viernes, 23 de marzo de 2012

Una reseña de "mi" Giono en La Nación, por Eduardo Berti


Foto: I.N., Lincoln Inn Fields, Londres, 2012
Narradores / Un autor aún vigente

El escritor que amaba la naturaleza

La obra del francés Jean Giono (1895-1970), en alza, empieza a ser rescatada para los lectores de lengua española
Por Eduardo Berti  | Para LA NACION

Más conocida fuera de Francia que en su país natal, El hombre que plantaba árboles es una hermosa fábula que Jean Giono escribió a pedido de la revista Reader's Digest en 1953, a punto de cumplir 58 años de edad. Narra la vida de un solitario pastor que, tras perder a su único hijo y después a su mujer, considera que la región se está muriendo porque le faltan árboles y se dedica a plantar encinos, hayas y arces hasta lograr que todo cambie, "incluso el aire". La revista, que le había pedido a Giono un texto protagonizado por un personaje real, rechazó el cuento, porque dudaba de la existencia del pastor. El relato fue publicado finalmente por la revista Vogue y Giono, que al principio había negado la invención de este personaje, terminó admitiéndola. "Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje inventado", escribió en 1957, en una carta al director del Departamento de Aguas y Bosques de Digne-les-Bains. "El objetivo de esta historia es lograr que se ame a los árboles o, más precisamente, que se ame plantar árboles (lo que después de todo, es una de mis ideas más preciadas)."

En la última década, El hombre que plantaba?(suerte de manifiesto poético-ecologista) se ha convertido en un impensado best-seller. Si la consecuencia esperada por Giono era que la gente saliera a reforestar, el éxito de su fábula es relativo. Pero, en un nivel muy diferente, el libro de Eleazar Bouffier ha tenido otra consecuencia: la de volver merecidamente popular a su autor, aunque a un precio un poco alto: el árbol ha tapado el bosque (empleando una metáfora a medida) y el cuento, pese a su innegable encanto, eclipsó para muchos lectores no franceses el resto de una obra por momentos magistral y muy poco traducida al castellano, fuera de excepciones como la edición que Anagrama hizo de la novela El húsar en el tejado (1951) en el año 1995, mientras el director Jean-Paul Rappeneau estrenaba la versión cinematográfica, con Juliette Binoche y Olivier Martinez.
En estos últimos meses, dos nuevas traducciones de obras de Giono acaban de aparecer y en ellas los árboles cumplen un papel nada secundario. Se trata de dos libros muy distintos: mientras que Un rey sin diversión (Impedimenta, traducción de Isabel Núñez) es una novela madura, los cuatro pequeños cuentos de El hueso de albaricoque (Duomo Ediciones, traducción de Palmira Feixas) corresponden a la etapa de aprendizaje. En ellos se descubre al Giono amante de la tradición de Las mil y una noches , el Giono que alguna vez le dijo a André Gide que concebía la literatura como un narrador callejero obligado a hechizar a su audiencia, a lo que Gide habría repuesto: "Si hiciese eso, me moriría de hambre".
Un pequeño cuento incluido en El hueso? pinta bien la fe de Giono en el poder persuasivo del narrador de cuentos. Un hombre "humilde, pobre y feo" tiene el don de hipnotizar a sus compañeros con relatos que hablan de "la belleza de las sultanas enamoradas, la suavidad de la brisa que se desliza entre los melocotoneros en flor" y demás cosas por el estilo. Sus compañeros razonan: "¡Está loco! Él, tan feo, jamás ha sido amado por una sultana; él, tan pobre, no tiene vergel, y no ve el sol más que un día a la semana, si no llueve". Pero el hombre prosigue con los relatos y sus compañeros lo espían una tarde, mientras regresa a su casa. "El hombre se detuvo frente al puesto de un librero -escribe Giono-. Lo vieron sacarse del bolsillo unas cuantas piezas de bronce ganadas con gran esfuerzo a lo largo de la jornada, y comprar un libro: Vergel, sultana y sol ."
La novela Un rey sin diversión (1946), una de las obras más celebradas de Giono, casi al nivel deEl húsar en el tejado , fue escrita en menos de siete semanas -aunque parezca mentira-, sin un plan previo. Logra hechizar desde las primeras páginas con la descripción de un árbol que el narrador compara con Apolo ("No es posible encontrar en un haya, ni en ningún otro árbol, una piel tan lisa ni de color más bello, una anchura más exacta, proporciones más justas, ni más nobleza, gracia y juventud eternal"), con el siguiente arribo del invierno ("A las nubes de octubre, ya ennegrecidas, se sumaron las de noviembre aún más negras, y luego las de diciembre, por encima, muy negras y cargadas. Todo se condensaba sobre nosotros, sin moverse") y con la anhelada caída de la nieve, omnipresente en casi todas las páginas: "Una hora, dos horas, tres horas; la nieve sigue cayendo. Cuatro horas; es de noche; se encienden los hogares; nieva. Cinco horas. Seis, siete. Se encienden las lámparas; nieva. Fuera, ya no tierra ni cielo, ni pueblo, ni montaña; no hay más que los montones hundidos de esa densa polvareda helada de un mundo que ha debido de estallar".
Pocos autores del siglo XX rinden a lo largo de su obra un tributo tan vital a la naturaleza. Uno piensa en Willa Cather, especialmente en su novela Mi Ántonia (casualidad o no, un personaje muy menor de Un rey sin diversión se apellida Cather), porque, al igual que ella, Giono exalta la flora y fauna sin caer en paraísos pastorales y mientras boceta personajes humanos inolvidables, como el jefe de los gendarmes, Langlois, que posee un don de comprensión más allá de lo normal. Henry Miller, que lo admiraba, comparó a Giono con otro escritor estadounidense: William Faulkner. Es cierto que ambos crearon su "propio territorio" (un "sur imaginario", decía Giono) con esa suerte de mirada bíblica que también se detecta en el primer García Márquez; pero la prosa de Giono en sus novelas posteriores a 1940 es más contenida, sus frases son menos sinuosas y muestran incluso, en libros como Les grands chemins (1951), una parquedad digna de Hemingway.
Alguna vez le preguntaron a Giono por qué sus novelas escritas tras la Segunda Guerra Mundial eran tan distintas de las previas. Su respuesta fue que toda esa variedad siempre había estado presente en él, pero que los lectores no la conocían. Una especialista en su obra (Claudine Chonez) ha dicho que la gran diferencia estriba en el estilo, que libro a libro pierde énfasis y privilegia la concisión en reemplazo de las "grandes frases". Al mismo tiempo, mientras que en el primer Giono -el autoproclamado "artesano de imágenes" de Colline (1929) o, más aún, de El canto del mundo (1934)- hay una celebración whitmaniana de las fuerzas naturales (largas enumeraciones que son, en efecto, un canto al mundo), en los libros posteriores es más frecuente hallar imágenes pesadillescas y escenas de crueldad humana como las que suscita la epidemia de cólera de El húsar en el tejado, novela cuyas descripciones de cadáveres y aldeas abandonadas presentan una belleza perturbadora, una poesía de la violencia y de la muerte que hace pensar en los recuerdos de la Primera Guerra Mundial que se leen en testimonios de ex combatientes, como Louis Barthas.
Las dos grandes guerras del siglo XX fueron determinantes en la vida y obra de Giono. Tras combatir en la Primera, a la que le consagró Le grand troupeau (1931), abandonó el comunismo, se volcó al pacifismo y publicó alegatos antibélicos: No puedo olvidar o Refus d'Obéissance. "Nada nos consolará de aquella guerra -escribió-. Por eso yo me arrojé salvajemente al lado del árbol, de la nieve y de la bestia." Un profundo malentendido hizo que se lo acusase de colaboracionista durante la Segunda Guerra. Se lo excluyó del Comité Nacional de Escritores Franceses y no fue rehabilitado hasta 1950.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Giono se lanzó a escribir dos ciclos novelísticos diferentes: el que inauguró El húsar. es de influencia stendhaliana, colmado de viajes y peripecias (no es azaroso que Giono tradujera al francés La expedición de Humphry Clinker, de Tobias Smollet, pieza clave de la picaresca inglesa) y tiene como protagonista a un piamontés llamado Angelo, inspirado en la figura del abuelo del escritor: un italiano que llegó a trabajar en una empresa que el padre de Émile Zola tenía en Aix-en-Provence. El segundo ciclo novelístico, el que se inaugura con Un rey sin diversión, lo concibió en principio como una suerte de ópera bufa para "hacer dramas con personajes cómicos". La intención original de Giono era que estas obras "alimentarias" fueran escritas al vuelo, con una narración más lineal y un estilo "más seco" (sin tantos excesos líricos), pero el segundo ciclo terminó siendo tanto o más relevante que el otro.
Suele resumirse que el así llamado "ciclo del húsar" (que completan Angelo, Le bonheur fou y Mort d'un personnage) pone más énfasis en el hombre, mientras que el ciclo de las crónicas (que incluye libros como Le Moulin de Pologne) pone más énfasis en la naturaleza. Más allá de las posibles diferencias, muchos puntos unen a El húsar. con Un rey., tal vez porque este último fue escrito durante una pausa (un periodo de incertidumbre) en el extenso proceso de concepción del primero. Las dos novelas muestran cómo una pequeña ciudad de Provenza sufre un hecho singular (una epidemia en el primer caso, una ola de delitos misteriosos en el segundo) y recibe la llegada de un forastero (el italiano Angelo o el misterioso Langlois) que, típico héroe de Giono, parece en fuga o en busca de algo. Las dos novelas están pobladas de seres solitarios que hablan a regañadientes, para "sentir la presencia del otro" y que surgen como "manchas", como cosas poco menos que excepcionales, en medio de un vasto paisaje de cuestas, valles y bosques en el que debe hacerse un esfuerzo colosal para que los ojos se adapten al pasar de una zona de luz a otra de sombra.
Griegos y latinos en Manosque
El centro del universo ficcional de Giono es su ciudad natal, Manosque (a unos setenta kilómetros de Marsella), y los pueblos aledaños: Banon, Peyruis, Carpentras, Vachères, Sisteron. Una zona donde, escribió, "colina tras colina, se asciende por una ladera, se desciende por otra, pero cada vez se baja menos de lo que se ha subido". Un viejo documental en blanco y negro muestra a un Giono corpulento, severo pero bonachón, en su querido Manosque. Juega con una pipa entre los dedos gruesos; va a la imprenta de su pueblo y lo reciben con palmadas en la espalda; más tarde, con una delicadeza propia de los hombres fuertes, se sienta a escribir en su casa con una pluma. Teje una hilera de letras diminutas en un bloc de hojas sueltas. A sus espaldas se aprecia la biblioteca donde -cuentan- predominaban los antiguos griegos y latinos (en especial los bucólicos: Teócrito, Hesíodo, Virgilio), comprados en ediciones baratas gracias a su sueldo de empleado bancario.
Estas lecturas fueron decisivas para que Giono, "autodidacta y sin contacto alguno con el mundo intelectual" -como lo retrata Mireille Sacotte en el prefacio a El hueso de albaricoque-, forjase en los años 30 una trilogía (Colline, Régain y Un de Baumugnes) inspirada en Pan, el semidiós de los pastores de Arcadia, y especialmente en la idea panteísta de que todo es Dios o, en otras palabras, que el universo, la naturaleza y Dios son lo mismo. Desde estas primeras obras, Giono expresó la presencia de lo sagrado, de las fuerzas oscuras e incontrolables que sobrepasan al hombre y que suscitan, incluso, su pánico: cataclismos y desastres naturales, aparte del salvajismo humano. "Místico materialista", como lo define Chonez, Giono rechaza la noción del "buen salvaje" y se siente más sensible al "misterio del universo" que a la idea de Dios.
Se ha dicho que Giono viajaba por medio de su biblioteca, de su mitología personal y de su imaginación, ya que, por lo demás, prefería quedarse en su región natal, de modo que su Viaje por Italia, de 1951, fue algo más bien excepcional. Como su autor, las metáforas e imágenes viajan poco en Un rey sin diversión y las comparaciones encuentran sus símiles en el mundo circundante: una cabeza es "redonda como una calabaza", el cielo es "azul como una carreta nueva", ciertas alfombras son densas como el heno cortado.
El habla y el ingenio popular están presentes por doquier; la oralidad llega a extremos fascinantes en Les grands chemins, pieza fundamental de las crónicas, y descuella en Un rey sin diversión, novela en la que se suceden diferentes narradores (todos muy entrometidos, no todos capaces de comprender a fondo lo que ocurre) y en la que buena parte de la historia es relatada por una mujer apodada Salchicha.
Aun cuando emplea un narrador que no es un personaje, Giono elude la intermediación convencional y pinta ese mundo tal como lo expresarían sus habitantes. Todo esto lo acerca por momentos y no sin cierto peligro al lugar común ("brillaba como chorros de oro", "parecía recién salido de un huevo"), pero en torno a estas expresiones cotidianas la escritura del mejor Giono es sublime. Podría afirmarse incluso que, a mayor escala, sus novelas hacen lo mismo: lo que en la pluma de otro autor depararía un realismo más o menos convencional, una simple serie de novelas campesinas o regionales, acaba arrojando una obra claramente singular, que no les teme a las tramas abiertas ni a la mezcla de géneros y registros. Giono, que en su diario se alienta a "inventar y construir siempre con originalidad", decía que el mero costumbrismo lo aburría y que buscaba (y encontraba) libertad en la desmesura.
Tras una primera parte próxima a la novela policial, Un rey sin diversión se nutre muy pronto de elementos dignos de un cuento moral o de un relato de aventuras. Lo simple es engañoso en Giono y esconde una visión compleja del mundo: "Las motivaciones para los actos humanos son complicadas y diversas", dijo cierta vez explicando el escaso análisis psicológico en sus crónicas. "Lo mejor para el narrador es que se limite a la simple exposición de los hechos."
Tras la temprana lectura de los griegos (y tras El libro de la selva, de Kipling), Giono adoptó a Melville como uno de sus grandes modelos literarios. Tradujo Moby Dick por primera vez al francés, en colaboración con su gran amigo Lucien Jacques, y publicó casi enseguida, en 1941, el libro Homenaje a Melville, donde, como les ha sucedido a muchos escritores, hablando de cierta obra ajena tejió su propia teoría estética. Persuadido de que una de las funciones del novelista es -como quería Joseph Conrad- hacer ver, Giono narra allí un viaje en coche en el que Melville se enamora de una joven inglesa y, decidido a impactarla, le describe la poesía del mundo. "¿Había visto ella alguna vez un bosque semejante al que él le hacía ver? No", sostiene Giono. Lo mismo podría decirse del narrador que se pasea junto con Eleazar Bouffier, el hombre que plantaba árboles; lo mismo podría decirse del lector de Un rey sin diversión, que se topa, maravillado, con árboles que "hacen crujir incansablemente en la sombra pequeñas matracas de madera seca" o con un montículo "sobre el cual, por las grietas entre las casas derrumbadas, veíamos erguirse las ruinas de algo que debía de haber sido importante en su momento". Esos momentos tan concretos y sensuales, nada raros en sus novelas, permiten entender por qué Henry Miller llegó a afirmar: "Si tuviera que elegir entre Francia y Giono, me quedaría con Giono".

