”. Tu vecina no podía imaginarse esto:
la opilada
 camuesa, que el color pierde amarillo
 en tomando el acero del cuchillo.
Vuelvo a escribirte cuando pueda retomar las postales.
Un beso.
A.R.

sábado, 26 de mayo de 2012

Días difíciles

Foto: I.N., Autorretrato como
Unos buenos amigos me invitaron a pasar el fin de semana a una casa preciosa en Cadaqués, por encima de una preciosa cala, donde todas las mañanas se bañan antes de que nadie aparezca en un mar solitario y brillante que parece recién formado de manantiales purísimos. Se ofrecían a cuidarme y me tentaba el recuerdo de ese lugar radiante y aún salvaje, pero tuve que decir que no, porque mi malestar me vuelve huidiza y sólo quisiera esconderme con Rufus. La Belle Elaine me propuso su campo, con el argumento de que es plano y no abrupto como Cadaqués, más adecuado para mi baja forma, según su lógica, pero también dije que no, por la misma razón. Y Anne me invitó a una cena informal, pero también tuve que rehusar, aunque me gustaba imaginarme encontrándome bien y tomando deliciosas aceitunas francesas entre aquellos bonitos balcones y acompañados de libros chinos.
Pasé una mala noche. A las tres, desesperada, fui a sentarme al sofá de la sala. Rufus, que estaba enfrente, me vio enseguida, se instaló muy pegado a mí y con la vibración de su ronroneo acabé por dormirme. Lo difícil era volver a mi cama. A las ocho estaba de nuevo en pie, en plena crisis, y alguna de las llamadas de mantenimiento me pilló in fraganti. Luego recobré la paciencia, me propuse un plan de acción para la semana siguiente, la homeópata me mandó un nuevo medicamento para mañana, me instalé en la esterilla de yoga a hacer algunos ejercicios y Rufus vino enseguida a mi lado. He salido a la calle dos veces, vacilante, envidiando a la gente que corre, que anda deprisa, que se ríe saludablemente. He visto en Arte una buceadora que investigaba los efectos de la brutal contaminación sonora en las ballenas y me parecía tan lejano poder nadar y agitar los pies en el agua. Cuando estamos sanos no nos damos cuenta de la suerte inmensa de poder hacer todas esas cosas, de respirar sin que nada duela, de moverse y bailar. Una tarde alguien me mandó una canción maravillosa y bailé un poco con mi dolor, de forma casi imposible.
He bajado a tirar la basura, muy despacio. Había un hombre con mochila rebuscando en los contenedores. Cuántos más habrá si siguen con la misma política de robo a gran escala (Bankia), corrupción completa, agujeros y paraísos fiscales, impunidad absoluta y recortes salvajes sobre todo lo necesario y social. Intento ver todo eso desde la distancia, para no dejar que me haga daño, porque ahora tengo que economizar energías.
Los amigos me llaman y mandan mensajes para saber cómo estoy o para proponerme planes que me gustarían si yo estuviera en mi self de siempre. 
A veces siento que me voy reduciendo como el germánico Gaspar de la sopa (que en la versión inglesa se llama Augustus). Por cierto que el otro día les hablé a mis alumnos de Der Stuwwelpeter, vía Adorno y Benjamin, y tengo que mandarles el link de esos cuentos de terror decimonónico que resumen una extraña y violenta idea de la educación por el miedo. A mí también podrían habérmelos contado en mi infancia, habrían sido coherentes, pero preferían la acción directa. He intentado también ver todo aquello autrement, como una parte de mi proceso de cambio. Procuro tener paciencia, hacer mis ejercicios, buscar la manera de curarme, pero el agotamiento me arrastra a veces. A las cuatro me he dormido veinte minutos justos, en el sofá, y me ha despertado una niña lejana que cantaba ociosamente una canción inventada olalayaolalaya oh oh...
Parece que La plaza del azufaifo se va a publicar en francés, aunque de momento sólo en versión digital. La place au jujubier. Traducido por Mélanie Gros-Balthazard.
Ayer estuve leyendo para el curso del martes, completamente arrebatada (lo contaré después de la clase del martes), pero luego empezó a intensificarse tanto el malestar que aún no he podido pasar mis notas. Mañana. Me recuerdo a Katherine Mansfield, con todos aquellos cuentos que se agolpaban en su mente y ella posponía al día siguiente por su cansancio y su debilidad física. Ella llegó a un estoicismo casi místico que yo no sabría compartir... pero algo en mí está cambiando también en mi interior; sería imposible que no fuera así. Dicen que las enfermedades son una oportunidad para cambiar y si así fuera, la clave sería esa carrera contrarreloj para llegar a tiempo.
También pienso en Salvat Papasseit, en la cama, imaginando todo el mundo cotidiano que se pierde (Ara que estic al llit, malalt / estic força content). Todos los días, al oscurecer, me sube una pequeña fiebre, muy pequeña, tal vez un resorte de mi cuerpo, una hipertermia natural, para curarme.
De todas formas es maravilloso el silencio que me envuelve en la ciudad vacía (ahora lo ha roto un perro) y el sol de las mañanas en la hamaca. De haber tenido fuerzas habría ido a por otra hamaca, para poder aprovechar las horas del sol de la tarde, que dan al otro extremo de la casa. Tal vez pronto me recupere, aunque sea un poco. Tal vez vaya mejorando ligeramente con los días que pasen. Tal vez... Continuaré mañana.

