jueves, 9 de febrero de 2012

Día extraño

Foto: I.N., Una estatua que espera decapitada a ser devorada por la naturaleza, Islington, Londres, 2012
Mi amigo se había despertado con un humor que recordaba al principio de Moby Dick. Tal vez fuese el cielo, o el aire helado o quién sabe qué. No quería venir a ver la colección Cortauld ni tampoco probar suerte con los retratos de Lucien Freud (aunque tenía razón: al parecer, las colas eran importantes). Después de traducir un rato los Cuentos irlandeses de Maeve Brennan (sorprendente conversación entre el ex obispo viejísimo llegado de África y la protagonista, MB nunca deja de asombrarme) y esperar a que vinieran unos transportistas, hemos seguido la recomendación de alguien, pero tal vez erróneamente y hemos ido a parar a un canal de Hackney más industrioso y marginal de lo que esperábamos, eso sí, lleno de patos y cisnes mutantes, y yo tenía que contenerme para no gritarles: ¡No! cuando les veía agacharse a beber. En cierto momento hemos visto, en el fondo, una especie de suicidio contemporáneo, una versión globalizada del pequeño soldado de plomo y su bailarina de Andersen: un carro de supermercado abrazado a una vespa roja bajo las aguas turbias del canal. Después de pasear largamente hemos seguido hacia el norte, entre Hackney e Islington, hasta un cementerio que han decidido devolver a la naturaleza, de modo que las tumbas son engullidas por el verdín, las enredaderas y los matojos, y las raíces de los árboles las levantan, ladean e inclinan, hasta el punto que parecen apoyarse unas en otras, como si los muertos murmurasen entre sí y estuvieran llenos de secretos. El lugar era ideal para el encuentro de unos espías. Por cierto que nos hemos cruzado dos veces con un joven misterioso. Además, en el norte de Londres, la nieve no se había fundido, los caminos estaban peligrosamente helados y había que echarse a los lados para pisar la nieve crujiente, que se mezclaba con la piedra reverdecida. Por allí descansaba una sufragista inglesa, entre muchos otros. Algunas inscripciones eran de una excentricidad considerable, como el panteón de doce viudas calvinistas. 
Al fin, agotados y helados, hemos vuelto al So-Ho para comer en un restaurante chino maravilloso y delicado, completamente reconstituyente. Lástima que al lado se sentaba una mujer furibunda, que me ha hecho recordar la pregunta de Jean Rhys de por qué algunas personas nos odian nada más vernos. Sin embargo, la mujer furiosa detestaba a mi amigo, no a mí, por alguna extraña razón inimaginable. Después de esa magnífica comida reparadora, yo tenía que buscar un regalo para G. y otro para la amiga que se ha quedado con Rufus los días en que G. se marchaba, y mientras buscábamos y encontrábamos, hemos aterrizado en una tienda de música absolutamente maravillosa, otro de esos reductos del humanismo donde la gente que está de acuerdo con que los autores tengan derechos va a comprar discos y a buscar rarezas (incluso de vinilo), y mi amigo me ha enseñado algunas compositoras desconocidas y en la sección de ofertas hemos encontrado algunos tesoros. He salido de allí con una Passio de Arvo Part, un Winterreise de Schubert, una Music for Voices de Elizabeth Maconchy (un regalo) y mi amigo ha salido con un cargamento: Simfonías completas de Chaikovsky con Muti, Le chant de Sanaa de H. al-Aljami & A. Ushaysh, la Missa Dominicalis de Gabrieli, el Capriccio y De Natura Sonoris II de Penderecki, la Symphony of Psalms de Stravinsky con Lili Boulanger, Private Gardens de Kaija Saariaho y Chico & The Gipsies (Bomboleo, Marina, Baila Me...). Enfrente había una tienda de partituras que también suele frecuentar mi amigo.
He vuelto transfigurada y una sinfonía de Tchaikovsky me envuelve como un manto; a no ser que me tienten unos amigos de por aquí, me quedaré traduciendo. Esta mañana el frío era tremendo, pero por la tarde parecía domesticado. He encontrado una bonita pieza para G., ojalá le guste. No quisiera volver nunca a mi ciudad, pero mi tiempo se acaba. Yo recogería a Rufus y haría venir a G. y que me visitaran mis amigos... No quisiera vivir en el país donde vivo, donde la extrema derecha domina el poder judicial y los banqueros más corruptos se sientan en el gobierno, donde además, el desierto cultural se extiende y la burramia flota en el aire y todo se encarece mientras nos asfixian y roban y siguen destruyendo la arquitectura histórica y cortando los árboles. No quiero volver a un país donde sólo me entienden unos pocos amigos y a la gente le importa sólo que los rótulos estén escritos en catalán y que el Barça gane los partidos, dejar crecer su barriga y aparcar el coche en el parking. No quiero volver a un país donde es una rareza defender los árboles o quejarse de los precios o del estruendo de las obras diurnas. Echo de menos ciertas afinidades al salir a la calle y un paisaje humano como el de aquí. Estos días en Londres he podido soñar y restaurarme; ojalá me inspiren para encontrar mi solución al jeroglífico.
Está empezando a nevar.

Vuelta a las viejas librerías

Foto: I.N., Hard Times, Dickens, 2012
Anoche se estropeó la conexión de Internet de este edificio y esta mañana seguíamos desconectados. La desconexión irrita y preocupa, pero también relaja y ayuda a entrar en un olvido antiguo, en aquellas sensaciones de antes, en que salíamos a la calle y nadie nos interrumpía por teléfono, y viajábamos a un pueblo cercano y nadie sabía de nosotros hasta que volvíamos. Eso lo escribí en mi primer cuento de Algunos hombres... y otras mujeres. He estado traduciendo los Cuentos irlandeses de Maeve Brennan (para Alfabia) sin diccionario on line, las escenas imprevistas del té de la señora Bagot con el ex obispo misionero en Sudáfrica, al son de una raga magnífica sin asperezas ni carga que me ha pasado mi amigo, y luego hemos salido al día gris y helado y  hemos ido a Charing Cross, donde no sólo quedan algunas maravillosas librerías de viejo, sino que siguen llenas de gente apasionada de los libros. He bajado las escaleras de caracol de una de ellas para descubrir que la zona de ficción y poesía estaba abarrotada de lectores, no de turistas, sino de altos ingleses bibliófilos que rebuscaban en los estantes, dos gigantes agachándose o encorvándose con sus abrigazos hasta los estantes del suelo, gente subida a las escaleras, parecían las silenciosas y reflexivas, soñadoras imágenes de On Reading de Kertész. Qué alegría estar entre tanto espíritu afín... Y sin hablar, sin saludarnos, sólo sintiendo que estaba entre hermanos. Ahí estaba para mí el único reducto de futuro del humanismo y del mundo que yo no quisiera perder... Me he comprado sólo dos pequeñas joyas, una diminuta y antigua edición de Hard Times de Dickens (para celebrar su cumpleaños y la Luna de ayer) y su capacidad de hablarnos de estos hard times de ahora, y una preciosa edición ilustrada de Keats, donde abriendo al azar ha aparecido ese poema a Isabella... Until sweet Isabella’s untouch’d cheek /  Fell sick within the rose’s just domain... Mi amigo se ha comprado un libro maravilloso de 1970 sobre pintura rupestre, con preciosas ilustraciones, y otra joya que no recuerdo.
Más tarde hemos entrado en Chinatown: aún no han terminado las celebraciones del Año Nuevo Chino (del Dragón) y de pronto nos hemos dado cuenta de que estuvimos juntos en el pasado Año Nuevo Chino en el Chinatown de San Francisco; se ve que el año chino nos une en cierta manera. Y yo me recordaba buscando hierbas chinas para dormir con mi jet lag de entonces, mientras que ahora duermo...
Luego he salido pitando para el ICA, donde había quedado con la escritora Londoner Susana Medina, y hemos pasado una hora y media hablando en ese lugar aún mítico, donde el jueves ponen una película interesante, un Marx Reloaded donde participan filósofos y entre ellos Zizec... Y luego Susana me ha acompañado a un lugar prohibido donde tenía que comprar unos chutneys para J. y G... y donde el grupo activista UK Uncut protagonizó una sentada que les costó carga policial y denuncia... Tienen toda la razón. Susana y yo hemos hablado de escritura, de arte, de cómo sobrevivir y resistir, de años salvajes y del desierto cultural de mi país.
Y después ya era de noche, porque aquí el día dura poco y hoy el aire mordía de frío. Anoche estuvimos en un restaurante chino de fusión bastante posh, abarrotado porque aquí la crisis no ha devorado el país y no se ven locales vacíos como en NY y en Barcelona, sino que la vida sigue industriosa y bulliciosa, aunque la Universidad se haya burocratizado y los recortes sociales sigan adelante. Y en aquella atmósfera delicada y alegre, mi amigo intentaba explicarme cómo encajar mejor en el mundo y de pronto me dijo algo, no sé si fue el vino, algo que me produjo una respiración feliz. ¿Qué importa si es verdad o no o lo que realmente pueda significar? Sólo importa lo simbólico y ese aire interno alegre que se abre camino como la música en el cuerpo. Él me preguntó por qué creía que nos abrían las puertas de par en par en las galerías llenas de Matisses y Josef Albers y otras joyas, dijo que era por mí, que yo tenía algo interior principesco y que los porteros lo detectaban. De joven yo siempre enamoraba a los porteros y de pequeña al lechero de Figueres y con los años llegué a pensar que se trataba de mis raíces andaluzas, aunque volvía a ocurrir con la gente campestre de los Balcanes y en la casa de escritores de la Vojvodina todos me pedían que intercediera con el gobernante para que les hicieran otros platos, que aquel hombre gigante sólo accedía a prepararme a mí. También me preguntaba si se trataría de un reconocimiento de afinidad, ya que había sido desheredada. Cuando se lo dije, cada ejemplo le servía para reforzar su graciosa teoría. Se excusó por darme consejos, pero a mí me interesan porque, como le dije, él encaja más que yo en el mundo. Claro que, añadí riéndome, casi todo el mundo encaja más que yo... ¡Entonces estás de suerte!, dijo él, aunque no recuerdo cómo era la explicación. En cualquier caso, la luna estaba llena y al salir el frío arreciaba y anduvimos un poco antes de refugiarnos.
Esta tarde, ya en la oscuridad, al llegar a casa Internet había vuelto y yo no he tenido energía para acompañar a mi amigo a un concierto. He salido a la calle for a brisky walk. El frío te obliga a andar deprisa y a no pararte y hay que ser heroico para pararse a fumar. Pero aquí hay mucha gente resistente al frío, que van a cuerpo por la calle... Yo sueño con una vida aquí, no puedo evitarlo. Incluso lo que venden en los supermercados, donde la comida está pensada para los solitarios y no para las familias, y todo habla de un mundo más abierto y contemporáneo, en lugar de asfixiantemente cerrado, conservador y católico como en mi país. La idea de volver a Barcelona me llena de melancolía. No sólo por mi época de vacas flaquísimas, por ese jeroglífico no resuelto. Por cierto que el otro día escribí en facebook: "Intento contemplar mi problema de liquidez como quien se enfrenta a un jeroglífico." Y vinieron dos a decirme que el 99,9 de la gente pensaba lo mismo. No lo creo. Yo estaba hablando de cómo evitar el lamento y la desesperación, en la máxima de Spinoza: "No sufrir, no lamentarse, inteligir", pero ellos dos atribuyeron a todo el mundo esa actitud. Yo no les creí, pero como comprendí que no me entendían, borré el comentario. Tal vez la influencia de Spinoza haya crecido tanto...?
A ratos leo ese libro maravilloso de Mandelstam en Armenia que ha editado Helena Vidal. Y picoteo otros libros. Y sigo con Maeve Brennan. Ayer el sol fue una fiesta para los árboles y los jardines londinenses, que estaban llenos de pájaros, perros y patos de cabezas coloreadas. Cómo se nos acercaban pájaros y ardillas, cómo nos miraban perros y patos... Era como si todos nos reconociéramos en un cuento antiguo. Como aquel bosque carrolliano donde las criaturas olvidaban su nombre. Y cómo  danzaban los árboles componiendo su música delicada... Hice muchísimas fotos y vino mucha gente a mariposear por ellas en facebook. No sé si me quedará tiempo de ver los retratos de Lucien Freud, de irme por los canales a un café flotante, de londonear perezosamente o con paso brioso de frío. Tampoco sé si podré volver. Dicen que va a volver a nevar y que podrían volver a cerrar Heathrow....


