lunes, 21 de noviembre de 2011

Han pasado los días

Foto: I.N., Montjuïc, ayer, 2011
Ha llovido mucho en todos los sentidos y yo me encuentro otra vez casi en la antesala del dentista, intentando refugiarme constantemente de todo lo que me pincha del mundo, también en los periódicos y en esos sueños míos que ahora se acercan a la desdicha colectiva, con policía, torturas en una ciudad alemana y explanadas cubiertas de cuerpos durmientes bajo una mortuoria lona negra y yo pensando: No quiero dormir ahí, ¿dónde ir? Intento protegerme leyendo y traduciendo, intento respirar y le pregunto a Rufus, que a veces entierra el morro en mi chal como toda respuesta.
Acabé El viajero más lento de EVM (pensé que tenía una respuesta a la pregunta de por qué Psammético no se conmovió ante la suerte de su familia y sólo se desmoronó cuando reconoció entre los prisioneros a un sirviente viejo y miserable. La respuesta podía ser aquella frase de Thomas Mann de que el infierno es un lugar donde no hay reglas. Es decir, lo que el personaje de Herodoto no pudo soportar fue comprender que reinaba la arbitrariedad y no podía haber salvación sino por puro azar. También pensé, cuando EVM hablaba de la novela abierta, en la última novela de Natsume Soseki, Meyan, Claroscuro, inacabada, y para la que la mayoría de grandes escritores japoneses han escrito un final; y  pensé que efectivamente Sciascia era el mejor rastreador por ese librito emocionante que dedicó a desentrañar sin saber la muerte de Raymond Roussel en el Hotel des Palmes de Sicilia y que yo compré allí; pensé muchas cosas porque ese libro pregunta e interpela y lleva a asociar rápidamente y suscita un loco deseo de escribir siguiendo algunos de los hilos) y empecé enseguida Una vida absolutamente maravillosa. Al mismo tiempo leo a pequeños fragmentos (cuando paso por esa habitación) esa deliciosa nouvelle de crisis de Thomas Mann, Desorden y dolor precoz. Los libros llegan a casa como en una lluvia, como si los editores se pusieran de acuerdo en sus ráfagas: los dos primeros títulos de la nueva editorial Pendragón (Cardumen de Rexina Vega e Impresiones de un tal Teofrasto de George Eliot; ¡se merece toda la suerte!), Los zapatos rojos de Andersen ilustrado en Impedimenta, un pequeño Giono dibujado por Frederic Amat y un estudio de Anna Frank de Francine Prose en Duomo, La noche de Guy de Maupassant también ilustrado en Nórdica, el exquisito y procaz segundo volumen de Jin Ping Mei en Atalanta... Y unos cuentos infantiles de una recién ex ministra que pintan muy bien y que me recomendó un editor en facebook. Si pudiera, si tuviera más espacio donde escribir y más recursos, pasaría los días en el sofá...
MC me dice que ya no puede leer mi blog porque el texto se ve ilegible; he intentado averiguar, pero el misterio persiste. A empezó a mandarme mensajes aterrados una noche y me contestaba como si yo fuera otra persona, como si le estuviera diciendo lo contrario a lo que pienso. No entendí si quería decirme a mí lo que no había osado decirle a otro y me enviaba su irritación y su angustia porque no sabía qué hacer con ellas. Al final aludió a su cansancio y ahí acabó todo. Le conté uno de mis sueños al hombre que escucha: "atacarán pero bailaremos", me dijo como conclusión. Y era verdad, aunque en el siguiente la oscuridad había crecido desproporcionadamente y ahora pienso en aquellos sueños que Adorno tenía durante la Shoah.
Un amigo artista y viajero está escribiendo un alocado prólogo con dibujos para mi libro de Barcelona, el prólogo se va forjando con su barroquismo particular vital e inesperado entre sus viajes y sus momentos paternos y me va mandando ilustraciones y fragmentos. G recién vuelve de Ámsterdam, donde hacía mucho frío y viento y lluvia, pero circulaban en esas bicis sin frenos en el manillar; yo le dije: "Podrías quedarte allí, en un país rico, a salvo", y él se rió. 
En cuanto a mi novela, la considero acabada (aunque a veces siento la tentación de añadir una frase, una pincelada, al estilo de Courbet -¿era Courbet?-, a quien pescaban en el Louvre con los pinceles en el bolsillo, retocando sus cuadros) y a veces me siento feliz, aunque ahora viene ese extraño proceso de desprenderme de ella que esta vez tanto me cuesta. ¿Tendrán que arrancármela, como Diana Athill a Jean Rhys? Fuimos a ver La maleta mexicana la mañana del domingo electoral y no podía evitar pensar con tristeza en qué otro país mejor habría sido éste de haber ganado la guerra. Yo quería volver a ver Miró, necesitaba sus azules, sus payeses, su ironía telúrica, pero había una larga cola en la entrada, así que volveré a una hora más extraña, si puedo. Pero qué luminosa se veía la ciudad desde allí... Apareció Jacqueline, con un amigo que nunca había estado allí arriba y no tenía esa perspectiva de Barcino. ASD me escribió de pronto desde el museo donde nos conocimos y luego encontré un gracioso mensaje suyo en mi teléfono fijo. Y sin embargo, nagara sarinagara... También vi la película -teatral, autoirónica- de Polanski, muy Yasmina Reza, muy de humor judío, muy graciosa, con personajes muy afinados, excepto la excesivamente caricaturesca mujer que interpretaba Jodie Foster. Yo conservaba los ecos más metafísicos, más densos, de Melancholia, de Lars von Trier, es curioso cómo su fin del mundo pudo consolarme de mis visiones negras, pensé que él conocía muy bien la depresión, que sus metáforas -la especie de hojas cayendo, esas lluvias secas, las cuerdas carnosas de grisura que tiran para atrás y obligan a la protagonista a un esfuerzo brutal para avanzar, el abandono y la orfandad, la solitariedad de esa tristeza interna, densa, que encontrará su reflejo en el planeta responsable del fin... Y es que necesito mucho cine y mucha literatura para seguir adelante, para protegerme también. Anoche alguien me consoló sin saberlo, con su pura vitalidad, de las banderas y el estilo rancio que iba llenando la pantalla. 
Traduzco esos cuentos de inmersión en la tristeza irlandesa de Maeve Brennan (para Alfabia), que brillan oscuramente, como joyas palpitantes, y trato de acabar el libro para diciembre. En la calle me he encontrado a un abogado bajo la lluvia, yo buscaba un paraguas para sustituir el mío, roto. Él buscaba un libro de Wislawa Szymborska, me ha dicho que Messi y Szymborska eran ahora su refugio y de lo demás no quería hablar. Acaba de llamarme un poeta amigo de una amiga que quiere que presente su libro en diciembre, justo antes de la fecha fatídica. No sé adónde podría huir yo en Navidad, como no sea al campo cercano, chez des amis. Mi amiga americana me dice que si zozobro con el país, siempre puedo refugiarme en su casa de NY, y me imagino como aquella chica bosnia que conocí en un avión, que logró el dinero del billete en pleno asedio y se fue llevando sólo 20 dólares en el bolsillo y con su bebé en brazos, pero allí, mientras trabajaba dejando al bebé con no sé quién, se enamoró de alguien que acabaría salvándola. Son momentos muy distintos, pero la idea de que podría refugiarme allí, si lograse llegar, se convirtió en una suave coraza luminosa contra lo peor. Y sigue lloviendo y lloviendo...