domingo, 20 de mayo de 2012

El viento


Foto: I.N., Regalo del gato de Cheshire, que fue mi huésped unos días, 2012
Ha puesto en danza silenciosa a los cipreses de la casa de enfrente. Ha llovido con furia, como en el cuento de Somerset Maugham, pero sólo un momento. He salido a comer con P.R. al Floral Café, y me ha hecho una minientrevista, pero con las preguntas atinadas y precisas que algunas entrevistas más largas no tienen. Por el camino de vuelta nos hemos encontrado a G., que estaba radiante con esa luz extraña de las nubes negras. Mi nuevo malaise -que se originó el viernes, en la tensión y el encuentro del pasado más insidioso- persiste, pero procuro no preocuparme y pensar en su significado simbólico, de esos lazos que tienen que sustituirse, de ese viejo cordón con mi infancia oscura y luminosa al mismo tiempo. P.R. ha vuelto a su novela y se ha sumergido en esa fase feliz en que uno sólo quiere estar allí y todo le suscita nuevas ideas que utilizar en esa mezcla, en cualquier punta de ese tapiz. Yo también descubrí una idea ayer, hablando con la misteriosa Dear Prudence, que debería rescatar para mi novela, uno de esos fogonazos, un pequeño fulgor. 
Fui a ver Un amour de jeunesse y no me gustó tanto como a los dos amigos que venían conmigo. No tenía la ironía ni la capacidad de síntesis ni el ritmo de Rohmer, que ha hablado mucho mejor de esas cosas. Es cierto que los dos personajes estaban bien construidos y que era bonita de ver, con esos silencios de viento del Ardeche y las bajadas al Loire y las escenas hiladas sin rematar. Pero a mí me irritó por algo personal, porque me impacientan un poco esas obcecaciones amorosas de vivir solo a través del otro, de obstinarse en alguien que no puede ser, de sentir que el mundo sólo vale la pena a través de alguien que no quiere estar ahí y se aleja. Me cuesta entenderlo y recordé cómo me dolió ver sufrir a alguien cercano por una razón parecida, sin querer ver que tenía en él todos los recursos y los talentos, desvalorizándose y exponiéndose absurdamente al sufrimiento, a la contemplación casi escatológica, casi pornográfica de la traición en directo. Le dije que fuese a verla, pero no sé si lo hará.
He vuelto a Shakespeare, por una extraña propuesta para octubre, que implicaba elegir a un personaje femenino (pero no me dejaron elegir a Ophelia ni a Gertrude) y después de considerar a Cordelia del Rey Lear, decidí escoger a Desdémona (con su Sancho Panza, esa interesante y pragmática pero también engañada Emilia, ¿pero quién no se engaña en Othello? Shakespeare sabía pescar en una novelita o una pieza mediocre y convertirla en algo grande, distorsionando, reinventando, equilibrando y dejando entrar la profundidad, las complejidades, los juegos de poder y la belleza.
Vuelve a llover, lo que me convierte una vez más en Isabel viendo llover en Macondo, esta vez con fondo de Dear Prudence. Y su frase que anoté para no olvidar.
Rufus sigue durmiendo, despertándose de vez en cuando para sus abluciones. Esta mañana ha venido a despertarme tan cerca que le veía borroso y oía su vibración como la estela de un mantra.
Me gustaría estar escribiendo ya otro libro, pero sólo puedo hacer tentativas de abordaje de una historia que no sé si de verdad deseo contar, y sólo probando puedo averiguarlo. Cómo añoro esa otra fase siguiente, una vez dentro... Si veo que tardo, tal vez me ponga a escribir un viejo cuento que se me quedó pendiente. No sé por qué necesito esos tiempos muertos para que se vaya cociendo algo por dentro o para hacer el trabajo del duelo del libro anterior, o para despedirme de una novela que aún no ha salido al encuentro de los lectores, pero saldrá pronto.
Aún no he acabado la infancia rusa de Sofya Kovalevskaya ni tampoco la Anthropologie de la douleur porque a veces quiero olvidar el dolor y viajar a otra parte, al menos hasta que acabe el dolor físico. Tengo que ponerme ya con los libros de mi siguiente clase sobre Correspondencias. ¡Qué fiesta fue la clase sobre Adorno y Benjamin! Yo iba dubitativa porque no había puesto en orden mis notas, pero el talento maravilloso de mis dos protagonistas dio la clase por mí y de qué manera. No me di cuenta del tiempo y la clase pasó las dos horas. Y es que los alumnos son inspiradores.
Alguien me ha dicho que en Altaïr han puesto Mis postales de Barcelona en un lugar destacado. También en Laie la incluyeron en un escaparate de libros recomendados. Me alegró mucho la recomendación de Màrius Serra en su Lecturàlia. En La Central queda preciosa en esa mesa de novedades junto a la escalera. Si todo va bien, el sábado 2 de junio estaré en la CASETA 207 de la Feria del Libro de Madrid de 12 a 14h firmando ejemplares para quienes quieran venir. Ya lo saben, lectores silenciosos madrileños o gente de paso. Por la tarde haré un trayecto desconocido para ver a Dear Prudence y el día antes iré a ver la exposición de mis amigas Isabel y Elena Pan de Soraluce en la galería Fernando Herencia y espero poder conversar con unos cuantos de mis amigos de allí.
Me escribieron indirectamente unas lectoras para interrogarme sobre un libro maravilloso que traduje y sus preguntas me hicieron pensar que hay gente que lee extrañamente: parece que quisieran entenderlo todo de una forma masticable, saber qué pensaba exactamente el autor cuando escribió cada palabra, pero yo no imagino una literatura sin enigmas ni misterio. Como si la belleza no estuviera justamente en esos interrogantes, en esos enigmas, en esos finales abiertos, en las zonas de sombra del propio autor, que logró ser popular en un país donde la gente sí acepta los misterios y las paradojas, o donde saben que lo poético puede tener una función decisiva en lo literario. Si no, ¿qué sería Quanta, quanta guerra de Mercè Rodoreda, por ejemplo, o incluso El carrer de les Camèlies? Sin ese ingrediente poético y surreal, esos libros no serían lo que son. Esas lectoras no apreciarían la magia fragmentaria y minúscula del universo benjaminiano, esa Infancia en Berlín, por ejemplo, esas bolas de cristal con ciudades donde nieva al agitarlas, Rosebud, que según Adorno tanto gustaban a Walter Benjamin.
Pienso en curarme contra el miedo ajeno y las sentencias médicas, pienso en esos momentos de dolor como en un proceso, pienso en los sueños más oscuros que tendrán que quedar atrás. Tout cela sera balayé, escribió Gide.
Ha salido el sol y el cielo se ve completamente azul, casi Mondrian, o Matisse. No he contado aquí (¿o tal vez sí?) que G. y yo asistimos a un concierto libre, experimental y maravilloso de nuestro mirlo. Se había apostado en un lugar invisible, bien alto, y convertía el patio de la cocina en un bosque oriental.