miércoles, 21 de marzo de 2012

Charla sobre SINRAZONES DEL OLVIDO en la Biblioteca Jaume Fuster


Mañana jueves 22 de marzo a las 19horas, Lydia Oliva y yo hablaremos en la Biblioteca Jaume Fuster (Lesseps, 20-22) sobre Sinrazones del olvido. Escritoras y fotógrafas de los siglos XIX y XX con Josep Anton Muñoz.

Están todos invitados, lectores silenciosos.

domingo, 18 de marzo de 2012

Quise


Foto: I.N. Sant Martí d'Empúries, 2012
Quise airearme de mi malestar (el contacto con la sombra de los personajes de mi infancia aún tiene el poder de enfermarme) y salí de casa para ver El caballo de Turín de Béla Tarr en los cines Girona. Aunque conocía un poco el cine de Béla Tarr, no sabía yo hasta qué punto iba a encontrarme con la desolación y la desesperanza en esa película oscura y quieta, ni cómo me dolería en ese momento. Y sin embargo, la belleza de esas imágenes pictóricas e intensas me subyugó impidiendo que ni un solo momento se me cerraran los ojos a pesar de mi agotamiento. Tras la alusión con esa voz baja, profunda y östeuropea del narrador, a ese momento en que Nietzsche es testigo de la violencia de un cochero que azota a su caballo y el corpulento y mostachudo Nietzsche se acerca vigorosamente impidiendo que la crueldad continúe, abraza al caballo llorando y vuelve a casa donde dice su última frase, "Mutter, ich bin dumm" (Madre, soy un estúpido) y enloquece, sigue ese arranque maravilloso del caballo que galopa arrastrando el carro: nunca había visto hasta tal punto el esfuerzo terrible del animal al acarrear su carga, ni sentido tan de cerca en unas imágenes el cuerpo del caballo y su sensibilidad y su pelo, porque Tarr parece acariciar lo que observa su cámara y sólo en ese plano ya está contenida toda la tristeza y la humanidad de la historia y toda su proximidad al caballo. Y después, la soledad de una tierra desnuda y yerma recorrida por el viento, la expresión loca del cochero, que a veces parece un enfebrecido Zeus y que mira a su hija con un violento deseo mientras ella le viste y desviste todos los días en un ritual idéntico y reducido, siempre en un despiadado silencio, desayunan aguardiente, comen una patata cocida con las manos (una patata que detestan como Chalámov llegó a detestarlas en Kolymá, y que acaban siempre dejando), y a veces miran por la ventana y el viento no deja nunca de rugir salvo que a veces se superpone la música repetitiva y exasperante (Mihály Vig, me dicen), y sólo dos veces una visita inesperada (la de un visionario que anuncia lo que vendrá, la de unos gitanos que preceden  la sequía del pozo) interrumpe la tediosa e implacable repetición hasta que todo empieza a anunciar una especie de final, una especie de apocalipsis, una especie de muerte de todo, que empieza anunciándose por pequeños signos y que los arrastra a una negritud aún más desesperanzada sin haberles arrancado apenas dos o tres palabras. Pero las imágenes, la cara de la hija mirando por la ventana vista desde fuera, la sencillez de la piedra, los bancos de madera, los baúles, el carro, la tristeza del caballo (recordaba a la nana de Lorca, el caballo fue a la fuente pero no quiso beber), la aridez de la falta de palabras, esa falta que duele en todos los gestos, que parecen reflejar la desesperanza del mundo.
Una de las amigas con quien vi la película había visto el día anterior Madre e hijo de Sokurov y aún venía cargada de su luminosidad esperanzada. La otra estaba sorprendida de que alguien le hubiera recomendado El caballo de Turín sin darle ni una sola pista de lo que iba a encontrar. Yo pensé en la Serbia profunda de este verano, pensé en Kolimá, pensé en Agota Kristof. Pensé en el caballo de Treskavica de Aleksandar Hemon que justamente he citado en mi libro Mis postales de Barcelona. Ese gesto del caballo suicida que contiene en sí mismo toda la carga de la guerra y que conmueve a alguien a quien la muerte de los demás ha dejado de conmover hace tiempo. 
Pero ahora empiezo a entender. Es una película dura de ver, y sin embargo, al día siguiente la belleza de ese arranque del caballo prevalece y esa multiplicidad de ángulos para contar la misma cosa y ese simbolismo del huracán y el deseo violento y la sumisión y el silencio entre padre e hija se han convertido ya en una especie de fábula poética, casi épica, de los orígenes del mundo y de su final.
Y como comentaba alguien en facebook, Tarr ha declarado que es su última película ("el trabajo está hecho", dice), y le creamos o no, parece un testamento terrible. Yo espero que Tarr hará otra película. Pero siento deseos de volver a ver la escena primera del caballo, tan hipnótica con su carga de tristeza casi metafísica y a la vez tan carnal, la vería indefinidamente y casi podría asociarla a La tormenta de nieve de Tolstói, rescatarla de su desesperanza con los pensamientos del escritor ruso, olvidar que Nietzsche no volvió a hablar.
Hablamos un momento en la puerta del cine y nos volvimos cada una a su casa y pasé una noche agitada. Pero esta mañana, con el sol inundándolo todo y un mensaje alegre de una amiga traductora orientalista y francófona que me recordaba las cosas buenas que pese a todo me rodean, me sumí en la preparación de mi curso, y leer apasionadamente a Hannah Arendt y a Mary McCarthy me ayudó a volver allí donde quería estar. G ha ido apareciendo y desapareciendo como el gato de Cheshire y Rufus me ha acompañado en el sofá, enterrando la cara en mi brazo con algún suspiro, o acomodándose en el almohadón junto al ordenador cuando me sentaba aquí. Mientras planchaba he visto Philosophie en Arte TV y se preguntaban sobre la muerte y su presencia constante en la vida. El otro día escuché una entrevista de la maravillosa Laure Adler a Sokurov en su programa Hors du champs de France Culture y se la pasé a la Belle Elaine. Vi una maravilla de reflexiones de Nicole Brenez sobre el cineasta (suicida) ruso Boris Barnet que JLG había puesto en facebook.
Ojalá esta semana se resuelva alguno de los asuntos que lo hacen todo tan difícil. Porque la pregunta aquella, ese ¿por qué? metafísico sigue rondándome cuando me despierto en plena noche y con él se arremolinan otros interrogantes (¿hasta cuándo? ¿podré resistir? y otra vez ¿qué sentido?).

sábado, 10 de marzo de 2012

¿Cómo decir?