jueves, 17 de noviembre de 2011

Mientras iba al dentista

Foto: I.N., Rambla Catalunya Gran Via, 2011
Seguía hipnotizada por la lectura de un cuento maravilloso de Alice Munro (Too Much Happiness) sobre la vida de Sofia Kovalevski, matemática y escritora rusa del XIX, amiga de Poincaré y de otros célebres, prestigiosa y premiada y primera mujer profesora en una Universidad (de Estocolmo), un placer prolongado por la lectura de un artículo de Marijke Boucherie en el número 06 de la revista Revisiones que alguien me mandó. Ese cuento no sólo tiene una atmósfera tan mágica como La tormenta de nieve de Tolstói que citaba IM en facebook (tren, nieve y recuerdos que asaltan a la viajera), sino que además habla de las dificultades de las mujeres en ese siglo, de las convulsiones de la revolución, de las relaciones y negociaciones con los hombres (y con qué asombrosa realidad quedan los personajes masculinos que Munro retrata: el revolucionario egoísta y frío, el matemático generoso, pero que ve a Sofía como un sueño suyo, que le pertenece, o ese Maxsim corpulento y poderoso, figura paterna por lo simbólico masculino que nunca se hace cargo de nada, o la niña que lleva a cuestas o ese viajero médico misterioso que dará un giro a su viaje final, o las descripciones del modo de ser de los suecos y los rusos, o esa tristeza de una mujer políglota de no poder hablar en ruso a sus amigos e íntimos, tal vez en el fondo lo que la lleva hacia Maxsim, esa lengua y ese nombre, en otra imposibilidad de volver a casa. Curiosamente, la traductora catalana de ese libro, que también bajo el influjo de ese retrato de la Munro buscó el libro de Kovalevski sobre su infancia rusa (yo lo acabo de encargar), me cuenta que en una reseña a esa edición catalana, el crítico declara que se trata del cuento más flojo de la recopilación, y sin embargo, para mí ese cuento largo, casi una nouvelle, merecería ser editado aparte, porque es tan maravilloso y tiene un influjo poético-filosófico tan fuerte y capaz de revolucionar las ideas del lector que nos hace olvidar o hace palidecer el resto del libro. Marijke Boucherie, en ese artículo magnífico que me hace soñar con poder escribir así crítica literaria -con ese espacio, con esa posibilidad material de investigar y con ese conocimiento suyo, que estoy lejos de alcanzar- conecta la estructura del relato de Munro con uno de los principales descubrimientos matemáticos de Sofia Kovalevski, se centra en esa conexión de la matemática con la poesía y la creación de la que se habla en el relato, y además acaba encontrando un rastro anterior, una prefiguración de la propia Munro en una entrevista de años atrás que daría un significado más a un título que ya es poderoso por su fuerza paródica, por su suave ironía, por el fin de las cosas, un significado asociado además por Boucherie a la felicidad de la ficción.
Aparte de eso, qué borrachera literaria leyendo El viajero más lento de EVM, una especie de fiesta lectora y de humor que me permite abstraerme del horror político y material que me rodea, de la rabia que me da ver cómo destruyen el azufaifo cada vez que paso por delante, y de mantener ciertas esperanzas a pesar de los pisotones. "Si vas leyendo por la calle, no me extraña que te pisen", me dice una voz burlona. No es eso. No me importa leer por la calle cuando me conozco el camino, mirándolo de soslayo. Ya lo dije aquí: un día me crucé con un hombre que también leía y levantó la mano para saludarme, en una complicidad también de soslayo. Me reí sin verle del todo la cara. Estuve a punto de decirle algo más a EVM cuando le vi el otro día (tras una conversación genial entre Gonzalo Suárez y él en un decorado de habitación abigarrada y teatral, en el Romea, presentando la novela El síndrome Albatros y hablando de la relación perversa entre la realidad y la ficción), pero me acordé de aquello que decía Zadie Smith en Cambiar de idea, de que cuando alguien te dice que está leyendo un libro tuyo anterior es como si te dijeran que se han encontrado con tu primo segundo en una ciudad a la que nunca más has vuelto. Y es verdad. Los libros nos abandonan, se alejan de nosotros y yo lo sé porque además de ser lectora, a veces escribo, aunque en mi caso es distinto porque no colecciono críticas y artículos magníficos donde otros hacen literatura utilizando la mía, así que los comentarios podrían incluso consolarme, si el libro no me queda muy lejos (hay algún libro que no reconozco como mío y negaré con ferocidad que tengan ninguna relación con mi mano escritora), de ese silencio a veces atronador de los suplementos de periódicos y revistas, aunque guarde en alguna carpeta imaginaria los comentarios de escritores que sí me han leído. Así que sólo le dije a EVM que lo "malo" de leerle es que sus libros suscitan un deseo aún más grande de dejarlo todo y tirarse al sofá a leer sin tasa. Si pudiera vivir de la crítica, otro gallo me cantara. Pero tengo que traducir a destajo y aún así, tal como están las cosas, si no me llega un boleto premiado, tampoco podré seguir. Así que me despido aquí, por el momento...

