sábado, 4 de febrero de 2012

Chilly London

Foto: I.N. Londres, justo antes de la anunciada nevada, 2012
Esperé en un aeropuerto semidesierto y luego cogí un avión maravillosamente vacío, sin nadie al lado ni delante ni detrás y con espacio para las piernas. Luego llegué a la casa de mi amigo y encontré unas ingeniosas instrucciones y sus rastros musicales y espacio en los armarios y la despensa vacía. Así que salí a un Londres oscuro y helado y anduve un buen rato maravillada aunque hambrienta, fotografiando mis árboles preferidos, árboles preservados y cuidados, marañas invernales de árboles bailarinas, árboles gigantes, desmadejados o hippies, árboles libres, protegidos por la ley y por el amor de los ingleses a la naturaleza. Aunque los ingleses no están por aquí. Dicen que todos se han ido a vivir al campo, que los precios son excesivos y que no quieren vivir en una ciudad tomada por los extranjeros. Ricos sauditas o inmigrantes de todo el mundo, y muchos, muchísimos turistas españoles: chillones, feos y sin gracia, que avergüenzan. En el avión había un grupo terrible de ellos, iban a la India y querían que todo el mundo supiera de su estupidez, uno incluso hablaba de cómo había engordado, era un gigantón y decía pesar 120 kilos, ¿pero no se daban cuenta de que nadie hablaba a un volumen audible, salvo ellos? Por suerte se fueron a la cola del avión y no los oí durante todo el vuelo. Pero aquí la belleza se mantiene y las calles son un paseo por la historia (como lo eran en Barcelona hasta que decidieron destruirlo todo). Y yo me sentía tan feliz imaginando una vida aquí y pidiéndoles ayuda a esos árboles de Londres que no me daba cuenta de lo desfallecida que estaba. Hasta que he tenido que entrar en un bistrot a tomar una ensalada en plena emergencia. He pasado por delante del Victoria and Albert Museum, adonde mañana volveré. He pasado por delante de esas calles que me recuerdan tanto a Blow Up, donde está aquel japonés que nos gustaba a G. y a mí y dos tiendas maravillosas que esta vez sólo miraré, oh sigue siendo tan bonito todo esto... Dicen que esta noche nevará y no me extraña. En Barcelona esta mañana mi termómetro marcaba cero grados, pero el sol es otra cosa... Aquí no hay sol, ni azul del cielo, oh Bataille. Por la mañana, Rufus estuvo a mi lado muy serio, y se dejó fotografiar mientras parecía sumido en el desarrollo de Lucky Luke y Jeannie Calamity en francés y seguía los pasos de Jolly Jumper. 
Ayer enseñé a un grupo de japoneses cómo cocinar albóndigas en una hora y cuarto. Casi como el libro de Gombrowicz, aunque él les explicó a sus amigos la historia de la filosofía en tres horas y cuarto, un proyecto que ellos se inventaron para salvarle del suicidio. También yo procuro salvarme como puedo, pero de la ruina material. Les dije a los japoneses que era vegetariana pero eso no les sorprendió. Eran muy amables y preguntaban muchísimo y fotografíaban todo y luego quisieron ver mis libros y decían que mi casa era muy japonesa (pese al barroquismo) y enseguida advirtieron todos los rastros japoneses y los tés y un dibujo y cuando les dije que admiraba la cultura japonesa y les enumeré mis escritores y cineastas favoritos lanzaban unos ohs y ahs a coro muy admirativos. ¿Pero por qué sabe tanta literatura japonesa? "No sé tanta", protesté, sólo unos cuantos escritores maravillosos... (Kawabata, Mishima, Soseki, Kenzaburo Oe...). Hablamos de Ozu y de Naomi Kawase y ellos siempre los reordenaban a la inversa. Aprendí algunas palabras de cocina pero no pude anotarlas mientras cocinaba y las olvidé... Qué deseo de aprender al menos un poco de japonés... y de estar allí y de ir a los templos y tomar sus tés en esa cerámica... La Belle Elaine vino a filmar y no dijo una palabra, tal vez para no imponer su presencia, aunque luego se quedó conmigo para degustar la comida y olvidó uno de sus guantes. La idea de su documental es muy buena, sólo espero que cumpla su palabra y en el montaje no se me vea nunca la cara. Al final los cuatro japoneses me animaron mucho a viajar a Tokio, y si se me ocurriera un encargo o un mecenas o una beca para un proyecto, iría feliz, sobre todo para adentrarme en el bosque del duelo de Naomi Kawase (o Kawase Naomi, como dicen ellos) y ver las plantaciones de té...
Por cierto que supe que una amiga mía, que es como un hada madrina de la hostelería, monta un bar en un barrio de la ciudad que me gusta, donde dará copas y pinchos que hará ella (que es buenísima ideando comidas de toda clase). No estoy autorizada aún para revelar los detalles (el nombre me encanta) pero si ella me acepta, allí me encontrarán un día a la semana, a s'hora baixa, echando las cartas para quien le interese. Algo tengo que hacer para seguir adelante...
Yo había errado por la calle llorando lágrimas de oro como en la canción de Manu Chao, porque A. me mandó un email dolorido y yo me preguntaba una vez más qué significaba todo esto, por qué todo tenía que ser tan difícil para ella y sin que pudiéramos ayudarla, en esta época tremenda, sin recursos. Al final, en cierto momento le pregunté por what's up si hablaba con M. y con GN, si les pedía, si les preguntaba qué significaba todo esto, y ella dijo que efectivamente los tenía en su interior y podía hablar con ellos, y que no lo había pensado, y se echó a llorar. Y yo veía que a su alrededor todo el mundo niega lo que está pasando y no sabía a quién preguntar, porque en mi ciudad apenas quedan árboles gigantes a los que dirigirse. Al día siguiente, A. estaba mejor, más esperanzada y me dio mucho las gracias por ser comprensiva y supportive.
Así que necesitaba venir aquí. Sólo el paseo de hoy ya valía la pena el viaje. Mañana seguiré este post extraño y sincopado. Cuando venga mi amigo iremos a cenar. Creo que no tengo valor para salir antes otra vez... Mañana miraré a ver si abren el museo que me han recomendado el amigo de los gatos abisinios y un arquitecto afín... Pero cómo me gusta imaginar una vida aquí, en una de esas casas antiguas, entre mis árboles.  Henry James me comprendería.
Me he traído la traducción de Maeve Brennan, el libro de Ossip Mandelstam Armenia en prosa y en verso en edición de Helena Vidal, Un hiver à Majorque de George Sand y las Memorias de una joven católica de Mary McCarthy para mi curso de marzo. Y aquí me compraré algún librillo, tal vez ese Kawabata que me falta leer, del rumor de la montaña, que me recomendó ayer una misteriosa facebookiana. Mañana más...