Foto: I.N., Maraña sobre fachada, Eixample, 2012
En esta época tan salvaje, que trae todos los días una lluvia de desvalorización y recortes, de noticias que confirman el delirio psicopático en que se ha convertido la política -puro pillaje sin sentido común ni consideración-, en un paisaje donde personas mediocres y mezquinas  gozan afirmando su pequeño poder en un asombroso pisoteo a los demás, además del desierto material y la angustia intoxicante que lo acompaña y que parece imbricada a mi malestar fisiológico (María Zambrano lo contó mejor que yo, parecía que hablara de este tiempo, aquí de la mano de Albert Lladó), necesito más que nunca enterrarme en los libros y el cine, escuchar a los poetas y ver a algunos amigos, y a veces me tienta hacer el ejercicio conductista de enumerar todos los pequeños pero resplandecientes gestos de quienes no se identifican con lo que sucede,  de amigos de siempre y también de espíritus afines que siguen apareciendo en cualquier sector, humilde o lujoso, y me devuelven a aquellas páginas de Oscar Wilde sobre el agradecimiento en Epístola in carcere o De Profundis, aquella descripción celebrativa de la gratitud por aquel hombre que, mientras Wilde salía del juicio por escándalo en Reading y la multitud le abucheaba e insultaba, supo quitarse el sombrero inclinándose levemente para mostrar su respeto, sin importarle la furia mediocre que le rodeaba. Decía Wilde que toda su vida no sería bastante para pagar su deuda de gratitud por aquel pequeño gesto (por menos, otros han ganado el cielo, creo que decía) y que se sentía feliz por eso. Históricamente, la gratitud ha sido una  fuente de felicidad momentánea, como la hospitalidad, precisamente porque crecí en un lugar donde no era bienvenida. 
Este mediodía he vuelto a casa perezosamente desde el Eixample, atravesando el mercat de la Concepció, pasando cerca de casa de tres amigos y saludándoles mentalmente y fotografiando los últimos árboles que sombrean viejos edificios, intentando no mirar la fealdad que se extiende (comme des ganglions de laideur et de misère). Por la ventana de la casa donde estaba he visto el escenario de un documental que me gustó y he sabido que el gesto que lo desencadenó acabó rematado simbólicamente por la tala de un árbol. Me ha gustado la idea de JLG de que una imagen capturada provocase un compromiso con lo que luego ocurriera, un poco como ocurre en mi escritura con esos personajes que capturo y empiezan a reaparecer mágicamente.
Hace días que intento pensar en los pequeños gestos de amabilidad para contrarrestar la oscuridad, las amenazas, los disgustos, todo lo demás (incluso con el pescadero, que me hace precios especiales cuando paso a última hora) y que imagino rescatar  una vieja carpeta del pc, de antes de pasarme al mac, que titulé For Dark Moments, donde guardaba mensajes luminosos. Ahora incluiría un mensaje de Véronique, respondiendo a uno mío donde le daba las gracias por su entusiasmo supportive, en el que me decía algo como: "En realidad lo que generas a tu alrededor es lo tú misma emanas, así que yo feliz de seguir estando a tu lado para recibir esas radiaciones tan especiales que nos produces no sólo a mí, si no a todos los que de alguna manera tocas". Un poco como aquel prólogo de EVM en La plaza del azufaifo, que me animaba cada vez que lo leía. Ahora esos gestos me sirven para recordar quiénes somos y en qué mundo nos gustaría seguir viviendo. Por eso durante el fin de semana en el campo, chez la Belle Elaine, desapareció por completo el malaise físico que me acosa desde septiembre y que tantas noches me ha hecho pensar en la huida.
Me gustó mucho el artículo de EVM sobre Oblómov y L'homme qui dort y su actitud somnolienta como resistente. Yo lo pienso siempre contemplando a Rufus. Los gatos transmiten una lección de ociosidad todos los días. Pero para ser Oblómov "es propicio tener adonde ir" y que no puedan echarte si no pagas el alquiler, porque en la calle es difícil seguir durmiendo... A veces, Rufus me pone las dos patas en la frente como si quisiera transmitirme su calma o sus pensamientos siempre positivos o su capacidad de soñar doscientos minutos al día en lugar de los pocos minutos de los humanos.
La otra noche acabé haciendo una especie de cura nocturna de poetas y escuché en youtube una vez más a Juan Carlos Mestre, a Lêdo Ivo y a EC, leí a José Gorostiza, necesitaba esa metafísica de la poesía, esa pregunta a la que aludía EC y que esa noche era una pregunta doliente, casi de ahogo, de por qué, por qué todo esto y si haría falta que yo cayera por esa pendiente para ver y si realmente se trataba de una caída radical de la Casa Usher, donde yo no creía pertenecer, y sin embargo... Naturalmente, Rufus estaba conmigo y escuchó Cavalo morto y a todos los demás.
Ayer fuimos a ver el Fausto de Sokurov. Los tres amigos que venían conmigo están conectados con el cine en distintos grados. A ellos no les gustó nada la película, y sin embargo yo estuve gozando todo el tiempo y a pesar de las dos horas y media, no miré el reloj hasta que faltaba un cuarto de hora. Iba cansada, era tarde (yo siempre prefiero la sesión de las 20h y no pudo ser), temía dormirme, pero me mantuve allí con los ojos abiertos. Estaba fascinada. Es cierto que, como dijo P.A., era un Fausto sin épica, pero pese a esa iconografía y escenario medieval que tanto me gustaba, esas imágenes como cuadros de Rembrandt, ese barroquismo de algunas escenas, incluso el momento de feroz y salvaje visceralidad del principio, yo lo vi como un Fausto contemporáneo, que se parecía muchísimo a algunos personajes con los que por desgracia he topado últimamente en mi mundo de trabajo, era un Fausto que me hablaba directamente a mí y me consolaba de la tristeza y la soledad que he sentido en esos intercambios, una comida de la que salí como si me hubieran arrancado unas cuantas vísceras,  unos mensajes, unas conversaciones telefónicas, la visión de esos personajes con un comportamiento gemelo a la del mascullante Fausto rembrandtiano de Sokurov o a la de su Mefisto, personajes que no quieren detenerse a pensar  en las consecuencias de sus actos o apartan esos pensamientos mientras se dirigen acelerada y desenfrenadamente a ese "allí" de la película, siempre más allá, sin vuelta atrás, sin importar la destrucción que siembran ni el dolor que infligen. Personajes sin ética ni consideración, fijados en su meta constante, que empujan y pisan para acercarse a ese allá. Yo gocé con las imágenes y el sonido,  con los diálogos y con la tristeza amarga y oculta detrás, con la maravillosa dicción germánica. Ninguna de las tres críticas que leí antes de entrar en el cine me sirvió de nada y comprendía lo que decían mis amigos, pero claramente yo había visto otra película. Tal vez necesitaba que alguien me hablara de eso y que lo hiciera de una forma metafórica y medieval, con homúculus y monos en la luna vistos por telescopio y la persecución de la belleza para cortarla como una flor y la carrera hacia el infierno. Tal vez... Y qué maravilloso paisaje alegórico final.
También mi curso de Correspondencias me alegra. Ahora releo a Hannah Arendt y a Mary McCarthy con fruición. La escucha inspira lo mejor. Sólo con cursos podría vivir con más calma, sin sufrir las miserias de la traducción, la desvalorización y  el agotamiento y el estrés que implica. La primera sesión fue celebrativa, con los espíritus de Flaubert y George Sand flotando en el aire como en una sesión de Madame Blavatsky, rescatados por su conversación a través del tiempo.
Hace ya días volví a ver Miró, L'escala de l'evasió en la Fundació Miró con Tigridia. Es una maravilla y me preguntaba por qué me ponía de buen humor  y por qué me resultaba tan cercano Miró y al final concluí que la impresión envolvente es la libertad interior en la que reinó Miró, cómo había querido y logrado ser libre con su obra y en el mundo, y también me acordé de su tristeza final y le comprendí perfectamente. 
Han destruido otro parque por aquí cerca, en Tres Torres, los Jardins de Roig i Raventós, que los donó a la ciudad y no al aparcamiento privado del Col·legi de Metges, con lo cual parece un tanto irregular. Es una vergüenza que el Colegio de Médicos contribuya a acrecentar la contaminación y destruir el patrimonio verde de una ciudad que está muy por debajo del índice de verde por habitante que recomienda la OMS para la salud de los ciudadanos. Pero aún es más vergonzoso por parte del ayuntamiento, que cobra las comisiones y licencias. Todos los mercados de la ciudad  están en obras y son malogrados para ponerles supermercados y aparcamientos subterráneos. Todas las plazas verdes sacrificadas para más aparcamientos. Fomentan el transporte privado, al contrario de lo que se hace en todas las ciudades europeas. Y sacrifican árboles que han tardado cien, ochenta o cincuenta años, cambiándolos por escuchimizados palitroques. 
Sarinagara, ya tenemos fecha para la presentación de mi libro sobre la ciudad, Mis postales de Barcelona: será el 10 de abril, a las 19:30, en La Central de la calle Mallorca, con Pepe Ribas presentando y el editor de Triangle. El libro lleva un prólogo ilustrado de Mariscal, que también ha prometido estar con nosotros. Será una pequeña celebración resistente en medio de la desdicha de esta ciudad arrasada y sin sombra ni oxígeno.