martes, 7 de febrero de 2012

El tiempo se escapa

Foto: I.N. Un hombre de nieve sentado en Hyde Park, 2012
También en Londres. Ayer me reconcilié con Waterstones, donde me refugié haciendo tiempo para ir a ver una horrible exposición de Hockney, gigantesca producción de mala pintura (IMHO), con sólo dos maravillosos cuadros de 1956 y unos carboncillos deliciosos. El mundo del arte es tan extraño e irracional... Yo había jurado olvidar esa cadena de librerías tras una experiencia triste en una de Bruselas, pero ayer en Waterstones encontré un tesoro para regalarle a ma cousine V., y un librero guapo, obsesivo, minucioso y lleno de humor hizo lo imposible por encontrar el primer volumen desaparecido. Y allí tenían el Kawabata que yo buscaba (recomendado por una misteriosa facebookiana) y que no quería leer en una traducción dudosa, y un Foster Wallace pequeño y raro que quise leer. Había sofás donde leer y reposar y tenían ediciones estupendas que sólo mi disciplina de hormiga de Figueres me  ayudó a no adquirir. También recorrí callejuelas maravillosas y atravesé esa plaza que sólo me recuerda a Joseph Conrad y su atentado en The Secret Agent. Anduve y anduve y anduve como la niña del cuento con su piel de asno. And she went along and went along and went along. Me sentía llena de una excéntrica felicidad inglesa. Al salir de la Royal Academy of Arts con la exposición de Hockney, donde había quedado con mi amigo, entramos al azar en varias galerías y tenían Matisses y Joseph Albers y otras maravillas en cualquier pequeña galería... Y es que Londres, digan lo que digan esos banqueros que amenazan con irse de la city a los países ahora interesantes desde el feo punto de vista financiero, sigue poseyendo una riqueza inmensa. Los alquileres son absurdos, surrealistas. Pero en pleno Old Bond Street, unos pájaros listos habían conseguido colocar su nido gigante (inmigrantes?), la única vivienda sin renta en el Central London. Un árbol... 
Hoy hacía sol, qué agradable sensación de Londres soleado en invierno... Hemos ido a ver ese museo loco y excéntrico de Sir John Soane, donde al entrar, a las mujeres nos hacían meter el bolso dentro de una pequeña bolsa de plástico y llevarlo así para no rozar o erosionar el mobiliario (!?). Se trata de una casa museo, situada frente a unos maravillosos jardines enmarañados, donde John Soane vivió, junto con su esposa y su perrita Fanny, y estableció que a su muerte la casa se convirtiera en museo, tal como él la había concebido. Abajo, la biblioteca, el salón, las habitaciones pintadas de rojo pompeyano (por lo visto en su visita se llevó un fragmento desconchado como muestra), con algunos retratos familiares. El estudio y la bóveda, una locura de lugares abarrotados del techo al suelo de piezas, fragmentos arquitectónicos y escultóricos de Pompeya, Grecia y Roma, desafiando la gravedad y el espacio, con esculturas de Apolo, Hércules y Diana Efésida maravillosos y espejos que multiplicaban las imágenes y creaban un efecto orsonwellesiano e inquietante, salas de pintura con Canalettos, Piranesis y series completas de Hogarths, con inmensos portones que se abrían y desplegaban para mostrar más pinturas, bóvedas pintadas y esculpidas, tragaluces concebidos para iluminar zonas precisas. Una locura.
Luego, en passant, en la Soas University hemos visto una exposición oriental con algunos budas y libros hindúes interesantes. Cuando mi amigo se ha ido a dar una conferencia a una escuela de música, yo he ido a encontrarme con mi amiga Esther, artista establecida en Londres. Hemos quedado en la Serpentine, pero ella quería aprovechar el sol del día y el parque estaba esplendoroso, y hemos paseado bajo esos árboles gigantes, a la vez majestuosos y humildes, monstruos de belleza, esculturas terrestres, dioses protectores que los ingleses cultivan mientras en mi país los masacran, acuchillan, desprecian y talan con cualquier excusa, los políticos por dinero y la gente por burramia arboricida. Y así hemos descubierto al mejor muñeco de nieve de estos días, sentado elegantemente en un banco, y asediado por todos los perros, que amenazaban sus bonitas piernas orinando encima. Me ha recordado a un poema de Emily Dickinson. Y a un cuento que me fascinaba de pequeña. Y qué perrillos tan preciosos correteaban por el parque... Además de los elegantes y burlones cuervos, de los patos verdes, los pajarillos diminutos de pecho naranja o verde, las palomas que andaban o se posaban en el hielo de los lagos... Y después hemos visto la exposición maravillosa de Lygia Pape, artista brasileña osada que me ha recordado a Àngels Ribé, a Lygia Clark, a Helio Oiticica, a Les plages d'Agnès de la Varda y sobre todo a ella misma, con esa libertad y amplitud de lenguajes y medios, con esa capacidad para buscar un nuevo lenguaje para cada obra, en esa época inocente en que era tan fácil romper y revolucionar. Después, E. y yo hemos hablado de algo que queremos escribir juntas mientras comíamos. Y luego yo he iniciado una peregrinación infructuosa pero feliz y he llegado a casa, cuando de pronto me ha sobresaltado una alarma antifuegos que se ha repetido tres veces. Antes de salir corriendo abandonando mi ordenador, he llamado a recepción: me han dicho que repiten el simulacro todos los martes a esta hora. En fin...
Y ahora me queda poco tiempo. Soy feliz aquí. Sueño con presentar un curso a alguna universidad y quedarme, cuando G. se vaya a su Erasmus. O con ir viniendo a conferenciar. Me gustaría vivir en un lugar excéntrico, arbóreo y afín, y a pesar de la dureza de esta ciudad tan cara, a pesar del cielo gris y la falta de sol (por cierto que hoy he visto dos nubes rosadas del crepúsculo y casi me emociono; me he acordado de J.R.J y lo que contaba EVM) para mí, estar rodeada de belleza y esa libertad que da lo excéntrico, me compensaría. Oh ya sé que algunos lo detestan. En facebook, hay gente que me ha comentado horrorizada que no escogiera estos días tan fríos, o alguno que me ha insinuado cosas peores: como en mi país nadie sabe que existe la subjetividad, hay que explicarlo todo y eso acaba por agotar. ¡Qué falta tremenda de esprit! A mí me gusta estar aquí y me gustan los árboles y la historia, como a otros les gustan los parkings, la familia y el fútbol. Déjenme que yo decida dónde me gustaría estar y con qué quiero soñar. Aunque fuese imposible.
Luego pondré los links y más cosas, ahora me toca prepararme para ir a uno de los restaurantes que recomendó la sabia B.