domingo, 29 de enero de 2012

Me gustaría


Foto: I.N., Jardín botánico, 2012
J'aimerais, mi piaccerebbe... irme de aquí. Si encontrase una manera realista de mantenerme a flote al otro lado de la frontera o del mar, me alejaría de este país mío (Oh, que cansat estic de la meva /covarda, vella, tan salvatge terra, / i com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord enllà, / on diuen que la gent és neta / i noble, culta, rica, lliure, /desvetllada i feliç!) y sólo volvería de vez en cuando, a ver el sol y llorar por los árboles desaparecidos, por la costa destruida, por el cemento que todo lo aniquila. Dicen que en la pérfida Albión la industria sigue existiendo y los mercados no impiden que nada continúe, y sin embargo aquí todos los días se anuncian medidas que nos llevarán cada vez más abajo en el hoyo que nos cavan, sin cesar de talar y destruir y sin que nadie se rebele... (O sólo unas manifestaciones convocadas por los mismos que nos han vendido tan barato y a las que se atreven a asomarse incluso con sus pancartas  representantes del partido que empezó con esto). 
Hoy íbamos a ver por segunda vez lo de Miró, pero la cola seguía y T. y yo hemos dado un paseo por Montjuïc, por ese pobre abandonado jardín botánico (en destrucción, como toda la ciudad), que aún conserva algunos rincones, y cuando he mencionado que the evil Gallardón había anunciado el retorno de... T. se ha equivocado y ha dicho "la pena de muerte" y casi me da un vahído, y enseguida se ha corregido y me ha palmeado la espalda, comprendiendo bien mi malestar, y es que todos sabemos lo que viene después de la condena perpetua, y más en un país como éste, de gente tan sumisa que parece dispuesta a dejarse todo mientras le permitan seguir comiendo y viendo el fútbol. El caso es que no he salido de esta tierra cobarde y salvaje desde mi agosto serbio, y ya estaba sintiendo los efectos de la asfixia y la perspectiva de no salir más cuando mi amigo viajero, el mismo que hace un año me protegió de lo peor con su manto de música, ha venido al rescate, de modo que dentro de siete días me iré a la Pérfida Albión durante otros siete, aunque sólo sea por pasear entre esos árboles libres que crecen protegidos por la ley y dibujan alegremente sus formas contra el cielo gris, aprovechando que él aún vive allí, en uno de mis barrios favoritos, donde nadie amigo puede vivir ya, y que apenas le quedan semanas en ese estado. Así que me siento -aun en mis equilibrios para pagar el alquiler, aun en la sombra de esta pesadilla-, salvada. Tal vez, siguiendo el consejo pragmático de Patricia Highsmith en Suspense, pueda desbloquearme, poner la novela en otro lugar mental y seguir escribiendo, aunque algo de eso ha empezado a ocurrir ya. Decía la Highsmith (por cierto que tengo dos volúmenes de cuentos suyos traducidos y libres de derechos editoriales, si un editor quisiera comprármelos, puesto que quien iba a hacerlo cerró) que para romper el bloqueo conviene viajar y si uno no puede permitírselo, siempre puede coger un autobús extraño que se dirija a un barrio insólito para el empobrecido y bloqueado escritor. La cuestión es que un escritor y editor castellano mantiene un blog epistolar maravilloso y hace tiempo que me persigue para que publique una carta allí. Le recomendé que eligiera alguna de nuestro libro de cartas, pero nunca recibió el volumen y la idea no debió de convencerle: él quería sin duda otra cosa, más nocturna o quién sabe qué. Hace poco, antes de emprender un viaje peligroso, me escribió diciéndome que sentía irse sin mi carta. Y se ve que me llegaron sus palabras porque de pronto surgió el destinatario, alguien a quien yo quería hablarle mentalmente, pero ya no directamente, alguien de quien yo me estaba retirando. Y he escrito mi Carta a Luigi, que es una carta nocturna con todas las de la ley. Voy a mandársela hoy mismo a Carlos Morales, o mañana, porque no sé si es demasiado larga y si debería cortarla. Y de pronto, algo ha sucedido y heme aquí planteándome si aunar dos formatos y... En fin, creo que me vendrá bien huir, aunque aún me queda aquí una semana entera laborable y llena, demasiado llena de cosas. El editor francés sigue pidiendo información para mi libro La plaza del azufaifo. On verra bien. Y es que me cuesta romper con mi pobre novela sin tener noticias de ella, sin saber cuál podría ser su camino, si encontrará ese camino y si habrá un editor poderoso capaz de apostar por ella (pagando, no como un gracioso regalo mío que esta vez no puedo hacer) o si todos seguirán el modelo gubernamental de apostar sólo por lo que nos mata y en ese caso ya veremos qué haré con ella. Y seguiré escribiendo sólo a la espera de ser traducida y publicada en un país decente. Der Garten is im Abend. Anochece el jardín, dice un verso de Georg Trakl traducido luminosamente por Jenaro Talens, en un poema que me recuerda a la canción de Rammstein, con esa atmósfera que me resulta tan familiar, sobre todo desde hace un año, cuando M. soltó sus ataduras y se fue.
Hay otras cosas que me salvan aparte de leer y viajar y son muchas veces los amigos y las afinidades encontradas de pronto, al azar. El encuentro con el coreógrafo italiano Moreno Bernardi es una de ellas. Moreno y yo hemos hecho un proyecto y aunque el patrocinador primero se evaporó con la crisis, no cejamos en la idea de encontrar un festival o un productor que nos lo permita. Es una coreografía sobre la memoria y me gustaría mucho que pudiéramos hacerla. Por cierto que en los 5 minutos de entrevista en La Vanguardia Digital (no tenía idea de que tanta gente lo vería) no tuve tiempo de contradecirme y explicar mejor cómo el cine y la música también nos protegen de los horrores del mundo, de un modo distinto que la literatura, pero también definitivo. Y es que hay escenas y cierta luz de películas que vuelven a nosotros obsesivamente, como algunos poemas (ajenos, precisaba Jaime Gil de Biedma). Como esa luz de la primera película de Tarkovski que está en mi novela, aunque nadie más que yo pueda saberlo. Antes de irme al reino unido (y quiero decirlo en minúscula porque soy cada vez más republicana), tengo que pasar dos horas surrealistas enseñando (yo, vegetariana) a unas japonesas a hacer albóndigas por un módico precio. Fue V. quien me lió a ese trabajo e inmediatamente la Belle Elaine dijo que quería venir a filmarlo, pues encaja con un proyecto suyo conceptualmente genial y muy contemporáneo. Con lo cual la cocina de mi casa parecerá un poco el camarote de los hermanos Marx y esa idea me divierte aún más.
Pero tengo que dejarles ya porque se acerca mi hora de visita y quiero adecentar un poco mi espacio y preparar la bandeja del té... 
Acabé de traducir ese cuento tristísimo de Maeve Brennan donde una mujer que ha perdido a su bebé y que no logra ordenar sus pensamientos en palabras, ni puede hablar con nadie, ni comprende por qué los otros dan el hecho por pasado y terminado y aluden a la voluntad de Dios. Y ella está echada en su cama mirando siempre la lluvia y oye una canción celta que ya citaba Joyce en su Portrait of the Artist As a Young Man, con letra de sir Thomas Moore, y ve una manchita que se aleja en el horizonte y que ella tiene que seguir, puesto que es su bebé y ella siente que, como madre, lo menos que puede hacer es acompañarlo con la vista. Cada vez me quedan menos páginas, así que parece que efectivamente acabaré esa traducción un día de estos, aquí o acullá. Oh qué feliz me siento de poder irme unos días... G. se quedará con Rufus (ahora personificado en poeta eslovaco, Milan Rúfus (en esta foto hace honor a la belleza de mi gato), a quien voy a leer pronto, con la recomendación de Albert Lázaro Tinaut.

jueves, 26 de enero de 2012

Mi entrevista en el programa de Albert Lladó en La Vanguardia Digital



Aunque preferiría que no se me viera y que escucharan sólo la voz. De hecho les propuse a Albert Lladó y a Letras de Vanguardia que me filmaran de espaldas o con una silueta oscurecida, como los testigos protegidos, pero no les convenció la idea. Es una lástima. Son entrevistas de 5 minutos en las que el autor lee un fragmento breve de un libro inédito. En mi caso se trata de mi novela, Entonces, y es una escena de aprendizaje de la lectura; y eso explica las preguntas que me hicieron. Agradezco la oportunidad a ese programa.