sábado, 12 de noviembre de 2011

Ayer

Foto: I.N., Rufus de Bengala, 2011
Estuve corrigiendo mi libro de la ciudad, que saldrá en 2012, quitándole lo que no le pertenece y había ido a parar allí por error, apropiación o desorden, porque era de mi novela, de un cuento, de ninguna parte. Descubrí que podía eliminar algunas imágenes, como sugería el editor, sin que el texto perdiera nada, al contrario, es como si adquiriese cierto valor más propio. Luego salí, tuve que hacer recados, ver gente, y al volver, en un repentino ataque de cansancio y de frío tras los acontecimientos de la tarde renuncié a ir al cine, me arrebujé en el sofá y Rufus se sumió en un sueño más profundo que nunca: a juzgar por su respiración parecía ahondar más y más en su sueño, con la cara enterrada en ese chal lanoso mío que tanto le inspira, y me puse a escuchar una emisión de France Culture que me había recomendado V. y que hablaba (metafóricamente) de mí, hablaba de mí con la voz de Anne Dufourmantelle y de Laure Adler y de Marguerite Duras y también de Virginia Woolf. Tanto hablaba de mí que me produjo casi un shock y comprendí aún más porqué me dolía. Hablaban del lugar de la madre como un paisaje, un mundo del que venimos, de la preferencia de la madre de Duras por el hermano (que ella ya no sabía si había sido tal como ella la había vivido), que la había llevado a ella a ese exilio desde el cual escribir, hacer algo que para su madre no existía (el arte, la literatura), se había convertido en el apoyo de su escritura. Hablaba de esa condición del escritor de Caronte, de pasante de los muertos y las palabras (morts, mots) al lado de la vida, una tarea no sin riesgo (Virginia con sus piedras), una tarea ardua y agotadora pero también gozosa. Y a mí me caían lágrimas metafóricas, en mi agotamiento y en la descripción de mi trayectoria, de mis incertidumbres, de la estela que he arrastrado siempre de preguntas y alejamiento... Hablaba de la rara sensibilidad que permite esa función, de ir a contrapelo de lo trillado, de acercarse al deseo y a la libertad, de alejarse de la certeza, de la imagen que nos han dado o nos hemos dado de nosotros, de llevar la pregunta a esa otra escucha, de que las ideas nos visitan y tenemos que poder escucharlas... Y qué maravilla de programas de radio y de voces y de espacios de interrogación. 
Ahora sí siento que he acabado la novela (quién sabe si es eso lo que también me disturba, lo que no puedo digerir, lo que retengo y fermenta y duele. Cierto pavor de publicarla y de lo que supone (ayer mi amiga M. me decía que el efecto sería justamente el contrario al que temo) o el miedo a haber agotado con ella la fuente de mi escritura o a acercarme a algo que no quiero nombrar.
Mientras andaba por la calle, descubrí otra posible causa física que podría estar agravando mi malestar y si fuera así, podría mejorar en los próximos días. Anteayer mi malestar estomacal me dio un mal humor terrible, justo antes de caer en la melancolía. Me di cuenta, alarmada, cuando descubrí que había matado una mosca. Llevaba toda la mañana rondada con dos moscardas, trabajando dolorida y sin lograr espantarlas. Y de pronto, en lugar de ahuyentarla me descubrí, maligna y furiosa y antizen, matándola con el periódico. Yo procuro no matar a ningún bicho y era una mosca grande y bien bonita y me sentí fatal. Hoy he tenido un sueño...
La otra noche fui a ver a Moreno Bernardi en ese espectáculo multifacético de Pep Tosar en el Maldà, un montaje sobre el retrato y los poemas de Damià Huguet, personaje insólito, fabricante de vigas de hormigón, poeta, crítico de cine, fotógrafo, pintor y escultor, desconocido... Con un buen guitarrista y una cantante de bonita voz (aunque el volumen era quizás excesivo para ese espacio tan pequeño y delicado), Tosar decía muy bien los poemas (a mí me resultaba difícil seguir a los mallorquines que hablaban en el vídeo, se me escapaban palabras, sobre todo al principio) y Moreno bailaba como un gentleman, una coreografía libre, poética y vital que representara al personaje, a ratos con una herramienta suya, con una elegancia y una delicadeza que parecía borrar cualquier atisbo de esfuerzo, aunque cuando se tendió con la cabeza en el regazo de la cantante, en una repentina Pietà, se le veía sudar a mares, ya descamisado... Y luego nos fuimos a cenar y mágicamente se desvanecieron todos mis problemas digestivos, como ya me había ocurrido en la cena del nuevo proyecto de Xoroi, el librero de la calle Berlinès, que está en vías de transformación en algo muy necesario y esperanzador para esta ciudad desnortada y falta de análisis.
Hace un rato iba yo andando por la calle y ha empezado a llover con fuerza. En Balmes he esperado en vano al autobús, mientras los coches aceleraban y se acercaban a la acera, salpicando cada vez más a los transeúntes. Ésta es la única ciudad europea donde los conductores nunca reducen la velocidad, sino que parecen acelerar a la vista de un peatón cuando llueve y hay charcos en el suelo. Tal vez vuelven a la infancia y juegan a salpicar, como niños en los charcos, pero resulta algo violento. Es este país salvaje que decía Espriu (Oh, que cansat estic de la meva/ covarda, vella, tan salvatge terra, /i com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord enllà), que nunca se ha humanizado, al pasar de una larga y brutal dictadura al silencio, la impunidad y la deseducación. Un columnista cineasta madrileño ironizaba el otro día en El País con gran ligereza sobre los juicios en Argentina a los responsables de las atrocidades y me dieron ganas de protestar. Yo admiro esa capacidad de Argentina de aclarar su pasado y hacer justicia. La gente que se burla de eso viniendo de este pobre país salvaje, sin salud mental ninguna, con la carga de todo lo impune y violento enterrado y la banalidad zafia a la que lleva ese silencio, es que no sabe nada. Como los que salpican desde los coches, pensando sólo en su comida o su parking y tan orgullosos de su vehículo rugiente. Al final me ha rescatado un taxista joven, que llevaba la calefacción puesta, y aunque no hacía frío, la perneras empapadas de mis pantalones rojos pedían ese calorcillo.
Al llegar a casa he encontrado a Rufus echado frente al espejo, como si mirándose se consolara de su soledad. O como si intentara recordar quién es o se preguntara por los misterios de la identidad. Claro que ayer escuchó conmigo el programa de France Culture... Rufus me hace mucha más compañía cuando me encuentro mal. Se pega a mí y me acuna con ese ronroneo misterioso...
He estado leyendo una nouvelle deliciosa e inteligente de Thomas Mann, Desorden y dolor precoz, que habla de otros tiempos de crisis y de la excentricidad y la resistencia de una familia y su locura, que a ratos hace pensar en Fanny y Alexander, y he acabado Atopia, petit observatoire de littérature décalée de Eric Bonnargent, que me ha gustado mucho (excepto la página 243), por su manera bolañiana de contar los escritores, esa especie de bartlebys entre los que está EVM, e incluso dos novelas que no me convencieron ganan muchísimo contadas por él, con esa narrativa suya del mundo y sus habitantes escritores desencajados, donde mezcla ironía y hondura de una forma ligera muy particular y sutil. Me he traído dos libros más de EVM del librero de la calle Berlinès, El viaje vertical y Una vida absolutamente maravillosa. Lo malo de EVM y de Bonnargent es que el deseo de leer esto y aquello se multiplica y yo querría vivir en el sofá o viajar en un tren silencioso o tumbarme en una hamaca siempre leyendo. También me atraen de Atopia sus criterios para distinguir los lectores (también él sigue la maravillosa descripción de Edith Wharton en El vicio de la lectura)y para distinguir la literatura de todo aquello que no lo es, pero que también está en las librerías. 