domingo, 4 de marzo de 2012

En el campo

Foto: I.N., almendro en flor, 2012
Se estaba muy bien, pensé en JRJ (Era mayo y el campo estaba lleno de vida y de pasión. Yo iba con mis pensamientos negros hacia el mundo...). Nos perdimos y llegamos tarde, no vimos a Silvestre, el pastor filosófico, ni a sus ovejas. La Belle Elaine me cedió mis aposentos preferidos en la casa, una gran buhardilla que tiene estudio, dos dormitorios y un baño con vistas a tejados y pájaros, donde me siento feliz. Nunca me ha importado subir y bajar escaleras dentro de las casas. Paseamos por los lagos, fuimos a una playa solitaria donde se había parado el viento de siempre, tomamos tés y cafés en el hotel antiguo frente al mar, vimos las ruinas romanas y nos reímos de unas absurdas instrucciones donde se explicaba cómo andar y moverse a los transeúntes como si fueran estúpidos, recorrimos ese pueblo, siempre con nuestras puyas y conversaciones. Vi al fin el documental que Pere Alberó hizo sobre el pueblo de Oliete. La primera parte me pareció, no sé por qué, de una tristeza irresistible, pero luego algo hizo que fuese más allá y se diera la vuelta, con otro pastor que pensaba, con la mujer que recordaba y comparaba y describía las diferencias entre la vida de antes y la de ahora mientras el pastor ladeaba la cabeza para escucharla atentamente, y las imágenes, algunas se quedaron conmigo: un rebaño inmenso de ovejas atravesaba un bosque repoblado; había una película dentro de la película, y una escena en que unos niños contemplaban el desuello de una oveja entre la fascinación morbosa, la excitación, la tristeza y el rechazo; me gustó mucho verla. Había algo de la historia del país aunque se silenciara, algo de lo que no se hablaba y de lo que hablarían más tarde, en otra película. Pero ese no-dicho flotaba en el abandono y el desamparo de la gente de aquella tierra, en la piedra. También vimos una primera película de Castilla de Val del Omar, experimental y loca e interesante, acabé el libro que leía y escribí la reseña en mis aposentos, paseamos esta vez por las lagunas, comimos, nos reímos, escucharon mi reseña, y algo significativo: mágicamente los malaises que tanto me habían desesperado en estos tiempos se redujeron a su mínima expresión, no sé si porque la dieta y los remedios funcionan o por ese sosiego del paréntesis de quietud, árboles y pájaros y conversaciones de amigos tras una semana muy difícil.
A mí no me gustaría ser de esas personas que afirman su pequeño poder cortando el paso a los otros o contribuyendo a sus dificultades en estos tiempos tan salvajes, no me gustaría jugar ese papel de vigilantes del campo de concentración, ni ser de esos incapaces de generosidad ni de empatía, que olvidan que nada es eterno y que ellos también pueden caer sin red. Aunque alguien me decía: esa clase de personas suele remontarse, porque lo que se busca en estos tiempos es justamente esa mentalidad psicopática y esa mediocridad. Pero qué desagradable y triste es el contacto, escuchar algunas de sus frases. Y qué bien lo entendía V. cuando se lo conté. En esa semana oscura tuve que ascender por esas pendientes lanosas o acartonadas de mis sueños y me agoté tanto y me sentía tan mal físicamente y con tanta desesperanza de que se me pasara, que una madrugada llegué a contemplar la vieja idea de irme. Luego, como una mariposa en la quietud de esa hora extraña, se me acercó revoloteando un pensamiento, algo que me decía: no puedes, tienes un compromiso aquí. El hombre que escucha me dio dos claves, una que desculpabilizaba y desdramatizaba, otra que señalaba dos lugares del deseo. Y luego me fui al campo. Ahora leo la biografía de Balthus, también para reseñarla. Estos días hablábamos mucho de sueños. Uno de los niños de la Belle Elaine había soñado que iba en bici acompañado de una luz, a su vez montada en su bici. El camino era difícil pero la luz siempre iba con él. Ojalá me acompañe también a mí esa bici luminosa en esta semana.

lunes, 27 de febrero de 2012

Curso de Correspondencias entre Escritores



Correspondencias entre escritores. La carta como género literario: expresión de amistad, conversación a través del tiempo 
(20 h)


La escritura o la vida: Gustave Flaubert y Georges Sand 
La ficción o la reflexión: Mary MacCarthy y Hannah Arendt 
La crítica y la interrogación recíproca: Juan Benet y Carmen Martín Gaite 
Una pasión intelectual compartida: Theodor W. Adorno y Walter Benjamin 
Cuatro autores y un editor: Hesse, Rilke, Walser, Brecht 

Otras maneras de escribir: Correspondencias fílmicas, la carta como estructura de novela: Choderlos de Laclos, Mary Shelley...

Profesorado: Isabel Núñez 
Fecha de inicio: 6 de marzo de 2012 
Horario: martes, de 18:30 a 20 h
Lugar: Sarrià

sábado, 25 de febrero de 2012

A veces

Foto: I.N., Árbol que abre la verja, Londres, 2012
La lluvia de recortes, negativas, malas noticias y obstáculos es tan fuerte y tan persistente que cuesta mucho no decaer. A pesar de la hospitalidad alegre de la Belle Elaine, de las apariciones entusiastas y protectoras de J., de la relectura de las cartas de Flaubert y George Sand y sus dificultades y su amistad, de la presencia sólida de Rufus y su condición de gato contemporáneo que cree en las imágenes sin olfato de la pantalla (hoy era un documental de leones marinos; eran demasiado grandes para osar ir a la pantalla a cazarlos, pero estaba a mi lado en el sofá tenso y expectante sin quitar los ojos de la pantalla, con las orejas alerta y la expresión de "algo increíble está pasando aquí", era una maravilla verlo, daban ganas de llevarle al cine, aunque en cuanto dejan de aparecer animales pierde interés y vuelve a sus abluciones y su ensoñación de gato), a pesar de todo, qué difícil resulta a veces todo. 
Ayer por la tarde mi malaise digestivo se aceleró por la preocupación. Iba andando hacia una cita y me sentía morir. La cena me sentó mal, era un japonés que antes estuvo bien y ya no es lo que era y sobre todo, el olor a fritanga se me quedó en la ropa (mágicamente mi mantita se salvó, pero el abrigo ha pasado la noche en la terraza, esperando que el aire sustituya la función del tinte, pues ahora no hay presupuesto para eso).  Y es que, de pronto, un amigo generoso y hospitalario, ingenioso y lleno de talento, con quien he pasado momentos gloriosos y que ha sido a veces un gran lector de mis cuentos, me habló como si hablase a otra persona y lo que dijo me pareció terrible: yo sabía que se estaba confundiendo y que él mismo se daría cuenta, como luego ocurrió. Me hablaba como si yo fuese un estereotipo de mujer que yo sé que existe y que él conoce bien, pero que nada tiene que ver conmigo. Ni siquiera tengo ni creo haber tenido ninguna amiga así. Es terrible cuando alguien nos confunde, cuando nos dicen cosas que nada tienen que ver con nosotros, es una pesadilla, vuelve el Castillo de Kafka, vuelve la sensación de: "Esto no puede ser verdad, no puede estar ocurriendo". Y aunque él se diera cuenta más tarde y me dijera: "Ya sé que tú no eres así", me pilló en un momento de vulnerabilidad tras toda una semana espantosa y me dejó un dolor exasperante, porque se unió a esa costra de mugre que es ahora la vida laboral, tan llena de mezquindad y de presuposiciones erróneas sobre los demás. Yo sé que estoy en esa franja por error y que saldré en algún momento, pero a veces, como ayer, siento que vivo por completo en 1984, que soy Winston Smith o aquella chica con la que se encontraba en una casa escondida.
Cómo duele pasar junto al pobre azufaifo con ese edificio carcelario que lo constriñe e impide que sus raíces respiren, y esa pared ridículamente pintada para su cadalso, qué feo es lo que construyen estos arquitectos que se prestan a todo, no saben nada de la belleza ni de la armonía ni de la joie paradoxale malgré le monde. Sólo son barrigas llenas de monedas como el lobo con las piedras de los cabritillos. Son mutantes que creen no necesitar oxígeno ni árboles ni luz para vivir.
Y esta tarde, de vuelta de un aperitivo con unos amigos radiantes, que no me confundirían nunca con ese estereotipo del siglo XIX, ya en casa, no lograba ponerme a trabajar, cuando de pronto se me ha ocurrido una idea luminosa para salir del brete en el que estoy; no sé si saldrá, si será aún técnicamente posible, pero ahora casi no puedo esperar hasta el lunes para saber cuánto tardaría en resolverse y si llegaría a tiempo.
Es verdad que mientras, mi libro de la ciudad se acerca a su salida. Por dentro ha quedado precioso, temo haber dicho algo que no quisiera, como siempre, pero qué bonitas se ven las imágenes y el prólogo de Mariscal y sus preciosos mapas... Me falta ver la portada y verlo convertido en objeto libro. La idea es que podamos presentarlo a principios de abril, antes de la avalancha de Sant Jordi (por cierto que mañana sabremos si Hollywood se porta bien con la película de mi prologuista de excepción). Y que también en esta semana hubo un momento en que G. me dijo una de esas frases suyas que me hacen feliz y que guardo enmarcadas en una suite de mi memoria, para alegrarme el espíritu. Y que puse un aullido de socorro en facebook y vinieron muchos amigos, cercanos y lejanos, a ofrecerme ayuda sin saber de qué se trataba. Y otros se preocuparon y me llamaron para asegurarse de que estaba bien. Y dos amigas me han ofrecido hoy ayudarme si el momento llega, aunque ojalá no haga falta. También escribí una reseña sobre una buena novela escrita por una amiga, una novela que me ayudó a escapar de lo peor durante todo un día de mugre, tras un estúpido conflicto bancario que presenció casualmente un amigo y que, a pesar de su pequeñez y de su fugacidad, contribuyó a la sensación de mugre.
Me siento ya mucho mejor de mi malaise físico, que se ha prolongado hasta esta tarde (he estado un momento en el Floral Café y me sentía mal a pesar de la buena atmósfera del lugar...). A veces pienso lo peor, recuerdo todas las amenazas vitales, pero luego se me pasa y al verme en el espejo pienso que no tengo cara de estarme muriendo). Una vez más me encomiendo a mis espíritus de escritores para que me ayuden, junto con los árboles de las ciudades que adoro, para que me protejan y me permitan mantenerme en la superficie, nadar como los leones marinos que impresionaban a Rufus y volver a escribir como antes.