domingo, 5 de febrero de 2012

Hoy


Foto: I.N., Árboles de Londres, 2012
No hacía tanto frío, y todo Londres estaba lleno de muñecos de nieve con nariz de zanahoria y bufandas de colores. Mientras esperaba a que se me secara el pelo,  he estado traduciendo un cuento irlandés de Maeve Brennan donde la madre preparaba a las niñas para la visita y el té de un ex obispo que les contaría historias de África y las tres estaban muy nerviosas y justo en el momento en que iba a llegar, a la niña más nerviosa y delicada le daba una llantina tremenda que no podía evitar. Luego me he ido andando, andando entre mis árboles favoritos a ver una iglesia con vidrieras pintadas por William Morris y Edward Burne-Jones. Era preciosa y cuando ya me iba, el párroco me ha atrapado. Se llamaba Rob y era muy agradable, me ha preguntado por mi visita y yo le he dicho que no era practicante y que había venido a ver las vidrieras y cuando me ha preguntado cuál era mi impresión, le he dicho que era un sitio precioso y que yo sí podía detectar que en algunas iglesias o en algunos monumentos megalíticos (como esos talaiots maravillosos de Menorca) hay algo dentro y él, muy contento, ha dicho que eran las plegarias, que esa iglesia estaba siempre abierta para que cualquiera pudiese entrar a pedir algo (por un momento, yo me sentía como la mujer rubia de Nostalghia de Tarkovski en aquel monasterio romano de la Virgen del Parto -de cuyo manto o vientre salían palomas!- con tantas velas ardiendo y las mujeres arrodilladas y ella preguntándole al cura: ¿Pero por qué rezan? ¿Qué pueden conseguir? Y él exclamaba: ¡Todo! Y ella estaba a punto de arrodillarse, pero no lo hacía, era imposible) y ha concluido que todos necesitábamos eso. Era un hombre guapo y alegre, sin ese aire torturado y culpable del celibato católico. Su idea encajaba con la mía, yo siempre he pensado que los deseos y las lágrimas concentradas convierten a un lugar en sagrado, es decir, dejan alguna intensidad en el aire que se detecta extrañamente, como se detectaba la inmensa desolación al acercarnos G. y yo a la zona cero sin señalizar, un año después. 
Las aceras estaban llenas de nieve, barro y hielo. Aquí no tienen las máquinas quitanieves de Nueva York, dicen que son muy caras y que no suele nevar, así que se esperaba un colapso en trenes y circulación. Anoche salimos a ver el parque y pisar nieve jamás hollada por el hombre (como en la leyenda de un hombre que vendía arena del desierto) y no había taxis y el frío arreciaba y en las fotos la nieve adoptaba la forma de cañas azules. Vi pasar unas chicas rusas en shorts y con medias, intentando abrirse paso por la nieve con tacones de aguja como si fueran zancos, tan delgadas y casi niñas.
De Barcelona me llegaban mensajes oscuros, algunos incluso beligerantes, pero hace falta dos personas para montar una pelea, y nada más lejos de mi interés que entablar algo tan íntimo como una pelea en ese terreno demasiado asociado a mi infancia, donde preferiría siempre una distancia pacífica o al menos educada. Pero también me escribía un amigo poeta cubano-suizo y amante de los árboles, que se va a México justo el día en que yo vuelvo y la Belle Elaine e incluso G. y J. que sí pueden comprender lo que no puede decirse. Ahora entiendo por qué mi vuelo estaba tan vacío. Horas después ya empezaron a anular todos los vuelos a Heathrow por la tormenta de nieve (por cierto que me releí las tres tormentas de nieve rusas justo antes de venir, la de Tolstói, la de Pushkin y la de Chéjov (ésta última por primera vez).
Después he estado en el Victoria and Albert Museum, dispuesta (en todas partes están cambiando de exposición y no hay casi nada) a ver incluso las fotos que Cecil Beaton le hizo a la reina (a pesar de mi republicanismo feroz, sólo por Beaton, capaz de encontrar belleza en cualquier lugar, incluso en la guerra), pero la inauguraban el miércoles. Y el café estaba abarrotado y he iniciado una peregrinación en busca de una buena ensalada, pero todo estaba lleno de colas de ingleses y turistas hambrientos, así que he renunciado y me he ido a un Paul donde podía hablar francés, para variar, a tomar más té y más sandwich. Y por la tarde he atravesado la ciudad hacia el norte para ir a Hampstead, a unos estudios legendarios que George Martin, productor de los Beatles, montó cuando la Emi se quedó con Abbey Road, ¡en una antigua iglesia! Uno de esos edificios rojos ingleses que tanto me gustan. Y mi amigo (a quien no le gusta esta arquitectura) dirigía al director de una gran orquesta, una orquesta acostumbrada a tocar cosas mucho más difíciles y serias, según me ha dicho, como BRitten, pero aquí ensayando muchísimo para tocar a la perfección una música más sencilla de banda sonora hollywoodiense. A pesar de la nieve y el viento que colapsaban todo, nadie había fallado. Ah, la profesionalidad disciplinada de los ingleses... He podido verlos abarrotando la vieja iglesia desde la barrera y era magnífico. También me ha gustado ver a mi amigo compositor en acción y contemplar la alegría de los músicos al despedirse. Al salir, ya era de noche y otra vez he atravesado Hyde Park en coche y se veía maravilloso en la penumbra y la nieve, los árboles gigantes desperezándose y danzando para nadie.

sábado, 4 de febrero de 2012

Chilly London

Foto: I.N. Londres, justo antes de la anunciada nevada, 2012
Esperé en un aeropuerto semidesierto y luego cogí un avión maravillosamente vacío, sin nadie al lado ni delante ni detrás y con espacio para las piernas. Luego llegué a la casa de mi amigo y encontré unas ingeniosas instrucciones y sus rastros musicales y espacio en los armarios y la despensa vacía. Así que salí a un Londres oscuro y helado y anduve un buen rato maravillada aunque hambrienta, fotografiando mis árboles preferidos, árboles preservados y cuidados, marañas invernales de árboles bailarinas, árboles gigantes, desmadejados o hippies, árboles libres, protegidos por la ley y por el amor de los ingleses a la naturaleza. Aunque los ingleses no están por aquí. Dicen que todos se han ido a vivir al campo, que los precios son excesivos y que no quieren vivir en una ciudad tomada por los extranjeros. Ricos sauditas o inmigrantes de todo el mundo, y muchos, muchísimos turistas españoles: chillones, feos y sin gracia, que avergüenzan. En el avión había un grupo terrible de ellos, iban a la India y querían que todo el mundo supiera de su estupidez, uno incluso hablaba de cómo había engordado, era un gigantón y decía pesar 120 kilos, ¿pero no se daban cuenta de que nadie hablaba a un volumen audible, salvo ellos? Por suerte se fueron a la cola del avión y no los oí durante todo el vuelo. Pero aquí la belleza se mantiene y las calles son un paseo por la historia (como lo eran en Barcelona hasta que decidieron destruirlo todo). Y yo me sentía tan feliz imaginando una vida aquí y pidiéndoles ayuda a esos árboles de Londres que no me daba cuenta de lo desfallecida que estaba. Hasta que he tenido que entrar en un bistrot a tomar una ensalada en plena emergencia. He pasado por delante del Victoria and Albert Museum, adonde mañana volveré. He pasado por delante de esas calles que me recuerdan tanto a Blow Up, donde está aquel japonés que nos gustaba a G. y a mí y dos tiendas maravillosas que esta vez sólo miraré, oh sigue siendo tan bonito todo esto... Dicen que esta noche nevará y no me extraña. En Barcelona esta mañana mi termómetro marcaba cero grados, pero el sol es otra cosa... Aquí no hay sol, ni azul del cielo, oh Bataille. Por la mañana, Rufus estuvo a mi lado muy serio, y se dejó fotografiar mientras parecía sumido en el desarrollo de Lucky Luke y Jeannie Calamity en francés y seguía los pasos de Jolly Jumper. 
Ayer enseñé a un grupo de japoneses cómo cocinar albóndigas en una hora y cuarto. Casi como el libro de Gombrowicz, aunque él les explicó a sus amigos la historia de la filosofía en tres horas y cuarto, un proyecto que ellos se inventaron para salvarle del suicidio. También yo procuro salvarme como puedo, pero de la ruina material. Les dije a los japoneses que era vegetariana pero eso no les sorprendió. Eran muy amables y preguntaban muchísimo y fotografíaban todo y luego quisieron ver mis libros y decían que mi casa era muy japonesa (pese al barroquismo) y enseguida advirtieron todos los rastros japoneses y los tés y un dibujo y cuando les dije que admiraba la cultura japonesa y les enumeré mis escritores y cineastas favoritos lanzaban unos ohs y ahs a coro muy admirativos. ¿Pero por qué sabe tanta literatura japonesa? "No sé tanta", protesté, sólo unos cuantos escritores maravillosos... (Kawabata, Mishima, Soseki, Kenzaburo Oe...). Hablamos de Ozu y de Naomi Kawase y ellos siempre los reordenaban a la inversa. Aprendí algunas palabras de cocina pero no pude anotarlas mientras cocinaba y las olvidé... Qué deseo de aprender al menos un poco de japonés... y de estar allí y de ir a los templos y tomar sus tés en esa cerámica... La Belle Elaine vino a filmar y no dijo una palabra, tal vez para no imponer su presencia, aunque luego se quedó conmigo para degustar la comida y olvidó uno de sus guantes. La idea de su documental es muy buena, sólo espero que cumpla su palabra y en el montaje no se me vea nunca la cara. Al final los cuatro japoneses me animaron mucho a viajar a Tokio, y si se me ocurriera un encargo o un mecenas o una beca para un proyecto, iría feliz, sobre todo para adentrarme en el bosque del duelo de Naomi Kawase (o Kawase Naomi, como dicen ellos) y ver las plantaciones de té...
Por cierto que supe que una amiga mía, que es como un hada madrina de la hostelería, monta un bar en un barrio de la ciudad que me gusta, donde dará copas y pinchos que hará ella (que es buenísima ideando comidas de toda clase). No estoy autorizada aún para revelar los detalles (el nombre me encanta) pero si ella me acepta, allí me encontrarán un día a la semana, a s'hora baixa, echando las cartas para quien le interese. Algo tengo que hacer para seguir adelante...
Yo había errado por la calle llorando lágrimas de oro como en la canción de Manu Chao, porque A. me mandó un email dolorido y yo me preguntaba una vez más qué significaba todo esto, por qué todo tenía que ser tan difícil para ella y sin que pudiéramos ayudarla, en esta época tremenda, sin recursos. Al final, en cierto momento le pregunté por what's up si hablaba con M. y con GN, si les pedía, si les preguntaba qué significaba todo esto, y ella dijo que efectivamente los tenía en su interior y podía hablar con ellos, y que no lo había pensado, y se echó a llorar. Y yo veía que a su alrededor todo el mundo niega lo que está pasando y no sabía a quién preguntar, porque en mi ciudad apenas quedan árboles gigantes a los que dirigirse. Al día siguiente, A. estaba mejor, más esperanzada y me dio mucho las gracias por ser comprensiva y supportive.
Así que necesitaba venir aquí. Sólo el paseo de hoy ya valía la pena el viaje. Mañana seguiré este post extraño y sincopado. Cuando venga mi amigo iremos a cenar. Creo que no tengo valor para salir antes otra vez... Mañana miraré a ver si abren el museo que me han recomendado el amigo de los gatos abisinios y un arquitecto afín... Pero cómo me gusta imaginar una vida aquí, en una de esas casas antiguas, entre mis árboles.  Henry James me comprendería.
Me he traído la traducción de Maeve Brennan, el libro de Ossip Mandelstam Armenia en prosa y en verso en edición de Helena Vidal, Un hiver à Majorque de George Sand y las Memorias de una joven católica de Mary McCarthy para mi curso de marzo. Y aquí me compraré algún librillo, tal vez ese Kawabata que me falta leer, del rumor de la montaña, que me recomendó ayer una misteriosa facebookiana. Mañana más...