lunes, 7 de noviembre de 2011

Maeve Brennan en el Diario de Sevilla




JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE 
 07.11.2011 

HE visto a Maeve Brennan frente a un escaparate de Manhattan. La he visto dibujar un perfil anguloso con su delicadeza, el mentón detenido bajo el labio de quietud sugestiva, el pelo recogido y ajustado hacia atrás, las manos enlazadas delante del vestido, sosteniendo el sombrero con el lazo en la cinta. Hemos visto todos, una vez al menos, a esta chica esbelta, principesca y menuda, con el resto irlandés en la melancolía bajo los ojos y una puerilidad atractiva en los rasgos de cisne mucho más urbano que Grace Kelly. Así, uno imagina a Grace Kelly de muchas maneras, pero nunca embobada al otro lado del escaparate donde espejean los sueños de una joya. Sin embargo, si uno piensa en un cruce entre Dorothy Parker, o también una Zelda Zayre algo más cuerda -algo que hoy parece demasiado difícil, incluso a Woody Allen- y la Holly Golightly de Desayuno en Tiffany's, podríamos encontrar a Maeve Brennan.

Su llegada a España, en forma de cronista de aquel Nueva York desmesurado, deprimido aún pero dispuesto a la alegría de la frivolidad con cierta intensidad en los brillos, también tiene nombre de mujer: hace diez años, Isabel Núñez buscaba en las estanterías de Strand, en plena Gran Manzana, un libro para una amiga. Entonces se encontró, por casualidad -como suele ocurrir, siempre, en las librerías de segunda mano- con las crónicas neyorquinas de Maeve Brennan, y así surgió su libro Sinrazonesdel olvido, escrito junto a Lydia Oliva. Luego pudo poner rostro y acción a una mujer joven que ahora la miraba desde el buzón del tiempo. Olvidada por todos, Maeve Brennan había muerto en 1993. Se sabía de ella que había sido escritora en The New Yorker bajo el seudónimo de The Longwinded Lady, en la sección The Talk of the Town, entre 1953 y 1968. Ahora se reeditan estas Crónicas de Nueva York en Ediciones Alfabia, tras una lucha constante, editorial a editorial, de Isabel Núñez -autora de la traducción y la edición-, seducida por su estilo y por el personaje: esta chica irlandesa, distinguida, que se había quedado en NY para ser escritora y fumaba en boquilla, como Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, tenía predilección por las gafas de sol grandes y adoraba mirarse en los escaparates. Ella escribía en los bares. Su prosa se auscultaba bajo el brindis. Si querías tomar un dry martini, ella te llevaba al mejor bar.

