lunes, 21 de noviembre de 2011
Han pasado los días
jueves, 17 de noviembre de 2011
Mientras iba al dentista
sábado, 12 de noviembre de 2011
Ayer
Estuve corrigiendo mi libro de la ciudad, que saldrá en 2012, quitándole lo que no le pertenece y había ido a parar allí por error, apropiación o desorden, porque era de mi novela, de un cuento, de ninguna parte. Descubrí que podía eliminar algunas imágenes, como sugería el editor, sin que el texto perdiera nada, al contrario, es como si adquiriese cierto valor más propio. Luego salí, tuve que hacer recados, ver gente, y al volver, en un repentino ataque de cansancio y de frío tras los acontecimientos de la tarde renuncié a ir al cine, me arrebujé en el sofá y Rufus se sumió en un sueño más profundo que nunca: a juzgar por su respiración parecía ahondar más y más en su sueño, con la cara enterrada en ese chal lanoso mío que tanto le inspira, y me puse a escuchar una emisión de France Culture que me había recomendado V. y que hablaba (metafóricamente) de mí, hablaba de mí con la voz de Anne Dufourmantelle y de Laure Adler y de Marguerite Duras y también de Virginia Woolf. Tanto hablaba de mí que me produjo casi un shock y comprendí aún más porqué me dolía. Hablaban del lugar de la madre como un paisaje, un mundo del que venimos, de la preferencia de la madre de Duras por el hermano (que ella ya no sabía si había sido tal como ella la había vivido), que la había llevado a ella a ese exilio desde el cual escribir, hacer algo que para su madre no existía (el arte, la literatura), se había convertido en el apoyo de su escritura. Hablaba de esa condición del escritor de Caronte, de pasante de los muertos y las palabras (morts, mots) al lado de la vida, una tarea no sin riesgo (Virginia con sus piedras), una tarea ardua y agotadora pero también gozosa. Y a mí me caían lágrimas metafóricas, en mi agotamiento y en la descripción de mi trayectoria, de mis incertidumbres, de la estela que he arrastrado siempre de preguntas y alejamiento... Hablaba de la rara sensibilidad que permite esa función, de ir a contrapelo de lo trillado, de acercarse al deseo y a la libertad, de alejarse de la certeza, de la imagen que nos han dado o nos hemos dado de nosotros, de llevar la pregunta a esa otra escucha, de que las ideas nos visitan y tenemos que poder escucharlas... Y qué maravilla de programas de radio y de voces y de espacios de interrogación.
Ahora sí siento que he acabado la novela (quién sabe si es eso lo que también me disturba, lo que no puedo digerir, lo que retengo y fermenta y duele. Cierto pavor de publicarla y de lo que supone (ayer mi amiga M. me decía que el efecto sería justamente el contrario al que temo) o el miedo a haber agotado con ella la fuente de mi escritura o a acercarme a algo que no quiero nombrar.
La otra noche fui a ver a Moreno Bernardi en ese espectáculo multifacético de Pep Tosar en el Maldà, un montaje sobre el retrato y los poemas de Damià Huguet, personaje insólito, fabricante de vigas de hormigón, poeta, crítico de cine, fotógrafo, pintor y escultor, desconocido... Con un buen guitarrista y una cantante de bonita voz (aunque el volumen era quizás excesivo para ese espacio tan pequeño y delicado), Tosar decía muy bien los poemas (a mí me resultaba difícil seguir a los mallorquines que hablaban en el vídeo, se me escapaban palabras, sobre todo al principio) y Moreno bailaba como un gentleman, una coreografía libre, poética y vital que representara al personaje, a ratos con una herramienta suya, con una elegancia y una delicadeza que parecía borrar cualquier atisbo de esfuerzo, aunque cuando se tendió con la cabeza en el regazo de la cantante, en una repentina Pietà, se le veía sudar a mares, ya descamisado... Y luego nos fuimos a cenar y mágicamente se desvanecieron todos mis problemas digestivos, como ya me había ocurrido en la cena del nuevo proyecto de Xoroi, el librero de la calle Berlinès, que está en vías de transformación en algo muy necesario y esperanzador para esta ciudad desnortada y falta de análisis.
Hace un rato iba yo andando por la calle y ha empezado a llover con fuerza. En Balmes he esperado en vano al autobús, mientras los coches aceleraban y se acercaban a la acera, salpicando cada vez más a los transeúntes. Ésta es la única ciudad europea donde los conductores nunca reducen la velocidad, sino que parecen acelerar a la vista de un peatón cuando llueve y hay charcos en el suelo. Tal vez vuelven a la infancia y juegan a salpicar, como niños en los charcos, pero resulta algo violento. Es este país salvaje que decía Espriu (Oh, que cansat estic de la meva/ covarda, vella, tan salvatge terra, /i com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord enllà), que nunca se ha humanizado, al pasar de una larga y brutal dictadura al silencio, la impunidad y la deseducación. Un columnista cineasta madrileño ironizaba el otro día en El País con gran ligereza sobre los juicios en Argentina a los responsables de las atrocidades y me dieron ganas de protestar. Yo admiro esa capacidad de Argentina de aclarar su pasado y hacer justicia. La gente que se burla de eso viniendo de este pobre país salvaje, sin salud mental ninguna, con la carga de todo lo impune y violento enterrado y la banalidad zafia a la que lleva ese silencio, es que no sabe nada. Como los que salpican desde los coches, pensando sólo en su comida o su parking y tan orgullosos de su vehículo rugiente. Al final me ha rescatado un taxista joven, que llevaba la calefacción puesta, y aunque no hacía frío, la perneras empapadas de mis pantalones rojos pedían ese calorcillo.