viernes, 17 de febrero de 2012

Jeroglíficos

Foto: I.N. Maraña arbórea frente al Museum of Natural History, Londres, 2012
Hace muchos días que no escribo. Llegué de la maravillosa y esta vez nada pérfida Albión, que se había portado tan suavemente conmigo: me permitió soñar despierta, mientras andaba, con otras vidas posibles, y descansar del desentendimiento y la estrecha rigidez de mi país, del desierto cultural y de la lluvia ácida de desvalorización y depresión que sigue cayendo por estos lares. El retorno fue muy duro y me envolvió de tal forma lo angustioso que no pude escribir. Primero fueron los fantasmas de delirio y locura que me habían rodeado en la niñez y que generaron en mí la fantasía o la pregunta de si yo también estaría loca. Luego, los recortes en las instituciones para las que antes trabajaba y esa sensación desagradable de que alguien mezquino, alguien que necesita pisotear a los otros para reforzarse o respirar, aproveche la situación de penuria general para machacar a otro: yo sabía con quién estaba hablando, no era la primera vez, pero fue igualmente penoso. Al colgar el teléfono me alegré de no ser como ese alguien, pero también maldije mi antiguo desdén por el dinero y la seguridad, mi manía de hacer funambulismo sin red, todo lo que ahora me toca pagar. Tuve que hacer algunas prospecciones que me removieron el higadillo. Todo parecía en vano, excepto una revista hospitalaria. Recibí también algunas respuestas amables pero tristes, aludiendo a presupuestos restringidos hasta la desaparición, a incertidumbre en los pagos. En facebook invoqué a Spinoza ("No sufrir, no lamentarse, inteligir"), y a Dorothy Parker, cuando explica la necesidad de aceptar estoicamente el fracaso contando que Esopo fue al bosque y un lobo le dio una dentellada en una pierna. "Hala", le dijo el animal, "ahora vete a casa y escribe una fábula". También me acordé de la protagonista de Alison Lurie, perseguida por el perrillo imaginario de su autocompasión, empeñado en lamerle las heridas. Vino mucha gente a comentar y proponerme cafés. Tenía razón la Otra Bel: me recordó que hay días malos y les suceden días buenos. Ya lo dijo Van Morrison. Era el "Let's call it a day" anglosajón, pero esta vez yo no podía creerla. Porque la lluvia ácida sigue cayendo. Porque está muy difícil que yo me mantenga a flote. Porque vivir de la traducción se ha vuelto imposible. (Por cierto que hoy he leído la carta brillante y llena de esprit de un traductor ilustre a un editor que corrige las traducciones con espíritu didáctico y les corta toda poesía, todo hermetismo, toda rareza. Como yo también lo he sufrido me ha alegrado leerla. Valorar la traducción supone pagarla mejor y tener criterio para poder distinguir un buen trabajo y respetarlo). Porque los medios parecen querer deprimir al país aún más lanzándonos al hoyo. Porque los políticos sólo aplican medidas que hundan más al pobre, desdichado país.
Y sin embargo, sarinagara, mi percepción cambió al día siguiente, como había vaticinado Isabel M. Aunque continuase la lluvia ácida. Aunque mis problemas digestivos se hubieran agudizado hasta un extremo insoportable. Aunque mis sueños me mostraran la angustia que me invadía de día.
Soñé que estaba prisionera en una torre luminosa de la calle Anglí. Mi carcelero me había quitado la ropa de calle para que no huyera y en cierto momento intentaba escapar en pijama y calcetines. Un policía moreno, muy violento y desagradablemente mal hablado, me vigilaba. Yo hablaba con imágenes simbólicas que sacaba de un libro familiar. Mi lenguaje era el de un psicótico, con su misma poética. Fui a ver al hombre que escucha y él señaló con su puntero invisible: "Anglí suena como Ang Lee". Más tarde, ya en casa, me sorprendí yo sola al descubrir mi vocabulario onírico, mi jeroglífico. Mi sueño utilizaba como escudo la última película que vi de Ang Lee, Deseo y peligro o Lust and caution. Yo estaba prisionera del deseo de otro en un lugar luminoso. Y además, la protagonista era condenada a muerte y esa conciencia de su peligro de muerte era lo que me aprisionaba. El hombre que escucha me había dado una clave sobre qué me había atrapado al llegar. En el sueño, G. intentaba defenderme y hacer que el policía se fuera. Y había otros detalles que no contaré aquí. Pero al desentrañar el jeroglífico, el sueño angustioso se convirtió en lenguaje fascinante.
Por eso a mí me gustaba traducir, por lo que tiene de desentrañar jeroglíficos. Lo dije en Los meandros de la traducción: "Cuando le preguntaron al matemático Marcus de Satoy cómo había podido fascinar al público inglés hablando de números, él dijo dos cosas, una, que todos sabemos: que la pasión ayuda a la transmisión de cualquier saber, y la segunda, que me interesó más, que a todo el mundo le gusta hacer que todo encaje, y por eso tiene éxito el sudoku... Creo que en la traducción, en el hecho de descifrar y resolver cualquier jeroglífico, por muy difícil que sea –y no sé por qué, yo siempre he traducido textos difíciles—, he encontrado una representación tranquilizadora, un gesto simbólico vital, que descubrí de pequeña, cuando aprendía a conocer las letras y a formar las palabras. En el fondo de esa operación, está la idea de que todos los problemas son como jeroglíficos y que, si lográsemos concentrarnos más allá del dolor o de la angustia, sólo habría que encontrar la solución. Es una sensación comparable a encontrar el camino en un laberinto. Todos los problemas tienen al menos una salida, repite una voz interna, mientras traduzco." Sólo que ahora duele ver ese trabajo pisoteado y desdeñado por quienes deberían valorarlo. Y sorprende el distinto valor que se da a los traductores al otro lado de las fronteras. Ahora me he sumergido en la recta final de los Cuentos irlandeses de Maeve Brennan. Ella me ha dado una misteriosa lección de escritura.
Hoy he recibido la novela balcánica de Clara Usón, La hija del Este, que estoy deseando leer. Y también ha venido A.G. con su novela, que ya me gustó en su versión sin pulir y ahora releeré con fruición. Durante la comida, A.G., que es un lector excepcional, libre y desprejuiciado y no se deja llevar por lo que sabe o imagina de mí, sino que puede valorar el libro en sí, me ha estado hablando también de mi novela y me ha reconfortado, porque en esta espera de lectura la he puesto en un limbo, en parte por otras razones internas (una parte de mí preferiría no publicarla, mientras que la otra parte lo necesita con ferocidad; ambas han llegado a una entente que me desconcierta: que se publique, pero no tan pronto. Y mientras, no logro salir del todo de ella y ponerme a escribir otra cosa). Me explicaba A.G. en qué consiste para él el valor de esa novela mía, hablaba de los que escribimos "a tumba abierta", como la frase que me dijo un poeta amigo desde la casa donde habita la reina de las albercas: "Es que tú llegas hasta los huesos, y eso vale y muy pocos se atreven a hacerlo". Ella, la reina de las albercas, me lo había dicho a su manera pictórica y de cante jondo, con su escritura fragmentada y su calor. Y reconectar con mi libro me ha consolado porque estos días es como si mi novela hubiese desaparecido y aunque tengo vagos deseos, no sé si lo que quisiera escribir ahora son unos cuentos con un formato extraño o es una novela que se aleje más de mí, entrando subrepticiamente en otras pieles. 
También me contaba A.G. cómo disfrutó leyendo Una vida absolutamente maravillosa de EVM y cuando le he dicho que la obra de EVM era una fiesta de la literatura, me ha dicho: "¡Exacto!" 
He salido andando para aliviar mis males digestivos (y es que cuesta digerir mucho de lo que me ocurre, lo que no puedo contar aquí) y me he cruzado con una pareja y él la estaba mirando tan de cerca y con tal intensidad (pero no con deseo, sino con un escrutinio salvaje, como si quisiera y pudiera saberlo todo) que casi me ha asustado a mí. He pasado por ese geriátrico en cuya verja hay a veces un viejuzo desesperado que pide a los transeúntes un cigarrillo. Y he descubierto que el geriátrico tiene nombre de una poeta americana maravillosa. 
Ayer, al salir de descifrar jeroglíficos, pasé la tarde en la editorial de mi libro de Barcelona, corrigiendo "viudas y huérfanas" y cosas de maquetación. Fue una sorpresa agradable tras la lluvia ácida de estos días. ¡Qué bonito queda el libro! ¡Cómo han sabido colocar y sanear mis fotos! ¡Qué bien queda el prólogo de Mariscal, con sus maravillosos mapas! Mi amigo seráfico, que trabaja allí, demostró una vez más su paciencia y su savoir faire, su humor y su proximidad. Me gusta mucho ese lugar modernista, con las dos gatas y el perrillo y la azotea de los fumadores... Y hace ilusión cómo ese libro sigue su camino... Y luego, al llegar, descubrí que me había llegado un regalo arbóreo de plata de mi amiga americana. Dijo que era un protector para quien protege a los árboles. Es precioso y me sentí inmediatamente protegida por su amistad.
En cuanto a Rufus, sigue aquí conmigo, con su belleza y sus visiones de lo invisible, por las mañanas se echa a mi lado cuando hago mis ejercicios en el suelo, y ahora está sentado en su regio almohadón junto al ordenador, jugando con mi mano y el ratón, mientras yo me levanto a bailar.

viernes, 10 de febrero de 2012

Último día


Foto: I.N. Paseos por Londres, 2012
Esta mañana me ha costado salir de casa. El cielo era gris y al abrir la ventana entraba un aire helado. Al fin me he puesto en marcha y he ido andando, cruzando el parque y dando rodeos. Me he cruzado con  una chica extasiada, enamorada y con un chico que iba riéndose a carcajadas leyendo un libro. Y dos enamorados gigantes y corpulentos. Hasta llegar a la National Portrait Gallery, a ver los retratos de Lucien Freud. Lo cierto es que yo tengo mixed feelings about him, sus desnudos tan viscerales me angustian, me inquieta entrar demasiado en su mundo (como en la magnífica pesadilla del universo de Bacon, que también estaba con él en las fotos), pero sabía que había muchos retratos vestidos y eso me resulta más fácil. La verdad es que me ha encantado verla, estar allí. Sus autorretratos son magníficos, hay una belleza en ellos y una transparencia a pesar de su tono despiadado y me gusta mucho su mirada  en esos cuadros, como un espejo extraño, y los de Bella, su hija y muchos otros, de todas las épocas. Por lo visto pintaba a todo aquel que estuviera a mano, y si no había nadie, se retrataba a sí mismo. Pero qué encanto casi surrealista y estilizado en los del principio, y qué ocasión para ir siguiendo sus cambios de puntos de vista, su evolución hacia una sordidez más hiperrealista, y las fotografías de él pintando a Hockney o pintando solo o con otros modelos, o con Kate Moss y la reina. Y el retrato recíproco de Hockney y él (el de Hockney un dibujo, y una crónica de aquel encuentro, muy fría y despiadada). No había apenas colas y ha sido una suerte estar allí. Al salir he echado a andar por Strand hasta llegar a la Somerset House, que alberga la Cortauld Collection. Qué celebración de la pintura! Braque, Matisse, mucho Matisse, Van Gogh, Léger, Van Dongen, Modigliani, mucho Bonnard, mucho Cezanne, Dufy, Derain, Gaughin, algún Picasso, Kandinsky, y luego dibujos y grabados del entorno de Canaletto y otras maravillas de pintura holandesa, Rembrandts, etc. He tomado allí una ensalada y he echado a andar de vuelta, perezosa de coger el metro, he atravesado St James Garden y luego Green Park para ir a ver a mi amigo, que estaba trabajando en Abbey Road, ese lugar mítico. En la puerta estaba lleno de españoles haciéndose la foto del paso de zebra en la que tantos han sido atropellados. Pero yo he entrado en el estudio de los Beatles (que está igual, con esos pianos rockeros) y en el estudio enorme que enseguida se ha llenado con un coro, y en el lugar de control donde trabajaba mi amigo, y en el café he salido al jardín de los fumadores (y es que me preocupa porque he pasado tres semanas sin fumar y no quiero dejarlo, ya saben mis amigos que fumo poquísimo y no quisiera renunciar a ese vicio tan contenido, que ahora es ya rebelde), donde tenían un cementerio de aparatos cubiertos de nieve, que he fotografiado y un hombre de nieve precioso con gafas bifocales. Mi amigo dice que ahí la música no puede sonar mal, rodeados por los espíritus de tantos y tantos músicos que aparecen en las fotos, desde los Beatles y los Stones a Karajan y Jacqueline du Pre, en momentos gloriosos de la música. Me gusta entrar en ese mundo de los músicos, de los compositores, de los técnicos, de los intérpretes y oír furtivamente sus cosas, aunque me sienta analfabeta.
Al salir, los españoles seguían haciéndose fotos y firmando en el muro, y más allá, he visto, por un momento, al otro lado de Regents Park, la bola de fuego gigante del sol poniente mirándome y transformando todo el panorama de la ciudad. Mientras andaba, entre ardillas y pájaros, he vuelto a hablar con los árboles, les he pedido que me ayuden, afines espíritus arbóreos, y también me he encomendado al espíritu de Dickens, que acecha por todas partes de esta ciudad y en nuestro mundo.
Todo el día he sentido el peso de la melancolía del retorno. No quiero siquiera pensar en lo que está ocurriendo en mi país. Me ha consolado leer un poema de Ingeborg Bachmann deslumbrante que Emma Gunst ha puesto en facebook y para el que me ha avisado Isabel Mercadé. Es un poema lleno de condicionales y me ha recordado a mis propios pensamientos, semiinterrogaciones, semideseos y sombras de hoy. Esta noche, en algún momento de mi sueño, discutía con M., que en el sueño estaba viva y con memoria, nos peleábamos por dinero y eso era triste y sé con qué conectaba. No quisiera volver, pero mañana está ya muy cerca, demasiado cerca, y no creo que cierren el aeropuerto, porque hoy no ha nevado, y aunque en algunos lugares de la ciudad la nieve se acumula incluso en los coches aparcados, ha hecho sol (qué delicia el sol en Londres, no llevo las gafas de sol, ¿para qué?, me encanta deslumbrarme con ese sol suavísimo y ver las sombras cayendo) y como no sea que esta noche vuelva la tormenta...
Pero tengo que dejarles ya. Londres se acaba. Vuelta a un lugar donde hay que discutir por lo más básico, donde muy pocos nos entienden, donde todo es tan zafio. ¿Cuánto tiempo durará el encierro asfixiante en ese país regresivo y asfixiante que es ahora el nuestro? ¿Hasta cuánto resistiremos?