Finalmente, ya envejecida, arrasada por su propio relato, acabó viviendo en los lavabos de The New Yorker y después en la calle, como cualquier mendiga de sus propias crónicas. ¿Se inspiró en ella Truman Capote para su Holly Golightly? Hoy parece que sí. Habían escrito juntos en Harper's y Barzaar, y también en The New Yorker. Si analizas sus fotos, es una Audrey Hepburn algo más frágil.

Maeve Brennan. Crónicas de Nueva York. Alfabia, 2011. Traducción y prólogo Isabel Núñez. 336 Págs. 21,50 €

viernes, 4 de noviembre de 2011

Otra vez

Foto: I.N., Cipreses en Girona, 2011
Llueve con la furia del cuento de Somerset Maugham, llueve en el pasado como en el poema de Borges que César CB citaba el otro día y que el Cabrero había cantado por bulerías, llueve como en el poema de Edward Thomas que citó Isabel M (Rain, midnight rain, and nothing but the wild rain), llueve con rabia, como decía G., llueve como en las películas de Manila, llueve como si no fuera Barcelona, yo acabo de decir que no a una invitación al bosque del trío cinéfilo para quedarme encerrada en galeras, aún dudo si escapar mañana, y renuncié a aceptar el préstamo de un apartamento fastuoso durante una semana en Londres porque mis arcas están demasiado vacías y no pude improvisar un billete moderado de un día para otro, y otro amigo artista que se iba para allá ayer me manda esta mañana un alegre dibujo rojo de autobús londinense.
Me ha entrado una melancolía como en la canción de Van Morrison, tan fuerte que he estado a punto de ceder a un impulso equivocado. He visto en la prensa un obituario (inexacto) de un amigo isleño y cineasta que ha muerto (espero al artículo que otro escritor isleño le dedicará el domingo). Pensé en él mientras paseaba junto a esos cipreses de Girona que parecen apoyarse en la piedra de la muralla, me acercaba al Bonestruc Sa Porta, miraba el candelabro de siete brazos y la llama eterna. Fue el martes, y estaba tan bonita la ciudad del río...
Me reconcilié con la novela. Quien la había escuchado sistemáticamente hasta un punto determinado reapareció y se ofreció a leer lo que le faltara, le envié los tres últimos capítulos, me puse a leer un artículo magnífico en el TLS de Ruth Scurr sobre Alice Munro, los sueños y el mal en sus cuentos (Don't Ask) y volví a casa en ese estado semihipnótico tan interesante, abrí el archivo de la novela, entré en el último capítulo, empecé a corregir y de pronto volví a verla como antes la veía, con su luz y sus sentidos. Saber que ella estaba leyendo esos capítulos me permitió volver a leerla de ese modo y llenarme de fruición de seguir. 
No es que sepa aún del todo lo que he escrito; no es tan fácil salir de ese lugar del no-saber en que me sitúo hasta el final, pero sé ya más de lo que sabía; se me ha ocurrido intercalar un capítulo más, no sé qué ocurrirá, pero ya estoy en otro lugar. Al día siguiente recibí la respuesta de esa lectora, que ahondó en la fuerza de irradiación de esas páginas, luego fui a comer a casa de un amigo escritor, en el Eixample, que está en el mundo y me dijo cosas para mí valiosas, y al volver andando por la Rambla de Catalunya, la ciudad parecía más plácida y luminosa.
Yo quisiera irme y no estar en quiebra. Echo de menos París y me refugio a veces conversando con amigos franceses.  EVM decía en su artículo que estaba en la librería Tschann de París y le gustaba oír los continuos "pardon", "pardon" de la gente al pasar. A mí también me reconforta la cortesía de los franceses del mismo modo que me descorazona la fea zafiedad de los españoles. Por cierto, cómo me gustó lo que decía J.A. Masoliver de Una vida absolutamente maravillosa de EVM, porque coincide con mi sensación al leerle: esa capacidad extraña de que al revisitar su mundo nos parezca siempre nuevo, aunque sea el mismo. Masoliver también hablaba de esa celebración suya tan gozosa de la literatura, esa locura de citas y lecturas que nos lleva a tantos otros libros, como el tapiz interminable que soñé una vez que era mi escritura. Se lo dije a un crítico francés vilamatiano decidido (el otro día estaba leyendo Chet Baker piensa en su arte y comentó pt'ain que c'est bon!) y me dijo que estaba completamente de acuerdo.
También me refugio en la música. No sé qué me ha pasado ni por qué estoy en esta desolladura material, ni si es transitoria o anuncia algo terrible. No puedo saber nada. Sólo espero que de verdad sea transitoria y lleguen los cambios necesarios y todo vuelva a su sitio...
Alguien en fb me ha recordado el impulso suicida tenaz de algunos pingüinos que salía en la película de Werner Herzog como un interrogante melancólico.
No pienso hablar hoy de lo que está ocurriendo en el mundo ni en este pobre país de políticos cenutrios y corruptos hasta las cejas, que nos siguen llevando al hoyo más y más. No entiendo cómo nadie puede defenderlos ni creer en ellos, cómo alguien puede creer que el candidato de un partido tan siniestro y turbio como el PP es "la luz al final del túnel", ni cómo alguien puede creer en un partido que se llama socialista pero sigue apoyando que los Bancos cobren las hipotecas a la gente después de arrebatarles la casa (algo que no ocurre en ningún lugar del mundo), o cómo alguien va a votar a quienes se llaman de izquierda pero les han apoyado en sus políticas derechistas. Sólo sueño con lograr un salvoconducto para salir huyendo.
Parece que el prólogo de mi libro de rincones de la ciudad lo hará un amigo, un artista visual, por decir sin decir. Se lo propuse el otro día y me dijo, para mi sorpresa, que le hacía mucha ilusión. Volvía de un viaje, se iba a otro y le esperaban un par más, todo era complicado, pero me dijo que sí, aunque todavía tiene que leerlo. He empezado a corregir también ese libro y a arrancar de él hierbajos, pequeñas cosas que no le pertenecen y que son del territorio de la ficción. El lunes iré a seleccionar imágenes a esa editorial de los gatos, las azoteas y el edificio modernista. Y este fin de semana debo acabar de corregir ese texto.
Y ahora vuelvo a la traducción. Me he retrasado estos días y tengo que compensar el tiempo perdido. Voy a atarme para no salir huyendo al bosque de la Belle Elaine con sus cineastas y mi pack de correspondencias. Vuelvo (y traduzco) a Somerset Maugham:  
Y el doctor Macphail contempló la lluvia. Empezaba a atacarle los nervios. No era como nuestra suave lluvia inglesa que cae amablemente sobre la tierra; era despiadada y en cierto modo terrible; se percibía en la malignidad de los poderes primitivos de la naturaleza. No llovía, manaba. Era como un diluvio del cielo y repiqueteaba en el tejado de hierro y zinc con una firme persistencia capaz de enloquecer. Parecía irradiar una furia propia. Y a veces uno sentía el impulso de gritar si no cesaba de llover, y luego de pronto se sentía impotente, como si los huesos se le hubieran vuelto blandos, y se sentía triste, miserable y sin esperanza.