domingo, 22 de enero de 2012

Escribo sin tiempo

Foto: I.N., Fachada barcelonesa, noche de reyes, 2012
Y prácticamente sin cabeza por el trancazo. El viernes y el sábado renuncié a todos mis planes para restablecerme, pero esta mañana tenía que salir al sol y tomar el aperitivo con una amiga porque si no, sentía que me iba a invadir una de esas melancolías de espíritu prisionero y ya empezaba a mirar el tiempo como esos personajes de Jane Austen que decidían una y otra vez aplazar sus salidas para no resfriarse. Por otra parte, me comprometí a unos trabajos de Sísifo que no están desprovistos de encanto, naturalmente, porque si lo que se hace no tiene alguna magia, como decía hoy la madre de EC, no vale la pena. Y es verdad. Nada más salir a la calle, yo con mi libraco de Clifford Geertz en la mano (descubriendo que más que antropólogo es un filósofo y que sus pensamientos tienen a veces más que ver con la poesía y la literatura de lo que tal vez él mismo pretendía), me he encontrado a Anna Casassas, que iba con su madre a comprar pan. Hacía mil años que yo no veía a Anna, que vive en el campo, al otro lado de la frontera, y me ha parecido igual que siempre, aunque me ha anunciado que iba a cortarse el pelo bien corto, ese pelo fuerte de india tan bonito, que ya le volverá a crecer. Y ella me ha preguntado si yo lograba resistir traduciendo y le he dicho que no, aún no he resuelto el jeroglífico de cómo mantenerme y empiezo a aceptar otra clase de encargos surrealistas, que la Belle Elaine está empeñada en filmar. 
Luego he bajado a Ciutat Vella, que estaba gloriosa de luz, una vez atravesada la triste destrucción de las Ramblas, que fueron nuestras y ahora pertenecen a una pesadilla de pueblo cutre con esas casetas tan espantosas y árboles majestuosos cortados y sustituidos por palillos enclenques. Es una vergüenza lo que estos políticos hacen con nuestra ciudad. Ahora se proponen destruir Collserola con "dieciséis portales" y más de dos mil estudios de arquitectura han presentado proyectos para esa destrucción. Parece como si no quedara un solo arquitecto con escrúpulos; se habían acostumbrado al exceso de la construcción y sus beneficios (contra la ciudad y contra la belleza y contra la salud de sus habitantes) y no piensan renunciar ni pensar ni reconocer que es un delirio.
Como en la placita soleada que habíamos elegido no había sitio, nos hemos ido a un café amplio del Born y allí hemos departido hasta que se ha hecho tarde. Mi interlocutora de hoy era y es una traductora resplandeciente y prestigiosa que tiene mirada de escritora, aunque no se haya decidido a escribir ficción, pero irradia talento.  Gracias a ella (y recomendada por V.) descubrí A punto de partir de Li Bai, y ese Tao suyo y los Cuartetos de Bai Yuyi, y entré en esa poesía china antigua maravillosa. Hemos hablado de traducción y de esa paradoja que ocurre demasiadas veces en este país, donde no se considera al traductor, y o bien se publican traducciones infames o bien, cuando el traductor intenta forzar la lengua para transparentar las rarezas y excentricidades e invenciones de un autor, aparecen correctores (o editores) que lo alisan todo y lo vuelven neutro, y desaparece así gran parte de la literatura. Ya dije aquí que el otro día escuché al traductor francés de Juan Gellmann cómo había tenido que inventar palabras y giros para traducir los experimentos del poeta para decir lo indecible y me alegré de que alguien hablase de eso. 
Y ahora tengo que seguir leyendo para mis trabajos sisifianos. Llevo días sin apenas leer los periódicos, leyendo sólo pequeñas cosas aquí y allá. Anoche soñé, pero he olvidado mi sueño casi por completo, sólo recuerdo que alguien que no habla mucho en la vida real me hablaba y hablaba sin cesar en el sueño. Me siento envuelta en un paréntesis, sin poder desconectar aún de mi novela para poder ver qué querría escribir, y cuando no escribo, me siento como en una peregrinación por el desierto. Prisionera por las vacas flacas y el resfriado, en esa espera grande y devoradora que parece capaz de engullirlo todo, apenas me quedan los sueños. En estos días, alguien me hablaba de cosas que no podían ser, dibujando un terreno de juego imposible e intentando llenar también el espacio de lo posible y ese juego es a veces alegre y otras irritante porque de verdad no existe, y aunque mi amigo JC decía que yo era platónica (siempre pensando en que el mundo debería ser mejor), en algunos terrenos no lo soy en absoluto. Dice Geertz que la angustia metafísica por no poder comprender todos esos hechos oscuros de la vida mueve a algunos a dar explicaciones absurdas e irreales en un intento de interpretar y entender el mundo, de dar sentido a lo que no lo tiene. Cuenta la historia de una vieja que, llena de dolor por la muerte de sus hijos y de todos aquellos a quienes quería, recorrió el mundo buscando a dios para preguntarle qué significaba todo aquello. Los demás le decían que era lo mismo para todos, que no tenía explicación. Pero ella siguió buscando y como no lo encontró, murió con aquel dolor suyo. Me ha hecho pensar en la canción irónica de Chicho Sánchez Ferlosio. Y también en todos esos malos escritores que incumplen el mandato de Chéjov e intentan dar respuestas a las cosas, cuando todo el mundo sabe que el mundo es un lugar endiabladamente incomprensible y el escritor sólo puede mostrar su asombro por lo que no entiende (eso dijo Chéjov, con toda la razón). Me gustaría escapar o estar escribiendo. Sin escritura, todo me parece deslucido. Tengo que lograr romper con mi novela, dársela a un editor sin regalársela, o en todo caso, venderla a dos euros por Internet, pero ponerla en circulación para sentirme en otro lugar. Decía Julien Gracq que vivimos siempre en una espera, es sólo que en algunos momentos, esa espera lo llena todo de tal manera que parece como si el mundo hubiera desaparecido.
Con esta voz del trancazo he estado cantando, tal vez para recordar la condición paradójica de las cosas. Me dijo un amigo músico que con los años, la voz se va volviendo más baja; Pensé que no iba a poder cantar el aria de la reina de la noche, aunque estuviera sola y no hubiera fumado la noche antes ni estuviera constipada y esa idea me entristecía; pero aún no me he resignado y esta tarde casi lo he conseguido. Tendré que buscar maravillas más bajas para poder seguir mis placeres solitarios... El otro día puse un baile vertiginoso, un mambo que me descubrió ese mismo amigo compositor  en facebook contra el constipado y también alguna canción de Etta James como despedida-homenaje... ¡Qué forma vertiginosa de mover el culo tenía Maria Antonieta Pons! Me recordó un fragmento de Alejo Carpentier en El camino de Santiago, lo he rescatado de lo alto de mi caótica biblioteca, la edición es de 1968, y yo marqué esa página impresionada hace treinta y pico años: "Al reír muestra el negro los dientes tallados en punta y las mejillas marcadas a cuchillo, de tres incisiones, a usanza de su pueblo, y, agarrando unas sonajas, se entrega al baile moviendo la cintura con tal desencaje de caderas que hasta la vieja de los mondongos y las panzas se aparta de su tenducho para venir a mirarle.."

domingo, 15 de enero de 2012

Vuelvo a escribir aquí



Foto: I.N., Balcones de París, 2009
Está saliendo el sol entre las nubes y Rufus ha decidido quedarse en la terraza. Anoche fui a una fiesta de cumpleaños de un escritor réussi y los asistentes se apretujaban en el amplio bar como en el metro. Luego resultó que había un tropel de desconocidos con una pinza verde en la ropa que pertenecían a una fiesta camionera. Venían conmigo V. e I. y nos tomamos unos vinillos en el bar de aquella fiesta literaria, pero agradablemente alternativa, sin ese arrogante desdén burguesote de los festejos editoriales. Afuera, la gente se apretujaba también para fumar y alguien comentó que con tanta restricción todo era muy difícil, ya que tampoco podía llevarse el vaso afuera y había que renunciar siempre a algo. Comentando la situación económica y política tan odiosa y asfixiante, dos mujeres hablaban de revolución o fuga del país como únicas  opciones posibles. 
La semana había sido difícil. Se cumplió un año de la muerte de M. en el mismo momento en que llegaron noticias duras del malaise de A., junto a la lluvia de pequeñas catástrofes materiales y la falta de dinero. Yo volví a casa de un encuentro con los personajes del teatro de mi infancia llena de dolores, nuevos y viejos, enferma por lo que veía y oía. "Lo que está claro", dijo el hombre que escucha, es que ese contacto te enferma". Todo parecía alarmante y desesperanzado. Volvieron incluso los pensamientos hipocondríacos que me contagiaron los médicos en marzo de 2011, pero pensé: "Y si tengo que morir, ¿qué pasa? Yo quiero seguir aquí, leyendo, escribiendo, paseando, escuchando música y realizando mi deseo, quiero seguir también por G., pero si tuviera que irme, tampoco pasaría nada", y ese pensamiento me tranquilizó. Aunque no lo parezca, hay cosas peores que la muerte. Pero ha sido una semana llena de intensidades de toda clase, negras y luminosas. No quise, no he querido volver al mundo de A.S., porque me inquieta más que otra cosa su negacionismo y a la vez me desconcierta esa nueva fase mía en la que prefiero retirarme a pesar de todo... En este momento necesitaba otra cosa. Me consolaron las llamadas y apariciones de los amigos, el prólogo ilustrado que Mariscal ha hecho para mi libro de Barcelona, con esos mapas llenos de ironía y de historia, un poeta brioso que me escribe e imagina, mi amigo seráfico y su generosidad, los sueños de las cartas del Tarot en los cafés... Y el posible interés de uno o dos editores franceses por La plaza del azufaifo, mi revisión de las páginas que vamos a enviarles, delicadamente traducidas por Mélanie Gros-Balthazar, y el prólogo generoso de EVM que brilla también en lengua francesa, me llenaron de ganas de bailar.
Presenté a una institución un proyecto radical que, si se deciden a financiar, será toda una experiencia para las dos partes, y en la mía incluyo a la Belle Elaine, que filmará todo el proceso.
Se anuló mi curso de Correspondencias en L'Escola d'Escriptura del Ateneu porque no se habían apuntado suficientes alumnos, pero apareció una nueva candidata que me ofreció hacerlo en su casa, donde hay jardín y árboles antiguos. Vamos a ver si encontramos un horario compatible para todos, porque les aseguro que el curso vale la pena, no por mí, sino por esas correspondencias maravillosas y lo que de ellas se desprende, en forma de latidos, de thriller y de fulgor vital y de pensamiento. Así que espero que se apunten.
He salido a buscar pomelos y mandarinas y en ese corto itinerario me he encontrado a J., que iba radiante, como si la crisis, las calificaciones perversas, la amenaza nuclear y la debacle de este país con sus políticos corruptos no fuesen con él, luego a un empresario de hostelería a quien conocí cuando empezaba como coctelero y que fue multiplicando sus establecimientos por la ciudad,  a un amigo ruso al que he visto una vez en treinta años y al fin a una mujer octogenaria, madre de una amiga de la adolescencia y que entonces se parecía a Anouk Aimée, que había desaparecido por completo de mi vista y que reapareció cuando la convertí en personaje de mis cuentos, respondiendo a esas extrañas llamadas de la escritura, y para rematar me preguntó qué podía leer de lo que yo había escrito. No sé qué pasaba esta mañana en ese tramo.
He cometido el error de comprar un periódico, pero al leer en la portada las declaraciones de una mujer empleada en una de esas agencias de descalificación que generan el negocio de unos pocos y el hundimiento de países enteros, que condenan a tanta gente a la pobreza y el trabajo esclavo, diciendo "No lo hacemos por capricho", me ha entrado una furia poco saludable y he decidido que no lo leeré. Mi suscripción se acaba este mes o el que viene, y no voy a renovarla. La tergiversación, la mentira, la alarma injustificada, la falta de reflexión y de salidas que se desprende de esos periódicos, cada vez más la voz de su amo, me enferma literalmente. Creo que prefiero buscar algo más alternativo y leer los únicos artículos serios que incluyen esos periódicos en facebook o en las redes, citados por otros.
El otro día leía a Mary McCarthy diciendo en un prólogo de sus Memorias de una joven católica que nadie la creía, que los lectores estaban convencidos de que los personajes de su infancia eran inventados. En general suele ocurrir lo contrario, los lectores creen que lo que escribimos ocurrió tal como lo explicamos, y los que estaban en el lugar de los hechos -cuando los hubo- llegan a corregir sus recuerdos, persuadidos por el mero poder de la letra impresa. Es un reflejo universal preguntarse cuánto habrá de biográfico en la escritura de un autor, y por eso me hizo gracia que a ella, que escribía sus memorias (tal como recordaba y con esa limitación de la orfandad tan temprana en que nadie o apenas nadie podía matizar o corregir sus recuerdos de niña), nadie la creyera y los lectores pensaran que todo era literatura. Pero es que es verdad que los lectores nos desconciertan e interpelan, algunos porque, como alguien decía en Babelia, querrían que escribiésemos siempre lo mismo, otros porque no saben que existe la subjetividad y que cada lector lee un libro distinto y otros porque de verdad pescan lo que para nosotros es importante o lo era cuando lo escribimos.
Durante esta semana extraña, yo no podía llorar a M., ni tampoco hablar con ella como hago con mi padre ausente, ni tampoco decir moia maika como en mi cuento traducido al serbio, pero mientras desayunaba, ponía Arte tv y lloraba con los perseguidos birmanos o la miseria de unos hindúes o los testimonios de la primavera de Praga y su horrible final, o escuchaba un programa de France Culture sobre Juan Gellmann y volvía a llorar oyendo cómo el lenguaje no le servía para decir su dolor y tuvo que cambiar el género a las palabras, convertir nombres en adverbios, oía a su traductor francés explicándole y lloraba, lloraba apenas un momento porque ya no sé llorar como antes, es sólo el instante de un sollozo semi silencioso, dos lágrimas que no llegan a ninguna parte y se evaporan antes de caer. También pensaba en aquella sensación mía de pequeña en que yo sentía demasiado las cosas, lo oscuro y lo luminoso, y que tenía que hacer algo con aquello que me ocupaba demasiado, que me hacía latir de una forma desbocada, y que tal vez fuese mi piel que decían demasiado transparente, o simplemente pensaba que era una suerte y que tenía que devolverlo convertido en otra cosa, y eso intentaba explicarle a un poeta que no puede conocerme.
Esta mañana escuchaba a Thomas Ostermeier en Arte Tv, en Moscú, hablando del abismo entre las clases sociales en el poscomunismo, y luego del patriarcalismo terrible en Palestina y de Juliano Mer Khamis y de por qué lo mataron; era muy interesante. Yo dejaría siempre esa televisión culta puesta de fondo, en cambio las nuestras no las veo nunca, y alguna vez me pierdo algo, creo que anteanoche pusieron en la 2 un documental de Michael Winterbottom titulado La doctrina del shock que según mi amiga M. todos deberíamos ver y que también recomendaba Hanif K. en su muro de facebook.
Leí Quién es? de Sebastien Doubinsky, y me gustó su poética irónica y leve, y ese Billy el Niño ensoñado, que habla de su infancia y del mundo, de su deseo y de las mujeres, y que retrata los gestos de sus perseguidores y su tristeza dentro de la crueldad y la soledad de todos, la desesperanza del mundo trenzada a la propia felicidad del deseo, y que se deja arrastrar por el azar de las cosas fantaseando con el destino, dibujándolo y dibujándose hasta sus últimas palabras, que son las del título, antes de morir acribillado.
He soñado toda la noche con las redes, pero me he levantado con cierta esperanza cálida que necesitaría todos los días y sintiéndome más ligera, quién sabe por qué, menos alcanzada por la amenaza.