martes, 15 de mayo de 2012

Lectores y pájaros


Foto: I.N. El barranco, 2012
Es difícil imaginar lo que sería la escritura sin el feed-back de los lectores. Y por otra parte, qué desconcertante es comprobar a veces la forma tan distinta de leer, esa idea de Proust de que cada uno lee un libro distinto, puesto que pone la lupa (les verres grossissants de l'opticien de Combray) en un lugar distinto, por su pura historia y subjetividad, y no presta atención a lo demás. Cuando publiqué mi primer libro de relatos, Crucigrama, una lectora-editora me dijo que se había destornillado de risa con ellos y que había descubierto mi sentido del humor, mientras que mi vecino escritor me dijo que le habían parecido bien escritos pero tremendamente pesimistas y tan sombríos que no podía con ellos. Un escritor me dijo que eran robinsonianos y otro que la frase final del primer cuento encerraba una maravillosa parodia de Shakespeare mientras que para otro esa misma frase era una herejía. Fueron mis primeros descubrimientos sobre los lectores. No siempre los críticos son los mejores lectores, puesto que ellos también son subjetivos y a veces nos leen con poca atención o bien se despiertan en ellos ecos furiosos o bien nos comprenden incluso mejor que nosotros (aunque eso ocurre más con otros escritores que nos leen autrement) y eso es una rara felicidad difícil de explicar.
Pero hay comentarios de lectores que producen la misma rara felicidad: sentirse entendido y dicho con otras palabras es algo especial. Hoy me ha llegado uno de esos, inesperado, de una lectora avezada que tiene dos cipreses majestuosos en su jardín, tenazmente defendidos en medio de un patio de manzana donde han ido destruyendo uno a uno casi todos los jardincitos de las casas. Gracias a esos cipreses suyos, yo veo y oigo mirlos y contemplo urracas y algunas tardes y mañanas, cuando cesa el estruendo de las obras, el aire se convierte mágicamente en un bosque, a pesar de la extensión del cemento. Por esa razón y por la nieve que cayó y que le quebró una rama, ese ciprés está en mi libro, Mis postales de Barcelona. Su comentario dice así:
Hola Isabel:
He terminado tu libro -último- este fin de semana; la verdad es que lo he empezado y terminado en un día. Me ha gustado una enormidad. Ya que además de estar repleto de lugares conocidos, admirados y destrozados, transmite un amor incondicional a la ciudad perdida, y sin embargo deja lugar a un miedo esperanzado. Soy más pesimista que tú con respecto al ayuntamiento de esta ciudad, mi pesimismo es "unamuniano" con respecto a todo lo español y particularmente en lo referente a ese espíritu "arboricida" de esa corporación. No paro nunca de exclamarme ante tanta falta de árbol en Barcelona y al desprecio que sienten por ellos. La comparo a otras ciudades y siento desazón. Ayer, ayer por ayer, en Muntaner ante la pastelería pasaban dos señoras quejándose de que los árboles atraían a las moscas y ...¡se quejaban con odio haciendo aspavientos y ahuyentándolas! Esa es y será Barcelona. Un beso. Un libro magnifico, desde mi punto de vista de usuaria de los libros, tu mejor libro, no solo por el tema, sino por su construcción y su profundidad. En cuanto a la edad y los agravios que los años nos infligen, cuando te veo sigo pensando que eres una de las mujeres más bellas que he conocido.
Un beso.
Lola M.
Mientras, estas horas son la antesala de una visita médica que me preocupa (mis experiencias con los médicos han sido en los últimos tiempos exclusivamente material de pesadillas), y aprovecho el paréntesis de silencio y pájaros del après-midi, antes de que llegue el momento de irme.
He seguido leyendo a Adorno y a Benjamin y también, en algún descanso, a Sofya Kovalevskaya y los poemas de Wallace Stevens. Qué suerte de lecturas. Estos días ha estado invitado en mi casa un editor amigo de los gatos y hoy se ha llevado el primer capítulo de mi novela aún inédita y me ha mandado un mensaje donde decía que le había parecido "estremecedor" y que quería seguir leyendo. La noche del sábado, en su honor y en un gesto de gran osadía por mi parte considerando mi estado convaleciente, invité a algunos amigos a cenar. Todos trajeron cosas buenísimas y la conversación fue animada y bulliciosa y se fue alargando hasta bien entrada la madrugada. Ayer yo estaba completamente exhausta. Suerte que algo mágico sucede en la noche que nos recupera con el sueño. Aunque en mi sueño de esta mañana navegaba por un mar brillante y transparente, pero estaba lleno de detritos que la gente había arrojado y mi desolación era tan grande como mi sorpresa. Todavía mis sueños están llenos de la carga de lo vivido en estas semanas anteriores y que el malestar físico impide borrar del todo...
El mirlo viene a verme de forma desordenada. Hemos mantenido conversaciones de cerca y de lejos.
Ha pasado un día. Se ha marchado mi huésped de los últimos días con su sonrisa del gato de Cheshire y me ha dejado unas piedras maravillosas y una lámina de un mirlo solitario que parece sonreír con expresión ligeramente burlona. Un helicóptero policial interrumpe el silencio de esta hora luminosa con un zumbido insistente y pesado. Lo he examinado con prismáticos y sí, era negro, siniestro y policial: Pagado por nosotros contra nosotros. Rufus duerme. Fue duro volver a ese mundo estrecho en el que la enfermedad y la salud son vistos de un modo tan fragmentario y sin esperanza, a pesar de que esta vez mi interlocutor era amable, humanista, inteligente y más abierto que el resto de sus colegas. A propósito de la homeopatía dijo que los médicos deberían ser más liberales y abiertos porque lo que no está demostrado hoy puede estarlo mañana y quiso saber cuáles eran los medicamentos homeopáticos que yo tomaba. Y una frase suya posterior, con su sonrisa astuta, me hizo sentir autorizada para seguir mi camino. Y pese a todo me quedé agotada.
Esta mañana mi sueño, en una montaña y unos prados, éramos un grupo de gente y de pronto, uno, sin querer, intentaba apartar el rifle de otro y le descerrajaba varios tiros y luego, furioso, mataba al encargado de la piscina. Antes, un hermano mío (yo no tengo hermanos hombres) se había emparejado con nuestra tía maltratadora y había huido con ella, pese a la oposición del entorno. Y alguien me preguntaba luego: "Y tú, ¿cómo te salvaste de los tiros?" Y yo le contestaba y me veía escenificándolo: "Di un salto mortal y me arrojé a los arbustos".
Voy a mi curso de Correspondencias de hoy con las notas desordenadas, confiando en la intuición de última hora (lo que te venga en el camino, como decía WB) y mi resistencia, en la magia poderosa de Adorno y Benjamin y en mis inteligentes alumnos.
Y aquí pueden escuchar a Màrius Serra sobre Mis postales de Barcelona, en su Lecturàlia (Catalunya Ràdio) y en buena compañía dickensiana.