jueves, 9 de febrero de 2012

Día extraño

Foto: I.N., Una estatua que espera decapitada a ser devorada por la naturaleza, Islington, Londres, 2012
Mi amigo se había despertado con un humor que recordaba al principio de Moby Dick. Tal vez fuese el cielo, o el aire helado o quién sabe qué. No quería venir a ver la colección Cortauld ni tampoco probar suerte con los retratos de Lucien Freud (aunque tenía razón: al parecer, las colas eran importantes). Después de traducir un rato los Cuentos irlandeses de Maeve Brennan (sorprendente conversación entre el ex obispo viejísimo llegado de África y la protagonista, MB nunca deja de asombrarme) y esperar a que vinieran unos transportistas, hemos seguido la recomendación de alguien, pero tal vez erróneamente y hemos ido a parar a un canal de Hackney más industrioso y marginal de lo que esperábamos, eso sí, lleno de patos y cisnes mutantes, y yo tenía que contenerme para no gritarles: ¡No! cuando les veía agacharse a beber. En cierto momento hemos visto, en el fondo, una especie de suicidio contemporáneo, una versión globalizada del pequeño soldado de plomo y su bailarina de Andersen: un carro de supermercado abrazado a una vespa roja bajo las aguas turbias del canal. Después de pasear largamente hemos seguido hacia el norte, entre Hackney e Islington, hasta un cementerio que han decidido devolver a la naturaleza, de modo que las tumbas son engullidas por el verdín, las enredaderas y los matojos, y las raíces de los árboles las levantan, ladean e inclinan, hasta el punto que parecen apoyarse unas en otras, como si los muertos murmurasen entre sí y estuvieran llenos de secretos. El lugar era ideal para el encuentro de unos espías. Por cierto que nos hemos cruzado dos veces con un joven misterioso. Además, en el norte de Londres, la nieve no se había fundido, los caminos estaban peligrosamente helados y había que echarse a los lados para pisar la nieve crujiente, que se mezclaba con la piedra reverdecida. Por allí descansaba una sufragista inglesa, entre muchos otros. Algunas inscripciones eran de una excentricidad considerable, como el panteón de doce viudas calvinistas. 
Al fin, agotados y helados, hemos vuelto al So-Ho para comer en un restaurante chino maravilloso y delicado, completamente reconstituyente. Lástima que al lado se sentaba una mujer furibunda, que me ha hecho recordar la pregunta de Jean Rhys de por qué algunas personas nos odian nada más vernos. Sin embargo, la mujer furiosa detestaba a mi amigo, no a mí, por alguna extraña razón inimaginable. Después de esa magnífica comida reparadora, yo tenía que buscar un regalo para G. y otro para la amiga que se ha quedado con Rufus los días en que G. se marchaba, y mientras buscábamos y encontrábamos, hemos aterrizado en una tienda de música absolutamente maravillosa, otro de esos reductos del humanismo donde la gente que está de acuerdo con que los autores tengan derechos va a comprar discos y a buscar rarezas (incluso de vinilo), y mi amigo me ha enseñado algunas compositoras desconocidas y en la sección de ofertas hemos encontrado algunos tesoros. He salido de allí con una Passio de Arvo Part, un Winterreise de Schubert, una Music for Voices de Elizabeth Maconchy (un regalo) y mi amigo ha salido con un cargamento: Simfonías completas de Chaikovsky con Muti, Le chant de Sanaa de H. al-Aljami & A. Ushaysh, la Missa Dominicalis de Gabrieli, el Capriccio y De Natura Sonoris II de Penderecki, la Symphony of Psalms de Stravinsky con Lili Boulanger, Private Gardens de Kaija Saariaho y Chico & The Gipsies (Bomboleo, Marina, Baila Me...). Enfrente había una tienda de partituras que también suele frecuentar mi amigo.
He vuelto transfigurada y una sinfonía de Tchaikovsky me envuelve como un manto; a no ser que me tienten unos amigos de por aquí, me quedaré traduciendo. Esta mañana el frío era tremendo, pero por la tarde parecía domesticado. He encontrado una bonita pieza para G., ojalá le guste. No quisiera volver nunca a mi ciudad, pero mi tiempo se acaba. Yo recogería a Rufus y haría venir a G. y que me visitaran mis amigos... No quisiera vivir en el país donde vivo, donde la extrema derecha domina el poder judicial y los banqueros más corruptos se sientan en el gobierno, donde además, el desierto cultural se extiende y la burramia flota en el aire y todo se encarece mientras nos asfixian y roban y siguen destruyendo la arquitectura histórica y cortando los árboles. No quiero volver a un país donde sólo me entienden unos pocos amigos y a la gente le importa sólo que los rótulos estén escritos en catalán y que el Barça gane los partidos, dejar crecer su barriga y aparcar el coche en el parking. No quiero volver a un país donde es una rareza defender los árboles o quejarse de los precios o del estruendo de las obras diurnas. Echo de menos ciertas afinidades al salir a la calle y un paisaje humano como el de aquí. Estos días en Londres he podido soñar y restaurarme; ojalá me inspiren para encontrar mi solución al jeroglífico.
Está empezando a nevar.

Vuelta a las viejas librerías

Foto: I.N., Hard Times, Dickens, 2012
Anoche se estropeó la conexión de Internet de este edificio y esta mañana seguíamos desconectados. La desconexión irrita y preocupa, pero también relaja y ayuda a entrar en un olvido antiguo, en aquellas sensaciones de antes, en que salíamos a la calle y nadie nos interrumpía por teléfono, y viajábamos a un pueblo cercano y nadie sabía de nosotros hasta que volvíamos. Eso lo escribí en mi primer cuento de Algunos hombres... y otras mujeres. He estado traduciendo los Cuentos irlandeses de Maeve Brennan (para Alfabia) sin diccionario on line, las escenas imprevistas del té de la señora Bagot con el ex obispo misionero en Sudáfrica, al son de una raga magnífica sin asperezas ni carga que me ha pasado mi amigo, y luego hemos salido al día gris y helado y  hemos ido a Charing Cross, donde no sólo quedan algunas maravillosas librerías de viejo, sino que siguen llenas de gente apasionada de los libros. He bajado las escaleras de caracol de una de ellas para descubrir que la zona de ficción y poesía estaba abarrotada de lectores, no de turistas, sino de altos ingleses bibliófilos que rebuscaban en los estantes, dos gigantes agachándose o encorvándose con sus abrigazos hasta los estantes del suelo, gente subida a las escaleras, parecían las silenciosas y reflexivas, soñadoras imágenes de On Reading de Kertész. Qué alegría estar entre tanto espíritu afín... Y sin hablar, sin saludarnos, sólo sintiendo que estaba entre hermanos. Ahí estaba para mí el único reducto de futuro del humanismo y del mundo que yo no quisiera perder... Me he comprado sólo dos pequeñas joyas, una diminuta y antigua edición de Hard Times de Dickens (para celebrar su cumpleaños y la Luna de ayer) y su capacidad de hablarnos de estos hard times de ahora, y una preciosa edición ilustrada de Keats, donde abriendo al azar ha aparecido ese poema a Isabella... Until sweet Isabella’s untouch’d cheek /  Fell sick within the rose’s just domain... Mi amigo se ha comprado un libro maravilloso de 1970 sobre pintura rupestre, con preciosas ilustraciones, y otra joya que no recuerdo.
Más tarde hemos entrado en Chinatown: aún no han terminado las celebraciones del Año Nuevo Chino (del Dragón) y de pronto nos hemos dado cuenta de que estuvimos juntos en el pasado Año Nuevo Chino en el Chinatown de San Francisco; se ve que el año chino nos une en cierta manera. Y yo me recordaba buscando hierbas chinas para dormir con mi jet lag de entonces, mientras que ahora duermo...
Luego he salido pitando para el ICA, donde había quedado con la escritora Londoner Susana Medina, y hemos pasado una hora y media hablando en ese lugar aún mítico, donde el jueves ponen una película interesante, un Marx Reloaded donde participan filósofos y entre ellos Zizec... Y luego Susana me ha acompañado a un lugar prohibido donde tenía que comprar unos chutneys para J. y G... y donde el grupo activista UK Uncut protagonizó una sentada que les costó carga policial y denuncia... Tienen toda la razón. Susana y yo hemos hablado de escritura, de arte, de cómo sobrevivir y resistir, de años salvajes y del desierto cultural de mi país.
Y después ya era de noche, porque aquí el día dura poco y hoy el aire mordía de frío. Anoche estuvimos en un restaurante chino de fusión bastante posh, abarrotado porque aquí la crisis no ha devorado el país y no se ven locales vacíos como en NY y en Barcelona, sino que la vida sigue industriosa y bulliciosa, aunque la Universidad se haya burocratizado y los recortes sociales sigan adelante. Y en aquella atmósfera delicada y alegre, mi amigo intentaba explicarme cómo encajar mejor en el mundo y de pronto me dijo algo, no sé si fue el vino, algo que me produjo una respiración feliz. ¿Qué importa si es verdad o no o lo que realmente pueda significar? Sólo importa lo simbólico y ese aire interno alegre que se abre camino como la música en el cuerpo. Él me preguntó por qué creía que nos abrían las puertas de par en par en las galerías llenas de Matisses y Josef Albers y otras joyas, dijo que era por mí, que yo tenía algo interior principesco y que los porteros lo detectaban. De joven yo siempre enamoraba a los porteros y de pequeña al lechero de Figueres y con los años llegué a pensar que se trataba de mis raíces andaluzas, aunque volvía a ocurrir con la gente campestre de los Balcanes y en la casa de escritores de la Vojvodina todos me pedían que intercediera con el gobernante para que les hicieran otros platos, que aquel hombre gigante sólo accedía a prepararme a mí. También me preguntaba si se trataría de un reconocimiento de afinidad, ya que había sido desheredada. Cuando se lo dije, cada ejemplo le servía para reforzar su graciosa teoría. Se excusó por darme consejos, pero a mí me interesan porque, como le dije, él encaja más que yo en el mundo. Claro que, añadí riéndome, casi todo el mundo encaja más que yo... ¡Entonces estás de suerte!, dijo él, aunque no recuerdo cómo era la explicación. En cualquier caso, la luna estaba llena y al salir el frío arreciaba y anduvimos un poco antes de refugiarnos.
Esta tarde, ya en la oscuridad, al llegar a casa Internet había vuelto y yo no he tenido energía para acompañar a mi amigo a un concierto. He salido a la calle for a brisky walk. El frío te obliga a andar deprisa y a no pararte y hay que ser heroico para pararse a fumar. Pero aquí hay mucha gente resistente al frío, que van a cuerpo por la calle... Yo sueño con una vida aquí, no puedo evitarlo. Incluso lo que venden en los supermercados, donde la comida está pensada para los solitarios y no para las familias, y todo habla de un mundo más abierto y contemporáneo, en lugar de asfixiantemente cerrado, conservador y católico como en mi país. La idea de volver a Barcelona me llena de melancolía. No sólo por mi época de vacas flaquísimas, por ese jeroglífico no resuelto. Por cierto que el otro día escribí en facebook: "Intento contemplar mi problema de liquidez como quien se enfrenta a un jeroglífico." Y vinieron dos a decirme que el 99,9 de la gente pensaba lo mismo. No lo creo. Yo estaba hablando de cómo evitar el lamento y la desesperación, en la máxima de Spinoza: "No sufrir, no lamentarse, inteligir", pero ellos dos atribuyeron a todo el mundo esa actitud. Yo no les creí, pero como comprendí que no me entendían, borré el comentario. Tal vez la influencia de Spinoza haya crecido tanto...?
A ratos leo ese libro maravilloso de Mandelstam en Armenia que ha editado Helena Vidal. Y picoteo otros libros. Y sigo con Maeve Brennan. Ayer el sol fue una fiesta para los árboles y los jardines londinenses, que estaban llenos de pájaros, perros y patos de cabezas coloreadas. Cómo se nos acercaban pájaros y ardillas, cómo nos miraban perros y patos... Era como si todos nos reconociéramos en un cuento antiguo. Como aquel bosque carrolliano donde las criaturas olvidaban su nombre. Y cómo  danzaban los árboles componiendo su música delicada... Hice muchísimas fotos y vino mucha gente a mariposear por ellas en facebook. No sé si me quedará tiempo de ver los retratos de Lucien Freud, de irme por los canales a un café flotante, de londonear perezosamente o con paso brioso de frío. Tampoco sé si podré volver. Dicen que va a volver a nevar y que podrían volver a cerrar Heathrow....