domingo, 8 de enero de 2012

Pequeñas epifanías


Foto: I.N., Villa Urania, de noche, 2012
Anteayer fui a ver Le Havre, de Aki Kaurismaki. Entré en el cine con un humor lúgubre y salí transfigurada, reconciliada con el mundo o al menos con la ficción que podría representarlo. Es una fábula moral y un poeta brioso que no vive muy lejos del Botánico madrileño me había dicho que le recordaba a mi libro La plaza del azufaifo. Precisamente porque habla de la ética o de la bondad (una palabra que a mí no me convence por culpa de mi mala experiencia con el catolicismo, pues las peores personas con las que me he encontrado en mi vida, las más interesadas, las menos generosas, las más mezquinas, eran muy católicas), pero Kaurismaki habla de una bondad laica, de una ética, de algo que me hizo pensar en el Amor mundi de Hannah Arendt, a la que estoy leyendo para mi curso, una preocupación por el mundo que dejaría en segundo lugar al propio self. Kaurismaki lo hace con una suave ironía para evitar  caer en el sentimentalismo, con una economía que le salva, evitando el lagrimeo, utilizando códigos del cine realista francés, para contar su cuento de navidad, casi desprovisto de la negrura que tiene a veces (excepto quizás en ese principio), y todo en estado de gracia. Los personajes rozan la genialidad y sus miradas se ocupan de decir lo que hace falta; los actores son estupendos y tiene gracia que el único personaje malo sea precisamente J-P.Leaud, a quien todo sale mal, al revés de lo que suele ocurrir en lo real, donde los de la fuerza oscura y el kali yuga se están llevando todos los triunfos y ya empieza a ser asfixiante) y la atmósfera (las casas, o ese bar donde unos tipos excéntricos y marginales mantienen siempre apasionadas discusiones sobre si los patos de Alsacia son más gordos o la salsa de mejillones se hace así...), el policía me recordó un poco al de Casablanca, la escena entre la paciente y el médico, en que este último promete hablar comme un ministre es memorable, esa mujer inventiva y amorosa que recuerda al cuento imposible ("Lo que hace mi marido bien hecho está"), la amiga rubia que regenta el bar con la expresión de haberlo vivido todo, la cansada y vital boulangère, los fruteros, la cara esculpida e inteligente del protagonista, la escena en que leen a la enferma un fragmento magnífico de los cuentos de Kafka donde se habla de que los locos no se cansan y en ese momento, esa frase adquiere una significación luminosa, algo como que otra percepción de las cosas permitiría a algunos vivir de otra manera. Yo salí feliz, contagiada de ese encantamiento. Tal vez es que yo necesitaba urgentemente que alguien me contara que aún existe otro mundo dentro de éste, como en las palabras de Galeano, aunque fuese de forma inocente.
La noche antes había salido a dar un paseo sin acordarme de la cabalgata y por suerte pude tomar un camino alternativo. Hacía viento. Por la tarde, estaba escribiendo y notaba una luz escarlata a mi izquierda, cubriéndome, y al alzar los ojos, el cielo estaba rojo y avisé a G. y le hice fotos ("Sol rogent, pluja o vent", dijeron algunos, y en efecto, esa noche hubo un auténtico vendaval y entre sueños me preguntaba si G. habría cogido la moto, pero a las 7 me dijo que vendría más tarde, que dormiría un poco en casa de alguien) y cuando le mandé las fotos a un amigo músico, que está pasando una temporada en Londres, me dijo que allí no había cielo, sólo una grisaille, pero yo sigo añorando estar allí y en otras ciudades europeas. En ese paseo, ya con nocturnidad anticabalgata, fotografié la Villa Urania y el poeta brioso dijo que parecía un cuadro de Velázquez, La tarde, que no parece de Velázquez, pero está lleno de misterio y encantamiento. También tuve unas conversaciones skypianas con mi amiga londinense, con su orquesta de risas y su batalla perenne contra la melancolía y los sueños. 
Y antes había estado en Palo Alto con M, que extendió sus libros de mapas de Barcelona por la mesa y me demostró la dificultad de distinguir entre su humor irónico y su conocimiento verdadero de la historia de esta ciudad y esa noche me mandó los tres primeros mapas, preciosos, para ese prólogo ilustrado de mi libro de Barcelona, que saldrá en Sant Jordi. Estuvimos comiendo en la cantina con dos amigos y paseamos junto al estanque de los peces de colores rodeados de mirlos y petirrojos (ya no migran, me contó M, porque no hace frío) y todos nos hacíamos fotos unos a otros con los teléfonos y yo me escondía y luego M intervino mi cara semioculta con un doble perfil picassiano-garriri y esa noche me retiré contenta a mis aposentos con una sensación generosa, pero el día siguiente me trajo una serie de detalles mezquinos y noticias de tarifas microscópicas, vacas flaquísimas y facturas distorsionadas y yo iba andando por la calle para ahuyentar mi desolación.
Hoy también me he despertado de un humor melancólico y casi desesperado. "Voy a revolcarme un rato en mi desesperación", le decía Flaubert a George Sand en una carta. Sus cartas me han consolado estos días. Los dos ofreciéndose préstamos uno al otro en momentos distintos. Ella explicándole a Flaubert las razones por las cuales sus libros provocan no sólo escándalo sino también odio y condenas que hoy asombran. Luego he pasado a las de Hannah Arendt y Mary McCarthy y otra vez leo las acusaciones que sufrió Hannah Arendt, la polémica a su Eichmann en Jerusalem, las escasas defensas -me gustó que entre las defensas estuviera Al Álvarez, aunque no encontré su artículo de The Statesman. Tengo que mirar si estará en ese libro suyo recopilatorio... Las discusiones y la amistad apasionada entre esas dos mujeres tan brillantes, cada una a su manera y también sus discusiones sobre los hombres, sobre las relaciones, sobre la literatura, la filosofía y el mundo. La preparación de mi curso me salva. Espero que se hayan apuntado suficientes alumnos para que sigamos adelante. Pero hoy he ido con Tigridia e Inés al Caixafòrum (como en mi novela), a ver la colección Clark, los Ballets rusos de Diaghilev y Nijinski, y de paso una pequeña muestra sobre Sagnier, ese arquitecto conservador que construyó un colegio del que me expulsaron y que también sale en mi novela y la casa del Tibidabo donde me hicieron fotos unos alumnos de Eina cuando yo tenía 16. Acostumbrada a los museos americanos, he fotografiado tres cuadros sin saber que no se podía y un vigilante me ha dado tres golpes bastante duros y osados en el hombro, como si quisiera despertarme de un sueño profundo en pleno incendio, para decirme: "¡Señora! ¡Que no se pueden echar fotos!" A pesar de sus maneras y de los comentarios estúpidos que una mujer de aspecto ricachón y convencional le dirigía a su pobre niña, la pintura siempre restaura. En medio de esos Renoir de colores apastelados, había algunos maravillosos y menos conocidos, como un autorretrato nervioso e irritable. Y dos magníficos Toulouse Lautrec. Y Daumier, y Manet... Pensando en mi novela, me he acordado de Bonnard, era Bonnard el pintor que llevaba sus pinceles en el bolsillo para retocar sus cuadros en museos y galerías... Hemos visto unas imágenes maravillosas del Oiseau de feu de Diaghilev, y el vestuario y las escenografías. Aunque estaba todo lleno de gente, como moscas buscando la luz...
Ayer, también mustia con mi brazo doliente (me ha vuelto el dolor, por lo visto, nadie me dijo que cuando estas lesiones tienen un origen postural, siempre pueden volver, y para evitarlo, no hay que dejar de tomar los complementos que yo sí dejé; y ahora, ruinosa, sin recursos para las sesiones seguidas de acupuntura, sin poder descansar como me recomiendan, ¿cómo seguir traduciendo, cómo mantenerme a flote?), acudí a una cita con tres mujeres. Una, joven apasionada y reflexiva como aquel personaje de un cuento de Clarice Lispector, "Misterio en Sao Cristobao", se iba a Chile a hacer un stage y quería que alguien le echase las cartas y acepté hacerlo yo misma como regalo (Giuseppe les dijo que mi lectura sería más literaria que cualquier otra, y que pondría algo en la palabra... Y es que yo aprendí esa técnica hará unos treinta años, en casa de un periodista radiofónico musical con un lado tan esotérico que nadie lo conocía y una escena parecida sale en mi novela. Y algunos amigos transoceánicos me piden tiradas a distancia y les mando la foto con la interpretación. Después de todo, es una forma de pensar como otra y el inconsciente se encarga de proyectar las imágenes, como en un sueño). Quedamos en la terraza del Gallery, con su madre, una activista cultural que había sido hospitalaria conmigo en Saragosse, y una librera valerosa amiga suya y con los ojos de un azul de aguamarina. El espíritu de ese encuentro me reanimó. Remató la librera que, tras unas frases sobre la suerte que parecían hablar de mí sin ella saberlo, contó que había vivido en Guatemala en una cabaña hecha con tablones y que al ver que podía vivir sin apenas nada, estas adversidades de ahora no podían ya angustiarla. Volví a la sensación de Le Havre. Si uno es capaz de encontrar espíritus afines, nada podrá hacernos daño de verdad. Y fueron animándose y acabé echándoles las cartas a las tres (uno sólo tiene aquello que da) e imaginando que podría tal vez echar las cartas en un café de alguien amigo para ganar un argent de poche sin tener que dañarme el brazo, especie de Madame Zorah reconvertida... Mis amigos me animan porque según ellos siempre se cumplen esos augurios... Y en el fondo era como imaginar otra vida dentro de ésta, como cuando un americano dueño de un hotelito en las islas me propuso que cantase allí con su hijo pianista...