sábado, 5 de mayo de 2012

Au rebours

Foto: I.N., Formaciones de nubes junto al mar, 2012
Qué difícil resulta a veces llevar la contraria, pensar distinto, cuestionar las cosas, oponerse en lugar de someterse... Qué respuesta tan agresiva y amenazante puede producir en otros, que se sienten cuestionados o que proyectan su propio miedo presionando... Parecería más cómodo no ir a contrapelo, dejarse llevar, y sin embargo, yo no podría hacer lo contrario a lo que siento que debo hacer, lo contrario a lo que creo, lo que no encaja con mi sentido común o mi sentido íntimo, con el mapa que me he hecho de mi cuerpo y mis emociones. Y qué alivio encontrar a los que piensan como yo, a los que comprenden, a los que ofrecen explicaciones para mí plausibles, por muy extravagantes que puedan parecer a los del pensamiento único. Estuve leyendo un texto que me pasó G. de antropología del dolor que explicaba muchas de las cosas que yo he sentido y vivido e intentado en vano explicar a quien no podía entenderme en estas semanas atrás.
Empecé a leer A Russian Childhood de Sofya Kovalevskaya, esa fascinante matemática rusa del siglo XIX, que además fue escritora y que inspiró uno de los mejores relatos de Alice Munro, Too Much Happiness. Entre medio leía un libro de respiración de chakras y uno de otras formas de abordar la medicina y la salud. Y descansaba, con mi enfermero Rufus, que seguía ronroneando a mi lado o poniéndome las patitas blancas en la frente, en ese extraño ritual de gato conectado con lo invisible. He visto unos cielos asombrosos y preciosas formaciones de nubes blancas sobre azul, y he empezado a andar, incluso me he atrevido a coger un autobús.
En el sofá, volvía a esa infancia rusa de una matemática talentosa que tuvo que luchar contra universidades que no permitían estudiar a las mujeres, aunque todos los profesores querían darle clases y discutir con ella sus trabajos. Colega de Poincaré y de otros matemáticos ilustres, resolvió problemas   e hizo aportaciones originales y recibió premios pese a los prejuicios de su tiempo. Suecia le ofreció  la primera plaza de profesora en la Universidad que se concedía internacionalmente a una mujer. Fue la reina de la traducció quien me recomendó esta autobiografía tras la lectura de ese cuento maravilloso de Alice Munro que es "Too Much Happiness", y como sospechaba, encontré en la infancia rusa de Sofya algo doloroso que conocí demasiado bien en la mía, fronteriza.
Hace unos días tuve una experiencia durísima que me devolvió, por su violencia sin razón, inmediatamente a mi infancia, a aquel ¿por qué? que me acosaba entonces. Pasé unos días extraños: mi casa era como la casa de la familia Monster: aquí llovía mientras fuera hacía sol. Fue un indicio muy claro de lo que estaba pasando y a la larga tal vez fuese una lluvia salada liberadora.
Y justo en ese punto qué felicidad leer el artículo de EVM en El País sobre Mis postales de Barcelona, que mi libro estuviera cerca de mi adorada Emily D.,  gracias al caprichoso azar de las lecturas y a los hilos de la escritura de EVM. Mis amigos empezaron a felicitarme cuando yo no había visto nada, aunque había tenido una prefiguración momentánea justo antes, y luego no encontraba la página mientras llegaban más mensajes, entre ellos algunos franceses, admiradores de EVM. Otra vez bailé metafóricamente, como apuntaba un coreógrafo que admiro y que sabe leer los gestos en cadencias secretas y danzantes, autrement. Como la alegría de ver a mi gato manchado en la portada del suplemento Cultura/s de La Vanguardia y mis postales en el interior.
Me han escrito y llamado muchos lectores de Mis postales de Barcelona, que al parecer despierta inmediatamente en cada uno una polvareda de recuerdos propios de la ciudad escamoteada, perdida, transformada.
Y luego he vuelto a esos misterios del dolor sin codificar, a la quietud de la espera, al desconcierto y a la gozosa lectura para preparar mi curso siguiente, que continuaré estos días. Qué conciliación inmediata con la materia de la que quiero hablar. Son días de conversaciones telefónicas, reposo y pillow talk, en los que la presencia de Rufus sigue siendo vital. Mi malaise me impidió ir al campo, pero he ido a comer a la orilla del mar, y abstraída, me he dedicado a escuchar. Hacía mucho viento y el cielo seguía lleno de esas maravillosas, baudelairianas formaciones de nubes (¿O acaso era Adorno? "Hombre con los pies en el suelo u hombre con la cabeza en las nubes, ésa es la alternativa.")
Hace muy poco una mujer experta tiró hábilmente de un hilo de la madeja significante del proceso desencadenado en mi cuerpo y ahora me veo comprometida conmigo misma a continuar mis tentativas para poner en circulación la novela de mi infancia, que había dejado oculta, casi abandonada, en alguna especie de cómodo y oscuro limbo, como si no me fuese la vida en ello. Ahora sé lo que tengo que hacer. Desconozco la manera, no confío en todas mis partes, pero sé que tengo que seguir aquella vieja lección de Esopo, la dentellada del lobo y Dorothy Parker de la que hablé aquí. A contrapelo.

martes, 1 de mayo de 2012

En EL PAÍS, en su Café Perec, Enrique Vila-Matas habla de "Mis postales de Barcelona"



Foto: I.N. Rufus mirando por la ventana, 2012


CAFÉ PEREC


Envidio un bellísimo libro que Isabel Núñez acaba de publicar, Mis postales de Barcelona (Triangle), descripción de un íntimo paisaje urbano, la ciudad que mi generación ha perdido. Leerlo ha sido una experiencia extraña porque llegué a él tras haberme conmovido con Emily Dickinson y El viento comenzó a mecer la hierba (Nórdica) y creía que tardaría en registrar emociones tan altas. Pero no fue así. Quizás mecido por la hierba alta del efecto Dickinson, percibí una continuidad natural entre un libro y otro.
Como si el mar se retirase y mostrara un mar más lejano y al final sólo viéramos la conjetura de series de mares no visitados por las costas. Puede que éste sea el efecto o, mejor dicho, la brisa Dickinson. La íntima inmensidad de la conciencia fue la inquietud más permanente de esta escritora a la que en su ensayo Cajas y marionetas Charles Simic imagina sentada en un cuarto durante interminables horas, con los ojos cerrados, examinando su interior, diciéndose que el hecho mismo de estar consciente ya nos convierte en seres múltiples, divididos.
Hay tantos otros yo dentro de nosotros mismos que el mundo entero viene a visitarnos a nuestra recámara interna, creo que pensaba ella. Qué extraño fue todo, ya no solo Dickinson, sino sus visiones y misterios y pensamientos secretos en días y años de encierro radical en la habitación de su casa con jardín en Amherst.
Y cuántas cajas. Emily Dickinson sabía que todo universo está contenido dentro de otro universo, y pasaba horas abriendo cajas de Pandora. En unas encontraba el terror; en otras el éxtasis; en otras, ciudades donde un día ocurrió algo. Dickinson no podía apartarse de esas cajas. En cada una veía un teatro y en ese teatro todas las siluetas que el yo y el Mundo y el Universo infinito proyectan; veía en cada una de ellas la misma obra, siempre en plena representación, y quizás sólo la escenografía y el vestuario diferían en cada una de las cajas.
Leer El viento comenzó a mecer la hierba (ilustrado por Kike de la Rubia) es comprobar con asombro cómo su autora llega en ocasiones a una última caja, aunque a la larga esta impresión acabe siempre resultando falsa, porque siempre vemos que termina quedando otra por abrir. “Era víctima de un truco como lo somos todos los que deseamos llegar a la verdad de las cosas”, dice Simic al respecto.
Dickinson escribió que no podía estar sola, pues le visitaban multitudes, incontables visitantes que irrumpían en su cuarto. Lo mismo parece ocurrir en Mis postales de Barcelona, donde las almas dolientes de los visitantes toman la forma de paseos erráticos y nos van describiendo un muy personal mundo urbano de teatros y cajas de la memoria que el tiempo ha intentado ir anulando. En esos itinerarios van despertándose fachadas de casas que, aunque sólo sea por su aire exterior, aún permiten soñar: “Imagino que las habitan viejos humanistas con bibliotecas generosas y sillones donde se lee y escucha música celestial. Gente cultivada como hubo en la República, amantes de los libros y las tertulias”. Son las últimas fachadas de la ciudad perdida, estancias iluminadas, donde todavía es posible imaginar una Barcelona que ya no está y que nos recuerda aquello que decía Gil de Biedma: encontrarte que has sobrevivido a la ciudad de tu juventud es una experiencia moderna, bien desconocida en otros tiempos.
A quienes sobrevivimos en rincones que hemos perdido nos queda, por fortuna (quizás sea también el efecto, la brisa Dickinson), un mundo de cajas y marionetas y de puertas siempre abiertas a los incontables visitantes sin ropas ni nombres, sin tiempo ni ciudad: esos fantasmas cuya llegada se nos comunica de un modo bien sutil en el libro de Isabel Núñez, casi desde nuestro propio interior, desde las únicas entrañas donde nada parece todavía haberse derrumbado. Y es que leer Postales de Barcelona es a veces como visitar una ciudad donde un día ocurrió algo.