domingo, 29 de enero de 2012

Me gustaría


Foto: I.N., Jardín botánico, 2012
J'aimerais, mi piaccerebbe... irme de aquí. Si encontrase una manera realista de mantenerme a flote al otro lado de la frontera o del mar, me alejaría de este país mío (Oh, que cansat estic de la meva /covarda, vella, tan salvatge terra, / i com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord enllà, / on diuen que la gent és neta / i noble, culta, rica, lliure, /desvetllada i feliç!) y sólo volvería de vez en cuando, a ver el sol y llorar por los árboles desaparecidos, por la costa destruida, por el cemento que todo lo aniquila. Dicen que en la pérfida Albión la industria sigue existiendo y los mercados no impiden que nada continúe, y sin embargo aquí todos los días se anuncian medidas que nos llevarán cada vez más abajo en el hoyo que nos cavan, sin cesar de talar y destruir y sin que nadie se rebele... (O sólo unas manifestaciones convocadas por los mismos que nos han vendido tan barato y a las que se atreven a asomarse incluso con sus pancartas  representantes del partido que empezó con esto). 
Hoy íbamos a ver por segunda vez lo de Miró, pero la cola seguía y T. y yo hemos dado un paseo por Montjuïc, por ese pobre abandonado jardín botánico (en destrucción, como toda la ciudad), que aún conserva algunos rincones, y cuando he mencionado que the evil Gallardón había anunciado el retorno de... T. se ha equivocado y ha dicho "la pena de muerte" y casi me da un vahído, y enseguida se ha corregido y me ha palmeado la espalda, comprendiendo bien mi malestar, y es que todos sabemos lo que viene después de la condena perpetua, y más en un país como éste, de gente tan sumisa que parece dispuesta a dejarse todo mientras le permitan seguir comiendo y viendo el fútbol. El caso es que no he salido de esta tierra cobarde y salvaje desde mi agosto serbio, y ya estaba sintiendo los efectos de la asfixia y la perspectiva de no salir más cuando mi amigo viajero, el mismo que hace un año me protegió de lo peor con su manto de música, ha venido al rescate, de modo que dentro de siete días me iré a la Pérfida Albión durante otros siete, aunque sólo sea por pasear entre esos árboles libres que crecen protegidos por la ley y dibujan alegremente sus formas contra el cielo gris, aprovechando que él aún vive allí, en uno de mis barrios favoritos, donde nadie amigo puede vivir ya, y que apenas le quedan semanas en ese estado. Así que me siento -aun en mis equilibrios para pagar el alquiler, aun en la sombra de esta pesadilla-, salvada. Tal vez, siguiendo el consejo pragmático de Patricia Highsmith en Suspense, pueda desbloquearme, poner la novela en otro lugar mental y seguir escribiendo, aunque algo de eso ha empezado a ocurrir ya. Decía la Highsmith (por cierto que tengo dos volúmenes de cuentos suyos traducidos y libres de derechos editoriales, si un editor quisiera comprármelos, puesto que quien iba a hacerlo cerró) que para romper el bloqueo conviene viajar y si uno no puede permitírselo, siempre puede coger un autobús extraño que se dirija a un barrio insólito para el empobrecido y bloqueado escritor. La cuestión es que un escritor y editor castellano mantiene un blog epistolar maravilloso y hace tiempo que me persigue para que publique una carta allí. Le recomendé que eligiera alguna de nuestro libro de cartas, pero nunca recibió el volumen y la idea no debió de convencerle: él quería sin duda otra cosa, más nocturna o quién sabe qué. Hace poco, antes de emprender un viaje peligroso, me escribió diciéndome que sentía irse sin mi carta. Y se ve que me llegaron sus palabras porque de pronto surgió el destinatario, alguien a quien yo quería hablarle mentalmente, pero ya no directamente, alguien de quien yo me estaba retirando. Y he escrito mi Carta a Luigi, que es una carta nocturna con todas las de la ley. Voy a mandársela hoy mismo a Carlos Morales, o mañana, porque no sé si es demasiado larga y si debería cortarla. Y de pronto, algo ha sucedido y heme aquí planteándome si aunar dos formatos y... En fin, creo que me vendrá bien huir, aunque aún me queda aquí una semana entera laborable y llena, demasiado llena de cosas. El editor francés sigue pidiendo información para mi libro La plaza del azufaifo. On verra bien. Y es que me cuesta romper con mi pobre novela sin tener noticias de ella, sin saber cuál podría ser su camino, si encontrará ese camino y si habrá un editor poderoso capaz de apostar por ella (pagando, no como un gracioso regalo mío que esta vez no puedo hacer) o si todos seguirán el modelo gubernamental de apostar sólo por lo que nos mata y en ese caso ya veremos qué haré con ella. Y seguiré escribiendo sólo a la espera de ser traducida y publicada en un país decente. Der Garten is im Abend. Anochece el jardín, dice un verso de Georg Trakl traducido luminosamente por Jenaro Talens, en un poema que me recuerda a la canción de Rammstein, con esa atmósfera que me resulta tan familiar, sobre todo desde hace un año, cuando M. soltó sus ataduras y se fue.
Hay otras cosas que me salvan aparte de leer y viajar y son muchas veces los amigos y las afinidades encontradas de pronto, al azar. El encuentro con el coreógrafo italiano Moreno Bernardi es una de ellas. Moreno y yo hemos hecho un proyecto y aunque el patrocinador primero se evaporó con la crisis, no cejamos en la idea de encontrar un festival o un productor que nos lo permita. Es una coreografía sobre la memoria y me gustaría mucho que pudiéramos hacerla. Por cierto que en los 5 minutos de entrevista en La Vanguardia Digital (no tenía idea de que tanta gente lo vería) no tuve tiempo de contradecirme y explicar mejor cómo el cine y la música también nos protegen de los horrores del mundo, de un modo distinto que la literatura, pero también definitivo. Y es que hay escenas y cierta luz de películas que vuelven a nosotros obsesivamente, como algunos poemas (ajenos, precisaba Jaime Gil de Biedma). Como esa luz de la primera película de Tarkovski que está en mi novela, aunque nadie más que yo pueda saberlo. Antes de irme al reino unido (y quiero decirlo en minúscula porque soy cada vez más republicana), tengo que pasar dos horas surrealistas enseñando (yo, vegetariana) a unas japonesas a hacer albóndigas por un módico precio. Fue V. quien me lió a ese trabajo e inmediatamente la Belle Elaine dijo que quería venir a filmarlo, pues encaja con un proyecto suyo conceptualmente genial y muy contemporáneo. Con lo cual la cocina de mi casa parecerá un poco el camarote de los hermanos Marx y esa idea me divierte aún más.
Pero tengo que dejarles ya porque se acerca mi hora de visita y quiero adecentar un poco mi espacio y preparar la bandeja del té... 
Acabé de traducir ese cuento tristísimo de Maeve Brennan donde una mujer que ha perdido a su bebé y que no logra ordenar sus pensamientos en palabras, ni puede hablar con nadie, ni comprende por qué los otros dan el hecho por pasado y terminado y aluden a la voluntad de Dios. Y ella está echada en su cama mirando siempre la lluvia y oye una canción celta que ya citaba Joyce en su Portrait of the Artist As a Young Man, con letra de sir Thomas Moore, y ve una manchita que se aleja en el horizonte y que ella tiene que seguir, puesto que es su bebé y ella siente que, como madre, lo menos que puede hacer es acompañarlo con la vista. Cada vez me quedan menos páginas, así que parece que efectivamente acabaré esa traducción un día de estos, aquí o acullá. Oh qué feliz me siento de poder irme unos días... G. se quedará con Rufus (ahora personificado en poeta eslovaco, Milan Rúfus (en esta foto hace honor a la belleza de mi gato), a quien voy a leer pronto, con la recomendación de Albert Lázaro Tinaut.

jueves, 26 de enero de 2012

Mi entrevista en el programa de Albert Lladó en La Vanguardia Digital



Aunque preferiría que no se me viera y que escucharan sólo la voz. De hecho les propuse a Albert Lladó y a Letras de Vanguardia que me filmaran de espaldas o con una silueta oscurecida, como los testigos protegidos, pero no les convenció la idea. Es una lástima. Son entrevistas de 5 minutos en las que el autor lee un fragmento breve de un libro inédito. En mi caso se trata de mi novela, Entonces, y es una escena de aprendizaje de la lectura; y eso explica las preguntas que me hicieron. Agradezco la oportunidad a ese programa.