martes, 7 de febrero de 2012

El tiempo se escapa

Foto: I.N. Un hombre de nieve sentado en Hyde Park, 2012
También en Londres. Ayer me reconcilié con Waterstones, donde me refugié haciendo tiempo para ir a ver una horrible exposición de Hockney, gigantesca producción de mala pintura (IMHO), con sólo dos maravillosos cuadros de 1956 y unos carboncillos deliciosos. El mundo del arte es tan extraño e irracional... Yo había jurado olvidar esa cadena de librerías tras una experiencia triste en una de Bruselas, pero ayer en Waterstones encontré un tesoro para regalarle a ma cousine V., y un librero guapo, obsesivo, minucioso y lleno de humor hizo lo imposible por encontrar el primer volumen desaparecido. Y allí tenían el Kawabata que yo buscaba (recomendado por una misteriosa facebookiana) y que no quería leer en una traducción dudosa, y un Foster Wallace pequeño y raro que quise leer. Había sofás donde leer y reposar y tenían ediciones estupendas que sólo mi disciplina de hormiga de Figueres me  ayudó a no adquirir. También recorrí callejuelas maravillosas y atravesé esa plaza que sólo me recuerda a Joseph Conrad y su atentado en The Secret Agent. Anduve y anduve y anduve como la niña del cuento con su piel de asno. And she went along and went along and went along. Me sentía llena de una excéntrica felicidad inglesa. Al salir de la Royal Academy of Arts con la exposición de Hockney, donde había quedado con mi amigo, entramos al azar en varias galerías y tenían Matisses y Joseph Albers y otras maravillas en cualquier pequeña galería... Y es que Londres, digan lo que digan esos banqueros que amenazan con irse de la city a los países ahora interesantes desde el feo punto de vista financiero, sigue poseyendo una riqueza inmensa. Los alquileres son absurdos, surrealistas. Pero en pleno Old Bond Street, unos pájaros listos habían conseguido colocar su nido gigante (inmigrantes?), la única vivienda sin renta en el Central London. Un árbol... 
Hoy hacía sol, qué agradable sensación de Londres soleado en invierno... Hemos ido a ver ese museo loco y excéntrico de Sir John Soane, donde al entrar, a las mujeres nos hacían meter el bolso dentro de una pequeña bolsa de plástico y llevarlo así para no rozar o erosionar el mobiliario (!?). Se trata de una casa museo, situada frente a unos maravillosos jardines enmarañados, donde John Soane vivió, junto con su esposa y su perrita Fanny, y estableció que a su muerte la casa se convirtiera en museo, tal como él la había concebido. Abajo, la biblioteca, el salón, las habitaciones pintadas de rojo pompeyano (por lo visto en su visita se llevó un fragmento desconchado como muestra), con algunos retratos familiares. El estudio y la bóveda, una locura de lugares abarrotados del techo al suelo de piezas, fragmentos arquitectónicos y escultóricos de Pompeya, Grecia y Roma, desafiando la gravedad y el espacio, con esculturas de Apolo, Hércules y Diana Efésida maravillosos y espejos que multiplicaban las imágenes y creaban un efecto orsonwellesiano e inquietante, salas de pintura con Canalettos, Piranesis y series completas de Hogarths, con inmensos portones que se abrían y desplegaban para mostrar más pinturas, bóvedas pintadas y esculpidas, tragaluces concebidos para iluminar zonas precisas. Una locura.
Luego, en passant, en la Soas University hemos visto una exposición oriental con algunos budas y libros hindúes interesantes. Cuando mi amigo se ha ido a dar una conferencia a una escuela de música, yo he ido a encontrarme con mi amiga Esther, artista establecida en Londres. Hemos quedado en la Serpentine, pero ella quería aprovechar el sol del día y el parque estaba esplendoroso, y hemos paseado bajo esos árboles gigantes, a la vez majestuosos y humildes, monstruos de belleza, esculturas terrestres, dioses protectores que los ingleses cultivan mientras en mi país los masacran, acuchillan, desprecian y talan con cualquier excusa, los políticos por dinero y la gente por burramia arboricida. Y así hemos descubierto al mejor muñeco de nieve de estos días, sentado elegantemente en un banco, y asediado por todos los perros, que amenazaban sus bonitas piernas orinando encima. Me ha recordado a un poema de Emily Dickinson. Y a un cuento que me fascinaba de pequeña. Y qué perrillos tan preciosos correteaban por el parque... Además de los elegantes y burlones cuervos, de los patos verdes, los pajarillos diminutos de pecho naranja o verde, las palomas que andaban o se posaban en el hielo de los lagos... Y después hemos visto la exposición maravillosa de Lygia Pape, artista brasileña osada que me ha recordado a Àngels Ribé, a Lygia Clark, a Helio Oiticica, a Les plages d'Agnès de la Varda y sobre todo a ella misma, con esa libertad y amplitud de lenguajes y medios, con esa capacidad para buscar un nuevo lenguaje para cada obra, en esa época inocente en que era tan fácil romper y revolucionar. Después, E. y yo hemos hablado de algo que queremos escribir juntas mientras comíamos. Y luego yo he iniciado una peregrinación infructuosa pero feliz y he llegado a casa, cuando de pronto me ha sobresaltado una alarma antifuegos que se ha repetido tres veces. Antes de salir corriendo abandonando mi ordenador, he llamado a recepción: me han dicho que repiten el simulacro todos los martes a esta hora. En fin...
Y ahora me queda poco tiempo. Soy feliz aquí. Sueño con presentar un curso a alguna universidad y quedarme, cuando G. se vaya a su Erasmus. O con ir viniendo a conferenciar. Me gustaría vivir en un lugar excéntrico, arbóreo y afín, y a pesar de la dureza de esta ciudad tan cara, a pesar del cielo gris y la falta de sol (por cierto que hoy he visto dos nubes rosadas del crepúsculo y casi me emociono; me he acordado de J.R.J y lo que contaba EVM) para mí, estar rodeada de belleza y esa libertad que da lo excéntrico, me compensaría. Oh ya sé que algunos lo detestan. En facebook, hay gente que me ha comentado horrorizada que no escogiera estos días tan fríos, o alguno que me ha insinuado cosas peores: como en mi país nadie sabe que existe la subjetividad, hay que explicarlo todo y eso acaba por agotar. ¡Qué falta tremenda de esprit! A mí me gusta estar aquí y me gustan los árboles y la historia, como a otros les gustan los parkings, la familia y el fútbol. Déjenme que yo decida dónde me gustaría estar y con qué quiero soñar. Aunque fuese imposible.
Luego pondré los links y más cosas, ahora me toca prepararme para ir a uno de los restaurantes que recomendó la sabia B.