lunes, 30 de abril de 2012

Mis postales de Barcelona en RAC1






Foto: Jean-Marc Hild, 2012



Mañana 1 de mayo, a las 21:05, en RAC1, entrevista con Jordi Beltran sobre Mis postales de Barcelona

jueves, 26 de abril de 2012

Tal vez


Foto: I.N., Visitante, 2012
Fueron los árboles talados, arrancados, las casas destruidas, el horror constructivo que se ha extendido en estos años como los ganglions de misère et de laideur de que hablaba Camus, sans frontières d'arbres ni d'eaux, comme un cancer malheureux, lo que acabó por enfermarme. Siempre pensé que la belleza curaba y la fealdad podía enfermar. Yo lo he sentido como una derrota personal, pasar todos los días por esa tristeza alrededor de mi casa, cambiar el silencio y los pájaros por un constante fragor de obras, vivir en medio de una cantera sin futuro, donde edificios espantosos han sustituido la pequeña belleza humilde de las casitas de antes, ver prisionero, constreñido y amenazado de muerte al azufaifo.
No puedo saber si recobraré la salud, ni si sobreviviré nuevamente a esta prueba. Por alguna razón se ha borrado el score de vidas restantes de este extraño videojuego. Sí sé que, si lo consigo, escribiré una novela sobre médicos. Hace años que ese material se ha ido posando dolorosamente en mi cabeza, desde cuando mi padre estuvo enfermo y murió, y no ha parado de crecer. 
Mientras, leo e intento reponerme. He leído un libro chino maravilloso que me trajo V. por mi cumpleaños, una preciosidad poética titulada en su versión americana Eighteen Songs of a Nomad Flute. The Story of Lady Wen-Chi (es un manuscrito del siglo XIV propiedad del Metropolitan de NY). No me he cansado de leerlo ni de mirar esos dibujos en los que Wen-Chi mira a lo lejos en el desierto, secuestrada por los Han, mirando hacia su adorada tierra china, o pinchándose un dedo para escribir con sangre un mensaje que las grullas lleven a sus padres, o al contrario, cuando al fin vuelve y se ve obligada misteriosamente a separarse de un marido-secuestrador al que ya ama y de sus dos hijos, y todos lloran cubriéndose la cara con largas mangas de sus trajes, y la belleza de los caballos y las carrozas y los muebles del desierto. Como dijo V., aquí no se publican cosas así.
Y luego he leído una novela magnífica de Gonzalo Suárez, El síndrome de albatros. Me ha hecho preguntarme por qué los grandes críticos no se ocupan de él en los suplementos, por qué ese silencioso ninguneo a un escritor con un mundo personal tan rico y poderoso. La novela es deliciosa, el humor y la ironía insuflan a todo una distancia idónea, pero al mismo tiempo, la acción es trepidante y chandleriana, el narrador me recordaba a veces a un Philip Marlowe contemporáneo y de por aquí. El uso del teatro está lleno de genialidad y frescura. Y qué bien escribe. Hay ideas y frases... Con qué dominio mezcla el peso humano de las cosas, la locura delirante y surrealista de los hechos y el desfile de personajes con sus taras, la sangre, la violencia y el sexo y el juego de posibles quiebros y resoluciones abiertas entre la realidad y el sueño que le emparenta a David Lynch, pero a un David Lynch con densidad vital, con tiempo y cargas de profundidad. También entiendo que le gustara tanto a Enrique Vila-Matas porque hay entre los dos afinidades, incluso comparte con Aire de Dylan la alusión a un Hollywood pasado de vueltas, a un post-hollywood traído por las frases de los guionistas y los actores, una interrogación sobre la propiedad de una frase, tantas cosas, cada uno con su estilo. Si no se habla más y en serio de un autor como Gonzalo Suárez (que ya fue elogiado en tiempos por Max Aub y Vicente Aleixandre, luego por Suñén, Cercas y Millás), si casi sólo se le elogia en privado y en espacios pequeños y no a toda página, si no se le ha traducido ya a todas las lenguas, es sólo porque vivimos en un país cutre y sin criterio, donde pocos tienen la generosidad o la osadía de defender a alguien que no esté de moda o a quien no estén defendiendo ya todos los demás.
Ayer fue una alegría ver Mis postales de Barcelona en La Vanguardia Cultura/s. Si alguien me manda el pdf podré ponerlo aquí. Me encantó ver a mi gato manchado en la portada, y las dos páginas con fotos y fragmentos del libro.
Mientras, Rufus es mi mejor compañía, pero como siempre, hay una nube de amigos que flota en torno a mí y que me recuerda el afecto y la afinidad. No sé si lo dije aquí, pero por primera vez, la noche electoral francesa, Rufus se acercó a ver la televisión, aún sin animales. ¡Es un gato europeo! Tenía conciencia de lo que nos jugamos. Fui a firmar en Sant Jordi, en un gesto para mí casi heroico, pero tuvo sus alegrías, aunque la multitud era grande y algunos amigos nunca lograron abrirse paso. Los pájaros me siguen visitando. Ayer una elegante urraca se posó en la antena de enfrente. Para los chinos, me dijo Anne-Hélène, es un augurio de felicidad.
Y es que anteayer, justo antes de salir a enfrentarme con lo peor de lo real, tuve un momento mágico. Sentí que el dolor se aliviaba al fin por la homeopatía y luego sentí que me invadía una respiración feliz, unas viejas ganas de bailar. Estaba acariciando a Rufus y le pregunté: ¿Rufus, qué significa esta felicidad repentina? Rufus me puso la pata en la frente, en ese ritual suyo que parece transmisión del pensamiento. Y luego, mucho más tarde, lo entendí. Era el paréntesis, la suspensión de la incredulidad, lo que vendría después con las extrañas noticias médicas.
È pericoloso sporgersi?
Hace una semana que todas las mañanas despierto a una pesadilla. ¿Qué puedo decir? Me han dicho que iba a morir. Me han ofrecido sólo cinco años de vida descerebrada, sin poder andar, confundiendo tal vez para siempre sueño y realidad, sin poder escribir, trabajar, leer ni pensar, perdiendo la vista y los riñones, entre otras cosas, y he dicho que no. Me han dicho entonces que no me crea que mi muerte será fácil ni agradable. Y luego, después de todas esas agradables promesas, me han dicho que no encuentran el cuerpo del delito, las células equivocadas. Pero siguen buscando. Mañana por la tarde se acabará tal vez este paréntesis feliz y volverán las sentencias. O tal vez no, tal vez me habré salvado y entonces me emplazarán a nuevas intervenciones. Mientras, intento disfrutar de mi último día de ignorancia. Pero también pienso que se equivocan. Que apenas saben. Que su idea de la vida es muy distinta que la mía. Que hay otras maneras de curarse. Que todavía no se acabó la partida. Y tal vez, incluso si encuentran lo peor, yo logre curarme por otros medios. O tal vez no. Non possiamo saperlo.

domingo, 22 de abril de 2012

jueves, 19 de abril de 2012

Sant Jordi

Foto: La Vanguardia Cultura/s, especial Sant Jordi.