domingo, 22 de enero de 2012

Escribo sin tiempo

Foto: I.N., Fachada barcelonesa, noche de reyes, 2012
Y prácticamente sin cabeza por el trancazo. El viernes y el sábado renuncié a todos mis planes para restablecerme, pero esta mañana tenía que salir al sol y tomar el aperitivo con una amiga porque si no, sentía que me iba a invadir una de esas melancolías de espíritu prisionero y ya empezaba a mirar el tiempo como esos personajes de Jane Austen que decidían una y otra vez aplazar sus salidas para no resfriarse. Por otra parte, me comprometí a unos trabajos de Sísifo que no están desprovistos de encanto, naturalmente, porque si lo que se hace no tiene alguna magia, como decía hoy la madre de EC, no vale la pena. Y es verdad. Nada más salir a la calle, yo con mi libraco de Clifford Geertz en la mano (descubriendo que más que antropólogo es un filósofo y que sus pensamientos tienen a veces más que ver con la poesía y la literatura de lo que tal vez él mismo pretendía), me he encontrado a Anna Casassas, que iba con su madre a comprar pan. Hacía mil años que yo no veía a Anna, que vive en el campo, al otro lado de la frontera, y me ha parecido igual que siempre, aunque me ha anunciado que iba a cortarse el pelo bien corto, ese pelo fuerte de india tan bonito, que ya le volverá a crecer. Y ella me ha preguntado si yo lograba resistir traduciendo y le he dicho que no, aún no he resuelto el jeroglífico de cómo mantenerme y empiezo a aceptar otra clase de encargos surrealistas, que la Belle Elaine está empeñada en filmar. 
Luego he bajado a Ciutat Vella, que estaba gloriosa de luz, una vez atravesada la triste destrucción de las Ramblas, que fueron nuestras y ahora pertenecen a una pesadilla de pueblo cutre con esas casetas tan espantosas y árboles majestuosos cortados y sustituidos por palillos enclenques. Es una vergüenza lo que estos políticos hacen con nuestra ciudad. Ahora se proponen destruir Collserola con "dieciséis portales" y más de dos mil estudios de arquitectura han presentado proyectos para esa destrucción. Parece como si no quedara un solo arquitecto con escrúpulos; se habían acostumbrado al exceso de la construcción y sus beneficios (contra la ciudad y contra la belleza y contra la salud de sus habitantes) y no piensan renunciar ni pensar ni reconocer que es un delirio.
Como en la placita soleada que habíamos elegido no había sitio, nos hemos ido a un café amplio del Born y allí hemos departido hasta que se ha hecho tarde. Mi interlocutora de hoy era y es una traductora resplandeciente y prestigiosa que tiene mirada de escritora, aunque no se haya decidido a escribir ficción, pero irradia talento.  Gracias a ella (y recomendada por V.) descubrí A punto de partir de Li Bai, y ese Tao suyo y los Cuartetos de Bai Yuyi, y entré en esa poesía china antigua maravillosa. Hemos hablado de traducción y de esa paradoja que ocurre demasiadas veces en este país, donde no se considera al traductor, y o bien se publican traducciones infames o bien, cuando el traductor intenta forzar la lengua para transparentar las rarezas y excentricidades e invenciones de un autor, aparecen correctores (o editores) que lo alisan todo y lo vuelven neutro, y desaparece así gran parte de la literatura. Ya dije aquí que el otro día escuché al traductor francés de Juan Gellmann cómo había tenido que inventar palabras y giros para traducir los experimentos del poeta para decir lo indecible y me alegré de que alguien hablase de eso. 
Y ahora tengo que seguir leyendo para mis trabajos sisifianos. Llevo días sin apenas leer los periódicos, leyendo sólo pequeñas cosas aquí y allá. Anoche soñé, pero he olvidado mi sueño casi por completo, sólo recuerdo que alguien que no habla mucho en la vida real me hablaba y hablaba sin cesar en el sueño. Me siento envuelta en un paréntesis, sin poder desconectar aún de mi novela para poder ver qué querría escribir, y cuando no escribo, me siento como en una peregrinación por el desierto. Prisionera por las vacas flacas y el resfriado, en esa espera grande y devoradora que parece capaz de engullirlo todo, apenas me quedan los sueños. En estos días, alguien me hablaba de cosas que no podían ser, dibujando un terreno de juego imposible e intentando llenar también el espacio de lo posible y ese juego es a veces alegre y otras irritante porque de verdad no existe, y aunque mi amigo JC decía que yo era platónica (siempre pensando en que el mundo debería ser mejor), en algunos terrenos no lo soy en absoluto. Dice Geertz que la angustia metafísica por no poder comprender todos esos hechos oscuros de la vida mueve a algunos a dar explicaciones absurdas e irreales en un intento de interpretar y entender el mundo, de dar sentido a lo que no lo tiene. Cuenta la historia de una vieja que, llena de dolor por la muerte de sus hijos y de todos aquellos a quienes quería, recorrió el mundo buscando a dios para preguntarle qué significaba todo aquello. Los demás le decían que era lo mismo para todos, que no tenía explicación. Pero ella siguió buscando y como no lo encontró, murió con aquel dolor suyo. Me ha hecho pensar en la canción irónica de Chicho Sánchez Ferlosio. Y también en todos esos malos escritores que incumplen el mandato de Chéjov e intentan dar respuestas a las cosas, cuando todo el mundo sabe que el mundo es un lugar endiabladamente incomprensible y el escritor sólo puede mostrar su asombro por lo que no entiende (eso dijo Chéjov, con toda la razón). Me gustaría escapar o estar escribiendo. Sin escritura, todo me parece deslucido. Tengo que lograr romper con mi novela, dársela a un editor sin regalársela, o en todo caso, venderla a dos euros por Internet, pero ponerla en circulación para sentirme en otro lugar. Decía Julien Gracq que vivimos siempre en una espera, es sólo que en algunos momentos, esa espera lo llena todo de tal manera que parece como si el mundo hubiera desaparecido.
Con esta voz del trancazo he estado cantando, tal vez para recordar la condición paradójica de las cosas. Me dijo un amigo músico que con los años, la voz se va volviendo más baja; Pensé que no iba a poder cantar el aria de la reina de la noche, aunque estuviera sola y no hubiera fumado la noche antes ni estuviera constipada y esa idea me entristecía; pero aún no me he resignado y esta tarde casi lo he conseguido. Tendré que buscar maravillas más bajas para poder seguir mis placeres solitarios... El otro día puse un baile vertiginoso, un mambo que me descubrió ese mismo amigo compositor  en facebook contra el constipado y también alguna canción de Etta James como despedida-homenaje... ¡Qué forma vertiginosa de mover el culo tenía Maria Antonieta Pons! Me recordó un fragmento de Alejo Carpentier en El camino de Santiago, lo he rescatado de lo alto de mi caótica biblioteca, la edición es de 1968, y yo marqué esa página impresionada hace treinta y pico años: "Al reír muestra el negro los dientes tallados en punta y las mejillas marcadas a cuchillo, de tres incisiones, a usanza de su pueblo, y, agarrando unas sonajas, se entrega al baile moviendo la cintura con tal desencaje de caderas que hasta la vieja de los mondongos y las panzas se aparta de su tenducho para venir a mirarle.."