También me llegaron los mensajes de una pintora y su poeta, refugiados en el sur, diciéndome de mi escritura, que pocos se atreven a llegar hasta el hueso y que eso tiene un valor...
Luego está G., que estos días vive entre sus series y los libros que devora con una voracidad recobrada y a veces tenemos nuestras conversaciones. Hay algo en G. que me alegra aunque no se apasione suficiente con su carrera y es que le veo tan lleno de insight y de recursos que estoy segura de que un día se decidirá a ponerlo todo como el pájaro de fuego de Diaghilev... G. se hizo unas fotos con la corona del roscón de reyes que me encantaron, pero no estoy autorizada a publicarlas. Le regalé libros, como siempre, y ya les ha hincado el diente. Se han terminado las vacaciones. Aún llegan restos de la intoxicación de felicitaciones como droga para resistir un año que nos vaticinan aciago. Procuro saltarme los periódicos, que siguen convencidos de que alarmar y angustiar aumentará las ventas, o que tal vez así la gente dejará de informarse o quién sabe a qué estúpido plan responde esa política. Ayer le contaba a G. de las disquisiciones de Hannah Arendt, Mary McCarthy (y de las ideas de Kant) sobre la estupidez, el no-pensar y un wicked heart, de si la causa de la mezquindad y del mal era la estupidez, la falta de inteligencia, la incapacidad de establecer conexiones y de pensar o esa era sólo la consecuencia. Qué alivio refugiarse en esas ideas, qué hospitalidad encuentro en esas cartas. Además, mientras leo no me duele el brazo y Rufus, mi Rufus alocado y afectuoso, se pega a mi cuerpo en el sofá o me contempla ronroneante como ese gato de Maeve Brennan cuyo mejor talento era un ronroneo profundo y musical, que le tenía orgulloso. Pero Rufus tiene otros talentos...

domingo, 1 de enero de 2012

Un manto de música

Foto: I.N., Rufus y el año, 2012
Ayer puse Arte Tv, que ponía un especial conciertos de año nuevo, desde Osaka a Leipzig, con Zubin Mehta y tantos otros, y me envolví en esa música como si fuera un manto. Había decidido no moverme de casa y quedarme con Rufus en un pequeño ritual solitario después de tres noches saliendo por ahí, y estuve leyendo en el sofá, acabé el libro (agudo y lleno de gracia y citas) de Simon Leys, leí a Hannah Arendt discutiendo sobre el mal, la política, Kant, Maquiavelo, Eichmann, la pregunta de la muerte... Y también leí (gracias a un experto cinéfilo facebookiano) Esculpir el tiempo de Tarkovsky, buscando rodearme aún más de ese misterio o esa luz misteriosa que une en mi mente la escena clave de mi novela con La infancia de Ivan, aunque probablemente nadie podría comprenderlo... Y me deslumbró otra vez con sus comentarios, recordé las escenas del agua y la orilla y la emoción brusca y fría del bosquecillo de abedules.  
Pero en medio de mis lecturas de sofá, interrumpidas tan sólo por  algunas llamadas y breves conversaciones con "el hombre que ya no llamaba demasiado",  apareció la Belle Elaine y acabé yendo a tomar una copa a su casa de la colina, con unos niños alocados que se armaban hasta los dientes para salir al jardín, por si les atacaban los gatos, decían, y un invitado había traído quesos de París y hablamos de biografías y malas y buenas novelas y de cómo escribir sobre lo autobiográfico, en parte porque el hombre que venía de París estaba fascinado con la biografía de Steve Jobs (a pesar de) y quería sólo escribir y leer biografías (como J., que lo alterna con Casanova, en una asociación viril que encaja con su serie favorita; ahora bien, cómo cambian los cánones: curiosamente, ahora, esa imagen de Casanova de la portada no puede parecer menos viril ni mostrar menos sex appeal). Al salir de allí me sorprendió que incluso su calle estuviera abarrotada de gente ataviada con brillos y coches con bocinas. Pero llegué a mi casa en un paseo agradable, a pesar del bullicio, y me esperaba Rufus, que alterna un humor patinador y noctámbulo con momentos en que casi me exige abrazos y cepillados. 
Mientras la música me envolvía, pensé de pronto que así debía de protegerse mi padre del mundo, él con su habitación preparada para escuchar, su equipo revox, sus amplificadores y todo aquel encantamiento suyo de los conciertos y los viajes musicales. Por la mañana he visto a Ariana Savall con su arpa en un monasterio románico, sobre unas cumbres rocosas, pura imagen que me ha recordado la idea de mi amigo músico hollywoodiense... Ayer dijeron en otro reportaje matinal, justo antes de los conciertos, que la comprensión de la música no era exclusiva de los humanos (se veía una cacatúa blanca siguiendo el ritmo) y Rufus lo confirma: él tiene sus músicas favoritas. Es un gato ecléctico, tal vez por su pasado, puede disfrutar de muy distintos tipos de música, pero hay melodías que le dejan indiferente y sin embargo, otras le atraen y solazan sin ninguna duda.
En el andén del metro, me encontré a un amigo librero y escritor, que siempre me sorprende enfrascada en la lectura. Llegaban las felicitaciones de año nuevo encadenadas (también G, que celebraba el fin del 11 en Girona) y yo oía los aplausos como lluvia. No logré ponerme a preparar mi curso de enero. Ni siquiera sé si se habrán apuntado alumnos suficientes. Escribo deprisa para irme al sofá a leer y tomar notas. Estoy llena de secretos que no puedo contar aquí y eso hace que escriba menos. También hay proyectos que, si salieran, lo cambiarían todo. Sigo corrigiendo interminablemente mi novela y mientras no acabe, seguiré atada a ella y sin poder ver con qué quiero seguir. Y es que he grabado unos capítulos para que los escuche un amigo músico desde la pérfida Albión ¡y los ha escuchado también V! (su escucha es poderosa y me ha ayudado a seguir puliendo... mientras la lee un editor). Mi libro de la ciudad saldrá en Sant Jordi. Un amigo de siempre, que admiro, me ha hecho un prólogo ilustrado con dos o tres mapas que me encanta. Sólo falta redondear, maquetar, ver la portada... He sabido que "mi Giono" (así lo ha llamado él) ha encontrado uno de esos lectores de excepción, de los que leen también lo que está detrás y yo me alegro por el libro...
No quise escuchar a un agorero desconocido que empezó a anunciarme el horror que vendría mientras esperaba en una tienda de mi barrio. Le dije que prefería las noticias sin volumen, señalando mi periódico, pero no sé si me entendió. Hay gente que se divierte fastidiando. Yo sé lo que tenemos encima: unos políticos que, igual que los anteriores (sólo que con formas y estilo más franquista), sólo sirven a los Bancos y los lobbies más poderosos y llevan al país a la ruina con mentiras de sacrificios necesarios, cuando todos los expertos saben que así no podríamos nunca salir de la crisis y que simplemente se trata de un robo. Así que ojalá se cumpla la profecía maya y se nos contagie esa fuerza tenaz e inteligente del Occupy Wall Street, porque tendremos que lograr pararles los pies y cambiar este mundo si no queremos que nos conviertan a todos en esclavos. 
Mientras, yo seguiré consolándome con libros y música (no todo es música sacra, también a veces necesito volver a bailar) y armándome de valor para leer los periódicos de siempre... Por cierto, me gustó  el artículo de Joan de Sagarra sobre EVM con la ciudad de fondo. Son esas páginas que ayudan a soportar los diarios, como un artículo de Miguel Morey sobre Benjamin y la traducción, o también el del propio EVM con unas divertidas muecas. También pienso cada vez más en alternar los periódicos de siempre con otros más alternativos de las redes... Más que nada por mi salud. Por cierto que un comentario de EVM se quedó flotando en el aire hace unos días, al oscurecer, como una duda, mientras yo me preguntaba cómo se hará para cambiar de pista, si parece tan fácil. Tal vez bailando. En fb, una escritora que justamente recomendaba EVM y cuyo libro sobre WB había yo encargado precisamente al librero de la calle Berlinès mientras discutíamos de movimientos físicos, me dijo que cuando algo le dolía, ella lo solucionaba con más movimiento
Voy a repetir aquí una foto de Rufus felicitando el año, con una expresión circunspecta, porque él  tampoco es un ingenuo y sabe bien cuál es la situación general, aunque también sabe cómo ovillarse y sumirse en una saludable meditación profunda con vibraciones gatunas de felicidad y olvido.