viernes, 28 de octubre de 2011

Llueve


Hace años, Rafael Sánchez Ferlosio escribió en una columna de El País que una novela que empezase diciendo: "Llovía. Tras los cristales..." había que tirarla a la basura. La lluvia me recuerda a eso, como también a "Isabel viendo llover en Macondo", o al cuento maravilloso de Somerset Maugham, "Rain", y ahora, gracias a I.M., me recordará a un poeta que quiero buscar y que está a punto de publicarse traducido en Linneo.
Anoche estuve en la inauguración de Manel Armengol en Tagomago y me gustaron sus azules. Como yo acababa de recibir, hipnotizada, el catálogo de la exposición de Joan Miró (que tuve la suerte de traducir en una pequeña parte) L'escala de l'evasió, se me ocurrió que Manel participaba de un mismo espíritu, tal vez esa tradición catalana del seny i la rauxa, una mezcla de terrestridad telúrica, espiritualidad a veces mística y un humor y una ironía payeses, con ese silencio metafísico y a la vez ligero de la gente del campo que también encontró Jean Giono en la Provence.
Es maravillosa esa exposición de Miró y también su catálogo. Tiene mucha razón Mercè Ibarz en su artículo de ayer. Es verdad que muestra al Miró más comprometido, republicano, antifranquista, izquierdista, mal que le pese a aquel "artista" anti 15M que me encontré en la inauguración.
Yo esquivo los acontecimientos sociales en Barcelona, sólo voy cuando me siento vinculada realmente a su protagonista o cuando no tengo más remedio por alguna otra razón y esta semana tuve que ir a tres, y esa dispersión melancólica se añade a la desconexión que ha supuesto dejar mi novela en reposo. Ahora temo abandonarla, temo no poder volver a verla como antes la veía, temo rechazarla como las madres pájaro rechazan un polluelo caído del nido. Por eso me ha consolado ver un Apostrophes de Pivot con Julien Green donde el escritor contaba cómo Jouvet le pidió durante años que escribiera una pieza de teatro y él le decía "Es que no sé ni cómo empezar", y Jouvet le insistía y después de la guerra volvió a la carga y le dijo "Écrivez n'importe quoi", cualquier cosa, y Green escribió justamente "n'importe quoi", y se convirtió en Sud, según él compuesta de unas escenas muy oscuras y que sólo cuando la vio representada comprendió de pronto cuál era le sujet de la pièce, y que la gente le decía Mais écoutez, c'est pas mal construit du tout! Pero Jouvet nunca pudo leerla ni verla porque se murió de repente. Y es que esa sensación de escribir sin saber lo que se ha escrito es la mía, y a mí me emociona, si no fuese así no creo que me gustara escribir, pero tiene su contrapartida, ese vértigo de después, y ahora no sé cómo lograr averiguarlo. Antes siempre me servía discutir con otros, lectores de confianza, pero esta vez no me ha servido, esta vez me he sumido en una gran confusión, y ahora de pronto siento que me había engañado el criterio de quien hasta ahora iba escuchando mis anteriores capítulos, que tal vez no decía lo que pensaba con sinceridad o no se daba cuenta del problema, y tampoco acaba de servirme la propuesta de mi amigo escritor östeuropeo, salvo para desalentarme sobre lo escrito, ni la opinión de nadie. Tal vez haya llegado el momento de recurrir a otra clase de lector, o abandonar.
Estas últimas noches he tenido sueños de muerte, sueños sangrientos pero también sueños libres y múltiples que me producen una rara felicidad, aunque sean pesadillescos. El hombre que escucha me ayudó a empezar a descifrar algunos. Fue gracioso cómo el nombre de un poeta que aparecía significaba también muerte, a pesar del humor y la burla que parecía envolverlo todo. Un asesinato que a veces era de dibujos animados. Unas cuchilladas que yo sabía que serían cosidas después. Yo me encontré diciéndole al hombre que escucha que ahora me siento menos vieja que hace unos meses, más cerca de la vida y más lejos de la muerte a pesar de las amenazas.
Ayer estuve en el Ateneo. Creo que voy a intentar dar un curso en l'Escola d'Escriptura en enero, aunque los horarios que quedan libres no son fáciles. Espero que se apunten alumnos suficientes. Por cierto que anteayer, cuando iba corriendo por la calle a una de mis citas tentativas de estos días (intentos de resolver mis dificultades de trabajo), un hombre que estuvo a punto de chocar conmigo me siguió para decirme, de una forma entre tímida, educada y osada, un elogio que me desconcertó. Le di las gracias y seguí corriendo, alegre de que me hubieran visto así y preguntándome si no sería el vestido rojo (la capa de Supermán, dijo luego V.). 
Leo aún a ratos un libro magnífico, Atopia, petit observatoire de littérature décalée de Eric Bonnargent. Podría parecer crítica literaria, pero no es exactamente eso, o va efectivamente más allá. Construye una narrativa con esos escritores atópivos o décalés, que no encajaban en el mundo, casi a la manera de Roberto Bolaño en el fascinante La literatura nazi en América; sólo que éstos son reales, aunque a veces el lector llegue a dudarlo, igual que con Bolaño parecían reales. Bonnargent cuenta ese desencaje vilamatiano o bartlebiano en el mundo con un tono fluido y sutil, una narrativa llena de momentos memorables, una visión inteligente e irónicamente comprensiva de sus desarraigados personajes. Los ejemplos podrían aclarar mucho, pero no tengo tiempo, vuelve el espíritu del conejo blanco carrolliano con sus prisas y me arrastra a otro mundo. Tengo que traducir, escribir mi curso, acoger al peregrino que me ha llegado de pronto y después iré al gimnasio alemán y más tarde tendré que salir a la lluvia.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Reseña de SINRAZONES DEL OLVIDO