Al llegar a casa he encontrado a Rufus echado frente al espejo, como si mirándose se consolara de su soledad. O como si intentara recordar quién es o se preguntara por los misterios de la identidad. Claro que ayer escuchó conmigo el programa de France Culture... Rufus me hace mucha más compañía cuando me encuentro mal. Se pega a mí y me acuna con ese ronroneo misterioso...
He estado leyendo una nouvelle deliciosa e inteligente de Thomas Mann, Desorden y dolor precoz, que habla de otros tiempos de crisis y de la excentricidad y la resistencia de una familia y su locura, que a ratos hace pensar en Fanny y Alexander, y he acabado Atopia, petit observatoire de littérature décalée de Eric Bonnargent, que me ha gustado mucho (excepto la página 243), por su manera bolañiana de contar los escritores, esa especie de bartlebys entre los que está EVM, e incluso dos novelas que no me convencieron ganan muchísimo contadas por él, con esa narrativa suya del mundo y sus habitantes escritores desencajados, donde mezcla ironía y hondura de una forma ligera muy particular y sutil. Me he traído dos libros más de EVM del librero de la calle Berlinès, El viaje vertical y Una vida absolutamente maravillosa. Lo malo de EVM y de Bonnargent es que el deseo de leer esto y aquello se multiplica y yo querría vivir en el sofá o viajar en un tren silencioso o tumbarme en una hamaca siempre leyendo. También me atraen de Atopia sus criterios para distinguir los lectores (también él sigue la maravillosa descripción de Edith Wharton en El vicio de la lectura)y para distinguir la literatura de todo aquello que no lo es, pero que también está en las librerías.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Maeve Brennan en el Diario de Sevilla
viernes, 4 de noviembre de 2011
Otra vez
Llueve con la furia del cuento de Somerset Maugham, llueve en el pasado como en el poema de Borges que César CB citaba el otro día y que el Cabrero había cantado por bulerías, llueve como en el poema de Edward Thomas que citó Isabel M (Rain, midnight rain, and nothing but the wild rain), llueve con rabia, como decía G., llueve como en las películas de Manila, llueve como si no fuera Barcelona, yo acabo de decir que no a una invitación al bosque del trío cinéfilo para quedarme encerrada en galeras, aún dudo si escapar mañana, y renuncié a aceptar el préstamo de un apartamento fastuoso durante una semana en Londres porque mis arcas están demasiado vacías y no pude improvisar un billete moderado de un día para otro, y otro amigo artista que se iba para allá ayer me manda esta mañana un alegre dibujo rojo de autobús londinense.
No es que sepa aún del todo lo que he escrito; no es tan fácil salir de ese lugar del no-saber en que me sitúo hasta el final, pero sé ya más de lo que sabía; se me ha ocurrido intercalar un capítulo más, no sé qué ocurrirá, pero ya estoy en otro lugar. Al día siguiente recibí la respuesta de esa lectora, que ahondó en la fuerza de irradiación de esas páginas, luego fui a comer a casa de un amigo escritor, en el Eixample, que está en el mundo y me dijo cosas para mí valiosas, y al volver andando por la Rambla de Catalunya, la ciudad parecía más plácida y luminosa.
También me refugio en la música. No sé qué me ha pasado ni por qué estoy en esta desolladura material, ni si es transitoria o anuncia algo terrible. No puedo saber nada. Sólo espero que de verdad sea transitoria y lleguen los cambios necesarios y todo vuelva a su sitio...
Alguien en fb me ha recordado el impulso suicida tenaz de algunos pingüinos que salía en la película de Werner Herzog como un interrogante melancólico.
No pienso hablar hoy de lo que está ocurriendo en el mundo ni en este pobre país de políticos cenutrios y corruptos hasta las cejas, que nos siguen llevando al hoyo más y más. No entiendo cómo nadie puede defenderlos ni creer en ellos, cómo alguien puede creer que el candidato de un partido tan siniestro y turbio como el PP es "la luz al final del túnel", ni cómo alguien puede creer en un partido que se llama socialista pero sigue apoyando que los Bancos cobren las hipotecas a la gente después de arrebatarles la casa (algo que no ocurre en ningún lugar del mundo), o cómo alguien va a votar a quienes se llaman de izquierda pero les han apoyado en sus políticas derechistas. Sólo sueño con lograr un salvoconducto para salir huyendo.