viernes, 23 de diciembre de 2011

El gimnasio alemán estaba vacío


Foto: I.N., Valveralla, 2011
Todo el mundo debía de estar entregado al frenesí de comidas y compras navideñas. Yo no tenía que comprar ni preparar nada, aunque siento en el aire ese impulso colectivo en el que la gente se junta para beber y evadirse más que nunca (mientras siguen cayendo malas noticias de políticas no sólo injustas sino sobre todo equivocadas, que ahondan más el hundimiento y las heridas del país y lo alejan de la recuperación, y sólo ayudan a banqueros y secuaces), o para despotricar juntos y conspirar. 
Tal vez fuesen las endorfinas o esa borrachera de felicitaciones de gente que normalmente no te desea nada pero que enloquece de espíritu navideño o lucha con Scrooge, pero he salido del gimnasio alemán sintiéndome feliz y con ganas de bailar.
Ayer participé en la presentación de un libro en la Sala de la Caritat de la Biblioteca de Catalunya, que parece un reducto de belleza en medio de la debacle. En las Ramblas han cortado salvajemente plátanos antiguos y los han sustituido por ejemplares enanos que nunca veré crecidos, y esa brutalidad se une a la gran fealdad y el cutrerío de las casetas de feria que han sustituido a los antiguos kioscos de animales. Las luces navideñas tienen esa tara móvil que conecta bien con los vendedores ambulantes y sus horribles gemidos. Todo parece indigno y de mal gusto, chabacano y del peor provincianismo y atravesar esa calle, antes tan bonita y barcelonesa, se convierte en un sufrimiento. Aún queda la Biblioteca y su espacio, el antiguo hospital de 1400, aunque está amenazado: quieren trasladarla. Y es que nuestros políticos no paran de tener ideas terribles, a cuál peor, con tal de sacar dinero para ellos y sus partidos. Supongo que querrán hacer un gran aparcamiento. Tuve que cruzar por la Garduña, donde van a construir -lo cual me parece una salvajada- y el pasillo de uralita olía tan fuertemente a orina que tuve que taparme la nariz. Pobre país primitivo y salvaje, cubierto de hormigón y de buitres dispuestos a lo que sea. El doctor que presentaba el libro conmigo también se explayó críticamente sobre lo que está ocurriendo y habló de la iniciativa que MD nos había mandado a todos, una especie de protesta activa y teatral contra la pista de hielo. Luego quisimos ir a tomar algo y nos costó muchísimo encontrar un lugar.
Era inevitable pensar en la actividad cultural de la Biblioteca estos años, con buena dirección, buen teatro y buenas exposiciones, y en esa extraña costumbre de este país de que todas las instituciones culturales paralicen su gestión y cambien de rumbo con los cambios de gobiernos. En Francia, me recordaba L.O., que siempre sabe lo que ocurre en el resto de Europa, los museos no sustituyen a sus directores porque cambien los políticos, sino sólo cuando terminan sus mandatos. Eso permite avanzar en una dirección coherente y beneficia a la institución. Y no se pone en cuestión su existencia cuando se acaba un mandato, como ocurre ahora con el CCCB: la muerte anunciada del cosmopolitismo cultural.
Toda la semana he tenido comidas y reuniones, algo que para otros es habitual, pero que a mí me  desconcierta, pues necesito mi rutina de silencio y trabajo solitario. De alguna de esas reuniones salí despavorida: me cuesta batallar por lo que me interesa y lucho contra esa inclinación mía al caracoleo, pero contemplar el otro extremo me removió las tripas. Por suerte hubo también encuentros fructíferos e interesantes y también momentos festivos e hilarantes, como una cena china que acabó con ese maravilloso pomelo suave y distinto del nuestro, que se desnuda de su piel blanca y se come como una mandarina gigante. Al salir pensaba ir andando hacia casa para digerir, pero el frío me hizo recular y acepté el ofrecimiento de un amigo de acompañarme. 
Después de tantos sueños apocalípticos, hoy he tenido uno ridículo. He soñado que hacía una prueba con otra gente para entrar en la Nasa, sólo que mi puesto tenía que ver con escribir, no era para ir a la Luna, digamos. El examen era muy fácil, nos puntuábamos unos a otros y me suspendían y cuando iba a preguntar, furiosa, me decían que era por un exceso de peso y yo pensaba: "Pues a mí se me ha olvidado restarles el peso a esos tan gordos". Uno de ellos era un conocido periodista obeso y otros dos no le andaban a la zaga. Otra de las participantes era ex ministra (que a veces, en el sueño, era una vieja amiga mía con un cargo en la tv, la misma que anteayer me mandó un sms diciéndome que me había visto por la calle muy guapa) y salía en los periódicos que la ex ministra me había puesto un 00. Aún perpleja, yo trasladaba de libras a kilos y mi peso era 50 y protestaba ante el funcionario: "Pero no es tanto... Y además mi puesto no es para misiones espaciales, sino para escribir" y el americano me decía: "Para su estatura, sí; en la Nasa somos muy estrictos."
Tengo algunas ideas sobre el significado simbólico del sueño, donde el peso podría trasladarse a otro ámbito menos físico pero no menos material y a las dificultades y a la desigualdad en algunos intercambios. No sé qué significa escribir para la Nasa... La cuestión es que me he reído yo sola esta mañana y luego se lo he contado a G., que se iba en tren con su padre a pasar allí los festejos. Al hombre que escucha sólo podré contárselo el año que viene... Diría que el sueño iba atado a la conversación que tuvimos el mismo jueves. 
Me ha gustado mucho ese libro de Juan Benet del que ya hablé y también he gozado de la lectura de La reina oscuridad de César Cortijo Ballesteros, un poeta lleno de nervio salvaje y luminoso, y ayer empecé Quién es? de Sébastien Doubinsky y tengo conmigo I el món gira de David Cirici y las Tres tormentas de nieve rusas y releer mis correspondencias para el curso, y... 
Rufus no concede importancia a la Navidad. Él sigue ovillado irradiando sus vibraciones de joie féline. Y sin embargo, sarinagara... hay ondas y alteraciones que parecen llegar a todo el mundo. Ayer, mientras me dirigía a la presentación con ese malestar del miedo escénico, hablé por teléfono con la Belle Elaine y ella intentó convencerme de que llamase a un editor esta mañana para proponerle... La Navidad es buen momento, decía ella, y no le faltaba razón y yo sabía por qué lo decía. Pero el editor estaba ocupado y se movía de su despacho y no he podido dar con él... habrá que esperar al año nuevo, o al año chino, o al serbio... 
Un periodista cultural me ha propuesto leer un breve fragmento de mi novela en una serie de vídeos en los que otros escritores leen fragmentos y contestan a preguntas. Será en enero.
También quedé en un café cercano con otro escritor con quien comparto un proyecto y me hizo una segunda propuesta, esta sí, revolucionaria, que acepté. Una famosa escritora me escribía ayer en esa misma dirección. Wait and see. En el mismo café tuve otros encuentros y se me ocurrió una idea. No importa si me equivocaba, para mí es importante luchar contra mi caracoleo, probar esas otras opciones... 
Mi padre murió en diciembre y siempre me siento más huérfana en estas fechas, sobre todo en este momento materialmente difícil, aunque él hubiera abdicado y la imagen de la vendedora de fósforos de Andersen haya sido para mí recurrente en el solsticio de invierno. 
Sin embargo, hay algo que lo contradice todo, incluso esa falta de liquidez, esa imposibilidad de cruzar las fronteras, este estado prisionero, porque yo sé que algo no corresponde, que soy rica en otro lugar...