Si todo va bien, estaré firmando Mis postales de Barcelona en 
Xoroi (Berlinès, 20) a las 13h 
A las 18hTriangle, en Passeig de Gràcia-Gran Via
y a las 19h en La Central (Rambla Catalunya-Mallorca). 



Gracias a todos los que queráis y podáis venir

sábado, 14 de abril de 2012

Los amigos, otro año


Foto: I.N., Los tulipanes de J., 13 de abril de 2012
La presentación de Mis postales de Barcelona fue un éxito. A pesar de todos los que no pudieron venir, que eran muchos, estuvo llena de gente y yo me sentí feliz. Me alegró mucho ver allí a la escritora Cristina Fernández Cubas, y a tantos amigos, conocidos, alumnos, vecinos y también mucha gente no identificada. Josep Liz habló por Triangle y lo hizo muy bien. Pepe Ribas y Javier Mariscal defendieron el libro generosamente, cada uno a su manera, naturelich. Hubo algún momento espinoso, algún momento loco, pero yo no me sentí realmente concernida. En cuanto al debate sobre la ciudad, siempre es útil. Mi idea de lo que ha ocurrido con la ciudad está más cerca de lo que piensa Pepe Ribas. No soy nostálgica, no hago laudatio temporiis acti, como decía mi profesor Cuartero. Pero sí he querido contar en mi libro que hubo un tiempo, a finales de los setenta y principios de los ochenta, en que nos parecía que la ciudad sería nuestra en la democracia, en que al fin podríamos vivir en esos espacios, en que la belleza, el patrimonio y el verde serían protegidos. Todo empezó bien: limpiaron el puerto y el mar dejó de ser oleoso y negruzco, restauraron fachadas, hicieron parques. Entonces no podíamos sospechar que la especulación y un capitalismo salvaje, sin protección alguna por parte de los partidos que se llaman de izquierdas, arrasarían con todo y convertirían una ciudad esplendorosa en una inmensa y banal tapadera de parkings. (Aquí puede verse algún vídeo, y aquí)
Unos cuantos amigos nos fuimos a cenar después de la presentación y fue muy divertido.
Al día siguiente me llamó Pere Gimferrer para felicitarme por el libro. Dijo que era el mejor de mis libros, que me equivocaba al considerarlo una obra menor por no ser ficción, que algunas de esas páginas podían estar en mi novela, lo comparó favorablemente al de Modiano (con fotos del maravilloso Brassaï) sobre París, al de Paul Morand, no sé si habló de Lafargue, pero esa llamada me emocionó. Hizo otras comparaciones que nunca me atrevería a repetir aquí. Le gustaron mucho mis fotos y el diseño del libro. Pensé que si a los dos lectores más voraces y refinados que conozco -EVM y PG- les gusta mi libro, puedo estar muy contenta. Sé que a PG le gusta ese tema de usar la ciudad como sesgo para contar lo propio, es un género que él practicó con brillo en su Interludio azul. Y que EVM siempre parodia la ciudad en sus novelas, quizás en Aire de Dylan más que nunca. En el suplemento "Tendencias" de El Mundo, Leticia Blanco me entrevistó y publicaron mis fotos en portada del suplemento. Antes, Pilar Sampietro me había entrevistado en el programa de radio La vida verde (aquí un podcast, minuto 35)
Yo tenía que ver al hombre que intervendrá mis entrañas el martes y hubo algo duro y triste en ese encuentro, aunque al mismo tiempo todo fuese civilizado e inteligible. Al salir cargaba con el peso de las estadísticas más sombrías, pero mi médica homeópata me sugirió la idea de situarme en el pequeño tanto por ciento feliz. Al fin y al cabo, he vivido mucho tiempo fuera de las estadísticas o siempre en la excepcionalidad y la minoría. Otros que me llamaron hablaron de mi fuerza. Y respiré. 
Anoche celebré mi cumpleaños con unos pocos amigos. Lamenté que mi casa no fuese más grande, no tener más asientos confortables para todos. Habría querido invitar a tres o cuatro amigos más y no supe cómo. Por la mañana, había aparecido J. con flores y vino. A mediodía comí con G. en el Floral Café una lubina deliciosa con calçots y romescu. El jardín estaba precioso. G. me regaló un reloj de pared para la cocina, un objeto necesario porque no podía evitar mirar inútilmente al lugar del reloj roto.
Anne-Hélène me trajo una tetera y unas tacitas vietnamitas preciosas con libélulas (yo había tenido una de esa cerámica comprada en la tienda japonesa y se había roto) y V. me trajo un maravilloso libro chino. Rodolfo me trajo mi té chino Lung Ching, té blanco, un abanico de lunares, y el disco del año con sus canciones elegidas. Tigridia me trajo un pañuelo de lunares. Elena un cuaderno y Víc un disco suyo. Giuseppe trajo un pastel búlgaro de chocolate y nueces sin gluten, maravilloso. Las conversaciones fueron alegres e interesantes. Hubo un momento en que yo hablé de mis medidas respecto al reino animal si gobernase (prohibiría los toros, liberaría a los pobres cerdos prisioneros en granjas con luz eléctrica, a las gallinas, ocas, prohibiría transportar a los animales hacinados, sólo permitiría las granjas tradicionales y bio donde los animales corretean por prados y con luz natural). Alguien dijo que me votaría. Fue gracioso. No dije cuáles serían mis medidas económicas, políticas y sociales, pero podrían resumirse como islandesas.
Algunos lectores han empezado a escribirme. Reconocen espacios de la ciudad que habían olvidado, alguien me pregunta cómo llegar al barranco, alguien me cuenta que la pobre antigua Escuela de Puericultura, hoy arrasada y reducida Vil·la Florida, fue su guardería, mucho más frondosa.
No me gustó La vida conyugal, de Tolstói, a pesar de su portada maravillosa y de su escritura y de la magnífica traducción de Selma Ancira, es el Tolstói más misógino y conservador el que predomina. 
He tenido algunos sueños terribles, relacionados con mi cuerpo. Me he despertado varias veces en la noche. En uno de ellos me barrenaban el vientre. En otro tenía que seguir a una pareja extraña (ella me gustaba pero él era como el demonio de los guiñoles del Turó Park, en gordo, e insistía en que me quedase con ellos hasta diciembre. Yo pensaba: ¿No se da cuenta de que no me gusta?) por un camino dificilísimo y yo estaba fragilizada y débil, con pasos desmañados. De día, las cosas cambian, aunque hay momentos. Alguien me recuerda otra vida física que parece opuesta a lo que me está ocurriendo. Hay amigos que me comprenden sorprendentemente bien y eso me da fuerza, también algunos integrantes de mi antigua familia política. Saben que yo sólo podría elegir una opción vital que tenga que ver conmigo y no algo en lo que no puedo creer. He compartido una breve siesta con Rufus. Los pájaros nos siguen visitando: ayer el mirlo cantaba y convertía el espacio en un bosque imaginado. Voy a necesitar suerte y la protección de los dioses griegos. Cuando vuelva a escribir, las cosas serán distintas. El mirlo acaba de empezar a cantar: inmediatamente, este pobre patio de manzana, donde sólo resisten los cipreses del jardín de enfrente y todo lo demás es cemento, se convierte en un bosque.
Y por cierto, entre tanto, ¡viva la República!