Reseña de Álvaro de la Rica en la publicación electrónica Te interesa

Escritoras y fotógrafas de primera fila, en Sinrazones del olvido

Isabel Núñez y Lydia Oliva reivindican en Sinrazones del olvido (Icaria, 2011), a una docena de escritoras y fotógrafas de primera fila.

La audacia del planteamiento de un libro como 'Sinrazones del olvido' se justifica también por la riqueza de su contenido. Me explico. Las escritoras catalanas Isabel Núñez y Lydia Oliva llevan lustros difundiendo su pasión por un grupo de artistas modernas, escritoras y fotógrafas, a las que han dedicado cursos, artículos, reseñas, ensayos y hasta pequeñas exposiciones. Siempre, por cierto, con bastante éxito de público, debido al mismo tiempo a la calidad de las personas estudiadas como a la altura de miras de las estudiosas. Parten de la base más que justificada de que si su condición de mujeres supuso para ellas, mientras vivían y realizaban su obra, un muro de dificultades añadidas, tras su muerte, esa misma condición ha lastrado miserablemente el reconocimiento que merecían.
Articulado en forma de vidas paralelas (el recurso a la comparación abre insospechados vericuetos en el texto), la sustancia del libro (a mi juicio es el mayor de sus aciertos) es narrativo. De ese modo, nunca resulta tedioso y la carga de reflexión, así como los abundantes datos sobre la vida y la obra de cada artista, fluyen con toda naturalidad por las páginas del libro.
Isabelle Eberhardt y Anna Atkins, Jean Rhys y Frances Benjamin, Dorothy Parker y Berenice Abbott, Maeve Brennan y Lee Miller, Natalia Ginzburg y Gisèle Freund: nómadas, pioneras, comprometidas, excéntricas, resistentes, todas fueron admirablemente todas esas cosas. No me puedo olvidar, al repasar sus vidas intensas, sus dificultades, las injusticias a las que se vieron sometidas en su afán de ser libres, aún después de muertas, de la frase de Stravinsky: “Quien te opone una resistencia, te da una fuerza”.

domingo, 23 de octubre de 2011

Al otro lado del espejo

Foto: I.N. Paseando por Balmes, 2011
Este fin de semana lo he pasado al otro lado y ya no recuerdo apenas nada del mundo, aunque esta mañana se me escapó el sueño que había tenido, con su atmósfera algo opresiva y eléctrica, se desvaneció sin más. Pero ya había estado todo el tiempo al otro lado, o bien dentro de mi novela, que ahora lo ocupa todo con correcciones, dudas y probaturas, aun en la cena chez la Belle Elaine seguía en el interior de la novela, o bien en el sofá viendo esas correspondencias fílmicas que le encargué al librero de la calle Berlinès y que recomiendo vivamente. Es un género que parece muy propicio a algunos cineastas, les permite expresar libremente su mirada sobre el mundo y el resultado es una gozada para el espectador. Sólo he visto completas las cartas de José Luis Guerín y Jonas Mekas y las de Isaki Lacuesta y Naomi Kawase, y las dos series espistolares valen la pena. Vayan al CCCB o compren el pack en el librero, no les decepcionará. Los dos primeros homenajean el cine, las marcas de la historia, celebran a sus maestros e inspiraciones, un paseo por el bosque de Thoreau, un retrato fugaz de sus anfitriones, lo que se ve por la ventana en Barcelona, el homenaje vibrante a una joven cinéfila eslovena que murió injustamente, la idea de reaccionar a la vida con cine, una celebración de imágenes japonesas en un momento dramático de Japón y el itinerario de unas hormigas intercambiado con imágenes muy libres de la vida cotidiana en NY, de conversaciones y bailes, de los restos de las películas de toda una trayectoria, que Mekas piensa unir para hacer su última película, un viaje al pasado del genocidio judío en Polonia, la comida como celebración, el paseo de unos amigos con la lavanda y las vicisitudes de una paloma en la calle neoyorquina. Y en cuanto a Isaki Lacuesta, con su poética particular algo surrealista es Banyoles, el lago, los árboles, la idea del desierto, la escritura silenciosa, la intimidad del sueño de su bella durmiente, lo que se ve desde el tren, la infancia del museu Darder, la voz de Casasses con Pascal Comelade y el fragmento irónico de fantasía japonesa de cine primitivo. Y Kawase, desde Nara, arranca con imágenes sutiles de ritos de duelo en el Japón del tsunami y el desastre nuclear, sigue con lo que su hijo vio en Banyoles, retrata a sus colegas de equipo...
También he estado en las redes. Es extraño lo que ocurre allí, ese bullicio alegre y a veces tan receptivo, por qué la recepción allí no se traduce aún en lo real.
Y luego vuelta a la novela: es extraño pensar conscientemente en algo que escribo tan a oscuras; estoy acostumbrada a corregir, pero no a reflexionar sobre lo que escribo, salvo a posteriori, y siempre he escrito ficción corta, lo cual cambia mucho las cosas. Es muy distinto decidir sobre algo que tiene una estructura tan general, no pensar la novela a trozos sino en conjunto, y ocurren cosas misteriosas, como que algo desechado pugna por volver y de pronto recobra el sentido que parecía perdido o en cuestión. Quién sabe lo que ocurrirá después. Quién sabe si volveré a verla como la veía. Mi estado de ánimo cambia con las horas. A veces la veo muy distinta... Tal vez necesitaré leerla en voz alta para comprender lo que he hecho. No me gusta sentirme expuesta antes de hora y esta vez mis interlocutores me han desconcertado un tanto. Tal vez sea ahora el momento de dejarla reposar. De tapar el cuadro y no volver a él hasta que pasen días. Siempre lo pienso, pero luego me despierto con la idea de cambiar una frase, un fragmento, de incorporar o abandonar algo... No estoy segura de lo que estoy haciendo, pero eso tampoco me preocupa. Sé que sabré en cierta manera, que sólo tengo que dejarme llevar por ese estado de semivigilia, por esa escucha al otro lado del espejo. Rufus ha visto las Correspondencias abrazado a mi chal de lana. Mañana volveré a traducir como una hormiga. Tengo que encontrar otra vía material antes de que todo se acabe. Alguien me ha escrito para anunciarme la muerte de un antiguo amigo al que perdí de vista hace muchos años. He preguntado por su hermano, que fue más amigo mío y me han dicho que es fotógrafo en un periódico. Mañana será el funeral en un lugar fronterizo, que sale en mi novela. No sé qué significa el silencio que nos hemos concedido dos iniciales idénticas y yo. O sí lo sé, pero puede haber sorpresas. Espero que Rufus, auténtico djin, interceda por mí antes de volver a este lado del espejo.