domingo, 18 de diciembre de 2011

En medio del frenesí navideño


Foto: I.N., Autorretrato matinal de ayer sin más, 2011
El viernes, la Belle Elaine quiso arrastrarme a participar en una segunda presentación de No se lo cuentes a nadie. Yo iba al banquillo, por si alguien se lesionaba, pero acabé improvisando unas palabrejas festivas sobre la correspondencia, después del bonito texto que había hilado la Belle Elaine, y después de las intervenciones de la editora e impulsora del libro, Esmeralda Berbel y de su corresponsal, Lydia Zimmermann, en la bonita librería Les Punxes. Todo con mucho vino que llevamos entre todas. Para acabar, leímos fragmentos diversos de esas cartas y apareció un buen lector de facebook al que sólo conocía virtualmente. Habían venido todos los hombres de la Belle Elaine, y su amiga crítica y productora, el grupo del cine, por así decirlo, y fuimos con ellos en busca de un lugar donde tomar unos pinchos, pero era imposible. Todo estaba atiborrado de cenas navideñas y grupos que querían celebrar frenéticamente las fiestas olvidando la crisis. Al fin, tras una larga peregrinación, acabamos en un bar terrible de cuyo nombre no quiero acordarme, donde nos sirvieron dos botellas de vino pasado y ajerezado y unos pinchos malejos en la ventosa terraza (dentro, la televisión y la iluminación nos habrían provocado una depresión profunda) y acabamos completamente helados. Eso sí, nos reímos muchísimo, incluso con el nombre del bar, e intercambiamos opiniones contundentes de libros y películas.
Ayer no quería salir, pero tuve que pasar un momento por La Central, también llenísima de gente, y allí me encontré a C., que iba cargada de libros, y a J.P., que no compró ninguno pero estuvo hojeando unos cuantos, y volvimos a hablar y hablar y yo acabé llevándome tres que no pensaba quedarme, las tres tormentas de nieve rusas (Pushkin, Tolstói y Chéjov) reunidas, ese ensayo precoz de Beckett sobre Proust (yo no lo había comprado precisamente por su precocidad, pero J.P. me convenció) y ese libro de Simon Leys de La felicidad de los peces. Iba yo leyendo esa maravilla que es Otoño en Madrid hacia 1950 de Juan Benet, donde cuenta las tertulias en casa de los Baroja y sus extravagantes normas y la posición, para Benet insólita, de Baroja respecto de la novela y sus maestros, y también unas clases de matemáticas en casa de profesores excéntricos y refugiados republicanos, algunos recién salidos de la cárcel y desprovistos de sus cátedras, con los apagones, las palmatorias y el frío de la posguerra, y las cenas que su madre organizaba en los rellanos de la escalera para protegerse de los apagones y la verdad es que es una gozada la ironía y el humor negro y la precisión de Benet al contar la atmósfera cutre y terrible de la posguerra, una maravilla.
Antes había conocido a un escritor francés (de ascendencia rusa y americana) muy interesante y amable (del que hablaré aquí cuando le lea), que enseguida se interesó por mis libros porque entiende el castellano y leyéndome en las redes había tenido una intuición. Buscándole, descubrí que había publicado quince novelas en buenas editoriales, en francés y en inglés, y dos de ellas me tentaron. Una la encontré en abebooks por 3 euros (más 5 de transporte) y resultó ser una de las que Eric Bonnargent incluyó en su magnífico Atopia, así que no me había equivocado en mi elección. Esos encuentros son la razón principal para seguir en esa red social, pese al rechazo que me inspira esa visibilidad excesiva que hace sufrir tanto a las parejas adolescentes en lo amoroso y que consiste en ver las relaciones de los otros. Hace poco los inventores de esa red ya anunciaban una opción que consiste en avisar a uno cuando su ex partner "rehace su vida", es decir, cuando aparece fotografiado con otr@; ¡una opción perversa! Alguien me comentaba ayer que esa visibilidad suscita una respuesta inesperada a algunos, que cuando tienen un conflicto o se alejan de uno, no sólo no se apartan discretamente de su entorno, sino que procuran visitar más los muros de sus amigos y familiares en una rivalidad malsana, como venganza o para condenar a ese ex amigo al aislamiento, la expulsión y la pérdida de sus amistades, no las virtuales, sino las reales. Por eso hay que alejarse... Y sin embargo, sarinagara...
Me he pasado la mañana corrigiendo alguna repetición de mi libro de la ciudad, aunque luego he sabido que ya estaba maquetado, y ya veremos qué puede hacerse. Más tarde he intentado hacer algo con mis notas para la presentación del libro Poemes cínics de Santiago Subirats, que tendrá lugar el jueves 22 a las 19h en la Sala de la Caritat de la Biblioteca de Catalunya. Algo me impide todavía tejer mi texto, algo se rebela y el tiempo apremia, pero no pierdo la esperanza. Tal vez en alguno de mis insomnios...
Me ha aliviado que la Defensora del lector de El País hablase de los trolls, continuando con la opinión de una articulista hace unos días. Hay que poner filtros a quienes no saben respetar las mínimas normas de cortesía en periódicos y blogs y sólo vienen a insultar, incapaces de disentir ni de reflexionar como personas, protegidos en un cobarde anonimato.
Anoche Rufus dio un salto descomunal para subir a la mesa por un ángulo fatal, lleno de papeles y libros, de forma que volvió a caer al suelo y arrastró consigo el teléfono, mis gafas, varios lápices y la montaña de libros y papeles. Lo recuperé todo excepto las gafas, que han aparecido esta tarde al fin bajo el radiador. A veces viene a acompañarme y se instala en el almohadón regio que le he colocado a mi lado en la mesa. Otras prefiere el suelo junto a la estufa o su manta de lana de cabra o el lecho circular que heredó de la gata Gilda. Esta madrugada me he despertado a las cinco sin ningún sueño y dudaba si ponerme a buscar citas para mi novela, que extrañamente en mí, sigue desnuda de ellas. Pero me he contenido y me he quedado muy quieta (oía a Rufus deambulando por el pasillo) y aunque han pasado las seis y veinte, he acabado durmiéndome hasta tarde. La semana pasada fue muy agitada para mí: la presentación de La femme visible con Casasses y Vicent Santamaria, una genialidad tras otra, todo lleno de humor daliniano y poder rapsódico, la multitudinaria cena de profesores de l'Escola d'Escriptura y para acabar la presentación de Les Punxes. Y esta semana empieza con una cena china el lunes, una comida conciliábulo editorial el martes (donde en cierta manera se celebra un encuentro autor-editores que yo he contribuido a propiciar y es una alegría), además de una reunión también editorial por la tarde (para mi libro de la ciudad), una sesión exótica en la mañana del miércoles, una cena histórica esa noche y el jueves la presentación de los poemas cínicos, y todo justo antes de navidad. ¿Cómo voy a sobrevivir sin mi pacífica, silenciosa y solitaria rutina? Suerte que no celebro la navidad, sino todo lo contrario... En la cena de l'Escola d'Escriptura estuve hablando de insomnio y de placeres solitarios con tres o cuatro escritoras y nos reímos muchísimo, pero al día siguiente yo estaba en muy mala forma para la presentación. No sé cómo me recompuse mágicamente y espero que esta semana los dioses griegos me concedan ese don. Hoy he tenido dos largas conversaciones telefónicas. Y me ha escrito una amiga de facebook, apasionada pintora y reina de las albercas, que me alegra muchas veces con sus lecturas. 
Yo siempre me iba de viaje en Navidad, pero esta vez, por desgracia, mis restricciones presupuestarias me impiden casi ningún movimiento. Y con toda esa actividad social, sólo pienso en reservarme algunas noches para leer en el sofá con Rufus.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Domingo silencioso