miércoles, 11 de abril de 2012

El viento había barrido el cielo


Foto: I.N., Camino de Ronda
Empecé a escribir este post en sábado. Por la mañana fui con Teresa y Giuseppe a buscar un camino de ronda cerca de Sitges. Yo me sentía algo fragilizada, disgregada y trémula, no sólo por mi malestar digestivo de los últimos meses, sino por todo lo que me había ocurrido después, las conversaciones con los médicos y la extraña violencia de mis sueños, la dificultad de pensar distinto y objetar y pedir explicaciones y argumentos en un país donde todos se someten sumisos, y la aceleración de las fechas que ha convertido mi cumpleaños en el centro de un sandwich entre la presentación de mi libro y una intervención. Pero el cielo era espectacular, le daba al mar y a la vegetación una calidad cromática griega y las nubes rescataban al Étranger de Baudelaire, ese hombre que no comprende ni valora la amistad, la familia, la patria ni nada salvo las nubes, là-bas, là-bas, les merveilleux nuages.
Cuando bajaba a sentarme en una roca, I., la mujer más guapa del mundo, me mandó un mensaje. Había acabado mi libro la noche antes (primera lectora, exceptuando a los editores) y le había gustado mucho. Nostálgico, decía, pero mi nostalgia sólo se basa en mi inocencia de entonces, en los sueños que tenía, en lo que creía que podría ser mi ciudad y el mundo. El resto es la furia de que me hayan arrebatado los paisajes de la memoria para sustituirlos por mediocridad y nada.
Después volví a casa y me puse a traducir a Coltrane con auténtica pasión y me llamó una amiga escritora, que intentó convencerme de sus razones médicas. Pero mientras hablaba con ella yo me sentía llena de la luz griega de esta mañana y me oía hablar de las amenazas con una voz vibrante, llena de una energía que desmentía esa información; no las sentía realmente sobre mí, aunque no habría podido explicárselo.
Más tarde, mientras seguía traduciendo las entrevistas a Coltrane y escuchaba a Coco Rosie con ganas de bailar, miré otra vez el cielo luminoso y pensé: "Si sólo pudiera seguir así, con este silencio, sin la angustia de una supervivencia que se ha convertido en algo prácticamente imposible, qué felicidad". También pensaba en V, porque siempre la asocio a Coco Rosie y porque ella está ahora en la Gran Manzana, y la imaginaba en un gigantesco crossroads, algo que tenía que ver con un sueño. Me preguntaba qué me contaría al volver, en plena aceleración mía. 
No sé lo que me ocurrirá. Cada vez es más complejo el jeroglífico, las posibilidades de llegar a la meta en esta difícil partida, que hoy me parecía de La Oca.  Y sin embargo, sarinagara...
Aún más tarde me escribió el segundo lector, EVM, que se declaró orgulloso de estar en mi libro (una cita suya lo abre y él aparece varias veces en esas páginas) y me habló de paisajes comunes y me mandó el link de una entrevista magnífica a Gil de Biedma donde habla exactamente de lo que habla mi libro que yo citaría en la presentación.  Pensé que haber logrado que me lean algunos escritores que admiro le da una rara luminiscencia a todo, hace que mis páginas brillen como plancton marino, aunque no pueda ya seguir escribiendo ni vivir de la traducción como antes y todo, absolutamente todo, esté en peligro, incluso mi continuidad corpórea en el mundo.
Luego llegué a unos capítulos magníficos de la novela de EVM, pero aún tardé un día más en acabarla. Me fui a dormir extasiada y Rufus parecía tan contento como si la hubiera leído conmigo, mientras G. veía Citizen Kane en la sala.
La luna estaba aún llena.
Pronto empezará la cuenta atrás. Es desagradable tener tanta información interna, un poco como si vinieran a hurgar en nuestros cajones y armarios desordenados y nos criticasen por esas imperfecciones. La conexión del sistema médico con el aparato policial.
Por cierto que leer los periódicos me llena de furia, por el décalage entre lo que ocurre y lo que dicen, por las maneras autoritarias y regresivas del horrible govern, por la corrupción asociada a la violencia. Pero no quiero hablar de eso aquí en este momento.
Me gustaría sentirme como Soseki hacia aquel médico que le salvó, en aquel sanatorio donde escribió Choses dont je me souviens. Me gustaría poder llegar a la orilla material y fisiológicamente. Una parte de mí ha decidido ya che sarà sarà. Es sólo que no puedo resistir tener que angustiarme por las dos cosas al mismo tiempo, no saber siquiera cuándo cobraré el trabajo entregado, tener que sufrir por lo material en plena convalecencia.
Mientras planchaba, escuchaba France Culture, el maravilloso programa de Laure Adler, Hors Champs. Oí un podcast de una entrevista a Paco Ibáñez y otras dos a Steiner. Valéry hablaba de danser sa pensée y dijo Steiner que los bailarines de Matisse danzan la condición humana. Steiner confesó que todos los días le cuenta a su perro favorito, mientras pasean, sus avances de trabajo y si el perro se para a mirarle, es que todo va bien. Un día fui a pasear con la traductora Selma Ancira por ese parque precioso del Putxet, con vistas de la ciudad, pero dudo que su perrita pueda detenerse a escucharla hablar de Tolstói o Tsvietáieva o Rilke y Pasternak, es un animalillo joven y sumido en el frenesí del movimiento. Y sin embargo, quién sabe... Dijo Steiner que la música era siempre fácil de utilizar ideológicamente, hablaron de cómo nazis y otros habían utilizado a Wagner o a Beethoven, pero no a Mozart (seguramente por su humor y por su falta de pomposidad). Hablaron del mito de que Sócrates murió cantando... También yo estuve cantando. Dicen que con los años la voz baja unas octavas y es triste. Yo podía cantar antes el aria de la Reina de la Noche (sola y encima del disco, naturelich), o el Ave Maria de Schubert en tono soprano, pero ahora tengo que buscar una voz segunda, y ya no es tan bonito. Pese a todo, qué felicidad cantar. Estos días el silencio era maravilloso, sin obras, sin tráfico, sin vecinos.
Traduje ya todo el librito sobre Coltrane y me gustó mucho su espíritu. Es un libro precioso que les recomiendo y que Alpha Decay sacará muy pronto. Coltrane habla de la fuerza creadora en una carta magnífica al final del libro. En las conversaciones, llama la atención esa contención y cortesía de quien se mató a excesos (aunque cuando murió ya no tomaba nada y sólo cultivaba el exceso religioso) y esa idea tan pequeña de sí mismo (siempre cree que los demás músicos están muy por encima de él) y ese emocionante no-saber suyo, de avanzar a ciegas pero con esa rara felicidad que conozco.
Acabé Aire de Dylan de Enrique Vila-Matas. No sé si me dará tiempo estos días de escribir aquí el comentario que quisiera, así que voy a intentar un esbozo. La novela es absolutamente genial y los últimos capítulos me han resultado los más gozosos; los dosificaba a propósito y han logrado atraer mi atención incluso en momentos espinosos. Ese humor paródico de esta ciudad, de sí mismo, del mundillo intelectual, de la literatura posmoderna, del mundo y de todo, sigue teniendo el peso amargo de la tradición quijotesca o cervantina que ya tenía Dublinesca (esa huella del paso del tiempo, esa relojería con el lema barroco esperpéntico del Tempus fugit que podría servir de Carpe diem con tanto tequila) y yo no sé lo que será para los franceses, que son entusiastas seguidores suyos, pero para los que como yo compartimos algunas afinidades y horrores de este país, es una consolación maravillosa. El desdoblamiento de EVM o su multiplicación en distintos personajes llega a su paroxismo cuando Vilnius compara a su padre -escritor al que pretende desdeñar, pero que le persigue una vez muerto como un espectro hamletiano- con otro escritor al que admira, y en todos parece haber algo del autor, con la alegre carcajada irónica dominándolo todo, incluso la autoburla de ese escritor avergonzado de su fecundidad y determinado a abandonar para siempre la escritura e incluso el habla. Y ese momento en que está invadido, poseído cada vez por más capítulos de una novela que ni siquiera ha empezado a escribir. También está la fiesta, la celebración de la literatura y en este caso la peregrinación al cine, el Hollywood visto con los ojos de Scott Fitzgerald (lo que contaba Dorothy Parker), la brillante teoría o insistencia en el fracaso, los guionistas locos en California, los jóvenes artistas enfermos, el delirio del mundo (algunos personajes son memorables, como ese conserje que se acerca demasiado y el vecino que protesta y la peligrosa peluquería y todos los vecinos y tenderos espiando y vigilándose unos a otros, incluyendo al narrador y su mujer), qué gran danza felliniana que, como los bailarines de Matisse en voz de Steiner, ¡danzan la condición humana! Siento mucho no estar en la presentación, en presencia de una librera convertida graciosamente en personaje literario de la novela.
De la presentación de Mis postales de Barcelona, en el siguiente post (un avance aquí).