domingo, 15 de enero de 2012

Vuelvo a escribir aquí



Foto: I.N., Balcones de París, 2009
Está saliendo el sol entre las nubes y Rufus ha decidido quedarse en la terraza. Anoche fui a una fiesta de cumpleaños de un escritor réussi y los asistentes se apretujaban en el amplio bar como en el metro. Luego resultó que había un tropel de desconocidos con una pinza verde en la ropa que pertenecían a una fiesta camionera. Venían conmigo V. e I. y nos tomamos unos vinillos en el bar de aquella fiesta literaria, pero agradablemente alternativa, sin ese arrogante desdén burguesote de los festejos editoriales. Afuera, la gente se apretujaba también para fumar y alguien comentó que con tanta restricción todo era muy difícil, ya que tampoco podía llevarse el vaso afuera y había que renunciar siempre a algo. Comentando la situación económica y política tan odiosa y asfixiante, dos mujeres hablaban de revolución o fuga del país como únicas  opciones posibles. 
La semana había sido difícil. Se cumplió un año de la muerte de M. en el mismo momento en que llegaron noticias duras del malaise de A., junto a la lluvia de pequeñas catástrofes materiales y la falta de dinero. Yo volví a casa de un encuentro con los personajes del teatro de mi infancia llena de dolores, nuevos y viejos, enferma por lo que veía y oía. "Lo que está claro", dijo el hombre que escucha, es que ese contacto te enferma". Todo parecía alarmante y desesperanzado. Volvieron incluso los pensamientos hipocondríacos que me contagiaron los médicos en marzo de 2011, pero pensé: "Y si tengo que morir, ¿qué pasa? Yo quiero seguir aquí, leyendo, escribiendo, paseando, escuchando música y realizando mi deseo, quiero seguir también por G., pero si tuviera que irme, tampoco pasaría nada", y ese pensamiento me tranquilizó. Aunque no lo parezca, hay cosas peores que la muerte. Pero ha sido una semana llena de intensidades de toda clase, negras y luminosas. No quise, no he querido volver al mundo de A.S., porque me inquieta más que otra cosa su negacionismo y a la vez me desconcierta esa nueva fase mía en la que prefiero retirarme a pesar de todo... En este momento necesitaba otra cosa. Me consolaron las llamadas y apariciones de los amigos, el prólogo ilustrado que Mariscal ha hecho para mi libro de Barcelona, con esos mapas llenos de ironía y de historia, un poeta brioso que me escribe e imagina, mi amigo seráfico y su generosidad, los sueños de las cartas del Tarot en los cafés... Y el posible interés de uno o dos editores franceses por La plaza del azufaifo, mi revisión de las páginas que vamos a enviarles, delicadamente traducidas por Mélanie Gros-Balthazar, y el prólogo generoso de EVM que brilla también en lengua francesa, me llenaron de ganas de bailar.
Presenté a una institución un proyecto radical que, si se deciden a financiar, será toda una experiencia para las dos partes, y en la mía incluyo a la Belle Elaine, que filmará todo el proceso.
Se anuló mi curso de Correspondencias en L'Escola d'Escriptura del Ateneu porque no se habían apuntado suficientes alumnos, pero apareció una nueva candidata que me ofreció hacerlo en su casa, donde hay jardín y árboles antiguos. Vamos a ver si encontramos un horario compatible para todos, porque les aseguro que el curso vale la pena, no por mí, sino por esas correspondencias maravillosas y lo que de ellas se desprende, en forma de latidos, de thriller y de fulgor vital y de pensamiento. Así que espero que se apunten.
He salido a buscar pomelos y mandarinas y en ese corto itinerario me he encontrado a J., que iba radiante, como si la crisis, las calificaciones perversas, la amenaza nuclear y la debacle de este país con sus políticos corruptos no fuesen con él, luego a un empresario de hostelería a quien conocí cuando empezaba como coctelero y que fue multiplicando sus establecimientos por la ciudad,  a un amigo ruso al que he visto una vez en treinta años y al fin a una mujer octogenaria, madre de una amiga de la adolescencia y que entonces se parecía a Anouk Aimée, que había desaparecido por completo de mi vista y que reapareció cuando la convertí en personaje de mis cuentos, respondiendo a esas extrañas llamadas de la escritura, y para rematar me preguntó qué podía leer de lo que yo había escrito. No sé qué pasaba esta mañana en ese tramo.
He cometido el error de comprar un periódico, pero al leer en la portada las declaraciones de una mujer empleada en una de esas agencias de descalificación que generan el negocio de unos pocos y el hundimiento de países enteros, que condenan a tanta gente a la pobreza y el trabajo esclavo, diciendo "No lo hacemos por capricho", me ha entrado una furia poco saludable y he decidido que no lo leeré. Mi suscripción se acaba este mes o el que viene, y no voy a renovarla. La tergiversación, la mentira, la alarma injustificada, la falta de reflexión y de salidas que se desprende de esos periódicos, cada vez más la voz de su amo, me enferma literalmente. Creo que prefiero buscar algo más alternativo y leer los únicos artículos serios que incluyen esos periódicos en facebook o en las redes, citados por otros.
El otro día leía a Mary McCarthy diciendo en un prólogo de sus Memorias de una joven católica que nadie la creía, que los lectores estaban convencidos de que los personajes de su infancia eran inventados. En general suele ocurrir lo contrario, los lectores creen que lo que escribimos ocurrió tal como lo explicamos, y los que estaban en el lugar de los hechos -cuando los hubo- llegan a corregir sus recuerdos, persuadidos por el mero poder de la letra impresa. Es un reflejo universal preguntarse cuánto habrá de biográfico en la escritura de un autor, y por eso me hizo gracia que a ella, que escribía sus memorias (tal como recordaba y con esa limitación de la orfandad tan temprana en que nadie o apenas nadie podía matizar o corregir sus recuerdos de niña), nadie la creyera y los lectores pensaran que todo era literatura. Pero es que es verdad que los lectores nos desconciertan e interpelan, algunos porque, como alguien decía en Babelia, querrían que escribiésemos siempre lo mismo, otros porque no saben que existe la subjetividad y que cada lector lee un libro distinto y otros porque de verdad pescan lo que para nosotros es importante o lo era cuando lo escribimos.
Durante esta semana extraña, yo no podía llorar a M., ni tampoco hablar con ella como hago con mi padre ausente, ni tampoco decir moia maika como en mi cuento traducido al serbio, pero mientras desayunaba, ponía Arte tv y lloraba con los perseguidos birmanos o la miseria de unos hindúes o los testimonios de la primavera de Praga y su horrible final, o escuchaba un programa de France Culture sobre Juan Gellmann y volvía a llorar oyendo cómo el lenguaje no le servía para decir su dolor y tuvo que cambiar el género a las palabras, convertir nombres en adverbios, oía a su traductor francés explicándole y lloraba, lloraba apenas un momento porque ya no sé llorar como antes, es sólo el instante de un sollozo semi silencioso, dos lágrimas que no llegan a ninguna parte y se evaporan antes de caer. También pensaba en aquella sensación mía de pequeña en que yo sentía demasiado las cosas, lo oscuro y lo luminoso, y que tenía que hacer algo con aquello que me ocupaba demasiado, que me hacía latir de una forma desbocada, y que tal vez fuese mi piel que decían demasiado transparente, o simplemente pensaba que era una suerte y que tenía que devolverlo convertido en otra cosa, y eso intentaba explicarle a un poeta que no puede conocerme.
Esta mañana escuchaba a Thomas Ostermeier en Arte Tv, en Moscú, hablando del abismo entre las clases sociales en el poscomunismo, y luego del patriarcalismo terrible en Palestina y de Juliano Mer Khamis y de por qué lo mataron; era muy interesante. Yo dejaría siempre esa televisión culta puesta de fondo, en cambio las nuestras no las veo nunca, y alguna vez me pierdo algo, creo que anteanoche pusieron en la 2 un documental de Michael Winterbottom titulado La doctrina del shock que según mi amiga M. todos deberíamos ver y que también recomendaba Hanif K. en su muro de facebook.
Leí Quién es? de Sebastien Doubinsky, y me gustó su poética irónica y leve, y ese Billy el Niño ensoñado, que habla de su infancia y del mundo, de su deseo y de las mujeres, y que retrata los gestos de sus perseguidores y su tristeza dentro de la crueldad y la soledad de todos, la desesperanza del mundo trenzada a la propia felicidad del deseo, y que se deja arrastrar por el azar de las cosas fantaseando con el destino, dibujándolo y dibujándose hasta sus últimas palabras, que son las del título, antes de morir acribillado.
He soñado toda la noche con las redes, pero me he levantado con cierta esperanza cálida que necesitaría todos los días y sintiéndome más ligera, quién sabe por qué, menos alcanzada por la amenaza.