Foto: I.N., Rufus, soleado y esponjoso, 2011
Ayer acabé el prólogo de la nouvelle de terror y la reseña para Turia. Luego hice algunos recados y fui andando con T. a ver la película de Mike Leigh, que nos dejó dubitativas. Los actores eran todos magníficos, pero la historia no era redonda como otras suyas, al contrario. Al principio me molestó la idea peregrina que parecía desprenderse de que sólo los que vivían en pareja eran felices mientras que todos los solitarios estaban enfermos de tanta infelicidad. El personaje de la amiga solitaria y acelerada era el más afinado y la actriz hacía su trabajo admirablemente (por un azar compensatorio era la única que no era desagradable de mirar, no tenía una gran barriga ni era fea como todos los demás, que parecían elegidos a propósito). O aquel hombre tan obeso que no podía parar de deglutir comida, bebida o cigarrillos y que se echaba a llorar inesperadamente. Luego apareció un hermano del protagonista tan afectado y paralizado por todo, con la mirada fija, no sólo por el duelo, sino por su incapacidad completa para relacionarse o expresar nada, que la escena se volvió algo mejor, y el hijo de ese hombre, que no podía contener su ira ni su desesperación. Me molestó también la banda sonora, que parecía adherida extrañamente a un silencio necesario. ¿Por qué el director de Vera Drake o de Secretos y mentiras perdería tiempo y dinero en un bodrio así? T. y yo volvimos andando cuando ya era oscuro y por las calles estallaba la alegría histérica del fútbol. No podía evitar pensar en esa capacidad de los habitantes de este país para olvidar lo que está ocurriendo y aceptar todos los recortes y amenazas, todos los abusos y corrupción, todas las desigualdades e injusticias, toda esa pobreza que crece en proporción al latrocinio de una minoría... mientras puedan asistir a esos espectáculos futbolísticos que les hacen olvidar. Ya no les importa vivir en un país con tantísimo paro y donde la dirección de las cosas se vuelve cada vez más contraria al sentido común. Nos anuncian un sueldo mínimo de 400 euros para los jóvenes (se supone que sus padres les darán de comer, sino ¿cómo?) y una reforma del mercado laboral con detalles escalofriantes. Todo lo que, como explica Vicenç Navarro, sólo servirá para hundir más y más al país, mientras leemos los indultos a los hipercorruptos, la ausencia de ningún impuesto para los ricos, y la huida de cualquiera de las medidas que podría rescatar este país del hoyo en que nos han metido. Sólo importa ganar en el fútbol.
Yo había estado leyendo la teoría de un misterioso eslavo que me puso de buen humor, aunque al llegar a casa sentía una inquietud abstracta y generalizada por todo lo que vendría. Sin embargo, he tenido un sueño menos apocalíptico y más sensual que las noches anteriores. Tal vez se debió a un intercambio lúdico-declarativo con el hombre que antes llamaba demasiado. O a los manjares con que nos habían obsequiado a mediodía a G. y a mí, una sensación opulenta que me hizo olvidar la escasez como si ya no fuese tan real. 
Hoy he estado anotando alguna cosa para el libro que presentaré uno de estos días de diciembre, unos poemas morales que ya anunciaré. En El País he leído que una célebre columnista se quejaba con toda la razón de la agresividad de los trolls, esos anónimos salvajes a los que inexplicablemente no filtran en los periódicos. Hace unos días, mientras andaba con AH hacia un anticuario indio, me llamaron de El Punt y han sacado una nota sobre nuestro pobre azufaifo.
Más tarde me he sumido en la corrección y relectura por enésima vez de mi escritura de ficción, intentando eliminar en lo posible un aspecto demasiado explicativo, aunque lo he hecho de nuevo sin esperanza, sin poder ver el fulgor que antes veía, otra vez dominada por las dudas y por expectativas ajenas o por una comparación que confunde.
Ayer me llamó un amigo para preguntarme si creía que a Rufus le molestaría si le llamase también Rufus a un perro que, para celebrar el fin del mundo, acababa de adoptar. El gato Rufus, que dormitaba en ese momento, se alegró de que le consultaran, pero dijo que siendo un perro y no compartiendo su apellido (Rufus de Bengala), no le molestaba nada. Luego se levantó y fue a asomarse peligrosamente a la terraza, pues nunca se ha resignado a que su antigua amante no viva ya en la casa de los vecinos, y se juega la vida intentando superar las barreras que le han puesto para impedir su entrada. Sin embargo, mi amigo cambió de opinión, y ahora se debate entre tres nombres. Rufus se ha pasado un buen rato maullando ante mi puerta esta mañana, pero yo quería dormir más y no recordaba dónde había puesto los únicos tapones que conozco que van bien para los oídos, de modo que seguí durmiendo semiartificialmente con el maullido filtrándose en mi sueño...
Mañana tendré que traducir sin apenas respirar, de modo que necesito esta tarde entera para mi corrección melancólica, aunque disciplinada, sin esperanza ni desesperación, echando mano del espíritu del misterioso eslavo para no caer en el desánimo... ni en el síndrome de Jean Rhys. Y de noche me quedan mis lecturas, sin apenas tiempo: alterno una novelita que gustaba a Proust (para mi curso) con los cuentos que me faltan de Alice Munro.   

jueves, 8 de diciembre de 2011

Mientras


Foto: I.N., Rufus de Bengala, al sol, 2011
Hoy he salido a pasear antes del apocalipsis, para disfrutar de la calma y el sol antes de que mañana seamos expulsados del euro y de que el dinero se devalúe el 40% y nadie pueda sacar lo que tenga en el banco (si es verdad lo que promete M. Castells) y mientras los ricos ya hayan cambiado sus euros por lingotes y divisas o hayan abierto cuentas en Finlandia. He visto a algunos que se resignan al che sarà sarà, muchos simplemente no tenemos nada que salvar e intentamos no imaginar esos escenarios terribles de mis sueños, los periódicos siguen anunciando las peores medidas, las que hunden más a cualquier país (Vicenç Navarro lo explica claramente aquí), he escuchado gente que prefiere culparse y habla en primera persona y gente que prefiere huir o tomárselo con humor mientras pueda.
He estado leyendo una novelita de terror victoriano escrita en los cincuenta que me comprometí a prologar y aún no sé cómo empezaré, cuál será la frase que me arrastre, he seguido preguntándome si tengo algo que decir de un libro de poemas que me pidieron que presentara (esta mañana le dije al poeta que no, pero luego, mientras me duchaba, se me ocurrió una idea), he pasado la mañana corrigiendo lo que ahora escribo, sumida en unas dudas casi metafísicas de las que no sé cómo salir y en un proceso que me hace sentir expuesta a ciertos peligros. Sigo leyendo de forma salteada los cuentos de Alice Munro, y traduciendo textos sobre Dalí. Ayer acompañé a una amiga a la tienda de antigüedades indias de J., que sabe explicar la procedencia, el uso y los mitos que envuelven a cada una de las figuritas. Luego, ella y yo comimos rápidamente y pesé a todo llegué tarde a ver al hombre que escucha, que intentó darme algunas claves para mis dudas de escritura, pero el tiempo corría demasiado. Estuve mirando las sombras de los árboles en algunas fachadas del ensanche. Al pasar por el Arc de triomf lo vi tan airoso y alegre como en mis viejas postales y lamenté no haberlo sacado en mi libro de la ciudad, que por cierto tiene ya avanzado el prólogo ilustrado.
Hoy he dado un corto paseo con C. por la Tamarita, hemos tomado un té por el barrio y al salir había caído una humedad que nos envolvía como un baño de vapor. C. ha escuchado mis problemas de escritura y me ha aventurado distintas posibilidades, con su mentalidad abierta y científica. También hemos hablado del panorama general, naturelich. Ayer tomé otro té con un amigo que piensa en volver a su Buenos Aires. Y le escribí a otro que podría salvarse volviendo au pays gabache, pero se ha empecinado en proseguir su inmersión aquí, para mi perplejidad.
No sé que será de nosotros, pero ha empezado a circular alrededor una fuerte oleada de humor negro. Algunos hablan de comunas, de huertos, de refugios en el campo, otros se niegan a pensar en la cuestión y se abstraen en libros y películas. 
Sé que me estoy ensimismando. Que mi desconcierto me impide seguir aquí, que crece lo que no puedo decir, que... Rufus ha estado ronroneando conmigo en el sofá mientras leía la novelita anglosajona de terror. Todas las noches quiere salir a la terraza a cazar y anoche olvidé volver a abrirle. A las tres de la madrugada me despertaron unos maullidos lejanos. Yo le maldecía entre sueños, pero de pronto me di cuenta de que se había quedado fuera. Por cierto que la gata de mi vecina se cayó del sobreático hasta el patio del colegio que hay al lado y no le pasó nada. La vecina vino a preguntarme, desesperada y yo le dije que en el colegio habían encontrado un gato gris. Su otro gato juega siempre en la terraza sin caerse, pero la gata gris no sé qué hace... Es la tercera vez que cae, "le quedan cuatro vidas", dijo ella. "Ah, cuando son paracaidistas...", le dijo el veterinario.