viernes, 6 de abril de 2012

Presentación de Mis postales de Barcelona



Martes 10 de abril, a las 19:30, en la librería La Central (Mallorca 237)
Presentará el libro Pepe Ribas, escritor, con ayuda de Javier Mariscal, dibujante y autor del prólogo ilustrado, y del editor de Triangle (yo estaré con ellos, naturelich).
Espero que vengan, lectores y transeúntes de este blog...

domingo, 1 de abril de 2012

¿Cuántas vidas?



Foto: I.N.  Visitante de abril, 2012
En los videojuegos que entretenían a G. de pequeño, había que superar unos niveles, y a veces el protagonista moría, pero inmediatamente le era dada otra vida. Había un score que marcaba cuántas vidas le quedaban. Eran muchas. No sé dónde podría encontrarse esa información. Dicen que los gatos tienen siete. Sé que yo he gastado unas cuantas a lo largo de esta partida planetaria, diría que al menos unas seis. Puedo considerarme en cierta manera una superviviente, casi veterana sorteando peligros absurdos, con la lógica sinsentido del juego. ¿Me quedarán más? ¿Será este juego tan generoso como aquellos?  
Todos los días vienen pájaros. No ha vuelto la elegante y aristocrática abubilla, pero vienen gorriones verduzcos y diminutos, que hacen rabiar a Rufus con sus llamadas agudas desde el extremo de un poste de la terraza, donde él no podría nunca alcanzarles. Sin embargo, Rufus no pierde la esperanza. Avanza sigiloso y se coloca en actitud de ataque, dispuesto a saltar si surgiera la ocasión. Su tenacidad me admira.
Yo no sé si he sido tenaz para conseguir lo que deseaba. No sé si demasiadas veces he abandonado. 
A veces la vida parece tan extraña y misteriosa como los sueños. Descubrir de pronto la dirección que se había tomado sin darse cuenta, descubrirse al borde de un abismo o arrastrada por una corriente, no saber si será posible volver. Y reunir valor, una vez más, a pesar del cansancio, encontrar las fuerzas para llegar a la orilla, salvarse.
¿Lo conseguiré? Resistirá mi cuerpo al sabotaje de esa parte de mí que hace un tiempo trabajó clandestinamente contra esta vida mía de videojuego? ¿Lograré un impermeable emocional para escuchar las presiones de Big Pharma sin sentirme involucrada, sin que las palabras maten? Non possiamo saperlo. Y sin embargo, a veces, al sol y con los pájaros o pensando en que podría escribir incluso todo esto que no digo aquí, vuelvo a sentirme tan cerca de la vida que casi se desvanece die Angst y pienso en la frase de Lola M. sobre las células.
Rufus se ovilla a mi lado, entierra la nariz en mi brazo, suspira. 
Mientras, ha salido mi libro de la ciudad, Mis postales de Barcelona, y ha quedado precioso, gracias al trabajo de mis editores, a los mapas de Mariscal y su prólogo luminoso, a esas fotos mías que han sabido elegir y adaptar y maquetar. Lo presentaremos el 10 de abril en La Central (Mallorca 237), con Pepe Ribas y Mariscal. Será una fiesta libresca y espero que vengan muchos lectores silenciosos y no tan silenciosos de este blog. El libro huele maravillosamente a tinta. Ahora que nada me sienta bien, tal vez debería alimentarme de libros, pensé...
Todo eso en medio de la aceleración asombrosa de los acontecimientos de este videojuego en el que vivo y que no deja apenas respiro (no sé si me dejará aliento para celebrar de alguna forma mi cumpleaños). Pero cuando se entra en esta fase, vale más que todo suceda deprisa y pase cuanto antes mejor. Para volver pronto a la placidez de la orilla. En mayo, ese mayo de JRJ.
Eso sí, leo Aire de Dylan (que logra atraer poderosamente mi atención aún en medio del frenesí, en medio de las peores pruebas, aunque sea a trocitos) leo Roma de Gogol, y desde hoy el mítico Mínima moralia de Adorno (para mi curso). He tenido que postergar mi clase de abril, por esos motivos que envuelven la aceleración y añoraré mi curso hasta mayo: ese grupo de alumnos me hace sentir privilegiada. Es una suerte haberlos encontrado. También es una suerte estar tan rodeada de afecto y amigos. Es precisamente en estos torbellinos y sacudidas, capaces de despejar el vaho que cubre normalmente las cosas y de resituar las prioridades, cuando se confirma esa suerte mía de haber escogido tan bien a mis amigos e interlocutores. 
En medio de la desesperación política y social, de las mentiras que se cuentan para disfrazar lo que está ocurriendo, de la alegría de ver a algunos rebelarse cada vez más y la desolación de comprobar que otros siguen ciegos, sordos y sumisos, capaces incluso de tragarse lo que sea con tal de no reaccionar, ocurre toda esta revolución mía, con su estela de amenazas e incertidumbre, pero también con esa oleada de gente supportive. Han sido días de muchas conversaciones y qué alivio produce sentirse comprendida incluso en lo más difícil y sutil, no toparse con esa cerrazón tan española, sino con una escucha inteligente y receptiva. Una vez más las sagradas leyes de la hospitalidad.