domingo, 5 de febrero de 2012

Hoy


Foto: I.N., Árboles de Londres, 2012
No hacía tanto frío, y todo Londres estaba lleno de muñecos de nieve con nariz de zanahoria y bufandas de colores. Mientras esperaba a que se me secara el pelo,  he estado traduciendo un cuento irlandés de Maeve Brennan donde la madre preparaba a las niñas para la visita y el té de un ex obispo que les contaría historias de África y las tres estaban muy nerviosas y justo en el momento en que iba a llegar, a la niña más nerviosa y delicada le daba una llantina tremenda que no podía evitar. Luego me he ido andando, andando entre mis árboles favoritos a ver una iglesia con vidrieras pintadas por William Morris y Edward Burne-Jones. Era preciosa y cuando ya me iba, el párroco me ha atrapado. Se llamaba Rob y era muy agradable, me ha preguntado por mi visita y yo le he dicho que no era practicante y que había venido a ver las vidrieras y cuando me ha preguntado cuál era mi impresión, le he dicho que era un sitio precioso y que yo sí podía detectar que en algunas iglesias o en algunos monumentos megalíticos (como esos talaiots maravillosos de Menorca) hay algo dentro y él, muy contento, ha dicho que eran las plegarias, que esa iglesia estaba siempre abierta para que cualquiera pudiese entrar a pedir algo (por un momento, yo me sentía como la mujer rubia de Nostalghia de Tarkovski en aquel monasterio romano de la Virgen del Parto -de cuyo manto o vientre salían palomas!- con tantas velas ardiendo y las mujeres arrodilladas y ella preguntándole al cura: ¿Pero por qué rezan? ¿Qué pueden conseguir? Y él exclamaba: ¡Todo! Y ella estaba a punto de arrodillarse, pero no lo hacía, era imposible) y ha concluido que todos necesitábamos eso. Era un hombre guapo y alegre, sin ese aire torturado y culpable del celibato católico. Su idea encajaba con la mía, yo siempre he pensado que los deseos y las lágrimas concentradas convierten a un lugar en sagrado, es decir, dejan alguna intensidad en el aire que se detecta extrañamente, como se detectaba la inmensa desolación al acercarnos G. y yo a la zona cero sin señalizar, un año después. 
Las aceras estaban llenas de nieve, barro y hielo. Aquí no tienen las máquinas quitanieves de Nueva York, dicen que son muy caras y que no suele nevar, así que se esperaba un colapso en trenes y circulación. Anoche salimos a ver el parque y pisar nieve jamás hollada por el hombre (como en la leyenda de un hombre que vendía arena del desierto) y no había taxis y el frío arreciaba y en las fotos la nieve adoptaba la forma de cañas azules. Vi pasar unas chicas rusas en shorts y con medias, intentando abrirse paso por la nieve con tacones de aguja como si fueran zancos, tan delgadas y casi niñas.
De Barcelona me llegaban mensajes oscuros, algunos incluso beligerantes, pero hace falta dos personas para montar una pelea, y nada más lejos de mi interés que entablar algo tan íntimo como una pelea en ese terreno demasiado asociado a mi infancia, donde preferiría siempre una distancia pacífica o al menos educada. Pero también me escribía un amigo poeta cubano-suizo y amante de los árboles, que se va a México justo el día en que yo vuelvo y la Belle Elaine e incluso G. y J. que sí pueden comprender lo que no puede decirse. Ahora entiendo por qué mi vuelo estaba tan vacío. Horas después ya empezaron a anular todos los vuelos a Heathrow por la tormenta de nieve (por cierto que me releí las tres tormentas de nieve rusas justo antes de venir, la de Tolstói, la de Pushkin y la de Chéjov (ésta última por primera vez).
Después he estado en el Victoria and Albert Museum, dispuesta (en todas partes están cambiando de exposición y no hay casi nada) a ver incluso las fotos que Cecil Beaton le hizo a la reina (a pesar de mi republicanismo feroz, sólo por Beaton, capaz de encontrar belleza en cualquier lugar, incluso en la guerra), pero la inauguraban el miércoles. Y el café estaba abarrotado y he iniciado una peregrinación en busca de una buena ensalada, pero todo estaba lleno de colas de ingleses y turistas hambrientos, así que he renunciado y me he ido a un Paul donde podía hablar francés, para variar, a tomar más té y más sandwich. Y por la tarde he atravesado la ciudad hacia el norte para ir a Hampstead, a unos estudios legendarios que George Martin, productor de los Beatles, montó cuando la Emi se quedó con Abbey Road, ¡en una antigua iglesia! Uno de esos edificios rojos ingleses que tanto me gustan. Y mi amigo (a quien no le gusta esta arquitectura) dirigía al director de una gran orquesta, una orquesta acostumbrada a tocar cosas mucho más difíciles y serias, según me ha dicho, como BRitten, pero aquí ensayando muchísimo para tocar a la perfección una música más sencilla de banda sonora hollywoodiense. A pesar de la nieve y el viento que colapsaban todo, nadie había fallado. Ah, la profesionalidad disciplinada de los ingleses... He podido verlos abarrotando la vieja iglesia desde la barrera y era magnífico. También me ha gustado ver a mi amigo compositor en acción y contemplar la alegría de los músicos al despedirse. Al salir, ya era de noche y otra vez he atravesado Hyde Park en coche y se veía maravilloso en la penumbra y la nieve, los árboles gigantes desperezándose y danzando para nadie.

sábado, 4 de febrero de 2012

Chilly London

Foto: I.N. Londres, justo antes de la anunciada nevada, 2012
Esperé en un aeropuerto semidesierto y luego cogí un avión maravillosamente vacío, sin nadie al lado ni delante ni detrás y con espacio para las piernas. Luego llegué a la casa de mi amigo y encontré unas ingeniosas instrucciones y sus rastros musicales y espacio en los armarios y la despensa vacía. Así que salí a un Londres oscuro y helado y anduve un buen rato maravillada aunque hambrienta, fotografiando mis árboles preferidos, árboles preservados y cuidados, marañas invernales de árboles bailarinas, árboles gigantes, desmadejados o hippies, árboles libres, protegidos por la ley y por el amor de los ingleses a la naturaleza. Aunque los ingleses no están por aquí. Dicen que todos se han ido a vivir al campo, que los precios son excesivos y que no quieren vivir en una ciudad tomada por los extranjeros. Ricos sauditas o inmigrantes de todo el mundo, y muchos, muchísimos turistas españoles: chillones, feos y sin gracia, que avergüenzan. En el avión había un grupo terrible de ellos, iban a la India y querían que todo el mundo supiera de su estupidez, uno incluso hablaba de cómo había engordado, era un gigantón y decía pesar 120 kilos, ¿pero no se daban cuenta de que nadie hablaba a un volumen audible, salvo ellos? Por suerte se fueron a la cola del avión y no los oí durante todo el vuelo. Pero aquí la belleza se mantiene y las calles son un paseo por la historia (como lo eran en Barcelona hasta que decidieron destruirlo todo). Y yo me sentía tan feliz imaginando una vida aquí y pidiéndoles ayuda a esos árboles de Londres que no me daba cuenta de lo desfallecida que estaba. Hasta que he tenido que entrar en un bistrot a tomar una ensalada en plena emergencia. He pasado por delante del Victoria and Albert Museum, adonde mañana volveré. He pasado por delante de esas calles que me recuerdan tanto a Blow Up, donde está aquel japonés que nos gustaba a G. y a mí y dos tiendas maravillosas que esta vez sólo miraré, oh sigue siendo tan bonito todo esto... Dicen que esta noche nevará y no me extraña. En Barcelona esta mañana mi termómetro marcaba cero grados, pero el sol es otra cosa... Aquí no hay sol, ni azul del cielo, oh Bataille. Por la mañana, Rufus estuvo a mi lado muy serio, y se dejó fotografiar mientras parecía sumido en el desarrollo de Lucky Luke y Jeannie Calamity en francés y seguía los pasos de Jolly Jumper. 
Ayer enseñé a un grupo de japoneses cómo cocinar albóndigas en una hora y cuarto. Casi como el libro de Gombrowicz, aunque él les explicó a sus amigos la historia de la filosofía en tres horas y cuarto, un proyecto que ellos se inventaron para salvarle del suicidio. También yo procuro salvarme como puedo, pero de la ruina material. Les dije a los japoneses que era vegetariana pero eso no les sorprendió. Eran muy amables y preguntaban muchísimo y fotografíaban todo y luego quisieron ver mis libros y decían que mi casa era muy japonesa (pese al barroquismo) y enseguida advirtieron todos los rastros japoneses y los tés y un dibujo y cuando les dije que admiraba la cultura japonesa y les enumeré mis escritores y cineastas favoritos lanzaban unos ohs y ahs a coro muy admirativos. ¿Pero por qué sabe tanta literatura japonesa? "No sé tanta", protesté, sólo unos cuantos escritores maravillosos... (Kawabata, Mishima, Soseki, Kenzaburo Oe...). Hablamos de Ozu y de Naomi Kawase y ellos siempre los reordenaban a la inversa. Aprendí algunas palabras de cocina pero no pude anotarlas mientras cocinaba y las olvidé... Qué deseo de aprender al menos un poco de japonés... y de estar allí y de ir a los templos y tomar sus tés en esa cerámica... La Belle Elaine vino a filmar y no dijo una palabra, tal vez para no imponer su presencia, aunque luego se quedó conmigo para degustar la comida y olvidó uno de sus guantes. La idea de su documental es muy buena, sólo espero que cumpla su palabra y en el montaje no se me vea nunca la cara. Al final los cuatro japoneses me animaron mucho a viajar a Tokio, y si se me ocurriera un encargo o un mecenas o una beca para un proyecto, iría feliz, sobre todo para adentrarme en el bosque del duelo de Naomi Kawase (o Kawase Naomi, como dicen ellos) y ver las plantaciones de té...
Por cierto que supe que una amiga mía, que es como un hada madrina de la hostelería, monta un bar en un barrio de la ciudad que me gusta, donde dará copas y pinchos que hará ella (que es buenísima ideando comidas de toda clase). No estoy autorizada aún para revelar los detalles (el nombre me encanta) pero si ella me acepta, allí me encontrarán un día a la semana, a s'hora baixa, echando las cartas para quien le interese. Algo tengo que hacer para seguir adelante...
Yo había errado por la calle llorando lágrimas de oro como en la canción de Manu Chao, porque A. me mandó un email dolorido y yo me preguntaba una vez más qué significaba todo esto, por qué todo tenía que ser tan difícil para ella y sin que pudiéramos ayudarla, en esta época tremenda, sin recursos. Al final, en cierto momento le pregunté por what's up si hablaba con M. y con GN, si les pedía, si les preguntaba qué significaba todo esto, y ella dijo que efectivamente los tenía en su interior y podía hablar con ellos, y que no lo había pensado, y se echó a llorar. Y yo veía que a su alrededor todo el mundo niega lo que está pasando y no sabía a quién preguntar, porque en mi ciudad apenas quedan árboles gigantes a los que dirigirse. Al día siguiente, A. estaba mejor, más esperanzada y me dio mucho las gracias por ser comprensiva y supportive.
Así que necesitaba venir aquí. Sólo el paseo de hoy ya valía la pena el viaje. Mañana seguiré este post extraño y sincopado. Cuando venga mi amigo iremos a cenar. Creo que no tengo valor para salir antes otra vez... Mañana miraré a ver si abren el museo que me han recomendado el amigo de los gatos abisinios y un arquitecto afín... Pero cómo me gusta imaginar una vida aquí, en una de esas casas antiguas, entre mis árboles.  Henry James me comprendería.
Me he traído la traducción de Maeve Brennan, el libro de Ossip Mandelstam Armenia en prosa y en verso en edición de Helena Vidal, Un hiver à Majorque de George Sand y las Memorias de una joven católica de Mary McCarthy para mi curso de marzo. Y aquí me compraré algún librillo, tal vez ese Kawabata que me falta leer, del rumor de la montaña, que me recomendó ayer una misteriosa facebookiana. Mañana más...