domingo, 8 de enero de 2012

Pequeñas epifanías


Foto: I.N., Villa Urania, de noche, 2012
Anteayer fui a ver Le Havre, de Aki Kaurismaki. Entré en el cine con un humor lúgubre y salí transfigurada, reconciliada con el mundo o al menos con la ficción que podría representarlo. Es una fábula moral y un poeta brioso que no vive muy lejos del Botánico madrileño me había dicho que le recordaba a mi libro La plaza del azufaifo. Precisamente porque habla de la ética o de la bondad (una palabra que a mí no me convence por culpa de mi mala experiencia con el catolicismo, pues las peores personas con las que me he encontrado en mi vida, las más interesadas, las menos generosas, las más mezquinas, eran muy católicas), pero Kaurismaki habla de una bondad laica, de una ética, de algo que me hizo pensar en el Amor mundi de Hannah Arendt, a la que estoy leyendo para mi curso, una preocupación por el mundo que dejaría en segundo lugar al propio self. Kaurismaki lo hace con una suave ironía para evitar  caer en el sentimentalismo, con una economía que le salva, evitando el lagrimeo, utilizando códigos del cine realista francés, para contar su cuento de navidad, casi desprovisto de la negrura que tiene a veces (excepto quizás en ese principio), y todo en estado de gracia. Los personajes rozan la genialidad y sus miradas se ocupan de decir lo que hace falta; los actores son estupendos y tiene gracia que el único personaje malo sea precisamente J-P.Leaud, a quien todo sale mal, al revés de lo que suele ocurrir en lo real, donde los de la fuerza oscura y el kali yuga se están llevando todos los triunfos y ya empieza a ser asfixiante) y la atmósfera (las casas, o ese bar donde unos tipos excéntricos y marginales mantienen siempre apasionadas discusiones sobre si los patos de Alsacia son más gordos o la salsa de mejillones se hace así...), el policía me recordó un poco al de Casablanca, la escena entre la paciente y el médico, en que este último promete hablar comme un ministre es memorable, esa mujer inventiva y amorosa que recuerda al cuento imposible ("Lo que hace mi marido bien hecho está"), la amiga rubia que regenta el bar con la expresión de haberlo vivido todo, la cansada y vital boulangère, los fruteros, la cara esculpida e inteligente del protagonista, la escena en que leen a la enferma un fragmento magnífico de los cuentos de Kafka donde se habla de que los locos no se cansan y en ese momento, esa frase adquiere una significación luminosa, algo como que otra percepción de las cosas permitiría a algunos vivir de otra manera. Yo salí feliz, contagiada de ese encantamiento. Tal vez es que yo necesitaba urgentemente que alguien me contara que aún existe otro mundo dentro de éste, como en las palabras de Galeano, aunque fuese de forma inocente.
La noche antes había salido a dar un paseo sin acordarme de la cabalgata y por suerte pude tomar un camino alternativo. Hacía viento. Por la tarde, estaba escribiendo y notaba una luz escarlata a mi izquierda, cubriéndome, y al alzar los ojos, el cielo estaba rojo y avisé a G. y le hice fotos ("Sol rogent, pluja o vent", dijeron algunos, y en efecto, esa noche hubo un auténtico vendaval y entre sueños me preguntaba si G. habría cogido la moto, pero a las 7 me dijo que vendría más tarde, que dormiría un poco en casa de alguien) y cuando le mandé las fotos a un amigo músico, que está pasando una temporada en Londres, me dijo que allí no había cielo, sólo una grisaille, pero yo sigo añorando estar allí y en otras ciudades europeas. En ese paseo, ya con nocturnidad anticabalgata, fotografié la Villa Urania y el poeta brioso dijo que parecía un cuadro de Velázquez, La tarde, que no parece de Velázquez, pero está lleno de misterio y encantamiento. También tuve unas conversaciones skypianas con mi amiga londinense, con su orquesta de risas y su batalla perenne contra la melancolía y los sueños. 
Y antes había estado en Palo Alto con M, que extendió sus libros de mapas de Barcelona por la mesa y me demostró la dificultad de distinguir entre su humor irónico y su conocimiento verdadero de la historia de esta ciudad y esa noche me mandó los tres primeros mapas, preciosos, para ese prólogo ilustrado de mi libro de Barcelona, que saldrá en Sant Jordi. Estuvimos comiendo en la cantina con dos amigos y paseamos junto al estanque de los peces de colores rodeados de mirlos y petirrojos (ya no migran, me contó M, porque no hace frío) y todos nos hacíamos fotos unos a otros con los teléfonos y yo me escondía y luego M intervino mi cara semioculta con un doble perfil picassiano-garriri y esa noche me retiré contenta a mis aposentos con una sensación generosa, pero el día siguiente me trajo una serie de detalles mezquinos y noticias de tarifas microscópicas, vacas flaquísimas y facturas distorsionadas y yo iba andando por la calle para ahuyentar mi desolación.
Hoy también me he despertado de un humor melancólico y casi desesperado. "Voy a revolcarme un rato en mi desesperación", le decía Flaubert a George Sand en una carta. Sus cartas me han consolado estos días. Los dos ofreciéndose préstamos uno al otro en momentos distintos. Ella explicándole a Flaubert las razones por las cuales sus libros provocan no sólo escándalo sino también odio y condenas que hoy asombran. Luego he pasado a las de Hannah Arendt y Mary McCarthy y otra vez leo las acusaciones que sufrió Hannah Arendt, la polémica a su Eichmann en Jerusalem, las escasas defensas -me gustó que entre las defensas estuviera Al Álvarez, aunque no encontré su artículo de The Statesman. Tengo que mirar si estará en ese libro suyo recopilatorio... Las discusiones y la amistad apasionada entre esas dos mujeres tan brillantes, cada una a su manera y también sus discusiones sobre los hombres, sobre las relaciones, sobre la literatura, la filosofía y el mundo. La preparación de mi curso me salva. Espero que se hayan apuntado suficientes alumnos para que sigamos adelante. Pero hoy he ido con Tigridia e Inés al Caixafòrum (como en mi novela), a ver la colección Clark, los Ballets rusos de Diaghilev y Nijinski, y de paso una pequeña muestra sobre Sagnier, ese arquitecto conservador que construyó un colegio del que me expulsaron y que también sale en mi novela y la casa del Tibidabo donde me hicieron fotos unos alumnos de Eina cuando yo tenía 16. Acostumbrada a los museos americanos, he fotografiado tres cuadros sin saber que no se podía y un vigilante me ha dado tres golpes bastante duros y osados en el hombro, como si quisiera despertarme de un sueño profundo en pleno incendio, para decirme: "¡Señora! ¡Que no se pueden echar fotos!" A pesar de sus maneras y de los comentarios estúpidos que una mujer de aspecto ricachón y convencional le dirigía a su pobre niña, la pintura siempre restaura. En medio de esos Renoir de colores apastelados, había algunos maravillosos y menos conocidos, como un autorretrato nervioso e irritable. Y dos magníficos Toulouse Lautrec. Y Daumier, y Manet... Pensando en mi novela, me he acordado de Bonnard, era Bonnard el pintor que llevaba sus pinceles en el bolsillo para retocar sus cuadros en museos y galerías... Hemos visto unas imágenes maravillosas del Oiseau de feu de Diaghilev, y el vestuario y las escenografías. Aunque estaba todo lleno de gente, como moscas buscando la luz...
Ayer, también mustia con mi brazo doliente (me ha vuelto el dolor, por lo visto, nadie me dijo que cuando estas lesiones tienen un origen postural, siempre pueden volver, y para evitarlo, no hay que dejar de tomar los complementos que yo sí dejé; y ahora, ruinosa, sin recursos para las sesiones seguidas de acupuntura, sin poder descansar como me recomiendan, ¿cómo seguir traduciendo, cómo mantenerme a flote?), acudí a una cita con tres mujeres. Una, joven apasionada y reflexiva como aquel personaje de un cuento de Clarice Lispector, "Misterio en Sao Cristobao", se iba a Chile a hacer un stage y quería que alguien le echase las cartas y acepté hacerlo yo misma como regalo (Giuseppe les dijo que mi lectura sería más literaria que cualquier otra, y que pondría algo en la palabra... Y es que yo aprendí esa técnica hará unos treinta años, en casa de un periodista radiofónico musical con un lado tan esotérico que nadie lo conocía y una escena parecida sale en mi novela. Y algunos amigos transoceánicos me piden tiradas a distancia y les mando la foto con la interpretación. Después de todo, es una forma de pensar como otra y el inconsciente se encarga de proyectar las imágenes, como en un sueño). Quedamos en la terraza del Gallery, con su madre, una activista cultural que había sido hospitalaria conmigo en Saragosse, y una librera valerosa amiga suya y con los ojos de un azul de aguamarina. El espíritu de ese encuentro me reanimó. Remató la librera que, tras unas frases sobre la suerte que parecían hablar de mí sin ella saberlo, contó que había vivido en Guatemala en una cabaña hecha con tablones y que al ver que podía vivir sin apenas nada, estas adversidades de ahora no podían ya angustiarla. Volví a la sensación de Le Havre. Si uno es capaz de encontrar espíritus afines, nada podrá hacernos daño de verdad. Y fueron animándose y acabé echándoles las cartas a las tres (uno sólo tiene aquello que da) e imaginando que podría tal vez echar las cartas en un café de alguien amigo para ganar un argent de poche sin tener que dañarme el brazo, especie de Madame Zorah reconvertida... Mis amigos me animan porque según ellos siempre se cumplen esos augurios... Y en el fondo era como imaginar otra vida dentro de ésta, como cuando un americano dueño de un hotelito en las islas me propuso que cantase allí con su hijo pianista...
También me llegaron los mensajes de una pintora y su poeta, refugiados en el sur, diciéndome de mi escritura, que pocos se atreven a llegar hasta el hueso y que eso tiene un valor...
Luego está G., que estos días vive entre sus series y los libros que devora con una voracidad recobrada y a veces tenemos nuestras conversaciones. Hay algo en G. que me alegra aunque no se apasione suficiente con su carrera y es que le veo tan lleno de insight y de recursos que estoy segura de que un día se decidirá a ponerlo todo como el pájaro de fuego de Diaghilev... G. se hizo unas fotos con la corona del roscón de reyes que me encantaron, pero no estoy autorizada a publicarlas. Le regalé libros, como siempre, y ya les ha hincado el diente. Se han terminado las vacaciones. Aún llegan restos de la intoxicación de felicitaciones como droga para resistir un año que nos vaticinan aciago. Procuro saltarme los periódicos, que siguen convencidos de que alarmar y angustiar aumentará las ventas, o que tal vez así la gente dejará de informarse o quién sabe a qué estúpido plan responde esa política. Ayer le contaba a G. de las disquisiciones de Hannah Arendt, Mary McCarthy (y de las ideas de Kant) sobre la estupidez, el no-pensar y un wicked heart, de si la causa de la mezquindad y del mal era la estupidez, la falta de inteligencia, la incapacidad de establecer conexiones y de pensar o esa era sólo la consecuencia. Qué alivio refugiarse en esas ideas, qué hospitalidad encuentro en esas cartas. Además, mientras leo no me duele el brazo y Rufus, mi Rufus alocado y afectuoso, se pega a mi cuerpo en el sofá o me contempla ronroneante como ese gato de Maeve Brennan cuyo mejor talento era un ronroneo profundo y musical, que le tenía orgulloso. Pero Rufus tiene otros talentos...

domingo, 1 de enero de 2012

Un manto de música

Foto: I.N., Rufus y el año, 2012
Ayer puse Arte Tv, que ponía un especial conciertos de año nuevo, desde Osaka a Leipzig, con Zubin Mehta y tantos otros, y me envolví en esa música como si fuera un manto. Había decidido no moverme de casa y quedarme con Rufus en un pequeño ritual solitario después de tres noches saliendo por ahí, y estuve leyendo en el sofá, acabé el libro (agudo y lleno de gracia y citas) de Simon Leys, leí a Hannah Arendt discutiendo sobre el mal, la política, Kant, Maquiavelo, Eichmann, la pregunta de la muerte... Y también leí (gracias a un experto cinéfilo facebookiano) Esculpir el tiempo de Tarkovsky, buscando rodearme aún más de ese misterio o esa luz misteriosa que une en mi mente la escena clave de mi novela con La infancia de Ivan, aunque probablemente nadie podría comprenderlo... Y me deslumbró otra vez con sus comentarios, recordé las escenas del agua y la orilla y la emoción brusca y fría del bosquecillo de abedules.  
Pero en medio de mis lecturas de sofá, interrumpidas tan sólo por  algunas llamadas y breves conversaciones con "el hombre que ya no llamaba demasiado",  apareció la Belle Elaine y acabé yendo a tomar una copa a su casa de la colina, con unos niños alocados que se armaban hasta los dientes para salir al jardín, por si les atacaban los gatos, decían, y un invitado había traído quesos de París y hablamos de biografías y malas y buenas novelas y de cómo escribir sobre lo autobiográfico, en parte porque el hombre que venía de París estaba fascinado con la biografía de Steve Jobs (a pesar de) y quería sólo escribir y leer biografías (como J., que lo alterna con Casanova, en una asociación viril que encaja con su serie favorita; ahora bien, cómo cambian los cánones: curiosamente, ahora, esa imagen de Casanova de la portada no puede parecer menos viril ni mostrar menos sex appeal). Al salir de allí me sorprendió que incluso su calle estuviera abarrotada de gente ataviada con brillos y coches con bocinas. Pero llegué a mi casa en un paseo agradable, a pesar del bullicio, y me esperaba Rufus, que alterna un humor patinador y noctámbulo con momentos en que casi me exige abrazos y cepillados. 
Mientras la música me envolvía, pensé de pronto que así debía de protegerse mi padre del mundo, él con su habitación preparada para escuchar, su equipo revox, sus amplificadores y todo aquel encantamiento suyo de los conciertos y los viajes musicales. Por la mañana he visto a Ariana Savall con su arpa en un monasterio románico, sobre unas cumbres rocosas, pura imagen que me ha recordado la idea de mi amigo músico hollywoodiense... Ayer dijeron en otro reportaje matinal, justo antes de los conciertos, que la comprensión de la música no era exclusiva de los humanos (se veía una cacatúa blanca siguiendo el ritmo) y Rufus lo confirma: él tiene sus músicas favoritas. Es un gato ecléctico, tal vez por su pasado, puede disfrutar de muy distintos tipos de música, pero hay melodías que le dejan indiferente y sin embargo, otras le atraen y solazan sin ninguna duda.
En el andén del metro, me encontré a un amigo librero y escritor, que siempre me sorprende enfrascada en la lectura. Llegaban las felicitaciones de año nuevo encadenadas (también G, que celebraba el fin del 11 en Girona) y yo oía los aplausos como lluvia. No logré ponerme a preparar mi curso de enero. Ni siquiera sé si se habrán apuntado alumnos suficientes. Escribo deprisa para irme al sofá a leer y tomar notas. Estoy llena de secretos que no puedo contar aquí y eso hace que escriba menos. También hay proyectos que, si salieran, lo cambiarían todo. Sigo corrigiendo interminablemente mi novela y mientras no acabe, seguiré atada a ella y sin poder ver con qué quiero seguir. Y es que he grabado unos capítulos para que los escuche un amigo músico desde la pérfida Albión ¡y los ha escuchado también V! (su escucha es poderosa y me ha ayudado a seguir puliendo... mientras la lee un editor). Mi libro de la ciudad saldrá en Sant Jordi. Un amigo de siempre, que admiro, me ha hecho un prólogo ilustrado con dos o tres mapas que me encanta. Sólo falta redondear, maquetar, ver la portada... He sabido que "mi Giono" (así lo ha llamado él) ha encontrado uno de esos lectores de excepción, de los que leen también lo que está detrás y yo me alegro por el libro...
No quise escuchar a un agorero desconocido que empezó a anunciarme el horror que vendría mientras esperaba en una tienda de mi barrio. Le dije que prefería las noticias sin volumen, señalando mi periódico, pero no sé si me entendió. Hay gente que se divierte fastidiando. Yo sé lo que tenemos encima: unos políticos que, igual que los anteriores (sólo que con formas y estilo más franquista), sólo sirven a los Bancos y los lobbies más poderosos y llevan al país a la ruina con mentiras de sacrificios necesarios, cuando todos los expertos saben que así no podríamos nunca salir de la crisis y que simplemente se trata de un robo. Así que ojalá se cumpla la profecía maya y se nos contagie esa fuerza tenaz e inteligente del Occupy Wall Street, porque tendremos que lograr pararles los pies y cambiar este mundo si no queremos que nos conviertan a todos en esclavos. 
Mientras, yo seguiré consolándome con libros y música (no todo es música sacra, también a veces necesito volver a bailar) y armándome de valor para leer los periódicos de siempre... Por cierto, me gustó  el artículo de Joan de Sagarra sobre EVM con la ciudad de fondo. Son esas páginas que ayudan a soportar los diarios, como un artículo de Miguel Morey sobre Benjamin y la traducción, o también el del propio EVM con unas divertidas muecas. También pienso cada vez más en alternar los periódicos de siempre con otros más alternativos de las redes... Más que nada por mi salud. Por cierto que un comentario de EVM se quedó flotando en el aire hace unos días, al oscurecer, como una duda, mientras yo me preguntaba cómo se hará para cambiar de pista, si parece tan fácil. Tal vez bailando. En fb, una escritora que justamente recomendaba EVM y cuyo libro sobre WB había yo encargado precisamente al librero de la calle Berlinès mientras discutíamos de movimientos físicos, me dijo que cuando algo le dolía, ella lo solucionaba con más movimiento
Voy a repetir aquí una foto de Rufus felicitando el año, con una expresión circunspecta, porque él  tampoco es un ingenuo y sabe bien cuál es la situación general, aunque también sabe cómo ovillarse y sumirse en una saludable meditación profunda con vibraciones gatunas de felicidad y olvido.