Parece que el prólogo de mi libro de rincones de la ciudad lo hará un amigo, un artista visual, por decir sin decir. Se lo propuse el otro día y me dijo, para mi sorpresa, que le hacía mucha ilusión. Volvía de un viaje, se iba a otro y le esperaban un par más, todo era complicado, pero me dijo que sí, aunque todavía tiene que leerlo. He empezado a corregir también ese libro y a arrancar de él hierbajos, pequeñas cosas que no le pertenecen y que son del territorio de la ficción. El lunes iré a seleccionar imágenes a esa editorial de los gatos, las azoteas y el edificio modernista. Y este fin de semana debo acabar de corregir ese texto.
Y ahora vuelvo a la traducción. Me he retrasado estos días y tengo que compensar el tiempo perdido. Voy a atarme para no salir huyendo al bosque de la Belle Elaine con sus cineastas y mi pack de correspondencias. Vuelvo (y traduzco) a Somerset Maugham:
viernes, 28 de octubre de 2011
Llueve
miércoles, 26 de octubre de 2011
Reseña de SINRAZONES DEL OLVIDO
Reseña de Álvaro de la Rica en la publicación electrónica Te interesa
domingo, 23 de octubre de 2011
Al otro lado del espejo
jueves, 20 de octubre de 2011
En El País de hoy, Maeve Brennan, por Elsa Fernández-Santos
REPORTAJE
Postales desde el abismo
Los escritos sobre Nueva York de Maeve Brennan rescatan a una de sus cronistas más trágicas y agudas
ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS - Madrid - 20/10/2011
Aunque las teorías son infinitas, Maeve Brennan figura en la lista de mujeres que podrían haber inspirado a la Holly Golightly de Desayuno con diamantes. Las coincidencias entre la escritora -una irlandesa que en 1934 aterrizaba en Nueva York con 17 años para convertirse en una de sus más singulares cronistas- y la joven desarraigada, melancólica, individualista y ligeramente ciclotímica que retrató Capote son más que suficientes para sembrar la duda.
Lo cierto es que el escritor jamás reveló la identidad de Golightly, en gran medida porque -él mismo lo dijo- no era una mujer sino miles. "Ella", explicó el autor de A sangre fría, "era un símbolo de todas esas chicas que llegan a Nueva York para revolotear al sol como moscas de mayo para luego desaparecer". Y Maeve Brennan (cuyas crónicas neoyorquinas se reúnen ahora en español a cargo de Ediciones Alfabia) brilló especialmente al sol de la Gran Manzana para luego desaparecer de una manera dramática entre las mismas calles que la vieron florecer. Loca y sin techo, con la tristeza que se intuyen en sus escritos, la mujer que había vivido la época dorada de The New Yorker como redactora y crítica literaria, se metió un día en el lavabo de señoras de la revista y decidió que aquella era su casa, enterrando entre los relámpagos de sus brotes psicóticos el talento que le había permitido retratar la ciudad de una manera tan sutil como popular, fijándose de igual manera en las mujeres que viven solas en hoteles baratos como en los escaparates de zapatos. "Últimamente he dado paseos ovalados", escribe Brennan en una de las 47 postales del libro, "...he estado buscando algo nuevo que decir de la Sexta Avenida, pero he fracasado en mi búsqueda".
Isabel Núñez, traductora y prologuista del volumen de Alfabia, recuerda cómo cuando descubrió las crónicas de Brennan en la popular librería Strand descubrió una mirada "chejoviana" sobre la ciudad. "Era una escritora seria, rigurosa y perfeccionista. Pero me llamó la atención cómo mezclaba su conciencia ética con su toque frívolo. Me impresionó el personaje: tan guapa, tan lista y, también, tan triste. En sus crónicas ya se intuye algo de esa tristeza, pero ahora que estoy traduciendo sus cuentos [también los editará Alfabia] esa tristeza no para de crecer".
Según Núñez, Brennan (una escritora obsesiva y puntillosa) no se zafó nunca de la sombra de una infancia difícil, marcada por una estricta educación con monjas y la implacable persecución a su padre, un nacionalista irlandés.Cuando Brenna murió, en 1993, ya llevaba dos décadas sin techo y sin escribir, "algo que consolidó su olvido", apunta Núñez.
Su fracaso matrimonial con un compañero de la revista (un británico bebedor y maniaco depresivo) la puso en el disparadero de la locura. Sus amigos la adoraban pero la desastrosa gestión de su vida les hizo imposible ayudarla: malgastaba su dinero en absurdas obras en su casa, vivía en el campo sin saber conducir o iba a la compra en taxi. Dilapidó las joyas de la biblioteca familiar hasta que no le quedó nada. The New Yorker salió al rescate de una de sus mimadas escritoras, pero entonces llegó el episodio del lavabo y el principio del fin de una mujer que pensó que su único lugar seguro en la tierra era un retrete con tocador de señoras.