jueves, 20 de octubre de 2011

En El País de hoy, Maeve Brennan, por Elsa Fernández-Santos

REPORTAJE

Postales desde el abismo

Los escritos sobre Nueva York de Maeve Brennan rescatan a una de sus cronistas más trágicas y agudas

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS - Madrid - 20/10/2011

Aunque las teorías son infinitas, Maeve Brennan figura en la lista de mujeres que podrían haber inspirado a la Holly Golightly de Desayuno con diamantes. Las coincidencias entre la escritora -una irlandesa que en 1934 aterrizaba en Nueva York con 17 años para convertirse en una de sus más singulares cronistas- y la joven desarraigada, melancólica, individualista y ligeramente ciclotímica que retrató Capote son más que suficientes para sembrar la duda.

Lo cierto es que el escritor jamás reveló la identidad de Golightly, en gran medida porque -él mismo lo dijo- no era una mujer sino miles. "Ella", explicó el autor de A sangre fría, "era un símbolo de todas esas chicas que llegan a Nueva York para revolotear al sol como moscas de mayo para luego desaparecer". Y Maeve Brennan (cuyas crónicas neoyorquinas se reúnen ahora en español a cargo de Ediciones Alfabia) brilló especialmente al sol de la Gran Manzana para luego desaparecer de una manera dramática entre las mismas calles que la vieron florecer. Loca y sin techo, con la tristeza que se intuyen en sus escritos, la mujer que había vivido la época dorada de The New Yorker como redactora y crítica literaria, se metió un día en el lavabo de señoras de la revista y decidió que aquella era su casa, enterrando entre los relámpagos de sus brotes psicóticos el talento que le había permitido retratar la ciudad de una manera tan sutil como popular, fijándose de igual manera en las mujeres que viven solas en hoteles baratos como en los escaparates de zapatos. "Últimamente he dado paseos ovalados", escribe Brennan en una de las 47 postales del libro, "...he estado buscando algo nuevo que decir de la Sexta Avenida, pero he fracasado en mi búsqueda".

Isabel Núñez, traductora y prologuista del volumen de Alfabia, recuerda cómo cuando descubrió las crónicas de Brennan en la popular librería Strand descubrió una mirada "chejoviana" sobre la ciudad. "Era una escritora seria, rigurosa y perfeccionista. Pero me llamó la atención cómo mezclaba su conciencia ética con su toque frívolo. Me impresionó el personaje: tan guapa, tan lista y, también, tan triste. En sus crónicas ya se intuye algo de esa tristeza, pero ahora que estoy traduciendo sus cuentos [también los editará Alfabia] esa tristeza no para de crecer".

Según Núñez, Brennan (una escritora obsesiva y puntillosa) no se zafó nunca de la sombra de una infancia difícil, marcada por una estricta educación con monjas y la implacable persecución a su padre, un nacionalista irlandés.Cuando Brenna murió, en 1993, ya llevaba dos décadas sin techo y sin escribir, "algo que consolidó su olvido", apunta Núñez.

Su fracaso matrimonial con un compañero de la revista (un británico bebedor y maniaco depresivo) la puso en el disparadero de la locura. Sus amigos la adoraban pero la desastrosa gestión de su vida les hizo imposible ayudarla: malgastaba su dinero en absurdas obras en su casa, vivía en el campo sin saber conducir o iba a la compra en taxi. Dilapidó las joyas de la biblioteca familiar hasta que no le quedó nada. The New Yorker salió al rescate de una de sus mimadas escritoras, pero entonces llegó el episodio del lavabo y el principio del fin de una mujer que pensó que su único lugar seguro en la tierra era un retrete con tocador de señoras.