viernes, 23 de diciembre de 2011

El gimnasio alemán estaba vacío


Foto: I.N., Valveralla, 2011
Todo el mundo debía de estar entregado al frenesí de comidas y compras navideñas. Yo no tenía que comprar ni preparar nada, aunque siento en el aire ese impulso colectivo en el que la gente se junta para beber y evadirse más que nunca (mientras siguen cayendo malas noticias de políticas no sólo injustas sino sobre todo equivocadas, que ahondan más el hundimiento y las heridas del país y lo alejan de la recuperación, y sólo ayudan a banqueros y secuaces), o para despotricar juntos y conspirar. 
Tal vez fuesen las endorfinas o esa borrachera de felicitaciones de gente que normalmente no te desea nada pero que enloquece de espíritu navideño o lucha con Scrooge, pero he salido del gimnasio alemán sintiéndome feliz y con ganas de bailar.
Ayer participé en la presentación de un libro en la Sala de la Caritat de la Biblioteca de Catalunya, que parece un reducto de belleza en medio de la debacle. En las Ramblas han cortado salvajemente plátanos antiguos y los han sustituido por ejemplares enanos que nunca veré crecidos, y esa brutalidad se une a la gran fealdad y el cutrerío de las casetas de feria que han sustituido a los antiguos kioscos de animales. Las luces navideñas tienen esa tara móvil que conecta bien con los vendedores ambulantes y sus horribles gemidos. Todo parece indigno y de mal gusto, chabacano y del peor provincianismo y atravesar esa calle, antes tan bonita y barcelonesa, se convierte en un sufrimiento. Aún queda la Biblioteca y su espacio, el antiguo hospital de 1400, aunque está amenazado: quieren trasladarla. Y es que nuestros políticos no paran de tener ideas terribles, a cuál peor, con tal de sacar dinero para ellos y sus partidos. Supongo que querrán hacer un gran aparcamiento. Tuve que cruzar por la Garduña, donde van a construir -lo cual me parece una salvajada- y el pasillo de uralita olía tan fuertemente a orina que tuve que taparme la nariz. Pobre país primitivo y salvaje, cubierto de hormigón y de buitres dispuestos a lo que sea. El doctor que presentaba el libro conmigo también se explayó críticamente sobre lo que está ocurriendo y habló de la iniciativa que MD nos había mandado a todos, una especie de protesta activa y teatral contra la pista de hielo. Luego quisimos ir a tomar algo y nos costó muchísimo encontrar un lugar.
Era inevitable pensar en la actividad cultural de la Biblioteca estos años, con buena dirección, buen teatro y buenas exposiciones, y en esa extraña costumbre de este país de que todas las instituciones culturales paralicen su gestión y cambien de rumbo con los cambios de gobiernos. En Francia, me recordaba L.O., que siempre sabe lo que ocurre en el resto de Europa, los museos no sustituyen a sus directores porque cambien los políticos, sino sólo cuando terminan sus mandatos. Eso permite avanzar en una dirección coherente y beneficia a la institución. Y no se pone en cuestión su existencia cuando se acaba un mandato, como ocurre ahora con el CCCB: la muerte anunciada del cosmopolitismo cultural.
Toda la semana he tenido comidas y reuniones, algo que para otros es habitual, pero que a mí me  desconcierta, pues necesito mi rutina de silencio y trabajo solitario. De alguna de esas reuniones salí despavorida: me cuesta batallar por lo que me interesa y lucho contra esa inclinación mía al caracoleo, pero contemplar el otro extremo me removió las tripas. Por suerte hubo también encuentros fructíferos e interesantes y también momentos festivos e hilarantes, como una cena china que acabó con ese maravilloso pomelo suave y distinto del nuestro, que se desnuda de su piel blanca y se come como una mandarina gigante. Al salir pensaba ir andando hacia casa para digerir, pero el frío me hizo recular y acepté el ofrecimiento de un amigo de acompañarme. 
Después de tantos sueños apocalípticos, hoy he tenido uno ridículo. He soñado que hacía una prueba con otra gente para entrar en la Nasa, sólo que mi puesto tenía que ver con escribir, no era para ir a la Luna, digamos. El examen era muy fácil, nos puntuábamos unos a otros y me suspendían y cuando iba a preguntar, furiosa, me decían que era por un exceso de peso y yo pensaba: "Pues a mí se me ha olvidado restarles el peso a esos tan gordos". Uno de ellos era un conocido periodista obeso y otros dos no le andaban a la zaga. Otra de las participantes era ex ministra (que a veces, en el sueño, era una vieja amiga mía con un cargo en la tv, la misma que anteayer me mandó un sms diciéndome que me había visto por la calle muy guapa) y salía en los periódicos que la ex ministra me había puesto un 00. Aún perpleja, yo trasladaba de libras a kilos y mi peso era 50 y protestaba ante el funcionario: "Pero no es tanto... Y además mi puesto no es para misiones espaciales, sino para escribir" y el americano me decía: "Para su estatura, sí; en la Nasa somos muy estrictos."
Tengo algunas ideas sobre el significado simbólico del sueño, donde el peso podría trasladarse a otro ámbito menos físico pero no menos material y a las dificultades y a la desigualdad en algunos intercambios. No sé qué significa escribir para la Nasa... La cuestión es que me he reído yo sola esta mañana y luego se lo he contado a G., que se iba en tren con su padre a pasar allí los festejos. Al hombre que escucha sólo podré contárselo el año que viene... Diría que el sueño iba atado a la conversación que tuvimos el mismo jueves. 
Me ha gustado mucho ese libro de Juan Benet del que ya hablé y también he gozado de la lectura de La reina oscuridad de César Cortijo Ballesteros, un poeta lleno de nervio salvaje y luminoso, y ayer empecé Quién es? de Sébastien Doubinsky y tengo conmigo I el món gira de David Cirici y las Tres tormentas de nieve rusas y releer mis correspondencias para el curso, y... 
Rufus no concede importancia a la Navidad. Él sigue ovillado irradiando sus vibraciones de joie féline. Y sin embargo, sarinagara... hay ondas y alteraciones que parecen llegar a todo el mundo. Ayer, mientras me dirigía a la presentación con ese malestar del miedo escénico, hablé por teléfono con la Belle Elaine y ella intentó convencerme de que llamase a un editor esta mañana para proponerle... La Navidad es buen momento, decía ella, y no le faltaba razón y yo sabía por qué lo decía. Pero el editor estaba ocupado y se movía de su despacho y no he podido dar con él... habrá que esperar al año nuevo, o al año chino, o al serbio... 
Un periodista cultural me ha propuesto leer un breve fragmento de mi novela en una serie de vídeos en los que otros escritores leen fragmentos y contestan a preguntas. Será en enero.
También quedé en un café cercano con otro escritor con quien comparto un proyecto y me hizo una segunda propuesta, esta sí, revolucionaria, que acepté. Una famosa escritora me escribía ayer en esa misma dirección. Wait and see. En el mismo café tuve otros encuentros y se me ocurrió una idea. No importa si me equivocaba, para mí es importante luchar contra mi caracoleo, probar esas otras opciones... 
Mi padre murió en diciembre y siempre me siento más huérfana en estas fechas, sobre todo en este momento materialmente difícil, aunque él hubiera abdicado y la imagen de la vendedora de fósforos de Andersen haya sido para mí recurrente en el solsticio de invierno. 
Sin embargo, hay algo que lo contradice todo, incluso esa falta de liquidez, esa imposibilidad de cruzar las fronteras, este estado prisionero, porque yo sé que algo no corresponde, que soy rica en otro lugar...